BRILLO Y SOMBRA
Agustina Peralta es una escritora nacida en el año 2000 en Córdoba, Argentina. En su adolescencia, la admiración por las boybands, el amor por los libros de novelas románticas, y la necesidad de encontrar su camino dentro de la literatura la llevó a crear historias de aventuras, amores, autodescubrimiento y superación, las cuales plasmó en sus primeros fanfics publicados en la plataforma Wattpad.
Con el desarrollo del estilo de novela juvenil, llega al top de views con BE YOU, historia de amor entre Alyssa y Corbyn, que hoy llega al formato físico de manera ampliada convertido en trilogía. La novela SIMPLEMENTE SÉ TÚ publicada en 2023 es la primera entrega de ésta fascinante trilogía.
En la actualidad, Agustina divide su tiempo entre su trabajo, disfrutar del amor de sus amigos y familiares, preparandose con ansias para iniciar sus estudios universitarios y continuar su camino en estas historias que arrancan suspiros y transmiten su esperanza a sus miles de fanáticas en todo el mundo.
Instagram:@_aguss_peralta_
Wattpad: LittlesGirls321
Las estrellas siempre brillaron y siempre brillarán sobre nosotros.
Aunque a veces nos olvidemos de alzar la vista.Luz y sombra son parte del vivir.
LUCINA.
Había una vez una ciudad perdida entre los límites de las nubes y el sol. Parecía que nos separaba un océano entero, pero en realidad sólo había un puente colgante, rojo. Estaba sostenido por gruesos cables de alambres y hierro que prometían no dejarlo caer nunca. Como si alguien lo usara.
Astra se dividía en dos, a ambos lados del puente. De un lado se encontraba la gente que había nacido y crecido allí, quienes habían dedicado su vida entera a proteger y sacar provecho de lo vasta que era su tierra.
El otro lado, era para Lucina, un completo misterio.
Sin embargo, ella recordaba su infancia, cuando al anochecer corría entre los campos de lavanda. Ese era el único momento en el que podía hacerlo.
Pero no perdía la ilusión. Casi siempre sentía que vivía en un cuento de hadas.
En su lado del puente, las personas creían completamente en la magia. Pero sobre todo, en la magia de la estrella de Astra. Habían nombrado a la ciudad por ella, el nombre de una esfera ardiente a millones de años luz de distancia y creían firmemente en que les concedía deseos de todo tipo.
Buena cosecha. Salud. Oportunidades. Conocimiento. Amor.
Rara vez se hablaba del otro lado del puente, dónde el cielo se cubría de nubes. Lucina había terminado por entender, más tarde que temprano, que a su madre se incomodaba demasiado si le preguntaba al respecto. Tampoco hablaba mucho sobre la condición que padecía, ni de su estatus social.
Lucina estaba segura de que no era el más alto, pero al parecer era suficiente como para que las demás señoras las invitaran a tomar el té con bastante regularidad. Así que, prácticamente, sólo hablaban de Astra.
—La estrella de Astra me guió a tu papá, nena.
Decía su madre cada vez que tenía oportunidad. Esa era, por lejos, su historia favorita.
Le gustaba escucharla una y otra vez, mientras le cepillaba el largo cabello blanco con el que había nacido Lucina. Su madre le contaba cómo lo había encontrado, en un bosque lleno de pinos, en una noche completamente estrellada.
Cada vez que se veía en el espejo de su habitación, su reflejo le devolvía la imagen de una muchacha delgada, pero no esquelética, de piel blanca, de ojos grisáceos intensos y si acercaba un poco más, podía divisar que sus mejillas estaban ligeramente decoradas con unas pecas apenas visibles.
—Sos tan especial, Luci.
Le repetía su madre con cariño. Lucina había aprendido a hacer caso omiso a los comentarios de algunos de sus compañeros por su condición, sin reaccionar a los apodos que le ponían.
Albina.
Blanco en la cabeza, en las cejas, en las pestañas y en la piel.
A su criada, le ponía los pelos de punta. Leonor tenía apenas unos años más que Lucina. Había sido acogida por los padres de Lucina cuando ésta había cumplido ocho años. Eran muy cercanas, aunque a veces no era suficiente.
Leonor podía ponerse demasiado sobre protectora.
A medida que crecía, Lucina era cada vez más consciente de las diferencias, aunque seguía sin entender porqué era tan distinta a una niña pelirroja. Rojo en la cabeza, en las cejas y en las pestañas, pero a las pelirrojas no las trataban diferente.
Así que Lucina se las había arreglado para hacer uno o dos amigos, compañeros de estudios que, igual que ella, eran tratados de maneradiferente. Jonas, por ser demasiado alto para su edad. Jeremiah. porque no hablaba mucho.
Bobadas, pero los niños y niñas a veces podían ser un poco crueles. Lucina nunca reaccionaba. Simplemente, no lo entendía.
Cuando fue lo suficientemente grande para no ser escoltada por sus padres a todos lados o por Leonor, sus padres hablaron por primera vez abiertamente del otro lado, aunque sólo para advertirle:
—Ni se te ocurra cruzar el puente, Luci. Está totalmente prohibido, hija.
— ¿Por qué, padre? — intentó preguntar una vez más. Así como contaba con una enorme y extraña belleza, también contaba con una enorme curiosidad. Y por supuesto, no entendía para nada el prejuicio de los adultos.
Observaba a su padre, quien sentado delante de ella, se encontraba mirándola con ternura.
Sin duda había heredado sus ojos.
Por lo demás, era completamente distinto a ella. Su padre le hablaba con cierto rastro de dulzura. Nunca muy alto, pero siempre conciso y directo.
—Porque sí, Lucina. Porque eres importante para nosotros ¿Está bien?
—Ya verás que a tus amigos tampoco se les permite cruzar —interrumpió su mamá, con un tono un poco más nervioso. De ella parecía no haber heredado nada. Quizá la forma de su nariz, finita, chiquita, impoluta.
Pensó que quizás se debía a que podía ser peligroso. Debajo del puente colgante rojo y prohibido corría un lago con bastante caudal. Nunca había podido ver con claridad si su agua era cristalina, aunque de seguro que le gustaría.
Jamás se lo permitieron. Obedeció a sus padres en ese momento, sin pensárselo. La curiosidad vendría años más tarde, cuando cumplió dieciséis, apenas dos años después de aquella advertencia.
