The Chance Of Holding You Near Me, Two Shot Omegaverse Larry Stylinson

All Rights Reserved ©

Summary

Harry es un omega que pensó conocer la felicidad, sin embargo, eso mismo que lo hizo sonreír un día, le dio la mayor de las tristezas. Lleva años en una solitaria rutina, cobijado por un hermoso y frondoso árbol en un precioso parque de Londres. Conocerá a un alfa que es todo lo que no necesita, alguien a quien a través de conversaciones descubrirá y junto a quien podrá volver a sonreír. Harry Omega Louis Alfa Dos capítulos más un extra

Status
Complete
Chapters
3
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

🌳 Diferentes Miradas 🌳


Harry cada tarde se sentaba en una banca de madera en un pequeño parque. Le gustaba ese lugar porque el asiento rodeaba a un gran árbol, y se llenaba de hojas al llegar el otoño. Era su rutina para siempre, incluso el fin de semana aunque no trabajaba de nueve a cinco, cargando las cajas con pedidos que recibe la cafetería en la esquina de la siguiente cuadra.

Media hora estaba en ese sitio que ya es suyo por derecho, porque lo ha marcado con su presencia, con su dolor, con sus lágrimas y con su indiferencia. Treinta minutos que eran su tiempo de colación, aunque nunca comía, ni siquiera tomaba agua.

Solo se sentaba a ver cómo el sol se movía de lugar, como el viento mecía las copas de los árboles, cómo las hojas caían, cómo el invierno se transformaba en cálida primavera.

Llevaba mucho tiempo siguiendo esa rutina, podrían ser dos años, quizás tres, pero para ser exactos, eran dos años y ocho meses.

Su aroma estaba agotado, apenas podía percibirlo y sabía que para los demás era casi imposible hacerlo. Como si importara, ni siquiera a él, porque estaba muerto en vida, porque sigue respirando dolorosamente, porque es un maldito cobarde que no se atreve a terminar con su vida descolorida y amarga.

De alguna manera encontró refugio en medio de la naturaleza, se sentía un poco acompañado, un poco menos solo, un poco menos triste. Podría haberse quedado ahí, y morir sentado, pero seguía intentando salir de su vacío

Muchas personas caminaban por el lugar, como en cualquier parque, y más de alguna tomó asiento a su lado, sin mirarlo, porque por lo general ocupaban el lado izquierdo, y así era imposible intercambiar miradas. Y pese a todo, Harry siempre hablaba.

Hace frío hoy.

La tarde está oscura.

Qué fuerte cantan hoy los pájaros.

Han regado temprano.

Y daba lo mismo su comentario, nunca había respuesta.

Tampoco la esperaba, a veces solo lo hacía para romper la monotonía de sus pensamientos que clamaban por salir en forma de dagas y herirse tanto que la muerte pareciera dulce en comparación.

Una hermosa tarde de primavera, llegó a sentarse como cada día. Había poca gente en el parque, seguramente debido a que hace poco habían comenzado las clases.

Casi al mismo tiempo que él, alguien se sentó cerca.

—Es una tarde más tranquila, —dijo, conversándole a la brisa.

Unos segundos de silencio, que fueron interrumpidos, sorprendiéndolo.

—Es cierto, muy tranquila para ser jueves.

Hizo un intento por conocer el aroma de este ser que había contestado sus palabras, pero no pudo identificarlo.

—¿Vienes seguido por aquí?

—No, es primera vez, me cambié de trabajo hace unos días.

Harry no siguió preguntando, no sabía qué hacer, se sintió fuera de lugar. Hace años no hablaba con alguien fuera de su trabajo y lo tomó por sorpresa.

El extraño interlocutor tampoco mostró interés en la conversación. Luego de unos minutos, se levantó y se fue, sin mirar atrás.

Dos días después, se encontraron sentados nuevamente, sin mirarse, sin siquiera notar la silueta del otro.

—¿Hola?

—Hola.

—¿Siempre estás aquí?

—Sí, hace mucho tiempo este es mi lugar, —contestó Harry mirando algo inexistente en el horizonte.

—¿Puedo preguntar por qué?

—Es una larga historia. Podría decir que es la única parte del día que disfruto de verdad.

—Vaya, eso es triste. ¿No tienes una pareja, un hijo? ¿Un hobbie?

—No...

Al visitante le llamó la atención el dolor que encerraba esa pequeña palabra. Su corazón se angustió, pero no sabía si seguir preguntando. —Lo siento si fui imprudente. Tiendo a ser bastante torpe, un poco frío tal vez... O indiferente, no me hagas caso.

—No te preocupes, está bien ser lo que eres...

—Es raro esto de conversar con alguien sin mirarlo, ¿no crees?

—Sí, lo es. Pero al mismo tiempo me parece una oportunidad increíble de conocer a una persona sin los prejuicios de la imagen.

—Eso suena como el típico comentario de alguien que no se siente seguro de cómo se ve.

—Esa es la típica conclusión de quien se siente muy seguro de cómo se ve.

—Tu voz suena a tristeza.

—La tuya a, no estoy seguro, ¿rabia? ¿Molestia? ¿Enojo?

—¿Adiviné?

—Sí, ¿y yo?

—También. Soy Louis, mucho gusto desconocido.

—Soy Harry, el gusto es mío visitante.

—Ahora que estamos en confianza, ¿puedo preguntarte algunas cosas? Digo, para hacer la visita más agradable.

—Puedes, pero será otro día, ya tengo que irme.

—¿Te gusta la pizza?

—Sí, con piña.

—No puede ser, ¿cómo te atreves? Eso es asqueroso.

—Siempre lo dicen, pero no por eso va a dejar de gustarme.

—Pues deberías cuestionártelo, quizás así tu vida comience a mejorar.

—Nunca lo pensé, puede que tengas razón. Adiós visitante Louis.

—Adiós desconocido.

Ninguno miró al otro, simplemente tomaron su camino hacia lados opuestos.

Al día siguiente, cuando Louis llegó, Harry ya estaba ahí.

—Hola, te traje pizza, —dijo poniendo una pequeña caja a un lado. —A riesgo de que no me quisieran atender, pedí que le pusieran piña.

