EL ANHELO DE LUNA
INFO DE LA AUTORA
María Hospital nació en el País Vasco, España, en 2004. Empezó a escribir desde muy pequeña. Con ocho años aprovechaba cualquier momento que pudiera para sentarse frente al ordenador, y comenzar a crear historias. Con el tiempo también se enamoró de la lectura, y gracias a ello cada día tiene más claro que quiere compartir sus historias con el mundo. Su género favorito siempre ha sido la fantasía. Siente que puede hacerlo mucho más “propio”. Actualmente estudia preimpresión digital, y espera algún día poder trabajar en una editorial.
Instagram:@_mmaaarriiiaaa
—Deja de llorar. Los recuerdos no van a darte de comer.
"Historias de Astra"no era más que un montón de hojas de diferentes tamaños apiladas y mal cosidas entre sí. Mi abuela me había hablado mucho de él, de como lo escribió ella misma cuando tenía diez años, y de lo mucho que le gustaban las leyendas de nuestra ciudad. Encontrarlo debajo de un cajón del armario de su habitación, el último día que iba a pisar su casa, claramente fué una señal.
«Los recuerdos no van a darte de comer»
Mi madre llevaba repitiendo la misma frase una y otra vez, desde que lo había encontrado. Me había aferrado a aquel libro como si mi vida dependiera de ello. No pensaba dejarlo.
No contesté. Ni una vez. Simplemente la miraba y asentía para volver a dirigir mi atención a aquella portada verde y desgastada. No entendía como podía estar tan vacía de sentimientos.
Cuando mi familia estuvo lista, fuí la última en cruzar la puerta. Me sequé las lágrimas y salí por última vez de lo que hasta ese entonces fuese el hogar de mi abuela.
Todo estaba preparado para la llegada de los nuevos inquilinos. Hacía tres meses que la abuela había fallecido, y mis padres no dudaron ni un momento en poner su casa en venta. Fue algo que me molestó. Muchísimo.
Al regresar a casa, mi familia se comportó como si nada hubiera pasado, como si no se acabase de vender la casa de la mujer que siempre nos había ayudado, escuchado y cuidado.
Mi hermana Zara fue directamente a la cocina a por algo de comer, mientras que los gemelos Axel y Roma se ocuparon de jugar sin más. Por su parte, mis padres comenzaron a discutir sobre el trabajo y los días libres para irnos de vacaciones con el dinero que nos iban a pagar. Despreciable.
Me retiré a mi habitación, con la intención de leer el cuaderno.
Llevaba años esperando.
Siempre que dormía en casa de mi abuela, ella me contaba historias sobre Astra, nuestra ciudad. Me habló de un cuaderno donde recopiló todas y cada una de las historias y leyendas, asegurándose siempre que eran ciertas. Nunca, en mis diecinueve años de vida, había podido verlo con mis propios ojos. Ella pensaba que lo había perdido.
Con los nervios a flor de piel, lo abrí y comencé a leer.
Encontré la historia de la niña y el hada que le traía regalos, la del duende que se paseaba por Astra robando comida, y la del campesino invisible y la bruja. Una de mis favoritas.
Fue la última que leí antes de quedarme profundamente dormida sin darme cuenta.
Un campesino invisible anhelaba ser reconocido. Desesperado, buscó ayuda en Astra pero sus súplicas caían en oídos sordos.
Un día se cruzó con una bruja capaz de verlo pero, en lugar de compasión, encontró burlas. El campesino, como acto de venganza, invadió su casa y dejó un rastro de caos.
La bruja, enfurecida, le propuso una tregua que ella misma usaría como venganza. Lo haría visible ante la gente, con la condición de una vida eterna.
El campesino aceptó, pero él no sabía que condenarse a vivir eternamente sería peor que vivir ignorado.
Abrí los ojos. Era de mañana, y estaba sentada en mi escritorio con el cuaderno abierto por la mitad. La ventana estaba ligeramente abierta y el fresco entraba. Me levanté, todavía medio adormilada y la cerré.
Mi familia no me había llamado para cenar la noche anterior. No me sorprendía, puesto que no era la primera vez que pasaba. Era el integrante menos favorito y lo sabía. Siempre lo había sabido.
