1. Un regreso usual
—Richard, sabes que esto es algo serio —la voz de Alister salió en un tono bajo que no presagiaba nada bueno para su receptor—. Hicimos un trato. Tú aceptaste las condiciones y yo te di mis servicios. ¿Qué pasó?.
Richard era un pobre desgraciado, al menos en este momento. En la ciudad era un terrateniente adinerado, avaro y tramposo. Pero en la casa del duque, sentado en la silla de madera gruesa en la que estaba, no por su voluntad, y después de los recientes golpes que había recibido... Lo que quedaba era la caricatura de un señor respetable solo de apellido.
El mencionado duque Alister de Belaris, no era muy diferente al desecho humano que tenía en frente. Un noble con todos los dones que su título ameritaba: apuesto, elegante, de buenas maneras, elevada educación y asquerosamente rico. En qué se parecen entonces? Bueno, ningún noble respetable tendría a un hombre atado a una silla en medio de una opulenta habitación, tampoco ordenaría a empleados de dudosa procedencia que le golpearan: "Lo bastante para que sufra en cada respiración, pero no demasiado para que deje de hablar".
La diferencia entre ambos es que Alister trataba a la escoria como escoria. Richard trataba a la escoria como escoria y a los demás también.
Ese pequeño gramo de decencia consolaba la problemática alma del duque; sí, necesitaba consolarse. Era consciente de que su reputación era buena y mala a partes iguales, también que sus acciones, aunque no las hiciera directamente, eran bajas y crueles, pero saber que ninguna persona no merecedora las sufría era suficiente para dormir en relativa paz.
—Y-yo lo —las palabras eran escupidas por el terrateniente— Lo siento, alteza.
—Ya veo. Usas mi inversión para tus juegos y mujeres, te escondes como un cobarde e incluso retas a mis hombres a traerte a mí, ¿y ahora lo sientes? —el noble se inclinó hacia adelante en su silla, un ojo apenas abierto es la única señal de atención que recibe antes de pronunciar bajo: —Las ganancias de tu pequeño negocio iban a servir para el festival de primavera, ahora voy a retrasar la fecha de mi contribución. Voy a faltar al acuerdo que hice con la asamblea del pueblo. ¿Sabes lo vergonzoso que será eso?.
Un temblor involuntario sacudió el maltratado cuerpo de Richard. La voz apacible del duque le aterraba más que el salvajismo de cualquier borracho de los muchos con los que había peleado en múltiples bares a lo largo de su vida.
La calma es incierta. La violencia advierte sobre el ataque inminente; los rugidos de un hombre airoso avisan del golpe. Pero, ¿la paciencia? ¿La voz comprensiva? ¿Qué prosigue en esos casos?.
Su alteza no alzaba la voz si podía evitarlo, y se encargaba de evitarlo siempre. Un carácter volátil le parecía caótico y propenso al fracaso; y cuando tu propia forma de vida consiste en causar caos, la única manera de manejarlo sin que te alcance es con un carácter sereno y una cabeza fría.
—Y, por si eso no fuera suficiente —continuó en tono calmo—, ese festival es una ocasión especial que he estado preparando desde hace meses para una persona muy importante para mí. ¿Qué le diré ahora, Richard? —preguntó sin esperar respuesta.
Chasqueó la lengua por la decepción real que sentía al decir el pensamiento que atormentaba su mente desde que se enteró que Richard fue lo suficientemente idiota como para tratar de burlarse de él. Al demonio con él. Ese festival era el favorito de ella. Se había prometido a sí mismo hacerlo especialmente sublime ese año porque sería la primera vez que lo pasarían juntos. Iba a regresar justo a tiempo, no podía faltar al festival de primavera, y él se encargaría de deslumbrarla al máximo. La añoraba tanto que podía sentirla entre sus brazos.
Pero el bastardo de Richard tenía que joderlo todo.
Se pasó la mano por el cabello sumamente negro, frustrado por la situación. El retraso no sería demasiado, un par de días nada más, pero eso era suficiente para que la sonrisa que amaba decayera por la breve decepción. Una sola fracción de segundo marcada por la tristeza de ella era suficiente para torturarlo.
