ASTRA Y SU PODER
INFO DE LA AUTORA
Natalia M. es una joven escritora nacida en 2003 en Colombia. Amante del café, los atardeceres y la buena música, su sueño es recorrer el mundo aprendiendo sobre nuevas culturas. Disfruta leer y ama la fantasía, de la cual se nutre para escribir historias de romance que enamoran a miles de lectores en sus redes sociales.
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Desde tiempos inmemoriales, las leyendas han tejido sus hilos alrededor de la eterna lucha entre el Bien y el Mal; un conflicto cuyos destinos han sido narrados en incontables relatos. Se nos ha enseñado que el Bien, representado por aquellos imbuidos de nobles sentimientos y desprovistos de ansias de poder, en contraste con la codicia y la ambición egoísta que caracterizan al Mal, acababa siempre por emerger victorioso de aquel enfrentamiento cósmico.
Astra. Una ciudad dominada por el Mal durante milenios.
Detrás de su deslumbrante apariencia, yacía la cruda realidad. Una que se remontaba hasta su nacimiento y que se extendió a lo largo de generaciones; un legado impregnado de dolor y sufrimiento, una crónica que ha sido transmitida de familia en familia como un oscuro testamento.
Muchos creían tener la razón y el poder para tomar algo que no les pertenecía. Ese que renacía en el cielo cuando el mundo estaba en paz, y que estaba conectado con cada ser viviente en la tierra; ese que cubría al mundo y otorgaba una magia especial que solamente alguien de corazón puro podía tomar.
***
Mi nombre es Aitana. Hasta hace unos meses, era una joven fascinada con hacer que mis padres se sintieran orgullosos, y con lograr graduarme con las mejores notas dentro de la academia.
Esta es la historia de una ciudad. Pero también es la historia de su gente; esa que por generaciones ha dado la vida para que personas con el corazón oscuro tomaran el poder y lo usaran para sumergirlo todo en tinieblas.
Capítulo uno.
—¡Aitana! ¿Puedes mostrarnos tus avances con el conjuro de incineración? —habló la maestra, entusiasmada porque todos sus estudiantes dominaban las técnicas de magia más elementales.
—Por supuesto... —respondí.
Envidiaba su vigor y esa juventud que parecía jamás desaparecer de su rostro. Aquel día, la maestra llevaba unos pantalones cargo, blusa negra, y el cabello recogido en una gran trenza. Su vestimenta dependía siempre de qué clase de actividades realizaríamos.
«Supongo que el negro oculta las manchas de ceniza...» me dije.
Me acerqué y ella me recibió con una gran sonrisa. No era secreto que mis dotes como bruja no resultaban ser los mejores.
«Aquí vamos» pensé, con la respiración contenida.
Era la última de la clase. Por más que me esforzaba, no lograba hacer las cosas bien. Parecía como si todo mi poder estuviera sellado, o simplemente no existiera.
«¡La hija de uno de los brujos más fuertes! ¡Y no puede mover una pluma ni siquiera soplándola!»
Aquellas palabras de desaliento invadieron mi mente.
—¡Concéntrate! —me dije, en un susurro.
—¿Recuerdas las palabras? Es un conjuro sencillo.
Asentí.
La maestra dejó un pequeño cisne de papel sobre su escritorio y se alejó unos pasos.
—Nej. As’Na Bran... —pronuncié, con la mirada fija en aquello.
—Relájate. Transfórmalo en fuego —me dijo, en tono maternal.
Alcé mi mano y la dirigí hacia el trocito de pergamino.
—Nej. As’Na Bran... —repetí.
«¡No voy a lograrlo!» pensé.
—¡Siente el conjuro recorrer tu alma! —insistió la maestra.
—Nej. As’Na Bran... —grité, a voz en cuello.
Después de intentarlo varias veces, la maestra puso sus manos sobre mis hombros.
—Regresa a tu puesto. Lo harás mejor la próxima vez.
Asentí y mostré una media sonrisa.
—¡Quizás deberías intentardesaparecer! —comentó una de mis compañeras, Aylin, seguida por un coro de carcajadas.
Siempre era lo mismo. Expertos en burlarse de mi falta de poder, los demás murmuraban cosas horribles.
—¡Silencio! —ordenó la maestra.
—No se preocupe —le dije, sin más.
La clase finalizó. Otro día más sin lograr mis objetivos.
—Pueden retirarse, alumnos... ¡Recuerden sus tareas y prácticas!
Caminé hasta mi lugar. Con calma, tomé las pocas cosas que tenía y solté un largo suspiro.
—De nuevo por aquí, ¿eh? —dijo Tara, la encargada de la biblioteca.
Tenía alrededor de unos treinta años y, a diferencia de la mayoría en la Academia, vestía siempre de manera extravagante y colorida. Lo único realmente negro como la misma noche, era su cabello.
—Sabes que me gusta venir. Tengo que hacer una investigación.
—¡Mentirosa! Ya me enteré... —se burló.
Fruncí el ceño.
—¿De qué hablas?
Traté de no mostrar incomodidad. Ella colocó un pesado libro frente a mí.
—Tu examen.
El instituto entero se enteraría de mi reciente fracaso. También lo haría mi padre. Una nueva vergüenza marcada por su hija menor. Más me valía escabullirme.
—Hablas de eso —dije, cansada de pasar por lo mismo cada mes.
—Así es... —respondió, con una media sonrisa que no resultaba para nada alentadora.
—Voy a la parte de arriba.
—Lo siento —dijo Tara, cuando empecé a caminar.
Las escaleras de madera crujieron bajo mis pasos mientras ascendía hacia la sección más antigua. La atmósfera del lugar parecía impregnada de conocimientos ancestrales, y las estanterías rebosaban de tomos polvorientos. Me dirigí a una mesa solitaria, rodeada de volúmenes gruesos y pergaminos amarillentos.
Me envolvió una profunda tristeza. Me senté a pensar qué podría haber salido mal. Había repasado el conjuro miles de veces, y aún me costaba.
—¿Puedo ayudarte en algo, Aitana? —preguntó Tara, quien había seguido mis pasos.
Negué con la cabeza, agradecida por su preocupación, pero sumida en mi propia frustración. Observé el libro que había dejado frente a mí, titulado “Arte Arcano: Secretos Olvidados”. Mis ojos se fijaron en las páginas llenas de runas y fórmulas mágicas que parecían danzar en el papel.
—Necesito superar mis limitaciones. Quiero aprender, Tara. Pero todo esto... ¡Parece estar en un idioma que mi mente no alcanza a comprender!
Tara sonrió, como si hubiera esperado que dijera algo así.
—La magia no es solo recitar palabras y hacer gestos. Es una conexión profunda con el flujo de energía que nos rodea. Quizás necesitas encontrar tu propio camino, algo que te conecte con la esencia misma de la magia.
