04 » El palacio de verano | Junghope ♡!

Summary

EXTRA DE LA SAGA EL PRÍNCIPE CAUTIVO

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1
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n/a
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18+

EL PALACIO DE VERANO ఇ


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Esta es una adaptación a la obra de C. S. Pacat, todos los créditos y derechos le perteneces.

Es una trilogía de enemies to lovers

Recomiendo que lo lean en orden para que lo entiendan mejor

1. Príncipe Cautivo

2. El Juego Del Príncipe

3. La Rebelión Del Rey

4. Y El extra El Palacio De Verano

Se tocan temas serios

Si no es de tu agrado no leas ni comentes cosas feas

Jungkook // Top

Hoseok // Bottom

El romance es lento pero vale la pena


Extra de la Saga principe Cautivo


Jungkook se apeó/bajo del caballo con facilidad. Recientemente ganada facilidad. Al momento en que sus sandalias tocaron la tierra, la sintió tamborileando en él. La última vez que había estado allí –a los diecinueve, apenas un retoño- había sido un tiempo de cazas exuberantes, deportes entusiastas durante el día, camas ardorosas en la noche, revolcando a algún esclavo o a un joven luchador, dando 5 empujones con el ímpetu de la juventud.

Lo encontró tal como lo había recordado, desmontando en el patio interior bordeado por flores. La esencia de flores, de aire fresco, de dulces aceites y de tierra delicada, todo combinado, allí donde pasos superficiales guiaban a la primera de las entradas, y al primero de los arcos de ramas que guiaban a los jardines.

Ahora Jungkook sentía el brillante conjunto de nuevos deseos que lo habían separado de su séquito real en las últimas millas, apurando su caballo al galope para ganar distancia como quería, tan vertiginosamente como quería.

Lanzó sus riendas a un sirviente

—Por la fuente este —le dijo, y se abrió paso entre las ramas de arrayán que colgaban bajas desde los caminos hasta las banderas veteadas, hasta que llegó a un jardín terraza donde una figura se erguía, mirando hacia afuera. En el horizonte, el mar se veía completamente, enorme y azul.

Jungkook observó también, a una única cosa: la brisa jugueteando con una mecha de cabello rubio, las pálidas extremidades envueltas en algodón blanco. Sintió como su felicidad iba en aumento, como su pulso se aceleraba. Una parte de él, absurdamente, se preguntó cómo sería recibido: la palpitante y disfrutable ansiedad de un nuevo amante. También era bonito solo mirarlo, verlo cuando él creía que no estaba siendo observado, incluso cuando la voz familiar habló de una precisa y segura forma.

—Dime tan pronto como el Rey llegue, quiero ser informado de inmediato.

Jungkook sintió un deleite creciente.

—No es un sirviente.

Hoseok se volteó.

Estaba parado ante la vista. La brisa que jugaba con su cabello también lo hacía con el dobladillo de su quitón. Hoseok lo usaba por la mitad del muslo, tal como marcaba la moda para hombres jóvenes. En Ios, él había vestido solo ropas Veretianas, quizás a modo de testamento para su quisquillosa piel que no se oscurecía, solo se enrojecía y luego se quemaba.

Esta ventosa versión de él era nueva y maravillosa. No había usado ropas Akielanas desde...

...la reunión de Reyes, y el juicio que le siguió, dos días y dos noches en la misma andrajosa vestimenta, durmiendo con ella, incluso después de arrodillarse en ella al lado de Jungkook, hasta que estuvo mojada con su sangre.

—Estaba mirando hacia el camino.

—Hola —dijo Jungkook.

Detrás de Hoseok había un atisbo de la costa, donde la llegada de la gran comitiva de Jungkook hubiese sido vista, pero no su propia aproximación, un solo jinete, una mancha sobre una ruta más rápida. Las mejillas de Hoseok estaban ligeramente sonrojadas, aunque no estaba claro si era debido al calor del verano o por su admisión.

Era salvajemente impráctico el estar allí. Hoseok aún no había alcanzado su acenso, y Akielos contaba con un gobierno inestable, kyroi y oficiales del palacio recientemente designados luego de una purga de aquellos involucrados con la traición de Kyle. En el palacio en Ios habían tenido arrebatados momentos juntos como amantes ilícitos, al atardecer, al amanecer, en los jardines, en la habitación, mañanas con Hoseok dulcemente encima suyo. Todas las veces se había sentido surreal: la maravilla de lo que era nuevo entre ellos, en contraste con la seriedad de sus días, la dificultad de aquellas tempranas decisiones.

Se sentía de aquella manera ahora.

—Hola —dijo Hoseok, y Jungkook no pudo evitar el desborde de sentimientos sobre cuán cerca habían estado de no tener nada de esto. —. Ha pasado un largo tiempo. He olvidado cómo. Recuérdamelo.

—Estamos aquí. Podemos tomarnos nuestro tiempo —dijo Jungkook.

—¿Puedes hacerlo tú?

—Te queda bien —dijo Jungkook. Estaba pasando su dedo sin poder evitarlo, a lo largo del dobladillo del quitón de Hoseok, que iba desde el broche en su hombro atravesando su clavícula diagonalmente hasta su pecho.

—El mecanismo es simple.

Jungkook pensó en eso: desprender el broche dorado en el hombro de Hoseok. El algodón blanco no caería completamente, sino que se quedaría sobre su cintura, donde Jungkook solo tendría que desatar una cinta más.

No estaban solos, por supuesto. Una ama de llaves esquelética había sido enviada antes para alistar el palacio para su llegada –para abrir todas las puertas, armar las camas, poner aceite en las lámparas, subir el vino desde las bodegas, cortar flores frescas, llevar la pesca reciente a las cocinas- y presumiblemente Hoseok tenía su propio sequito. Pero allí al borde de los jardines, era como si el cantar de las aves y el tararear de las cigarras fueran su único anexo.

—Sé cómo funciona —dijo suavemente Jungkook, al oído de Hoseok—. Quiero hacer las cosas lentamente. Oh, tú si recuerdas.

—Me mostraron mis habitaciones, son abiertas como esta, hacia el mar. Hice que prepararan estas ropas para mí y pensé en ti viniendo. Pensé en cómo sería estar aquí, contigo.

—Así —dijo Jungkook. Él besó la base del hombro desnudo de Hoseok, luego su mandíbula.

—No, yo... pensar en ti y estar contigo son cosas diferentes, tú siempre eres más poderoso, más...

—Continúa —Jungkook sintió un manantial de puro placer, riendo contra su cuello.

—Detén a mi boca —dijo Hoseok—. No sé lo que estoy diciendo.

Jungkook levantó su cabeza y besó a Hoseok con dulzura, lo encontró sonrojado, cálido como el verano. Podía sentir las manos de Hoseok deslizándose hacia arriba sobre su cuerpo, un rastreo inconsciente que era nuevo, o bastante reciente, como la nueva mirada en los ojos de Hoseok.