—Eso fue un bonito gesto, gracias visitante. ¿Cómo estás hoy?

—Molesto como siempre. Ya sabes, problemas en el trabajo, con los omegas, con la vida en general.

—¿Qué pasa con tu trabajo?

—Me vine desde Oxford por una oferta laboral, donde se supone que tendría un mejor puesto y un mejor sueldo, pero ha sido un problema tras otro. Hay mala organización, no se respetan los compromisos ni los plazos... Creo que sería mejor devolverme a donde estaba antes.

—¿Por qué aceptaste la oferta?

—Quería un cambio.

—¿Cuál sería el sentido, entonces, de volver? Si me permites un consejo, y quieres salir de ahí, busca más opciones. Ahora estás en una ciudad más grande, puedes llegar a muchos más lugares. No tuviste miedo de salir, dudo que lo tengas ahora.

Hubo un silencio casi incómodo. —No sé cómo puedes leerme sin mirarme... Estoy escapando de hecho, de un mal amor, de un omega que me hirió.

—No es difícil de adivinar. Por lo general el amor nos provoca emociones profundas y extremas.

—¿Tienes a alguien? ¿Un alfa o un omega esperándote?

—No, pero lo tuve, tuve un alfa.

—¿Y qué pasó con él? ¿Me quieres contar tu historia?

—Sí, lo conocí en el laboratorio donde trabajaba. Tengo una maestría en epidemiología, y hacía investigaciones y esas cosas... —Habló con nostalgia. —Él era quien hacía el aseo, y nos hicimos amigos.

—¿No es extraño que un alfa esté en ese tipo de trabajo?

—¿Por qué? ¿Desde cuando los alfas tienen actividades específicas? ¿No pueden limpiar? ¿Cómo lo hace un alfa que vive solo? Tú por ejemplo.

—Yo hago lo que puedo, y no es por ofenderte, pero se les da mejor a ustedes ese tipo de labores.

—Sí me ofendes. Jamás pensaría que nuestras castas definen lo que estamos capacitados para hacer, y me cuesta creer que aún existan alfas que piensen como tú. ¿Qué opinión tienes de tu madre? ¿O qué opinión tendrías si tu padre fuera un omega? Tenemos las mismas capacidades, deberíamos tener las mismas oportunidades.

—Pero, no lo sé, cuando fuiste creciendo, ¿no te inculcaron que los omegas estaban mejor en casa, porque así no descuidaban a su familia?

—No, siempre me enseñaron que tenía el mismo derecho que un alfa, que no era mejor ni peor. Somos distintos pero buscamos lo mismo.

—Mi ex pareja pensaba como tú, pero creo que jamás le puse atención.

—Eso es algo que no entiendo. ¿Cómo puedes estar con alguien a quien no conoces? Lo digo en el sentido de que cuando lo conociste, cuando decidiste intentarlo, tú sabías cómo era él y lo que opinaba ¿o me vas a decir que esperabas que él cambiara cuando llevaran más tiempo juntos?

—Lo hice, estaba seguro de que así sería, de que entendería que yo no iba a cambiar de opinión y era él quien debía adaptarse.

—Me dan ganas de no volver a hablarte... Él te dejó, ¿verdad?

—Sí.

—Después de cuánto tiempo?

—Un año.

—¿Lo amabas?

—Supongo.

—¿Qué tipo de respuesta es esa? Amas o no amas, es algo que no admite dudas.

—Entonces no, no lo amaba.

—Ya me parecía... En fin, debo irme, se me hizo tarde. Gracias de nuevo por la pizza, estaba muy rica, no comía hace... años... Nos vemos...

—Que te vaya bien, adiós.

Fue la primera vez que Louis se cuestionaba su actuar, sus bases, lo que le enseñaron. Esas ideas de las que siempre estuvo orgulloso, que compartía con algunos de sus amigos, a los que no le importó dejar atrás y nunca volvió a llamar. ¿Por qué? Porque se había dado cuenta de lo vacía que eran sus relaciones, y en ese primer momento no le importó, pero justo ahora, le estaba provocando muchas preguntas que jamás imaginó hacerse.

Volvió a su departamento después de botar la basura.

Al día siguiente, Louis estaba ansioso, necesitaba saber qué había pasado con el alfa de Harry.

—Hola visitante, ¿cómo estás?

—Hola desconocido, estoy bien. ¿Tú?

—Cansado. Tuve que cargar muchas cajas esta mañana y me duele la espalda.

—Pensé que seguías trabajando haciendo investigaciones.

—Ya no, hace años ya no...

—Sé que no nos conocemos, y que puede que creas que soy un chismoso, pero necesito entender por qué ha cambiado tanto tu vida...

Aunque Louis no podía verlo, Harry bajó la mirada y una conocida angustia lo abrazó. —Quedé en que él hacía el aseo y yo investigaba. Yo le pedí la primera cita, lo llevé a bailar.

—¿En serio? ¿Y él aceptó?

—Estaba feliz, me dijo en pleno baile que le había encantado que yo fuera quien lo invitó, porque él no se atrevía aunque yo le gustaba. Tuvimos muchas salidas, todas muy sencillas. Íbamos a caminar, por un helado, a veces solo nos quedábamos sentados en la parada del autobús comiendo manzanas.

—¿No querías algo más? ¿Salidas a cenar, joyas, flores?

—Quería estar con él. Las flores y las joyas y todas esas cosas me las podía comprar yo. Pero verlo sonreír, escucharlo hablar, la ansiedad de saber que nos íbamos a ver... Eso era lo que amaba, porque me enamoré muy rápido, y siempre se lo hice saber.

—¿Te declaraste primero?

—Por supuesto. Le pedí que fuéramos novios, no quería un cortejo, y también se lo dije. Necesitaba besarlo, acurrucarme entre sus brazos, y descubrir desde ahí si podíamos dar el paso para un cortejo, o pensar en una marca.

—Es curioso... —Dijo con pena. —Mi ex alguna vez me planteó algo parecido, pero lo encontré ridículo... Creo, ahora lo veo, que siempre fui muy rígido... Debería haberlo escuchado más. Lo siento, no quería interrumpirte.