Me quedé pensativa, considerando sus palabras. Mientras tanto, Tara rebuscó entre los estantes y extrajo un pequeño pergamino.
—Este hechizo es antiguo, pero tiene una simplicidad que podría serte útil. Se llama “Iluminar el Vínculo”. Enfócate en lo que sientes, no en lo que piensas.
Tomé el pergamino con cuidado y asentí. Observé detenidamente las instrucciones, y a medida que lo hacía, sentí una extraña resonancia dentro de mí, como si algo se moviera en respuesta.
—¿Crees que funcionará? —pregunté, todavía insegura.
Tara me miró con confianza.
—Tienes que intentarlo y descubrirlo por ti misma. La magia, al final, es un viaje personal.
Agradecí sus palabras y me sumergí en la práctica del hechizo “Iluminar el Vínculo”. Cerré los ojos, tratando de conectar con la esencia mágica que se deslizaba entre las páginas del libro.
Pasadas tres horas, Tara subió a avisar que ya tenía que cerrar. Levanté la mirada, sintiendo la ansiedad crecer en mi pecho. No había logrado el objetivo.
—Lo siento, Aitana. Sé que lo intentaste —dijo Tara, con compasión.
Asentí, aunque la decepción pesaba en cada fibra de mi ser.
—Quizás necesites más tiempo, más práctica. La magia es caprichosa, pero también generosa con aquellos que perseveran.
Guardé el pergamino con cuidado. Sentía la frustración pegándose como una sombra persistente.
«¿Cómo podré enfrentarme a la escuela mañana, sabiendo que mis compañeros triunfaron mientras yo sigo luchando por lo más básico?»
—Gracias, Tara. Lo intentaré de nuevo mañana —musité, tratando de ocultar la tristeza.
—No te desanimes. Todos tenemos nuestro propio ritmo en este camino. Tal vez solo necesitas encontrar tu propio hechizo, algo que resuene contigo.
La noche había caído por completo, y las sombras parecían burlarse de mí en cada rincón.
Al salir a la fría noche, la bruma se arremolinaba en los patios de la Academia. Miré hacia las estrellas, preguntándome si alguna de ellas albergaba respuestas a mis dilemas. Sabía que debía seguir adelante.
Mi hogar se encontraba en la plaza principal de la ciudad. Una construcción antigua con sus puertas y ventanas impregnadas de un negro profundo. El imponente símbolo grabado en la fachada proclamaba la afiliación al aquelarre de “Brujos de Fuego”; todos menos yo, que aún no había manifestado ningún poder.
Permanecí inmóvil durante cinco minutos, contemplando la oscura entrada. Consciente de la desilusión en los ojos de mi padre al verme entrar, luché por encontrar la valentía necesaria.
Crucé el umbral con determinación. En la sala, encontré a mamá junto a Azura, mi hermana mayor. Ambas giraron con expresiones expectantes. En sus ojos, detecté la sombra de la tristeza que ya conocía demasiado bien.
—Tu padre te está esperando en su despacho.
Me aventuré a dar un par de pasos, aunque mi cuerpo imploraba a gritos que retrocediera y huyera. Con un toque tembloroso, abrí la puerta y entré.
Mi padre, de pie frente a la chimenea, se volvió hacia mí al percibir mi presencia, dirigiéndose luego a su escritorio para sentarse. Sus ojos escudriñaron cada uno de mis movimientos, y una inquietante humedad se apoderó de mis manos.
—Toma asiento —dijo tranquilo, y me pregunté cómo podía estarlo.
—Yo... —balbuceé.
—Tus avances no han sido los requeridos para ser una... —interrumpió.
Se quedó callado.
—Lo sé. Lo siento.
Suspiró con pesadumbre.
—A tu edad, tu hermana dominaba perfectamente su poder. Tú ni siquiera puedes hacer un hechizo bien.
—Lo siento mucho —repetí.
—No lo creo. No creo que puedas realmente sentirlo.
Me sobresalté.
—¡¿Padre?!
—Te la pasas en la biblioteca todo el tiempo. Llevas leído lo que nadie podría en cien vidas... ¡Aún así, no puedes dominar tus poderes!
Contuve las lágrimas.
—Prometo que al siguiente mes lo haré mejor.
—¡¿Qué te hace pensar que vas a lograr hacer en un mes lo que nos has podido en casi dieciocho años?!
—¡No sé qué más hacer o decir! —me quejé.
Su mirada de desprecio me petrificó. Sentí que mi sangre se congelaba. No podía respirar.
—A menos que realmente lo consigas, serás exiliada. Tendrás una última oportunidad.
De ser así, perdería cualquier beneficio dentro de la familia Claire, el aquelarre y la ciudad. No podía permitirlo.
—¡No puedes hacerme eso!
—Es por tu bien.
—¡¿Por mi bien?! ¡Si haces eso, no podré acceder a la magia y tampoco volveré a ver a mamá o a Azura!
—¡¿Magia?! ¡No posees magia, así que no perderás nada! Sabes lo que tienes que hacer...
Sin pronunciar más palabras, me despidió apenas dándose la vuelta.
Salí corriendo del estudio. Mi corazón golpeaba con una mezcla de temor y determinación. Al llegar a la puerta, me encontré con Azura. Estaba parada con las manos en la boca, y sus ojos reflejaban sorpresa y preocupación. Ignoré su presencia y subí directo a mi habitación, cerrando la puerta con un golpe sordo.
El silencio era ensordecedor, apenas roto por la respiración agitada que escapaba de mis labios. Me apresuré a recoger algunas pertenencias, metiendo libros y objetos en una pequeña mochila. Mis pensamientos eran un torbellino; una mezcla de desesperación y rabia. La idea del exilio, de perderlo todo, me impulsaba a actuar con urgencia.
Miré por la ventana. La noche se extendió ante mí, y supe exactamente lo que debía hacer.
Bajé las escaleras con cautela y, una vez fuera de la casa, me encaminé hacia el bosque. Conocía una cueva oculta en las profundidades, un lugar perdido en medio de la nada.
Allí encontraría refugio, lejos de los ojos inquisitivos de mi familia y del destino incierto que me aguardaba.
Para alcanzar mi refugio secreto, el camino se volvía una proeza en sí mismo. Escalé con cuidado, desafiando la gravedad mientras sorteaba el estrecho espacio entre la cortina de la cascada y las rocas que la custodiaban.
Allí se hallaba un rincón de serenidad que había amueblado meticulosamente para reflejar la esencia de mi espíritu.
Una vez dentro, encendí la hoguera que descansaba en el centro. En cada esquina, las antorchas proyectaban sombras titilantes que se deslizaban sobre las paredes. El aire, impregnado de una mezcla de madera y humedad, acogía mi presencia con una sensación de hogar, como si las paredes mismas reconocieran mi presencia.
