EL SECRETO DE LAS ESTRELLAS
INFO DE LA AUTORA
Virginia Muñoz, más conocida en redes como Nia, nació en 1996 en Mataró, España.
Desde muy pequeña es una amante de las historias de fantasía. Descubrió su pasión por escribir con diecinueve años cuando empezó su primera novela y desde entonces no ha dejado de escribir múltiples proyectos dejando un pedacito de ella en cada uno de estos. En sus ratos libres también es una apasionada de la lectura y una bailarina entregada, madre de dos gatos peludos.
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Capítulo 1
El extraño
«¿ Morí?» fue el primer pensamiento de Ara al abrir sus ojos.
«Si estoy muerta, el paraíso es bastante decepcionante» pensó a continuación.
«Pero si no estoy muerta, ¿por qué hay un hombre en medio de una explosión de luz?» reflexionó, finalmente.
Comprendió, en efecto, que no estaba muerta, aunque no podía entender el por qué. La altura de la que había caído era más que suficiente. Sin embargo, aquello era un pensamiento que decidió guardar en un rincón de su mente, al menos hasta que descubriese qué había pasado.
Incorporándose levemente, comprobó que no tenía ningún hueso roto y se puso de pie. La oscuridad de la noche la invadió. Le llevó unos parpadeos acostumbrarse a la falta de luz y enfocarse en el extraño que tenía delante.
La embriagaron los sonidos del bosque. Un búho se escuchaba a lo lejos, y pequeñas luciérnagas pasaban sin parar. El intenso olor y la humedad que empapaba el bajo de sus pantalones delataba la lluvia de la tarde. El bosque estaba apenas en penumbra, rodeado de grandes árboles que parecían llevar siglos guardando el pequeño claro. Ignorando el leve mareo que la invadía, aprovechó para observar al desconocido. Podía ver la espalda ancha, cubierta por lo que parecía una americana de traje. El cabello renegrido casi se podía confundir con la negrura del cielo.
—¡Perdona!
Ara lo llamó, pero el desconocido no dio señales de haberla escuchado. La muchacha se acercó, aunque manteniendo una distancia prudencial.
—¡Perdona! ¿Se puede saber qué ha pasado aquí? ¿Quién eres?
Repitió aún más cerca. Ara logró captar la atención del individuo, quien se giró despacio como si lo hubieran sorprendido haciendo algo indebido. La expresión apenas duró unos segundos. Ella pensó que tal vez se lo había imaginado. Hacía tiempo que no pasaba por allí, pero le pareció extraño que alguien deambulase por esa zona a esas horas, tan cerca de la casa de su familia.
Lentamente, el extraño giró sobre sí, revelando un rostro más definido. Sus ojos eran como el cielo en un día soleado, de un azul claro que casi resultaba incómodo de mirar durante mucho tiempo. Su cabello, perfectamente peinado, invitaba a desordenarlo con los dedos. Una barba de tres días añadía un toque de rudeza a su apariencia, y Ara estaba segura de que, si la tocaba, sentiría su rasposidad. Su mandíbula estaba tan definida que parecía esculpida, al igual que el resto de su expresión, demasiado seria para alguien que aparentaba no más de treinta años. Era un hombre moreno e intimidante.
El silencio del extraño la incomodaba cada vez más, y un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando sus ojos la examinaron de arriba abajo.
Ara era una joven de cabello rubio. Lucía por aquel entonces una melena que caía en ondas, de tonos dorados. Las puntas de su cabello, salpicadas de colores vibrantes, destellaban como pequeñas estrellas en la noche. Sus ojos, profundos y vivaces, reflejaban una chispa de curiosidad y energía que irradiaba vida. Aunque de estatura baja, sus formas se desplegaban con suavidad y armonía, trazando curvas bien definidas que invitaban a la mirada, y a recorrerlas con deleite.
—¿Quién eres? — repitió, enderezando los hombros y tratando de disimular el nerviosismo que tintaba su voz.
— Soy Deimos Saintard, propietario de varios negocios en el pueblo. — el hombre respondió con una naturalidad que desconcertó a Ara, quien frunció el ceño antes de indagar más.
—¿Qué tipo de negocios? — cuestionó, consciente de que nunca había oído ese nombre y de que su abuela nunca lo había mencionado, lo que la llevaba a sospechar que era mentira.
—Del café, por ejemplo. — sostuvo su mirada con firmeza, aunque Ara pudo percibir la mentira; después de todo, la señora Collins había sido la dueña del café desde que tenía memoria.
—Mire, le agradecería que no me mintiera. Si no quiere que llame a la policía, deje de pretender que es el dueño del café.
El ceño fruncido del hombre no pasó desapercibido para Ara. Sin embargo, cuando él se dio la vuelta y comenzó a alejarse en dirección al bosque, ella perdió la confianza para seguirlo. Bajo ningún concepto iba a aventurarse tras un extraño en el bosque. Así pues, con la rabia por la mentira brotando en su interior, empezó a alejarse sin darle la espalda, alzando la voz en señal de desaprobación.