Las semanas de descanso en cama habían sido una molestia: los primeros difusos días que Jungkook no podía recordar bien, seguidos del fastidio de los médicos. Una molestia el quedarse acostado. Una molestia la cojera. Una molestia el comer el caldo.

Recordaba solo las impresiones de los baños: Harry llegando, solo, con el rostro pálido. Hoseok manchado hasta los hombros con la sangre de Jungkook. Kyle muerto. Jungkook sobre el suelo. Hoseok adoptando el tono de autoridad roto por la emoción, que mantendría a lo largo de esos primeros días: Trae un catre para llevarlo, y un médico. Ahora.

Harry: No te dejaré solo con él.

Entonces morirá desangrado.

La pérdida de sangre, a ese punto, era bastante severa, porque Jungkook recordaba poco, además de que el catre llegara y su propia borrosa sorpresa al encontrarse en la recámara de su padre. Las habitaciones del Rey, con su balcón que sobresalía y una vista del mar entre columnas. Mi padre murió aquí. Él no lo dijo.

Recordaba a Hoseok, impartiendo órdenes en esa voz pareja carente de emoción: aseguren la ciudad, prepárense para resistencia regional, envíen noticias al norte, a sus fuerzas en Karthas. En la misma voz, Hoseok se dirigió a los médicos. En la misma voz, Hoseok hizo pasar a Harry para que arrodillara y levantara a los Kyros de Ios. En la misma voz, Hoseok ordenó que el cuerpo de Kyle quedara bajo guardia, para inspeccionarlo. Hoseok tenía una mente que asimilaba los problemas, los enfrentaba, los cuantificaba y luego, incesantemente, los resolvía: mantener a Jungkook vivo, consolidar el reinado de Jungkook, no parecer como si estuviera gobernando en su lugar.

Cuando Jungkook hubo despertado luego, había sido bien entrada la noche, y su habitación había estado vacía de la gente que la había atestado. Había vuelto su cabeza para ver a Hoseok recostado a su lado, totalmente vestido sobre las mantas, aun usando el quitón ensangrentado, en un sueño de absoluto cansancio.

Ahora Jungkook sostenía la cintura de Hoseok, gustándole lo poco que se interponía entre él y la piel: solo un fino algodón que se movía con el movimiento de sus manos. Se le hacía difícil pensar más allá de la curva del hombro de Hoseok, la línea larga de su muslo, visible.

—Te ves como un Akielano —dijo Jungkook, su voz cálida y complacida.

—Quítate tú armadura —le dijo Hoseok.

Lo dijo con el amplio océano a su espalda. Dio un paso atrás, reclinándose ligeramente en el mármol detrás de él, una barrera desde donde se veían los acantilados. Ramas colgantes de arrayán les hacían sombra del sol, cambiaban la luz y la sombra sobre el cuerpo de Hoseok.

Una excitación difusa de la idea de tener aquella vista mientras atestiguaban causó revuelo en Jungkook. Sintió una conexión momentánea con la tradición de la monarquía Veretiana de la consumación pública, un deseo posesivo de ver y ser visto. Era transgresivo, y fuera de las ataduras de su propia naturaleza, incluso si los jardines se sentían lo suficientemente privados para que pudiera ser posible.

Se desabrochó la pechera. Se quitó el cinturón de la espada, con un lento y resuelto gesto.

—El resto puede esperar —le dijo. Su voz era baja.

Hoseok puso una mano sobre la ropa debajo, presionada cálidamente contra el pecho de Jungkook por su armadura. Besarse se sentía mucho más íntimo cuando la espada y la pechera estaban descartados en el camino y era cuerpo contra cuerpo. La boca de Hoseok se abrió a él, y su lengua se abrió paso dentro, de la forma que le gustaba. Hoseok lo alentó, con sus dedos curvándose alrededor de su cuello.

Vestido así, era como tenerlo desnudo; había tanta piel y nada para desatar. Jungkook presionó la espalda de Hoseok contra el mármol. La piel desnuda del muslo interno de Hoseok se deslizó dentro del suyo, el movimiento levantando su falda de cuero ligeramente.

Podría haber sucedido allí, levantando la falda de Hoseok, volteándolo y entrando en su cuerpo. En vez de eso, pensó Jungkook, con una indulgente lentitud, en tomarse su tiempo con el pezón rosado cerca del borde asimétrico del quitón de Hoseok. El control formaba parte de aquello, los deseos competitivos de quererlo todo de una vez, y el querer saborear cada incremento.

Cuando se alejó, su piel se sintió sonrojada, todo su cuerpo mucho más comprometido de lo que se había dado cuenta. Se las arregló para alejarse aún más, para ver el rostro de Hoseok, sus labios separados, sus mejillas calientes, su cabello ligeramente desordenado por los dedos de Jungkook.

—Llegaste aquí temprano. —Como si recién se hubiera dado cuenta de aquello.

—Sí —dijo riendo.

—Planee saludarte en las escaleras. Protocolo Veretiano.

—Sal y bésame en frente de todos más tarde.

—¿Qué tan atrás los dejaste?

—No lo sé —Jungkook lo dijo, su sonrisa ensanchándose—. Ven. Déjame mostrarte el palacio.

* * *

Lentos era un risco marítimo donde las montañas eran salvajes y el océano era visible desde el lado este, entre las puntas de rocas tumbadas. El agua se estrellaba contra los acantilados y piedra y la bajada de tierra al mar era dentada e inhospitable.

Pero el palacio era hermoso, recogido en una serie de jardines, con el rocío de las flores y fuentes y caminos serpenteantes que ofrecían deslumbrantes vistas hacia el mar. Sus galerías de mármol eran simples y guiaban dentro de aurículas y aún más jardines, y espacios más frescos donde el calor del verano era distante, como el tarareo exterior de las cigarras.

Más tarde le mostraría a Hoseok los establos y la librería, y el camino que atravesaba los jardines, a través de los naranjos y almendros. Se preguntó si podría persuadir a Hoseok para bañarse o nadar en el mar. ¿Él lo había hecho antes? Había escalones de mármol que llegaban al mar, y un hermoso lugar para bucear, donde el agua estaba calma, sin resaca. Podrían poner un toldo de seda al estilo Veretiano, que les brindara una sombra fresca para cuando el sol estuviera en su punto más alto.

Por ahora era el simple placer de Hoseok a su lado, sus manos conectadas, únicamente con la luz del sol y el aire fresco sobre ellos. Aquí y allí se detenían, y todo era una delicia: la tranquilidad al besarse, al pasear debajo de los naranjos, los trozos de corteza que se aferraban al quitón de Hoseok después que estuviera presionado contra el árbol. Los jardines estaban llenos de pequeños descubrimientos, desde las galerías sombreadas, hasta las frías aguas de la fuente, hasta los jardines terrazas con miradores, donde el mar se extendía amplio y azul.

