Nuestros lares isleños

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Summary

Un capitán se enamora del hermano de su mejor amigo.

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Complete
Chapters
2
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n/a
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16+

Parte uno


En estos añejados días por el recuerdo, las brisas metidas en la villa costera van refrescando a quienes transcurren ajetreos por los mercados.

Al terminar de acomodar unas frutas en una bolsa, un isleño se sacude las manos y se va animadamente por las calles empedradas del puerto. Con cierta tranquilidad queda observando el mar y el resplandor mañanero que se le ha regado encima. Ahí en esa largura costera nota la gran variedad de barcos que están atracando, navegando y zarpando. El hombre procura su caminar y después de meterse en una oficina, se dirige prontamente con un grupo de trabajadores hacia un barco mercante. Repartidos en varias tareas por toda la embarcación, el grupo se va encargando de su mantenimiento.

El capitán que camina lentamente por el lugar, se para a observar la agilidad del isleño que tiene frente a él: la fortaleza que maneja ese cuerpo le hace retener la curiosa mirada sobre aquel hombre que encera el pasamanos de la proa. En cada temporada de los últimos dos años en los que han desembarcado en esa isla, el capitán ha reconocido a ese hombre de entre los varios trabajadores que son enviados para la revisión y mantenimiento del barco. Ha conversado alguna brevedad con él y ha intentado averiguar sobre su vida, pero no ha de saber tanto como quisiera.

El isleño se seca las manos en un trapo y mientras seriamente va pensando en lo que le falta, nota que el capitán está viéndolo desde arriba de la escalera. Manteniéndose en silencio, el isleño lo ve irse, y fijándose en los lentos oleajes, piensa sobre ese imponente capitán.

Cuando el atardecer ya va recayendo sobre el archipiélago, el capitán parte de su hospedaje a visitar a un amigo quien recientemente se había mudado a esa pequeña isla a trabajar. En su lenta caminata hacia su casa, él va pensando en su buen amigo y en los alegres momentos que han pasado en la capital. Viendo que la dirección es la correcta, el capitán toca la puerta de la vivienda y espera, pero su ánimo es rápidamente interrumpido por el desconcierto de ver quien se la abre. Frente a él, el isleño que trabaja en su barco lo mira y le pregunta qué es lo que hace ahí. El marino por repentinamente no saber qué contestar, solo frunce el ceño porque no ha de entender qué es lo que hace ese hombre en la casa de su amigo. Pronto, alguien conocido asoma detrás del isleño y abraza al capitán.

Pasando ya a la casa para acomodarse, el capitán escucha atentamente a su amigo presentarle a su hermano menor, Mario.

Las temporadas de viaje han de ir transcurriendo y los meses de descanso llegando, en tales tiempos el capitán y el hermano de su amigo se irían conociendo y un gran cariño les iría creciendo hacia el otro. Hoy, en un nuevo desembarco a la isla y con los asuntos en el puerto concluidos, el capitán se propone a disfrutar de sus meses en tierra. Recibido en la casa de su amigo como es usual, él entra y saluda a los hermanos. Después de conversar largamente y de que su amigo se haya retirado a la cocina a preparar algunas bebidas, el capitán le entrega un recuerdo de viaje a Mario. Ahí sentados en el cuarto de estar, le obsequia una pequeña figurilla colorida. Hablándose en voz baja, Mario sonríe para agradecerle mientras al capitán le surge una tierna mueca en el rostro por verlo. Desde la cocina, el hermano mayor ve con desconfianza la cercanía en la que están y aproximándose hacia los sillones, habla fuerte.

—¿Otra vez le trajiste regalos a Mario? —pregunta descaradamente.

—Mira, esto es de ese puerto en…—empieza a decir Mario, pero es interrumpido por su hermano.

—Mmm. Vi que ya no hay pan, anda a comprar una cesta, por favor.

—¿Ahora? —se extraña Mario.

—Sí, ¿no me escuchaste? —le contesta cortante.

—No se preocupen, yo puedo ir —responde el capitán ya parándose.

—No, quédate tú que hay que terminar de ponernos al día—comenta con la molestia bastante notoria.

Mario frunce el ceño sintiéndose confundido y dejando la figurilla en la mesa, se voltea hacia el marino y le dice que ya regresa.

—Ni te sientes—menciona duramente su amigo una vez su hermano ha salido.

—¿Qué pasa?

—Tú sigues llenando a Mario de regalos, ¿tú crees que no me doy cuenta de lo que haces?

—¿A qué te refieres? —el capitán se preocupa de que él insinúe algo que no deba. — Se los doy porque lo aprecio, así como a ti. Son solo recuerdos, ¿por qué te molestas?

—Tú no lo respetas como hombre porque seguramente ni siquiera lo has de ver de esa manera.

El capitán se indigna. —¿Qué? Claro que lo respeto.

—Entonces, ¿por qué lo tratas así?

—¿Cómo es que lo trato? No te entiendo.

—Mario es un hombre, trátalo como a uno y no quieras tenerlo a tu lado —su amigo niega y responde con obviedad. —¿Tú piensas que mi casa es un prostíbulo? ¿Acaso lo llenas de regalos porque quieres acostarte con él?

El capitán se asombra y enfurece con su amigo. —¿Qué? ¿Cómo puedes hablar así? A Mario le tengo muchísima estima, es solo eso.

—Yo te conozco, bajas a los burdeles cada vez que atracas en los puertos. Seguramente vienes a visitarlo tanto porque quieres algo con él—replica enojado.