La ira se acumulaba en su interior, tambaleando la fuerza de su voluntad y su intención de permanecer imperturbable. Quería hacerlo pedazos. Paseó la mirada por las altas paredes del salón evitando posarla en ese individuo porque sabía que iba a explotar; sería el desafortunado blanco de su furia.
—Alteza —un susurro desvió sus pensamientos. Era Ezra, su hombre de confianza, que le hablaba al oido—. Ella está aquí.
Sintió un vuelco en el estómago. Una oleada de felicidad derribó cualquier amargura que la situación le provocara. Tres palabras bastaban para devolverle la vida, su entera felicidad dependía de ellas.
Suspiró con alivio al estar seguro de que su amada estaba bien, de vuelta en su casa, habitando el mismo espacio que él, en el que la había imaginado tantas veces durante la agonizante espera. Había regresado y al fin podía respirar sin la pesadez en su pecho.
—¿En mi estudio? —preguntó con voz fingidamente calmada, cuando sólo quería correr a su lado.
—Sí, señor. Lo espera.
Un cosquilleo lo recorrió al escuchar las últimas palabras.
—Bien —se levantó de golpe, asustando al hombre de la silla—. Te dejo, Richard, tengo asuntos más importantes que tratar. Los caballeros aquí continuarán con la reunión. Buenas tardes.
Aceleró el paso. Un breve pasillo lo separaba de su mundo, pero ahora lo sentía como un desierto infinito. Abrió la puerta ansioso y la vió, estaba de espaldas a él, viendo a través de la inmensa ventana la ciudad alegre por las próximas fiestas. Antes de conocerla mantenía las cortinas cerradas, pero a ella le encantaba ver las casitas y a la gente hacer sus cosas, ignorantes de sus ojos, así que ahora permanecían abiertas, a la espera de que ella se asomara para admirar las vistas.
El sol se ocultaba y el cielo parecía una acuarela rosa, la luz baja hacía que el cabello castaño dorado brillara como un faro que lo guiaba a casa. A pasos lentos se acercó para abrazarla por la espalda, envolviendo su cintura y hundiendo la nariz en su cuello, donde aspiro aquel aroma anhelado que conocía perfectamente.
—Hola, mi amor —susurró al fin.
—Hola, Alis, ¿me extrañaste? —preguntó ella con esa picardía que lo volvía loco.
—Como nunca. Te he extrañado tanto, tesoro —la giró entre sus brazos para ver, por fin, su precioso rostro.
Celine le recibió con una pequeña sonrisa cuando estuvieron frente a frente. El noble se inclinó para tomar sus labios.
—Esto es poco profesional, alteza —murmuró ella sobre su boca, causándole una sonrisa. Le gustaba molestarlo con esa barrera que ya no existía entre los dos.
—No tengo que ser profesional con mi mujer —repuso él. La besó antes de que ella pudiera responder y atrasar más lo que tanto deseaba.
La abrazó con fuerza, devorando su boca con avidez. Exploró todo rincón de esa pequeña cavidad, renovando la sensación para guardarla dentro de sí hasta la próxima vez que unieran sus bocas. Quería recuperar el tiempo perdido con un beso cargado de deseo y todo lo que seguía después. El ardor de sus pulmones lo obligó a apartarse.
—¿No me pedirás el informe? —inquirió ella con voz agitada.
El informe, claro, la razón de su encuentro; la prueba necesaria para que ella pudiera recibir su pago por cumplir con el trabajo para el que había sido contratada. La mención de su vínculo profesional siempre agriaba el ambiente, al menos para él, pero terminaba rápido con los asuntos laborales para luego dedicarse a seducirla sin que ella le pusiera excusa alguna.
—Sí, el informe —suspiró, una risita brotó de los labios rojizos de su Celine. Depositó un par de besos más en ellos antes de forzarse a caminar a su escritorio.
Celine le siguió, y cuando él ocupó su lugar en la silla lujosa detrás del mueble, ella sacó una bolsita de la maleta que llevaba colgada en su hombro. La puso frente a él, esperando la paga acordada.
