El desayuno
Abril 19, martes, 2072
7:32 a.m.
La misión no es simple, pero la he repasado minuciosamente ya tantas veces en mi cabeza que incluso me he acostumbrado a la agonía que la acompaña. Esta mañana he dejado a mi madre en casa con un Jesús en la boca, un beso en la frente y un desayuno sin terminar; la preocupación le salía por los poros. Ella miedosa y recatada; yo, miedoso y portador de la peor suerte del mundo. Ella dice que exagero, que no es una cuestión de suerte sino de honor, que todos los años el gobierno debe elegir a alguien y que, aunque yo no lo quiera, debo aceptar la tarea con orgullo —ni siquiera debería de pensar que no lo quiero, pero ya qué—. Suelo asentir con la cabeza para demostrar que estoy de acuerdo, luego compartimos una mirada que guarda el secreto de que somos fiel creyentes que, en realidad, no es una cuestión de suerte ni de honor, es una cuestión de injusticias y poder, pero no hay nada que yo pueda hacer.