Capítulo 1
Había crecido sin lujos, había tenido a un bebé ella sola y había abandonado a la única mujer a la que había querido, pero lo que iba a hacer era lo más duro a lo que Camila Cabello se había enfrentado en su vida.
-Lauren, este es James, tu hijo.
«No, así tampoco».
Ya tenía en la mano el pomo de la puerta de la clínica veterinaria de Lauren Jauregui, pero se dio la vuelta y se volvió a la furgoneta con su hijo en brazos. No podía ver a la madre de su hijo hasta que le saliera bien. ¿Qué le iba a decir para hacerle entender por qué no le había dicho que tenía un hijo?
No podía mentir. Mentir es lo que la había metido en todo aquel embrollo. Bueno, no había sido exactamente por una mentira sino por no decir la verdad. No hablar a Lauren de James antes había sido un error fatal. El peor que había cometido, después de haberse enamorado de la doctora Lauren Jauregui, su mejor amiga.
El niño se rió y pidió bajar. Camila sintió un terrible mareo que la obligó a apoyarse en la furgoneta. Apretó al niño contra sí e intentó controlar el terrible temor de que algo le estaba sucediendo, algo que la iba a apartar de él.
Se alejó del vehículo y atravesó la pradera, que estaba verde de la lluvia primaveral de Texas. Si no se movía, se iba a quedar dormida de pie. Debía hablar con Lauren cuanto antes.
Ahora o nunca.
Camila tomó aire e irguió los hombros. Abrió la puerta prometiéndose a sí misma que su hijo iba a tener a su madre.
Nada más entrar, vio a Lauren al otro lado de la habitación. Estaba rellenando una ficha y tenía la cabeza bajada. Los recuerdos de la única noche que habían pasado juntos la invadieron y dejaron paso al dolor de todas las que había pasado sola después. Sintió deseos de llorar al pensar en lo que podría haber sido, pero se controló, decidida a terminar con aquello por el bien de su hijo.
Lauren llevaba unos vaqueros desteñidos, botas viejas y espuelas. Seguramente, tendría luego un rodeo. La hebilla que había ganado tres años antes resaltaba sobre la camisa vaquera que cubría sus poderosos abdominales. Señal inequívoca de que iba a salir después de la competición.
Aunque había pasado tiempo, Camila seguía odiando aquella hebilla. Era como una luz que la atraía hacia la competición, que lo obligaba a correr riesgos innecesarios y a no comprometerse. También era un recordatorio de por qué se había visto ella obligada a irse aunque lo que más deseaba en la vida era quedarse entre sus brazos.
Intentó no quedarse mirándola fijamente, pero se encontró observándola de arriba abajo. Aquellas piernas musculosas y largas. Todo en ella, desde su postura hasta su mandíbula, indicaba solo una cosa: Chica mala.
No había cambiado.
Tampoco la manera en la que a ella se le aceleraba el corazón al verla.
Sus ojos se encontraron. Vio la expresión de sorpresa en su cara. No dijo nada, solo la miró con aquellos ojos suyos del color verde esmeralda, unos ojos que la acariciaron como antaño lo hicieran sus manos. La observó lentamente, haciendo que lo que había sentido por ella una vez saliera a la luz de nuevo.
Se dio cuenta de que había sido una loca al pensar que podría entrar allí, volver a ver a Lauren y que no le pasara nada. Pues le estaba pasando. No se encontraba bien y no sabía si lo volvería a estar nunca.
-Dichosos los ojos -exclamó ella dejando la carpeta y el bolígrafo en la mesa y yendo hacia ella con una sonrisa diabólica en los labios. Aquella sonrisa que le había robado el corazón-. Ya era hora de que vinieras a verme -Camila se preguntó si no se le borraría la sonrisa de la cara cuando supiera el motivo de su visita-. Hola, pequeño, ¿qué tal? -dijo como si le estuviera leyendo el pensamiento.
El niño escondió la carita en el cuello de su madre.
-Es un poco tímido -lo disculpó ella.