Los ojos del duque le practicaban un minucioso escrutinio que solo se detuvo cuando ella le señaló la bolsa con la barbilla. Rendido, la revisó. No se sorprendió cuando encontró justo lo que había pedido en el interior: El dedo meñique de Lord Brennan, decorado con un anillo de sello con el inconfundible escudo de armas de su familia.
—Un trabajo bien hecho de nuevo, tesoro. ¿Fue complicado?.
—No, incómodo sí —respondió ella pensativa.
—¿Te hizo algo? —preguntó con molestia
—¿Te vengarás del muerto, alteza?
—Tal vez mate a uno de mis hombres y él se encargue de darle su merecido en el más allá.
—No será necesario, yo lo hice sufrir lo suficiente —él asintió convencido de ello.
Sí, el bastardo murió de una forma dolorosa como el infierno, estaba seguro. Recibió el final que todo traidor merece.
Su preciosa Celine poseía habilidades extraordinarias que él mismo no creyó hasta que vió a uno de los peores criminales sufrir hasta la muerte.
La existencia de la magia no era un secreto en el reino de Belaris, pero eso no significaba que fuese algo común y que los bendecidos con la capacidad de ejercerla fueran pocos y raros; Celine era una de ellos. La hermosa chica frente a él tenía un poder descomunal en sus manos, peligroso para los demás y para ella misma, si alguien se atrevía a usarlo para su propio beneficio.
Él no lo permitiría.
Celine Odell nació en el seno de una familia con riqueza adecuada para mantenerse. Era la segunda de tres hijos: dos niñas y un niño, quien falleció a los cinco años a causa de una pulmonía que se complicó. Su padre poseía tierras que rentaban lo suficiente para una vida cómoda sin tantos lujos; su madre provenía de una familia en situación similar, por lo que su matrimonio no mejoró ni la categoría, ni el rango de los hijos.
Ambos padres se alegraron de la llegada, un poco tardía, del varón que heredaría la propiedad y cuidaría de las hijas, pero la súbita muerte del niño derrumbó cualquier esperanza de conservarla y sumió a ambos en una aflicción que los consumió hasta la muerte. El padre cayó enfermo y las dejó, poco después su esposa le siguió. Las hermanas quedaron a su suerte con apenas 21 y 16 años.
Un sobrino lejano del patriarca heredó la residencia y consintió en que se quedaran, prometiendo cuidar de ellas. Una noche se coló en la habitación que ambas compartían pretendiendo atacarlas; se defendieron con todas sus fuerzas y lograron sacarlo. No durmieron toda la noche. El abusador las echó la mañana siguiente, no sin antes chantajearlas diciendo que con sus servicios todo quedaba saldado y podían quedarse para siempre... se largaron sin mirar atrás.
Poco podían hacer un par de señoritas con más instrucción en música y dibujo que en trabajos que aportaran sustento. Elinor, la mayor, tomó en sus manos la responsabilidad de mantenerlas. Salía a altas horas de la noche y volvía temprano cansada y triste. Celine veía como su alegre hermana se transformaba en una cáscara de lo que era, mientras ella se quedaba en el pequeño cuarto que rentaban, bordando pañuelos y arreglando sombreros. De vez en cuando ganaba cantidades decentes tocando y cantando en fiestas pequeñas del pueblo. Hacía todo lo posible para aligerar la carga de Elinor, pero fue inútil.
Un día su hermana no regresó a casa. Nada supo de ella por dos noches seguidas. La buscó en todo el pueblo, segura de que no la abandonaría, de que algo le había sucedido. Elinor volvió una mañana, tan pálida como una aparición fantasmal, débil y cubierta con una manta gruesa; hervía en fiebre, gemía de dolor y su falda estaba bañada en sangre, que brotaba sin parar de entre sus piernas. Celine no hizo preguntas, solo cuidó de ella.
Elinor le pidió un beso, le dijo que la amaba y le solicitó una última cosa antes de dormir: "Ve a un convento y guárdate en él. Los hombres son el demonio." Después de gastar hasta la última moneda en una tumba digna para su hermana, se dirigió al convento del pueblo.