Sus padres discutían la decisión de si presentarla a la ciudad o no. La niña que corría por los campos de lavanda, apenas se podía divisar tras la adolescente que ahora se miraba en el espejo. Vistiendo vestidos pavorosos, blancos, apenas algunos centímetros por arriba de la rodilla, adornado con florecitas azules, recogiendo su cabello en altas y elegantes coletas con un lazo azul oscuro, que cortaba con toda la claridad.
Ya había aceptado que era diferente, y a esa altura, había notado que su familia era casi de élite en aquella ciudad abarrotada de prejuicios. Le gustaba imaginar que viajaba fuera de Astra, sin cruzar el puente rojo. Quería saber qué se escondía en aquel lugar prohibido.
Leonor se horrorizaba cuando Lucina le contaba con notable entusiasmo sus sueños, incluso antes de desayunar. Opinaba que era de mala suerte contar los sueños con el estómago vacío. Lucina replicaba que su inmensurable curiosidad y sus sueños eran mucho mejor que soportar todas las reuniones a tomar el té que organizaba su madre.
—¡Ay cuéntanos de nuevo, por favor Elizabeth! —vociferaban las señoras, mientras ella estaba sentada, dibujando, como solo haciendo presencia.
—¿Qué cosa? ¿Cómo conocí a Alexander? Ya les dije... ¡Fue Astra!
Y de vuelta el relato, al bosque, al instante en el que Lucina comenzó a ser una posibilidad.
Mientras las mujeres hablaban, Lucina dibujaba en su libreta de hojas blancas y lisas empleando con habilidad su lapiz de negro. La joven retrataba el fondo del jardín, que podía verse desde el interior del gazebo blanco y gris, rodeado de flores silvestres, de colores punzantes que ellá jamás podía usar, porque sería demasiado llamativo, así que los volvía blanco y negro. Ignoró la charla, hasta que escuchó su nombre.
—¿Lucina?
Levantó la mirada con la gentileza y dulzura que la caracterizaba, escondió el manchón de carboncillo que tenía en la mano izquierda y sonrió.
—¿Sí?
—¿Lo harás?
Miró a su alrededor, mucho más allá se podía divisar los cables de hierro y alambres que sostenían el puente, un rayón rojo en lo celeste del cielo de esa tarde.
—Disculpen, ¿qué cosa?
—Pedirleel deseo a la estrella.
—Aún es muy joven —murmuró Rosa, una de las invitadas.
Rosa era incorregible, y el resto de mamás la miraron casi con desagrado.
Era una señora de lo más elegante, con la piel morena más hermosa que había visto jamás, y era una entusiasta en romper con ciertos patrones de la sociedad.
No estaba casada, ni divorciada, ni había sido madre. Biológicamente, al menos, le brindaba asilo a todos las niñas y niños huérfanos en su gigantesca casa. Lucina a medida pensaba que ese noble gesto hacia los menos afortunados era la única razón por la que su madre le guardaba respeto a Rosa.
Lucina adoraba a Rosa. Recibió una mirada intensa de su madre incitando a responder la interrogativa.
Por supuesto que era muy joven con dieciséis años. El deseo se pedía recién en la mayoría de edad. Lucina pensó que, si hubiera que pedir un deseo, para empezar no se vería obligada a asistir a las reuniones de té, brebaje que ni siquiera le gustaba.
—Pues algún deseo pediré... Pero cuando llegue el momento indicado. —respondió con toda la amabilidad que pudo para no avergonzar a su madre.
Por suerte no había tenido ningún problema con su amistad con Jonas y Jeremiah. Ambos resultaron ser de su agrado, así que cuando los vió asomarse por la entrada del gazebo esbozó una sonrisa. Miró a su madre en silencio, pidiendo el permiso que esperaba para marcharse de allí. Elizabeth asintió, aunque a su madre no le gustaba mucho la idea.
Lucina le obsequió el dibujo a las señoras, quienes lo colgaron con cuidado, como muchos otros que había hecho. Tomó la sombrilla que la había acompañado a lo largo de su vida, e hizo una reverencia para despedirse de todas ellas. Recibió el guiño del ojo de Rosa con disimulo.
A su madre, como era de esperarse, no le agradaba mucho Rosa.
Leonor no estaba presente cada vez que Lucina vagaba por ahí con Jonas y Jeremiah, porque el estar acompañada por dos jóvenes muchachos tan nobles, era protección suficiente.
—¿Te atreves esta vez, Luci? ¡Vamos! ¡No es para tanto! Somosla nueva generación.
Lucina pensó, mientras caminaba a un lado de sus amigos sin ninguna otra escolta, que le podría llegar a dar un ataque a su madre si escuchara lo que Jonas estaba insinuando.
—Ya sabes que no desobedezco a mis padres. —le respondió, tratando de convencerse.
—Sabes perfectamente que te mueres de curiosidad. Prometo que no cruzaremos. No estoytanloco aún, pero sólo quiero echar un vistazo—insistió Jonas con una sonrisa hambrienta de aventura.
—¿Y tú qué, Jeremiah? ¿Te dejarás corromper? —comentó para intentar cambiar de tema.
—Jonas sólo se corrompe a sí mismo, mi querida Lucina. Sin embargo, tengo algunas dudas...
Jonas y Lucina se detuvieron en seco en medio del sendero de árboles que los protegía del sol. La joven no podía arriesgarse a bajar su sombrilla pues la piel se le quemaría, las cosas se complicarían, y la dejarían encerrada muchos días hasta que se le pasara. No se lo podía permitir. Pero aún con la sorpresa y todo, no la bajó. Miró a su alrededor, ya se habían alejado lo suficiente.
Jeremiah, aparte de ser muy callado, era algo escéptico y muy estudioso. Lucina lo había visto navegar sobre los libros de la biblioteca de la ciudad, en especial del que hablaba de Astra.
—¿Le hablaras de eso ahora? —inquirió Jonas, su tono esta vez parecía ser mucho más serio. Jeremiah asintió.
—Según mis cálculos, pronto será hora de que lo sepa.
—Aún no me puedo creer que te creas esas cosas, Jer. ¡Son puro cuentos de hadas!
Lucina carraspeó con ganas.
—¿Disculpen? Estoy justo aquí, ¡por si no se habían dado cuenta!
— Querrás sentarte. —afirmó Jonas.
Caminaron un poco más hasta que encontraron una sombra más acogedora, donde Lucina se permitió cerrar la sombrilla. Se habían ubicado en medio del bosque de pinos, y desde donde estaban se observaba el campo de lavanda. Y por supuesto, el rayón rojo intenso del puente que les habían prohibido, aunque más de una vez hubiese estado allí en sus sueños, pensando si cruzarlo, o no.