Se detuvieron en uno de ellos. Hoseok arrancó una flor blanca de una de las ramas que colgaba bajo y levantó su mano para entrelazarla en el cabello de Jungkook, como si este fuera un joven de pueblo.

—¿Acaso me estas cortejando? —dijo Jungkook.

Se sintió tonto con felicidad. Sabía que el cortejo era nuevo para Hoseok, no sabía porque se sentía tan nuevo para él también.

—No he hecho esto antes —dijo Hoseok.

Jungkook tomó una flor también. Su pulso se aceleró, sus dedos se sintieron torpes mientras la ponía detrás de la oreja de Hoseok. —Tenías pretendientes en Arles.

—Los evitaba.

La vista era aún más salvaje allí, a diferencia de la capital, donde en un día despejado se podía ver Isthima. Aquí solo estaba el inquebrantable océano.

—Mi madre plantó estos jardines —dijo Jungkook. Su corazón latiendo fuertemente. —. ¿Te agradan? Son nuestros ahora.

Decir la palabra “nuestros” aún se sentía retador. Podía sentirlo en Hoseok también, la tímida incomodidad de lo que era tan sinceramente deseado.

—Me gustan —dijo Hoseok—. Pienso que son hermosos.

Los dedos de Hoseok encontraron los suyos nuevamente, una pequeña intimidad que lo tenía desbordado.

—No pienso en ella muy seguido. Solo cuando vengo aquí.

—Tú no te pareces a ella.

—¿Oh?

—Su estatua en Ios mide tres pies de altura.

La esquina de la boca de Jungkook se levantó. Él conocía la estatua, sobre un pedestal en el salón norte.

—Hay una estatua de ella aquí. Ven y conócela.

Era parte del sinsentido que estaban compartiendo, era un antojo, el mostrarle a Hoseok. Continuaron, hasta que llegaron a un jardín abierto.

—Lo retiro, eres igual a ella —dijo Hoseok elevando la mirada. La estatua aquí era más grande.

Jungkook estaba sonriendo; había cierto placer en ver a Hoseok explorándose a sí mismo, un joven quien era dulce, provocador, y por momentos inesperadamente sincero. Al haber tomado la decisión de dejar a Jungkook que entrara, Hoseok no había retrocedido. Cuando las paredes se levantaron, fue con Jungkook dentro de ellas.

Pero cuando Hoseok se plantó frente a la estatua de su madre, el humor cambió a algo más serio, como si príncipe y estatua estuvieran comunicándose.

A diferencia de en Patras, no era costumbre en Akielos pintar las estatuas. Su madre Egeria miraba hacia el mar con un rostro y ojos marmolados, aunque había tenido cabello oscuro y ojos como los suyos y los de su padre.

Él la miro a través de los ojos de Hoseok, el antiguo vestido de mármol, el pelo rizado, su clásica ceja levantada y el brazo semi levantado.

Jungkook se dio cuenta que no sabía qué tan alta su madre era realmente. Nunca lo había preguntado y nunca se lo habían dicho.

Hoseok hizo un formal gesto Akielano que combinaba con su quitón y los jardines, pero era diferente de sus habituales actitudes Veretianas. Jungkook sintió como su piel cosquilleaba con extrañeza. Era parte del cortejo Akielano el pedir permiso a un padre. Si las cosas hubieran sido diferentes, Jungkook quizás se hubiera arrodillado en el gran salón frente al Rey Abraham, pidiéndole el derecho para cortejar a su hijo más joven.

No era de esa manera entre ellos. Todas sus familias estaban muertas.

—Cuidaré de su hijo —dijo Hoseok—. Protegeré su reino como si fuera mío. Daré mi vida por su gente.

Sobre ellos, el sol estaba alto y era brillante, y los alentaba a retirarse hacia la sombra. Las ramas de los arboles a su alrededor estaban cargadas con esencia. Hoseok continuó—: No lo defraudaré. Se lo prometo.

—Hoseok —dijo Jungkook, cuando este se volvió para enfrentarlo.

—En Arles, hay un lugar... La estatua no se parece tanto a él, pero mi hermano está enterrado ahí. Solía ir allí a veces para hablar con el... conmigo mismo. Si estaba teniendo problemas en las prácticas. O decirle lo mucho que me estaba esforzando para ganar el respeto de la Guardia del Príncipe. La clase de cosas que le gustaba escuchar. Si quieres, te llevaré allí cuando estemos de visita.

—Me gustaría mucho. —Debido a que la pérdida familiar era tan cercana entre ellos, Jungkook expulsó las palabras. —Nunca has preguntado sobre eso.

Después de un largo momento, Hoseok dijo—: Tú dijiste que fue rápido.

Él había dicho eso. Hoseok había dicho, ¿Cómo destripar a un cerdo? Hoseok sonaba diferente ahora, como si hubiera mantenido aquella pequeña pieza de información cerca, todo este tiempo.

—Lo fue.

Hoseok se movió a un lugar donde la sombra cambiante despejaba una vez más la vista al mar. Luego de un momento, Jungkook fue a su lado. Podía ver los parones de luz y sombra en el rostro de Hoseok.

—Él no dejó que nadie más interviniera. Pensó que era lo justo, entre príncipes. Combatir uno contra el otro.

—Sí.

—Él estaba cansado. Había estado peleando por horas. Pero el hombre contra el que luchaba no lo estaba. Estaba Kyle al frente en Marlas. Jungkook se había quedado atrás para proteger al Rey. Cabalgó desde detrás de las líneas.

—Sí.

—Fue honorable, y cuando derramó la primera sangre, le dio a Jungkook el tiempo para recuperarse. Él no dejaría que nadie más interviniera. Pensó...

—Pensó que estaba bien. Retrocedió y me dejó levantar mi espada. Yo no sabía qué hacer. Habían pasado dos años desde la última vez que alguien me había desarmado. Cuando volvimos a pelear, me llevó hacia atrás. No sé porque cortó demasiado lejos a la izquierda. Fue el único error que cometió. Aproveché la oportunidad sin amagar, entonces cuando no pudo volver a ponerse en posición, lo maté. Lo maté.

—¿Por qué? —dijo Hoseok en voz baja. Salió como un latido, una pregunta de niños, que no podía ser respondida. El sol encima de ellos parecía exponerlos demasiado. Jungkook se encontró con que no podía apartar la mirada de Hoseok. Pensó en su padre y madre, en Yoongi, en Kylr. Fue Hoseok el que habló.