Mientras me acomodaba en la penumbra, una extraña sensación se apoderó de mí. Mi cuerpo se tensó; mi mirada exploró los rincones de la cueva.
Estaba preparada para cualquier eventualidad. Cada músculo estaba listo para actuar.
Un leve crujido quebró la armonía, alertando mis sentidos aguzados. Una sombra se deslizó en la entrada de la cueva, y el eco de mis palabras retumbó en las paredes de piedra.
—¿Quién está ahí? ¡Si no sales y te muestras, juro que te vas a arrepentir!
El silencio respondió a mi desafío, pero sentí un movimiento fugaz a lo lejos. Mi corazón amenazaba con escapar de mi pecho.
De entre las sombras, una figura emergió. En la tenue luz que se filtraba, distinguí a un chico.
—Me llamo Dashiel... —dijo
Su voz era apenas un murmullo cargado de timidez.
—¡¿Qué haces aquí?!
—Llegué hace unos días. No encontré un lugar donde quedarme. No pretendo hacerte daño... ¡De verdad! —explicó, con una sinceridad palpable en sus palabras.
Sus ojos delataban la ansiedad de alguien que llevaba tiempo vagando sin rumbo. En aquel encuentro inesperado, la cueva dejó de ser mi refugio secreto.
Capítulo dos.
Sabía que no debía bajar la guardia.
—¿Y tú? —preguntó, dirigiéndose a la fogata.
—Aitana.
Ladeó la cabeza.
—¿Aitana Claire?
—Así es.
—La chica que no pudo...
Bufé.
—¡¿De verdad?!
—Entonces lo eres.
—Soy quien reprobó de nuevo un examen. Soy quien pertenece a un linaje fuerte, pero aún no controla su poder.
Mi tono se volvió amenazante. Él retrocedió unos pasos.
—Oye...
—Estarás contento, ¿no? Dime... ¡¿Te alegra que de mis manos no salga ni un poco de magia?!
—¡No he dicho nada! —se quejó.
—Deberías irte. Te agradecería que no mencionaras a nadie la existencia de este lugar.
—Espera... ¡No me estoy burlando! Me enteré y ya, ¿okey? ¡Siento mucho lo que te pasó y aún más que todos tus compañeros se burlaran!
Me quedé helada. Jamás alguien me había hablado así. Se sentía extraño que alguien más que Tara sintiera empatía por mi.
—Estoy acostumbrada. Es mejor que te vayas.
—La verdad es que... Ya no existe un lugar al que pueda regresar.
Acomodó un par de leños para que hubiera más fuego.
—¿Qué? ¿Cómo así?
—El señor Alaric dijo que no era digno de quedarme en la ciudad.
Quedé boquiabierta.
—¡¿Mi padre dijo eso?!
—Te sorprendería saber lo que es capaz de decir—respondió, incómodo por la forma en la que lo miraba.
—¿A qué te refieres?
—No lo entenderías.
Me crucé de brazos.
—Yo no diría eso.
—Unión es poder... Eso es lo que dicen, ¿no? La sangre, la familia, el linaje... ¡Es lo único en lo que piensan!
—Si estuvieras en mis zapatos, es lo último en lo que pensarías. Créeme.
—No sabía que te molestaba tu origen. Eso es algo poco común —comentó, irónico.
—No me molesta. Lo mejor será que dejemos de hablar de mi padre.
—Perfecto.
—Perfecto —repetí.
Observó cada movimiento que hacía.
—Gracias.
—¿Gracias?
—Por permitirme estar aquí.
—Te he pedido que te marches —le recordé.
—¡Oh, vamos! Paso aquí la noche contigo y luego me voy, ¿sí?
Suspiré, resignada.
—Tengo un sueño muy ligero y una daga bajo mi almohada. Que no pueda hacer magia, no quiere decir que no sepa defenderme —contesté.
Dashiel palideció de repente.
—Me quedaré de este lado —dijo, con las manos en alto.
—Puedes marcharte por la mañana, entonces. Buenas noches.
Asintió y se quedó junto a la fogata, absorto en las llamas.
No pude pegar un ojo en toda la noche. Tenía muchas cosas en la cabeza.
«¿De verdad mi padre tiene la autoridad para exiliar a cualquier persona?»
Me senté enfrente de la fogata y le puse más troncos. La llama se levantó rápidamente y me calenté un poco las manos.
—Al menos no se llevó mis provisiones... —murmuré, mientras rebuscaba por algo de comida entre unas latas.
Minutos después, Dashiel entró a la cueva con un animal en sus manos.
—¡Oh! ¡Buenos días! —dijo, sonriendo y mostrándose amable.
—Pensé que ya te habías ido —solté sin más.
—Es muy temprano para ir al instituto, ¿no crees?
—Nunca te he visto ahí.
—Pertenecemos a diferentes elementos. Estoy en el ala de Aire. Rara vez nos notan.
—Tiene sentido. La gente del ala de Fuego no es muy habladora... A menos que se trate de sacarse las entrañas con chismes.
Soltó una carcajada.
—Ahora que lo pienso... ¡Te he visto varias veces en la biblioteca!
—Es el único lugar donde mis compañeros no van. Creo que me sienta bien.
—Interesante —respondió, con un gesto pensativo.
—Los chicos del Aire son considerados muy amistosos. La biblioteca no es un lugar muy interesante para buscar amigos.
Asintió, con un gran bostezo.
—Me gusta leer y recopilar información detodoslos elementos. La biblioteca es muy amplia y contiene los libros más importantes de cada uno.
—¡¿Sabes controlar todos los elementos?! —pregunté, sorprendida de su respuesta.
—Por desgracia, no. Cada uno tiene su complejidad especial... ¡Más aún el fuego! Sus textos son bastante complejos y, si no tienes bases sólidas, se vuelven difíciles de comprender.
—Dímelo a mi.
La charla fluyó entre nosotros como las llamas en la hoguera. En poco tiempo, la tensión que cargaba sobre mis hombros parecía disolverse en la cálida luz del refugio. Compartimos nuestras historias, risas y hasta algunas preocupaciones sobre el instituto y sus desafíos.
Dashiel, con sus ojos curiosos y sonrisa amable, se convirtió en un compañero inesperado. Después de todo, en aquel rincón de la cueva, bajo la cascada que ocultaba nuestra conversación al mundo, nacía una amistad que ni él ni yo habíamos anticipado. La adversidad nos había unido.
- Dashiel -
No esperaba toparme con una miembro del aquelarre Claire. Mucho menos con la hija de su brujo más poderoso.
Había escuchado rumores sobre la chica que enfrentaba dificultades en el ala de Fuego. Honestamente, no imaginé que se tratara de ella.