Se estaba empezando a incomodar por la seriedad en el rostro de sus amigos.
—¡Bueno ya! ¡Basta de misterios! ¿No tenemos suficientes ya? —se impacientó.— ¿Qué ocurre?
Jeremiah la examinó con la mirada.
—¿Sabes, mi querida Lucina, lo que significa tu nombre?
Lucina frunció el ceño.
—¿Los nombres tienen significado? —preguntó intrigada.
—La mayoría. Casi todos, dependen de muchas cosas. El tuyo es particularmente especial en esta ciudad, en este pedazo de ciudad.
Jonas los miraba inquieto, sin duda él ya había recibido las noticias.
— ¿Qué podría tener de especial?
— Significa“La que ilumina”. Como la estrella, mi querida Lucina.
— ¿Y eso qué? Puedes decirmelo, Jer—insistió. Notaba en la mirada de Jeremiah cierta vacilación.
El jóven observó a Jonas, y este asintió.
—Quizás me esté precipitando, y no lo diría sin haber hecho toda la investigación posible, pero tal parece que eres descendiente directa de Astra. Según la leyenda de la sección de libros prohibidos, en algún momento del Primer Milenio, una estrella bajaría de los cielos, blanca e impoluta, para unir a aquellos que se dividieron.
— ¿Qué? ¡Podría ser cualquiera! ¿Cómo sabes que se trataba de mi?
Jeremiah aceptaba sus preguntas que cargaban un notorio nerviosismo, de una forma amable y paciente.
—No lo sabía, hasta que...
Sacó con cuidado de su chaleco una hoja de pergamino, a simple vista muy vieja. Las desdobló con delicadeza y reveló ante ella un dibujo. Lucina no pudo evitar sorprenderse.
—No es muy común que me equivoque, mi querida Lucina... Pero podría decirse que la imagen está hecha a su imagen y semejanza.
Lucina de repente sintió en su pecho un llamado. Una revelación, un sinfín de sensaciones. Sin duda era ella, sin duda los de la imagen eran sus padres arrodillados ante una estrella brillante del cielo.
—También descubrí que su nombre está destinado para personas que vienen ailuminar. Mi padre es médico respetado, como ya saben, y me tomé la libertad, y la imprudencia si se quiere, de hurgar entre archivos...
Jeremiah pareció no ser capaz de seguir.
—Tu madre no podía embarazarse, Luci —murmuró Jonas. — Parecía imposible.
—¿Y cómo nadie... ¿Cómo nadie me dijo de esto?—se trabó con sus propias preguntas.
—Me enteré de pura casualidad, mi querida —susurró Jeremiah. —Me encerraran o algo peor si se enterarán que sé todo esto.
Un silencio profundo los rodeó. Solo se podía escuchar la brisa y el suave movimiento de los árboles. Lucina estaba demasiado sorprendida ante tamaña revelación.
Sin embargo, al mismo tiempo, sintió que por fin tenía un propósito. Una razón de ser. Esperanza.
Quizás todos esos años de tierra prohibida y odio sin sentido podrían tener un final, sin importar de que ahora no supiera exactamente cómo generar ese cambio.
—Luci ¿estás bien?
Escuchar un tono de preocupación en la voz de Jonas no era de lo más habitual.
—Yo, no sé... — murmuró ella.
—Sabemos que no es algo fácil de digerir —continuó Jeremiah. —Pero nos tienes a nosotros. No dejaremos de ser tus amigos, y no te pediremos ningún deseo.
Lucina se sorprendió ante el comentario. Estaba segura de que no era capaz de “cumplir deseos”.
—Por supuesto que no —confirmó Jonas— Será mejor dejar todo esto en secreto, si el pueblo lo descubriera, irían alrededor de tu casa, eso si con suerte no pierden la cabeza...
—¿¡Por qué harían algo como eso!? —preguntó, aunque en su interior ya tenía una respuesta.
El pueblo enloquecería si se enterase de que era descendiente directa de Astra. Intentarían rendirle culto, y algunos desde una perspectiva quizás no muy buena. Comenzó a ponerse realmente nerviosa.
—Pues creo que lo sabes, Luci.
—Sí. De todas formas, no me veo capaz de conceder deseos, ni de ser mágica.
—Mi vida estaba en completa oscuridad hasta que te hiciste mi amiga, y luego se nos sumó Jonas. Quizás la leyenda no esté hablando de la clase de magia que tú crees.
—Luci, eres única. Sabes, como nosotros, que esta ciudad no es tan buena como aparenta. Y que cruzar ese bendito puente puede llegar a ser tu destino. Sé que lo sientes, y sé que te asusta.
—¡Está prohibido! —les recordó en un susurro.
Jonas la miró con intensidad.
— ¿Y por cuánto tiempo más crees que debe permanecer así?
DARCEL
Otro día más en que las nubes cubrían la ciudad.
Otro día más en que el joven que no tenía nada, lo daba todo por completos extraños.
El pueblo entero lo conocía.
Darcel. Un muchacho huérfano, nacido del lado equivocado del puente, y el hijo de las únicas personas en toda Astra que habían intentado cruzarlo. La leyenda de sus padres causó que el pueblo entero le diera asilo: era el hijo, amigo y hermano de todos, pero a la vez de nadie.
Su piel era de color caramelo, en contraste al resto del pueblo que no había recibido ni una gota de sol en casi toda su vida. Aquella diferencia dificultaba el vivir allí. La tierra era apenas fértil, el trabajo escaseaba, y la pobreza los rodeaba. Darcel apenas si podía mantenerse en la casucha en la que vivía a las afueras de su pueblo.
Sin embargo, Darcel mantenía la esperanza viva en el pueblo. Sabía reparar todo: desde chimeneas, puertas, carruajes, a juguetes. Contaba con ojos verdes y rulos castaños que no hacían más que realzar la belleza esperanzadora del joven.
Darcel creía que un cambio llegaría pronto. Durante su niñez había leído casi todos los libros de historia de Astra, y en ninguno de ellos se hablaba de la división que tenían.
«¿Por qué no se puede cruzar? ¿Qué podría ser peor que la situación que ya estaban pasando?» pensaba, una y otra vez.
Darcel necesitaba respuestas.
