Capítulo 1: Regreso
Muerta estoy. Me parecía estar perdida en un espacio sin color, sin sentir, nadando en un inmenso mar sin fondo.
Creía firmemente no estar respirando, un pánico me envolvió cuando me di cuenta de que no recordaba nada de la razón por la que fui arrastrada a esta oscuridad. No, miento, un leve recuerdo hace aparición, la imagen de Geomar corriendo desesperadamente hacia mi cuando una fuerte explosión retumbo en el lugar.
El recuerdo de mi guardaespaldas, de su rostro desesperado mientras me arrastraba fuera del edificio colapsado se aferró a mi mente, me golpeó como un puñetazo en el estómago. Había sido él quien me había sacado de debajo de los escombros, quien me había salvado. Pero ahora, ¿dónde estaba? ¿Por qué no estaba a mi lado? Recuerdo vagamente que intente levantarme, ignorando el dolor en mi pierna herida, cuando una segunda explosión cubrió todo de negro. Tenía que encontrar a Geomar. Mi mente giraba en círculos, tratando de unir los fragmentos rotos de mi memoria.
Con pesadez abrí los ojos, el sol se filtraba a través de las grietas en las paredes derrumbadas. El aire estaba cargado de polvo y el sonido de mi propia respiración resonaba en mis oídos. El lugar estaba en ruinas, pero Geomar no estaba en ninguna parte. Solo había silencio y desolación. ¿Había muerto? ¿Había sido capturado por los tevas? ¿Qué eran los tevas? mi cabeza latía con dolor, y al intentar moverme, sentí que cada músculo protestaba. No podía concebir una explicación del cual fui secuestrada por ellos. Busque a tientas a mí alrededor.
Entonces, una sombra se movió en el rincón de mi visión. Gire la cabeza y lo vi: un hombre encapuchado, con ojos oscuros y una sonrisa siniestra. Los Tevas, el grupo que me había llevado a esta situación. Geomar apareció junto a mí, con rostro demacrado y ensangrentado.
—Ana—, susurró, —debes escapar. No puedo protegerte más—. Asentí débilmente. El cuerpo del hombre perteneciente a los Tevas cayó hacia delante luego de haber sido apuñalado por Geomar con una viga.
Me puse de pie con dificultad, todo se tambaleo y sentí un brazo rodear mi cuerpo evitando que cayera. Una leve sonrisa se dibujo en su rostro cansado y sentí la necesidad de limpiar el polvo pegado a su piel sudada. Un leve gemido salió de sus labios doblegándolo, sintiendo su peso atrayéndome de nuevo al suelo. Quise protestar cuando mis manos tocaron la pegajosa y caliente sangre sobre los escombros. Al ajustar mi visión el abdomen de Geomar estaba siendo atravesado por una cabilla, mientras la sangre ya había empapado casi por completo la camisa blanca que ahora estaba polvorienta.
Lo acosté completamente para ver mejor la herida, rasgue el vestido para hacer un torniquete alrededor pero antes de que pudiera reaccionar, los Tevas nos rodearon. Geomar luchó, pero era demasiado tarde. Por más que me resistiera fui arrastrada lejos de él mientras veía cómo lo apuñalaban una y otra vez.
Y entonces de nuevo, todo se volvió oscuro.
Cuandorecobre el conocimiento, no estaba en el mismo lugar. No había escombros ni rastro de aquellas personas. En cambio, estaba en una habitación grande, con muebles y detalles que denotaban elegancia y riqueza; una ventana que daba a un jardín exuberante, también la lesión en mi pierna había desaparecido. Confundida me levante de la cama y mire alrededor, papeles por doquier con palabrerías sin sentido, acordes de piano desparramados en la alfombra; la vista me parecía conocida pero no tenía sentido ¿fue un sueño? Las sensaciones eran reales, el miedo y la confusión podían tocarse.
Mis pensamientos se interrumpieron cuando Geomar sin siquiera tocar la puerta entra a la habitación.