Según la tradición, los Claire son considerados fuertes desde su más tierna infancia, con habilidades manifestándose mucho antes de que logren dar sus primeros pasos. Sin embargo, esta joven rompía con todas las expectativas. Aunque su sangre debería ser una de las más poderosas, carecía de cualquier don mágico y su aura palidecía en comparación con la de su progenitor.
La situación me desconcertaba y resultaba difícil de creer; algo más debía estar ocurriendo con aquella chica.
A pesar de que debería sentirme mal por alegrarme de la desgracia ajena, no podía ignorar la oportunidad que se presentaba. Ayudarla podría significar una vía para recuperar mi posición en la ciudad. La ayudaría, costase lo que costase, incluso si eso significaba desentrañar los misterios que rodeaban a la familia Claire.
—¿Qué te parece si hacemos un trato? Creo que puedo ayudarte a controlar tu poder.
—¿Cómo me vas ayudar, si vienes del Aire? ¡Su poder es fuerte, pero el poder que da el Fuego es algo mucho más grande!
—Tengo mis razones para asegurarte que puedo realmente ser de ayuda.
—¿Qué te hace creer que puedes lograrlo? —dijo, levantándose del pequeño cojín y cruzando los brazos.
—Lo dicho. Tengo mis razones.
—Además... ¿Qué vas a ganar con ayudarme? Nada es gratis. Deberías empezar por decirme qué quieres, ¿no crees?
—No todos somos unas ratas codiciosas. Deberías practicar un poco el tener confianza, ¿no crees?
Aquello era mentira. Si quería que todo saliera como lo deseaba, tenía que lograr que ella me creyera.
Alzó una ceja.
—Como dije, nada es gratis. Cuando decidas qué quieres, hablaremos. Puede que en ese momento te tome enserio.
Recogió su mochila y salió de la cueva.
Capítulo tres.
Las miradas persistían como sombras ineludibles que se aferraban a cada rincón al que me dirigía. Con el tiempo, aunque no lo quisiera, me había acostumbrado a su constante presencia. Encaminé mis pasos hacia el salón, donde la mayoría de los estudiantes ya se encontraban. La perspectiva de una clase sin hechizos me proporcionaba un atisbo de tranquilidad.
Mi mente seguía anclada en la reciente conversación con Dashiel. Tenía motivos suficientes para desconfiar de él, pero el temor de enfrentar el exilio a manos de mi propio padre me preocupaba. Las historias que había escuchado sobre aquellos que habían sido exiliados resonaban en mi mente, y la crueldad con la que el propio aquelarre daba la espalda y arrebataba el poder a sus propios miembros, me estremecía.
Había mucho en juego. La posibilidad de recibir ayuda de alguien como él se convertía en una opción tentadora.
«¿Qué es lo peor que podía suceder? ¡Si sus esfuerzos no dan frutos, simplemente habremos perdido el tiempo!» pensé, encogiéndose de hombros.
Si funcionaba, si realmente manifestaba un gran poder, lograría recuperar mi lugar en el aquelarre.
—Aitana. Es tu turno —dijo la maestra, invitándome a pasar al círculo.
Los enfrentamientos eran, por así decirlo, lo único que se me daba realmente bien. Aprendí a defenderme a temprana edad, y mis habilidades mejoraron con el paso del tiempo.
Los demás comenzaron a reírse, mientras Aylin me dedicaba una sonrisa burlona. Empecé a sospechar de que algo se traía entre manos.
—¡A la cuenta de tres, comienza el combate! ¡Recuerden que no está permitido utilizar magia! —decretó la maestra.
Empezamos a dar círculos.
—¿Lista, pequeña Claire? —dijo Aylin, confiada.
—¡Uno! ¡Dos!
—Siempre —respondí, adoptando una postura de pelea.
—¡Tres!
Aylin atacó primero. Se caracterizaba por perder el control muy rápido.
Empezó con golpes suaves y fáciles de predecir. Los esquivaba y eso le provocaba una rabia palpable.
—¡Quédate quieta, idiota! —bramó.
Subió el nivel de los ataques y añadió los pies para abarcar más terreno. Su falta de concentración me daba una ventaja.
«¡Ahora!» reaccioné, y descargué un fuerte puñetazo en su estómago.
Se hizo hacia atrás, lanzándome una mirada de muerte. Sonreí, victoriosa.
Comenzó a atacar aún más rápido. Sus movimientos resultaban imprecisos. Se estaba cansando y dándome más espacios para acertar mis golpes.
—¡Voy a acabar contigo! ¿Oíste? —espetó.
No le respondí.
Sus ojos se tiñeron de rojo. Logró darme un golpe que se sintió como ser atropellada por un autobús.
—¡¿Qué diab...?! —alcancé a decir.
Terminé en el suelo con el labio roto.
Me levanté lo más rápido que pude. En ese momento me percaté de que su aura estaba rodeada por hechizos de fuerza y agilidad. Aquello no estaba permitido, mucho menos en una simple práctica.
«¿Cómo lo hizo? ¡No ha pronunciado ningún conjuro!» me pregunté, al tiempo que noté cómo algunos de mis compañeros se ocultaban entre la multitud y le otorgaban magia, entre los gritos de los demás.
La maestra no lo notó. En lugar de reportarla, decidí concentrar mi esfuerzo en luchar.
Sus movimientos eran más precisos. Aún así, no daba en el blanco.
—No estás acostumbrada a ser tan rápida —declaré.
Abrió los ojos como platos.
—¡Cállate!
Decidí acabar con aquello de una vez. Giré como si fuese una bailarina y sus costillas recibieron la patada más fuerte que pude dar. Aylin comenzó a toser sin control.
—Ríndete. Sabes bien que la sobrecarga de fuerza y agilidad acabará por descompensarse... Caerás tarde o temprano —le dije.
—¡¿Qué sabes de magia?! ¡Nada!—gruñó.
Mi codo impactó de lleno en su nariz. Empezó a sangrar a borbotones.
El último movimiento fue dirigido a sus rodillas. Cayó de espaldas y apenas pudo moverse.
—¡Suficiente!
La maestra entró al círculo y me declaró ganadora. Aylin se levantó con ayuda y me miró enfurecida.
Se oyeron unos cortos aplausos. Volteé a ver quién era.
Me encontré con la mirada de mi padre, quien se adelantó hasta donde estábamos.
—Buena pelea.
—¡Señor Alaric! ¡No esperaba verlo por aquí! —dijo la maestra.
—Quería hablar con mi hija.
—¡Por supuesto! Buen combate, Aitana. Puedes retirarte.
Recogí mis cosas y salí lo más rápido que pude.
«¡¿Qué está haciendo?! ¿Primero trata de exiliarme y luego llega a felicitarme?»