—¡Sepa usted que lo voy a reportar con el señor Conrad! — exclamó Ara con determinación, sintiendo la necesidad de tomar alguna medida ante la presencia inquietante del desconocido.
No se le ocurría otra cosa que avisar al policía del pueblo para que estuviera atento al individuo, aunque sabía que era poco lo que podría hacer. Hasta que el hombre no desapareció por completo de su vista, la muchacha no se atrevió a moverse nuevamente volviendo a su hogar.
Supo que esa noche no conseguiría las respuestas que ansiaba. Emprendió entonces el camino de vuelta a la pequeña casita familiar. Al abrir la puerta la recibió la soledad y una ráfaga de aire se coló provocando un estremecimiento. Recordó el estado de su ropa, y una vez dentro se deshizo de la sudadera y el tejano, desechándolos en el cesto del baño. Dejó los zapatos húmedos bajo la estufa, antes de enfundarse en su pijama de franela. La manta la esperaba, acogedora.
La pregunta volvió entonces a su mente.
«¿Cómo puede ser que sigo viva después de la caída?».
Perdida en aquel pensamiento cayó en un sueño, uno en el cual aquel hombre misterioso volvió a su mente.
Capítulo 2
Investigación
Ara no estaba segura si la mañana transcurrió tranquila o estaba siendo de lo más extraña. Tras prepararse para el día y dar un paseo por el pueblo, pasó por su café habitual para saludar a la señora Collins.
Al pasear por las calles no pudo evitar dibujar una sonrisa en su rostro. El bullicio de la gente haciendo su vida era algo que siempre le había gustado, sobre todo en los pequeños pueblos. Podía ver al pasar a las parejas de ancianos sonriendo y compartiendo desayunos, o a los niños jugando en la plaza entre risas. Al entrar al café el intenso y tibio aroma dulzón invadió sus sentidos.
La algarabía de los grupos de amigas estallando a carcajadas por el comentario de alguna hizo recordar cuando se juntaba con su grupo tiempo atrás. El lugar apenas había cambiado su estética para modernizarse, y mantenía el estilo retro de las cafeterías antiguas que le encantaba. Pero su rostro empalideció cuando vio la presencia de Deimos Saintard, el hombre con el que se había encontrado la otra noche en el bosque, tras el mostrador.
Cuando llegó al mostrador y quedó frente a él, su expresión sonriente sin duda alguna la sacó de sus casillas.
—¿Qué hace aquí, señor Saintard? —la voz de la muchacha era firme y acusatoria, mientras miraba en dirección al almacén, esperando a que saliera la entrañable señora que solía servirle el café.
—¡Ya le dije que soy el dueño del establecimiento, señorita! —respondió el hombre con determinación.
Al volver la vista al frente, se encontró con la mirada azul del hombre, que no perdía la sonrisa. —No encontrará a nadie más ahí dentro. —Añadió, haciendo un gesto con la cabeza hacia donde ella había estado mirando, justo cuando la puerta del café se abría y entraba la señora Collins.
—¡Buen día, Deimos! —saludó la señora Collins, desconcertando a Ara, quien se sorprendió al ver que ambos se conocían. —¡Ara, querida! —la saludó la menuda señora de rizos castaños, acercándose a ella con una sonrisa y un fraternal abrazo.
—Me alegra tenerte de vuelta por aquí. —añadió la señora Collins con una sonrisa. Al fin y al cabo, conocía a la mujer desde que era pequeña, ya que pasaba los veranos en Astra.
—Señora Collins, ¡no sabía que le había vendido el café al señor Saintard! ¿Hace cuánto se lo ha traspasado? —preguntó Ara, decidida a presionar un poco para confirmar la versión del hombre.
—Ara, ¿te encuentras bien? El café... ¡Siempre ha sido de Deimos! —la mujer frunció el ceño sin comprender a qué se refería.
La confusión se reflejaba claramente en el rostro de ambas mujeres, pero por diferentes motivos. «¿Cómo es posible que siempre haya sido de ese hombre?»
La pregunta resonaba en su mente, martillando con fuerza.
No. No podía ser verdad. Había pasado incontables tardes en aquel café, refugiándose del calor de la plaza, con su pequeño portátil, mientras disfrutaba de un batido.
Sentía la mirada penetrante de Deimos sobre ella, con esos ojos azules que la perturbaban. Sin embargo, ella no apartaba la mirada. Se había olvidado por completo de la presencia de la señora Collins y del resto de personas en el café, quienes no parecían alarmarse por la presencia de aquel hombre. Había perdido la noción del tiempo, hasta que un carraspeo seguido de una risita finalmente puso fin a aquel duelo silencioso, obligándola a apartar la mirada.
La señora Collins recogió el café, ya frío, que en algún momento había dejado sobre el mostrador. Se despidió de ellos con una sonrisa, y volvió a cruzar la puerta que daba al interior del negocio.
—Como le decía, señorita Steinfeld, llevo siendo propietario desde que abrimos.
La voz de Deimos resonó con seguridad, aunque un destello de diversión se vislumbraba en su mirada al llamarla por su apellido. Ara disimuló la sorpresa. Después de todo, no se había presentado en su primer encuentro. La irritación de ella se hizo más palpable cuando pidió nuevamente su café al camarero.