— ¡Oye! Si ya habías despertado debiste bajar a desayunar— exasperado se acerco. — La princesa aun no se ha vestido ¿Qué te pasa la fiesta de anoche fue demasiado para ti?
— ¿Fiesta? — intento poner en orden sus palabras con los recuerdos pero nada funciona. — ¿Qué hablas de repente?
La cara de Geomar se arrugo completamente para luego darse media vuelta suspirando, se volvió hacia mi mientras pellizcaba el puente de su nariz. Lo vi detenidamente. Llevaba una camisa negra ceñida al cuerpo con esas correas de cuero donde reposa su arma, inconscientemente lleve mi mano al lugar donde estaba la herida que había visto, sentí su cuerpo tensarse pero necesitaba corroborarlo, no estaba esa fea punzada terriblemente dolorosa, bueno era de esperarse no estamos en ese lugar infernal de lo que parecía ser mi pesadilla.
— ¿Qué se supone que haces? — se aparto bruscamente. — ¿Acaso estas borracha?
Si, seguro fue eso. Una fuerte jaqueca producto de lo que podría ser de la resaca ocasionaba que mi cabeza punzara con la gritería. No me creo que haya pensado que este hombre haya muerto por salvarme, si bien lo conozco desde hace diez años y es mi guardaespaldas nunca nos hemos llevado relativamente bien. Somos lo que parece una amistad a regañadientes, no somos amigos pero tampoco enemigos.
— ¿Debería decirle a la señora Mariela que no iras a la práctica de hoy?
Oh cierto, la señora Mariela está a cargo de mi itinerario diario. Salir despejara mi mente, me muevo hacia el espejo viendo su reflejo a través, su rostro muestra una clara confusión con lo que creo que es ¿preocupación? El rostro que viene a mi mente se complementa con su presencia, no estoy de humor para nada solo quiero olvidar esa pesadilla. Por lo que volteo para hacerle frente.
— ¿Cuánto tiempo más piensas estar allí de pie? —su molestia es más visible en su rostro. —Tomare un baño y estaré lista, dile a la señora Mariela que iremos de acuerdo a lo pautado para hoy y en cuanto a ti, —hago una pausa para molestarle y sé que lo logro porque mira constantemente el reloj como si el solo hecho de estar parado allí escuchándome fuera una pérdida de tiempo, —espero que tengas listo el auto.
Oí el chasqueo de su lengua y sin decir ni una palabra salió de la habitación azotando la puerta con fuerzas. Al escuchar sus pasos alejarse mi cuerpo cae de rodillas con un gran suspiro ¿Por qué siento que fue más que una pesadilla? Un quejido real que se ha quedado en el corazón cual daga perforándolo sin cesar.
—Son tonterías, un mal sueño eso fue todo— me repito sin cesar, las lecciones de piano despejaran mi mente. Sin perder más tiempo tome una larga ducha y me aliste para salir al encuentro planteado.
La señora Mariela quien ha sido mi manager desde que he tenido cinco años ya estaba esperándome con mi café favorito, un frappe mocha. Lo tome y salí de la casa para encontrarme de nuevo con Geomar quien estaba esperando recostado sobre el auto mientras hablaba con el chofer, y allí surge de nuevo ese inquietar en mi corazón, intento ahogarlo con un sorbo del frio café. Geomar abre la puerta conduciéndome al interior del auto y cerrando la puerta como protocolo, estando todos dentro emprendemos viaje al auditorio.
La señora Mariela comienza a hablar de lo planificado para hoy, la práctica de piano para el concierto dentro de dos meses, reunirme con mi padre en la compañía porque según él tiene que presentarme a alguien y terminar el día con una cita a ciegas que propuso mi madre. Sé que la practica ira perfecta, la cita será un desastre de eso no hay dudas y si se asemeja a las citas anteriores no quiero ni ir, un hombre que solo está encantado del dinero de mis padres y de mi apariencia, solohace querer que vomite. En cuanto a mi padre ahora que lo pienso ¿Quién es esa persona que quiere presentarme? Si asumo mi sueño como algo que ya viví como una realidad alterada de una mala experiencia del día ahogado en copas de alcohol, debería haber aunque sea un fragmento de ese momento allí, pero no lo hubo. El pasar de los autos, los edificios y las personas andando a través de la ventana del auto en movimiento no ayudan a mi concentración. Al fijar mis ojos en el retrovisor me encuentro con los ojos de Geomar.