—No te preocupes... Fuimos novios un año antes de ir a vivir juntos, éramos muy felices. Lo único que me molestaba a veces, eran sus amigos. Muchos del tipo: eres el alfa y debes mostrar tu valía, y tu “poder”. Cuando estábamos solos era todo hermoso, pero apenas estaban ellos... Se empezó a comportar distinto, y después se disculpaba. Me pidió que dejara mi trabajo porque era mucho para mí y él no podía alcanzarme, lo hice, no lo dudé, siempre lo entendí. Empecé a aceptar lo que decía, solo quería verlo feliz, hacerlo feliz, que fuera feliz...

Louis suspiró. —Yo siempre fui como tu novio entonces... No, era como sus amigos, siempre hice esos comentarios, de la importancia de mantener la distancia entre castas porque por algo existían... Recuerdo cuando uno de mis amigos dejó embarazada a su omega, le di una charla de qué no hacer. No cocinar, no lavar, no ayudar, porque para eso él los mantenía y ella debía poder con todo... Volví a interrumpir, perdón.

Harry en su soledad sonrió sin ganas. —Está bien, de todas maneras ya debo irme. Me queda mucho por hacer.

—Tómate un antinflamatorio y ponte algo caliente en esa espalda. Nos vemos.

—Nos escuchamos visitante, adiós.

Casi una hora estuvo Louis sentado en soledad, en el mismo sitio. Había pedido la tarde libre, no se sentía capaz de seguir trabajando en ese lugar. Pero ese, era el menor de sus problemas. Podría parecer apresurado o incomprensible que estas conversaciones tuvieran algún tipo de influencia en su ser, pero lo hacían.

Había salido de su ciudad natal porque no toleró que su omega lo dejara. Sintió su orgullo pisoteado, y ahora entendía que era eso lo que le dolía, su mal entendida hombría, su valor como alfa. No le dolía haber perdido el amor de quien, estaba seguro, era un omega maravilloso, ni su relación. Siempre se trató de él mismo.

Llevaba algunos meses cuestionándose, y haber cumplido 35 años le agregó presión a su vida. Se miraba y no tenía nada, nada valioso. Solo una abultada cuenta en el banco que en este momento no le entregaba la tranquilidad que siempre pensó le daría. Cuando era más joven, un dulce alfa de quince años, soñaba con tener una hermosa familia, sentirse amado y amar incondicionalmente a su omega. Pero todos esos pensamientos fueron aniquilados por su padre, y su obligación de ser un alfa perfecto, serio, egoísta, superior. En otras palabras, un miserable y despreciable hombre.

Ahora comenzaba a entender esa amargura que rodeaba su vida y sus acciones, esa voz escondida que le susurraba que lo que sentía y lo que decía no estaban en sintonía. Tomó una decisión y caminó hacia su trabajo, y luego hasta su departamento.

A la misma hora de siempre llegaba Harry, con su caminar pausado y su mirada perdida, a tomar su lugar. Un minuto después llegó Louis.

—Llegaste temprano, —dijo el omega.

—Me gusta hablar contigo, quiero saber qué sigue en tu historia, porque... —Se detuvo, no sabía si era buena idea decirlo.

—¿Por qué? ¿Te hace cuestionar tus acciones?

Louis sonrió. —Sí, me he cuestionado mucho, es la verdad.

—Me alegra. Creo que es parte importante de conversar, el poder llevarte un poco del otro.

—Suena bien. Ahora sígueme contando, por favor.

—Llevábamos un año y medio viviendo juntos cuando quedé esperando un cachorro y fui el más feliz del universo. Cuando le conté, me besó sin cesar, se reía, estaba encantado con la noticia. Mi embarazo fue maravilloso, me cuidó... Bueno, lo hizo la mayoría de las veces, de lunes a viernes, porque el fin de semana estaba con sus amigos. ¿Puedes creer que recién me doy cuenta? Cuando nació mi bebé, pensé que nada podría quitarme la felicidad, supe y entendí lo que era el verdadero amor, uno sincero, profundo y que sería eterno.

—¿Cómo era tu bebé cuando nació?

—El bebé más hermoso del mundo, era un pequeño alfa con aroma a pino fresco... Lloraba muy poco, dormía mucho, se alimentaba bien. Cuando estaba despierto era muy tranquilo...

—Hablas de él con mucha alegría, —comentó sonriendo Louis, pero no tuvo respuesta y algo se apretó en su pecho. —¿Estás bien?

—No, no lo estoy, yo... No he hablado de esto hace mucho tiempo...

—No es necesario que lo hagas, no te sientas comprometido.

—Quiero hacerlo, porque, ¿sabes? Me haces sentir confiado, como si pudiera contarte todo y sé que me vas a escuchar, más allá de tus propias creencias...

—Lo hago, es como si de alguna manera, ahora pudiera verte a través de tus palabras y de tu historia.

—Bien... Cada vez más seguido, quien era mi alfa pasaba menos tiempo con nosotros. Me acostumbré a que ni siquiera le hablara al bebé, notaba que no le importaba. Al contrario, le empezó a molestar cuando me buscaba para tener intimidad y yo me negaba, porque, ¿qué pensaba? ¿Que iba a dejar a mi cachorro a un lado para estar con él? No, no lo iba a hacer.

—Lo pensaba porque era tu deber ¿no? Eras su omega, prácticamente debías estar a su servicio... Y pensar que le hubiera encontrado la razón...

—Eso me dijo una noche, que mi deber era estar siempre dispuesto. Fue la primera vez que peleamos, porque no aguanté su mal humor. A esa altura había cambiado demasiado y yo ya sabía que no había un futuro juntos.

—¿Te separaste?

—Sí, y eso me cambió la vida.

—Para bien supongo.

—Cuando le dije que ya no soportaba más, —disculpa, dijo sacando su celular para contestar. —¿Sí? Está bien, voy para allá. —Colgó y se guardó el teléfono. —Lo siento, debo irme, hay una urgencia en la cafetería.

—¿Necesitas ayuda?

—No, pero gracias. Nos vemos vecino, —dijo con gracia.

—Adiós conocido.