—La noche en la que me contaste acerca de este lugar, fue la primera vez que pensé sobre el futuro. Pensé en venir aquí. Pensé en... estar contigo. Significó algo para mí que lo hubieras sugerido. Lo que tuvimos en la cabalgata a Ios, ya era más de lo que yo... En el juicio, pensé que era suficiente. Pensé que estaba listo. Y luego tú llegaste.

—En caso que me quisieras —dijo Jungkook.

—Pensé en que había perdido todo y te había ganado a ti, y casi hubiera hecho el negocio, si no hubiese sabido que había sucedido de la misma manera para ti también.

Era tan cercano a sus propios pensamientos, que todo lo que conocía se había ido, pero que esto estaba aquí, en su lugar, esta cosa brillante.

Él no había entendido que había sido así para Hoseok hasta que lo fue para él también. Quería hablar acerca de su propio hermano de alguna pequeña forma, porque de niños habían ido allí juntos, o más bien, Jungkook había sido un niño y Kyle un joven. Kyle lo había llevado sobre sus hombros, había nadado con él, había luchado con él. Kyle le había traído un caracol, una vez, desde el mar.

Él dijo—: Él nos hubiera matado a ambos.

—Era tu hermano —dijo Hoseok.

Sintió como las palabras tocaban aquel lugar dentro suyo. No había hablado sobre Kyle, excepto en la noche siguiente en la que se hubo recuperado lo suficiente como para dejar la cama y prestar atención a la vista. Se había sentado con su cabeza entre sus manos durante un largo rato, su mente un enredo de pensamientos conflictivos. Hoseok había dicho despacio, Ponlo en la cripta familiar. Hónralo como sé que quieres.

Hoseok había sabido, cuando él no lo había hecho. Jungkook sintió la misma desconcertada certeza ahora, incluso mientras se preguntaba qué otras partes de él Hoseok podía tocar y abrir, qué otras puertas cerradas aguardaban. Su madre, su hermano.

Hoseok dijo—: Déjame atenderte.

* * *

Luminosos y abiertos, los baños de Lentos estaban dentro de soleadas aurículas, y el agua poseía diferentes temperaturas, tibia en algunos, fresca en otras. Cada baño era un rectángulo hundido, con escalones tallados en mármol que guiaban hacia abajo en el agua. Algunos de los baños más privados se encontraban bajo galerías ensombrecidas, otros eran abiertos hacia el cielo y parte cubiertos por las glorietas de los jardines.

Era un bonito lugar de verano, diferente a la cuesta parecida a un laberinto de mármol, que descendía a los baños de esclavos en Ios, o a los vaporosos azulejos de los baños reales en Vere. Los sirvientes ya habían abierto y preparado los baños en caso que un antojo de la realeza deseara usarlos; jarros elegantes, ropas y toallas suaves, jabones y aceites, y los baños llenos con exquisita agua limpia.

Estaba contento que aquellos baños no fueran subterráneos.

Recordó la única ocasión cuando fue llamado para atender a Hoseok en los baños en Vere, la tranquila voz de Hoseok provocándolo mientras sus manos se movían sobre la piel de Hoseok. Hoseok lo había odiado entonces. Hoseok había estado habitando una realidad privada en la cual había estado permitiéndole al asesino de su hermano ponerle las manos sobre su cuerpo desnudo.

El saber eso no hacía nada para menguar sus propios recuerdos de aquel tiempo, el claustrofóbico, sobrecargado palacio, el libertinaje, y su propio odio al Príncipe, su captor. Jungkook recordaba los baños, y lo que había sucedido después, y entendió que existía una puerta cerrada más que no quería abrir.

—Tú me serviste —dijo Hoseok—. Déjame servirte.

Tanto en Akielos como en Vere, era una costumbre el ser lavado por los sirvientes antes de entrar a los baños. Pensó... ¿seguro no iban a hacer eso juntos? Si lo hacían, sería de la forma tradicional: como Rey y Príncipe serían desvestidos y lavados por delicados sirvientes, luego descenderían para mojarse y charlar. Eso era lo común entre los nobles de Akielos, donde la desnudez no era un tabú y el bañarse podía pasar como un pasatiempo social.

No había sirvientes esperándolos. Estaban solos.

Hoseok estaba con sandalias y simple algodón, una flor blanca en su cabello. Si uno ignoraba sus modales, se veía como un esclavo antiguo, el rostro demasiado hermoso como para ser algo cuidadosamente escogido, el quitón blanco parecía escogido por un seguidor de las formas clásicas, quien prefería que en su casa se encarnara la simplicidad y la belleza natural.

Si uno no los ignoraba, se veía como lo que era: aristocracia Veretiana, realeza en cada movimiento, en la inclinación de su barbilla, en la extensión de su mirada. Podría haber estado extendiendo un anillo para que fuera besado, o tocando su bota con una fusta. Sus ojos azules revelaban poco, sus labios que Jungkook acababa de besar, estaban por lo general presionados en una línea recta, o curvados con crueldad. Había entrado a los baños dando zancadas, como si pertenecieran a él. Lo hacían.

—¿Cómo te atiende generalmente un esclavo de baño? —dijo Hoseok.

—Ellos se desvisten —dijo Jungkook.

Hoseok levantó su mano hacia su hombro y quitó el broche. El algodón blanco cayó hasta su cintura. Entonces Hoseok se volvió ligeramente a un lado, deshaciendo el único nudo allí.

Era un impacto, el tenerlo de pie, desnudo, con el quitón amontonado a un lado. Aún llevaba las sandalias, altas hasta la rodilla. No se había quitado la flor del cabello.

—¿Y luego?

—Y luego prueban la temperatura del agua.

Hoseok tomó un jarro y dejó que el chorro de agua lo llenara, luego lo levantó y deliberadamente lo derramó sobre él; el agua salpicó sobre su cuerpo y sobre sus pies aún calzados.

—Hoseok... —dijo Jungkook.

—¿Y después?

Estaba mojado, desde su pecho hasta sus pies, aunque el débil chorro de la piscina más cercana daba la apariencia de mojar sus pestañas y los pétalos de la flor detrás de su oreja. El calor de los baños llenaba el aire.

—Ellos me desvisten.

Hoseok se acercó.

—¿Así?

Estaban de pie debajo de una de las galerías, en una débil sombra, cerca del soleado lugar abierto donde los escalones guiaban a uno de los baños exteriores más grandes.

Jungkook asintió una vez. Hoseok estaba muy cerca. Sus dedos en el hombro de Jungkook estaban desabrochando al león dorado, desatando la traba y quitando el broche a través de la tela. Estaba libre, de las sandalias. Jungkook estaba completamente vestido. Más a menudo entre ellos, había sido al revés.

Recordó, el calor de aquellos otros baños, el momento en que había atrapado la muñeca de Hoseok con su mano. Así de cerca, podía ver la humedad en los hombros de Hoseok. Más arriba, las puntas del cabello de Hoseok estaban mojadas también, debido al vapor o a la salpicadura del jarro.

