Una Presa en el Bosque

El sol se oculta con timidez entre las frondosas montañas detrás de las grises nubes que cubren el firmamento estrellado. El bosque oculta los últimos jirones de luz anaranjada antes de la caía de la profunda oscuridad. Los cazadores nocturnos preparan garras, alas y colmillos para salir a buscar su rutinario alimento. Mientras los grillos combaten contra las ranas para coronarse como los cantantes más escandalosos de la noche.
Pero todos estos guardan un sincronizado silencio, tan sepulcral como rotundo, para darle cabida a un par de apresuradas pisadas que se escabullen entre los gruesos pinos oscuros; los delgados y altos alerces rojizos; y los gigantescos laureles amarillentos. Éstas se detienen junto a unas nudosas raíces de un viejo laurel y se oye la dificultosa respiración de quien intenta recuperar el aire. Era un delgado joven adolescente, llevaba su cabello largo y desordenado hasta los hombros. Estaba agachado intentando ocultarse entre el follaje, revisando las múltiples heridas en su cuerpo.
El ritmo de sus inhalaciones va disminuyendo, cuando el crujir de ramas y hojas secas cercanas lo alerta de un peligro inminente. Un golpe seco lo hace girar por los aires durante varios segundos antes de azotarse en el tronco de un laurel más joven, para luego caer sobre las raíces de un pino retorcido.
Los pequeños habitantes de los árboles cercanos huyen con presteza, sin detenerse hasta estar fuera del alcance del gran depredador que había llegado. Una alta sombra de silueta humanoide avanza con lentitud dando pasos casi imperceptibles, extiende sus brazos hacia abajo y sus garras se van alargando por debajo de la altura de las rodillas, derramando espesa y oscura sangre sobre las hojarascas. Sus ojos brillan con un tono amarillento casi anaranjado, fijos en su presa y sus fauces se abren en una extensa mueca imposible, a la vez que dice con voz gutural:
— ¿Tuviste suficiente? Sabes perfectamente que no tienes oportunidad de huir. Acepta tu destino.
Con torpeza, lentitud e incluso algo de pereza, el joven apoya ambas palmas en las raíces cercanas, levanta el torso y escupe un cuajo de sangre hacia un costado. Luego se limpia la boca con una manga, sonríe y responde:
— Estoy recién empezando.
Su enemigo abre aquella boca infernal y con brusquedad sus colmillos crecen como cuchillos. Su víctima intenta ponerse de pie para huir pero no logra evitar ser capturado por las gigantescas fauces que lo aprisionan por la parte superior del cuerpo.
El joven grita de dolor mientras la bestia lo azota en el aire de un lado a otro como si de un simple muñeco de trapo se tratara. Los colmillos se hunden con intensidad debajo del cuello y en el brazo izquierdo que cubre el pecho, evitando que lo descuartice de inmediato. Se defiende a patadas y rodillazos, aunque la resistencia es inútil. El terrible monstruo no para de azotarlo presionando con más intensidad.
Pero una presa arrinconada es la peor amenaza para un cazador.
Los gritos de la víctima se detienen de golpe y su expresión cambia del dolor a la determinación. Dos de los dedos de la mano libre se alargan como garras y se clavan con rapidez en los ojos de la bestia, provocando que ésta chille de dolor y afloje la mandíbula, permitiéndole escapar.
En cuanto sus pies tocan el suelo, el sonido de sus pisadas se desvanecen bajo los quejidos del monstruo, el cual intenta alcanzarlo sin éxito con un movimiento de sus garras.
— Te agradezco lo aprendido hoy —el origen de la voz se dispersa entre las sombras del bosque y la bestia se gira hacia todos lados, desconcertada y desorientada, sin poder determinar su posición—. No sabía que mis manos se podían usar como armas letales.
— ¡Maldito! —su voz gutural irradia una ira asesina— ¡Me las pagarás! Ahora sí iré en serio. No tendré misericordia contigo. ¡No has visto aún de lo que soy capaz! —levanta la cabeza y cierra los ojos. Se concentra por unos momentos, inhala con lentitud para calmar su respiración agitada, para luego abrirlos de nuevo. Ante su sorpresa, éstos siguen sangrando a borbotones—. !¿Qué?! ¡No puede ser! ¡¿Por qué…!
— ¿…tus ojos no paran de sangrar? ¡Oh, no puede ser! Si eres taaaaan poderoso y yo soy taaan débil e indefenso —se burla con ironía mientras el sonido de su voz y las risas se escuchan cada vez más cerca.
— ¡Imposible! No puedes hacer algo así… —se detiene y queda estupefacto al darse cuenta de lo sucedido—. A menos que…
— ¿…hubiese estado jugando contigo todo este tiempo, sólo para aprender nuevas habilidades? —la voz se escucha como un susurro, con bastante claridad y detrás de su oído derecho. La bestia lanza un zarpazo, pero unas garras más fuertes lo sostienen con firmeza por los antebrazos—. ¿Como ésta?
Los ojos del joven brillan con un rojo intenso, abre su boca como enormes fauces y sus colmillos crecen con brusquedad, para luego clavarse con violencia en el cuello de su rival. Entre gritos de dolor y forcejeo, éste último intenta zafarse sin éxito. Las garras que lo sostienen no ceden ni un centímetro. La sangre salpica las raíces de los árboles cercanos y las hojas caídas, la resistencia es cada vez menor y las quejas se van apagando. El sol termina de esconderse detrás de las montañas y sus últimos manchones anaranjados se desvanecen en el horizonte.
A lo lejos se escucha el sonido de un carruaje acercarse por un sendero empedrado y los cascos de varios caballos lo acompañan.
El bosque queda completamente sumergido en tinieblas y una tenebrosa risa se escucha entre ellas.