Empecé a caminar en dirección al baño. Estaba muy sudada y además quería una excusa para no hablar con él.
—Buen combate —repitió.
—¿En serio piensas eso o solamente lo dijiste para aparentar en frente de todos?
—Nunca doy cumplidos Aitana. Si piensas así, es porque no crees que te vaya bien en combate.
—Sé muy bien lo buena que soy. Tu forma de demostrar interés no es mi favorita; al menos desde anoche...
—Lo malo de tratar contigo es...
Lo miré con seriedad.
—¿Es...? —interrumpí.
—Que resulta como si lo estuviera haciendo conmigo mismo.
—Te cae fatal que quien se parezca al grandioso Alaric Claire sea yo y no mi hermana.
Su mirada destellaba recelo. No respondió.
—Me tengo que ir. Hablamos luego.
—Quiero que esta noche estés presente en la casa. Recuerda lo que hemos hablado —ordenó.
El resto de las clases pasaron rápido. Aylin había vuelto a clase con una venda en la nariz y con cara de querer matarme. Cada vez que tenía la oportunidad, decía algo que me ponía en ridículo.
Las clases habían llegado a su fin, y la perspectiva de regresar temprano a casa no me entusiasmaba en absoluto. Como siempre, la biblioteca se presentó como mi refugio, un escape reconfortante de las tensiones diarias.
—Le diste una buena lección a la engreída de Aylin... ¿Cómo te sientes al respecto? ¡Yo estaría saltando de alegría! —comentó Tara desde una escalera; su voz resonando entre las estanterías de libros.
—Los chismes parecen volar con alas propias, ¿verdad?
—¡Las paredes tienen oídos!
—Ya lo creo. Voy a subir.
Subí las escaleras con intención de sumergirme en la lectura. El tiempo parecía desvanecerse entre las páginas. Cuando finalmente alcé la vista, me di cuenta de que la hora ya era considerablemente tardía. Decidí que era el momento de poner fin a mi retiro.
—¡Adiós, Tara! ¡Nos vemos mañana! —me despedí, al llegar al recibidor.
Tara estaba ocupada con alguien más, entregando algunos libros. Cuando ambos volvieron la mirada hacia mí, reconocí a Dashiel.
—¡Veo que sí es cierto que vienes aquí! —dije, cuando llegué donde ellos.
—No tenía razón para mentir.
—¿Se conocen? —mencionó Tara.
—No mucho —respondí.
—Oye... ¿Pensaste en lo que te dije? —preguntó Dashiel detrás mío.
—Aún no sé qué decisión tomar.
—¡Vamos! ¿Qué hay que pensar?
Antes de que pudiera responder, Dashiel insistió en su propuesta de ayuda. Su voz resonaba con una mezcla de sinceridad y determinación.
—He dicho que no sé qué decisión tomar.
—No tienes nada que perder y mucho que ganar. Puedo enseñarte, guiarte en tu viaje hacia el dominio de la magia. No tienes que enfrentarlo sola.
Aunque sus palabras eran persuasivas, no podía ignorar la incertidumbre que anidaba en mi interior.
Las calles adoquinadas se extendían ante nosotros, con su arquitectura clásica que hablaba de siglos de historia. Los edificios altos y estrechos se alzaban como testigos de un pasado que aún resonaba en cada rincón.
Dashiel continuó su argumento, expresando su deseo genuino de ayudarme a superar las dificultades que enfrentaba. A medida que avanzábamos, el susurro del viento se mezclaba con nuestras palabras, creando una sinfonía peculiar en medio de la ciudad.
—¿Puedes dejarme en paz?
—¡Piensa en ello! No te arrepentirás. Juntos, podemos cambiar tu destino —insistió Dashiel, con una determinación que apenas ocultaba la urgencia en su voz.
—Llegaré tarde a casa. Necesito irme —respondí, sintiendo la presión del tiempo.
Dashiel se detuvo. Me observó por un instante y me saludó con la mano.
—Bien... Adiós.
Fruncí el ceño, confundida. Sacudí la cabeza y continué mi camino.
Capítulo cuatro.
Al llegar a casa, el ambiente estaba tenso. Mi padre, un maestro en el arte de aparentar, estaba inmerso en los preparativos de una cena importante. La ocasión celebraba la incorporación de una nueva familia al aquelarre; un evento que él consideraba más que significativo.
La sala principal se sentía impregnada de formalidad y expectación. La elegante decoración, con cortinas pesadas y muebles ostentosos, resonaba con el eco de pasadas ceremonias. Las velas titilaban, arrojando sombras danzantes sobre las paredes.
La tensión aumentó cuando me crucé con mi tía Carlyn, una figura imponente que siempre se esforzaba por recordarme mi posición inferior. En aquella ocasión, sus palabras golpearon con más fuerza de lo habitual.
—¡Siempre es un placer verte, Aitana! Supe lo de tu examen, querida... Supongo que los talentos mágicos no son para todos.
Su tono despectivo resonó en el aire, mientras su mirada recorría mi rostro con un desdén apenas disimulado. En un instante, se desencadenó una oleada de emociones que jamás había experimentado, y la rabia se apoderó de mi ser.
—Nej... —solté por lo bajo.
El tiempo pareció detenerse. Mi tía estaba envuelta en llamas. La visión era tan vívida que sentí el calor y el fuego que danzaba a su alrededor.
—¿Qué dices, niña?
Comenzó a alejarse poco a poco.
—As’Na... —continué.
Perdí el control de mi propio cuerpo. Pequeñas bolas de fuego comenzaron a formarse en mis manos.
—¡Aitana! —gritó mi madre, mientras apartaba a mi tía a un lado.
—¡¿Qué es eso?! ¡Ella no sabe hacer magia! —rugió Carlyn.
El rostro de aquella mujer despreciable estaba desencajado.
Mi madre clavó su mirada en la de mi tía. Chasqueó los dedos en su oído y ella cayó profundamente dormida.
—Aléjate, Aitana —ordenó.
Con gestos rápidos y precisos, conjuró una barrera mágica que encapsuló las llamas hasta hacerlas desaparecer.
—¡Mamá! Yo...
—Tranquila. Todo está bien.
Sus ojos mostraban una mezcla de asombro y preocupación.
Con la frente arrugada, mi padre se acercó a paso firme.
—¡¿Qué ha sucedido aquí?! —inquirió.
—Se ha quedado dormida. Parece que bebió demasiado antes de la cena —indicó mi madre, mientras señalaba a Carlyn.
Con una mirada severa, mi padre asintió y se retiró a seguir supervisando la cena.
—Llevenla a la habitación de huéspedes. Dará mal aspecto a la sala si se queda ahí. Pagará por lo que sea que robó de mi bodega.
—Sí, querido.
—Sí, padre.
