Tormento Inmoral

All Rights Reserved ©

Summary

Disparos rasgan veladas, ahora sangre se pierde entre tormentas y es que la muerte acecha desde las sombras. Los Davies, atrapados en su propio abismo de depravación, enfrentan la ira de un destino insaciable que se enfoca en perseguir el corazón roto de la pequeña Emma. Amores efímeros, promesas rotas y un oscuro sendero amenaza con cambiar el juego. Porque donde el pecado se desborda, el castigo apremia.

Status
Complete
Chapters
30
Rating
4.9 8 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 1

La distancia será el castigo de cada amante que se condene al amor.

Emma

Soy incapaz de apartar la vista de mi vientre, claro que sigue como antes, pero no puedo estar tranquila con la noticia que me acaban de dar.

Acomodé la primera ecografía frente al espejo en que me veo, aun así, me rehúso a pasar por esto sin él.

Ni siquiera puedo tocar mi cuerpo sin sentirme extraña, sin recordarme que mi egoísmo nos obliga a conservar una parte del hermano que ya no tengo y seguramente me arrepentiré de esto.

Dos, son dos vidas creciendo dentro de mí.

—¿Qué te atormenta?

Sean-

No, es Shane quien pregunta por mi estado, a medida que se adueña de la habitación y toma asiento sobre la cama que acomodaron días atrás.

Parece que llevar camisa es un castigo para él, pero es tan parecido a Sean que verlo es una tortura.

—No puedo hacerlo —confieso—. Tal vez deba deshacerme de esto.

—No creo que alguna vez se esté listo para ser padre —giro a su dirección, y él palmea el espacio a su lado—. Recuerdo que me sentía incómodo con Adeline, luego de tenerla en mis brazos comprendí que ahora era mi mundo.

Abro la boca para responder, pero no encuentro una respuesta adecuada para tales palabras, no pensé que fuera un hombre de sentimientos.

—Además, cuentas con nuestra ayuda.

Opto por apretar su mano en agradecimiento, pues cuando intento sonreír, termino soltando una mueca al recordar las crudas palabras del doctor, advirtiéndonos que Sean ya no sería el mismo.

Mi vista no tarda en empañarse, y como lo he hecho desde que llegué, rompo en llanto al lanzarme a sus brazos.

—¡Lo quiero devuelta! —grito, en medio de lágrimas amargas. Me retiene cuando me levanto, empezando a golpearlo—. ¡Regrésame a mi hermanito! —me rindo, dejando que me sostenga, al tiempo que lo empapo con mi sal—. Por favor…

—Dime que es mentira, que me lo soñé, que tú ya no te vas —recito la maldita canción que no he dejado de escuchar—. Que a partir de hoy todo es recordar, no te olvidaré, no me olvidarás.

»Dime que no es cierto y que este amor tan grande no se acabara.

El silencio vuelve a reinar, su respiración es lenta y pesada, ninguno se aleja y agradezco que sea así. Me permite sentirme protegida hasta el momento en que las puertas son abiertas, en solo segundos su hija llega hasta nosotros.

—Sé lo que necesita —avisa—. Vete, papá, no serías una chica aunque te disfraces.

El hombre aguanta una sonrisa y debo hacer lo mismo al imaginarlo como travestí. Luego me observa, aprieta mis hombros con calidez y desaparece, tal como su hija le ordenó.

Me limpio el rostro antes de volverme hacia ella, pretendiendo que no estaba llorando.

—Deberíamos salir —propone—. El encierro te llevará a la depresión, así que cada palabra que salga de tu boca será recibida como un “Si, Adeline. Eres la mejor”

Medio sonrío, y antes de que siquiera pueda decir algo, estoy siendo empujada al interior del baño con la ropa que me entregó de la nada antes de encerrarme.

Decido complacerla soltando un fuerte suspiro, me pongo el vestido blanco que entregó junto con las converse negras con cuero en la parte de atrás que, según mi mamá, solo las vestiría un drogadicto y-

“Sin bragas, ¿quieres matarme?”

Sus palabras me atacan sin siquiera desearlo, el filo atraviesa mi pecho con un solo pedido de no volver a despertar. «Hace nada que él también estaba aquí»

Me obligo a salir del baño mostrándole los dientes, es tan buena que me responde con más ánimo antes de anclar su brazo al mío.

—Estás divina —halaga—. Inverness te va a encantar.

—Gracias —respondo de inmediato—, pero no pienso que salir me ayude en algo.

Niega, me empieza a hablar de cosas que no capto mientras salimos del castillo.

Su infancia debió ser increíble.

—En fin, no importa cuánto te quejes —dejo que me guíe a una camioneta—. Debemos recuperar el tiempo perdido y crear recuerdos con los monstruitos.

—¿En serio? —enarco una ceja, entrando al auto—. Divino el apodo.

—¿Verdad que sí?

