PRÓLOGO
Los recuerdos son la base de mi alma, a pesar de que todavía no estoy muerto.
Mi vida esta infestada de malos augurios, por eso los únicos recuerdos que me gusta traer son los que valen la pena, mis recuerdos con él.
Todos los demás pueden irse al carajo, nunca me importó nadie más que el muchacho de los ojos verdes.
Él... el chico con el nombre del séptimo mes del año; el que fue mi primer amor, mi primer todo, la brecha de mi felicidad.
Su voz resuena en mi cabeza todos los días.
—Eres precioso, ¿lo sabias?
Pre-cio-so
Tres sílabas, una palabra, un sentimiento.
Precioso.
Aquella palabra que se había vuelto un mantra cada vez que emanaba de sus labios, y que si no estaba conmigo para escucharlo lo repetiría en mi mente una y otra vez hasta que mi cuerpo se llenara de dulce y embriagante endorfina.
Precioso...
Era el mirar a través de los ventanales de su alma, aquellos ojos verdes los cuales —desde un principio— me parecieron lo más bonito que haya visto en mi vida.
Precioso...
Así describiría el mundo en el que solo él podía hacerme caer cuando estaba a su lado, un mundo hermoso y lleno de colores brillantes, mi mundo perfecto, mi mundo con él.
Todo eso era mi Julio, y él era precioso...