Esa noche, mientras Harry y Louis pensaban en sus vidas, se desató una tormenta de viento y lluvia, bastante fuerte y anormal para esa época en Londres. Cuatro días pasaron en que ninguno pudo acercarse al parque, porque algunos árboles habían caído y debido al mal estado del tiempo, se demoraron en limpiar y despejar.

Fue un día domingo cuando todo volvió a la normalidad. Una vez más, Harry fue el primero en llegar.

—Hey, extrañé nuestras conversaciones, —saludó Louis, dejando un café a mano de Harry.

—Gracias, también las extrañé. ¿Cómo estás?

—Bien, renuncié al trabajo ese que me trajo hasta acá, y estoy postulando en tres excelentes opciones.

—¡Eso es muy bueno! ¿Qué te hizo tomar esa decisión?

—Tú, bueno, lo que hemos hablado. Salí de toda mi zona de confort, dejé todo atrás, no iba a devolverme porque sería retroceder. Y ahora que decidí seguir, entiendo que no hay nada que me pueda hacer volver a Oxford.

—Me siento orgulloso, en serio. Gracias por contarme y hacerme parte, —sonrió con todo su cuerpo.

—Se siente bien compartirlo.

—Creo que ya no tengo más escapatoria, voy a retomar la historia. —habló después de un breve silencio. —Le dije que me iba a ir, que ya no podíamos seguir, que ya nuestra relación no era buena y que mi primer deber en ese momento, era cuidar a mi bebé. Se alteró mucho, gritaba, jamás pensé verlo así y de pronto, recordó algo que le dijo uno de sus amigos, que seguramente ya tenía a otro e incluso, que lo más probable es que él no fuera el padre...

—¿Qué sentiste?

—Estaba sin palabras. Jamás le falté, ni siquiera con el pensamiento, yo lo amaba con todo mi corazón, pero no fui capaz de negarlo, porque estaba en shock. Cuando me di cuenta, él estaba saliendo descontrolado a la calle, y llevaba a mi bebé en brazos... Corrí lo más rápido que pude, pero, yo, no...

—No sigas, no sigas...

—Él no se dio cuenta, al pasar por una avenida peligrosa, que venía un auto demasiado rápido y... no alcanzó a esquivarlo... Vi, segundo a segundo, cómo fueron arrollados, cómo el cuerpo de mi cachorro...

No pudo seguir, las lágrimas no lo dejaron.

—Harry, ¿puedo acercarme?

—No, no te preocupes... Creo que nunca podré hablar de eso sin llorar, porque es lo más horrible que me ha pasado, y... dame unos minutos.

—Tranquilo, yo espero lo que necesites.

Casi cinco minutos después, Harry ya estaba mejor. —El café fue justo lo que necesitaba, —dijo suspirando.

—Me siento contento por eso. Pensé en traer solo agua, pero una bebida caliente siempre reconforta más.

—Así es...

—¿Qué pasó después?

—Mi bebé murió en el lugar... Lo recuerdo como si fuera ayer, se supone que no debía hacerlo, pero lo envolví en mis brazos y mi lado más racional, hizo que me despidiera... Le dije que mi amor lo iba a acompañar siempre y que no tuviera miedo, que le agradecía por haberme elegido y que jamás dejaría de llevarlo en mi corazón...

Louis solo sentía sus lágrimas caer, una tras otra, tibias y amargas se deslizaban.

Ese día no hubo una despedida, Harry simplemente se fue, y Louis se quedó por horas en medio de la soledad y el frío que empezaba a asustar a los visitantes del parque.

¿Cómo, se preguntaba, un comentario podía provocar un descontrol así? Era casi una rutina para él poner en duda la paternidad de sus amigos, jugar en la mente de todo quien estuviera a su alcance... Incluso de Vick, su ex omega, a quien le dijo más de una vez que podría reemplazarlo fácilmente y que siempre era probable que lo engañara... ¿Cómo pudo comportarse así? ¿Cómo pudo vivir así? Le dolía la cabeza, el pecho, el cuerpo y su pasado; le dolía su ignorancia y su maldad, su indiferencia y su falta de honorabilidad, de decencia, de valor.

En un acto impulsivo, se levantó y corriendo fue hasta la estación de taxis. Se demoró poco más de una hora en llegar a Oxford, y diez minutos más en estar afuera de la casa de Vick.

Dos horas después, estaba de vuelta en su departamento, agradecido de haber cerrado un capítulo de su vida.

Al día siguiente, Harry no llegó. Tampoco los próximos dos días, y lo extrañaba. En un acto atrevido, fue a preguntar por él a la cafetería, y le dijeron que había pedido tres días de licencia porque estaba enfermo. Se maldijo por no haberle pedido el número, no se lo quisieron dar tampoco.

Al llegar un nuevo día, Louis iba muy ansioso por hablar con su amigo, porque ya eran amigos, ¿verdad?

Pero cuando iba saliendo, lo llamaron para una entrevista de trabajo y no tuvo más remedio que desviar su camino y aunque fue un trámite rápido, y corrió, no logró llegar a tiempo.

Esa noche, en su cama, se dio cuenta de lo fácil que le resultaba ser él mismo con Harry, de que a pesar de algunas diferencias que hubo entre ellos, se sentía aceptado y valorado. Estaba seguro de que no podría olvidar su pasado, y no quería hacerlo, porque sería su base y fortaleza para no volver a eso, para seguir mejorando cada vez más. Extrañaba la voz tan pausada de Harry, esos silencios que hacía, como envolvía sus palabras con emociones y tan solo las dejaba fluir.

¿Cuál sería el aroma de Harry? ¿Cómo serían sus ojos? ¿Su boca?

¿Le importaba realmente?

No.

Nada.

Ni un poco.

Le bastaba con saber que a pesar de estar desgarrado de dolor, seguía en pie, aunque fuera a medias; le bastaba con saber que era capaz de amar profundamente y de volver a confiar.

La pregunta que se hacía a medianoche y al levantarse, era ¿le bastaba para qué?

No tenía una respuesta para eso.

Y por ahora, no la necesitaba.