Lauren la miró con curiosidad.
-¿De dónde ha salido este pequeño? -Camila no contestó. Solo se oía el aire acondicionado y la música country. Lauren estaba esperando una contestación. Camila intentó controlar la ansiedad-. ¿Camila? -preguntó levantándole el mentón con un dedo y mirándola a los ojos.
No quería decírselo, no quería verla enfadada. Lo peor era que no quería hacerle más daño del que ya le había hecho.
Se recordó a sí misma para qué había vuelto y tomó aire.
-Te presento a James. Es mi hijo.
-¿Te has casado? -preguntó Lauren algo molesta.
-No -contestó ella-. James tiene dos años. Nació el cinco de mayo de hace dos años.
Camila lo miró mientras ella digería los datos y comenzaba a darle vueltas a la cabeza y a hacer cálculos. Ella esperó.
Camila temblaba de miedo. Tenía miedo ante su reacción, ante lo que diría del niño. Se preguntó si se habría equivocado hacía dos años, cuando se fue sin decirle nada de James. Lauren tenía derecho a saberlo.
Camila apretó las rodillas. El cansancio amenazaba con poder con ella. Rezó para que Lauren no culpara a su hijo de los errores que ella había cometido. Rezó para que aprendiera a quererlo. Rezó para que nunca supiera que, a pesar de lo que había ocurrido entre ellos, de lo que ella había hecho, sus sentimientos hacia ella no habían cambiado.
Lauren dejó de sonreír y la miró inquisitivamente.
-¿Me estás diciendo...?
-Que James es tu hijo.
Su hijo.
Lauren Jauregui se quedó de piedra. No podía ni respirar. La cabeza le daba vueltas como si se acabara de caer de un caballo. No oía la música, solo las palabras de Camila.
Si ella hubiera sonreído lo más mínimo, habría sabido que era una de las bromas que solían gastarse continuamente, pero vio miedo y cansancio en sus ojos y supo que no era así.
Aquella traición le hizo un nudo en las tripas.
-¿Por qué, Camila? ¿Por qué te creíste en el derecho de apartarlo de mí?
-No pensé que... -contestó encogiéndose de miedo.
-Exacto. No lo pensaste porque, si lo hubieras hecho, habrías sabido lo que yo hubiera pensado y dicho.
-Déjame que te lo explique...
-¿Para qué? Tú no me diste ninguna oportunidad -contestó ella sin gritar demasiado para no asustar al niño-. ¿Por qué vienes ahora a decírmelo? -estaba tan blanca como la camiseta que llevaba. Perdió el equilibrio y ella la agarró del brazo. Lauren maldijo-. ¿Estás bien, Camz? -preguntó con amabilidad a pesar de que por dentro estaba hecho una furia.
-Solo estoy un poco cansada -contestó alejándose de su mano-. Se llama James David, pero lo llamo James -añadió mirando a su hijo con cariño.
Ella miró a la criatura. Ojos color verde esmeralda, pelo negro y tez blanca. Demasiadas coincidencias.
El niño lo miró. Sus miradas se encontraron, pero el pequeño bajó la cabeza hacia el pecho de su madre.
Lauren sintió un gran instinto de protección y algo más que no era el momento de analizar.
-Me lo tendrías que haber dicho antes de irte.
-Entonces, no lo sabía -contestó disimulando un bostezo.
Lauren la agarró del brazo y la sentó en una silla.
-Siéntate antes de que te quedes dormida.
-Lo siento. Llevo dos semanas estudiando incluso por las noches. Ayer tuve el último examen, metí las cosas en la furgoneta y nos vinimos directamente -contestó bostezando de nuevo-. Estoy cansadísima, pero tenía que hablar contigo.
-Mira, tenemos muchas cosas de que hablar, pero ahora no puedes ni abrir los ojos. ¿Por qué no te vas a mi casa a dormir un poco? Luego hablamos -le sugirió pensando que, así, ella tendría tiempo de asimilar todo aquello.
Ella se levantó y parpadeó varias veces, como si le costara enfocar.