Sucede a veces que la iglesia es el lugar más alejado de Dios y ese fue el caso del convento. El egoísmo, agresiones, corrupción y las malas lenguas abundaban dentro de las paredes sagradas. A pesar de todo, Celine resistió hasta que cumplió la mayoría de edad y fue echada del lugar por su negativa a tomar los hábitos. Su fé estaba desbaratada sin recuperación tras tantas barbaridades que las monjas cometían en ese sitio, encima de todo lo ocurrido en su propia vida; definitivamente lo que menos deseaba era dedicarse a eso.
En la intemperie de nuevo, Celine corría peligro en todas partes. Se dedicó a los mismos oficios sencillos y consiguió lugar en un hostal, el cual pagaba con su trabajo. Allí conoció a madame Castle, una adivina poco confiable que se ganó su amistad, junto con las otras empleadas del lugar. Le habló de la magia, de la pizca de ella que reside en todos y de como pocos logran despertarla; Celine dudó al inicio, pero le siguió la corriente. Leyó libros enteros relacionados a hechizos y poderes sobrehumanos hibernando en nuestra mente. La magia era literatura para llenar su aburrimiento, no esperaba que funcionara jamás, pero el destino tenía preparado algo distinto.
Un usurero violento, famoso por ser un asesino y un bestia, exigió un pago a la viuda dueña del hostal; el trabajo se centró en suplir dicha cuota más que en otra cosa a partir de entonces. Un mes no se llegó a la cantidad y el bastardo encerró a todas las empleadas en el local pidiendo el pago para liberarlas. No había nada con que pagar y amenazó con cobrar en otro tipo de moneda. A punto estaba de forzar a la cocinera más joven, cuando la ira invadió a Celine y con el alma deseó que el bastardo muriera. La carne del borracho burbujeó; sí, como aceite, desde dentro la sangre le hirvió, matándolo de manera agónica y dolorosa, ante la estupefacción de todas las testigos. El rumor corrió en tono de leyenda dentro y fuera del pueblo.
Un día un tipo desconocido le pidió hacer lo mismo con un matón que le debía dinero, ofreciéndole una recompensa considerable. Después de seguir al sujeto señalado un par de días, con un poco de esfuerzo, lo coció por dentro en un callejón, tomó un anillo como prueba de la hazaña y cobró el pago.
Su nombre falso tuvo publicidad en el mundo bajo del reino. Poco a poco diversos hombres con historiales de crímenes horrendos aparecieron muertos con la piel deshecha en diversos lugares del reino. La teoría de una enfermedad mística se propagó, pues nadie se explicaba de otro modo la razón de las muertes; y hasta el día de hoy muchos creen que "la muerte roja" acaba con los hombres sin temor a Dios.
Hervir la sangre fluyendo en las venas de los vivos no era la única habilidad de Celine. Los elementos eran sensibles a la magia; la sangre hervía por el agua que la constituía y que Celine podía hacer ebullir si deseaba. El agua era su especialidad, el uso poco común que encontró para ella fue solo un golpe de suerte, que hoy pagaba sus cuentas y uno que otro lujo. Conocer a cierto duque fue un efecto colateral y que la relación se le saliera de las manos fue un descuido.
Lo amaba. Estar con el duque la hacía feliz. Cualquier motivo que le impidió en un principio aceptar una relación estaba sepultado bajo toda la dicha que él traía a su vida. Por más que en el lado racional de su mente surgieran prejuicios de vez en cuando, estos perdían todo valor cuando él se abría paso en su alma y la infectaba con ese amor intenso que nunca se agotaba. Volver era inevitable. Ella siempre volvía.
El noble destruía sus miedos; encuentro tras encuentro, regreso tras regreso, Alister marchitaba la hiedra que ella durante tanto tiempo usó para protegerse. Sólo esperaba que no se rindiera con ella.
Lo observó rebuscar en la gabeta del escritorio. Tomó un saquito repleto de monedas de oro y una cajita alargada de terciopelo negro, antes de caminar a ella. La ansiedad le carcomía por dentro, deseaba lanzarse a sus brazos y rogarle que la hiciera suya ahí mismo, como tantas veces antes; decirle que lo habia extrañado y que jamás se marcharía otra vez, porque la distancia y el tiempo eran la peor de las condenas para su corazón que lo amaba... pero resistió.
