La Fuga

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Summary

Pablo y Cristina, dos hermanos que encontraron en las artes marciales un escape de su dura realidad, se ven obligados a huir de su pueblo natal para escapar de un reclutamiento forzado. Su destino los lleva a la capital, donde se topan con Edgar y su pandilla, quienes les hacen la vida imposible. Sin embargo, la rivalidad entre Pablo y Edgar se ve obligada a transformarse en una alianza cuando Wilson, un despiadado delincuente, secuestra a Cristina y Andrea. Juntos, Pablo y Edgar deberán unir fuerzas para rescatar a las jóvenes y librarse de las garras del peligro.

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NUEVOS EN EL BARRIO

La llamada.

Atardece en la capital. Pablo y Cristina, exhaustos por la caminata y las compras, llegan a la casa de su tío Alfredo. —¡Al fin llegaron! ¿Y cómo les fue con las compras? — pregunta Alfredo.

Pablo, dejando caer algunos paquetes sobre la mesa, responde emocionado —Bien, tío. Cansado, pero logramos encontrar todo lo que necesitábamos.

Cristina, respira hondo y lo mira con molestia —Vengo muerta, Pablo me hizo recorrer todo el centro comercial buscando… no sé qué cosa de Bruce Lee.

Pablo, con picardía en sus ojos, levanta una bolsa llena de afiches y una camiseta —Tío, me gusta mucho Bruce Lee. Vi una película de él y me encantó. Él practica Kung Fu, por eso yo también he aprendido algunas cosas— Se dirige a Cristina manoteando hacia su rostro —¿Cierto, hermanita?

Alfredo, observando la interacción entre sus sobrinos, sonríe con cariño. —Su papá sí me había comentado algo de eso. Hablando de sus padres, ellos llamaron.

Las palabras de Alfredo impactan a Pablo y Cristina como un rayo. Dejan de lado las bolsas y se sientan junto a su tío. —¿Qué dijeron? — pregunta Pablo con voz temblorosa.

Alfredo, tratando de calmar su ansiedad, responde —Estaban preocupados por el viaje y me preguntaron cómo habían llegado. Yo les dije que bien.

Cristina, incapaz de contener su preocupación, interviene —¿Pero y qué dijeron ellos? ¿Cómo están?— Alfredo, con una expresión seria, les asegura: —Que estaban bien.

Un silencio incómodo se apodera de la sala. Pablo, apretando los puños con fuerza, se atreve a formular la pregunta que ronda por su mente —¿Los siguieron molestando?

Alfredo niega con la cabeza. —Fueron un día y al ver que ustedes no estaban, se fueron. A sus padres lo que les importa es que ustedes estén bien, no se preocupen.

Pablo, incapaz de soportar la tensión por más tiempo, se levanta de la silla. —Voy a tomar algo.

Cristina, trata de aliviar la tensión del momento, — “Haga un tintico para todos”.

Pablo sonríe, asintiendo con comprensión, y se dirige a la cocina para preparar la bebida caliente. Mientras tanto, Cristina se queda en silencio, contemplando la espalda de su hermano mientras se aleja. La llamada de sus padres había sido un presagio inquietante, un aviso de que algo no estaba bien.

De pronto, un ruido en la calle la distrae. Alfredo se asoma a la ventana y observa a un grupo de jóvenes entrenando, entre los cuales destaca uno. —Cristina, ven —dice Alfredo —Si ves a ese joven que está entrenando en el parque, es Edgar. Ese muchacho es muy servicial, siempre está pendiente de lo que los demás necesitan. Incluso ha ayudado a algunos vecinos cuando los han intentado atracar.

Cristina observa con atención a Edgar, quien parece dirigir la sesión de entrenamiento con paciencia y entusiasmo. Una de las jóvenes que entrena llama su atención: es Andrea, la única mujer del grupo. —Te lo voy a presentar —continúa Alfredo—. Así él te ayuda a hacer amigos aquí en la ciudad —Bueno, tío, gracias — responde Cristina con una sonrisa tímida. En ese momento, Pablo entra a la sala con los tintos para todos. —Bueno, ¿me ayudan a repartir estos tintos o no les vuelvo a preparar nada? —

Conociendo amigos y enemigos.

