Capítulo 1
Tenía miedo.
Era lo primero que sentía cuando no tenía más opción que exponerme al peligro en las solitarias calles de la ciudad.
Miedo. Terror. Pavor. Temor. Pánico.
Llámenlo como quieran. Eso sentía desde que el apocalipsis llegó.
El miedo.
Yo avanzaba con sigilo por las calles desiertas de Seúl. El sol del atardecer teñía el cielo de un rojo apocalíptico mientras buscaba desesperadamente un refugio seguro donde quedarme. Mi corazón latía con fuerza, y cada crujido de una rama o el más mínimo suspiro del viento me hacía saltar de susto. La ciudad que una vez conocí como mi hogar en ese momento ya era un campo de batalla lleno de criaturas hambrientas por la carne humana. Es por eso que, con el paso del tiempo, aprendí que tenía que vestir prendas cómodas y oscuras para moverme con facilidad y camuflarme en la penumbra de la ciudad.
Podía moverme con agilidad por los obstáculos urbanos, escalando paredes y saltando entre los edificios. Sí, yo era muy bueno en el parkour, era una destreza que había perfeccionado durante años en las calles de Seúl. Era mi única ventaja en este mundo donde las puertas y las calles estaban bloqueadas por barricadas improvisadas y vehículos abandonados.
El miedo a estar solo en este mundo empeoró con la llegada de la noche. También me daba miedo la oscuridad.
_ Mierda–Estaba en serios problemas. Iba a ser devorado por esos estúpidos engendros de la podredumbre–Mierda, mierda, mierda.
Esos malditos zombies no tardarían en encontrarme, en perseguirme para deleitarse con mi carne humana y tierna.
Sentí náuseas: –Doble mierda.
Seguí corriendo hasta que finalmente, vi un edificio de cinco pisos que parecía relativamente seguro. Las ventanas del primer piso estaban rotas, lo que sugería que alguien más había estado buscando refugio allí antes. No tenía más opción. Con cuidado, subí por el tubo de desagüe, alcancé una cornisa y me deslicé dentro del edificio. No podía evitar pensar que cada movimiento que hacía podría ser mi último suspiro.
Saqué la linterna de mi mochila y la encendí, apuntando siempre hacia adelante.
_ Tranquilo, Jimin, tranquilo–Tenía la respiración agitada y las manos me temblaban. Canté un poco para darme ánimos–Tranquilo, todo estará bien, todo estará bien. Tú puedes hacerlo.
A medida que exploraba el interior del edificio abandonado, buscando un lugar donde pasar la noche, noté los signos de una lucha anterior. Rastros de sangre seca y huellas de manos marcaban las paredes. Supuse que el anterior inquilino no había tenido tanta suerte como yo.
_ Mierda–Era lo único que podía decir en medio de la oscuridad y el miedo.
Finalmente, llegué al quinto piso. Era un lugar oscuro y polvoriento, pero parecía estar relativamente intacto. Me pregunté cuánto tiempo podría quedarme allí antes de necesitar moverme de nuevo a otro sitio.
_ Bueno, al menos aquí puedo descansar y recuperar algo de energía.
Abrí lenta y cuidadosamente la puerta de uno de los apartamentos. Exploré con la linterna, y afortunadamente no había ningún zombie allí. Entré sigilosamente cerrando después la puerta a mis espaldas. En un rincón oscuro, bajo una ventana con cristales rotos, vi una lata oxidada con un cable enrollado.
_ ¿Qué demonios es eso?–Me agaché y recogí la lata, examinándola con curiosidad. Parecía un dispositivo rudimentario de comunicación, algo que sinceramente no esperaba encontrar en medio de todo ese caos.
Con cuidado, levanté la lata cerca de mi boca y hablé:
_ ¿Hola?
Me reí entre dientes porque estaba haciendo algo realmente estúpido. ¿De verdad creí que alguien iba a responderme estando completamente solo en esa ciudad?
_ Por Dios, Jimin, no seas tan patético–Me regañé a mí mismo.
Sin embargo, una voz distante respondió desde el otro extremo.
_ ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
_ ¡Ahhh!–En un arranque de pánico, solté la lata oxidada y ésta se estrelló ruidosamente contra el suelo.