Sintió la liberación del peso mientras Hoseok desanudaba la pesada tela de lana debajo de su armadura.

—Ellos se han desvanecido —Se escuchó a si mismo decir.

—¿Lo han hecho?

—Tu hermano y el mío.

—Y yo —dijo Hoseok.

Se encontró con la mirada de Jungkook. Aquellos no eran los calientes y vaporosos baños cubiertos en Ios, ni los cerrados y sobrecargados baños de Vere, pero el aire se sentía pesado.

Recordó, y vio que Hoseok lo hacía también, el sofocante pasado entre ellos.

—Me arrodillé ante ti —dijo Jungkook.

Bésala. Recordaba las palabras cuando Hoseok había forzado a Jungkook para que se arrodillara, y había extendido la punta de su bota. Besa mi bota. Él pensó, Hoseok nunca haría aquello. Hoseok tenía mucho orgullo.

Deliberadamente, Hoseok se arrodilló.

Todo el aire abandonó a Jungkook. La lucha interna de Hoseok estaba a la vista. Su respiración era superficial. Sus labios estaban separados, pero no habló. Su cuerpo estaba tenso. No le gustaba estar de rodillas.

Hoseok se había arrodillado una vez ante Jungkook, en el suelo de madera de la posada en Mellos. Hoseok había creído que era su última noche juntos. Había sido en parte una oferta; en parte el deseo de Hoseok de probarse algo a sí mismo.

La única vez que Jungkook había visto a Hoseok arrodillarse, había sido ante el Regente.

Las palabras habrían sido más fáciles. Esto abría un canal al pasado entre ellos, uno que volvía a Jungkook igualmente vulnerable. Él no había enfrentado esta parte de su historia. Apenas había reconocido lo que Hoseok le había hecho, incluso mientras sucedía.

Jungkook extendió su pie.

Su corazón latía rápidamente. Hoseok desató las tiras de la sandalia de Jungkook y le quitó la primera, luego la otra. A su lado estaba el jarro, los aceites y una esponja que los buceadores habían extraído del mar.

Lentamente, comenzó a lavar el pie de Jungkook. Era la acción de un esclavo de cuerpo, algo que un príncipe nunca le haría a otro.

Jungkook podía ver el leve rubor que el calor y el vapor le daban a las mejillas de Hoseok. Podía ver la curvatura de sus pestañas. Podía ver cada pétalo delicado de la flor blanca en su cabello.

El agua estaba caliente. Caía de la esponja mientras Hoseok la sumergía, luego la levantaba, y la pasaba por las piernas de Jungkook, dejándolas limpias y mojadas. Talón, planta y tobillo fueron enjabonados. Luego detrás de su pantorrilla, su espinilla. Hoseok se elevó sobre sus rodillas para enjabonar la parte de atrás de la rodilla de Jungkook, después los largos músculos de su muslo izquierdo. Frotó cada superficie hasta hacer espuma, luego enjuagó.

Otra inclinación del jarro: agua salpicó el mármol y los muslos de Hoseok sobre los que estaba arrodillado, las piernas ligeramente separadas. No había terminado. Hoseok se estaba levantando.

Al lavar las manos de Jungkook primero, Hoseok usó solo los dedos, sin esponja, masajeando los nudillos de Jungkook con sus pulgares, sus dedos haciendo espuma entre los de Jungkook. Los brazos de Jungkook fueron levantados, enjabonados, la curva de sus bíceps, su codo.

Hoseok no miró los ojos de Jungkook mientras enjabonaba la parte superior de sus muslos y luego entre sus piernas, donde su miembro colgaba semi levantado, sintiéndose grueso y pesado mientras era zarandeada por la esponja. Hoseok levantó el jarro y vertió agua a través de todo el cuerpo de Jungkook.

Una oleada de calor. Sabía lo que vendría. Todo su cuerpo se sintió cambiar, incluso antes que Hoseok se moviera hacia su espalda.

Silencio; estaba demasiado consiente de su propia respiración. Hoseok estaba detrás suyo. No podía verlo pero sabía que estaba allí. Se sintió expuesto, vulnerable, como si tuviera sus ojos vendados: el ser visto sin poder ver. Era un esfuerzo, no voltear su cabeza. Ninguno de ellos habló.

Se preguntó qué estaba viendo Hoseok. Se preguntó qué estaba recordando, si había sucedido en la mente de Hoseok de la misma manera en la que había sucedido en la de él. El agua golpeó el mármol cuando Hoseok apretó la esponja. Lo experimentó físicamente, el fuerte sonido, un chasquido.

Se estremeció cuando lo tocó, porque era tan cálida, y gentil contra las cicatrices. Sintió la tibieza del agua y el suave toque de la esponja, más suave de lo que se había imaginado, por lo que un segundo estremecimiento, un temblor, lo atravesó.

Nada podía limpiar el pasado, pero esto los llevó a ambos allí, tocando una dolorosa verdad, reconociéndola.

Fue más gentil entre sus hombros de lo que había sido contra su pecho. Carne y cuerpo estaban conectados. La limpieza era lenta, atenta, salpicando agua, luego enjabonando su piel. Estaba sanando algo que no sabía que necesitara ser sanado. Como el respirar, era necesario, incluso si la ternura de aquello fuese demasiado, gentileza en un lugar que nunca hubiese esperado que Hoseok fuera gentil.

Había estado abrazado al látigo por tanto tiempo. Donde había sido azotado, ahora estaba abierto. —Hoseok, yo...

—Agacha tu cabeza.

Cerró sus ojos. El agua cayó sobre él. Su cabello y rostro estaban mojados. Esto usualmente se hacía sentado, en el largo banco cerca de la compuerta con el esclavo detrás, él no lo dijo mientras Hoseok se estiraba para poner jabón en su cabello, parado en frente suyo. Dedos largos amasaron la espuma desde su sien hasta la parte trasera de su cabeza, y el masajeo de su cuero cabelludo se sintió reconfortante.

Hoseok era como el filo de una espada, pero a veces era así. Un fresco chorro de la jarra: enjuague, el agua cálida envolviéndolo, miró hacia Hoseok a través de pestañas mojadas, y supo que todo estaba en sus ojos.

Lo estaba en los de Hoseok también, quien se veía como nunca antes se había visto, su cuerpo mojado donde había sido salpicado, los rizos rubios de su cabello mojados también. Ahora sabía por qué Hoseok había intentado usar las palabras para enmendar el pasado. Las palabras eran más fáciles que esto.

—¿Qué sucede luego? —dijo Hoseok.

—Dylan te servía en los baños en Marlas, ¿no? Tú sabes qué sigue. —Eso no era lo que Hoseok estaba preguntando.

—Reposaba en los baños de vapor. Él se arrodillaba sobre el mármol.

