Prólogo
Prólogo
6 de Marzo de 1666
El llanto de una fuerte y sana bebé alimentaba el pequeño hogar que habían formado aquellos jóvenes hace tan poco tiempo. La niña, recién nacida, veía intensamente a su madre con sus grandes ojos azules —iguales a los de su padre —y la mujer atesoraba ese momento con todo su corazón, mientras la amamantaba por primeva vez y tarareaba una hermosa melodía llenando de paz a la pequeña niña.
—Es idéntica a ti —le dijo el joven padre observando con total adoración el cabello oscuro de su hija —¿Cómo la llamaremos?
—No se me ha ocurrido nada aún —susurró con sinceridad, teniendo cuidado de no despertar a la bebé que reposaba tranquilamente en su pecho.
—He estado pensado en algunos nombres, pero hay uno en especial que no sale de mi mente —en silencio, esperó a que la madre de su hija asintiera —. Vinisha —dijo el hombre finalmente.
—Me gusta Vinisha —respondió la mujer, observando a la pequeña que en ese momento sonrió al escuchar el nombre.
Ambos se observaron en ese instante con una sonrisa y silenciosamente estuvieron de acuerdo. La pequeña Vinisha había llegado al mundo.
4 de Septiembre de 1666
El llanto débil de un recién nacido bebé retumbaba en las cuatro paredes de aquella habitación vacía y solitaria. Las bajas temperaturas hacían que ambos, la madre y el pequeño, temblaran de frío. La mujer como pudo tomó a su bebé del suelo entre sus piernas y trató de cobijarlo con sus propias prendas, rotas y desgastadas.
—Deja de lloriquear —sentenció aquel hombre desagradable a la pobre madre —. Calla ya al crío o tendré que hacerlo yo.
La mujer, asustada de lo que el hombre pudiese hacerle a su pequeño, trató de calmarlo como pudo. Amamantarlo fue difícil, pues se encontraba muy débil y aun así el niño logró calmarse un poco.
—No intentes nada, sabes que jamás saldrás con vida de aquí —con esas últimas palabras el hombre dejó la habitación, sin antes mirar de soslayo a la mujer que se encontraba a pocos metros de él en el sucio suelo.
La pobre se recostó en el piso con su pequeño hijo en brazos, mirándolo y atesorando el recuerdo, esperando que todo aquello fuese una horrible pesadilla.
—Denzell —susurró, esperando que el niño sonriera —. Ese es tu nombre hijo, Denzell —. La mujer esperó, pero el niño nunca sonrió. No lo culpaba, pues nadie sonreiría estando en el lugar donde ellos se encontraban.
Con ese último pensamiento la mujer cerró sus ojos, y para cuando había amanecido seguía sin abrirlos.
El pequeño Denzell había llegado al mundo.