Finalmente el duque se paró frente a ella, puso el saco de monedas en su mano extendida y abrió con cuidado la cajita extraña, revelando un delicado collar de oro con un dije diminuto de un zafiro en forma de corazón.
—Feliz cumpleaños, tesoro —murmuró Alister solo para sus oídos.
Una sonrisa inevitable le curvó los labios a Celine y sin meditarlo lo besó. El duque le correspondió al instante, necesitado de sentir su boca sobre la de él, recibiendo sus caricias, feliz de que su amada le demostrara ese amor que sabía que contenía en su interior por miedo. Ya la convencería de quedarse allí, a su lado, de que solo él podía amarla como merecía y cuidar de ella por el resto de su vida. Iba a amarla con toda la fuerza de su corazón para demostrarle que nada había disminuido su pasión desde su partida.
—Es muy lindo, Alis, me encanta —susurró sonriente.
Su regalo le gustaba. La búsqueda de aquel zafiro mágico había valido cada maldito segundo.
—Déjame ponértelo —pidió él en voz baja, más bien suplicante, a su Celine.
Ella se giró y le dejó hacerlo. Rebosante de felicidad, el duque colocó el collar al rededor de su delicado cuello. La piel pálida le invitaba a dejar marcas como aquellas que habían desaparecido desde su despedida; se aseguraría de ser un poco más duro esta vez. Celine sostenía su cabello y él se tomó su tiempo, acariciando la zona con la yema de sus dedos. No pudo aguantar más y besó la parte trasera de su cuello, mordió levemente sin dejar rastros, deleitándose con la respiración un poco más ruidosa de su tesoro.
Cansada de mantener los brazos en alto, y ansiosa del inevitable final de este encuentro, Celine giró sobre sus pies para encarar al irresistible duque que se afanaba en tratarla con mayor ternura cada vez que se encontraban.
—Mi Celine, te he extrañado tanto, cariño, cada día —dijo él, apasionado, encerrando su estrecha cintura con sus manos, halándola a su pecho.
—Yo también, Alis —Celine se conmovió con las declaraciones de su duque. Él siempre la derretía con la intensidad de su sola existencia.
—Te amo, te amo tanto, mi amor. Te deseo —pronunció él agitado contra su boca—. Déjame hacerte el amor —suplicó. Su voz temblorosa la debilitaba, la invitaba a ahogarse en el enorme amor que él le profesaba y el ardiente deseo que ardía entre los dos.
—Yo...
—Dime que sí —repitió él en el mismo tono suplicante. Asintió, incapaz de aceptar en voz alta lo que su conciencia tanto le recriminaba.
El hombre que amaba atrapó sus labios con voracidad, acariciandole la boca con su lengua caliente, de ese modo tan suyo que ella ya se sabía de memoria. Gemidos cortos se ahogaban en la boca del duque, que los consumía con dedicación. Sin dejar de besarla buscó la abertura del corsé en su espalda, y los desató con la agilidad ganada por la costumbre. Apartó la delicada tela que cubría sus pechos y los succionó con fuerza. Celine sostenía la cabeza del noble contra sus senos, deseosa de más. Al mismo tiempo el duque dejó caer el vestido destapando su gloriosa desnudez.
Agradeció internamente que su Celine usara vestidos sencillos, sin los complicados armazones que estaban de moda entre las nobles, solo un simple vestido de color precioso y el corsé que sostenía sus pechos; aunque si fuera su desición, le dejaría solo el vestido, sin ninguna rigidez que la incomodase.
La cargó decidido a llevarla a sus aposentos, cuyas paredes atestiguaron las largas noches de desvelo preocupado por ella, y sus sueños más ardientes en los que despertaba en pleno climáx, gimiendo su nombre nada más. Ningún empleado merodeaba por el pasillo, sabían las estrictas reglas que seguir cuando la señorita Odell visitaba la mansión. Nadie en los alrededores de su estudio, ni de su habitación, ni de los comedores; privacidad absoluta para ellos, a menos que se tratara de una emergencia extrema.
