Angela◇abogada de la mafia

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Summary

Neilan Mancuso es el primogénito del actual capo de la mafia italiana. Nació en las profundidades de un mundo inundado de peligro, muerte y traición, y fue criado para ocupar el trono. Cuando el heredero ve a Angela Demontis ajustar cuentas con un traidor a la familia, comprende que ella no sólo pertenece a su mundo... está hecha para dominarlo. La implacable abogada es la mujer ideal para compartir el poder que un día será suyo. Neilan estará en la cima de la organización, y Angela estará a su lado, como su mujer. Un capo cae, un traidor asciende y el tablero se dispone sobre la mesa. Un duelo en el que las leyes se mezclan con el plomo y el premio supremo es la silla del Don. Pero dar jaque al rey no será sencillo cuando la reina es ágil. ¿Permanecerá de pie al final?

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Vigilantes

Nada especial, nada de lo que esperaban ver y escuchar sucedía en el estudio de Carlo Demontis. En la habitación oscura, todos los reunidos observaban la gran pantalla que enmarcaba el primer plano del estudio de Demontis, el rincón más íntimo en la residencia personal del sujeto.

—El hijo de puta no se ha movido en una hora —escupió Santino, uno de los vigilantes—, ya me duele el culo de estar aquí.

—Cierra la boca y ten paciencia —respondió Stefano—. Tiene que hablarlo con alguien de los Parisi. Él es el traidor.

El capo actual, el viejo Bruno Mancuso, callaba y observaba con aire aburrido la puesta en escena que sus sobrinos se habían empeñado en armar para esa noche. Neilan, su hijo y próximo jefe de la familia, bebía tranquilamente su vaso de whisky mientras prestaba su atención al acto frente a él. Quería darle el beneficio de la duda a sus primos.

Habían identificado "irregularidades" hace más de un mes. Encontraron inusuales contactos por parte de uno de sus aliados con apellidos enemigos; una colaboración clandestina se orquestaba a sus espaldas con el objetivo de matar a Bruno Mancuso y la habian detectado a tiempo. No se esperaban que fueran los Demontis los culpables de conspirar en contra de la familia más poderosa de la mafia italiana, en contra del propio capo de la organización y amigo cercano suyo desde hace años. Habían ido a la boda de su hermana hace dos décadas, incluso era el padrino de la hija mayor de ellos; y ahora hacían esto. Simplemente inadmisible. Bruno sentía una profunda amargura al pasar por esa situación.

Una voz interrumpió el silencio del estudio que se reflejaba en la gran pantalla. Carlo alzó la cabeza de los papeles en el escritorio. Finalmente algo de acción.

—Dije no interrupciones —gritó Carlo al hombre que entró a la habitación. Era evidente que sólo se trataba de un empleado.

—Cabrón grosero —masculló Santino.

—¡Shh! —siseó Stefano muy concentrado en lo que veía.

—Es la señorita Demontis... —habló el empleado con voz temblorosa. El cambio en el semblante feroz de Carlo fue notorio; su gesto se tornó una mueca nerviosa y su tez perdió el color— le dije que pidió no ser interrumpido... pero ella dijo que-

—Hazla pasar —soltó de repente. El empleado asintió y salió rápidamente del cuadro.

—Se ve asustado —comentó Stefano sin apartar la vista de la pantalla.

El video en directo mostraba a un hombre agitado. Carlo se quitó el saco, desabotonó el primer botón de la camisa, y se pasó las manos por la cara y el cabello, mientras caminaba de un lado a otro tras el escritorio. Por último sirvió un trago y lo bebió de golpe antes de tomar asiento otra vez.

—Está cagado de miedo —dijo Santino—. ¿Verá al diablo o qué?.

La puerta del estudio se abrió nuevamente y por ella no entró ningún demonio, sino una mujer. Una joven hermosa de cabellera roja brillante, piel clara y ojos verdes, enfundada en un elegante vestido azul profundo que se ajustaba perfectamente a su figura esbelta, se abrió paso en la habitación y todos los testigos callaron de sorpresa.