Aquello se debía a que mi familia descendía de un linaje muy antiguo de brujas y hechiceros. Mi madre, Alexandra Saura, comparte sangre con el más importante de nuestra ciudad. Mi padre, Malhock Mallor, proviene de una familia casi tan poderosa como la de mi madre.
Cuando se casaron y tuvieron a Zara, mi hermana mayor, todo salió como se esperaba. Una bruja más para continuar con el legado. Lo mismo pasó dos años más tarde con Axel y Roma. Fueron una familia feliz el siguiente año. Hasta que nací yo. La última hija de la familia.
Todos se quedaron asombrados cuando notaron que no tenía ningún tipo de poder. No hacía las cosas normales que haría una bruja a mi edad. No tiraba cosas por accidente desde la distancia, ni tenía más fuerza que un niño normal, ni nada que me hiciera diferente. Era simplemente una niña. Algo que era raro en una familia de brujos, pero no imposible.
Desde que era muy pequeña, todos comenzaron a tratarme diferente. Me menospreciaron, cuando lo único que anhelaba era ser como ellos.
Me hubiese encantado tener la facilidad de mi madre y de Zara para comunicarse con la naturaleza. O ser como mi padre, con la habilidad de meterse en la mente de las personas; o tener poderes curativos como los gemelos. Pero me tocó ser Luna. Luna y nada más.
Mi atención se desvió cuando noté la página del cuaderno en la que me encontraba.
«Esto es extraño...» pensé.
El título se notaba más grande que los de las otras páginas. Estaba pintado de rojo y, a diferencia de las demás páginas, aquella no estaba escrita por mi abuela.
—¿Cómo así? —murmuré en voz alta, sin darme cuenta.
Estaba escrita con una bonita caligrafía que nada tenía que ver con la casi ilegible letra que tenía mi abuela. Antes de leerlo, supe de qué leyenda se trataba.
Mi abuela me había contado esa historia millones de veces. Aquella era la leyenda más conocida en Astra. Emocionada y algo nostálgica, comencé a leer ansiosamente.
La antigua Astra se desmoronó debido a la ambición de su rey. Aquel era un hombre codicioso que buscaba el poder de las estrellas...
Cuenta la leyenda que cada 133 años ocurría una migración de los astros. Algunos decían que huían de un universo a otro. Otros decían que era una señal de Dios. Los eruditos, fascinados por los acontecimientos, las nombraron como “Las Perseidas”.
De esa migración, una se precipitaba hasta la ciudad de Astra, pudiendo conceder así un deseo a quien se presentase ante ella. No importaba qué clase de persona fuese, solo tenía que encontrarla.
A pesar de los esfuerzos del viejo rey por encontrar la estrella caída, nunca lo logró. Así es que devastó la ciudad como venganza.
En lugar de huir, los lugareños se enfrentaron a él, derrotándolo y haciendo renacer la ciudad.
Dediqué toda la mañana a terminar el cuaderno. No era capaz de explicar el vacío que sentí en mi interior cuando lo terminé.
Lo escondí dentro de un cajón de mi armario, igual que hizo mi abuela, con la esperanza de perderlo igual que ella y no volver a verlo nunca más.
La vida continuó igual los siguientes cinco meses. Un buen día, todo el mundo comenzó a hablar de “Las Perseidas”. El gran acontecimiento de mi leyenda favorita estaba a punto de suceder.
La mayoría de las personas que vivían en aquella zona de la ciudad, un intento fracasado de “barrio moderno” repleto de brujas, pensaban que apenas era algo similar a una simple lluvia de estrellas. Otros creíamos firmemente en la leyenda, y ansiamos encontrar La Estrella para pedirle un deseo.
Aquella mañana, me levanté con la suficiente energía como para preparar el desayuno a toda mi familia. Algo que acostumbraba a hacer cuando era más pequeña, en busca de aceptación.
Ese día era diferente, había esperanza.
Siempre supe el deseo que pediría si algún día tuviera la oportunidad. Quería ser una bruja.
La primera en bajar fue mi madre.
—¿Qué es esto? —preguntó, mientras observaba con cautela la mesa.
—Es el desayuno —respondí como si nada.
—Hacía mucho que no nos preparabas...
—¡Me apetecía! —interrumpí, al tiempo que me giraba a colocar el último vaso.
Alzó una ceja.
—Ya veo.
—¿Te gusta?
