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Summary

Cualquiera con sentido común sabe que las acciones tienen consecuencias, pero ¿Quién puede medir qué tan graves serán dichas consecuencias? Después de haber hecho cosas horribles, Segundo se encuentra en lo más bajo de su vida, y ahora debe volverse a levantar. Aunque claro, no será fácil porque no solo debe lidiar con sus malos hábitos, sino también con descubrir secretos familiares y… ¿Cómo que su nuevo vecino es un camboy?

Status
Ongoing
Chapters
46
Rating
3.0 1 review
Age Rating
18+

I

Su padre le dio buenos genes, su madre por el otro lado, le enseñó a usarlos, y también le enseñó a sobrevivir. De entre todos los niños raquíticos de su barrio, él siempre destacaba, era el más grande, el más macizo y el más atractivo, bien se lo decía su abuela cada vez que entraba a su oscura y pútrida habitación:

‘Lo único bueno que hizo tu padre fue mejorar la raza.’

Y llegados a ese punto de la vida, parecía ser el caso. Poco después de su nacimiento y nombrarlo, simplemente desapareció; le habría gustado que al menos les hubiese dicho a ambos alguna excusa vaga del porque los dejaba, pero aquel ruso de pocas palabras, un día simplemente no regresó.

Su madre, siendo ilusa o tal vez estando en negación, asumió que lo habían asaltado, el asalto salió mal y que posiblemente su cuerpo lo encontrarían descompuesto en algún terreno baldío de la ciudad, cosa demasiado común pero tampoco encontraron nada.

De pequeño, le gustaba explorar esos terrenos abandonados, consumidos por el monte y el tiempo, armado simplemente con un palo y una bolsa; picoteando las cosas y con la ilusión de encontrar a su padre. ¿Era morboso buscar con tanto entusiasmo el cadáver de un hombre que realmente jamás conoció? No lo sabía y jamás se tomó la molestia de averiguarlo; sólo sabía que recordaba con alegría esos días en los que llegaba con algunos huesos, monedas y lo que podría considerarse ropa nueva.

Que ellos eran lo que muchos definen actualmente cómo ‘humildes’, no eran humildes. Ser humilde significa ser dado aun teniendo tan poco, pero recordaba, no con tanto cariño, cómo literalmente él peleaba con su madre por la comida que hacía la abuela.

La vieja podía tener la peor higiene que jamás conoció —incluso peor que la que se podría encontrar en el callejón en el que actualmente se encuentra tirado—, sin embargo, su comida era simplemente exquisita.

Su madre jamás se tomó la molestia de aprender a cocinar, ni de hacer algo realmente. La mujer solo contaba con que su atractivo fuese lo suficiente para atraer hombres que le dieran dinero sin mirar demasiado, sin ver que al fondo se encontraba un niño analfabeto y una vieja que tal vez se estaba pudriendo en vida.

Y gracias a que él mismo casi la mataba al nacer, los médicos decidieron cortarle las trompas para evitar algún riesgo a futuro. No había día en el que su madre no le recordase que casi moría por su culpa.

Era tan malnacido que incluso casi mata a su propia madre al nacer.

Sin embargo, cuando pegó su adolescencia, las cosas sorpresivamente mejoraron, ya no peleaba con su madre por la comida pues él era el que la compraba. Él decidía qué tanto comía cada quién.

Y le gustaba la sensación.

—Yo te di la vida y te di techo, carajo ¿Y así es cómo me pagáis? —le recriminó ella con la boca llena de pollo, insatisfecha con su ración.

—Y yo le di a abuela el pollo que te estáis comiendo —refutó sin mirarla, centrado en su propia comida, su abuela empezaba a perder el toque—. Así que cierra la jeta o me voy de la casa, ya verán ustedes que comen.

¿Estaba siendo un cretino? No, simplemente le estaba pagando con la misma moneda oxidada. Con el tiempo se acostumbró a tratarla de esa forma, y sólo cuando ella se portaba cómo él quería que se portara, es que podían convivir.

Compró un televisor con su tercera paga, los tres compartían el cuarto para distraerse de la realidad. Las novelas en secreto le gustaban, así cómo las películas viejas de acción; le regresaban a esos pocos momentos de felicidad de su adolescencia temprana.

Su jefe, que era un gay de closet, era un albañil que se lo llevaba a todos lados para hacer trabajos pesados, que junto con sus buenos genes, era demasiado atractivo para su edad según palabras de su antiguo jefe. Que fue con quien tuvo su primera vez, no fue ni mágica ni placentera; de hecho contrajo una infección de orina que casi lo mataba.