Pero su asombro definitivamente no superaba la estupefacción que sufría el hombre que vigilaban.

Tras la visitante entró un hombre fornido y serio, vestido con un impecable traje negro que llevaba en su mano una carpeta, este se paró en la pared junto a la puerta.

—Carlo —saludó la recién llegada con una sonrisa de labios cerrados que le daba un aire extrañamente siniestro.

—Angela no te esperaba —escupió Carlo con actuada serenidad.

—Lo sé —contestó ella sin cambiar el gesto y tono alegre—, primo —añadió a la última palabra un matiz distinto, indescifrable para nuestros espías lejanos, pero tenebroso para el hombre en el estudio.

—¿Qué necesitas?.

—He revisado los libros contables y he encontrado discrepancias —inició su explicación con paciencia didáctica, como si hablara con un infante—, movimientos inusuales en algunas áreas de la compañía... áreas bajo tu supervisión. ¿Me explicas la razón de esas transacciones?.

—Inversiones en otras ideas de negocios, quise probar suerte. Nada más —ella asintió despacio, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—¿Inviertes en los Parisi? —preguntó de golpe. Los hombres tras la pantalla compartieron miradas de sorpresa. Carlo se congeló en su sitio

Angela deshechó la sonrisa y ahora miraba a su primo con absoluta seriedad, sabiendo que como respuesta obtendría una estúpida justificación. Pero ese día no pensaba tolerarlo.

—Bueno... sus negocios son-

—Ni lo pienses, Carlo —le interrumpió con frialdad—. Sé muy bien lo que has hecho. Tú no puedes existir sin joder a la familia.

Su primo abandonó todo intento de inventar una falsedad y, suspirando pesadamente, se dejó caer en la silla, asintiendo con la mirada perdida

—¿Qué ofrecieron? ¿Más de seis cifras? ¿Jefatura? —le cuestionó—. ¿Qué querías, Carlo?.

—¡Lo que sea, maldición! —exclamó de golpe, furioso. Angela no se movió ante su arrebato—. Cualquier cosa sería mejor que lo que ustedes me dan. Me metieron a ese puesto estúpido; no me dejan hacer nada.

—¿Y eso vale nuestras vidas? ¿La de tu padre? ¿Tu esposa e hijas? —el semblante feroz de Carlo flaqueó. Se encorvó en la silla sin pronunciar palabra.

—No arriesgué a nadie más que a mí.

—Y ahí es donde te equivocas, primo, donde siempre has estado equivocado. Pero nunca lo entendiste. Cuando lavas para Parisi, no lavas tú, lavan los Demontis; cuando te reúnes con los Parisi, no te reúnes tú, lo hacen los Demontis; cuando traicionas al capo, no lo haces sólo tú, lo hacemos los Demontis. ¿Debo explicarte cómo funciona esto, Carlo? —preguntó gravemente—. No se trata sólo de ti, es algo de familia.

—Tan solo invertí en la campaña de Gardini —suspiró Carlo.

Era una verdad a medias

Sí invirtió dinero en tal campaña, pero hizo mucho más que eso. Participó activamente en la planeación del asesinato de Bruno Mancuso; les compartió detalles sobre su vida privada, su rutina, la estrecha relación que este tenía con su tío Vicenzo y, a cambio de una posición más alta en la jerarquía de la mafia, se ofreció el mismo a dar el golpe que acabaría con el capo y, de paso, con su tío. Todo esto no se lo diría a su prima; aunque no era necesario, Angela sabía todo, y su enojo crecía al escucharlo mentirle a la cara.

—Todos saben que el jefe de estado es el favorito de don Mancuso, y ese no es Gardini; también saben que si apoyas a Gardini, estás en contra de Mancuso —explicó ella con obviedad—. Sé muy bien que eso no es todo. Conozco todos tus pasos en este asunto —la piel de Carlo se erizó al escuchar la revelación—. La jodiste Carlo. Deben estar detrás de ti justo ahora... detrás de nosotros —murmuró acercándose al hombre de traje para tomar la carpeta—. Y, como ya es costumbre, tengo que resolver tu mierda.