Decidió ubicarse en una de las mesas del lugar, tratando de alejarse de la barra. Sin embargo, incluso desde allí, no podía evitar sentirse observada. Cada vez que levantaba la vista de su portátil, se encontraba con la mirada escrutadora de Deimos, como si tratara de atravesarla con la intensidad de su mirada.
Dispuesta a ignorar ese hecho, Ara tecleó en su ordenador el nombre “Deimos Saintard”.
Nada.
Decidió entonces indagar sobre el nombre del café, buscando evidencia de que perteneció a los Collins desde siempre. Para su sorpresa, un artículo llamó su atención:
“Inauguración estelar del Shine Coffé“.
Al pinchar en el enlace, se encontró con una fotografía que no parecía ser demasiado antigua. En ella, el Alcalde estrechaba la mano con el hombre tras la barra. Ara estaba perpleja. Estaba segura de tener fotografías que corroboraban su versión. La única explicación que encontraba era que ese hombre hubiera comprado el café, pero entonces ¿por qué la señora Collins siempre había sido la dueña en su memoria? El enfado y la vergüenza se arremolinaron dentro de ella sin saber cuál ganaría. Había algo en todo esto que no encajaba, y estaba decidida a averiguarlo, aunque por el momento optó por hacerlo con cautela.
Bajó la tapa del dispositivo, dispuesta a marcharse. Justo antes de abrir la puerta del café, la voz grave del hombre la dejó paralizada.
—Que tenga una buena tarde, señorita Steinfeld. Espero volver a verla pronto... —dijo Deimos con una sonrisa que no llegaba a alcanzar sus ojos.
Un escalofrío recorrió la espalda de Ara. Lo miró por encima del hombro y descubrió que sus ojos la seguían como si intentaran explorar su alma.
Sin añadir nada más, salió del lugar con un nudo en la garganta. Le faltaba el aire y la piel de la nuca se le había erizado. Había algo en esa persona que la inquietaba sobremanera, pero intentó apartar esos pensamientos de su cabeza. Decidió dar un largo paseo por el pueblo para recuperar su buen humor.
Capítulo 3
Enfrentamientos
La tarde resultó tranquila aunque llena de emociones . Recorrió los lugares de las fotografías, y en cada uno de ellos escuchó la grabación pertinente que le había dejado su abuela. Al inicio se sorprendió cuando en la lectura del testamento el abogado dejó una pequeña caja de madera frente a ella. Al abrirla, sus manos temblaban. Se encontró con recuerdos que ella y su abuela habían atesorado, de unas fotos antiguas y un reproductor de cintas con algunos casettes. No empezó a escuchar las cintas hasta algunos días más tarde, justo antes de hacer su viaje hasta el pueblo.
La primera vez que dioPlay, tuvo que pausar casi de inmediato el audio. Fue una sorpresa tomar conciencia de que tenía la voz de su abuela de nuevo en el oído, contándole una larga historia, igual que cuando era pequeña.
Adoraba la hora de ir a dormir porque eransusmomentos. La abuela le contaba diferentes cuentos, aunque ella siempre pedía el mismo: el cuento de las estrellas de Astra.
Y allí estaba nuevamente, escuchándola. Al pasear por aquel pueblo, notó que había detalles que podía percibir de mejor manera mientras la historia avanzaba. Decidió que seguiría investigando y escuchando la historia al día siguiente, así que, con la calma que el atardecer le proporcionaba, caminó hacia la casa.
— ¡Señorita Steinfeld! — resonó nuevamente la voz que la había estado atormentando desde la mañana. Ara suspiró, sintiendo que no tenía fuerzas en ese momento. Decidió ignorar el llamado, pero al parecer, él no se daría por vencido.
— ¡Señorita Steinfeld! — esta vez el llamado fue más cercano, lo que la obligó a prestarle atención para no ser descortés.
— Dígame, señor Saintard, ¿en qué puedo ayudarle? —Ara lo miró por encima de su hombro y ralentizó el paso, pero no se detuvo, dejando en claro que si aquel hombre quería algo tendría que andar con ella y adaptarse a su ritmo.
Le echó una mirada furtiva sólo para darse cuenta que se había cambiado de ropa.
La camiseta blanca que llevaba se pegaba a su cuerpo, enmarcando los músculos de sus brazos. Parecía imposible, pero se veía más atractivo que unas horas antes. Un ceñido tejano, y el pelo premeditadamente despeinado por el que quería pasar sus dedos junto con esa barba de tres días.
La voz profunda del hombre la sacó de su escrutinio.
— Espero que tras lo de esta mañana, le haya quedado claro que formo parte de esta comunidad tanto como usted, la señora Collins o el mismísimo alcalde. No querría tener problemas con nadie aquí, imagino que usted tampoco.
Habían llegado hasta la puerta de la casa. Ara se quedó inmóvil en el porche y giró hasta quedar cara a cara con él. A pesar de estar subida a un escalón, él le sacaba un par de centímetros en altura, por lo que tuvo que levantar ligeramente la cabeza. No iba a apartarle la mirada.