-No, tenemos que hablar de tantas cosas. Solo necesito lavarme un poco la cara.
-Camz, he esperado dos años. Puedo esperar un poco más -le dijo ella. Confiaba en poder controlar los sentimientos de antaño que había vuelto a experimentar al verla. Era como si no se hubiera ido, pero lo había hecho.
Además, le había mentido.
El niño protestó y Camila le dio un beso.
-Espera un poco, cariño. Ya nos vamos -dijo sonriendo a Lauren a modo de disculpa-. Hay un hotel aquí cerca.
-No hay necesidad de que vayan a un hotel -contestó ella preguntándose por qué no quería ir a su casa. Tal vez, temía sentirse incómoda en el lugar donde habían hecho el amor-. Mira, Camz, no...
-Gracias, pero no quiero molestaros ni a ti ni a tu pareja.
-¿Cómo?
-Supongo que vivirás con alguien.
-¿Te refieres a una mujer?
-No, me refiero a un tractor -contestó con una leve sonrisa-. Claro que me refiero a una mujer.
No tenía ninguna intención de confesarle que solo había tenido dos citas desde que ella se había ido y que ninguna de las dos había funcionado. Ninguna de las dos mujeres tenían su inteligencia ni su ingenio.
-No, Camz, no vivo con nadie.
-Ah.
-¿Contenta? ¿Accedes a ir a mi casa, ahora? -le dijo. Camila no contestó-. Venga, no soy la loba que te va a comer. Prometo comportarme.
-Olvidas que te conozco -contestó ella sonriendo y luchando para que no se le cerraran los ojos.
-Bueno, lo he intentado -dijo ella agarrando al niño. Sorprendente lo natural que le pareció tenerlo en sus brazos. Había agarrado muchas veces a Mia, la hija de Harry, pero era diferente. James era su hijo.
Aunque le costara horrores admitirlo, la había echado de menos terriblemente mientras ella estaba en la facultad de Veterinaria. Había echado de menos que fuera a molestarla con todos los perros y gatos que se encontraba por la calle. La había echado de menos porque había puesto orden en su vida. Pero eso había sido antes de que la abandonara, antes de aquella mentira inimaginable.
Lauren se dio cuenta de que estaba extenuada. Le sobraba la ropa, como si hubiera adelgazado. Siempre se había exigido mucho a sí misma, solía olvidar comer y dormía poco.
La acompañó fuera y la agarró de la cintura para que no se cayera. Estaba tan delgada que le podría haber abarcado la cintura con las manos. Medio dormida, se paró junto a ella mientras Lauren cerraba la clínica.
Lauren vio que tenía los hombros tan caídos como si llevara sobre ellos el peso de todo el mundo. Como siempre. El sol, que se estaba poniendo en el horizonte, remarcaba las ojeras que había bajo sus ojos, antaño llenos de vida.
Tenía arrugas alrededor de los labios, unos labios que solían sonreír continuamente.
Estaba enfadada por que no le hubiera dicho lo del niño, pero le preocupaba que estuviera bien porque, como de costumbre, parecía que había estado ocupándose de todos menos de ella.
Aquel niño que se revolvía en sus brazos, le dejaba claro que había una parte de ella que no conocía... una parte capaz de guardar secretos dolorosos. Dadas las circunstancias, estaba contenta porque al día siguiente tendría todas las explicaciones que quisiera.
-Camz, no estás como para conducir. Yo llevaré tu furgoneta y ya volveré mañana por la mía.
Ella le sonrió y bostezó.
-Veo que sigues tan cabezota como siempre, Lauren Jauregui, pero estoy demasiado cansada como para discutir. Muy bien, tú llevas mi furgoneta, pero ten cuidado porque Matilda va en el remolque.
-¿Sigues teniendo a esa vieja yegua?
-Es como de la familia -contestó ella apoyándose en el parachoques. Lauren se
apresuró a agarrarla, para lo que tuvo que dejar al niño en el suelo. Tomó a Camila en brazos y la metió en la furgoneta.