Deslizó la carpeta sobre el escritorio en dirección a Carlo, quien la miró confundido. Al descubrir el documento su asombro fue extremo.

—¿Qué mierda es esto?

—Teniendo en cuenta lo que hacen con los traidores, esto es un favor. Te estoy salvando el culo ahora mismo. Firma. Yo me encargaré de solucionar el malentendido.

—No voy a firmar esto ¡Me están quitando todo! —gritó, golpeando el escritorio una y otra vez.

—Te estoy consiguiendo una oportunidad de seguir robando oxígeno —dijo Angela con abierta indiferencia hacia los sentimientos de su alterado primo.

—¡No! ¡No, no! Esto no es posible, ¡no puedes!.

—Sí puedo. Puedo todo, Carlo. Te di muchas oportunidades y has fallado todas. Esta es la última. Hiciste algo que no puedo tolerar y me cansé —explicó encogiendo los hombros.

—Maldita perra —masculló. Ella sonrió con burla y negó.

—Eres necio.

—Tú siempre me has visto como basura, tú y Gian, y toda tu puta prole. Mi propia familia me considera un inútil-

—Porque nunca demostraste lo contrario —interrumpió Angela. En su mirada no había emoción alguna, era plana y fría; su voz era una onda gélida e hiriente, como la hoja de un cuchillo—. Tuviste todo para ser útil en la familia y lo desperdiciaste. Te dedicaste al alcohol, el juego y el sexo y todos ellos te llevaron al fracaso. No tienes nada tuyo realmente, todo te lo ha dado mi padre luego de que el tuyo se rindiera; y aún así arriesgaste su vida con esta conspiración de mierda, la del único que nunca perdió la fé en ti. ¿Qué importan los Mancuso? Traicionaste a papá, Carlo. Casi me quitas a mi padre y eso no te lo perdono —exclamó con furia. Él la miraba con ira contenida y lágrimas en los ojos—. Agradece mi última obra de caridad. Renuncia a todo lo que te une a la familia. Si no piensas en nosotros cuando nos condenas a muerte, entonces no pienses en nosotros nunca. Haz lo que quieras; ya no eres parte de nada. Firma.

—¿Qué hay de mi mujer? —preguntó con la mirada fija en la hoja de papel—. ¿Me la quitarás también? ¿Y a mis hijas?.

—¿Ahora las recuerdas? —cuestionó con sorna—. ¿Sabes sus nombres si quiera? ¿A qué escuela van? ¿Cuándo cumplen años? No, ¿Cuántos años tienen? ¿A qué es alérgica Giulia? Responde.

No hubo respuesta.

—No me vengas con el acto de padre abnegado a mí; no sirve. Veo muchos como tú todos los días y nunca cambian. Fuiste el único al que le concedí un gramo de fé, porque eres mi familia, pero se acabó; tú no te detuviste a pensar en eso ni un segundo mientras negociabas con el mierdas de Riccardo —concluyó Angela, haciendo una referencia burlona a aquella anécdota de la infancia en la que el mayor de los Parisi había ensuciado los pantalones en el preescolar, y dos veces más cuando ya era mayor.

Santino escupió un poco de whisky al soltar una risa. Stefano negó sonriendo. Bruno observaba con los labios levemente curvados en una sonrisa. Neilan, contrario a todos, escuchaba y veía atentamente sin alterar su semblante concentrado.

—Rosa no permitiría que yo-

—Rosi está harta. Tu esposa, o debería decir ex esposa, está harta de tus estupideces. La cansaste.

—¿Ex esposa? —preguntó preso de confusión—. ¿Qué dices? —una sonrisa se plasmó en el rostro de Angela—. ¡¿Qué me has hecho?!

—Salvé a mi amiga de ti.

—No puedes. Esto es ilegal; ¡necesitan mi firma!.