Que, por cierto, debía levantarse de ese callejón si no quería contraer una infección peor, pero su cuerpo seguía entumecido y los sonidos rebotaban violentos contra su cráneo y dolía.

Maldita fuese la resaca.

Recordaba su primera resaca mejor que su primera borrachera, ni siquiera sabía porque había terminado con la cabeza enterrada en el sanitario de una gasolinera, pero lo hizo. No recordaba ni con quienes había salido siquiera, estaba en una ciudad diferente y tardó cómo dos días en regresar a su casa.

Dónde su madre le recibió con gritos y con la noticia de que la abuela había muerto. La noticia dolió y se sintió vacío y sin razón de estar, ni de seguir allí. Casi poseído le dijo a su madre que iría a buscar a su padre.

La mujer lógicamente le tiró mil cosas en la cara, lo llamó traidor, escoria, egoísta y muchas cosas más. A él no le importó, decidió esa misma tarde que su nueva razón de vivir sería encontrar a su padre, ya fuese vivo o muerto.

¿Por qué? Ni idea, todavía la fecha y nunca se cuestionó esa meta, incluso cuando él mismo conoció al fin a su padre, aquel ruso que no dudó en abandonarles. Sabía, en aquel entonces, que había salido con intenciones de encontrarlo.

Cuando lo conoció, sus intenciones ahora eran de matarlo, el hombre no era ese tesoro que de niño pensó que encontraría, de hecho, tuvo que viajar al otro lado del mundo para hallarlo; gastó demasiado tiempo, dinero y energía.

Y lo que recibió no fue un cajón lleno de oro, sólo se encontró con un hombre que se parecía demasiado a él, que le hablaba en aquel maldito idioma de aquel maldito país, y que le ofrecía, en muy machucado español, dinero a cambio de favores.

Él estaba sin medio en una tierra inhóspita, claro que aceptaría cualquier tipo de dinero. Sólo que jamás pensó, que aquel viejo al que él no recordaba jamás haberle hecho nada, lo tiraría a un ring de boxeo clandestino dónde su rival era alguien que le doblaba el tamaño.

Tan solo tenía dieciocho cuando recibió aquella paliza. Aquel bastardo le tumbó demasiados dientes. Cinco, recordaba con exactitud. Cinco fueron las apuñaladas que le metió en la noche.

Le habría gustado pelear de forma honorable en aquel sucio ring, tumbarle los dientes con sus propios puños, pero aquello tomaría demasiado tiempo, y él jamás ha sido paciente.

Claro que, eso tendría sus consecuencias, recordaba a la familia de aquel imbécil, acorralándolo cómo si fuese una presa, dos hermanos y cómo cuatro primos estaban allí con cadenas y bates para matarlo y poco más.

Él peleó, cómo un animal salvaje infestado en pulgas y rabia. Recordaba haberle arrancado de un mordisco una oreja a alguien, agarrar uno de los bates y empezar a perseguirlos hecho un demonio. Su padre lo detuvo, le dio una paliza aún peor que la de aquel bastardo y lo tiró a un cuartucho, dónde había un saco de boxeo y unas pesas oxidadas.

En su idioma, le dijo:

‘Estarás aquí hasta que seas útil.’

Y a sus veinte, ya era un campeón en aquel mugriento ring. Le gustaba ser más grande y fuerte que los demás, le daba un status con el que únicamente había soñado. No necesitaba molestarse en aprender a lidiar con la gente, sólo debía mostrarse lo suficientemente amenazante para hacer su voluntad sobre los demás.

Disfrutaba aquella vida, y al igual que con su madre, aprendió a convivir con su padre. Aprendió a leer y escribir primero en ruso que en su idioma natal. Se pegaba las mejores borracheras, se conseguía a las mejores mujeres que ese mundo le podía ofrecer.

Aprendió también, que tenía demasiada familia paterna, aquel viejo le dijo que tenía nada más y nada menos que diecisiete hermanos; sólo cinco siendo de una sola madre y eran los más cercanos entre sí, pero cada uno de esos diecisiete hermanos habían tenido de tres a cinco hijos, y que estos hijos ya varios habían tenido hijos. Así que sí, tenía demasiados primos.

No dudó en preguntarle cuantos hijos tenía.

—¿Exactos? Difícil contarlos —se rio con aquella voz rasposa, la garganta destruida por el alcohol y el tabaco, él iba por el mismo camino; ya empezaba a sonar cómo su padre—. Aunque, los que más trato son Sergey y a ti, son los primeros que tuve si mal no recuerdo.

—¿Sergey? Pero tú te llamas Sergey —le contestó, confundido.

—Sí, él es Sergey Sergey Ivanov —explicó su padre más que divertido, recordándole aquella norma en Rusia que establecía que, los hijos si tenían segundo nombre, debía ser el nombre del padre—. Yo soy Sergey Stepan Ivanov.