El corazón latía con fuerza en mi pecho. La sorpresa de haber escuchado una voz del otro lado de la comunicación improvisada había enviado un escalofrío por mi espalda. Mis ojos se abrieron de par en par, y una oleada de adrenalina recorrió mi cuerpo.
_ No...no es verdad...no es verdad...–Me tapé la boca con la mano, hiperventilando–No..es...real...no escuché una voz...no lo hice...no lo hice...no estoy loco...
Pero sí estaba loco, ¿no? Yo escuché claramente una voz que respondió mi saludo inicial. ¿Alguien también se encontraba solo? Bueno, su voz fue la prueba de su señal de vida, aunque también podría ser un peligro potencial, ¿no? La ciudad estaba infestada de zombies, y cualquier sonido inusual podría atraer su atención.
_ Ay, mierda–Había hecho suficiente ruido con esa estúpida lata. Pude haber alertado a los zombies cercanos.
Mi respiración se volvió superficial, y con cautela, tomé la linterna de nuevo en mi mano. Me quedé inmóvil, escuchando atentamente. Durante un momento interminable, solo pude oír el susurro del viento a través de las ventanas rotas y el eco de mis propios latidos en los oídos. La sensación de peligro me inundó mientras imaginaba a los zombies acercándose, sus gruñidos guturales resonando en los pasillos oscuros del edificio.
Las lágrimas brotaron de mis ojos. Estaba cansado y muy asustado. No podía permanecer en silencio para siempre. Tenía que obtener respuestas y, lo que era más importante, encontrar a alguien más que estuviera vivo. Porque cuando escuché esa voz, supe que no estaba solo en la ciudad de Seúl.
Así que recuperé la lata a pesar de que seguía temblando. Pero antes de hablar nuevamente, me aseguré de no haber atraído la atención no deseada de esos seres oscuros.
Finalmente, tras lo que le pareció una eternidad, respiré profundo y me arriesgué a susurrar:
_ ¿Hola?–Hice el mayor intento de minimizar cualquier ruido innecesario–¿Hay...hay alguien ahí?
La espera se volvió aún más angustiante cuando no obtuve ni una sola respuesta. Me pregunté sí la voz del otro lado había sufrido el mismo sobresalto que yo.
Lentamente me levanté del suelo y me acerqué a la ventana sosteniendo todavía la lata con la mano. El mundo exterior seguía en silencio, pero la incertidumbre persistía. Tenía que prepararme para enfrentar cualquier amenaza que pudiera surgir.
_ Hola. Me llamo Jimin, tengo veintiún años y odio el mango–Tragué saliva, nervioso–¿Puedes...puedes decirme quién eres?
Levanté la vista al mismo tiempo que un chico se asomó con cautela desde la ventana del edificio de enfrente. Su cabello rosa, un contraste llamativo en medio de la oscuridad de la ciudad en ruinas, le caía desordenadamente sobre la frente. Sus ojos, oscuros y penetrantes, escudriñaban el quinto piso del edificio donde yo me encontraba. Su piel era pálida como el azúcar. Vestía un suéter rosado con capucha y unos jeans desgastados que mostraban señales de la dura vida que había llevado desde que comenzó el apocalipsis zombie.
Él me observaba con sorpresa y cautela. Era obvio que tampoco esperaba encontrar a otra persona viva en medio de este caos, y mucho menos a través de un dispositivo de comunicación improvisado.
A pesar de su aspecto desaliñado y cansado, su expresión reflejaba determinación y una chispa de esperanza al darse cuenta de que no estaba solo en esta lucha por la supervivencia.
No podía creer lo que mis ojos estaban viendo.
Con cuidado, el chico se inclinó un poco más hacia la ventana, asegurándose de que no había amenazas inmediatas a su alrededor antes de acercar la lata a su boca.
_ Hola. Soy Yoongi. Min Yoongi. Tengo...tengo veintiún años y me gusta el mango.
De verdad había alguien más en aquel otro edificio abandonado. Era casi como un milagro. Una pequeña chispa de esperanza comenzó a brillar en mi corazón. Había encontrado a un compañero en ese mundo desolado.
_ No puedo creer que haya encontrado a alguien más.
Con la lata pegada en mi boca, dije: –Tampoco yo. Pero que bueno que te encontré, Min Yoongi.