—Hablaremos de esto después —susurró mi madre.
Aunque sabía que estaba a salvo, el miedo persistía en sus ojos; una sombra que no se desvaneció ni siquiera en la tranquilidad de la mañana, cuando compartimos el desayuno en silencio. La poca conversación se limitó a susurros cautelosos y gestos cuidadosos, cada una trataba de procesar lo que había ocurrido y entender el alcance de mis recientes habilidades mágicas descontroladas.
El día en el instituto se convirtió en una cruel pesadilla.
Llevaba mi bandeja de comida cuando de repente, alguien se cruzó en mi camino y me empujó con fuerza. Caí al suelo y la comida se desparramó sobre mí; un espectáculo que parecía deleitar a Celine, la abanderada de la humillación.
—Eres tan rara que ni siquiera pude verte... ¿Alguien la notó? —se burló con desprecio, pasando por encima de mi vergonzoso desastre.
Su voz era cortante como una cuchilla. Se aseguró de que toda la cafetería disfrutara del espectáculo.
—¡Mírenla! ¡Pertenece a un linaje con poder y lo único que hace es dar vergüenza!
—¡Nunca debió nacer si iba a estar dañada!
—La pobre Aitana... ¡Seguro que ni sus padres la quieren!
Risas burlonas y miradas crueles se volcaron hacia mí. Como siempre, nadie intervino. Todos eran cómplices de mi humillación.
Incapaz de levantarme, me sentí atrapada en un torbellino de insultos que me perforaban el alma.
—¡¿Por qué le hacen esto?! —preguntó Aria.
Sus ojos reflejaban compasión, pero su pasividad revelaba una indiferencia impotente.
—¡Aria! No sé si sepas... ¡Nuestra querida compañera es hija del linaje Claire! ¿Puedes creerlo? No puede hacer más que chispas. Su poder está tan dañado como ella misma.
Mis lágrimas cesaron. La rabia regresó.
—¡Nej As’Na Bran! —rugí, con demencia.
A mis ojos, todo se volvió fuego. Voraz, poderoso e infinito.
Las llamas danzaban con un frenesí infernal, devorando cada rincón del comedor y consumiendo sin piedad a quienes se burlaron y me humillaron. El fuego se aferraba a la ropa de los estudiantes, transformándola en ascuas vivas. Gritos desgarradores resonaban en el aire, mezclados con el crepitar de las llamas.
Una sonrisa sádica se dibujó en mi rostro mientras disfrutaba del terror en los ojos de todos en la cafetería.
La figura de Celine, antes altiva, estaba envuelta en una cortina de llamas. Su expresión de terror y desesperación reflejaba mi brutalidad.
—¡Detente! ¡Por favor! —suplicaba.
Sentí una extraña paz al verla en el lugar donde tantas veces me encontré.
Entre el caos, la figura de Dashiel permanecía inmutable. Observaba con ojos preocupados y tristes la destrucción que se desataba.
En medio del pandemónium, me di cuenta de la magnitud de mi descontrol. La culpa me envolvía, ahogándome en remordimientos. Mis lágrimas se mezclaban con el humo mientras observaba la consecuencia de mi propia ira desencadenada.
No había pesar en sus ojos, solo preocupación y tristeza. Aunque los gritos de Celine y sus amigos seguían resonando, Dashiel habló.
—No eres así. Sabes que no vale la pena. Respira. —me dijo, mientras ponía sus manos en mis brazos.
Todo se volvió borroso.
Mis ojos se abrieron de golpe. Me encontraba en la tranquilidad de la biblioteca. El murmullo suave de los libros y el tenue resplandor de las lámparas crearon un ambiente reconfortante. Sin embargo, el recuerdo de las llamas y el caos en el comedor inundaron mi mente, haciendo que mi corazón latiera con fuerza.
—¿Qué...? ¿Qué sucedió?
Tara se encontraba a mi lado, con una expresión mezcla de preocupación y comprensión. No dijo una palabra, pero sus ojos transmitían un mensaje de solidaridad silenciosa.
Poco después, mi padre irrumpió en la biblioteca con un aura de autoridad que intimidaba a cualquiera que se cruzara en su camino.
—Es hora de ir a casa —dijo, con una frialdad que cortaba el aire.
No había rastro de empatía en su voz.
Caminamos juntos. Mi padre, envuelto en su propio mundo de pensamientos y preocupaciones, no soltó ni una palabra.
Al llegar a casa, supe que las cosas habían tomado un giro serio. Los sirvientes se movían con nerviosismo, evitando cruzar miradas conmigo. Mi padre, con rostro impasible, dio órdenes severas y despectivas a cada uno de ellos.
La noche transcurrió en un tenso silencio. Ni mi madre ni Azura se atrevieron a mencionar lo sucedido. La atmósfera en casa era densa, cargada de secretos y tensiones. La culpabilidad pesaba sobre mis hombros.
Al día siguiente mi padre se acercó a mí. Su expresión dura había cedido un poco, aunque aún reflejaba la gravedad de la situación.
—Tendré una reunión para discutir lo sucedido. No puedes permitirte más deslices, Aitana. Estamos en una posición delicada y tu comportamiento podría afectar nuestra reputación en la ciudad y en el aquelarre —me advirtió con severidad.
Los días se sucedían en una vorágine de entrenamientos.
Había aceptado la oferta de Dashiel. Para mi sorpresa, resultó que mi instructor sería su abuelo, el señor Lucas. Aunque no entendía completamente por qué depositaban tanta confianza en mí, estaba decidida a aprovechar al máximo su ayuda.
Mi padre, al enterarse de la decisión de enviarme con El Supremo, me había advertido sobre la importancia y la seriedad de tal encuentro. Mi familia desconocía la naturaleza de los cambios que se estaban gestando en mi interior, por lo que recurrieron al hombre más poderoso de la ciudad; un individuo sabio pero dotado de una frialdad que despertaba temor.
El señor Lucas, consciente de la gravedad de la situación, compartió conmigo información valiosa que jamás había imaginado. Me entregó un libro, lleno de secretos y conocimientos mágicos que desafiaban mi comprensión. Además, reveló que en la residencia del Supremo existían otros libros que podrían contener la clave para controlar mis poderes.
—Entonces... ¿Tenemos un plan?
—¡Claro que sí, muchacho! —respondió Lucas.
Mientras El Supremo estuviese ocupado analizando mi caso, ellos entrarían a hurtadillas para duplicar los libros que podrían desentrañar el misterio de mi magia defectuosa.
La misión era peligrosa pero Dashiel, mostrando un compromiso que me sorprendió, ofreció su ayuda para llevar a cabo el arriesgado robo.
—¡Confía en nosotros! El bienestar del aquelarre Claire está en buenas manos —me aseguró el señor Lucas. con una mirada comprensiva.
