Capítulo 1

En el principio de los tiempos en la Edad de Piedra, el poblado de Neyuk-ta se preparaba para su gran fiesta de iniciación, en la que los jóvenes que habían cumplido los dieciocho años debían demostrar a la sociedad que estaban preparados para convivir con los adultos. Por tanto, antes de poder participar en los diversos actos sociales, se requería que muchachos y muchachas pasasen la gran prueba por la que dejaban atrás su vida de inocencia juvenil.
Aquellos dos jóvenes, procedentes del poblado, se dirigían a las profundidades del Gran Bosque Helado, un conjunto de enormes árboles y espesa vegetación, propia de un clima frío que no llegaba, sin embargo, a puntos de congelación. La gran glaciación ya la habían dejado atrás generaciones anteriores, y con ella el sufrimiento cotidiano por la supervivencia en un mundo hostil de hielo y hambruna.
Pero el deshielo de una parte del bosque había dejado al descubierto una civilización inquietante: las Winglins.
—Nadie sabe cómo son realmente las Winglins, pero se dice que son seres que se caracterizan por su metamorfosis a partir de una simple mariposa. Debemos de tener mucho cuidado, pues hay mariposas que realmente lo son y hay otras… que se convierten en Winglins o criaturas aladas de eterna transformación. En realidad, no sabemos en qué consisten esas transformaciones, ya que todo aquel que ha caído en las redes de una winglin, no ha vuelto para contarlo —dijo la muchacha.
—¿Y cómo puedo saber si estoy ante la presencia de una inocente mariposa o de una cruel Winglin? —quiso saber el joven.
—No se puede saber a simple vista. Por eso debemos protegernos de ellas. Y así, antes de ir a cazar al bosque untamos nuestro cuerpo con la esencia de “La planta protectora”, una sustancia que repele a las Winglins y por la que solo vemos auténticas y bellas mariposas.
La joven hizo una pausa tratando de analizar la reacción del muchacho ante sus palabras. Luego continuó hablando con un tono que revelaba firmeza:
—Y ahora te prevengo. La esencia de “La planta protectora” no debe entrar en contacto con el agua. De lo contrario, el líquido hará que desaparezca de nuestra piel, volviéndonos vulnerables ante las Winglins. Bien, ¿alguna pregunta?
Ante el mutismo de su compañero, la joven cazadora siguió hablando:
—Hoy es el gran día de tu iniciación. Que no se convierta en un día de infierno. Dispongámonos, pues, a cazar. Yo seré tu acompañante protectora y te ayudaré en lo que necesites, pues yo ya pasé por todo esto antes. No te separes de mí.
Después de la última Edad de Hielo y a medida que el clima se volvió más cálido se extinguieron especies como el mamut lanudo, el caballo salvaje y el rinoceronte lanudo. En cambio, sobrevivieron otras especies, como el bisonte, el reno y el buey almizclero. Cualquiera de estos animales servía de alimento a la población de aquellas tierras del continente europeo. Y eran las principales presas que ambos jóvenes esperaban encontrar en el día más especial de sus vidas. Sin embargo, no sospechaban lo que estaba a punto de ocurrir.

Como salido de la nada, un enorme lobo prehistórico se aproximó amenazadoramente hacia ellos. Los dos jóvenes se prepararon para el temible enfrentamiento con un animal que parecía estar más que hambriento. La muchacha, como cumpliendo su deber de protección hacia el joven iniciante, se colocó enfrente del lobo, cubriendo el cuerpo de su compañero, que permanecía detrás de ella observando, pero sin dejar de tensar el arco y la flecha que apuntaba al depredador. La aciaga suerte, sin embargo, provocó que una mala pisada hiciese resbalar al muchacho y cayera a las aguas de un río que discurría a espaldas de ambos. La joven cazadora vio con impotencia cómo la corriente arrastraba al joven, al que pronto perdió de vista irremediablemente.

Finalmente, el muchacho consiguió salvar la vida al lograr agarrarse al tallo de una planta que crecía en la orilla del río. Pero estaba ya muy lejos de su compañera. Pronto advirtió que, al mojarse con el agua, había perdido la protección de la sustancia de la planta protectora. Nada podía hacer, sin embargo, más que continuar su camino para intentar culminar, ahora él solo, su propósito iniciático.
El muchacho, al que llamaban “Flecha sobre el viento”, debido a la rapidez con la que era capaz de correr, más rápido que las flechas que eran disparadas por los cazadores, según decían, ya se había adentrado en el Gran Bosque Helado. Había perdido el arco y las flechas al caerse en el río, por lo que no disponía de armas con las que defenderse de los peligros que sabía que le acecharían. Y, aunque era un joven valiente y decidido, su inexperiencia como cazador era más que evidente. Sin embargo, no sabía todavía que su destino iba a convertir su naturaleza de cazador en la de simple presa.

