01♔
El sollozo de la duquesa Leonor era lo único que se escuchaba en la habitación.
—Se quemó todo, mis señores. Los guardias ya revisaron entre los escombros y no hay rastros de la señorita Lesya —dicho esto, el hombre abandonó la sala.
La duquesa lloró aún más fuerte y se aferró al borde de la túnica de su marido. Parecía que, con cada verano, el destino les arrebataba a otro hijo.
—Escapó —murmuró el duque—. Alguien debió alertarla de la llegada de los Haltow.
—Manda a tus hombres, no debe estar muy lejos —dijo ella con falsas esperanzas
Considerando el tiempo que había pasado, la joven podía estar escondida en los alrededores del castillo o bien, ya muy lejos en otro reino.
—No lo haré.
—¡Es nuestra hija!
—¡Comprende que estará mejor lejos!
El duque le dio un fuerte golpe a la mesa y su esposa no tuvo más opción que sentarse de nuevo y guardar silencio.
El ambiente incómodo y lleno de angustia solo aumentó cuando la puerta se abrió con un estruendo y estuvo a punto de caerse. Parte de la madera podrida cayó cerca del pantalón manchado del guardia, quien entró despavorido a la sala e hizo una torpe reverencia antes de hablar:
—Mi señor —escupió un poco de sangre—, los Haltow están aquí.
—¡Diles que no pueden pasar! —gritó desesperado.
Con la mano le hizo señas a su esposa para que saliera del despacho, directo al lugar que destinaron como refugio.
—Son demasiados —dijo el guardia y se dejó caer. Su cabeza rebotó un par de veces contra la pared sucia y vieja—, hicieron una masacre allá abajo.
El duque apenas y pudo entender las palabras del pobre hombre. Tomó la espada del guardia moribundo y se puso en la puerta, aunque esto no sirvió de mucho. Un chillido de su esposa lo hizo reaccionar y al girarse, descubrió que los intrusos ya habían entrado a su despacho.
Ahogó una maldición y no tuvo más opción que obedecer a los dos hombres y tirar la espada al suelo. Solo así quitaron la navaja del cuello de la duquesa y la dejaron libre.
—Que mala forma de recibir a un viejo amigo —dijo un hombre gordo y calvo entrando a la sala.
—Sorian —escupió con rabia el duque—, mi familia no tiene nada que ver en esto...
—No quiero escuchar tus patéticas peticiones o escusas. Sabes por lo que he venido.
La tensión se rompió cuando otro hombre joven, mucho más grande y corpulento apareció con una risa de burla. Llevaba puesta una armadura manchada de sangre y guardó su espada con suma tranquilidad.
—Padre, buscamos por todo el castillo y no encontramos rastros de la joven. Los criados hablaron de un incendio y es probable que haya muerto.
La cara del viejo Sorian cambió por completo y, de un movimiento rápido, le hizo un profundo corte en la mejilla al duque. La visita había sido por nada.
—Estás en la miseria, endeudado y viviendo en esta pocilga. Por lo que veo todos tus herederos están muertos, así que dime, ¿cómo piensas pagarme?
El duque vio su mano llena de sangre y en silencio, comprendió que ya no había nada que hacer. Estaban perdidos.
—Tengo una idea—siguió hablando el intruso—, tu título ha sido muy codiciado en estos años, claro, antes de que cayeras en desgracia. Me conformo con eso. ¿Qué te parece, hijo?
—Suena bien —dijo el joven sin interés.
—¿Verdad que sí? Bien, comienza los preparativos entonces. Dile a todo el mundo que me casaré con la viuda del duque Simons Slorah.
La duquesa comenzó a gritar y trató de llegar hasta su esposo. La desesperación se apoderó de ella, pero la mirada lastimera de su marido le indicó que no hiciera nada.
—Aunque viéndolo bien... ¿Cuántos años tiene, duquesa? ¿Más de cincuenta? Difícilmente me dará un heredero sano —El viejo dirigió su espada directo a la cabeza del duque—. Háblame de Geraldine.
Todo pareció acabar para la pareja de nobles. Ambos se vieron perplejos, no comprendían como ese hombre sabía de su hija.
—No la conozco.
—Mintiendo de nuevo. —Sorian le dio una patada y lo mandó directo al suelo—. Tal vez si le pregunto a tu esposa ella si me responda.
—No, por favor —rogó y derrotado decidió hablar—: Geraldine es mi hija. La mandé lejos, ella ya no es bienvenida en este castillo.
—Pues tráela de regreso. Sigue siendo un poco joven, de algo servirá.
El duque tomó pluma y papel con su mano temblorosa y le escribió a su hermana que era urgente el regreso de Geraldine.
No iba a entregarle a su hija a esos hombres, tenía un plan, pero el tiempo era poco y por el momento solo le quedaba obedecer.