Cuando sus ojos hicieron contacto sintió como el aire escapaba de sus pulmones.
«¿Cómo puede alguien tener esos ojos de manera natural?»
Ese era su único pensamiento. El moreno avanzaba, subiendo los escalones despacio. El ambiente se llenó de tensión mientras cerraba el espacio entre sus cuerpos. Ara quedó atrapada con la pared a sus espaldas. Un escalofrío la recorrió y no pudo evitar sentir sus pulsaciones acelerarse.
La cercanía la embriagó con el perfume de Deimos. Era una mezcla de esencias amaderadas y toques cítricos, que le recordaba a una tarde de lluvia leyendo en la biblioteca. Notó que se le marcaba una vena en el cuello, brillante por el sudor.
Ara estaba segura de que, si pasaba la lengua, sería tan exquisito como lo imaginaba. No pudo contener sus caderas, que se adelantaron ligeramente.
«Pero... ¿Qué me pasa? ¿Me estaré volviendo loca?». No podía pensar con claridad, y a pesar de intentar poner distancia para retomar el control, no tuvo éxito.
—¿Me estás amenazando Deimos?
Era la primera vez que usaba el nombre de aquel hombre. No tenía claro de dónde le había salido la creciente valentía que estaba sintiendo, pero de algo estaba segura: no iba a desaprovechar el momento.
—Si te estuviera amenazando, no tendrías siquiera que preguntarlo —dijo con determinación, manteniendo la mirada fija en él.
Ara le miró con una ceja alzada. La intriga, excitación e instintos desaparecieron, y cerró la mano para no darle una bofetada. Logró controlarse sin saber muy bien cómo se control antes de seguir hablando.
A pesar de que intentó poner distancia para retomar el control, no tuvo éxito. La determinación de su rostro no reflejaba el temblor en sus manos.
—Bueno, entonces sigue tu camino, que yo seguiré el mío —respondió Ara con firmeza, tratando de mantener su determinación frente a la presencia imponente de Deimos. Estaba haciendo un esfuerzo por no flaquear. Esos ojos azules realmente estaban consiguiendo ponerla nerviosa.
Deimos retrocedió un par de pasos, pareciendo satisfecho con la oleada de emociones que había logrado causar en Ara, sin embargo, también parecía afectado por su cercanía.
—Pero a mí no me engañas... No sé cómo has conseguido que todos mientan por ti, pero voy a descubrirlo —añadió Ara con la misma determinación, su voz resonando con un tono desafiante. El ceño del hombre se frunció apenas una décima de segundo, mostrando una sorpresa fugaz.
La mirada del chico se volvió más curiosa. Parecía buscar algo, y la recorría al detalle. Ara estaba algo turbada. Tan deprisa como había logrado sumergirse en su mirada, Deimos se reincorporó, ajustando esa máscara de indiferencia que se le había caído por un instante.
—En ese caso, parece que nuestros caminos se van a cruzar más de lo que te gustaría,estrellita—replicó Deimos con una sonrisa enigmática que dejó a Ara confundida. Un instante más tarde, se dio la vuelta y se alejó sin decir nada más.
Ara se apresuró a entrar en la casa antes de que Deimos pudiera cambiar de opinión y volver a acorralarla. Por mucho que quisiera volver a sentir esa carga eléctrica que pasó por su piel cuando casi se rozaron, no estaba dispuesta a arriesgarlo todo.
Una vez dentro, un suspiro se escapó de sus labios. Dejó sus cosas en el banco que estaba al lado de la puerta y se miró en el espejo. Su piel sonrojada y la respiración superficial delataban el encuentro anterior. Para su sorpresa se sentía excitada, y aun podía sentir la presencia del hombre sobre su piel sin que la hubiese tocado. Le molestó no sentirse preocupada por su presencia, y querer más. La intriga la consumía por saber qué había perturbado a ese hombre y qué lo motivó a decir aquello.
De repente, un grito ahogado escapó de sus labios al notar algo extraño en su reflejo. Uno de sus ojos parecía estar cambiando de color, y aquello era demasiado evidente. El contraste entre la negrura que siempre la había acompañado y el destello azul que estaba creciendo abarcaba al menos un cuarto de su iris.
—¿Pero ¿qué es esto? —murmuró con asombro y preocupación.
Capítulo 4
Revelaciones
Nerviosa, Ara caminó alrededor de toda la casa, buscando desesperadamente algo que pudiera ayudarla a comprender lo que estaba sucediendo. No sabía qué hacer, hasta que decidió que lo mejor sería llamar a su madre. Seguramente ella sabría, o al menos le indicaría a qué médico debía llamar en una situación como esa.
—¡Ara! ¡Cariño! ¿Cómo estás? ¿Qué tal el viaje? —La voz entusiasta de su madre resonó feliz al otro lado de la línea telefónica. Ara suspiró, intentando organizar sus pensamientos. El silencio prolongado de su parte evidenciaba que algo no iba bien.
—¿Ara? ¿Qué pasó? —insistió su madre, preocupada ante el tono inusual de su hija.