—No vamos a parar.
— ¿Qué? — no entendí a que se refería.
—En las boutiques, no vamos a parar. Ya estas retrasada.
— ¿Quién dijo que quería parar? — dije y con sorpresa voltea a verme sobre el asiento como si no pudiera creer lo que estaba escuchando.
— ¿Realmente que te pasa hoy? Estas bastante extraña desde esta mañana, tendré que averiguar el bar a donde fuiste anoche con tus amigas y que me proporcionen más de esa bebida milagrosa que te hicieron cambiar.
No respondí, de todas formas no sabría cómo hacerlo. Quería golpearlo por hablarme con ese tono burlón que junto a su voz medio grave habitual me saca de quicio, y no de buena manera, si no, del tipo de querer romperle la nariz y dejarle un ojo morado, hacerlo sangrar… sangrar, sangre. No, no de nuevo esa sensación de que algo falta, la tonalidad burlona se desvanece para dejar oír una súplica desesperada.
Habíamos llegado por suerte, salí del auto sin siquiera esperar a que me abrieran la puerta como de costumbre. Sin importar la reacción de mi manager, guardaespaldas y chofer corrí hacia el auditorio, quería enfocarme en otra cosa por lo que simplemente al ver ese gran piano blanco de cola deje que la frustración en el que se estaba sumergiendo mis pensamientos se liberara con cada nota. El maestro de orquesta y mis compañeros solo esperaron que terminara, sin decir nada pero con una gran incógnita dibujada en sus rostros. Al terminar de tocar, el maestro se acerca, su blanco cabello fue lo primero que noté al levantar la cabeza de las teclas.
—Es bueno que esté motivada señorita Ana— dijo mientras acomodaba sus lentes— pero espero que no importune a sus compañeros.
—Lo siento.
Lo que creí que sería una práctica que me ayudaría a calmarme y olvidarme de la pesadilla, se volvió abono para ella. Cada nota estaba fuera de tiempo, desafinaba, las equivocaciones iban de dos en dos, estaba haciéndolo tan mal que era probable que el sonido al final de la fatídica práctica fuera la batuta rompiéndose. No creo tener que enfatizar en el humor del maestro. Un regaño era poco lo que me merecía.
Ah que fastidio, nunca en mi vida había sido tratada de esta manera. Sin decir nada y saliendo antes de la hora estipulada volví al auto. La señora Mariela tampoco pronuncio palabra y solo le indico al chofer el próximo destino que era encontrarme con mi padre en la compañía. Pasando las barreras de seguridad los grandes edificios hicieron sombra sobre el auto, esta vez Geomar abrió la puerta y me extendió la mano para bajar.
—Si quieres podemos irnos— su voz era reconfortantemente tranquila. —Estamosaquí porque saliste temprano de la práctica y no pude dar una excusa lo suficientemente buena para…
—Está bien— lo interrumpo. —Solo será ver a mi padre y escuchar lo mínimo que tenga que decir.
Sin esperar respuesta avance a través de las puertas de cristal, al entrar inmediatamente se emplea un medio de descontaminación, las luces blancas brillaban al punto que podría ser irritante para la vista, el olor a cloro, personal con batas caminando con un carrito automatizado que llevaban frascos con contenido de colores debidamente etiquetados y una gran cesta de inyectadoras hacían que se me erizara la piel.
Tengo conciencia de haber recorrido innumerables veces estos fríos pasillos con mi padre, la compañía farmacéutica fue fundada por el abuelo de mi padre y ha contribuido enormemente a luchar contra los Sparks, personas que han sucumbido a la ciencia sucia o algo por el estilo. Nunca fue de mi interés enterarme de ello aunque ahora lo recienta un poco. Luego de un rato caminando llegamos al recibidor principal donde una amable señora con unos exagerados crespos y mucho maquillaje nos recibe, dando todo una vueltapara llegar a la oficina de mi padre. Levante mi mano indicándole que podía retirarse y abrí la puerta.