Sabía que el camino que se abría ante mí era peligroso, pero también comprendía que era la única oportunidad para desentrañar el enigma que envolvía mis poderes.
La oscura noche envolvía la mansión Claire cuando finalmente concluyó mi agotador entrenamiento. Aunque mi cuerpo clamaba por descanso, la satisfacción de avanzar en los ejercicios era lo mejor.
En la cena, mi padre compartió conmigo una serie de recomendaciones para la audiencia con El Supremo. Se percibía en el aire la importancia que le atribuía a aquella visita, como si depositara en ello todas sus esperanzas.
La noche se cernía nuevamente. Mi cabeza divagaba entre pensamientos intrincados y la inminente confrontación con El Supremo. Trataba de apartar de mi mente los riesgos que encerraba la misión que nos aguardaba. Cerraba los ojos con fuerza, buscando desesperadamente encontrar alguna distracción, pero cada parpadeo era una puerta que se abría hacia la visión de la tarde por venir.
La idea de adentrarnos en la residencia del Supremo, mientras yo desempeñaba mi papel frente a él, me mantenía en vilo.
La atmósfera tranquila de la biblioteca brindaba un refugio temporal de las tensiones que aguardaban fuera de sus paredes. Tara y yo nos sumergimos en la tarea de organizar los libros; una especie de terapia silenciosa para enfrentar la incertidumbre que se cernía sobre nosotros.
—¿Estás asustada? —inquirió Tara, entregándome otro volumen.
La pregunta flotó en el aire. Por un momento me quedé reflexionando.
—Creo que sería extraño no sentir miedo. El Supremo es alguien respetado y temido por su forma de hacer las cosas. Pero si todo esto me proporciona respuestas, estoy dispuesta a enfrentar las consecuencias.
Tara asintió con complicidad, poniendo su mano sobre la mía en un gesto de apoyo. El resto del tiempo transcurrió entre conversaciones triviales y la tarea compartida de acomodar y limpiar los libros. El reloj marcó las cuatro, indicando el momento de enfrentar la realidad que nos aguardaba más allá de los estantes.
Cuando salí de la biblioteca, mi padre me aguardaba en el exterior junto a un delegado que nos acompañaría. La mirada de mi progenitor denotaba una mezcla de ansiedad y expectación.
—¿Lista?
Respondí afirmativamente, consciente de que aquel paso marcaba el inicio de una travesía incierta.
El camino hasta la casa del supremo transcurrió en un silencio pesado, interrumpido solo por el tenue murmullo del viento. Miré a mi padre, cuya expresión tensa era reflejo de las inquietudes que albergábamos. El delegado que nos acompañaba parecía ajeno a cualquier emoción, como si la situación le resultase completamente indiferente.
A pesar de la tensión en el ambiente, mi mente divagaba hacia la incógnita de cómo Dashiel y su abuelo abordarían el ingreso al lugar. Ni siquiera se habían molestado en explicarme esa parte.
La llegada a la residencia del Supremo fue anunciada por puertas que se abrieron con un chirrido espeluznante. Nos condujeron a través de un pasillo sombrío que desembocaba en una red de túneles, culminando en una sala iluminada por una piedra que reflejaba el cielo nocturno.
Minutos después, hizo su entrada El Supremo, despojándose de la capucha. Mi sorpresa fue palpable al descubrir que este líder, cuyo rostro imaginaba marcado por la vejez y la severidad, resultaba ser un hombre joven de apariencia imponente.
—Debes de ser Aitana.
Su voz ronca me trajo de nuevo a la realidad.
—Sí, señor.
Pude hablar, tratando de ocultar mis nervios.
—Lo mejor será empezar de una vez. Por favor, acuéstate en la piedra.
Hice lo que me pidió y quedé mirando al cielo.
—Necesito que te tranquilices. Voy a utilizar mis poderes para entrar en tu mente, en tus recuerdos. Llegaré hasta el núcleo de tus poderes... Dime que lo aceptas.
—Yo... Lo acepto, Supremo.
—Tienes que estar muy relajada. No puedes por nada del mundo resistirte a que entre a alguno de tus recuerdos. Puede ser muy peligroso.
La visión se nubló y me vi sumergida en una marejada de imágenes y sensaciones abrumadoras. Experimenté los poderes del Supremo; una cascada de energía intensa y única que se filtraba en mi ser. Era como estar en presencia de una fuerza ancestral, una manifestación de magia tan poderosa que me resultaba difícil asimilar.
El dolor se intensificó. Me vi obligada a moverme, como si intentara escapar de la tormenta que rugía en mi mente. En medio de mi desorientación, sentí unos brazos rodeándome, proporcionándole un anclaje.
—¡No puedo soportarlo! ¡Es demasiado! —grité.
Me encontraba atrapada en un torbellino de recuerdos, una amalgama de imágenes que giraban vertiginosamente en mi mente. Entre destellos de mi infancia, caí de rodillas en un campo verde que no lograba reconocer. El Supremo se materializó a mi lado, hablándome con una familiaridad que desafiaba mi comprensión. A paso tambaleante me acerqué a él, solo para ser arrastrada a otro recuerdo.
Me vi frente a mi casa, observando con admiración cómo mi hermana Azura manipulaba bolas de fuego en sus manos. La escena era tan real, tan vívida, que podía sentir la calidez del sol en mi piel. Pero antes de asimilarlo por completo, el recuerdo cambió de nuevo y me vi en un lugar desconocido, rodeada de rostros que no lograba identificar.
De repente, regresé al presente. La transición me provocó un dolor punzante en la cabeza y al secarme las mejillas, noté que estaba sangrando. Mi padre estaba frente a mí, su expresión oscilaba entre la confusión y la preocupación.
Busqué al Supremo entre la multitud y lo encontré, sostenido por dos personas. Sangre brotaba de sus ojos y oídos. Me dispuse a hablar, pero su voz me detuvo, resonando en mi mente con solemnidad.
—Estoy bien. Pueden retirarse —dijo, tranquilizando a sus ayudantes.
—¿Descubrió la razón por la cual no puedo acceder a mis poderes?—pregunté, ansiosa.
Volteó a mirarme y sonrió.
—Ya lo sabrás. Espera a que las estrellas te den las respuestas,cielo celestial.
- Desconocido -
Poder. Una palabra que ha marcado mi vida, mi obsesión constante. Y allí estaba de nuevo, en aquella ciudad que albergaba secretos tan oscuros como los que cargaba mi conciencia.
La puerta se abrió y entraron mis dos confidentes. Me puse de pie, listo para compartir mi visión.
—Todo está listo. Queda esperar a que su poder se manifieste —anuncié, proyectando una sombra de intriga en mis palabras.