—Tengo mis métodos. Descubrí que se me da bien falsificar —dijo, con una sonrisa inocente que se desvaneció en segundos.

—No entiendo, no entiendo, se supone que ella me...

—¿Te ama? —completó Angela entre risas—. Si, lo hizo. Pero amar no es suficiente, mucho menos cuando tu marido es un infiel, apostador, borracho, mentiroso, doble cara, traidor... —enlistó las infames cualidades con los dedos de su mano—. ¿Sigo? —la mirada de Carlo estaba envenenada de odio—. Sabes, siempre pensé que no la merecías; ni merecías reproducirte, pero de eso ya no hay vuelta atrás, y admito que tus niñas son lo único bonito que salió de ti. Volviendo a Rosi; no, no la mereces. Y ella no te necesita. Está mejor sin un marido como tú.

—Te casarás con alguien como yo —murmuró él, viéndola con hondo resentimiento—. Acabarás encerrada en una casa, infeliz y deprimida con un hijo de puta como yo por marido, eso les espera a las mujeres de este mundo.

—En ese caso espero que su firma sea igual de fácil que la tuya —repuso ella con suficiencia—. No temas por mi futuro, primo, yo sé cuidarme sola. Ahora firma.

—¿Por qué no lo haces tú?.

—Porque papá quiso que supieras sobre nuestra desición, y pidió tu firma como prueba de que la aceptabas —la respuesta sorprendió a Carlo, incluso le removió la conciencia—. Sí, él aún te adjudica un poco de sensatez. Si fuera mi desición esto estaría resuelto y yo no hubiera venido a esta...—miró la habitación desordenada y apestosa a cigarro y alcohol en la que se encontraba— cosa —dijo con una mueca.

—¿A dónde iré si firmo? —preguntó con la vista fija en el documento.

—A donde tu humilde mensualidad te lo permita —la revelación hizo que alzara la mirada al instante. Ella encogió los hombros con desdén—. Otro detalle de mi generoso padre. No quiso dejarte en la calle aparentemente.

Angela vió con gran alivio que su primo tomaba la pluma y la apoyaba sobre el papel. Finalmente se librarían del problema crónico que él representaba para la familia. Le dolía tener que ser dura con Carlo; pero años de fallos, promesas falsas y oportunidades desperdiciadas le habían construido una capa de roca en el corazón. Su primo no se tocaba la conciencia al momento de causar pérdidas y riesgos mortales a su familia, ¿por qué ellos deberían?.

Recordó sus años de infancia jugando con él en el jardín de la casa grande en Sicilia y sintió como un asfixiante nudo le apretaba la garganta. Carlo era su alegre y amable primo con el que aprendió a nadar en la piscina de su casa, con el que paseaban en bicicleta por la hacienda y el que le defendía en la escuela, ¿dónde había quedado ese niño? ¿Cómo se había convertido en eso?. Tragó toda señal de llanto y permaneció serena mientras él firmaba la renuncia a todas sus acciones, puesto de trabajo y propiedades obtenidas a través de su lazo familiar con los Demontis; firmó también un documento en el que aceptaba renunciar a su apellido, matrimonio y custodia de sus hijas. Cuando acabaron las hojas, y lágrimas mojaban el rostro de Carlo, este cerró la carpeta y, con la mano temblorosa, la dió a Angela, quien la tomó con el corazón hecho trizas.


La abogada entregó el documento al guardaespaldas que la acompañaba y observó una última vez a su primo. Llorando se parecía más al compañero de juegos que recordaba con cariño. Buscó en el lujoso bolso que colgaba de su brazo un pañuelo y se lo tendió; él lo tomó susurrando un gracias, y al pasarlo por su rostro, los sollozos aumentaron.

—Lo siento por lo que hice... —pronunció entre los ruidosos hipidos del llanto— y lo que te dije- no quise...