—Quiero hacerte el amor.

—Puedes reposar —dijo Hoseok— mientras me lavo.

El agua en el baño de vapor estaba caliente, hecha para descontracturar músculos y relajarse. Era inesperadamente caliente, considerando que el día era caluroso y que aquel baño estaba al aire libre, con el sol centellando sobe su superficie. Jungkook bajó los seis escalones y caminó con el agua hasta su cintura hasta el otro extremo, donde se volteó y se sentó en la plataforma sumergida, sus hombros fuera del agua, el borde de la bañera contra su espalda.

Él había querido consumar aquella cercanía, juntar sus cuerpos mientras ambos estaban siendo ampliamente abiertos. Pero el agua se sintió bien, también. Y Hoseok era un erudito en el placer de la tardanza, de la suspensión y la reanudación. Jungkook lo observó.

Luego de un momento, Hoseok levantó la jarra y utilizó el último poco de agua para lavarse. No se lavó tímidamente como un esclavo, o seductivamente como una mascota. Solamente se limpió, cada movimiento útil; entonces se enjuagó, el agua escurriéndose brevemente sobre su cuerpo. Cuan poco se veía como esclavo, y cuánto se veía como él mismo, cumplir con su ordinaria rutina era su propia manera de disfrutar, un fácil acceso al Hoseok privado.

Entonces caminó hacia adelante. La flor aún seguía en su cabello. Aún tenía puestas las sandalias. Jungkook tuvo una breve visión de que descendería dentro del baño de vapor usándolas, pero Hoseok se detuvo en el borde ensombrecido.

Él no se metió. Se sentó a un lado en una elegante y relajada postura que Jungkook había llegado a conocer como habitual en los últimos meses, una rodilla extendida, su peso descansando sobre una mano. Paso la punta de sus dedos en el agua con la otra mano.

—Está caliente —le dijo.

No clarificó si se refería al agua, al sol o al mármol. Estaba ligeramente ruborizado debido al vapor. Si se metía en la piscina se cocinaría. En todas las otras formas, se veía fresco, sus largos y pálidos muslos, su elegante forma de reclinarse, su pecho masculino con sus pezones rosados, su miembro, semi visible en aquella postura.

Jungkook quería salir de su lugar; si esta fuese una piscina del bosque, pensó nadaría tres largas brazadas hasta empujarse fuera del agua al lado de Hoseok. Pasaría una mano propietariamente sobre el cuerpo de Hoseok, sobre sus muslos, su costado y pecho. Se imaginó saliendo de los baños chorreando agua para tomar a Hoseok allí sobre el mármol.

—Pensé que la idea era arrodillarse.

—Eso suena complaciente.

La voz de Hoseok sonó perezosa. Él no hizo ningún esfuerzo para levantarse. Las palabras estaban en desacuerdo con la absoluta arrogancia de su pose aristocrática, tumbado sobre el mármol.

Jungkook se preguntó si aquella era la forma en la que las mascotas se comportaban, o si solo era cómo Hoseok lo hacía, sus dedos jugueteando en el agua. Cerró sus ojos y se hundió un poco más profundo en el agua.

Y debido a dónde estaban, y lo que recién había sucedido entre ellos, se encontró a sí mismo diciendo—: Me llevaron a los baños, después que fui capturado. Fue el primer lugar donde me llevaron.

—Los baños de esclavos —dijo Hoseok.

—Kyle envió a muchos hombres, los suficientes como para que no pudiera vencerlos. Ataron mis brazos y piernas y me encerraron en una de las celdas debajo del palacio... No te hagas ideas.

—Ni siquiera soñaría con hacerlo.

—Pensé que había alguna clase de error. Al principio. Esperé que hubiese alguna clase de error durante un largo tiempo después. Las noches que me mantuvieron afuera de palacio fueron las más duras. Sabía lo que estaba sucediendo, y no podía proteger a mi gente.

—Siempre creíste que volverías con ellos.

—¿Tú no lo hiciste?

Recordó las largas tardes juntos, compartiendo la tienda, con los sonidos del campamento Veretiano fuera. Hoseok nunca había parecido sentir dudas acerca de sí mismo, así como nunca se había quejado de sus circunstancias.

—¿Creer que lograrías volver a Akielos? Si. Lo hacía. Eras una fuerza de la naturaleza. Estaba enfureciéndome para luchar contra ti. Aterrado de tenerte a mi lado.

—¿No sabías lo asustado que estaba de ti?

—¿De mí? ¿O de ti mismo?

—De lo que estaba sucediendo entre nosotros.

La luz del sol era más brillante de lo que había esperado cuando abrió sus ojos, reflejándose sobre el agua. Hoseok continuaba sentado en la sombra.

—A veces continúo asustado. —La voz de Hoseok era honesta. —Me hace sentir...

—Lo sé —dijo Jungkook—. También lo siento.

—Sal —dijo Hoseok.

Emergió más caliente que el vapor, sobrecalentada como si estuviera hervida, su piel oliva se tornó rojiza por el agua. Hoseok llenó el jarro con agua de la segunda compuerta, se acercó y cambió su agarre. Jungkook lanzó sus brazos instintivamente.

—No, Hoseok, está fría, es... —Jadeó.

El impacto del agua congelada. Frío sobre piel sobrecalentada, como saltar al rio, una revitalización demasiado repentina. El instinto lo impulsó a agarrar a Hoseok como venganza, acercarlo a él, sus cuerpos colapsando.

Un cuerpo frio chocando contra uno caliente. Hoseok comenzó inesperadamente a reír, su piel cálida como el sol. La lucha los llevó a ambos hacia el resbaladizo mármol.

Era impensable subírsele encima, inmovilizar a Hoseok con un movimiento de lucha. Jungkook progresó a través de tres simples posiciones en su disfrute de aquel deporte, antes que se diera cuenta que Hoseok estaba respondiendo a sus agarres de lucha con réplicas.

—¿Qué es esto?

Hoseok, moviéndose, respondió—: ¿Qué tal estoy?

—La lucha es como el ajedrez —dijo Jungkook. Hoseok se movió, él contraatacó. Hoseok se movió, él contraatacó. Debajo suyo, sintió que Hoseok intentaba con todas las variaciones que conocía, un conjunto de movimientos principiantes, pero bien ejecutados. La parte de la mente de Jungkook que le gustaba la lucha por encima de cualquier otro deporte, tomó nota, apreciativamente, de la forma de Hoseok. Pero era un novato: Jungkook lo contraatacó fácilmente otra vez, lo suficientemente listo como para mantener su agarre fuerte, incluso cuando tenía a Hoseok completamente inmovilizado.

Y luego pensó en ello.

—¿Quién te está enseñando?

—Harry —dijo Hoseok.

—Harry —repitió Jungkook.

—Usamos una variación Veretiana. No me quito la ropa.