Andrea

Pablo, sentado en el frente de la casa de su tío, observa con detenimiento la vida cotidiana del nuevo barrio que ahora habita. Su mirada se posa en la señora Rosita, una amable anciana del vecindario, que camina con dificultad por la calle cargada de bolsas. De pronto, un tropiezo inesperado la hace tambalear y parece que una caída inevitable está a punto de ocurrir. Sin embargo, Edgar aparece justo a tiempo y la sostiene, evitando que caiga al suelo.

—¿Está bien, señora Rosita? —pregunta con preocupación. —Sí, mijito, muchísimas gracias. Usted como siempre tan servicial —responde ella con gratitud.

—No hay problema, señora Rosita —dice Edgar con humildad.

Pablo, testigo de la escena, no puede evitar sentir una punzada de burla en su rostro. No comprende el acto de bondad de Edgar y lo interpreta como una simple muestra de vanidad. Andrea se acerca a Pablo sin que este se percate. Su voz lo sobresalta.

—Él es Edgar, es una persona muy buena, ¿no cree? Lo que acaba de hacer, muy pocos lo harían —comenta con admiración.

Pablo la mira de arriba abajo, cautivado por su belleza, pero su actitud arrogante lo lleva a responder con desdén.

—No, no me parece gran cosa. Y no es que quiera contradecirte, pero la verdad, creo que cualquier persona hubiera hecho algo por ayudarla —dice con escepticismo.

Andrea, sorprendida, lo encara con firmeza.

—Ah, ¿eso cree? Y usted, ¿por qué no hizo nada? —interroga con un tono de desafío.

Pablo, sin comprender su pregunta, responde con ligereza.

—La verdad, no creo que esa señora se fuera a caer. Fue solo un tropezón. Lo que creo es que ese man quería mostrarse, por eso la ayudó, pero no creo que realmente lo necesitara —explica con indiferencia.

Andrea, indignada por la actitud de Pablo, decide confrontarlo directamente.

—Se nota que usted es nuevo en el barrio —afirma con certeza.

Pablo no se queda atrás y también le responde a la defensiva.

—¿Pero por qué le afecta tanto? ¿Acaso es su novio? —pregunta con curiosidad.

—No, él es un amigo —responde Andrea, cerrando la conversación.

Pablo, aprovechando la oportunidad, busca coquetear con ella. —¿Ósea que no tienes novio? — Andrea, sin interés en seguirle el juego, contesta de manera directa. —No— Pablo, sin captar la incomodidad que genera su actitud, insiste con arrogancia. —Eso se puede solucionar.—¿Quién dijo que tengo un problema? — le responde ella —Para mí, que una mujer tan linda esté sola es un problema, porque seguro tiene muchos que la persiguen. Yo le puedo ayudar— El comentario atrevido de Pablo hace que Andrea se enoje —Yo no necesito a nadie y deje de soñar. Un flacuchento como usted no me inspira ni un mal pensamiento—

Andrea se marcha dejando a Pablo observándola con mayor interés.

Jairo

Jairo, un joven de gafas, de aspecto tímido y con un andar un tanto torpe lleva la bicicleta a su lado empujándola con dificultad visiblemente cansado. De pronto, dos hombres fornidos, con un aspecto que contrasta por completo con la imagen inofensiva de Jairo, lo observan fijamente. Intercambian una mirada cómplice y, sin perder de vista a su presa, se dirigen rápidamente hacia él.

Pablo, que continúa explorando el nuevo barrio, intuye las malas intenciones de los dos hombres. Su instinto lo impulsa a actuar sin pensarlo dos veces. Acelera el paso y, tras unos pocos metros, alcanza a Jairo. —¡Que tal, Carlos! ¿Cómo está?

Jairo, sorprendido por la repentina aparición de Pablo, lo mira con extrañeza y un dejo de temor. Los dos hombres, al ver a Pablo, desvían su camino y se alejan por diferentes callejones. Uno de ellos, sin embargo, no puede evitar lanzar una mirada amenazadora a la pareja antes de desaparecer entre las sombras.

—Disculpe, pero no lo reconozco— Responde Jairo.

—No se preocupe, tranquilo. Lo que pasa es que vi a esos dos tipos que van por allá y me pareció que tenían malas intenciones. Pensé que tal vez querían robarle la bicicleta.

—¡Uy, hermano! ¡Tiene razón! Esos tipos son muy peligrosos. Muchísimas gracias por su ayuda— Jairo, emocionado y agradecido, toma la mano de Pablo y la sacude con fuerza, intentando expresar su gratitud. Pablo le devuelve la sonrisa con amabilidad.

—No hay problema, hombre. Para eso estamos.