— Mamá... El viaje ha ido bien. Pero están ocurriendo cosas... extrañas —respondió Ara, sin apartar la mirada del ojo frente al espejo, donde notaba el cambio de color con creciente inquietud.
—¿Has leído la carta que te dejó tu abuela? —preguntó su madre de repente, desviando la conversación hacia un tema aparentemente desconectado.
Ara frunció el ceño, desconcertada. «¿Qué relación tiene la carta de la abuela con lo que está pasando? ¿Por qué mamá no me preguntó directamente qué es eso extraño que me está sucediendo?» se preguntó para sí misma.
—No, aún no la he leído. Pero ese no es el punto. Mamá, creo que me estoy quedando ciega. O algo así. Al menos uno de mis ojos está cambiando de color. Te enviaré una foto —concluyó Ara, tratando de transmitir la gravedad de la situación a través del teléfono.
Urgida, Ara tomó una foto de su ojo y se la envió a su madre, esperando una respuesta que arrojase algo de luz sobre la extraña situación.
—Ara, escucha —comenzó su madre con un tono serio que hizo que Ara se sintiera aún más inquieta—. No te estás quedando ciega. No te estás volviendo loca... Y por favor, lee la carta de la abuela. Ahí ella te lo explica todo. Es lo que acordamos, ya que ella quería ser quien te contase todo. Si después de leerla sigues con eso, llámame de nuevo. No te preocupes, te quiero y todo estará bien.
La tranquilidad de su madre, contraria a lo que Ara esperaba, solo sirvió para aumentar su nerviosismo. Antes de que la muchacha pudiese decir algo más, la mujer cortó la llamada, dejándola aún más confundida.
Ara decidió no perder más tiempo y se puso en búsqueda de la carta, que aún se encontraba guardada en la cajita de madera. No tenía claro cómo podría arrojar luz en esta situación, cómo podría tranquilizarla, o explicarle qué le estaba pasando. La realidad era que no estaba con ella, por mucho que Ara sintiera que la acompañaba en sus pasos. Pero tampoco iba a poner en duda a su madre.
Con los nervios a flor de piel y las manos temblorosas, rasgó el sobre con determinación.
Querida Ara:
Si estás leyendo esto significa que no tuve tiempo de explicarte en persona las cosas que te están pasando. Te pido perdón por eso. Sin embargo, siempre has sido muy madura, y sé que esto lo enfrentarás con la misma entereza. Aunque no esté allí, estoy orgullosa de ti. Y no te pongas triste. ¡Piensa que ahora estoy feliz porque de nuevo estoy con tu abuelo!
En algún momento conocerás a tu estrella y todo empezará a encajar, por un lado, y por el otro a desmoronarse. No te preocupes. Notarás cambios. Al principio serán sutiles, como el simple hecho de tener mejor suerte. Luego, más evidentes. En mi caso fue el color del cabello, que se tornó tan rubio, y luego apareció una pequeña mota de azul intenso en mi ojo. Cuando cayó tu padre, Orión, a tu madre le salió su constelación hecha de pecas en la clavícula. Su ojo se volvió rojo, y decidió llevar lentillas para que nadie pudiera ver esa anomalía.
En tu caso, no sabemos cómo se manifestarán estos cambios, pero tienes que tener la mente abierta, estrellita. Todo se irá aclarando poco a poco. No tengas miedo. Y tampoco te preocupes por qué estrella caerá o cuándo será. Te aseguro que os encontraréis, incluso si no queréis...
¡Recuerda todas las historias que te conté! Y no tengas miedo. Esté donde esté, estaremos protegiéndote, estrellita.
Te quiere mucho,
Tu abuela
La hoja se resbaló de sus manos en cuanto acabó de leer, quedando más confusa.
«¿Qué es eso de lasestrellas? ¿Fue eso lo que pasó la otra noche? ¿Me convertiré en una?» pensó, con miles de preguntas brotando en su mente.
Los recuerdos empezaron a agolparse en su cabeza. Entre sus manos sostuvo una foto que tomó a sus abuelos con su primera cámara.
«¿Mi abuela era una estrella? ¿O mi abuelo? Parecían personas normales. ¿Qué es eso de seruna estrella?» No paraba de pensar en las mentiras que le dijeron a lo largo de su vida. No era quien ella creía que era, entonces... ¿Quién era? ¿Porque su madre nunca le dijo nada, o su padre?
Se sentía engañada. ¿En quién confiaría? ¿Quién le diría la verdad? ¿Quién la sabía?
Enfadada con su madre por no contarle las cosas, se rehusó a llamarla en busca de más respuestas. Necesitaba tomarse un chocolate caliente, relajarse y ver cómo se enfrentaría al mundo al día siguiente.
Capítulo 5
La cita
En algún momento de la noche, logró conciliar el sueño, pero al despertar fue como si nunca hubiera dormido. Las revelaciones de la noche anterior la habían dejado exhausta.
«¿Será Deimos la estrella caída a la que se refiere mi abuela?» se preguntó. No quería considerar esa posibilidad, especialmente después de los conflictos que habían tenido hasta el momento. Pero la carta no cambiaba las cosas. Debía continuar con su investigación para averiguar si él era el estrellado o no.