Agarró al niño, lo sentó en su sillita y le dio un vaso con pajita que encontró.
Dio la vuelta a la furgoneta y al remolque. Ya cinco años antes, cuando Camila había llegado para trabajar con ella y con su socio Harry, estaban que daba pena. No habían cambiado.
Comprobó que la bola del remolque estuviera bien sujeta y abrió la puerta del conductor. Camila iba peinada con una larga trenza que le colgaba sobre un hombro y de la que se habían escapado algunos mechones marrones que danzaban al compás de la brisa que entraba por las ventanas. Lauren le colocó el pelo detrás de las orejas.
Cuántas veces había pensado en ella. Había intentado dar con ellas varias ocasiones, pero no había podido. Era como si nunca se hubiera ido. Era como si todo volviera a ser igual.
Excepto por el niño.
Y la mentira.
Dejó un cuaderno que había sobre el asiento en el suelo y la acomodó entre el niño y ella. Le ató el cinturón. Al hacerlo, se impregnó de su dulzura, pero apretó los dientes e intentó ignorar aquel olor que nunca había olvidado. Tenía que tener la mente despejada, algo que nunca había conseguido con ella cerca. Y así habían terminado, liándolo todo.
No entendía cómo podía haberle ocultado que estaba embarazada. Camila nunca había sido mujer de jueguecitos. La única persona que conocía que tuviera más reglas que ella era su padre y la brigada las cumplía todas, exactamente igual que ella.
Maldijo y miró al niño. Había sido Camila la que se había quedado inconsciente, pero tendría que haber sido ella quien se hubiera desmayado al enterarse de que tenía un hijo de dos años.
James le dio a Camila el vaso. Al ver que no se movía, el niño la miró con la cabeza ladeada.
-Mamá, dodó.
-Sí, James, mamá está dodó -le confirmó Lauren con dulzura.
El niño asintió y volvió a meterse la pajita en la boca mientras miraba a Lauren con preocupación. Tan preocupado como ella.
Mientras tomaba el camino que llevaba a su finca, no pudo evitar preguntarse si Camila se lo habría ocultado porque la creyera una irresponsable. Se sintió furiosa y clavó las uñas en el volante. Hasta ese momento, había decidido ella sola en cuanto a James.
Sin embargo, desde ese momento en adelante, ella tendría algo que decir sobre el futuro de su hijo.
El ladrido de un perro sacó a Camila del profundo sueño en el que estaba sumida. Se estiró y bostezó. Se giró hacia un lado. La almohada olía a la chica.
Camila parpadeó varias veces hasta que consiguió ver con nitidez las fotografías de caballos que colgaban de las paredes. Había un televisor en la mesilla, rodeado de libros y revistas de veterinaria.
Se sentó en la cama y miró a su alrededor. La había metido en su cama. Otra vez. La diferencia era que, la última vez, ella le había seguido hasta allí de buena gana. No recordaba que la cama fuera tan grande, ni tan solitaria.
Aunque estaba prácticamente a oscuras, reconocía su habitación. Aquella noche que habían pasado juntas le había valido para memorizarla al detalle. Aquella noche en la que sus caricias y sus dulces palabras habían roto sus defensas. Aquella noche en la que se había dejado llevar por el amor secreto que sentía por su mejor amiga. Aquella noche había dado la espalda a los principios que habían regido siempre su vida.
Los perros volvieron a ladrar y oyó llorar a James. Le pesaban los brazos y las piernas, pero apartó las mantas y se puso de pie, agradecida por estar vestida con las mismas ropas que el día anterior. Movida por el instinto materno, fue corriendo hacia la puerta preguntándose cuánto tiempo habría estado durmiendo y si James estaría bien.
El llanto del niño se hicieron más fuertes y corrió por el pasillo. Sabía que Lauren podía hacerse cargo perfectamente de un niño de dos años. La había visto trabajar con caballos heridos y sabía que siempre era cuidadosa y responsable. ¿Estaría Lauren con James? Necesitaba ver con sus propios ojos que al niño no le pasaba nada. ¿Qué habría hecho mientras ella dormía? Sintió un nudo en la boca del estómago.