No le costó demasiado unir los puntos, especialmente sabiendo que su nombre lo había escogido su padre y no su madre. Y en ese instante, hubiese preferido que su madre hubiese tenido más voz, y lo hubiese llamado Yonaikel Junior.

Sonaba muchísimo mejor a ser literalmente, el segundo Sergey.

Su padre estaba más que divertido con revelarle eso, con orgullo decía que era la única palabra que se había tomado la molestia de aprender en español. Él se rió para no arruinar el momento.

Ya luego vería cómo desquitarse.

Sólo que no anticipó que sería tan pronto, cuando perdió después de una racha de veintidós peleas ganadas. Fue una paliza, no asemejaba a la primera que recibió recién llegado pero definitivamente dolía más porque no solo habían coñaceado su cuerpo, también su orgullo.

Él era el campeón, él era la bestia del ring, él era el ganador, el mejor. Y allí estaba, igual de entumecido que ahora e incapaz de levantarse, procesando todo lo que lo había llevado a ese punto.

Él dejó el ring, dejando atrás su dignidad y orgullo. Cuando su padre lo confrontó, amenazó con encerrarlo de nueva cuenta en ese cuartucho, él reaccionó cómo siempre. Volcando a su padre, le rompió el brazo en el proceso, le quitó el dinero y se fue.

De todos modos, ya empezaba a aburrirse de esa vida. Escapó de Rusia y terminó en ese otro país, resulta que lo que pensaba era dinero en Rusia, en ese otro dónde la economía no estaba tan destruida, era simplemente sal y agua.

El dinero no le duró mucho, tal vez porque jamás aprendió a llevar una verdadera finanza, el punto es que terminó en las calles cómo un ladrón demasiado grande cómo para pasar desapercibido.

Duró así hasta que Ryan lo encontró, un rubio que estaba en los huesos, demasiado ingenuo para su propio bien pero con demasiado dinero haciéndole peso.

Su experiencia con él, fue buena—

—¿Ivanov? —la voz interrumpió su carrete mental, él simplemente levantó un poco la cabeza para ver quien le hablaba, era aquel gordo adicto a las donas ¿Qué hacía ahí? Recordaba haberse mudado de ciudad para evitar que aquellos fulanos sin nombre lo reconocieran—. No lo puedo creer, Agatha y Bob se tienen que enterar de esto—se burlaba aquella bola de cebo, buscando su teléfono.

Él era ágil y le gustaba presumir de ello, se levantó sin mucha gloria pero con la suficiente velocidad cómo para agarrar aquel aparato antes de que aquel idiota le tomara una foto, sabía que estaba en la mierda, de forma artística y real.

Se lo quitó sin mucho problema y lo guardó en su propio bolsillo, lo vendería después.

—Ya sabes cómo es —habló, su garganta dolía a horrores, observó la caja de donas que llevaba—. Y también me llevaré esas —las señaló con la mirada, aquel gordo con torpeza le entregó su cartera y la caja—. Fue bueno verte, Francis.

—Franccino —tuvo las agallas de corregirle. Bien, le daría un premio, abrió la caja, tomó una dona y se la metió en la boca. Ahora sí lucía cómo un buen cerdo relleno.

—Que la disfrutes —le palmeó el hombro y salió de aquel asqueroso callejón, al menos ya había conseguido el desayuno.

Caminó ganándose la mirada de algunos curiosos, claro que parecía un vagabundo, se había intoxicado y había ido a parar en algún lado de aquella enorme ciudad, eventualmente regresaría a su apartamento.

Sino, bueno, tampoco le quedaban demasiadas cosas más allá de las pocas que tenía encima. Llegó a un minimarket, estaba un poco vacío; mejor así. Tomó un display de cerveza, una botella de agua y se acercó a la caja, rascándose un poco la barba que ya tenía descuidada.

Observó con ocio los tintes de cabello que se encontraban detrás de la cajera que facturaba algo nerviosa su lujosa compra. Ah, necesitaba teñirse, lucía demasiado viejo estando plagado de canas, y ni siquiera había llegado a los treinta.

Lo único malo de los genes de su padre.

—¿En cuánto el tinte? —preguntó, sabiendo que realmente no lo iba a comprar.

—En veinte —respondió la chica, embolsando las cosas—. La cerveza y el agua hacen cinco con noventa —pagó con la tarjeta del gordo y se marchó.

En el camino botó tanto la cartera cómo la tarjeta y se quedó con el efectivo. Bien, tenía dinero cómo para dos días más. Ya cuando se acabara, pensaría en qué hacer.