Al comenzar el día y mirarse nuevamente en el espejo, notó que el azul había abarcado la mitad de su ojo. A ese ritmo, la próxima vez que se viera reflejada en el espejo, tendría una marcada heterocromía. Al principio pensó llevar unas gafas de sol, pero eso sólo llamaría la atención. Quizás una chaqueta con capucha fuera la mejor opción. O incluso un parche como un pirata. Pero por desgracia no tenía de eso mano.
No podía quedarse encerrada todo el día. Decidió mentir, diciendo que llevaba lentillas de moda, si alguien le preguntaba.
La rabia se apoderaba de ella al volver a pensar en las mentiras de su familia, mientras se calzaba unas botas militares a juego con su tejano negro y una chaqueta adecuada para el tiempo soleado del fuera.
La nueva información recargó sus ganas de seguir investigando todo. Nuevas incógnitas se habían añadido a la lista, y estaba más que dispuesta a disiparlas todas.
Esperando que nadie notara este cambio, entró por la puerta del café, con la esperanza de encontrar a Deimos tras la barra, como lo había hecho el día anterior. Sin embargo, se llevó una decepción al descubrir que Deimos no estaba allí. Aunque no iba a demostrarlo, esta ausencia la desilusionó. Decidió sentarse un poco más alejada que la vez anterior, ya que no tenía la posibilidad de vigilarlo desde el mostrador. Después de hacer su pedido, volvió a sumergirse en la investigación sobre aquel hombre.
Después de una hora de investigación, había recopilado en su libreta el nombre y una breve descripción que ella misma había elaborado. No estaba avanzando como ella había esperado, y estaba a punto de abandonar sus esfuerzos cuando se sobresaltó por la voz grave y masculina que resonó a sus espaldas, provocándole la misma carga eléctrica que la primera vez.
*Deimos Saintard, 1.90 m aproximadamente
*Cuerpo definido de gimnasio
*Cabello negro
*Los ojos más azules que he visto
*Sexy, arrogante, creído, y algo soberbio...
Avergonzada, la joven cerró rápidamente la libreta antes que él siguiera leyendo.
—No sabía que tuvieras tanto interés en mí y en conocerme, Ara —pronunció su nombre con una naturalidad que desconcertó a la joven, como si fuera lo más común del mundo y no la primera vez que lo decía.
Turbada, Ara apenas notó siquiera que Deimos había tomado asiento frente a ella.
—No se confunda, señor Saintard —respondió, intentando mantener la firmeza en su tono—. Le dije que iba a descubrir lo que pasa aquí.
Respiró hondo cuando sus ojos hicieron contacto. Un silencio incómodo se instaló entre ellos. Deimos parecía sorprendido por la determinación de Ara, mientras ella se debatía internamente sin saber qué más añadir.
—¿Así que volvemos a las formalidades? Parece que en esa libreta que llevas hay más que solo datos básicos, junto con tu percepción errónea sobre mi persona que no te permitió encontrar nada extraño... —exclamó, cerrando su argumento con una risilla.
Ara le miró alzando una ceja.
—Te aseguro que nada de lo que tengo escrito es por una percepción errónea o algo que yo me haya inventado. Y te equivocas. ¡He encontrado varias cosas! —anunció, cerrando el ordenador y saliendo con cierto aire de satisfacción, dejándolo plantado.
Ara no mintió al afirmar eso. Había logrado establecer contacto con alguien para obtener más información sobre el enigmático Deimos Saintard.
Mientras caminaba, observó cómo la plaza del pueblo se llenaba de gente que disfrutaba de su día. Alrededor de la gran fuente podía verse algunos abuelos con sus nietos compartiendo mesas de los cafés.
Más allá, el bullicio de los niños gritando mientras corrían de un lado al otro invadía el lugar. La gente paseaba, y no pudo resistir el impulso de pasar cerca de la cascada de agua y meter los dedos allí. Descubrió que la temperatura del agua sorprendentemente agradable, y más aún al refrescar su nuca con ella. Se encontró pensando en la posibilidad de quedarse a vivir allí.
—¡Señorita Steinfeld!
Una voz masculina la llamó. Al darse la vuelta, se encontró con una pareja joven y hermosa. El cabello de ambos era dorado, brillando con el reflejo del sol, y tenían unos ojos tan azules como los de Deimos.
—¡Buenos días! Ustedes son los Dalton, ¿verdad?
—Así es. Es un placer conocerla.
—Les agradezco esta oportunidad para conversar un momento.
Tras los saludos de rigor, Ara les pidió alejarse un poco de los oídos indiscretos, apartándose de los transeúntes.
—Siento el secretismo, pero creo que, al tratarse de una investigación en curso, la discreción es importante. Como les comentaba en los correos, tengo sospechas de que el señor Deimos Saintard no es quien dice ser. Mis abuelos vivieron aquí casi toda su vida, y yo pasé muchos más que solo mis veranos en este pueblo. Conozco a todos aquí, y sé que muchas de las cosas que este sujeto cuenta no son así. Sin embargo, por alguna razón, todos parecen seguirle la corriente, cada persona con la que he hablado.