—Me gusta todo lo que no implique trabajar —respondió tan fría como siempre, y se llevó un trozo de fruta a la boca.
Me senté con ella, pero decidí esperar a que bajaran los demás. Quería un desayuno en familia.
No recibí ningún tipo de agradecimiento por parte de nadie. De todas maneras, intenté sacar tema de conversación, con fingida indiferencia.
—¿No tenéis ganas de ver qué pasa esta noche?
—Estrellas se ven todos los días. Es una tontería —contestó Zara.
—Creo que puede ser algo bonito. Más aún sabiendo la historia que tiene detrás.
—No tiene ninguna historia, Luna. Esa leyenda es un inventó antiguo para dar emoción a las aburridas vidas que se tenían antes. Nada más... ¡Son cuentos de viejas!
Odiaba su ignorancia e indiferencia; su manera de ver la vida.
Roma se metió en la conversación.
—Zara tiene razón. Son tonterías que algún pueblerino se inventó para contarles a sus nietos.
Mi padre carraspeó y se llevó una taza a los labios. Se produjo un duro silencio, hasta que finalmente suspiró.
—Por mucho que sea una leyenda, es algo interesante que nos une como ciudad. No sabéis si va a pasar algo. En el caso de que pase, será un acontecimiento que tendremos la suerte de vivir.
Todos se miraron. Él continuó con su café como si nada.
Realmente me daba igual la opinión que tuvieran. Estaba ansiosa y quería que llegara la noche.
El día se me hizo eterno. Estaba en mi habitación, al lado de la ventana, a la espera de ver algo en el cielo. No pasó nada.
Esperé y esperé, hasta que comencé a perder la esperanza.
«¿Mi abuela me mintió? ¿Las leyendas de Astra son solo cuentos de hadas?»
Frustrada, me metí en la cama. Observé por última vez la ventana y entonces la ví.
Por un breve instante, una estrella brilló mucho más que las demás.
—¡Lo sabía! —celebré.
Nunca antes había visto nada parecido. No era una lluvia de estrellas, como decía la gente. Entonces supe lo que tenía que hacer.
Media hora después, me encontraba fuera de mi casa, de camino a las montañas. No sabía a dónde iba, ni qué encontraría, o qué era lo que iba a hacer dado el momento. Únicamente sabía que tenía que buscar muy bien.
—Para llegar a la primera montaña, hay que cruzar el bosque...Encuentra los tres árboles rojos y así hallarás el sendero perdido—me dije, dándome ánimos.
Me sorprendió ver poca gente en la calle. Mi barrio era uno de esos con casas grandes y antiguas, donde en algún momento comenzaron a construirse algunas casas modernas. Repleto de parques y de árboles, era uno de los lugares más simples para vivir en la inmensa ciudad de Astra.
Llegué al bosque. Estaba apunto de cruzar el sendero cuando escuché un crujido.
Sobresaltada, miré hacia ambos lados y no me permití frenar la marcha. Apenas quedaban veinte metros para llegar al otro lado, y la primera parte del viaje estaría completa.
Apreté el paso. Tardé en darme cuenta que alguien me seguía.
Un cuerpo enorme y pesado se abalanzó sobre mí. Golpeé la cabeza contra el suelo y mi brazo se rasgó.
—¡Ayuda! ¡Ayuda! —grité, a todo pulmón.
La oscuridad no permitió ver de qué se trataba. No conseguía entender qué sucedía.
Aquella cosa desgarró mi cara con sus uñas.
—No... ¡Por favor! —supliqué por mi vida.
Estaba a punto de desmayarme. De repente, algo muy fuerte empujó a la bestia que me atacaba, y me levantó sin esfuerzo tirándome del brazo.
Me deje llevar. Cuando mi cabeza dejó de latir y mis ojos consiguieron volver a enfocar, me encontraba sola. Ni un rastro de lo sucedido. Absolutamente nada.
Tal era el silencio, que la única constancia que me quedaba era el dolor que sentía en la cabeza y el hilo de sangre que me recorría el brazo.
Con el paso de los minutos conseguí tranquilizarme y llegar hasta el lago.
Me había preparado mentalmente para sumergirme en aquella agua helada. Cuando noté la tabla de madera que se encontraba junto a un árbol frente al lago, me sentí salvada. Era lo suficientemente grande como para montarme encima y remar con mis brazos hasta el otro lado.