—Lo sé —le dijo Angela con una suavidad que raras veces dejaba traslucir a los demás—. Yo también lo siento, odio ser así contigo. Sabes que jamás hubiera deseado que esto pasara y me causa mucho dolor hacerlo —él asintió sin acallar los sollozos. La joven suspiró con gran esfuerzo para no liberar el llanto—. Cuídate, Carlo, por favor. No hagas tonterías.

—¿Alguna vez... —la voz de Carlo la detuvo cuando pretendía girarse a la salida— podré volver a casa? ¿Podré verlos... a todos?.

—Demuestra que lo mereces y yo misma te llevaré a casa. Hasta luego, primo —le dijo antes de marcharse de la habitación y de su vida, al menos por un buen tiempo, dejándolo en medio de un desconsolado estado de tristeza y arrepentimiento.

Las cuatro paredes que rodeaban a nuestros vigilantes estaban sumidas en un aplastante silencio. Ninguno esperaba la inusual interacción que acababan de presenciar; una llamada secreta, un acuerdo en su contra o alguna conversación que comprobara sus sospechas, eran los posibles escenarios que esperaban atestiguar. Sin embargo, contemplaron un castigo frío practicado por una mujer implacable, un destierro y una despedida amarga.

—Eso debe doler más que morir —dijo Santino rompiendo el ambiente melancólico que se había creado tras salir la mujer de la pantalla. Stefano asintió nada más.

En los otros sofás individuales; el viejo capo tomó un sorbo de café, y su hijo le dió una profunda calada al cigarrillo. Los dos se sentían afectados: Bruno, porque lo ocurrido le recordaba su propia experiencia con su hermano menor, quien había partido del mundo hace décadas; Neilan, porque la personalidad calculadora, la actitud impasible y distante y el gesto tierno que esa mujer había mostrado en tan poco tiempo, le habían sacudido de un modo que no lograba describir.

—Apáguenlo —ordenó el viejo—. Ya vimos suficiente —susurró suspirando. Se frotó ambas sienes con la yema de los dedos, apretando los ojos que empezaban a arder.

—¿Todo bien, padre? —preguntó Neilan. Bruno asintió.

—Sólo necesito un trago.

Sus sobrinos voltearon a Neilan, quien negó. Por más que le advirtieran al viejo que su cuerpo enfermo ya no debía consumir más alcohol, este simplemente desobedecía y hacía lo que quería. No tenía caso seguir.

Neilan se levantó del sillón de piel y caminó al minibar en la habitación, sirvió dos vasos de whisky y uno de vodka y regresó junto a los demás, donde le dió dos de los tragos a su padre.

—Gracias.

—¿Quién es ella? —preguntó Stefano, acomodándose en el asiento.

—A mí también me interesa saber, por razones de fuerza mayor —dijo Santino, moviendo las cejas mientras bebía de su vaso. Sus palabras le produjeron molestia a Neilan, pero se guardó los reproches, pues no entendía la reacción tonta de su mente.

—Es hija de Vicenzo Demontis, su abogada personal y principal consejera. Va con él a todas partes. —contó Bruno

—¿Por qué nunca la hemos visto entonces? —cuestionó Stefano.

—Por la misma razón que los Demontis no asisten a las reuniones de las familias, porque no son una, así que ella no se acerca —explicó el capo.

En efecto, los Demontis no eran formalmente una familia de la mafia. A pesar de su obvia posición como aliados de los Mancuso. Los Demontis eran conocidos entre las cinco familias como "colaboradores", un grupo fiable que prestaba servicios únicamente al capo y sus aliados más cercanos, si este lo aprobaba. Esta dinámica de trabajo les permitía el privilegio de vivir en paz, eran intocables gracias a su propio poder y la protección de los Mancuso. Además, les daba cierta libertad a los miembros del clan, ya que esa distancia prudente entre ellos y el crimen organizado les dejaba vivir lo más cercano posible a un ciudadano común de Italia, sin las obligaciones que la mafia podía asignarles en sus desiciones personales.