No sabía bien por qué, pero ese día se bañó, vistió y arregló con un poquito, solo un poco más, de esmero. Extrañamente pudo sentir su aroma, sabía que aún no lo recuperaba del todo, pero tranquilizó a su corazón. Siempre fue admirador de su olor porque era muy particular, y llamaba la atención, aunque lo que más le gustaba, es que no era para todos. El ámbar, con su base terrosa, sus notas especiadas y el toque de miel era privilegio de muy pocos.

¿Le gustaría a Harry su aroma?

No quería parecer ansioso, pero llegó una hora antes, y se dedicó a leer una novela de suspenso que había descubierto en su maleta.

Estaba muy concentrado, cuando una voz lo interrumpió y del susto llegó a saltar en su asiento.

—Lo siento si te asusté, ¿lo hice?

—Por todos los santos Harry, casi me matas, —contestó con su mano en el pecho.

—De verdad lo siento, ¿estabas concentrado en algo?

—Estaba leyendo, es una historia de suspenso y estaba en una parte muy reveladora... ¿Cómo estás? Supe que estabas enfermo.

Harry sonrió con timidez. —Me dijeron que fuiste a preguntar por mí... Gracias por preocuparte.

—Pensé que debería tener tu número, porque, no lo sé, si necesitas algo, o quieres conversar o lo que sea... Pero, ¿estás bien?

—Era el aniversario de muerte de mi cachorro. No soy capaz de levantarme un día antes ni un día después.

—Lo siento mucho, en serio. ¿Hay algo que pueda hacer por ti?

—Ya lo haces, con que sigas viniendo a conversar con un desconocido aburrido y triste...

—No lo eres, pero toma, —dijo acercándole su tarjeta de presentación. —Puedes llamarme a cualquier hora, lo digo en serio.

—Gracias... ¿Quieres que siga contándote?

—Por supuesto.

—Unos minutos después llegó la ambulancia, y subí en ella con mi bebé. Constataron su muerte en el hospital, y tuve que hacer los trámites para sepultarlo. Mis padres viven en Estados Unidos, no tenía tiempo de avisarles ni de esperarlos, estaba solo. Era mi cachorro, el sepulturero y yo.

—¿Y qué pasó con él, con ese alfa?

—En ese momento no lo sabía, pero estaba también en el hospital. Lo supe cuando salí del cementerio y sus amigos me llamaron para que fuera a verlo, porque estaba muy grave.

—¿Lo hiciste?

—Sí, fui a verlo.

—¿Por qué?

—Era necesario para mí. Cuando llegué a su lado me pidió perdón, me dijo que me amaba, que había actuado mal, que jamás se perdonaría por la muerte de nuestro hijo.

—¿Lo perdonaste? —La voz de Louis sonaba a indignación.

—Claro que no. Le dije que nunca, ni en esta vida ni en ninguna otra lo perdonaría, que era un maldito infeliz y que ojalá no se muriera, para que tuviera que vivir con la culpa hasta el último de sus días. Se lo dije llorando de la rabia, a él, a sus amigos y a quien quisiera escucharme. Fui al que era nuestro departamento, que siempre fue mío porque yo lo había comprado, y saqué todas sus cosas y las dejé en la basura. Lo vendí en menos de una semana y me vine a Londres. Una semana estuve sin comer, sin hablar, solo lloraba, no podía dejar de ver a mi bebé muerto, pensé que iba a morir de la pena...

—Harry... ¿Pudiste llamar a tus padres?

—Lo hice, pero solo les conté, no les dije dónde estaba ni ningún detalle... No podía, no en ese momento. Pude hacerlo un mes después, y querían viajar, pero no les dejé venir. Nunca he podido verlos, siento que me voy a desmoronar por completo, que a pesar de mi edad van a querer protegerme...

—Pero Harry, no quiero entrometerme, pero creo que es exactamente lo que necesitas. Amor de verdad, incondicional, que te hagan mimos...

—Lo sé, pero me aterra... ¿Y si el avión se cae? ¿Y si luego les pasa algo? ¿Si los pierdo?

Louis solo se quedó en silencio. Él nunca sintió miedo de perder a alguien, y se sintió vacío, pero no podía decirlo. —No entiendo tu miedo, pero al mismo tiempo lo hago... Creo que es normal sentir eso, que te va a pasar cada vez que formes un lazo con alguien, pero... a riesgo de que te molestes, ¿has pensado en tomar terapia?

—Lo pienso todos los días, pero no quiero, no me siento preparado... Quizás algún día...

—Ojalá sea pronto, creo que te lo debes... ¿Has sabido algo de él?

—Está en silla de ruedas, paralizado desde el cuello hacia abajo. Tuvo que volver a vivir con su mamá, y ella de vez en cuando me llama para pedirme que vaya a verlo y me pueda pedir perdón.

—¿Crees que puedas hacerlo alguna vez?

—No. Ni antes, ni ahora, ni en cien años voy a olvidar a mi bebé, ni todo lo que pasó. Nunca me necesitó, no le hace falta mi perdón, solo le serviría para calmar su conciencia, pero yo no lo perdono.

Lo más impactante para Louis, fue escuchar la tranquilidad de Harry al decir eso. Parecía que no hablaba desde el odio ni del dolor, aunque tendría todo el derecho a sentirlo.

—Es en estos momentos en que quisiera poder acercarme, porque siento que las palabras son muy frías para abrazarte o darte calor.

—Hace mucho que no recibo un abrazo, tal vez algún día me concedas ese privilegio. Nos vemos Louis.

—Adiós Harry.

Louis se estaba frustrando. Necesitaba más de Harry, esa media hora se le hacía espantosamente corta, aunque nunca le ha preguntado por qué el fin de semana también conversaban por ese lapso de tiempo. Le preguntará la próxima vez, solo esperaba que el mal tiempo diera una tregua y esas nubes negras y oscuras se alejaran.

Pero no ocurrió. Duró solo una mañana, pero causó estragos importantes.

Al día siguiente estaban reparando las rejas exteriores del parque, por lo que había un letrero que avisaba que estaría cerrado por tres días y Louis sabía que no iba a soportar.

Empezó a trabajar en una oficina gubernamental, evaluando y gestionando riesgos, desarrollando estrategias de inversión y analizando el mercado. Era economista, con mucha experiencia y en ese primer día, pudo notar que dejar el otro lugar fue de las mejores decisiones de su vida. La diferencia era abismal.