—Que yo vaya a un burdel o no, ni siquiera debería importarte y tampoco tiene nada que ver con tu hermano. Yo no pretendo de ninguna manera hacer lo que tú sugieres, ¿cómo podría? Vengo de visita seguido porque ustedes son mis amigos, eso es todo. Y en cuanto a los recuerdos que traigo, lo hago porque Mario tiene curiosidad sobre los lugares a los que voy y porque a mí no me molesta obsequiarle algo—comenta ásperamente el capitán. —No vuelvas a insinuar que veo a tu hermano como muchacho de prostíbulo, eso no te lo permito.

Su amigo bota pesadamente la respiración y apoyando las manos sobre el sillón le habla ariscamente. —¿Permitirme tú algo a mí? ¡Qué descarado! Yo veo cómo eres con él y soy yo el que no puede dejarte actuar sobre esas intenciones.

Al capitán la seriedad se le encarna en el rostro mientras lo mira cierto dolor. —Mario es un gran amigo para mí, ¿qué pasa con eso?

—No le sigas haciendo esto —notando que el marino quiere hablar, aprieta las manos en el sillón y alza la voz. — Basta, tú sabes a lo que me refiero. ¡Tú eres un hombre! No puedes estar a su lado porque tú no puedes darle un hogar. No hagas esto, ¿cómo podrías reconfortarle una soledad así? No quiero que mi hermano se meta en un gozo que no puede ser duradero; en algún momento vendrá el rechazo de quienes no entienden lo que ustedes tienen y eso se seguirá pariendo en más pena. No te permitiré que él tenga una vida dura, él es joven todavía así que déjalo que goce con otras personas. Sé que no te puedo pedir que te arranques el cariño que sientes por Mario, pero no lo agrandes más. —Su amigo se acerca y habla exasperado. — Él también es un hombre, solo mira lo que haces, tenerlo contigo no se puede. Tú cariño es inútil si intentas hacerlo crecer en amor, y aunque es necio para soltar no aguanta la dificultad. No confundas a mi hermano con tu estima, tú sabes que no deberías sentirte de esta manera. No le quites la oportunidad de tener un hogar, recapacita tus intenciones. No es justo para Mario, ¿acaso no ves eso?

Abatido de escucharle decir todo aquello, el capitán se frota la frente tratando de entender lo que puede hacer—…yo no puedo alejarme de su amistad.

La calma de su amigo se quiebra. —¡Basta de tu necedad! Mira cómo eres de egoísta. ¿Por qué no te das cuenta de lo que haces? ¡Si le tienes cariño, entonces deja de faltarle el respeto como hombre! No le causes arrepentimiento ni dolor, con el tiempo y si sigues con esto, también lo verás.

Al capitán le crece la decepción y la tristeza, e intentando contestarle ve a su amigo alterarse aún más.

—¿Por qué no te largas a otra tierra y dejas a mi hermano en paz? Deja este capricho tuyo, Mario merece una buena vida.Lo que tú sientes no es más que un cariño que confundes porque tú estás solo, eso no es el amor que buscas ni que necesitas. Mario no te quitará esa soledad, él ahora solo te sirve para aliviar tu vacío de no tener a nadie porque él es bueno contigo. Pero la estima que le tienes, ¿realmente te satisface? No te encapriches más y busca a alguien a quien tú puedas amar de verdad. El cariño que sientes por Mario no es como tú lo quieres ver, recapacita. Este interés que tienes por los hombres es algo pasajero, así que no te confundas —le dice incisivo. —Ya verás que cuando te enamores de una bella mujer, sabrás que ese interés no era más que una distracción. No sigas de esta manera porque el gusto que tienes podría causarte arrepentimiento. No desperdicies tu vida así, ni se la desperdicies a mi hermano. Regresa a la capital, vete a casa y forma un hogar.

El capitán, al comprender que no puede hacer nada porque su amor ya ha sido descubierto, al sentirse defraudado y despojado de toda la amabilidad que su amigo le ha brindado, y al saber sobre la reciente hostilidad en la que está, le sale una tenue voz. —…yo entiendo lo que dices, pero y si Mario quiere estar conmigo, ¿qué va a pasar?

—Él simplemente entrará en razón porque ya debe saber que no tiene ningún futuro junto a ti. Él no es como tú, no tiene esa necedad. No insistas más y aléjate de mi hermano. Es mejor que no vuelvas más por aquí porque no te creo capaz de verlo sin esas intenciones que tienes, si vienes otra vez me estarás forzando a agredirte. Solo vete que nosotros no necesitamos pasar por todo esto.

Despechado, el capitán queda parado en la sala viendo a su amigo meter en una bolsa el recuerdo que le dio a Mario para pronto sentir como sus manos son tomadas con fuerza para que la agarre.

—Vete de nuestras vidas.

El capitán le escucha decir mientras que, con dolor e ira, se afronta al resentimiento de su amigo y a la humillación que se le ha dado al amor que tiene con Mario. Nadie iba a ultrajar ese cariño que ambos se tenían, solo su querido Mario y él mismo podían hacerlo. Si alguien se atrevía a maltratar ese cariño, entonces el capitán lo defendería porque ya estaba cansado de aguantar en silencio. Agarrándole la camisa al hombre que con rabia lo ve, dice con áspera voz una sola vez.

—No vuelvas a hablar tan descaradamente del amor que le tengo a tu hermano. ¿A ti quién te dijo que puedes recriminarme la vida? ¿Te ves muy importante en mi vida como para que creas que puedas hacerlo? — sujetándole la camisa con más fuerza lo mira fijamente. —A ti no te causa gracia que tú que te desvives por tus bellas mujeres, ¿ni siquiera has podido formar un hogar? ¿Acaso no te sientes inútil por ser incapaz de conseguir a alguien que te ame? ¡¿Acaso no te estás faltando el respeto como hombre?! Si de amor se trata, yo lo he vivido mucho más que tú. Y si vuelves a hablarme como lo acabas de hacer, entonces me forzaras a refregarte mi felicidad.