1. Mentiras dulces
Hace 12 años
―Renata, hija― exclamó la mujer tratando de llamar la atención de la niña quien peinaba la muñeca delgada y rubia entre sus manos.
―¿Qué sucede mami? ―respondió la chiquilla sin mirarla.
―Acércate −ordenó― necesito hablar contigo.
La niña bajó la muñeca de forma delicada , recostándola sobre una rosada cama de plástico a la medida. No deseaba conversar pues le era más divertido continuar jugueteando sola, sin embargo, sabía que las órdenes de su madre se debían cumplir al momento.
―Tu padre habló contigo el día de ayer ¿Lo recuerdas?
―Si ―respondió al tiempo que se acomodaba torpemente sobre el sillón frente a su madre― siempre me dice lo mismo.
―Refresca mi memoria, ¿quieres?
―Si ―exhaló para tomar impulso― me contó sobre el tío Alonso, sobre sus hijos y que regresarán de la capital para reunirse con nosotros en unos meses; que haremos una gran fiesta para recibirlos y también me dijo que esa fiesta era muy, muy importante.
―¿Es todo? ―cuestionó confusa.
―Si. Luego me mostró sus viejas fotos al lado del tío Alonso y me contó que...
―En primer lugar― interrumpió la mujer con enfado― Alonso no es tu tío, ya deberías parar de llamarlo así, hará la situación más incómoda de lo que ya es. Lo conoces desde que eras un bebé y te ha tratado bien, es un gran amigo de tu padre, pero solo eso.
―Lo siento mamá.
―¿Qué más te dijo?
―Solo las historias que siempre cuenta de cuando eran jóvenes.
―Tu padre sigue postergando la situación ―exclamó con frustración presionándose la frente― bien, en vista de que no piensa hacer nada, es mi deber comenzar. Renata, ya estás lo suficientemente grande para entender la situación.
Dentro de su mente continuaba con la historia de princesas que había pospuesto gracias al llamado de su madre, pero ver el semblante amargo de su madre le provocaba un escozor que le hacía pensar que algo extraño estaba por suceder.
―A partir del día de hoy deberás hacer muchos cambios. No pienso suavizar la situación pues tu padre a perdido tiempo valioso. Renata ―miró a su hija con total atención― algún día serás una mujer y deberás casarte. Servirás a tu esposo y será tu deber, como el de toda mujer, el satisfacer sus necesidades. Debes ser plenamente consciente de que los hombres de verdad no se conforman con pequeñeces.
La niña reflexionó en las palabras que su madre le había dicho y cuestionó luego de dar una rápida mirada a la muñeca vestida de princesa frente a sus pies.
―¿Me casaré con un príncipe?
―No.
―Pero...
―Los príncipes no existen para las niñas como tú.
La mujer respondió fulminante y se incorporó con dirección a la niña. Los ojos enrojecidos de su hija la buscaron pidiendo consuelo, pero la fría expresión de ella se contradecía con la calidez de la chimenea que se encontraba presente aquel día solo emitiendo los pequeños sonidos que dejaba atrás el crujir de la leña dentro del fuego.
―Te casarás con un hombre de verdad y serás devota de él ―se agachó con tranquilidad y tomó la muñeca junto con la cama rosada. Caminó con dirección a la chimenea arrojando todo al fuego sin doblegarse por el llanto suplicante de la niña―, deberás comportarte con madurez y elegancia ya que tu debes ser el reflejo de él; cualquier error por más pequeño que sea manchará su imagen y su nombre por lo que serás culpable si eso sucede. Velarás por su bienestar pues también será el tuyo. Desde ahora, ese será tu único propósito.
―Pero yo no quiero tener esposo, los niños me dan miedo.
―No te preocupes por eso, solo hay uno al que deberás perderle el miedo.
―¿Por qué yo? ―gimoteó dolorida― mis hermanos también crecerán algún día.
―Por qué es un acuerdo que se realizó antes de que tu o tus hermanos nacieran, incluso antes de que yo conociera la existencia de tu padre. Es algo que ni yo ni nadie puede cambiar y debes asimilarlo de una vez. Lo único para lo que vas a crecer es para convertirte en la esposa perfecta, aprenderás todo hasta que llegue el momento o de lo contrario envejecerás sola en un convento de monjas.
―¿Es un castigo? ¿Hice algo malo?