Con el pulso acelerado, se paró en la puerta de la cocina. Sintió un gran alivio al ver al niño sentado en una silla delante de la nevera. Lauren estaba a su lado. Llevaba vaqueros, la camisa arremangada y botas, como siempre. Camila se preguntó si serían las mismas que no había conseguido quitarse aquella noche. No habían conseguido llegar a la cama. No la primera vez.
Ni la segunda.
Cerró los ojos e intentó controlarse. Había olvidado el efecto que su altura, sus hombros y su sonrisa arrebatadora habían tenido sobre ella.
Y seguían teniendo.
No era solo su físico. Sus sentimientos hacía ella iban mucho más allá y se remontaban a antes de su noche de amor. No había dejado de echarla de menos ni un solo minuto. Las tiernas palabras de aquella noche habían alimentado ese recuerdo. Le había dicho que era guapa y que la deseaba.
Le había dicho cosas que habían casi conseguido hacerla olvidar que casi toda su vida se había sentido poco querida.
Abrió los ojos y vio a Lauren sacando una caja de cartón de una estantería de la nevera.
-¿Y pizza? -preguntó al niño.
Camila iba a intervenir cuando vio que su hijo agarraba la pizza y la tiraba sin dejar de gritar y protestar. Se dio cuenta de que estaba gritando porque estaba enfadada. Las cosas no estaban saliendo como ella quería. La única persona más cabezota que James era Lauren. Sus pensamientos volvieron a volar a aquella noche, en la que habían concebido al pequeño. Tras la segunda vez, Lauren le había dicho que tenían que parar porque no quería hacerle daño. Camila sonrió al recordarlo. Pero ella había insistido y había conseguido convencerla. Aquella noche fue la única que pasó con ella y así debía ser.
Lauren agarró la caja de la pizza y la puso sobre la mesa. La misma mesa en la que descansaban otras cosas que el niño había ido desechando. La misma mesa en la que le había hecho el amor por primera vez.
-Te has bebido el único refresco que tenía. Solo hay cerveza y tú no puedes tomar cerveza -James se tiró al suelo y pataleó. Cuando quería algo, lo quería al momento-. Lo siento mucho, pequeño, pero eres un poco joven para beber cerveza.
James balbuceó y se agarró a Lauren a la altura de la rodilla.
Camila sintió que le daba un vuelco el corazón. Había imaginado que volver a ver a Lauren iba a ser difícil, pero no había previsto cómo se sentiría al ver a madre e hijo juntos. Sintió remordimientos. Tragó saliva e irguió los hombros.
Camila se recordó que Lauren siempre había sido, y probablemente seguiría siendo, un espíritu libre que no había deseado nunca atarse. Más le valía no olvidar por qué se había ido. Pero no era el momento de pensar en ella.
No sabía si Lauren le echaría en cara haberle cargado con la responsabilidad de criar a un niño. Por eso, precisamente, no había querido decirle que estaba embarazada.
Pero no había nadie más que pudiera ocuparse de James si llegaba el momento.
-Muy bien, James -dijo Lauren cerrando la nevera y sentándose en el suelo junto al niño-. Me parece que ha llegado el momento de despertar a mamá.
James fue gateando hasta su regazo y la vaquera lo agarró dubitativo.
-Estoy despierta -James corrió hacia ella. Sus piececillos desnudos retumbaron en el suelo de madera. Ella soltó el marco de la puerta y tomó al niño en brazos. James pareció calmarse-. Hola, cariño, ¿has sido bueno?
Con la cabeza escondida en su cuello, el niño asintió.
Camila sintió que Lauren la estaba mirando e intentó no mirarla, pero no pudo evitarlo. Aquella mujer seguía desarmándola con tan solo una mirada... Aquella mirada le recordó la cama sobre la que cayeron la tercera vez que hicieron el amor.