Mi plan se vió interferido por una voz seca.
—Si yo fuera tú, soltaba eso. Si querías la tabla, haber llegado antes.
Sobresaltada, volteé para encontrarme con un hombre alto y flacucho. Estaba recostado sobre el árbol donde antes se encontraba la tabla.
—¡¿Quién eres?! —pregunté, mientras hacía acopio de valentía.
Con parsimonia, se acercó a la vez que retrocedí.
—Esa no es la manera de agradecerle a alguien el haberte salvado.
Su voz sonaba muy tranquila. Incluso encontré un pequeño atisbo de diversión.
Me quedé sin saber qué contestar.
—¿Has sido tú? —conseguí pronunciar, después de unos segundos que se me hicieron horas.
—Lo que te ha atacado era un lobo —comentó, sin más.
Cada vez estábamos más cerca.
—¿Un lobo? —repetí, incrédula.
—No es normal que vengan por aquí. De todas formas, no deberías andar sola de noche por el bosque.
—¿Quién eres?
El extraño no paraba de avanzar mientras hablaba. Cuando pasó a mi lado, no pude evitar echarme para atrás; tanto que dejé que se acercara demasiado a la tabla.
—Nadie que no conozca bien estos caminos, y que no esté bien preparado, debería andar solo por aquí...
Para cuando conseguí abrir la boca, el desconocido ya estaba montándose en la tabla.
—¡Oye! ¡He llegado antes!
Me acerqué lo más rápido posible, pero él se lanzó al agua en un solo impulso. Me quedé en la orilla como una tonta.
—¡Nos vemos al otro lado si consigues pasar! —se despidió, burlón.
Sin permitir que la rabia nublara mi juicio, me lancé al agua. El contacto fue gélido, como si las corrientes se hubieran unido para recibirme. Al sumergirme, el tiempo se detuvo por un breve instante. Experimenté la sensación de mil cuchillos atravesando mi piel, olvidándome temporalmente de la necesidad de regresar a la superficie.
Salí a flote, jadeante y ligeramente desorientada. Logré enfocarme en continuar, bloqueando cualquier pensamiento mientras me aproximaba a la orilla.
La fatiga me impedía sentir mis brazos, la rigidez del frío limitaba mi movilidad, y mi respiración se volvía irregular.
En un descuido, dejé de nadar y estuve a punto de sumergirme nuevamente, hasta que la imagen del desconocido burlón en la tabla robada resurgió en mi mente, y me proporcionó
la fuerza necesaria para impulsarme y avanzar los últimos metros hacia la orilla. Nadé entre desesperación y agotamiento, pero finalmente alcancé mi destino.
Recuperando el aliento, tiritando, me dejé caer sobre la amalgama de hierba y tierra húmeda que constituía la orilla, inhalando profundamente. Perdí la noción del tiempo hasta que la irritante voz que había empañado parte de mi noche volvió a resonar en mis oídos.
—¡Llegaste! —carcajeó.
—¡Tú! —rugí.
No pude evitar levantarme y abalanzarme sobre él, pero me empujó y me tiró al suelo.
—No he escuchado un gracias todavia.
Era alto y muy delgado, casi desnutrido. Barba de unos cuantos días bastante descuidada y el pelo desordenado. No parecía una persona muy sana. Ni alguien en quien confiaría.
—Ni lo escucharás.
—¿Qué buscas por aquí?
—Nada que te interese.
Me levanté y giré para continuar. El desconocido me tomó del brazo y me hizo girar.
—Buscas pedirle un deseo a una estrella, ¿verdad?
Su voz se suavizó tanto que me paré y giré, mostrando algo menos de desconfianza que antes.
—¿Es lo que estás buscando?
No quería arriesgarme a contestarle directamente.
—Claro.
Se inclinó hacia atrás sin dejar de mirarme, esperando una respuesta.
—Sí. Es lo que estoy buscando —contesté.
—Bien... ¡Suerte!
El desconocido se giró y continuó su camino sin mirar atrás.
Tras analizar un rato lo que acababa de suceder, volví a retomar mi camino.
Durante la siguiente hora, apenas logré avanzar un kilómetro debido al frío que tenía por culpa del lago. Me maldije por no haberme preparado aún sabiendo que cabía aquella posibilidad.