Entonces nunca aprenderás efectivamente. En cambio, se encontró a si mismo frunciendo el ceño y diciendo—: Soy mejor que Harry.

No estaba seguro de porqué eso le devolvió la risa a Hoseok, pero lo hizo, suave y sin aliento. —Lo sé. Me has vencido. Déjame levantarme.

Jungkook se puso de pie, extendió su mano y lo levantó. Hoseok agarró una de las suaves toallas y envolvió la cabeza de Jungkook en ella. Envuelto, Jungkook dejó que su cabello fuera masajeado, luego dejó que Hoseok secara lo restante, la suavidad de la toalla contra su piel tan inesperadamente gentil como cualquier toque que Hoseok le ofrecía. No era sensual, lo estaba mimando, reconfortándolo, y era tan inesperado que lo hizo sentirse extraño, suertudo, parte de las esencias de verano, los rayos de sol y la maravilla de aquel lugar.

—La verdad es que eres muy dulce —dijo Jungkook, tomando los dedos de Hoseok entre un enredo de la toalla. Lanzó una toalla sobre la cabeza de Hoseok antes que pudiera responder y disfrutó viendo como Hoseok emergía de ella con su cabello revuelto.

Hoseok dio un paso atrás. Para secarse, utilizó los mismos movimientos despreocupados con los cuales se había lavado antes: pasó la toalla sobre su pecho, debajo de sus brazos, entre sus piernas. Antes de que hiciera algo de esto, desenganchó la flor de su cabello y se dobló para desatarse las sandalias. Déjatelas puestas, quería decir Jungkook. Le gustaba la forma picante en que alejaban la atención de la desnudez de Hoseok.

Hoseok comenzó a mirar alrededor en busca de un trapo con el cual taparse, pero Jungkook en cambio tomó su mano. —No necesitamos uno. Ven.

—¿Pero que hay sobre...

—Esto es Akielos. No los necesitamos. Ven conmigo.

Caminar desnudos a lo largo de los caminos exteriores era tan transgresivo para Hoseok como había sido contemplar la intimidad en los jardines para Jungkook. Se abrieron paso bajo la luz del sol y Hoseok soltó una risa sin aliento, como si no pudiera creer lo que estaba haciendo.

Jungkook lo llevó hacia la entrada este, sus manos sujetadas. En una excentricidad encantadora de modestia Veretiana, Hoseok parecía encontrar aún más escandaloso el caminar desnudos dentro del palacio que afuera, dudando en el umbral, luego siguiendo a Jungkook dentro de los salones con asombro.

Allí no estaban solos: los sirvientes que se habían ausentado de los baños estaban esperando cualquier señal de ser necesitados, los guardias estaban plantados en deber ceremonial, y el ama de casa esquelética quien había abierto el palacio para su llegada estaban en sus puestos.

Jungkook hubiera caminado sin notarlos, pero podía sentir la incomodidad de Hoseok con cada persona que dejaban atrás. Y para ser honestos, Jungkook estaba demasiado consiente de la desnudez de Hoseok, toda esa piel no estaba a la vista generalmente, aun ligeramente rosada debido al vapor.

Al entrar a la recámara real, la vista era diáfanamente blanca, mármol y cielo, el amplio y elegante interior abriéndose en un balcón. Hoseok camino directamente hacia él, inclinando su cuerpo desnudo contra la balaustrada de mármol y cerrando sus ojos ante el sol sobre su rostro. Dejó escapar una respiración que era en parte risa por lo que había hecho, y parte incredulidad.

Jungkook salió y se posicionó perezosamente al lado de Hoseok, disfrutando del sol también y del aire del mar, que parpadeaba en una expansión de azul. Los ojos de Hoseok se abrieron. —Me gusta aquí. Me gusta mucho.

Jungkook se sintió sin aire, mientras recorría con un dedo el brazo de Hoseok. Hoseok se volvió ante el toque y se besaron justo como lo había imaginado, el brazo de Hoseok alrededor de su cuello. La simple intimidad de los baños cambió a algo más, a la sensación de Hoseok desnudo contra él, piel contra piel.

El beso se intensificó, la mano de Hoseok fue hacia el cabello húmedo de Jungkook. Algo excitado desde el baño, no le tomó mucho más para tener una completa erección, pero lo que hizo que la sangre palpitara dentro de su piel fue sentir a Hoseok estimulándose contra él, mientras sus manos se deslizaban lentamente sobre su cuerpo.

Su propio miembro, duro y pesado, estaba restregándose deliciosamente entre ellos y la sensación de ello era tan buena como la del sol sobre su piel. Quería continuar, su cuerpo moviéndose lentamente para complacerse a sí mismo, y para complacer a Hoseok, a quien le gustaba así, lento y perezoso.

Un empujón, unos pocos pasos deliberados y estuvieron nuevamente en la sombra. Sintió el roce de las ramas colgantes, la fría pared de piedra contra su espalda. Sus manos se deslizaron a lo largo de la pequeña espalda de Hoseok, palmeando sus curvas. Las comodidades de la habitación se volvieron una serie de estaciones en el camino hacia su destino, el viaje no fue ni urgente ni apurado. Un período de separación cuando Hoseok se sirvió una copa de agua y bebió de ella, Jungkook observándolo con sus hombros contra la pared opuesta. Un largo intervalo que Jungkook aprovechó para extender una palma contra la piedra, inclinarse y besar el delicado cuello de Hoseok. Luego lo volteó, dejando su abdomen contra la pared, y besó su cuello nuevamente desde atrás.

Intencionalmente, no fue directamente a una conclusión, sino que simplemente se dejó explorar, besos de lo más suaves en el cuello de Hoseok, sus palmas deslizándose sobre su pecho, lentamente sobre sus pezones, los cuales estaban sensibles, y los cuales luego llevaría a su boca. Le gustaba la sensación de la espalda de Hoseok contra su pecho, el ladeo de su cabeza. Hoseok se inclinó ante el más ligero roce, como si estuviera hambriento. Lo acarició a lo largo de su costado, lenta, lentamente. Otra vez.

—Jungkook, yo...

—¿En serio? —dijo Jungkook, más complacido que molesto.

Atrapado por la forma en que la piel de Hoseok le respondía, casi no había notado el rápido pulso, los sutiles signos de un cuerpo cercano a colapsar. Con cualquier otro amante, sería el momento de acelerar las cosas para llegar a la cumbre. Jungkook fue aún más lento.

Hoseok profirió un suave sonido mientras Jungkook deslizaba una mano en la parte interna del muslo de Hoseok, deteniéndose en la coyuntura, acariciando con su pulgar la unión entre muslos y torso mientras volvía a besar el cuello de Hoseok, lentamente. Hoseok gruñó, su frente tocó la piedra.