Como si le estuviera leyendo el pensamiento, Lauren la miró con más intensidad, comenzando por los pies y subiendo, parándose aquí y allá, haciendo que se acalorara y se le acelerara el pulso. Sus ojos se endurecieron como aquella noche. Aquella noche que había intentado olvidar tantas veces. Nunca lo había conseguido. Sus caricias sin prisas y sus interminables besos la habían acompañado todo aquel tiempo.
Camila tomó aire. No quería recordar la suavidad de sus manos callosas, la manera en la que su cuerpo había respondido a sus caricias ni cómo su boca había encendido llamas que la habían consumido.
No. Se negaba a volver a recordar aquella noche, pero ¿cómo iba a conseguirlo si Lauren no paraba de mirarla así?
-Lo siento. No podía más de sueño. Gracias por cuidar a James.
Lauren se encogió de hombros y se levantó sin dejar de mirarla.
-Me voy a duchar y vamos a desayunar a la ciudad. He estado toda la noche pensando en nosotras y en lo que pasó.
-No hay un nosotras. Lauren. Nunca lo hubo -mintió amargamente-. Lo que hubo entre nosotras solo fue sexo entre adultas. Solo eso y solo una noche -añadió enferma ante la mentira. Intentó pasar de largo a su lado, pero ella se puso en medio-. Si no te importa, tengo que dar de comer a Matilda.
Ella la agarró de la muñeca y deslizó la mano hasta su antebrazo. Camila sintió una descarga eléctrica.
-La sacamos ayer del remolque y la metimos en el establo con mis caballos. Esta mañana, el niño y yo la hemos dado de comer. Parece que a James se le da bien.
-Gracias -contestó ella con voz débil.
-Camz, quiero respuestas -le dijo con los ojos nublados como una tormenta de verano-. No creo que puedas convencerme de que hiciste lo correcto, pero estoy dispuesta a escucharte, después de la ducha. No tardo nada -añadió pasando junto a ella.
La cabeza le daba vueltas. Camila agarró una silla con mano temblorosa y se sentó en la mesa de la cocina con cuidado para no despertar al niño, que se había quedado dormido en sus brazos. Se había intentado convencer a sí misma de que podría con la arrolladora sensualidad de Lauren. Agarró un sobre que había sobre la mesa y se abanicó mientras admitía que se había equivocado. Aunque había cambiado un poco, había hecho bien yéndose. Lauren seguía siendo demasiado guapa. Exhalaba más sensualidad de la que debería estar legalmente permitida. Aún así, era la madre de James.
Se encogió. Sabía que no podía echarle la culpa de todo a Lauren. Ella no la tenía de tener el físico que tenía, ni de que las mujeres se le abalanzaran. Ella misma lo había visto intentando quitárselas de encima sin herir sus sentimientos. Era una buena mujer. Vivir con ella sería mejor que ver a su hijo en un orfanato, en el que sus compañeros lo rechazarían y marginarían, si a ella le pasaba algo.
Ella era una experta en el tema de la soledad. La soledad había hecho que se arrojara en brazos de Lauren aunque había visto que no se quería comprometer con ninguna mujer. Después de haberse acostado con ella, había decidido no colgarse de su cuello como habían intentado otras. Antes de tener que soportar que se alejara de ella, decidió ser ella, por una vez en su vida, la que diera el primer paso y se fuera. Había hecho lo único que podía hacer: irse.
Camila acomodó al niño en su regazo y aspiró el aroma de Lauren en las ropas de su hijo. El hijo de las dos.
Le resultaba raro verse allí, pidiendo ayuda a la mujer a la que tanto había intentado olvidar. Pero, después de todo, era la madre de James. No tenía nadie más a quien recurrir. Durante toda su vida, se había impuesto unas normas que cumplía estrictamente. Volver y hablar con Lauren era incumplir la número dieciséis y la número diecisiete, pero no había tenido opción. No podía soportar la idea de que su hijo se quedara solo. Quería que conociera el amor de Lauren.
Aunque ella jamás lo conociera.