—¿Crees que ella se dará cuenta de lo que hiciste? —preguntó uno de ellos, con el ceño fruncido.
—No. Ya retiré el hechizo de la cerradura del libro. Es cuestión de tiempo. En el momento en que lo toque, su poder aflorará.
Ambos asintieron con solemnidad, comprendiendo la magnitud de lo que estaba en juego.
—Estaremos alertas —aseguró el otro.
—Asegúrense de que esté en un lugar abierto. Lo que ocurrió hace unos días fue solo una muestra de lo que realmente puede hacer.
—Nos encargaremos de que todo salga bien.
—La lluvia de estrellas se aproxima. Necesitamos que ella esté preparada.
La visita con el Supremo no resultó del todo clara. Las preguntas resonaban en mi mente como tormentosos truenos, y la actitud inusual de Lucas y Dashiel generaba un nudo en mi estómago. Los libros, al menos, ofrecieron una revelación entre sus páginas. Uno en particular, un tomo voluminoso de tono café, parecía tener respuestas que resonaban en mi interior.
La cerradura susurraba mi nombre, y al tomar el libro, desencadenó no sólo su contenido sino también un torbellino de recuerdos. Mi grito de sorpresa resonó en la sala, y reviví el día que estuve con el Supremo. Todo pasó demasiado rápido, deteniéndose finalmente en una cueva donde dos figuras discutían en un idioma que reconocía pero no recordaba haber aprendido.
—¡Ella merece saber lo que está pasando! —dijo una de las figuras.
—¡Te he dicho que no!
—Es... Algo demasiado cruel.
—No te encariñes. Sabíamos que ella solo es un peón en todo esto. Apenas un recipiente de un poder que no sabría comprender.
—Deberías decírselo, Silas. Es lo justo.
—No, Dashiel. Es una orden. Sus poderes estarán sellados hasta la lluvia de estrellas.
—Lo sé. Es que...
—Si ella lograse manipular ese poder, sería el fin.
Un dolor agudo atravesó mi cabeza, y la confusión se apoderó de mí. Mis poderes estaban presentes, sellados, y la traición de quienes me ayudaron me abrumaba.
Un impulso instintivo me llevó a expresarme en aquel antiguo idioma. Una esfera ardiente se formó a mi alrededor; mis manos se alzaron y el fuego brotó de ellas. Una sensación embriagadora de poder recorrió mi ser; una experiencia asombrosa.
Una llama colosal emergió, destruyendo todo a su paso. Mis lágrimas se mezclaban con las llamas mientras revivía los sufrimientos de la joven cuyos recuerdos había absorbido. El señor Lucas estaba allí, y con su presencia, los recuerdos se volvieron aún más intensos.
—¿Dónde está? —pregunté, llegando donde el señor Lucas.
No hizo falta mencionar su nombre; ambos sabíamos de quién hablaba.
—Está con el señor Silas.
—¿Por qué?
—Aitana, tú misma has visto todo. Has visto la vida de Astra. La ciudad es más que estas montañas donde hemos sido desterrados. Nos pertenece y tenemos el derecho de pelear.
—Hay formas y esta no es la mejor.
—Puede que sí. Pero es la que él desea.
La realidad se desmoronaba frente a mí, y la sensación de ser utilizada me envolvía. Comencé a caminar hacia el lugar donde se encontraban, sintiendo la creciente ira en mi interior.
Cuando llegué, la noche había caído y la lluvia acompañaba mi avance. La casa estaba vacía, pero continué hacia la cueva. Silas y el señor Lucas me miraron al entrar, y en sus ojos, percibí la tensión de un destino inminente.
—¡Aitana! —exclamó Silas en medio del silencio.
—No te equivoques... ¡No soy ella! No voy a caer tan fácil. Puede que seamos iguales, pero yo no voy a permitir esta atrocidad.
—Actúas igual a ella. Ambas ciegas a entender que podemos tener más que estas montañas y que no debemos escondernos de nadie.
—Puede ser cierto. Pero... ¿Y esas personas? ¿Dónde quedan?
—Son muy inferiores como para vivir en lo que es nuestro.
—Ella también lo era. Pero te enamoraste... ¿Qué cambió? ¿Qué la hizo diferente?
—Era especial.
—No lo era. Por desgracia, sí era una chica curiosa y con una gran sed de descubrir nuevas cosas. Su linaje no ayudaba, pero ella no supo de sus poderes hasta que tú decidiste que era momento de quitar el hechizo, ¿no?
—Entiende que era lo que tenía que pasar.
—Eso no es cierto. En tu búsqueda de poder, la mataste.
Silas mostró un atisbo de arrepentimiento, pero fue solo un instante.
—No voy a permitir que nadie más muera así. Si alguien tiene que morir, que sea yo.
—Eso no lo creo.
Sentí una aguja en mi cuello, me llevé la mano y saqué la jeringa. Ya no contenía nada, pero mi cuerpo se sintió pesado y caí al suelo. Silas se acercó y con su mano me levantó la cara, haciéndome mirarlo.
—Creo que eso no es lo que va a pasar. Como tú lo dijiste, la muerte de ella no será en vano.
Con esas palabras, me desmayé.
Desperté amarrada. En la cueva, la luz del cielo era más fuerte que nunca.
—Sabes que esta cueva se creó después de la primera vez que las estrellas tocaron la tierra. Es el punto donde más se concentra la energía —dijo Silas, desde una silla al lado izquierdo.
—¿Qué me diste?
—No te preocupes. Es para que no intentes algo tonto. Solo dormí tu cuerpo. No quiero sorpresas.
Después de un rato, una luz brillante bañó el cielo y me asusté. Silas se acercó y me levantó, sosteniéndome ya que yo no podía. Entramos en un pequeño círculo y empecé a sentir un poder entrando en mi sistema. Era algo muy fuerte; me estremecí y me di cuenta de que mi cuerpo me respondía.
Me solté las manos y actué rápido. Saqué un cuchillo que tenía y se lo clavé en el estómago. Sus ojos se abrieron en sorpresa. Miró su herida, luego volvió a mirarme y cayó al suelo.
El poder saltaba por todo mi cuerpo, era fuerte, pero sobre todo, majestuoso. Pensé en ella y decidí clavar el cuchillo en mi estómago. La sangre empezó a brotar y caí al suelo.
«Si ella interrumpió todo con su muerte una vez...»
Estaba dispuesta a morir para que todos estuvieran bien.
Esa noche también vi cómo todo lo que un día había soñado me había traído a la perdición. Esa noche no solo murió Aitana, también murió la ilusión de una chica. Pero lo hizo defendiendo a un pueblo que merecía seguir siendo feliz, que merecía que su historia se contara.
Desde aquel momento, la historia de la chica sin poder que dio su vida por los demás se volvió famosa.
Continuará...