Su deseo de explorar a Hoseok y disfrutar aquel placer se estaba transformando en un deseo de montarlo, de estar dentro suyo, y de tomarlo de esta manera, lentamente, sus respiraciones entremezclándose en la boca del otro mientras se besaban. Hoseok estaba empujándose hacia atrás rítmicamente ahora, el miembro de Jungkook deslizándose continuamente sobre el lugar que quería.

Jungkook volteó a Hoseok y lo besó, su espalda contra la pared, el beso consumiéndolos, salvaje y profundo. Hoseok hizo aquel leve sonido nuevamente, dentro de la boca de Jungkook.

Cuando se volvieron a separar, lo hicieron para mirarse con respiraciones entrecortadas, y se sintió como si ya estuviera dentro suyo.

—Te deseo —dijo Jungkook.

Observó como el rubor subía por la piel de Hoseok.

—Entonces, en los balcones, pero no en los jardines —dijo Hoseok.

Estaba reclinado contra la pared. Jungkook había retrocedido un paso.

—No estamos exactamente en el balcón,

—No presté atención. Nos condujiste desnudos a ambos aquí.

—Esto es Akielos. Podemos hacer las cosas a tu manera en Vere. —Pensó sobre eso. —. Hace frío aquí.

—¿Y en nuestro nuevo palacio —dijo Hoseok—, en la frontera?

Jungkook sintió calidez en su estómago.

—Nuestro nuevo palacio. —Suavemente, murmurando al oído de Hoseok.

Había regresado dentro del espacio físico de Hoseok, irresistiblemente.

—Sólo estoy...

—Hablando —dijo Jungkook.

—Sí.

—Quiero hacerlo lentamente, de la forma que te gusta —dijo Jungkook, mientras Hoseok cerraba sus ojos.

—Sí.

La cantidad de veces que habían hecho el amor aún eran lo suficientemente finitas que Jungkook podía recordar cada una de ellas: en Ravenel, llenos de dolorosos secretos silenciados; en Karthas, perdiéndose el uno en el otro; dulzura picante a la luz de la fogata en una posada al lado de la carretera en Mellos; la desesperación de la primera vez después de la recuperación de Jungkook.

Ninguna de las veces había sido así, desparramado sobre la cama mirando a Hoseok. Las manos de Hoseok acariciando su pecho, su cuello, luego de vuelta bajando por su torso, su abdomen. Bajo los rayos de sol que se colaban, ellos se estaban besando. Amaba la forma en que Hoseok besaba, como si Jungkook fuese la única persona a la que hubiera besado, o a la única que quería besar.

La claridad de los baños aún merodeaba entre ellos. Hoseok, cuyos enredos por pensar demasiado usualmente solo desaparecían en el momento del clímax, tenía sus defensas bajas en la quietud. Jungkook podía oír sus suaves exhalaciones; alguna que otra vez, un sonido atravesaba sus labios, del cual él no parecía ser consiente. El tiempo deshizo el nudo de cualquier lazo que aún quedaba de tensión, soltándolo, dejándolo ir más y más lejos dentro de su propio placer.

Sus cuerpos se enredaron juntos, las caricias mezclándose y borroneándose. Jungkook se entregó a la sensación de Hoseok en sus brazos. Pasó una eternidad antes que pusiera sus manos entre las piernas de Hoseok y sintiera como estas se separaran.

Cuando finalmente se deslizó dentro, se sintió como si el tiempo se hubiese detenido en el pequeño e íntimo espacio entre ellos, después de una dulce eternidad de profundos besos, de abrir a Hoseok con dedos oleosos. Él no se movió, sino que se quedó dónde estaba, en un silencio sin aliento. Todo se sentía conectado, abierto. Sus movimientos eran más empujoncitos que impulsos, sus cuerpos moviéndose juntos sin la larga separación de la abstinencia.

Podía sentir como Hoseok se acercaba cada vez más al clímax, no, como sucedía a veces, que estuviera empujando para atravesar la maraña de sus propias barreras, sino que lo hacía inevitablemente. Los empujoncitos eran más largos ahora, el cuerpo de Jungkook moviéndose para buscar su propia recompensa.

Oyó un sonido de satisfacción mientras Hoseok se disolvía debajo suyo, y Jungkook se perdió ante aquella sensación; el caliente y líquido placer de follar, la proximidad, tan cerca como un latido. Su propio cuerpo palpitó y se ensanchó, un intervalo de placer embriagador, que no parecía terminar, solo transformarse la húmeda y pesada sensación de sus extremidades enredadas con las de Hoseok, el placer aún entre ellos, las pulsaciones decayendo.

Por primera vez, Hoseok no se levantó inmediatamente para limpiarse, sino que se quedó, sus cuerpos colapsaron uno contra el otro, los sonidos del verano y el océano entrando desde afuera.

Se estiró y quitó un rizo del rostro de Hoseok.

—Mañana iremos a cabalgar —dijo Jungkook, pensando en el regalo que tenía esperando en los establos, una yegua de cinco años con cuello curvo y un crin como cascada. La conduciría afuera y se la regalaría a Hoseok, entonces cabalgarían entre los campos de flores silvestres, el aire endulzado por el verano. Cuando llegaran a un claro, Jungkook llevaría a sus caballos juntos, se inclinaría y lo besaría.

Antes de que Hoseok pudiera responder, hubo un inconfundible golpe en la puerta.

El sonido hizo gruñir a Jungkook, porque sabía que lo que Hoseok haría.

—¿Qué? —llamó Hoseok, levantándose sobre un codo.

El soldado Veretiano que entró no era uno que Jungkook conociera, y mostró una considerable falta de reacción ante Hoseok con marcas del coito todavía en él. —Su Alteza, pidió ser notificado cuando la comitiva del Rey llegara al palacio. Estoy aquí para informarle que el Rey de Akielos ha llegado.

—Gracias, puedo decirse que estoy ligeramente consiente de aquello.

Jungkook comenzó a reír. Levantó su cabeza y dijo—: Trae refrescos, algo frio para beber. Y si la comitiva del Rey realmente ha llegado, dile a sus escuderos que la armadura del Rey está en el jardín este.

—Sí, Eminencia.

El soldado Veretiano uso la palabra Akielana Eminencia, una elección hecha semanas atrás. En pequeñas formas, las culturas se estaban mezclando.

—Podemos ir a cabalgar si me puedo mover mañana. —Las palabras salieron vagamente, largos minutos después.

—Está bien —dijo Jungkook, sonriendo ante el pensamiento de sus escuderos hurgando en el jardín este en busca de su armadura. Y luego ante el pensamiento de otras cosas. Su sonrisa se amplió.

—¿Qué? —preguntó Hoseok.

—Estabas mirando el camino —dijo Jungkook.

Quitón: También llamado chitón es una prenda de vestir usada tanto por hombres como mujeres. Parecido a una túnica.