Había algunas noches en las que caminaba hasta el puente rojo, que era el único color vibrante que podía encontrar. Anhelaba a esa Astra prometedora que parecía erigirse frente a él. Pero siempre terminaba por dar la media vuelta, y partía para brindar ayuda.
—Estuviste allí de nuevo ¿verdad?
—Descuida, Ozul, no cruzaré. —le dijo a su amigo afilaba un hacha para seguir cortando leña.
Ozul era su vecino. Tenía sus facciones marcadas, y para sus prontos dieciséis años era más maduro que cualquiera de su edad, aunque era demasiado pesimista. La amistad con Darcel era la única razón por las que se despertaba en las mañanas, el constante encierro le había quitado la ambición de una vida mejor.
—Las leyendas son leyendas, eso dice papá. Mi punto es que no descubrirás la forma de correr las nubes.
—Tienes dieciséis años ya, Ozul. ¡Puedes crear tu realidad!
Ozul suspiró pesadamente.
—Aquí no se puede hacer nada, Darcel. Todos los días es el mismo manto gris.
—Podemos cambiar eso, de verdad. ¡Podemos encontrar la manera! Sé que Astra...
—¿Astra? —lo interrumpió Ozul —¿Aquella estrella a la que no vemos nunca?
—Que no la veamos no significa que no esté allí.
—Llámame escéptico si quieres, pero no creo que el pueblo esté en condiciones de aferrarse a un mito. Ni siquiera sé cómo lo haces tú.
—No hay oscuridad que no se pueda vencer, Ozul.
—Seguro que tus padres se referían a eso cuando eligieron tu nombre.
—Muy gracioso, pero la oscuridad no siempre es mala, sin ella no podríamos distinguir lo que brilla.
Ozul lo observó en silencio. Desde lo alto de la pequeña colina en la que estaban ubicadas sus casas podían vislumbrar su parte de la ciudad, inundada de gris, marrón y maderas mohosas de las casas. Y más allá, el puente y un sinfín de colores.
—Mejor me voy a dormir —comentó Ozul, antes de marcharse.
Darcel negó levemente, sonriendo.
—Que descanses.
LUCINA
Jonas y Jeremiah terminaron por escoltarla hasta su casa una vez más, casi en silencio. Al llegar la abrazaron, y se sintió aliviada de tener amistades verdaderas que la protegían y acompañaban.
Sin embargo, no ingresó de inmediato. Notó a través de la ventana que había velas encendidas, y que varías figuras adultas parecían estar discutiendo dentro. Se escabulló por el pórtico, hasta quedar bajo el alféizar, y con cuidado se dispuso a escuchar.
—¡Es mi hija! ¡No pueden quitármela así, sin más!
Asomó su vista. En la sala estaban sentados Rosa, Madam Quincey, el señor Augustus, gobernador de la ciudad y sus padres. Su madre hablaba de forma nerviosa, y parecía que estaba como loca. Caminaba de un lado a otro, llorando. Madam Quincey parecía estar congelada, con su rostro inexpresivo y sus ojos vacíos, como si hubiera perdido la capacidad de mostrar cualquier emoción. Rosa, por su parte, tenía el ceño fruncido y su mirada inquieta lo que reflejaban su honda preocupación.
Sin embargo, lo que hizo que el pecho le doliera fue ver el rostro de su padre. Aquel era como un paisaje desolado, con surcos de cansancio y derrota marcados en cada arruga. Sus ojos, antes centinelas de esperanza, ahora eran meras sombras de resignación.
—Elizabeth... Sabías perfectamente que el don que te brindó Astra no fue más que un favor. Estaba escrito desde un inicio. Lucina debe venir con nosotros —inquirió el gobernador.
—¡A su mayoría de edad! —interrumpió Rosa. —¡Aún es una niña! ¡Ni siquiera sabe quién es! Y como todo habitante de la gran Astra, ¡tiene derecho a un deseo!
Los rostros de los invitados se tensaron. Su madre se detuvo en seco. Parecía sorprenderle que Rosa la defendiera, lo cual para Lucina fue un alivio.
—Tendrán tiempo para decirle, entonces —comentó Madam Quincey.— Pero, Elizabeth, te recomiendo que lo aceptes. Es un hecho que Lucina es hija de la mismísima Astra.
A su madre se le desfiguró el rostro de rabia.
—Estuvo nueve meses en mi vientre. Nació de mis entrañas. ¡Yo la dí a luz! ¡No vendrás a mi casa a decirme que ella no es mi hija! —espetó Elizabet, furiosa.
—¡Puedes gritarme todo lo que quieras! ¡Eso no cambiará la realidad!
Desesperada, la madre de Lucina volvió a romper en llanto. Su papá levantó la mirada.
—Hablan de mi hija como si fuera de su pertenencia. Estamos aquí discutiendo su futuro, su legado y sus responsabilidades para con el pueblo como si ella no fuese capaz de descubrirlo por sí misma. ¡No lo aceptaré! ¡No les daremos a nuestra hija, ni la tomaran tampoco! Rosa tiene razón. Ella aún tiene un deseo. ¡Ella aún merece saber quién es! Seríamos bárbaros e hipócritas si decidieramos esto sin que ella se enterase, si lo hacemos así, nada nos hace mejor que el otro lado.
A Lucina los ojos se le llenaron de lágrimas. En la sala se hizo presente un silencio profundo.
—Ella deberá gobernar, mis queridos. En algún momento tendrá que tomar el lugar al que siempre estuvo destinada a estar, no podemos permitir que las tradiciones de nuestro lado sean corrompidas. Astra debe mantenerse dividida.
—Según tu estúpido y elitista cerebro. Astra es para ambas partes del puente, mi lado...
—¿Tú lado, Rosa? ¿Ya has decidido cuál es? Te veo bastante cómoda en mi estúpido y elitista lado, quizás deberías guardarte los comentarios de tus orígenes.
Lucina se sorprendió al escuchar aquello. El gobernador estaban insinuando que Rosa era delotro lado.
—Volvería a mi lado con gusto, Augustus, pero sabes perfectamente que no se puede cruzar el puente hasta que la luz y oscuridad de Astra sea una sola. Me temo que tu brillante idea de no mezclarnos es lo que me mantiene aquí.
—¡Suficiente! —comentó Madam Quincey en un tono tajante mientras se levantaba de su asiento con la frente en alto —No harías mal en mostrarte más agradecida. Rosa. Y ustedes dos, tendrán que informarle a Lucina. Dentro de dos años cumplirá dieciocho, y por lo tanto tendrá el deber de cumplir para con su pueblo.