Los colaboradores Demontis no podían asistir a las reuniones de la "institución" y no tenían la obligación de presentar a sus hijas ante las cinco familias como candidatas casaderas. Gracias a esa rigurosidad de reglamentos establecidos en la organización, Angela pudo pasar desapercibida tras las sombras de la mafia y hacer de su vida lo que ella quiso, sin temer que los altos mandos decidieran unirla a algún mafioso por conveniencia. No se metía para nada en los asuntos de la institución, su conexión con ella no iba más allá de relaciones amistosas con algunos miembros de las familias; se mantenía informada de la situación interna por bien de su propio núcleo familiar, ya que ellos realizaban los "trabajos", pero evitaba a toda costa involucrarse personalmente.

Si el capo la conocía era por un motivo muy simple: era su ahijada. Vicenzo Demontis era un amigo muy cercano de él, tanto que incluso llegó a proponerle consolidar a su familia como parte de la institución o nombrarlo parte de la suya, pero este se negó cuando supo, mientras lo meditaba, que su esposa daría a luz a una niña; no iba a permitir que hombres guiados por la codicia decidieran el futuro de su hija.

Había pasado una semana desde que Bruno vió a Angela en casa de su padre, y no esperaba ver esa faceta fria de su cariñosa ahijada. Se rumoreaba que solía ser implacable en la corte, pero nunca la había visto en acción hasta ahora.

—Hija de Vicenzo, ¿con el que juegas ajedrez los domingos? —le preguntó Neilan.

—Ese mismo... mi viejo amigo. Mi Angela ha crecido mucho —dijo suspirando—. Me sorprende que no la recuerdes, fuiste a su bautizo, hasta la cargaste. Debías tener, no sé, ¿siete años? Y ella se veía gigante en tus bracitos—comentó riéndose.

Tenía ocho años y Angela poco más de tres meses. Neilan rebuscó en su memoria dicho bautizo y recordó vagamente una ceremonia pequeña en Sicilia en la que una mujer de cabello rojo le había puesto a una bebé en los brazos.

—Eres su padrino —comprendió al visualizar mejor aquel evento.

—Sí.

—No me lo mencionaste —soltó Neilan de repente, para sorpresa de todos los presentes. Su padre le dedicó una mirada inquisitiva.

—No creí que fuera necesario mencionarte a todos mis ahijados —entre los dos se formó una tensión que incomodó a los otros dos hombres en la habitación

—Me voy, Lucía debe estar preocupada —dijo Stefano mirando su reloj, se despidió con un asentimiento de Neilan y con un beso de su tío; a paso acelerado dejó el lugar.

Santino no tardó en imitarle, después de las cálidas despedidas avanzó a la salida del lugar.

—Buenas noches. Ah, tío, no sea tacaño y deme el número de la señorita —exclamó desde la puerta.

—Jódete, Santino.

—Lo intenté —murmuró al cerrar la puerta.

Al estar solos padre e hijo, el primero fue el que decidió hablar:

—¿Qué pretendes, Neilan? —preguntó gravemente.

—Nada —masculló, refugiándose en el whisky.

—Has elegido algo complicado. De todas en las que pudiste poner los ojos, te fijas en Angela. Dios me ayude —se lamentó Bruno con pesar.

—Te angustias sin razón, padre. No he dicho que me guste.

Sus débiles argumentos no convencían a su padre, ni a él mismo. Angela tenía una belleza seductora y enigmática que lo atraía bastante. Había algo en ella que le intrigaba. Lo que vió en esa pantalla le gustó mucho y quería ver más, quería verlo todo. Era sin dudas la mujer más misteriosa que había conocido.

—Podrás engañar a todos, incluso a ti mismo, pero no a mí —chasqueó la lengua y tras un largo suspiro dijo: —Lo peor de esta situación es que no puedo decir nada malo de Angela. Es la mujer ideal para este mundo, tú lo viste, es de acero. En otras circunstancias te habría animado a tomarla como esposa.