El tiempo transcurría en el bosque sin que “Flecha sobre el viento” hubiese tenido que enfrentarse a algún animal salvaje. Al parecer había entrado en una zona forestal extraña, con unas características de vida diferentes a las habituales, con una flora y fauna peculiar y fuera de lo común: criaturas desconocidas se movían por doquier, mientras que flores y plantas que no había visto nunca conformaban el jardín más insólito jamás contemplado. El joven no era consciente de que la extrañeza que aquel mundo le provocaba le hacía al mismo tiempo ignorar las señales de peligro y abandonar la necesaria prudencia sobre aquello que se desconoce. Ciertamente, se comportaba como un niño que hubiera descubierto un inexpugnable secreto y se dejase llevar por las más intensas emociones de sorpresa y fascinación.
Entonces la vio. Posada sobre la rama de aquel árbol yacía la más hermosa de entre todas las mariposas que pudieran existir sobre la Tierra. Su tamaño era enorme, mucho mayor que el de cualquier mariposa común. Pero lo malo era que el joven, sin la sustancia protectora sobre su cuerpo, parecía haber olvidado el peligro que suponían las mariposas Winglins. Aquella singular visión había hechizado al joven, que la miraba completamente extasiado. Sus débiles ojos de humano solo podían apreciar de manera limitada el impresionante surtido de colores de aquel hermosísimo insecto, cuya inconmensurable esencia no podía ser captada en su totalidad.
La mariposa se había movido y parecía arrancar el vuelo, desplegando su sinfonía de colores. Rojo y azul se mostraban alternativamente con el batir de las alas en el aire. El muchacho quiso seguir imprudentemente al bello insecto, que ahora volaba por los alrededores formando mágicos círculos en torno a él. “Flecha sobre el viento” levantaba sus trémulas manos como queriendo atraer hacia sí la mismísima alma de la mariposa Winglin.

Súbitamente, la Winglin se desvaneció y, como el ave Fénix, resurgió de entre sus restos la forma humana de una mujer, que impactó en el joven como hermosísima diosa que era, de un resplandor y pureza sin igual. Se podría decir que ante él la mariposa se había transformado en una bella mujer-mariposa, un insigne animal de facciones y fisionomía femeninas, pero con las hermosas alas del insecto.
—¿Quién o… qué eres? —acertó a preguntar, balbuceando, el joven.
—¡Oh, no lo quieras saber, desafortunado ser! ¡Aléjate de mí, ahora que aún estás a tiempo! —le respondió con tristeza la mujer-mariposa, intentando zafarse del muchacho.
—¡No, no te vayas! —le rogó el incauto joven.
—¡Vete, antes de… que me transforme en… !
Pero la Winglin no pudo terminar de hablar, pues “Flecha sobre el viento”, totalmente fuera de sí, la había agarrado por la cintura, apretándola con fuerza descomunal, atrayéndola hacia sí.
Solo entonces comprendió el muchacho cuál era la verdadera naturaleza de la Winglin, pero ya era demasiado tarde, pues la mujer-mariposa fue protagonista de una última transformación, convirtiéndose esta vez en una mujer-demonio alada, con grandes cuernos que sobresalían de sus sienes y con su pelo largo pelirrojo que brillaba con intensidad diabólica. “Flecha sobre el viento”, que había despertado por fin del sopor de la ignorancia, empezó a correr, con la velocidad que le caracterizaba, tratando de alejarse de aquella imagen bellamente infernal.

La Winglin-demonio volaba tras el joven, persiguiéndolo, implacable, a través del corazón del bosque con la determinación de aquellos seres que se sienten superiores y orgullosos del dominio que su cautivadora y, al mismo tiempo, demoníaca hermosura, ejercía sobre los indefensos individuos, quienes, finalmente sucumbían ante su poder.
De repente, el muchacho detuvo su huida para recoger del suelo una larga rama que lanzó sobre la Winglin. La mujer-demonio esquivó fácilmente el objeto lanzado sobre ella. Pero, en una nueva manifestación de fuerza, de su cuerpo emergieron decenas de Winglins-demonio que se lanzaron sobre el joven en un vuelo en picado desde las alturas. Ante lo cual, “Flecha sobre el viento”, viéndose brutalmente amenazado, echó de nuevo a correr, en una persecución que no parecía tener fin.