—¡No pueden pedirle eso! —imploró su madre. —¡No pueden obligarla!
—Ella nació para esto.
Rosa se levantó, y caminó hasta Elizabet, poniendo una mano en su hombro. Sin más, Madam Quincey y Augustus se retiraron con fina soberbia.
Una vez que se marcharon, Lucina se incorporó y corrió hacia el campo de lavanda, tropezando con algunos cacharros que produjeron un tremendo ruido. Estaba asustada, sólo quería marcharse de allí. No podía permitir que la separaran de su familia, que se apropiaran de ella.
Siguió corriendo. El lazo azul marino se desató, y la abandonó a mitad de camino al igual que su sombrilla. Corrió en la oscuridad de la noche alumbrada sólo por la luna y las estrellas.
A lo lejos escuchó a su madre gritar, pero no se permitió dar la vuelta, y siguió avanzando hasta que se sintió lo suficientemente alejada de todo para cambiar por un lento caminar lleno de lágrimas, abrazándose a sí misma para protegerse del frío de aquella noche.
Alzó la vista un momento, y vió algo que sólo había visto a lo lejos: nubes.
Nubes arriba, neblina en su sendero. Dentro de su corazón supo que tenía que hacerlo, que debía perderse en esa nueva oscuridad.
DARCEL
Intentó dormir de costado, a la derecha, a la izquierda... y nada. Boca arriba, boca abajo... y nada. No dejaba de tener la sensación de que tenía que estar en cualquier otro lugar, menos en su casucha.
Se puso su capa y decidió caminar sin rumbo, aunque sabía exactamente dónde iba a terminar. Caminó por los establos en pésimas condiciones y por las casas que estaban echando humo por las chimeneas. Caminó más allá, más, y más, hasta donde nadie más se animaba a caminar.
Se encontró allí, de nuevo.
El puente que le había quitado a sus padres, el que prometía tanto, pero nunca les brindaba nada.
Se sentó, como siempre hacía, a mirar el cielo de color gris plomo por las nubes. Por un momento pensó que estaba soñando, las nubes parecían dispersarse lentamente. Se frotó los ojos, y se pellizcó el brazo.
Era real.
Se puso de pie, y notó que el puente de repente estaba cubierto de neblina y que una luz blanca, brillante, parecía estar intentando atravesarla. Una esfera de luz blanca era todo lo que podía ver. Darcel se emocionó tanto que ni siquiera pensó en el peligro, o en el río que podría darle fin.
Corrió, sin pensarlo, hacia la luz.
Lleno de esperanza, mientras el corazón parecía latir con más fuerza.
LUCINA
Se chocó con el pecho de alguien, cayendo encima de esa persona, a medio camino del puente. No veía nada, hasta que la neblina se disipó. Podía sentir latir el corazón del muchacho que le sonreía justo debajo de su pecho. Con rapidez, y bañada de vergüenza se puso de pie.
—¡Por Astra! ¡Lo siento tanto! —dijo, sintiéndose rara por primera vez al nombrar a Astra.
El muchacho de cabello enrulado se puso de pie también. Llevaba pantalones desgastados, un chaleco por encima de su camisa blanca de mangas largas y una capa negra que parecía acogedora. No pudo quitarle los ojos de encima.
Él tampoco había notado que se encontraban a mitad del puente prohibido.
—Creo que debería disculparme yo, señorita. No debería haber corrido. ¿Se ha perdido su farol?
—¿Disculpe?
—Vi una luz... Me temo que por eso he corrido. No vemos muy seguido tal luz.
Lucina se quedó atónita. No había llevado luz alguna, y era imposible no haber visto lo que el muchacho le explicaba. Un tanto nerviosa, comenzó a mirar hacía los costados. No vio más nada que agua, de un azul oscuro, tan cristalina como se había imaginado. Los costados del puente estaban resguardados de la orilla por alambres y engranajes del mismo color que el puente, todos del mismo rojo intenso.
Alumbrados sólo por la luz de la luna que ahora la ausencia de las nubes dejaban ver, Lucina comenzó a sentir pánico.
—¿Señorita? —preguntó el desconocido. Era el muchacho más apuesto que había visto en su corta vida.
—¡No debemos de estar aquí! —gritó, desesperada. —¡No debemos estar en el puente!
—Calmese, por favor. Sé que no deberíamos. Pero, aquí estamos. No nos ha pasado nada.
—¡No puedo volver! —murmuró Lucina, hablando más bien para sí.—Y no puedo cruzar.
Sonaba desesperada, y su respiración estaba acelerada. Sus piernas parecían fallarle, y sentía que el miedo se la estaba comiendo viva. Se sentó sobre el frío piso del puente.
—No sé qué me pasa...—dijo asustada, estaba empezando a sentir cosquilleos, palpitaciones fuertes en su pecho, y muchísimo miedo.
El muchacho dio un paso hacia adelante.
—Yo sí —dijo con voz calmada, avanzando hacia ella con sus manos extendidas hacia adelante, en señal de que no representaba peligro. —Está sufriendo un ataque de pánico, señorita. No tenga miedo, no le haré daño. Trate de respirar.
Lucina lo miró casi con rabia, pero en su voz no encontró ningún indicio de mentira.
—No puedo —gimió.
—¡Claro que puede! Inhale... Exhale...
Ella lo imitó, una y otra vez hasta que su cuerpo se calmó.
—¡Muy bien! ¡Felicitaciones! ¡Lo ha hecho de maravilla!
Lucina seguía observando al muchacho, podía ver el brillo de sus ojos verdes incluso en la oscuridad.
—Gracias —murmuró la muchacha.
—No es nada. Pero debe estar muriéndose de frío. Tenga, tome mi capa.
Se la quitó sin pensarlo, y se la tendió mientras la ayudaba a levantarse.
DARCEL
Jamás había visto a alguien tan encantadora y exquisita. Su cabello, su piel, su mirada. Aparentaba estar en dificultades, pero para se la notaba vulnerable. Su acento sonaba elegante y sofisticado.
—Ahora que nos hemos calmado... Mi nombre es Darcel. Encantado de conocerle.
Hizo una pequeña reverencia, a la que al parecer la muchacha estaba acostumbrada.
—El mío es Lucina —murmuró.
—Si no le molesta la pregunta, señorita Lucina, ¿por qué no puede volver? ¿Acaso tienen la misma prohibición que nosotros, con respecto al puente?
Notaba como Lucina lo analizaba.