Nadie le hubiera interrumpido jamás, ni siquiera en pleno apocalipsis. La urgencia del duque por disfrutar de la compañía de la señorita era tanta, que dudaban que el fin del mundo fuera razón suficiente para aparecerse allí y ganarse una ejecución.
Con cuidado puso su cuerpo en la amplia cama. Se desvistió a toda prisa, después la dejaría quitarle la ropa con sus propias manos, ahora solo necesitaba tomarla. Subió a ella, cubriendo su cuerpo, que lo anhelaba desde el primer día separados, y se acomodó entre sus piernas. Fundió sus labios y los de ella en un beso desordenado, pegando sus pechos agitados por la excitación. Se dedicó a repartir besos húmedos por toda su piel desde su boca hasta el inicio de su intimidad, sintiendo la vibración del cuerpo de ella contra sus labios, se endureció más al pensar que ella lo deseaba, aunque no tanto como él, eso sería imposible. Se perdió en la fuente de placer que se escondía entre esos muslos lechosos, lamiendo y chupando con hambre cada palmo de su sexo, penetrandola con su lengua, provocandole gemidos que ofrecían una melodía que solo podía replicar en sueños. Frotó su clítoris, sin descuidar la exploración que hacía con la lengua, ganándose un gemido fuerte. La sintió meter los dedos entre sus onduladas hebras jalándolo más a su centro; le dió lo que quería, saboreó sus jugos con devoción, estimulando ese botón sensible, hasta que se volcó en su boca.
—Al- ah —tartamudeó la jóven con voz trémula que él pronto acalló besándola lento. Depositandole su propio sabor sobre el paladar.
Estimuló el grosor de su virilidad dura, proporcionándose una pequeña tortura a sí mismo y a ella, que lo buscaba contoneando las caderas, con el sexo húmedo por el clímax preparado para recibirlo completo.
—Mi Celine —gruñó, tocándose sin apartar la vista de la preciosa chica bajo su cuerpo.
Un orgasmo la embellecía, poniéndola más sensual y tentadora que nunca, con las mejillas rojas, los labios hinchados y el pelo desparramado en las sábanas; todo un paraíso que se le ofrecía para beber y comer todo lo que guardaba. El duque era un hombre ambicioso, y cada vez que su diosa volvía se encargaba de tomar todos sus dotes con gula.
Se posicionó, al fin, en la entrada de aquel chorreante paraíso y empujó la pelvis, hundiendo su miembro hasta que ya no quedaron centímetros que introducir y ese pequeño agujero quedó repleto de su carne palpitante. Celine se retorció bajo el inmenso cuerpo del duque, gimoteando al encontrarse llena, con cada rincón de su interior apretando la dolorosa magnitud del hombre que la había poseído en sus fantasías nocturnas y que ahora se materializaba sobre ella, listo para follarla sin piedad.
Alister se tomó su tiempo grabando en su mente esa sensación que lo envolvía; ese calor y estrechez abrazando su erección lo obligaban a hacer una pausa para resistir la necesidad de vaciarse hasta que su semilla chorreara sobre la cama. Se sujetó de los ángulos de la cintura de su mujer e inició un vaivén duro, acompañado del sonido brusco que el fuerte golpe de sus carnes producía. Salía completamente y jugueteaba con el glande brilloso en los pliegues de Celine robándole súplicas confusas, para luego clavarse de una estocada, hasta que sus testículos chocaban con los glúteos rellenos de su mujer.
La joven se arqueó por las profundas penetraciones, facilitando aún más la intromisión siguiente, causando un círculo vicioso de placer que la sumía en una neblina de lujuria, y dejaba su cuerpo a la merced del noble más que gustoso de satisfacer todas sus necesidades.
