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Sueños Mortales

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Summary

Daniel Barrera disfruta de una vida feliz junto a su novia Penny hasta que sufre un ataque de narcolepsia, una condición que lo hace caer en sueños profundos e incontrolables. Lo que empieza como un trastorno del sueño se convierte en una pesadilla interminable, desdibujando la línea entre la realidad y los sueños. Las vívidas pesadillas de Daniel se entrelazan con su vida diaria, llevándolo a una espiral de confusión y terror que amenaza con destruir su cordura y su relación con Penny. "Sueños Mortales" es un viaje perturbador a través de la mente de un hombre atrapado entre dos mundos, donde los sueños no son refugio y la realidad se convierte en una cárcel. ¿Podrá Daniel encontrar una salida antes de que sus propios miedos lo consuman por completo?

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Sombras del Pasado

En una sala fría y estéril de un antiguo psiquiátrico, un hombre está sentado en una esquina sobre una silla metálica, como un vestigio de otra época. Su pelo, largo y enmarañado, cae en cascadas grises sobre sus hombros, mientras una barba espesa y desaliñada cubre su rostro demacrado. La camisa de hospital, arrugada y manchada, cuelga de sus delgados hombros. Sus ojos, profundamente hundidos y rodeados de ojeras oscuras, escudriñan cada rincón de la habitación, como si esperara que algo aterrador emergiera de las sombras en cualquier momento.

La habitación es austera, con paredes blancas descoloridas y una única ventana pequeña con barrotes que deja entrar la luz de manera tenue. El ambiente está impregnado de un olor a desinfectante y a encierro. Un escritorio de madera se encuentra en un rincón, con una lámpara de escritorio que proyecta sombras largas en las paredes. El silencio es interrumpido solo por el leve zumbido de la luz fluorescente en el techo.

El hombre está encorvado, con los músculos tensos y las manos crispadas sobre los apoyabrazos de la silla. Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño, se mueven rápidamente de un lado a otro, esperando que algo o alguien aparezca de repente. Respira entrecortadamente, y sus dedos tamborilean contra la superficie metálica de la silla, un sonido que parece ser su único consuelo en esa opresiva quietud. La ansiedad se manifiesta en pequeños temblores que recorren su cuerpo, y su respiración, rápida y superficial, es casi audible en la quietud de la habitación. Cada sonido, por mínimo que sea, le hace saltar y dirigir una mirada nerviosa hacia la fuente del ruido, como si temiera que algo o alguien apareciera de improviso. De vez en cuando, cierra los ojos por un breve momento, solo para abrirlos bruscamente y mirar a su alrededor, claramente desorientado.

De repente, se escuchan pasos provenientes del pasillo fuera de la habitación. El hombre, con el corazón palpitante y el sudor frío corriendo por su frente, se inquieta cada vez más. Paranoico, busca desesperadamente un lugar para esconderse. Se arroja debajo de la cama, tratando de silenciar su respiración entrecortada. El polvo le hace cosquillas en la nariz, pero se obliga a permanecer inmóvil. Los pasos se detienen frente a la puerta. Él escucha cómo lentamente una mano desconocida gira el picaporte. Son solo unos segundos, pero para él, se alargan en horas interminables, cada click del picaporte un latido más en su tembloroso pecho.

Finalmente, la puerta se abre y una psiquiatra entra. Su expresión es seria, sus ojos examinan la habitación con precisión clínica. El hombre, temblando y sin atreverse a moverse, observa desde su escondite, atrapado entre el miedo y la confusión, sin poder distinguir si lo que está viviendo es real o una pesadilla más de las muchas que lo atormentan.

La psiquiatra avanza lentamente, buscando al hombre con una mezcla de paciencia y determinación en su mirada.

—Daniel —dice con voz suave pero firme—. No tienes que esconderte. Estoy acá para ayudarte.

El hombre, aún con el corazón latiendo frenéticamente, finalmente se arrastra fuera de su escondite y se sienta en la silla, aunque permanece desconfiado y paranoico. Sus ojos no dejan de moverse, vigilando cada movimiento de la psiquiatra.

—¿Cómo te llamás? —pregunta ella, intentando romper el hielo.

—No lo digo, no quiero que los otros lo escuchen. ¿Y si me rastrean? ¿Y si me persiguen por toda la ciudad como la otra vez? Usted no lo sabe, pero siempre escuchan, escuchan todo y les encanta escuchar tus mayores miedos —responde él, susurrando con un tono paranoico y errático, los ojos moviéndose nerviosamente de un lado a otro.

—Emm, perfecto —dice la psiquiatra, anotando todo en una cuadernola—. Bueno, yo en cambio, ya sé tu nombre...

—¿¡Quién se lo dijo!? —grita de repente, parándose de golpe y mirando a todos lados—. ¡¿Están acá?! ¡Muéstrense, hijos de puta! —añade, mientras hace movimientos extraños con los puños, como si estuviera en una película de artes marciales, dando pequeños saltitos y lanzando golpes al aire.

—¡Tranquilizate, Daniel! Es el protocolo, tu historial, los médicos, tranquilo —responde la psiquiatra, tratando de calmarlo.

El hombre se da media vuelta para mirarla con sus ojos saltones y desconfiados, su respiración agitada.

—¿Segura? —dice—. Espero que no me estés mintiendo —añade, señalándola con el dedo y moviéndolo de arriba a abajo, intentando aparentar una amenaza, aunque la psiquiatra ve claramente que está aterrorizado.

—Sí, tranquilo, también sé tu edad —dice la psiquiatra—, pero es por tu apariencia —se adelanta al ver la expresión de pánico de Daniel—. Mmm, puedo deducir que tenés unos treinta y dos años —dice, aunque ya sabe su edad por su historial, evitando desencadenar otra reacción de terror en él.

—Shhh, sí, pero no lo digas alto, te pueden escuchar... —responde Daniel en un susurro desesperado, llevándose un dedo a los labios, sus ojos aún llenos de pavor.

—Me dijeron que tenés un trastorno llamado narcolepsia —menciona ella, pero Daniel la interrumpe rápidamente.

—Eso es todo mentira. Yo no tengo nada malo —dice con vehemencia, empezando a moverse de adelante hacia atrás y acariciando los apoyabrazos de la silla.

La psiquiatra frunce el ceño; ya sabe por qué está ahí y es por la narcolepsia, pero prefiere que él le diga qué le pasa para evaluar su gravedad.

—Entonces, ¿por qué estás acá?

—Por las cosas que pasan. Yo soy el único que está al tanto. Las sombras, los susurros, nadie más los ve... —responde Daniel, con un tono que insinúa un profundo misterio y confusión.

—Bueno —cambia de tema—, recordemos juntos.

—No —contesta él, sacudiendo la cabeza frenéticamente de un costado a otro.

—Contame qué pasó. ¿Por qué te encontrás acá? Contame tu vida, yo te escucho, tranquilo —le dice la psiquiatra, intentando calmarlo.

—No quiero recordar —dice Daniel, su paranoia intensificándose. Pero la psiquiatra, con paciencia y gentileza, logra que él cierre los ojos.

—Respirá hondo y deja que los recuerdos fluyan —le dice suavemente.

Daniel cierra los ojos y empieza a recordar...

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Good Writing

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Strong Dialog

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