—Sí. Entre otras cosas. Aunque supongo que ya he roto todas las reglas.
—Los cambios pueden ser buenos.
—No los que me esperan a mi, Darcel.
Tragó saliva. Nunca había escuchado su nombre ser pronunciado de aquella forma.
—Usted puede escribir sus propios cambios —afirmó, con seriedad.
—¿Cómo cambiar en un lugar así? El destino que se me ha designado es más grande que yo misma.
A pesar de no entenderla, Darcel sintió compasión por la desesperación resignada que guardaba en su voz.
—No sé cómo será el otro lado, pero estoy bastante seguro que nosotros escribimos nuestro destino, Lucina. Puede decidir dar la vuelta y volver a enfrentar un cambio predestinado, o seguir adelante y crear su propio camino. Al menos, así lo veo yo.
—Dices que puedo... ¿cruzar?
—Pues, no lo sé. Pero puede intentarlo.
—No suena muy seguro, si me permite decirlo.
—Ya estamos a mitad de camino, si me permite decirlo —afirmó, extendiendo su mano.
Lucina sonrió, y el corazón le dió un vuelco.
LUCINA
Tenía delante de ella a un completo desconocido, que por alguna razón, parecía comprender todas sus inquietudes sin haberlas mencionado. Él estaba esperando a que aceptara su mano, para terminar de andar lo que quedaba del puente. Todavía no sabía cómo enfrentarse a sus padres, o a su destino. Miró hacía atrás, y luego a Darcel. Aceptó tomarle de la mano.
Lo siguió con cuidado hasta el otro extremo. No podía dejar de pensar si esto tendría que estar pasando, si estaba escrito en algún libro, o si la mano de Darcel estaba destinada a encontrarse con la suya esta noche. La capa que le había prestado le pesaba en los hombros, pero la resguardaba de la brisa más fría que había en aquel lugar.
—Creo que será mejor que descanse, ya mañana podré mostrarle el lugar—comentó Darcel mientras la guiaba por frente a los establos con las maderas rotas. Las casas pequeñas echaban humo por las chimeneas, y Lucina notó pronto que en el ambiente había humedad y que, desde allí, no se podía ver a la estrella.
—Lamento comentarle que mi casa no es de lo más elegante, pero aquí todos hacemos lo que podemos.
—¿Siempre es así?
—¿Nublado? o ¿Pobre?
Lucina se incomodó.
—Ambas.
—¡Oh! Señorita Lucina... aquí nunca vemos la luz del sol, ni mucho menos a Astra. Hay personas que creen que la estrella nos ha dado la espalda, que sólo le concede deseos a aquellos que la pueden ver, que son merecedores...
—Casi nadie merece los deseos de Astra del otro lado —refutó rápidamente al recordar a Augustus y Madam Quincey. —Creen que tienen derecho sobre ellos, y creen que pueden manejar todo a su antojo, que son mejores...
Dejó de hablar cuando notó que sonaba demasiado enfadada.
—Quizás las cosas estén por cambiar ¿No le parece?
Fue así que, casi sin darse cuenta, cruzar el puente por las noches se volvió una rutina. Después de aquella noche, Lucina volvió a su hogar. Decidida, enfrentó a sus padres y a Rosa, que sorprendentemente aún estaba en su casa por la tarde cuando regresó.
Darcel le había mostrado la realidad que vivía la buena gente del otro lado. A pesar de estar rodeados de pobreza, sombra y hambre no perdían las esperanzas. Gran parte de esa esperanza creció cuando ella comenzó a visitar aquel lugar. Los niños le acariciaban el pelo, y le examinaban el rostro con sus pequeñas manos curiosas mientras Darcel les leía cuentos.
Los ancianos le tomaban de ambas manos, y le agradecían su visita con notoria devoción. Darcel no entendía por qué ocurría aquello, pero Lucina comprendió que el futuro de las siguientes generaciones estaba en sus manos.
Aquella revelación fue la que hizo que Lucina aceptase la tarea que se le había designado con una profunda convicción y compromiso.
La charla con sus padres había sido lo más difícil. No conocía a otra madre, y no aceptaría jamás a otro padre, ninguna ascendencia mágica podía cambiar aquello.
Una tarde, cuando volvió sola después de estar todo el día fuera, su madre corrió a su encuentro. Notó que Jonas y Jeremiah estaban ahí también, de pie junto a Leonor.
—Lucina... ¡Oh hija! ¡Lo siento tanto! —sollozó.
—Mamá... tranquila —le murmuró Lucina.
—Elizabeth —pronunció su padre, detrás de ella.
Su madre se hizo a un lado, y dejó que el padre la rodeará con los brazos.
—Siempre serás nuestra hija —afirmó. —Y respetaremos tu decisión. Tú decides tu destino. Tus amigos nos han dicho que ya lo sabes, imagino que la noche que vino el gobernador nos escuchaste.
Ella asintió.
—Así es. Y ya sé qué hacer, padre.
Y así fue como Lucina les comentó lo que había visto del otro lado, y como Rosa reveló también saber el secreto, Lucina pudo jurar que los ojos se le llenaban de lágrimas cada vez que hablaba con las personas del otro lado.
Pasaron los meses, donde Lucina seguía estudiando las leyendas que podían encontrar sobre ambas ciudades. Y sin faltar a su promesa, al menos una vez a la semana cruzaba el puente a escondidas de Madam Quincey y Augustus. Nadie comprendían por qué sólo ella podía cruzar.
Darcel la esperaba sin falta del otro lado, semana a semana, mientras la relación se volvía más cercana. Lo que preocupaba a Lucina, y que no le había dicho al muchacho, era que pronto llegaría el momento en el que no podría volver a cruzar de nuevo nunca más.
DARCEL
Un año después de aquella noche, Darcel era lo suficientemente cercano a Lucina como para desear tener algo más que una amistad. Desde la primera vez que la había visto le había parecido la muchacha más preciosa que había visto jamás.
Cada semana en la que la esperaba en el puente el sentimiento crecía. Notaba como Lucina dejaba de ser una adolescente, para pasar a ser una mujer.
Valoraba mucho que cruzara y recibiera abiertamente las dudas y preguntas de las demás personas. Por aquel entonces, el conocerla prácticamente le había hecho olvidar su obsesión con Astra y sus leyendas.
Antes de lo esperado llegó el décimo octavo cumpleaños de Lucina. Darcel estaba esperándola con más ansias de lo usual. El corazón le dió un vuelco cuando la vió llegar por el puente. Por primera vez la vio con un vestido que no estaba decorado con flores azules y que tampoco era blanco.