Esa noche, mientras leía, después de arreglar su ropa y la despensa, recibió una llamada. Contestó sin mirar, porque estaba preocupado de que no se le cayera el pastel que tenía en la mano, con mucha crema y azúcar.

—¿Hola?

—Hola... Soy Harry...

Y el pastel cayó en su ropa, en la cama, y llegó hasta el piso haciendo un desastre, pero no podría importarle menos.

—Harry, ¿cómo estás? Qué bueno que me llamaste.

—Estoy bien, ¿cómo estás tú?

—Bien, quería contarte que empecé a trabajar en otro lado, y es tan diferente, estoy mucho más tranquilo, es todo distinto...

—Me encanta que el cambio haya sido para mejor, estoy seguro que te lo mereces, pero nunca te pregunté en qué trabajas.

Soy economista.

Interesante, no entiendo nada de ese tema, nunca lo hice.

Puedo enseñarte, si quieres. Por lo menos a cuidar tus finanzas.

Eso sería muy bueno... Louis, yo...

¿Qué pasa? Me asustas.

No, no te asustes, es que yo estuve pensando en lo de la terapia, pero no sé dónde buscar. ¿Crees que puedas ayudarme?

Por supuesto que sí. —No tenía idea de cómo hacerlo, pero aunque tuviera que inventar un modo, lo haría.

Gracias...

¿Puedo preguntarte algo? Nunca alcanzo, no tengo tiempo suficiente, pero el fin de semana que no trabajas, ¿por qué nuestras conversaciones duran lo mismo que en la semana?

¿Lo hacen? No lo había notado, supongo que mi cuerpo tiene un reloj interno... Algo así. ¿Quisieras que conversáramos más?

—Sí, he aprendido mucho, y me gusta escucharte, tu voz en un poco hipnotizante, me gusta.

—A mí me gusta la tuya, aunque cuando hablas muy rápido me cuesta entenderte, —rio suavemente, haciendo explotar con su musicalidad la mente de Louis. —¿Puedo llamarte mañana?

—Cuando quieras, a la hora que quieras, estoy feliz de que lo hayas hecho.

—También yo, hasta mañana Louis.

Buenas noches Harry, descansa.

Los dos se quedaron algunos minutos mirando sus teléfonos, se empezaba a sentir bonito.

Cuando Louis despertó, había un mensaje esperándolo.

“Buenos días Louis, quería desearte un lindo día”.

Jamás sabría el tiempo que le costó a Harry decidirse a hacerlo. El omega no quería parecer insistente, ni dejar al descubierto lo que empezaba a sentir.

“Gracias, espero que también tengas un buen día. Te dejo un abrazo, y espero nuestra conversación en la noche”.

El día pasó lento, como siempre que necesitas que corra. Pero la noche llegó como siempre, con su oscuridad, con frío, con soledad en ellos.

Harry, con una cálida taza de té, y Louis con una de café, esperaban frente a sus teléfonos, sin atreverse a ser quien llamara. Pero como la hora avanzaba, y ninguno se atrevía, Harry tomó la iniciativa.

—Hola, ¿estás ocupado? —Preguntó nervioso.

No, la verdad... Estaba esperando, no quería molestarte, por eso no llamé yo... Pero, dime ¿cómo estás?

Agotado, hoy fue un día de demasiado trabajo, tuve que cargar el doble de cajas.

¿No vas a volver a trabajar en las investigaciones?

No puedo... No todavía... —Su voz sonaba muy triste.

Lo siento, fui imprudente otra vez, no me debes explicaciones...

No, no te preocupes. Creo que, tal vez si logro avanzar con la terapia, pueda sentir menos ansiedad de retomar mi trabajo...

Menos mal me recuerdas, tengo un dato de una muy buena psicóloga, es especialista en duelos. Te voy a mandar su contacto para que veas si te sientes a gusto.

¿En serio? ¿No sabes cuánto cuesta una sesión?

¿Tienes problemas económicos?

No, pero estoy ahorrando para poder sacar a mi bebé del cementerio y traerlo conmigo.

Entiendo, y no sé cuánto cobra, pero esperemos que no sea muy cara. Te va a hacer muy bien, estoy seguro.

Eso espero. Debo irme, me duele mucho la espalda y tomé una pastilla que me da sueño.

Ese trabajo no es para ti, te estás lastimando Harry... Intenta descansar, ¿sí? Hasta mañana.

Buenas noches Louis, gracias por preocuparte.

Louis quedó con un mal sabor de boca. Harry merecía más, recuperar su vida, no estar pasando precariedades, ni pensando si le alcanzaba el dinero.

Apenas despertó Harry, sintiéndose atontado por la medicina, recibió un mensaje. Solo podía ser de una persona, de un alfa, de uno que le hacía sonreír en silencio. Abrió el mensaje mordiendo su labio inferior, y sentándose en la cama.

"¿Cómo amaneciste? ¿Cómo te sientes? ¿Puedes faltar al trabajo?”

“Buenos días Louis, amanecí un poco aletargado, tengo mucho sueño, pero no puedo quedarme en casa. Recuerda que hace unos día ya falté, pero voy a estar bien, te lo prometo”.

"Sí necesitas algo, lo que sea, por favor llámame. Que tengas un día tranquilo, un abrazo”.

"Gracias, también tú. Un abrazo para ti también”.

Los dos tuvieron un día quieto, un poco aburrido incluso. Hubo un accidente en la calle de la cafetería y se había cerrado el paso, por lo que la clientela disminuyó mucho esa tarde, algo que Harry agradecía.

Louis, aunque intentó tomarse su tiempo para sacar el trabajo del día, le quedó mucho tiempo libre, por lo que pudo aprovechar de hacer algunas llamadas. Tenía que ayudar a Harry de alguna manera.

Apenas oscureció, Harry ya estaba en su cama. Marcó rápidamente a Louis.

Hola Harry, ¿cómo estuviste hoy? ¿Cómo sigues de tu dolor?

Estoy mejor, hoy fue un buen día. Ya estoy acostado, voy a aprovechar de dormir temprano.