Los movimientos de su alteza han aumentado tanto que ahora son un golpeteo violento que sacude el cuerpo delicado de Celine, empujándola contra el colchón en cada estocada. La agarra con mayor fuerza de la cintura, que seguro quedará marcada por las yemas hundidas en la pálida carne, y mantiene esa postura ideal que lo desquicia de placer. La folla sin misericordia, la longitud de su falo le rellena el coño hasta la saciedad. Quiere adentrarse lo más que pueda en su interior sin dejar espacio alguno en ella que no haya sido tocado por él. Desea recorrer a su preciosa mujer completamente, con sus manos, sus labios, su lengua, su polla; conquistar hasta la última porción de su existencia, asegurarse de que no se le olvide que le pertenece a él y a nadie más. Jamás.
Celine lloriquea por la sensibilidad de su intimidad provocada por la brutalidad con la que su duque la folla; disfruta de ese salvajismo que lo posee cuando se complace entre sus piernas. Él la observa fijamente, con las facciones contraídas en un gesto de placer y el pelo desordenado, húmedo de sudor por el ejercicio, lo que sólo lo vuelve más ardiente a los ojos de la joven. La vista que el hombre sobre ella le brinda sería suficiente para mojarla sin que la toque siquiera. Sus jugos bañan el grueso falo, ha alcanzado el climax un par de veces más, pero eso no detiene el arrebato del noble, enfocado en alcanzar su liberación usando su cuerpo rendido sin compasión.
Un cosquilleo se arremolinó en el vientre de él, y no se contuvo al terminar vaciandose dentro de esa sensible cavidad estirada por su gran longitud, gimiendo ronco con la cabeza echada hacia atrás. Ella lo observó con la vista borrosa, sintiendo esa corriente cálida fluyendo en su interior, mezclada con los propios fluidos de su último y devastador orgasmo.
Alister se concentró en recuperar la estabilidad cotidiana para cuidar de su tesoro. Cuando logra superar el extasis del orgasmo y solo queda una bruma lejana que le permite ser dueño de sí mismo, sale de ella, atento al espectáculo que sus fluidos derramándose fuera de esa entrada rebosante le brindan.
—Te extrañé, tesoro —murmuró, inclinado sobre el rostro de su mujer. Repartió besos cortos por la piel sonrojada de su pecho y cuello, acarició ese rincón oscilante con la punta de la nariz, embriagandose con el dulce aroma que su amor guarda y que él adora—. Te amo mucho, lo sabes, ¿verdad, cariño? —un ligero asentimiento es lo que obtiene como respuesta. Una gran sonrisa nace en su rostro al mirarla.
Su alteza acarició la boca carmín de su amor a toques delicados, en una ráfaga de besos cortos que los hacen sonreír a los dos.
—Que bonita eres, mi amor —susurró, abrazándola. Ella le regaló una sonrisa y se acurrucó contra su pecho—. Me tienes por completo a tu merced.
—No es bueno que admitas eso, alteza, podría aprovecharme de ti... —la insinuación traviesa de Celine hace reír al noble. Una risita ronca que libera una tormenta de mariposas en el vientre de la señorita. Le encantaba escucharlo reír.
—Hazlo —respondió él en un murmullo al oído de su amor—. No importa lo que desees, yo no podría negarte nada, mi Celine. Te daré y haré todo lo que anheles.
Celine aceptó la derrota en la batalla por controlar su corazón enloquecido, su sonrisa inevitable y el rubor de sus mejillas. Se apegó al cuerpo de su duque y besó su pecho.
—Quiero que nos demos un baño juntos...
—Como desees, mi amor.
El duque contento salió del lecho y cargó a su mujer para dirigirse al baño del palacio. El pedido sencillo de ella le hacía gracia y le inspiraba ternura. Su Celine no tenía idea del descomunal alcance que sus palabras tenían en él; no comprendía que él no dudaría jamás en cumplir cualquier deseo benévolo o vil que pronunciara su boca. Definitivamente el mundo era muy afortunado de que su amada no tuviera un corazón oscuro y ambicioso, porque él no se consideraba capaz de resistirse a ella si ese fuera el caso.
Esa noche el noble durmió en paz.
La felicidad era eso para él: tener a Celine a su lado, donde pertenecía; solo le faltaba hacerle entender ese último detalle. Sabía que este no sería el último regreso de su amor, aprovecharía cada uno para convencerla.