En ese instante, Jairo se da cuenta de la valentía de Pablo, quien, sin conocerlo, no dudó en intervenir para protegerlo. Un sentimiento de admiración y amistad comienza a florecer entre ellos.

Cristina Vs Andrea. Encuentro-Desencuentro

Cristina, después de hacer algunas diligencias, se dirige a su casa con la duda sobre qué transporte tomar. De repente, ve a Andrea, a quien reconoce por haberla visto en el barrio entrenando, y se le ocurre que el autobús que ella toma podría ser el mismo que necesita.

Sin pensarlo dos veces, Cristina se sube al autobús y se sienta cerca de Andrea, buscando iniciar una conversación.

—Hola, ¿qué tal? —saluda Cristina con una sonrisa.

Andrea la mira con extrañeza y desgana. Cristina continúa —No sabía que bus coger, pero te vi y recordé que te había visto en el barrio. Lo que pasa es que mi hermano y yo acabamos de llegar a la ciudad y…—No quiero hablar con nadie —responde Andrea con un tono cortante, Cristina abrumada se queda en silencio, sin saber qué decir. Unos instantes después, Andrea parece recordar algo. Sus ojos se entornan y una expresión de desdén se dibuja en su rostro.

—¿Acaba de llegar al barrio con su hermano? —pregunta Andrea con tono inquisitivo. Cristina, recuperando la compostura, responde con una sonrisa.

—Sí, él se llama Pablo y yo Cristina. Mucho gusto —dice, extendiendo su mano en señal de amistad. Sin embargo, Andrea no la mira. Ignorando por completo la mano extendida de Cristina, se dirige a ella con una mirada fría y distante.

—Conocí a su hermano —dice Andrea con voz firme —¿Perdón? —pregunta Cristina, sin comprender a qué se refiere Andrea. Andrea, sin inmutarse, continúa hablando. —Hágale un favor— dice en tono sarcástico —Dígale que no vuelva a molestarme. Estuvo como un perro tratando de conquistarme. Dígale que no estoy interesada en él, ni en usted como cuñada.

Las palabras de Andrea hieren profundamente a Cristina. Un nudo se forma en su garganta y la ira comienza a apoderarse de ella. Sin embargo, Cristina decide no responder a la provocación. En lugar de eso, se levanta de su asiento y se dirige a otro lugar del autobús, alejándose de Andrea con la cabeza en alto.

Andrea, satisfecha con su mensaje hiriente, se recuesta en su asiento y deja escapar una risita burlona.

Cristina llega a la casa del tío Alfredo con el ceño fruncido y una clara expresión de molestia. Su mirada se dirige directamente a su hermano Pablo, que se encuentra relajado en la sala.

—Hola, Cris, ¿Cómo est…— Pablo nota el evidente malestar de su hermana —¿Qué pasa? ¿Por qué esa cara?

—Estoy mal.

—¿Por qué? ¿Qué pasó? Cristina, con un tono de rencor en su voz —¡Por culpa suya!

Pablo, confundido y atónito, pregunta —¿Por mí? ¿Qué hice?

—¡En el autobús me encontré con una estúpida que dice que usted no le llega ni a los talones!

Pablo, tratando de comprender la situación —¿Quién? ¿La conozco?

—Creo que sí, porque dice que usted la estuvo acosando como un perro desesperado— le dice Cristina. Pablo, haciendo memoria —¡Ah, ya sé quién debe ser! ¿Linda, no?

Cristina, abre los ojos con sorpresa ante la respuesta de su hermano, replica —¡Oiga, bobo! ¿No me está escuchando? ¡Dice que es un perro! Y la verdad, no me parece nada del otro mundo. Me cayó muy mal, así que no quiero verla con esa vieja.

En ese instante, Alfredo, quien ha escuchado la discusión desde la cocina, entra a la sala con una sonrisa pícara.

—Muchachos, dejen de pelear. Necesito que me ayuden con algunas cosas de la tienda.

Pablo, dirigiéndose a Cristina con un gesto conciliador, propone —Vamos, Cris. Ayudemos al tío.

Edgar.

Unos niños juegan en el parque. Llega Edgar junto con sus amigos con una actitud soberbia hacia los niños.

—Bueno, niños, váyanse de aquí que necesitamos entrenar —les dice.

La niña, consciente de que el parque es un espacio infantil, sabe que tiene todo el derecho de permanecer en él —Nosotros no nos vamos porque necesitamos jugar.