Tuve un momento de motivación tras fantasear con formar parte de mi familia al cien por cien, y avancé mucho más de lo que me esperaba.
Durante el camino tuve encuentros no deseados con animales a los que ni siquiera fuí capaz de identificar y tuve que esconderme un par de veces rezando por no ser la cena de alguno de ellos. Incluso descubrí lo fácil que resultaba subirse a un árbol si te lo propones. La adrenalina puede hacer cosas increíbles.
Había caminado tanto que no sabía donde me encontraba. Veía árboles, de vez en cuando un riachuelo y alguna que otra explanada. Comencé a desesperarme. Realmente no había meditado tanto mi plan.
Buscaba y buscaba. Miraba hacía todas las direcciones pero no parecía haber nada cerca.
Caminé, giré y seguí caminando. Pasé por el mismo arbusto quemado tres veces. Intenté cambiar de dirección pero siempre me llevaba al mismo punto.
Me paré en seco cuando ví lo que tenía delante; un precipicio de rocas de unos tres metros de altura. Tenía dos opciones: darme la vuelta o lanzarme. Lo peor fue cuando asimile que la primera opción nunca fue realmente una opción.
Sin pensarlo dos veces, suspiré y me colgué del precipicio sin mirar abajo. Cerré los ojos y me dejé caer.
El impacto no fue para tanto, debido a la adrenalina. Me caí encima de la mochila y algo se rompió. No me dí cuenta del daño que me había hecho hasta que tuve que levantarme para comprobar qué había roto.
El reloj.
—¡Mierda! ¡Mierda!
—Veo que vas muy bien, ¿eh?
La voz cansada del desconocido me sobresaltó, pero también me tranquilizó. No quería estar sola.
Me giré para no encontrar a nadie.
—Estoy dando pasos de ciego. No sé ni siquiera donde estoy.
—¡No necesitas conocer el camino para encontrar algo que no sabes dónde está!
Salió de las sombras de entre dos árboles.
—Ni siquiera sé lo que estoy buscando. Ni siquiera sé si hay algo que encontrar.
Había empezado a llorar.
—Que no lo encuentres no significa que no exista.
—Irónico que lo digas. Suenas cansado.
Contesté, en mi primer intento de no llorar.
—Que esté cansado no significa que no sepa que tengo que seguir buscando.
Algo me interrumpió cuando iba abrir la boca para contestar después de haber meditado la respuesta durante varios segundos. Un trueno. Y antes de que pudiera siquiera pensarlo, empezó a granizar.
Nunca en la vida había visto granizar tan fuerte. Tan fuerte, que incluso dolía.
—Vamos.
Lo tomé del brazo y tiré de él. No pensaba volver a quedarme sola, y mucho menos así.
—¿Sabes a dónde me estás llevando?
—Realmente... No.
Frené el paso un momento, lo que fue suficiente señal para él.
—Bien. Tenemos que fijarnos por dónde pasamos. Debemos encontrar algo para resguardarnos.
Asentí y calmamos nuestro ritmo para estar mucho más alerta. A esas alturas, ya ni siquiera sentía el daño que hacía el granizo chocando contra mi piel.
No encontramos nada más que un árbol algo más grande que los demás, por lo que no tuvimos más remedio que cobijarnos ahí. El suelo estaba frío y blando debido a la tierra mojada, pero me dejé caer sobre él y me recosté contra el árbol.
—Ha sido una estupidez —susurré, tras un rato de incómodo silencio.
—¿Por qué?
—He salido de mi casa con la esperanza de encontrar una estrella que me conceda un deseo... ¡Me han atacado, he nadado en agua helada, me he caído y me estoy congelando! ¡¿Y todo para qué?! ¡Para acabar debajo de un árbol en medio de una granizada infernal contándole todo eso a un desconocido!
Comencé a hablar atropelladamente en un intento de sacar la desesperación de mi cuerpo. Conforme iba avanzando iba subiendo el tono de mi voz.
—Quien algo quiere, algo le cuesta.
Hablaba con tanta calma que me molestaba.
Tardé mucho en contestar. Me costó volver a regular mi respiración.
—¿Qué es lo que tu quieres? ¿Qué buscas pedirle a la estrella?
—¿Qué buscas tú?
Me lo preguntó porque sabía que había hablado bastante, y que probablemente contestaría sin pensar. Y así fué.
—Quiero encajar en mi familia.