Me dejas más tranquilo, descansa entonces, —dijo un poco desilusionado.

¿Tienes que cortar ya?

No, pero necesitas descansar.

Pero tengo algo que contarte...

Harry... —Rio, —Pensé que tú querías cortar, yo quiero escucharte siempre... —Se arrepintió un poco de sus palabras, no porque no lo sintiera, sino que no quería asustar a Harry.

—Gracias, —contestó el omega, incapaz de borrar su sonrisa. —Mañana tengo mi primera sesión con Eliza.

—¿De verdad? Harry, estoy tan feliz... No te imaginas cuánto.

—Estoy emocionado, porque además, la sesión es muy económica. Dijo que estaba tomando pacientes nuevos por la mitad del precio normal.

—¿En serio? ¡Qué suerte! —Sería otra cosa que jamás confesaría, que él pagaría la mitad de la terapia.—No sé qué más decirte, porque te va a hacer tan bien, y me encantaría ser parte de este proceso...

Diez segundos de silencio entre ellos.

—Me encantaría poder tenerte cerca, escuchándome....

¿Era lo que querían? Sí, querían seguir en contacto.

¿De esa forma? No, necesitaban un poco más.

¿El problema? Es que cada uno estaba seguro de lo que empezaban a sentir, y les daría lo mismo la apariencia del otro y su aroma. Pero, tenían miedo de que el otro no reaccionara de la misma manera.

¿Qué podían hacer? ¿Intentar un acercamiento? ¿Y si salía mal? Tal vez era el momento, antes de que sus sentimientos se hicieran más profundos.

—Voy a estar siempre que me lo me permitas.

—¿Puedo preguntar algo? Perdón si estoy siendo muy curioso, pero la última vez que nos vimos, creo que pude sentir tu aroma... Desde la primera vez que hablamos me llamó la atención no poder notarlo.

Cuando llegué a Londres, lo primero que hice fue ir al médico para que me diera supresores. Nunca los había usado, pero lo que menos quería era llamar la atención de los omegas, estaba muy enojado y rabioso. Una semana usándolos y descubrí que me habían provocado un efecto permanente, dañando mi fuente de olor. El médico dijo que a medida que pasaran los días, y empezara a desintoxicarme, podría recuperar mi aroma, aunque no estaba seguro de que pudiera hacerlo por completo. Ese día, yo también lo sentí, aunque muy suave.

—¿Es ámbar?

—¿Lo reconociste? —Preguntó asombrado.

—Mi abuelo paterno tenía una combinación algo extraña. Olía a ámbar y a lavanda y me hizo reconocer cada nota por separado, creo que soy un experto. Podía distinguir todas sus emociones poniendo atención a su olor.

—¿Entonces te agrada?

—Me encanta, es un aroma que me provoca calidez, algo que parece hogar, cariño, familia.

—Eso es, muy lindo Harry. La mayoría de las veces recibí malos comentarios, aunque no me quejo, siempre ha sido un buen filtro, pero no te imaginas lo importante que es saber que te gusta, así podré abrazarte con confianza.

—¿De verdad quieres abrazarme? ¿Pese a todo?

—¿Qué quieres decir con pese a todo?

—Olvídalo, no era eso lo que debía preguntar...

—¿Seguro?

—Sí, debo irme, se me pasó la hora...

—Harry... Está bien, ya mañana podré escucharte en persona. Que descanses, hasta mañana.

—Buenas noches Louis.

Al día siguiente, Harry llegó primero. El parque se veía mucho mejor, habían recortado muchas ramas y arbustos y limpiado bien. Incluso pintaron su asiento de un marrón suave y acogedor.

—Hola, —saludó Louis.

—Hola... ¿Qué tal tu mañana?

—Mucho trabajo, hay que presentar proyectos y presupuestos al ministerio de economía y es algo muy serio y tiene que ser muy meticuloso. Nunca hice algo así, pero asumo que me gusta. ¿Y el tuyo?

—Normal, lo típico de cuando empieza el fin de semana, con más trabajo.

—¿Y tu espalda?

—No puedo mentirte, tuve que tomar doble analgésico esta mañana para poder soportar el día.

Louis se demoró en contestar, y prefirió cambiar el tema, no quería enojarse. —¿A qué hora tienes tu sesión?

—¿Te enojaste?

—Perdóname, no tengo derecho, pero es que Harry... No deberías estar exponiéndote en un trabajo como ese, te vas a enfermar, y no... Lo siento, me estoy entrometiendo demasiado, y no te lo mereces.

—Louis, es lo único que tengo en este momento. Aunque quisiera buscar un trabajo en laboratorio no es fácil, no me siento preparado y como sea, cargar pedidos me ha alimentado y pagado mi renta este tiempo...

—Lo sé, tienes razón, perdóname... —estaba agitado, molesto y con rabia. —Me voy, tengo que pasar a comprar antes de volver a la oficina.

Harry no le contestó.

Esa noche no hubo llamada, ni en la mañana un mensaje.

Harry llegó como todos los días, más allá de lo que pasara con Louis, era su rutina, y no estaba listo para dejarla ir. Estaba triste, pero con una tristeza que no pensó volver a sentir. Le estaba doliendo Louis, ese alfa que se había convertido en lo más bonito de su día y al que admiraba, y al que quería abrazar sin tiempo.

Louis no llegó, pero le envió un mensaje.

“No alcanzo a llegar, pero mañana lo haré... Lo siento, de verdad, no quiero que estemos así, ¿puedo llamarte en la noche?”

Y eso cambió todo su día.

"Estaba triste de no poder escucharte, voy a esperar tu llamada, que tengas una hermosa tarde”.

Lo esperaría toda la vida si Louis se lo pidiera.

Apenas salió Harry de su trabajo, corrió a su pequeño departamento para tener su sesión con Eliza. Las primeras veces serían online, hasta que se sintiera la confianza de hacerlo presencialmente.

Habló y contó todo lo que más me pudo, aun en medio de su llanto, de su rabia, de su destrozado corazón, lo hizo. Lo hizo porque sí, se lo merecía, porque ya no podía seguir así, porque se estaba muriendo en vida y porque debía intentarlo.