Las Winglins le pisaban los talones y estaban cada vez más cerca del joven. Pero este no se resignaba a morir. Si tenía que sucumbir, pensaba, no sería sin haber luchado hasta el final. Por fin, viéndose rodeado por las mujeres-demonio, se le ocurrió una última idea, que, si bien no lo salvaría de ellas, al menos le proporcionaría un tiempo precioso desde el que seguir viviendo. Y fue que, divisando un río cercano poco profundo, se lanzó al agua, intentando dilucidar cuál sería la reacción de las Winglins cerca de un elemento líquido. Algunas de ellas, las que estaban más cerca del muchacho, cayeron por inercia al agua. Sus alas mojadas les impedían volar, pero tampoco parecía que tuvieran mucha destreza nadando. “Flecha sobre el viento” aprovechó la situación para alejarse nadando de allí.
El joven creyó que las había despistado, pero no bajaba la guardia, pues sabía que no podían andar muy lejos de allí. Sin embargo, el relativo descanso de este momento de inacción, le hizo reflexionar. Se sentía ahora más cansado, más débil, más inútil en su lucha contra las Winglins. Pensaba que todo esto era una auténtica locura. Cómo de una simple mariposa había surgido una mujer-mariposa y, luego, todas aquellas mujeres-demonio. Y le vino a la mente el recuerdo de las palabras de su compañera de iniciación, su protectora: “Winglins, criaturas aladas de eterna transformación”. Cuánta verdad rezumaba esa frase.

Sin previo aviso, una mujer-demonio alada se había lanzado sobre el cuerpo indefenso del joven. Haciendo alarde de una extraordinaria fuerza, aquella Winglin había conseguido derribarlo. “Flecha sobre el viento” se hallaba en el suelo y tenía encima, sujetándolo fuertemente, a la mujer-demonio. Seguramente esperaba que las demás llegasen de un momento a otro para capturarlo definitivamente y, matarlo, o, quién sabe, llevarlo prisionero hasta su reino. Porque estaba seguro que habitaban en comunidad en algún lugar del bosque.
El muchacho consiguió darse la vuelta, de modo que era ahora la Winglin la que estaba apresada bajo el cuerpo de él. Y, aunque su pretensión no era la de matar por matar, no tuvo más remedio que defender su vida arrancando las alas del cuerpo de la mujer-demonio. “¿Qué… has hecho, humano?”, logró musitar ella antes de fallecer, pues se hizo evidente que, sin sus alas, estaba condenada a una muerte segura. Después, el joven vio con horror cómo sus restos se convertían en polvo, no quedando apenas nada de ella.

Cuando “Flecha sobre el viento” estaba a punto de emprender la marcha de nuevo, se vio rodeado, esta vez de manera definitiva, por un número demasiado elevado de Winglins como para poder hacerles frente. De modo que el joven permaneció quieto, esperando su llegada. ¿Qué otra cosa podía hacer?
El desafortunado muchacho fue llevado por las mujeres-demonio hasta una zona muy profunda del Gran Bosque Helado. Era en aquel lugar donde vivían en comunidad. Una vez allí, pudo presenciar cómo las diversas manifestaciones de las Winglins convivían armónicamente. En medio de bellísimas mariposas gigantes, se hallaban tanto las mujeres-mariposa, como las mujeres-demonio aladas, en perfecta armonía. Pero a “Flecha sobre el viento” casi le da un vuelco el corazón al ver en un sitio apartado numerosas jaulas hechas de metal y, dentro de ellas, como pájaros cautivos sin alas, decenas de humanos, mujeres y hombres, que, como él mismo, habían sucumbido a un terrible destino, a una suerte casi peor que la propia muerte, encerrados para siempre, hechizados, engañados por la belleza que era en realidad una trampa mortal. A veces la muerte se nos presenta disfrazada de hermosura. Eso es lo que pensó “Flecha sobre el viento” antes de ser llevado por las Winglins hasta una de las jaulas para ser encerrado allí sin que ya no importara si el tiempo seguía transcurriendo en forma de amanecer, atardecer o anochecer. Sin que ya no importara si seguía existiendo el mañana.