Era un vestido con corset, que marcaba su cintura, con una amplia pollera llena de volados, de un azul marino intenso y parecía estar bañado en brillos blancos.
Ella le sonrió apenas lo vió. Darcel caminó hacia ella, obligándose a no correr. Un raro presentimiento le recorrió el pecho. Apretó el ramo de flores de colores apagados contra sí, pues no quería recibirla el día de su cumpleaños sin nada en las manos. Había preparado el ramo, y un pequeño y pobre picnic en lo alto de la colina. Luego de saludarla con un beso en la mano, la guió hasta allí con cuidado.
—¡Oh mi querido Darcel! —exclamó ella, aceptando las flores. —Son preciosas, gracias.
—Quería darte algo de obsequio —comentó, y le pareció ver cierto rastro de sombra en la mirada. — Estás... ¡bellísima!
Lucina le sonrió y se tomaron de la mano.
—Darcel... ¿Puedo hacerte una pregunta? —escuchó la voz de ella venir desde su hombro izquierdo, hasta que ella se acomodó para verlo de frente.
—Puedes hacerme dos —respondió, feliz de estar entrelazando sus dedos con los de ella.
—¿Tienes algún libro sobre Astra? Hace tiempo que no me hablas de ella.
Darcel pensó en eso unos momentos. Desde que la había conocido ya no deseaba tener más.
—Tengo por montones, pero dudo que sea nuestra Astra, allí no se muestra dividida.
—Pareces ya no estar interesado en un cambio...
Se sorprendió por lo que le había dicho. La observó un momento. Estaba maquillada, las pecas se veían aún en la oscuridad de la noche. Era tan bella que Darcel ya no lo podía ocultar más.
—Si tuviera que desear un cambio, desearía que ya no tuvieses que cruzar tu sola, y que ambos lados de Astra se unieran. Pero, por lo que me has dicho, eso parece imposible.
—Hace ya un tiempo que nos conocemos, y veo lo mucho que haces por tu pueblo. Eres alguien con un corazón puro. Pero recuerda que no puedes dedicar tu vida a ellos.
—De verdad, estoy bien. Soy feliz haciéndolo, y soy feliz contigo. No quiero cambio alguno si no estás ahí. Desde que te conocí ... Creo que no he necesitado nada más —murmuró con timidez.
—Yo... Darcel... No sé qué decirte.
A Lucina se le llenaron los ojos de lágrimas. Darcel seguía sin entender por qué se mostraba tan distinta esta vez, pero todos sus pensamientos se esfumaron cuando Lucina se acercó y lo besó.
Aquel beso detuvo el tiempo. El aroma delicado a primavera de su perfume lo envolvió. Darel no podía creer la suavidad y dulzura de sus labios. Besarla era estar en el paraíso.
Estaba tan sorprendido y feliz que tuvo que tomarle el rostro por las mejillas un segundo, para verla a los ojos, para caer en cuenta que eso era real.
Ninguno de los dos había notado que las nubes ya no estaban allí, que la luz de la luna los iluminaba. Anhelaban aquel beso hace tanto tiempo que no fueron capaces de impedirlo.
Los lazos se desataron, la desnudez de dos almas los habían unido.
Darcel se sentía honrado. La cuidó con cada caricia, la incitó a más con sus besos.
Cuando el momento más especial de sus vidas acabó se quedaron dormidos, tapados con la capa de él, y con el cabello blanco de Lucina como un manto de niebla sobre el que yacían.
Un par de horas después, Darcel abrió los ojos. Se los frotó una y otra vez. El cuerpo desnudo de Lucina durmiendo estaba a su lado, brillando.
Brillaba como aquella luz que había visto la primera noche que la había conocido, asustada y confundida.
Cuando alzó su vista, las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos. Por primera vez, un cielo despejado, con la luna llena en lo alto. Estrellas por doquier, menos aquella que había soñado ver toda su vida.
—¡Darcel! ¡Darcel!
La voz de Ozul venía desde el sendero. El muchacho, apurado y agitado, se vistió y volvió a tapar a Lucina que dormía con una sonrisa en el rostro.
—¡Ozul! ¡Aquí!
—¡Las nubes! ¡Ya no están! ¡Un gran tumulto de personas están cruzando el puente!—le dijo agitado, jadeando por haber corrido hasta allí.
— ¿¡Cruzando!? ¿Quiénes?
—¡Los nobles! ¡Están amenazando con quemar todo!
— ¿¡Qué!? ¿¡Por qué!?
— Me buscan a mi —dijo la voz de la muchacha.
Ambos se dieron vuelta para encontrarse con una Lucina ya vestida. Intacta. Como por arte de magia.
— ¿Qué? ¿Por qué? —preguntó el mejor y único amigos de Darcel.
— Ozul... ¿Nos disculpas? No me tardaré. Diles a los sabios que estoy en camino.
Ozul asintió y se marchó.
LUCINA
Pocas cosas en la vida le habían dolido a Lucina tanto como ver la expresión del rostro de Darcel. Estaba asustado. Era la primera vez que lo veía así. El miedo se apoderó de ella. Se abrazó a sí misma, intentando recuperar el control.
—Luci, ¿qué sucede?
La muchacha se acercó hasta él, y le tomó las manos.
—La noche que te conocí, me había enterado de que mi vida, en algún punto, ya no me pertenecía. Y luego apareces tú, y me enseñas que existe la esperanza, aún en las condiciones en las que viven todos aquí, aún cuando parecía no haber más salida. Tú me enseñaste eso, que nosotros forjamos nuestros destinos, que escribimos nuestras propias leyendas.
—¡Por supuesto que sí, Lu! —le acarició la mejilla, causando que cerrara los ojos por un segundo.
—Hay algo, Darcel, que aún no te dije...
—¿Qué es?
—Mi madre no podía quedar embarazada, y le pidió un deseo a Astra. Le imploró. Y Astra la escuchó. Se embarazó de mí. Pero eso no es todo...
—¿Qué tratas de decirme?
—Jonas y Jeremiah descubrieron todo esto, y de alguna manera soy descendiente directa de Astra. Soy su figura humana en este mundo. He pasado los últimos dos años preparándome para este momento, y ellos vendrán por mí si no me marcho ahora.
—Pero, volverás... ¿verdad?
—Lo intentaré, lo prometo.
—Luci...
—Estaré bien. La Astra con la que siempre soñamos se hará posible, y todos podrán disfrutarla.