La pareja intercambió una mirada cargada de tensión. Luego de unos momentos, ella tomó la palabra.
— No se preocupe, señorita Steinfeld. Todo a su tiempo. ¿Esta es la persona de la que hablamos?
La mujer sacó una fotografía de su bolso y se la mostró a Ara. Sin duda, era él, pero parecía más joven. En la foto no tenía esa barba por la que ella tenía que contener el impulso de pasar sus dedos, no llevaba el pendiente en la oreja ni el corte de pelo con el que lo conoció. Pero sin duda alguna, era él.
Asintió, y con un leve gesto le indicó a la mujer que siguiese hablando.
—Nosotros también hemos estado haciendo nuestra investigación. Sabemos que tanto el señor Saintard como usted llevan poco tiempo en el pueblo. Incluso, ambos llegaron prácticamente el mismo día. Y nuestras fuentes nos han informado de algunas anomalías desde entonces...
Ara no comprendía bien qué pasaba. Al parecer, ella también estaba siendo investigada, aunque en su caso le resultaba que no había motivo alguno. Preocupada, y con el ceño fruncido, mientras la chica hablaba, la joven decidió poner algo de distancia entre ellas.
—No te preocupes Ara. Somos conscientes de quién es él, y de quién eres tú. Realmente lamento esto, pero necesitamos dar con él...
Todo pasó tan rápido que apenas si pudo darse cuenta de qué pasaba. Un trapo húmedo y con un fuerte olor dulce tapó la boca y la nariz de Ara. Por más que intentó luchar contra su captor, supo que no podría hacer nada. Poco a poco Ara perdía la consciencia, perdiéndose en un infinito blanco.
Capítulo 6
Desaparecida
El dolor de cabeza se hizo latente mientras intentaba habituarse a la poca luz del lugar. No sabía dónde estaba, cuánto tiempo había estado inconsciente, ni qué iba a pasar con ella. Poco a poco se hacía consciente de su cuerpo, que iba despertando del efecto del fármaco. Cuando intentó moverse, Ara se percató de que sus manos estaban dolorosamente atadas a su espalda. También notó que todo empeoraba si hacía fuerza o se movía para intentar quitarse la cuerda o la mordaza de la boca.
—¡Por fin has despertado! Creíamos que nos habíamos pasado con el sedante. Pero no te preocupes... ¡Has despertado justo a tiempo para el espectáculo!
La mujer de cabello claro estaba sentada frente a Ara, hablándole como si aquello fuese una cita para tomar té, mientras su hermano arrastraba dentro de la habitación al hombre que se estaba convirtiendo en su obsesión.
El lugar era cuanto menos, inquietante. Las paredes de cemento se erguían a su alrededor, mientras las tenues luces luchaban por iluminar el lugar dándole un aspecto lúgubre.
Ara estaba tirada sobre un colchón deteriorado. Se sentía indefensa, sin poder siquiera mover sus manos o gritar para pedir ayuda.
Cuando Deimos logró levantar la cabeza, la vio. Enfurecido, se retorció en los brazos del otro joven, ganando un golpe en el estómago.
—Está bien chicos, ya me tenéis. Ya podéis dejar que la señorita se vaya —dijo, en cuanto pudo recuperar el aliento.
—Hemos tenido demasiada paciencia esperando por el pago, Deimos, así que nosotros decidiremos cuándo se va la señorita.
Ara miró a la mujer, intentando entender aquellas palabras.
«¿Qué narices querían de ella y qué estaba pasando ahí?»
—Dahlia, no estoy para juegos, bromas o chantajes. No quiero tener que repetir las cosas dos veces. Ambos sabéis cómo funcionan las cosas. Aquí todo se hace cómo y cuándo yo lo digo y no teníais permitido bajar a la tierra. Solo puede haber una estrella aquí.
En su voz se escuchaba una autoridad que obligaba a mirarle. Deimos clavó sus ojos en Ara, quien sintió una fuerte oleada de electricidad recorrer su cuerpo, mientras su piel se erizaba y la boca se le resecaba. Al parecer, aquella autoridad no solo la notaba ella, ya que el chico Dalton la soltó de repente, como si le hubiera dado un calambre.
La cuerda que habían usado para atar las manos de Deimos desapareció, al igual que la de ella. Ara sintió un alivio inmediato en sus hombros y pudo quitarse la mordaza sin dificultad.
— ¿Se puede saber qué está pasando aquí? ¿Quiénes son estas personas y por qué me han secuestrado? ¿Qué tengo que ver yo en todo esto? —preguntó Ara, desconcertada.
—No te preocupes, Ara. Todo tendrá explicación a su debido tiempo, pero por ahora te pido que cierres los ojos —dijo Deimos con seriedad, sin dar lugar a cuestionamientos.
La forma en que hablaba dejaba claro que no estaba bromeando, y Ara obedeció de inmediato, tampoco se arriesgaría a desobedecerle, y menos cuando parecía ser la única salida que tenía.
—Buena chica... —murmuró. Ara no pudo registrar la magnitud de esas palabras, y menos ante las súplicas de sus acompañantes.