Eliza fue increíblemente dulce, amable y compresiva, y lo llevó sin que se diera cuenta, por miedos guardados y sentimientos escondidos. Fue una sesión especial de casi dos horas, que se sintió corta pero intensa. Debido a lo desgastante de reunión, se verían en dos días más.

Al llegar la noche, Harry aún estaba muy sensible, no había dejado de pensar en todo lo conversado, en todo lo que había dejado de sentir y que empezaba a aparecer. Sabía que nunca perdonaría a su ex pareja, pero de alguna manera pensó que no lo odiaba o que el tiempo había calmado ese sentimiento y se estaba dando cuenta de que no era así.

Estaba sumergido en sus pensamientos, desnudo, abrazado a su almohada después de haberse bañado con agua muy caliente. El sonido de su celular lo devolvió a la tierra.

—Lo siento...

Harry sonrió al escuchar la voz de Louis. —Está bien, no hay problema. ¿Cómo estás? ¿Mucho trabajo?

—Ha sido un poco abrumador, cuando pensé que estaba avanzando pidieron modificaciones y tuve que rehacer todo en la mitad del tiempo, no alcancé a almorzar y salí dos horas después.

—¿Pero pudiste avanzar? ¿O mañana tienes un día parecido?

—Según yo, debería bajar la intensidad. Solo espero que no quieran más cambios. Pero dime, ¿cómo estás? ¿Cómo estuvo la sesión con la psicóloga?

—Estuvo difícil, dolorosa, fuerte, triste... me siento extraño, muy frágil, muy vulnerable... Muy solo...

—¿Quieres que vaya a verte? Te juro que llego en cinco minutos.

—Gracias, muchas gracias... Pero no, no hoy, creo que ni siquiera soy capaz de levantarme a abrir la puerta.

—Lo entiendo, pero si me necesitas, aunque sea para llevarte un té, dime, no tengas vergüenza de pedírmelo...

—Lo haré... ¿Podrás ir mañana?

—Haré hasta lo imposible, es una promesa. ¿Cuándo verás de nuevo a Eliza?

—En dos días, porque ella dijo que había sido demasiado esta sesión. No me di cuenta pero fueron casi dos horas y dijo también que estaría demasiado sensible y debía recuperarme.

—Tiene sentido... ¿Crees que puedas dormir bien?

—No lo sé, pero voy a intentarlo.

—¿Quieres dormir ya?

—No, quiero escucharte un poco más...

—¿Quieres hablar de tu reunión con Eliza? ¿O prefieres cambiar el tema?

Quiero saber algunas cosas, no hemos hablado mucho de ti.

—Es cierto. ¿Qué te gustaría saber?

—¿Cómo conociste a tu ex omega? ¿Cuál es su nombre?

—Se llama Vick. Lo conocí cuando éramos niños, vivíamos a dos cuadras. Siempre lo encontré lindo, cuando lo conocí bien me pareció dulce, tierno. Era el omega perfecto según mis ojos, pero no hablé con él de ser novios ni nada hasta bastante tiempo después, porque aunque me gustaba, no quería amarrarme ni a él ni a nadie.

—¿Cuándo cambió eso?

—Cuando mi padre me dijo que ya debía sentar cabeza, y buscar con quien formar una familia. De inmediato pensé en él, porque recordaba que me pareció un omega muy tradicional y eso era suficiente. Lo invité a salir, comenzamos a tratarnos, y descubrí que era bastante más “moderno” de lo que pensaba, pero esperaba que cambiara al tener las responsabilidades de un hogar. En ese momento yo ya trabajaba, tenía un buen puesto, ganaba un excelente sueldo mientras él terminaba de estudiar para profesor. Una vez que se tituló, comenzamos a vivir juntos y fue cuando me di cuenta de que quizás las cosas no iban a funcionar, porque cuando llegaba de trabajar, él había estado trabajando también, y a veces llegaba más tarde que yo, entonces, no había una cena preparada ni estaban los platos del desayuno limpios. Cada vez me enojaba más, pero en vez de hacerlo yo, me iba con mis amigos.

—¿Y él te reclamaba?

—Claro que sí. Me decía que algunas veces él iba a hacer todo, otras veces tenía que hacerlo yo y otras entre los dos, pero mi mente de macho alfa estaba en desacuerdo. Recargué toda la responsabilidad en él, ni siquiera se lo agradecía porque era su deber.

—Y tus amigos y tu padre te aplaudían, ¿verdad?

—Por supuesto, era reconocido por ser un alfa con todas sus letras y mientras más humillaba a Vick, más “orgullosos” estaban de mí.

—¿Pensaron en ser padres?

—Yo esperaba en cualquier momento serlo, pero para que entiendas mi estupidez, ni siquiera sabía que tomaba anticonceptivos. Cuando le pregunté después de seis meses, por qué no quedaba embarazado, me dijo “en primer lugar, no lo hemos discutido y es una decisión de los dos, por lo tanto sigo tomando mis pastillas y segundo, no quiero hijos hasta por lo menos dos o tres años, porque necesito antigüedad en un buen trabajo” y creo que fue la primera vez que discutimos muy fuerte.

—¿Qué era lo que te preocupaba realmente?

—Lo que iban a decir de mí. Un omega embarazado era la confirmación de mi poder sobre él, y Dios, ahora me siento tan ridículo diciéndolo...

—Y después de eso, ¿cómo pudieron seguir?

—Por él, yo hasta el último momento pensé que mágicamente un día iba a despertar y ya vendría un hijo en camino, a pesar de que nuestra vida sexual después de eso se fue a pique.

—¿Por qué?

—Me da mucha vergüenza confesarlo... Yo le boté sus pastillas varias veces...

—¿Te das cuenta de lo violento que fuiste?

—Lo hago. Creo que incluso en ese momento lo sabía, pero estaba cegado. Algunos de mis amigos llevaban un mes con sus omegas y ya estaban esperando, y entonces comencé a hacer el tipo de comentarios... de esos...

—No es necesario que continúes... Creo que en este momento no podría soportarlo. Lo siento.

—Yo lo siento más... Descansa, adiós...

¿A cuál de los dos le dolía más?