No dijo nada más, y se marchó antes que sus sentimientos la traicionacen. Lucina sabía que si seguía allí con él, no podría ser capaz de hacer lo que había planeado. Y todo lo que deseaba en el mundo era cumplir el deseo a Darcel.
DARCEL
Sentía en el pecho una punzada de dolor como nunca había experimentado.
Lucina caminaba decidida. El vestido se arrastraba por el bosque, haciendo un suave murmullo al pasar que enmudeció a los pequeños animales que estaban por allí. A medida que se acercaban al extremo del puente pudieron divisar las antorchas. El muchacho buscaba en los cielos la estrella que podría cumplirle algún deseo, pero no estaba.
—¡Devuelvan a la descendiente directa de Astra, o abstenganse a las consecuencias!
Augustus encabezaba la caballería. A su lado estaba Madam Quincey, más petulante que de costumbre.
—¿Confías en mí? —le murmuró Lucina.
—Siempre —respondió Darcel.
—No me sigas entonces. Cuida por un momento a los de tu pueblo.
Las palabras se le clavaron al enamorado en el pecho como dagas. Ella no le dió tiempo de negarse, y le plantó un beso húmedo por las lágrimas. Se secó las mejillas, y giró para enfrentar su destino
Darcel corrió con Ozul a su lado hasta quedar a escasos metros de Lucina.
—¡Soy la descendiente directa de Astra! —anunció, con firmeza en voz alta.
—¡Entrégate para cumplir el destino que te ha sido heredado! —Madam Quincey le habló con superioridad.
—¡Toda nuestra vida se nos ha dicho que este puente estaba prohibido, pero aquí están, parados en él, dispuestos a quemar la tierra de sus hermanos! — espetó Lucina.
—¡Oh, niña tonta! ¡No somos para nada hermanos!
Lucina suspiró con la pesadez del enojo.
—Deberías tener más respeto con tus superiores, Madam Quincey.
De pronto, dejó de mirar a aquella mujer, y comenzó a hablarle al pueblo.
—¡Hay quienes vivimos en la luz, y quienes vivieron sus vidas en las sombras! ¡Brillo y sombra separados por la estupidez humana! ¡Eso no es lo que la magia de Astra representa!
—¡Calla! —gritó el hombre— ¡No tienes el honor que se necesita para gobernar! ¡Estás arruinando tu destino!
—¡Forjaré mi destino desde ahora! ¡Usaré todo el poder que me confirieron mis antepasados sagrados de Astra para que ningún otro pueblo sea cegado por el brillo, o esté oculto en las sombras! ¡Astra es igual para todos! Ese es mi deseo. ¡Escúchenme habitantes de ambos lados del puente!
—¡Ja, ja, ja! Aún eres muy jovén, Lucina... Sin estrella, ¡no hay deseos!
En ese instante todo cobró sentido para Darcel. El primer brillo de aquella noche, hace dos años del puente, y el brillo de hace unas horas atrás estaban conectados. Ella era la respuesta, porque todo el mundo se sentía feliz y esperanzado cuando Lucina estaba a su lado.
—Astra, la que ilumina... —susurró Ozul.
Lucina se volvió a él antes de responder. Articuló esas dos palabras que lo llenaron de alegría, y de dolor. Estaba a punto de concederle el deseo que había querido pedir toda la vida, justo el día en el que no deseaba nada más.
LUCINA
Detrás de Madam Quincey y de Augustus estaban todos a quienes amaba. Jonas, Jeremiah, su madre, su padre y Rosa. Se había despedido de ellos antes, y aunque habían aceptado su decisión, estaban llorando en silencio.
Dudó muchas veces. Sin embargo cada vez que escuchaba a Darcel hablar de su Astra soñada sabía que no había vuelta atrás. Más aún cuando un sueño le reveló su verdadero destino, que muy lejos estaba de gobernar.
Sonrió, cuando notó en Augustus un miedo latente. Su gobernación injusta había llegado a su fin.
—¡Ataquen a la traidora! —gritó desesperado.
Nadie de la caballería se movió.
—He de ascender a los cielos para cuidarlos y concederle sus deseos —continuó— porque ese es mi destino heredado que acepto con honra. Pero sepan que los deseos serán cumplidos a quienes se lo merecen de corazón, y que la división quedará anulada para siempre. Astra así lo encomienda.
Nadie podía creer estar viviendo aquello. Incluso Ozul de repente parecía ser fiel creyente.
Al decir aquello el padre de Lucina se hizo paso entre la caballería, hincando una rodilla frente a ella.
Fue el primero en honrar su mandato.
Llegué hasta ella, con lágrimas brotando de mis ojos. Agradecí el sacrificio, sabiendo que no podía condenar a una tierra entera por nuestro amor.
Nos siguieron ambas poblaciones de los dos lados del puente. Al gobernador y la dama elegante no les quedó más que agachar la cabeza.
Se volvió para verme una vez más. Vi lágrimas, brillantes como diamantes, correr por su mejilla.
—Disfrútalo. Y escribe muchas historias sobre mí.
Asentí llorando. Lucina sonrió una vez más, la última, y miró hacía el cielo estrellado.
Brilló en una luz blanca intensa que la cubrió por completo. Luego, como una estrella fugaz, en una fracción de segundo ascendió a los cielos, brillando como ninguna otra estrella en la oscuridad de la noche.
Su padre se me acercó, y me tendió un pergamino.
—Supongo, que tú debes de ser Darcel...
Me sonrió con tristeza, y en silencio se marchó. La gente comenzó a desconcentrarse poco a poco, y cuando el último hubo de irse, abrí el pergamino.
En él había un dibujo de nosotros dos, sobre el techo de mi casucha, junto con una carta que guardaré hasta el último aliento de mi vida.
Querido Darcel:
Espero que perdones mi cobardía de no poder decir esto hasta último momento. No podía tolerar romperte el corazón, y hacer de nuestra despedida un eterno sufrimiento.
Todo lo que he vivido contigo fue mi cuento de hadas, y por ello quiero regalarte el tuyo. Has sido el motor de cada paso que di en estos dos años, y espero que sepas que mi corazón ha sido tuyo desde aquella primera noche.
No me extrañes tanto. Disfruta de la Astra con la que siempre soñamos. Siempre estaré contigo, en el brillo y en las sombras. Recuerdame con el mismo amor que siempre me has dado.
Y vive. Vive feliz.
Tuya para siempre
Lucina.