—¡Señor! ¡Por favor! —clamaron las voces de los hermanos al unísono.
—Por la insolencia, ¡pagaréis con vuestra luz! —bramó el moreno. Aunque esas palabras no tenían sentido para ella, se perdieron entre los gritos de los Dalton.
Un grito desgarrador tras otro llenaba el aire, sumiendo a Ara en un profundo terror. A pesar de ello, no podía evitar preguntarse qué tenían planeado para ella. De repente, una luz tan blanca que resultaba enceguecedora iluminó la estancia. Aunque tenía los ojos cerrados y tapados, pudo sentir su intensidad por completo.
Unos minutos después, Ara dio un respingo al sentir las manos de Deimos tomarla de los brazos.
—Abre los ojos estrellita.
Lentamente, obedeció, y observó cómo la intensa luz que había inundado la habitación retrocedía, desapareciendo en la mirada de Deimos y dejando un suave rastro que hacía brillar sus ojos. Con una sonrisa, él se quitó la chaqueta y se la pasó por los hombros antes de guiarla hacia la salida, con paso firme pero tranquilo. Sin embargo, Ara deseaba que ese corto paseo durase mucho más, o al menos lo suficiente como para poder hablar.
—Entonces todo es verdad, ¿no? ¿Tú eres el estrellado, y yo algún tipo de heredera? —lo miró una vez hubieron salido de ese lugar, que apreciando desde fuera era un viejo almacén abandonado, a las afueras del pueblo.
—¿Estrellado? Nunca nadie me había llamado así... O mentiroso. Tampoco nadie me había desafiado como tú lo has hecho, Ara. Debe ser por eso que esos tipos pensaban que, al llevarte, yo vendría. Porque... Me importas —Deimos dio un paso, acortando la distancia entre ellos.
— Eso es algo imposible, ¿verdad? Nos conocemos desde hace... ¿cuánto? ¿Una semana? ¿Dos? —Una carcajada nerviosa se escapó de los labios de la joven.
—Hace poco. Es cierto. Y... lo confieso. Sí. Te mentí. No soy un empresario, pero llevo en este mundo mucho tiempo, y este pueblo me gusta. La gente, y la vida aquí. Y tu presencia me calma. Ver cómo paseas por la plaza con tu lápiz tras la oreja mientras haces playback de la canción que suena en tu lista de reproducción es mi nueva afición.
—¡No entiendo a dónde quieres llegar con todo esto! ¡Aunque mi abuela me haya revelado esta situación, no quiere decir que tú y yo viviremos juntos, nos casaremos y tendremos una familia!
El corazón de Ara latía con fuerza. Amaba su libertad, y pensar que una profecía podría dirigir el rumbo de su vida era algo impensado para ella.
—Mi interés por ti va más allá de una profecía, tradición o creencia... Y a pesar de que para ti es algo nuevo, yo te he observado mucho tiempo, quizás más de lo que hubiese debido. Quiero que me ames por mí, por quien soy y no por una profecía, y voy a ganármelo conquistándote día a día...
—¿Y lo del ojo? ¿Tú me lo has hecho?
Decidida a ignorar las palabras bonitas cambió abruptamente el tema.
— Eres mitad estrella, por lo que al estar en contacto conmigo y aquí, en este pueblo, ese lado de ti se ha manifestado mucho más rápido. Creo que has llegado hasta el punto de poder desarrollar tus habilidades. Pero no te preocupes, también te enseñaré a hacerlo porque no queremos que haya un accidente y que termines por quemar un edificio o hacer un apagón eléctrico.
La risa suave del chico inundó el corto espacio entre ellos. Era la primera vez que la escuchaba, y se le antojó deliciosa.
—Yo... no sé qué hacer —respondió Ara, perpleja ante todo aquello.
—Te enseñaré todo lo que sé. Sé que debes conocerme, por eso iremos con pausa y con calma. No tengo apuro. Me tomaré mi tiempo. Sin embargo, te aseguro que haré que valga la pena. Aunque... Hay algo que he deseado hacer desde que te presentaste en el café llamándome “mentiroso” y “farsante.”
El suave aliento de Deimos rozó sus labios, y el tiempo se detuvo. No tuvo tiempo para preguntar qué era lo que él deseaba hacer, pues aquello quedó atrás en un instante. A la sorpresa inicial le siguió el placer tibio de esos labios que buscaban en la boca de ella el placer. Su lengua buscó abrirse paso, mientras el muchacho la empujaba contra la pared, cargándola en su cadera, y bajando poco a poco por su cuello.
Ara enredó sus dedos en el cabello del hombre, atrayéndolo. El deseo la inundaba, amenazando perder la razón.
— Deimos... ¡Por favor! Tenemos que detenernos, esto no está bien...
Su boca decía aquello, pero su cuerpo seguía aferrándose a él, traicionándola.
¡Benditos dioses! Este hombre besaba como si no existiese nada más que ella en el mundo.
— Deberíamos... Y será mejor que salgamos de aquí, porque querida estrellita, mañana empieza tu entrenamiento, y nuestro viaje juntos.