—Ana— mi padre sonríe de oreja a oreja. —Qué bueno que llegas justo estábamos hablando de ti.
—Padre no quiero importunar pero hoy no me siento bien y solo quiero volver a casa.
—Sera rápido.
Luego de lo que parecía un abrazo forzado me mira a la cara examinándome. Mi padre y yo no tenemos mala relación es solo que no me gusta venir a la compañía, desde que tenía quince años empecé a aborrecer el lugar sin explicación.
—No veo ningún problema, solo debes estar cansada mi princesa. —al terminar de examinarme una sonrisa se escucho.
—Bien dices que es aun una bebé ante tus ojos, Antonio.
—Sí, ella es lo más preciado para mí. — una conversación de colegas que se conocen de mucho tiempo, no recuerdo haberlo visto antes.
—Un gusto conocerla, señorita. Mi nombre es Sergio Dibucchanico y pertenezco a la división de investigación en Rusia.
Ahora si quería irme, el simple hecho de estrechar su mano enviaba una electricidad que impulsaba a mis pies a salir corriendo de allí. Sus ojos azules parecían buscar algo dentro mi alma, como si comprobara una teoría en su laboratorio. Inmediatamente solté su mano y le quite la mirada, recibí una respuesta de Geomar, incitando a que me alejara colocándome a su lado ¿eso llamo su atención? No quería crear malos entendidos por lo que me dirigí a él.
—Disculpe señor Sergio, como le dije a mi padre antes, no me siento del todo bien. —Aprobando mi respuesta esbozo una sonrisa.
—Oh, no se preocupe. Creo que debería irse a descansar— dirigiéndome a la puerta oí que llamo por mi nombre. —Ana— el pomo de la puerta se volvió fría al toque. —Bonito nombre, espero que el tiempo nos reencuentre de nuevo.
¿A qué se refiere? No me quedaría a averiguarlo.
—Deberíamos cancelar el resto del itinerario— Mariela dijo a Geomar, pues se que desde que subimos al auto la he estado ignorando.
—La señora Bompart está en la mansión de todos modos, así que no habrá problemas que volvamos. Ya ha de estar esperando, la llame mientras el señor Bompart se despedía.
El camino a casa nunca había sido tan largo.
Madre estaba esperando como Geomar había dicho. De seguro ya tiene un nuevo pretendiente para mí. La quiero, me siento muy identificada con ella ya que fue ella quien me incentivo a tocar. Recuerdo la primera partitura, aquella que encontré en su cómoda y cuando me escabullí a uno de sus conciertos de cuerda. Lamentable ese accidente que hizo que perdiera la capacidad de volver a tocar el violín. Pero odio que quiera emparejarme, no quiero a esas personas que solo ven lo que quieren para sí, dinero y prestigio.
—Ana…
—Sé lo que dirás mama y no, no iré a la cita.
—Vamos hija, es un buen chico. Al igual que tu le gusta la música y sus padres tienen un auditorio aquí en Venezuela.
—Mama— intento encontrar las palabras precisas, no quiero herirla. Ha tenido una obsesión de verme junto a algún artista desde el accidente. —No estoy preparada aun.
—Señora Vanessa— interviene Geomar. —Debería darse por vencida, por más buenos caballeros que usted encuentre no debería tirarlos al matadero.
— ¿Es así?
— ¡Mama! — Escucho la risa de Geomar detrás— esto no es de tu incumbencia.
—A veces no se a quien proteger, si a esta persona o a esos pobre hombres que tienen que escuchar tus groserías de chica diva. — lo golpeo pero eso solo ocasiona que se ría con más fuerza.
—Sera la última vez— insiste y sé que no podre negarme. —Me daré por vencida si no es de tu agrado. La cita será luego de tu recital.