Edgar enfurecido por el valor que demuestra la niña. —¿Perdón? —le responde—. Mire, mocosa, a los mayores no se les contesta, ¿o no le han enseñado educación?

La niña no se amilana y replica:

—A mí me han enseñado que respeto a quien me trata con respeto, y usted es un grosero.

Pablo y Cristina llegan al parque y se saludan con Jairo, quien ha estado observando desde la distancia la discusión entre Edgar y la niña.

—¿Qué tal, hombre? —pregunta Pablo al ver a Edgar a lo lejos—. ¿Qué está pasando?

—Edgar, que es un prepotente con los niños, pretende que se vayan del parque —responde Jairo.

Cristina se indigna por la situación.—¿Y por qué?— Jairo que conoce a Edgar, le explica —Porque se cree el dueño del barrio, así que piensa que puede hacer y deshacer.

Pablo, sin pensarlo dos veces, camina decidido hacia donde está Edgar. —¿Para dónde va? Preguntas Jairo confundido. —A dárselas de buen samaritano. Responde Cristina con una sonrisa.

Pablo llega donde está Edgar, quien sigue discutiendo con la niña.

—¡Debería estudiar más ¡—le dice Edgar.

La niña no se amedrenta

—Pues yo sé que tengo derecho a jugar porque soy una niña.

Edgar, furioso, grita —¡Que se vayan ya, insoportables!

La niña se asusta y se dispone a irse con sus amiguitos, pero Pablo interviene

—Ellos no se tienen que ir.

Edgar lo mira con desprecio —Mire, entrometido, usted no se meta en lo que no le importa.

Pablo no se amilana —Sí me importa porque no me parece bien la forma en que le habla a la niña.

Los amigos de entrenamiento de Edgar, incluida Andrea, se limitan a observar.

—Además —continúa Pablo—, creo que ustedes pueden entrenar y los niños jugar; pueden compartir el lugar y nadie se va.

Edgar, sabiendo que Pablo tiene razón, observa a la niña que, con los brazos cruzados y delante de Pablo, sonríe orgullosa. Finalmente, resignado y molesto, responde —Los voy a dejar jugar por esta vez.

Edgar observa cómo Pablo se aleja mientras lo reta con la mirada.

Cristina VS Andrea. Sentencia

Pablo se acerca a Jairo y Cristina después de haber confrontado a Edgar. Jairo, entre bromas y burlas, reconoce el acto heroico de Pablo:

—Pues sí que la hizo de buen samaritano —dice Jairo con una sonrisa burlona.

Cristina, algo molesta por la actitud de su hermano —Usted sí que es metido Pablo.

Pablo, prefiere ignorarla y le explica a Jairo sus razones —¿Quieren saber por qué lo hice? —pregunta Pablo con seriedad. —¿Por qué? —responde Jairo con curiosidad. —Por esa niña que está allá, ¿la ve hermano? ¿No es linda? —comenta Pablo señalando a Andrea en la distancia. Jairo observa a Andrea y la describe con cierta desfachatez —¿Andrea? Sí, es bonita, pero es demasiado antipática. Se cree la más linda del barrio— Cristina, indignada por la opinión de su hermano sobre Andrea, lo confronta —Baboso, esa fue la misma que me encontré en el bus. No, Jairo, “antipática” es poco.

Andrea, quien ha estado observado la conversación a distancia, se acerca al grupo y se enfrenta a ellos —Hola, Pablo. Te llamas Pablo, ¿cierto? Tu hermana me lo dijo.

Pablo, sorprendido por la repentina aparición de Andrea, le responde amablemente —Sí, así es.

Andrea, molesta se dirige a Pablo y Cristina con tono sarcástico —No sé qué se les perdió, pero seguro no soy yo. ¿Por qué no dejan de mirarme? Se les nota que están hablando de mí. ¿O es que su hermana resultó rara y también le gusto?

Cristina, sin poder contener su ira, responde —Mire, estúpida, si yo fuera rara como usted dice, no tendría tan malos gustos. —Malos gustos tendría alguien que se fijara en usted, insípida como usted —replica Andrea con desprecio. —Yo tendré cara de insípida, pero usted tiene cara de zo… —responde Cristina antes de ser interrumpida por Pablo. —Es mejor que se tranquilicen las dos. No sé qué le pasa con nosotros Andrea, pero creo que, si quería llamar mi atención, todo ese escándalo no era necesario.

Cristina, aún más molesta con su hermano —Pablo, deje de ser tonto. No le hable más a esa vieja.