—Pero... —susurró Neilan

—Pero eso es lo que Vicenzo menos querría. Es en contra tuya que debo hablar, hijo. No eres el mejor partido. Lo siento, pero es la realidad.

—Gracias por la honestidad —exclamó en una risa amarga.

—Sólo pienso en Angela.

—No soy como el tal Carlo, ni como Tony —mencionó el nombre prohibido, el de su difunto tío, hermano menor y descarriado de Bruno.

—Estás saliendo del tema, Neilan. Para allí.

—No deberías temer que mi esposa muera por mi causa, ni que los Demontis busquen vengarse cobrando mi vida—continuó él, en contra de la orden de su padre.

—Basta —escupió Bruno, con el pulso acelerado y la frente perlada en sudor. Neilan se arrepintió al instante de su osadía y calló. Le tendió su propio vaso de licor a su padre y este bebió rápidamente, calmando su exaltación. Con la respiración pausada volvió a hablar—. Sé que no eres como ellos. No dije que no eras la mejor opción por tu comportamiento con las mujeres, lo dije por lo que serás cuando yo ya no esté. Vicenzo no aceptó estar en la institución por proteger a sus hijos, no le agradará nada que su hija termine casada con el capo de la jodida mafia —Neilan asintió, comprendiendo ahora las palabras de su padre y, con pesar, entendiendo las motivaciones de Vicenzo.

—Lo que sea que ocurra, es elección de Angela, no de Vicenzo o tuya, padre —declaró seriamente.

Bruno miró a su hijo con la sorpresa plasmada en el rostro y encontró en esos ojos negros iguales a los suyos, una fuerte determinación; comprendió que su hijo había tomado una desición que él no podría cambiar. Asintió resignado y exhausto. Ya estaba muy viejo para esos asuntos del romanticismo.

—Tienes razón —dijo con voz arrastrada, al levantarse con esfuerzo del sofá—. Te deseo suerte, hijo, la necesitas; Angela es tan dura como el roble. Y recién descubrí que da miedo —comentó mientras se alejaba, camino a su dormitorio. Neilan sonrió al escucharlo.

Neilan ya no pudo pensar en nada más el resto de la noche. Pasó más horas, luego de que su padre fuera a dormir, sentado en el mismo sitio, con el cigarro volviéndose cenizas mientras sus pensamientos giraban en torno a una mujer. Un fuerte debate se desarrollaba en su cabeza, uno entre sus deseos más irracionales y sus justificaciones más lógicas, uno que no llegaba a consenso.

Jamás había meditado un tema tan lejano a su forma de vida, a pesar de que ya sobrepasaba por cuatro años los treinta, no pasaba por su mente el buscar a la mujer a quien juraría fidelidad hasta la muerte; ni siquiera pensaba en tener una relación mas allá de encuentros de una noche. Hasta ahora. Porque, a pesar de los intentos de Vicenzo por alejar a Angela de las profundidades de la mafia, no existía en la tierra mejor mujer para convertirla en su esposa. Como su padre dijo, ella estaba hecha para su mundo, estaba hecha para él. Y de algún modo sabía que, sin importar la conclusión más sensata a la que llegara esa noche al pensar en el viejo Demontis y sus preocupaciones, él simplemente iba a ignorarlo todo y a hacer lo que sus impulsos le exigían: ir tras Angela. Era consciente de que conocerla más sólo aumentaría esa extraña fijación que empezaba a germinar en él; pero no le importaba, quería nutrir o marchitar lo que sea que ella le provocó. Quería comprobar de una vez por todas si su intuición era correcta, si ella era la mujer ideal para compartir el poder que caería sobre sus hombros.

Hizo una llamada en plena madrugada, su molesto amigo recibió la orden de recopilar todo dato de la vida de una exitosa abogada desconocida. El hijo del capo ignoró todo reclamo y pregunta de su interlocutor y repitió su orden antes de colgar.

Era jueves y Neilan no podía esperar a que el Domingo llegara. Su padre y él tenían un compromiso muy importante en la residencia Demontis.


◇◇◇.