Terminamos en un viaje de casi una hora hasta que los primeros ápices de la ciudad se fueron asomando. Ahora estamos enfrentando a la gran cuidad de estas tierras altas, a un paso lento y sin prisa.

—¿Si querías tener a Carter? —inquiero, curiosa de lo que una madre piense.

—No —responde, frunciendo el ceño a medida que habla—, un niño no estaba en mis planes. Me sentía rara y solo quería que acabara, me esmeré en quererlo luego del parto, y eventualmente dejó de ser un esfuerzo.

»Dexter sin duda lo quiso desde que se enteró.

Ah, tú sí tienes al padre.

Nota que mi rostro se descompone, gracias a esa estúpida conciencia que no me deja en paz, y decide señalar al frente con un cambio de tema.

—¡Mira! —chilla, jalándome del brazo—. Ya casi llegamos a la catedral.

Poco después de dos cuadras se asoma una construcción con dos torres, que si mis conocimientos no me fallan, son piedra arenisca y caliza.

—Saquemos una foto.

Me hace posar en frente de esta ironía pecaminosa, suelto mi mejor cara y la dejo decidir cuál es la mejor foto para las redes.

—Debes ser fuerte, Emma —recuerda, alejando el móvil—. No solo por ti, podrán estar dentro del vientre, pero sienten lo que tú.

Ella tiene razón, piensa en los bebés.

Primera cosa coherente que dices, pero se llaman fetos.

—Lo sé. —me limito a responder, siguiendo con el camino hasta una boutique.

Me llevaría una decepción si no supiera de antemano que la ciudad es pequeña. Me adentro entre las perchas, lejos de la otra, hasta que un enterizo rojo capta mi atención.

—Pruébatelo.

Toma mi brazo como por décima vez en el día y tira de mí hasta dejarme en los probadores con la puerta cerrada, la diferencia es que esta vez no me molesta acatar su orden.

La prenda se ciñe al cuerpo, ajustándose en mi inexistente barriga, y al ser una tela estirable, supongo que lo podré usar por un buen tiempo. Además, el escote está para morirse.

Salgo para mostrarle, debo caminar por el local hasta que la encuentro por la entrada, hablando con un rubio que claramente no es su esposo. Detallo al europeo con la mirada entrecerrada mientras me acerco, viste de traje azul, y no se le ve un solo tatuaje que le pueda gustar a mi prima.

¿A dónde están los vibes, mijo?

Ella se gira, solo para encontrarse conmigo y descolgar la mandíbula al segundo.

—¡Es perfecto! —chilla, feliz—¡Pareces una moto mami, solo espera a que te crezca la barriga!

Rio sinceramente ante la bobada, y sin querer, comparto una mirada hacia los curiosos ojos verdes del hombre, quien mantiene la seriedad.

—¡Oh! —queda de medio lado a ambos—. Él es Damon. —ahora lo mira a él—. Y esta es Emma, mi motoprima favorita.

Ríe por primera vez, mostrando una dentadura perfecta para luego extenderme la mano.

—Un placer.

Correspondo con un firme apretón.

—Encantada —asiento—, iré a pagar.

Estoy a punto de girar sobre mis talones cuando vuelve a hablar.

—No les quito más tiempo, salúdame al perro.

Adeline asiente al principio, pero al darse cuenta de algo, golpea su hombro de una manera juguetona.

Frunzo el ceño, pero no sería extraño que tuviera una relación abierta.

—Dexter no es nombre de perro. —ella misma se ríe, antes de besarle ambas mejillas para dejarse envolver en un corto abrazo.

—Fue un placer, Emma —asiente de mi dirección, le sonrío de boca cerrada—. Las veo luego.

No aparto la confundida mirada, reacciono cuando me guiña un ojo al salir del lugar y sacudo la cabeza una vez desaparece entre la multitud de turistas.

—Ni un mes y ya andamos pegando duro. —se burla, empujándome por el hombro.

Yo sólo niego con vehemencia.

—La gente suele ser amable por aquí ¿Sabes? —respondo, fiel a mi palabra—. El que me interesa ya me hizo ghosting.

—¿Si sabes la diferencia entre eso y perder la memoria?

—Es lo mismo, los hombres cada vez tienen peores excusas.

—Si tú lo dices —resta importancia—. Ahora ve a pagar, un minuto más aquí y me llevaré toda la tienda.

Alza una bolsa llena de ropa y empiezo a creer que tiene poderes, pues empacó media boutique en tan solo minutos.

Cómo sea, empieza a pagar por sus cosas mientras yo regreso a cambiarme, pero debo preguntarme lo que hubiera hecho Sean al verme así.

Seguramente entraría al cubículo soltando algo como:

“Te lo vas a quitar porque voy a follarte. Aquí, en la jodida tienda, y más te vale ser silenciosa. A menos, que cómo buena perra, quieras que alguien nos vea.”