Andrea, sintiéndose atacada responde con arrogancia —Mire, Pablito, yo no necesito llamar su atención, porque usted no me interesa en lo más mínimo. Usted y su hermana son muy poca cosa como para medio emparentarme.

Cristina, a punto de explotar de rabia, se acerca a Andrea con intenciones de atacarla

—Ahora sí la callo.

—¿Usted cree que me puede callar? No sea ridícula. Yo a usted le doy tres vueltas.

Jairo, anticipando una pelea entre las dos chicas, interviene para separarlas, abraza a Cristina para impedir que se acerque más hacia Andrea. —Es mejor que se tranquilicen las dos.

Cristina, desafiando a Andrea, le propone una pelea

—Pues probemos aquí y ahora.

Pablo, desesperado por calmar la situación, trata de detener a su hermana y toma a Andrea de los brazos para evitar que se siga acercando a Cristina —Ya no más. Aquí nadie va a aprobar nada. Cálmense las dos.

Andrea, enfurecida, se libera del agarre de Pablo y se marcha, no sin antes amenazar a Cristina —Suélteme, imbécil. Me voy, pero con usted nos volvemos a ver.

Provocación

Una mujer camina con varios paquetes en las manos; parece que se le van a caer. Edgar la ve, observa a su alrededor y se da cuenta que hay varias personas a las que puede impresionar. Acelera el paso para ayudar a su vecina con los paquetes. Sin embargo, de repente llega Pablo sorprendiendo a Edgar, y se ofrece de inmediato a ayudar a la mujer. Al ver la buena actitud de Pablo, la mujer no duda en agradecerle:

—Muchas gracias, joven.

—No se preocupe, no tiene nada que agradecer —le asegura Pablo, mientras Edgar debe seguir su camino disimulando su frustración. Observa a Pablo con molestia mientras este le sonríe con una expresión burlona y triunfante.

El beso

Pablo sale de la tienda justo cuando Andrea llega. Se encuentran en la puerta, y Pablo le sonríe. Para Andrea, esa sonrisa no es del todo esquiva; sin embargo, pretende ignorarlo y seguir su camino.

—Oye, siento lo que pasó ahora con mi hermana —le dice Pablo.

—Déjeme en paz —responde Andrea, mirándolo fijamente con la intención de irse pero sin marcharse.

Pablo baja la cabeza, luego la levanta y, tratando de no reírse, le habla:

—Yo no sé por qué es tan esquiva. Parece que odia a los hombres, ¿los odia?

Andrea también intenta disimular su risa y le contesta seriamente

—A usted no le importa.

—Míreme y dígame que no le gusta que un estúpido como yo esté detrás suyo insistiéndole.

Andrea lo mira a los ojos por un par de segundos, casi sonríe, pero se arrepiente de darle un poco de complicidad y vuelve a ser altanera

—¿Me deja pasar?

Pablo entiende que él no le es del todo indiferente

—Estoy seguro que con el ego que usted tiene, le encanta que le estén rogando. Y yo estoy dispuesto a rogar; dicen que el que persevera alcanza.

Andrea no puede evitar sonreír a la vez que levanta una ceja.

—Tengo curiosidad, ¿qué pasa si me acerco un poco?

Pablo se acerca al rostro de Andrea. Ella observa sus labios y se empina para llegar a los de él. Sin embargo, de reojo, se percata de que al fondo se acerca uno de sus compañeros de entrenamiento. Se aleja de Pablo y se dispone a darle una cachetada, pero Pablo la detiene extrañado por la actitud cambiante de Andrea.

Al darse cuenta de que le detuvo la cachetada, Andrea lo vuelve a intentar con la otra mano. De nuevo, Pablo la detiene y la acerca hacia él:

—Usted es bien extraña —le dice Pablo.

Andrea le vuelve a sonreír. Pablo, aún confundido, se acerca de nuevo a su rostro, pero Andrea le da un pisotón que hace que Pablo se contraiga de dolor:

—¿Está loca? —pregunta Pablo.

Andrea se da cuenta que su compañero de entrenamiento ha girado por la esquina sin verla, así que vuelve a sonreírle a Pablo. Esta vez, él toma a Andrea del rostro, esperando lo peor. La besa, y ella le devuelve el beso. Abre los ojos desconfiado, se aparta de ella, que sigue sonriendo, e inmediatamente le da una cachetada antes de marcharse dejándolo confundido y quizás un poco más interesado.