—¿Encajar?
—Sí.
Pensé brevemente en seguir hablando, pero mi boca fue más rápida que mi cerebro.
—Encajar... —murmuró, pensativo.
—Nací en una familia de brujos. Brujos de casas importantes. Pero yo no lo soy y siempre me he sentido menos.
—¿Por qué deberías?
—Ellos pueden hacer cosas increíbles con sólo decir unas palabras. Nunca tendré eso. Pensé que si encontraba la estrella, todo cambiaría.
—Puede cambiar.
—Ya no estoy tan segura de encontrar la estrella.
—¿Por qué?
— Ni siquiera estoy segura de que exista.
—¿No estás segura de que exista porque no fuiste capaz de encontrarla? ¡Todavía queda noche!
—Puede que la gente tenga razón y solo sean cuentos de viejas.
—Te aseguro que no... ¿Por qué quieres pedir eso y no otra cosa?
Encontré cierto tono extraño en su voz. Pensé que ya había hablado demasiado, y me mataba la curiosidad, así que volví a formular la pregunta.
—¿Qué buscas de la estrella?
Frunció el ceño. Luego suspiró.
—Algo que me quitaron hace mucho tiempo.
Sus palabras no sonaban misteriosas, sino como un grito de auxilio.
—Cuéntame más.
No sabía cómo indagar, pero él apartó la mirada y se quedó callado. Decidí probar con otra pregunta.
—Yo...
—¿Por qué estás tan seguro de que es real?
—Las leyendas son ciertas. Todas.
Otro incómodo silencio volvió a apoderarse del momento. Hasta que el granizo paró y se convirtió en lluvia.
Me levanté para dar vueltas alrededor del árbol; iba a congelarme viva. Cuando conseguí entrar en calor, volví a sentarme para seguir indagando.
—Entonces...
—¿Te han contado alguna vez la leyenda del campesino invisible?
Me sorprendió escuchar aquello. Una sensación de nostalgia me invadió un momento, pero intenté alejar todo eso de mí.
—Una vez. Sí.
—Hace más de seiscientos años, esa hechicera me lanzó la maldición. Desde entonces he buscado la estrella. Quiero librarme de la inmortalidad.
Parecía muy tranquilo contándome aquello. Abrí la boca para decir algo, pero la cerré al instante. Me había quedado en blanco sin ser capaz de procesar la información.
—¿Inmortalidad? —balbuceé.
—No es tan genial como parece, ¿sabes? ¡He visto la estrella en el cielo cada vez que ha caído y la he buscado sin parar!
Nos quedamos en silencio sin nada que decir. Esa vez no fue un silencio incómodo. Los dos estábamos sumidos en nuestros pensamientos, buscando que decir o qué hacer.
—No tengo palabras —concluí.
—Si quieres encontrarla, debes saber que está por ahí. Puede que no esté aquí, puede que ni siquiera esté por esta zona... ¡Pero está en algún lugar de la ciudad y yo voy a seguir buscando!
—Yo me rindo. Espero que hoy por fin puedas encontrarla.
No fuí consciente de lo que deseaba decirlo, hasta que por fin salió de mi boca. Una mezcla de alivio e incomodidad. Me levanté para buscar el camino de vuelta a casa, pero sus palabras me detuvieron.
—Pienso seguir buscando, pero no esta noche. Tengo la eternidad para encontrarla.
Me giré hacia él, sorprendida por sus palabras.
Le sonreí. Fue una sonrisa pequeña, pero también la más sincera que había tenido últimamente.
—Espero que la encuentres.
—Deberías ser tú la que fuera a buscarla y también deberías elegir bien tu deseo. No tienes la eternidad.
Entonces fue cuando caí. Supe que no quería eso.
—No quiero cambiar.
—¿Qué es lo que quieres?
— No lo sé. Pero ahora sé lo que no quiero.
—Te felicito. De verdad...
Esa noche no encontré la estrella.
Me despedí del campesino invisible; nunca supe su nombre. Él tampoco el mío.
Aquella noche también me despedí de Astra, de mi familia y de toda la carga que había llevado conmigo. Supe qué era lo que no quería en mi vida y, aunque no estaba segura de lo que sí, de algo estaba convencida: No me hacía falta pedirle un deseo a una estrella para descubrirlo. Iba a lograrlo por mi cuenta.