Sin poder decir nada, solo me quedaba esperar.
El día del recital, los nervios inundaban mi cuerpo. Sentía mis dedos tensarse, las manos estaban sudando que no sabía donde secarlas y no quería hacerlo con el vestido negro. Geomar como si adivinara se acerco y saco un pañuelo tomando mis manos para secarlas.
—Todo saldrá bien, para eso has estado practicando estos últimos meses. Has estado muy extraña pero sé que ya eres así, pero cuando se trata de tocar el piano eres una diosa.
Este tonto. Es de esta manera cuando quiere, tan atento. Empiezo a sentirme nerviosa y un calor crece en mi rostro al sentir el cosquilleo de sus dedos entre los míos, cuando quise retirar mi mano él sujetó con un poco de fuerzas y plasmo un beso en el dorso de mi mano para luego con delicadeza dejar en mis manos una flor. Una leve sonrisa se formo en su boca y el rubor ya dominaba mi cuerpo, tome su rostro para verle a los ojos no quería que bromeara conmigo y sus mejillas junto a sus orejas coloreaban carmesí. No sabía si reír o dejar que una alegría que crecía dentro saliera a flote, llore… no quería hacerlo pero estaba feliz.
Di media vuelta y fui a prepararme para el recital, sabía que estaba sorprendido y que limpiaría mis mejillas. Tonto, es un verdadero tonto; no tiene que burlarse de mí, así como yo tampoco debería insultarlo… no somos enemigos pero tampoco nos separamos por quienes somos, solo convivimos con el otro.
Perfecto, todo salió perfecto, aunque lo seria aun mas si no tuviese que ir a esa endemoniada cita. La ciudad ha estado los últimos días muy agitada, al parecer unos sujetos que fueron modificados con ciencia manchada escaparon de un recinto de investigación y no saben su paradero, por lo que se ha desplegado a toda la policía para patrullar las calles.
—Cuanto drama hay al respecto— comento Geomar con la información del noticiero estelar. — ¿Cuánto crees que tarden en llegar a Maracaibo desde el Orinoco?
—Quien sabe— respondí. —Solo espero que eso no suceday los atrapen sin que hagan ningún revuelo.
— ¿Tienes miedo?
—No. No podría importarme menos. De seguro son personas que han perdido la cabeza por ser sujetas a experimentos como conejillos de india por una mínima paga y no morir de hambre.
—Eso suena mal princesa. No tienen otra opción. —no quise replicar a eso pero al ver su rostro muy serio no tuve de otra.
—No me mires así, siempre hay otra opción.
Sin decir más nada apague la televisión y el solo se burlo chasqueando la lengua y mirando hacia otro lado para luego ponerse de pie y colocarse su gabardina. Era hora de partir. Llegando al lugar del encuentro no había nadie, pregunte al encargado del restaurante y no había nadie con las características ni nombre descritas. Minutos después el susodicho llego a lo que solo me limite a ignorarle y pasar de él, no estaba dispuesta a quedarme cuando me había dejado esperando media hora después de la hora acordada. Quiso tomarme por el brazo pero Geomar lo detuvo.
—Perdóneme pero la autopista estaba congestionada por un altercado. —se veía bastante alterado. No mentía.
—Lo siento, igual esto no va a funcionar.
—Pero…
—La señorita te ha pedido que la perdones, así que, tenga buenas noches.
Al intentar retirarnos una multitud alterada corría hacia nosotros, Geomar me condujo rápidamente en dirección al auto pero de pronto se escucho una detonación. Los gritos de la gente era ensordecedor para luego de entre las llamaradas hacer aparición unos hombres con armamento pesado. Geomar me escondió detrás de él pero el infame hombre de la cita me agarro por la espalda.
— ¡Ana! — Geomar giro pero un tiro a su pierna lo doblego.
— ¡Geomar!
—Ana Bompart— me hablo al oído. —La hemos estado esperando, su poder es necesario para el plan de los Tevas.
La pesadilla se repite.