―Oh cariño, no es culpa tuya. Mejor dicho, puedes culpar a tu padre por esto ―respondió indiferente antes de salir de la habitación.
A partir de ese día la madre de Renata se enfocó por completo en una educación especial acorde a la situación. Se decidió que continuaría su educación en casa y se le enseñaría solo lo que sería importante para su vida futura. Cualquier tipo de comportamiento infantil era reprimido al igual que las cosas materiales en su entorno. Cada paso, decisión y pensamiento sería modificado para cumplir con los estándares establecidos para su vida futura.
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―Cariño deja de llorar por favor. Mírame.
Renata sollozaba sin parar, inconsolable, envuelta en un cúmulo de cobijas debajo de la cama. Su madre se había desecho de sus muñecas y todo tipo de juguetes dentro de su habitación. Llevaba horas llorando sin parar por lo que su padre, afligido por el llanto de su hija, había entrado a la habitación tratando de consolarla sin esperar que con cada sollozo de la niña su corazón se estrujara con dolor.
―Princesa, por favor. Te lo suplico, sé...
―¡No soy una princesa¡ ¡Por tu culpa no podré casarme con un príncipe!
′¿Príncipe? Creí que era por las muñecas′
―Cielo, claro que eres una princesa y si te quieres casar con un príncipe puedes hacerlo. Los príncipes no siempre llevan corona, son tantos que si todos llevaran la corona todo el día, las personas normales como yo perderían la vista por el brillo tan deslumbrante. Es por eso que es el deber de las princesas buscarlos.
La niña dejó de llorar a medida que escuchaba las palabras de su padre. Con los ojos hinchados y enrojecidos salió de entre las cobijas y se arrastró lentamente asomando su pequeño rostro por debajo de los olanes que cubrían la cama.
―Pero mamá dijo...
―No escuches a... ―suspiró profundamente― a veces tu madre se confunde un poco y se le olvida agregar detalles importantes en las conversaciones y por eso es mi deber completar el mensaje justo como acabo de hacerlo.
―¿De verdad?
―Si, cariño ―estiró una de sus manos frente a su pequeña― ¿Podrías salir de ahí? Papá no quiere que un insecto se pegue a ti.
―¿Cómo puedo encontrar un príncipe si no lleva su corona puesta? ―cuestionó la chiquilla mientras se arrastraba para salir con la ayuda de su padre.
―Bueno, verás ―dudó nervioso― al igual que las princesas, vienen de muchas formas lo que lo hace más difícil, pero podrás darte cuenta por la forma en que se comporta contigo.
―¿Cómo?
―Pues... supongo que un príncipe jamás te tratará mal.
―¿Nunca, nunca?
―Nunca.
―¿Y un hombre de verdad?
′Un... ¿Qué?′
La niña respondió rápidamente pues al ver la expresión dudosa de su padre imaginó que desconocía del tema.
―Mamá me dijo que me casaré con un hombre de verdad no con un príncipe.
―Cielo, no importa si es un príncipe o un hombre co... de verdad, será lo que tu desees.
―¿Pero cómo sabré la diferencia?
―Un príncipe puede ser un hombre de verdad y un hombre de verdad será tu príncipe si tú así lo deseas. Lo único que importa es que te ame y tú a él.
―¿Y si no soy la princesa que él quiere y me trata mal?
―Escucha ―suspiró con frustración sentando a la niña sobre la cama― lo voy aponer muy sencillo.
Se arrodilló frente a su hija y besó con dulzura la pequeña mano de ella.
―Si tu compañero de vida te trata mal de cualquier manera y rompe tu corazón, entonces no estas con un príncipe, mucho menos con un hombre de verdad.
―¿Y puedo escapar?
―Por supuesto que sí, siempre podrás regresar a casa.
Renata se quedó en silencio mirando a su padre con atención mientras él le limpiaba las mejillas.
―Papi.
―Dime, hija ―sonrió.
―¿Elián es un príncipe?
Su padre se quedó estupefacto sin saber cómo responder correctamente.
―Creo... cariño, que es algo que solo las princesas como tú pueden descubrir, pero desde el fondo de mi corazón deseo que sí.
―Muy bien ―bostezó adormilada.
―Si algún día es difícil para ti, papá te rescatará aunque le cueste la vida.
′Esa fue la primer mentira que rompió mi corazón’.