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Summary

[MiloxCamus] Una espada espartana vuelve inquieto al caballero de Escorpio, llevándolo esa noche a recordar una despedida pasada, al lado del hombre que amaba... (Basado en la película 300, contiene lemon explícito)

Status
Complete
Chapters
1
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n/a
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18+

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Milo intentó despegar los ojos de aquel aparador, pero, por más que ellos deseaban cambiar el rumbo, algo en su cabeza no se lo permitía; pues se sentía atraído, magnetizado y embrujado por aquel pedazo de metal.

Estaba parado frente a una pequeña tienda de artículos antiguos, pero no era el local lo que robaba por completo, cada segundo de su atención...

—Interesante—. Fue la voz del onceavo guardián la que lo hizo parpadear. Se enderezó desde la vitrina hacia atrás, dedicándole una mirada inquisitiva al aguador. 

—¿Encontraste lo que buscabas?— preguntó el griego, jalando el lóbulo de su propio oído para desaparecer una vaga sensación. 

—Me temo que no—, respondió él, avanzando hasta la vitrina—, pero en su lugar, tú me sorprendiste—. El escorpión levantó las cejas. 

—¿Yo? 

—Cuando venimos a Rodorio, lo único que haces es comer—. Asintió el galo. 

— ¿Debería tomar eso como una crítica, o un reclamo?— los labios de Milo hicieron un mohín divertido, pero fue el tono juguetón en sus palabras, lo que declaró la pequeña broma.  

—Como el gesto sorprendido de tu amante—. Declaró Camus sin turbarse por sus propias palabras. El escorpión se sorprendió, pues pocas veces él le daba un título a su relación. Rio brevemente, y decidió saciar su curiosidad. 

—Eso es porque el único lugar que podría superar el arte culinario del onceavo templo, se encuentra aquí—. Camus realizó una pequeña reverencia, como agradecimiento por el cumplido.

—A pesar de eso—, dijo—, nada te interesa más que mirar los aparadores de las pastelerías, o alguna que otra tienda donde vendan comida—. El griego se volvió a reír. 

— ¿Qué es esto? ¿Me espías? 

—Creí que era parte de mi derecho como novio—. A pesar de ser estoico, Camus sabía decir las palabras necesarias para animarlo, o encenderlo, aunque no fuera piropos calientes o frases sensuales. 

—Y lo es…— contestó el escorpión, deteniendo el impulso de darle un beso, porque a él no le gustaban las demostraciones públicas—... Así que no me volveré a quejar. 

Milo hizo un ademán de continuar con su camino, pero la espada atrajo de nuevo su atención: el color café del mango y esa empuñadura tan extraña que formaba una “C”, le hacía cosquillear la palma de solo mirarla…

Algo muy similar le ocurrió con la armadura de Escorpio la primera vez que la vio. Sintió que era suya, y que nada ni nadie, podría impedir que la portara… 

— ¿Quieres entrar?— Le ofreció el galo, tomándole el brazo para darle confianza. El griego meneó la cabeza y colocó los dedos sobre su propia sien porque sintió como sí la espada le robara el alma.

—Volvamos al Santuario—. Pidió, y cerró el puño con fuerza para quitar la sensación. Camus se detuvo, frenando su intento de marchar, mientras se inclinaba un poco más para observar el arma. 

—No sabía que te gustaban las espadas—. Dijo.  

—A mí tampoco… a decir verdad, creo que… me resulta un poco familiar—. Después de pronunciar aquello, comenzó a reír, porque pensar en esa frase no era tan ridículo, cómo expresarlo en voz alta.

El galo le sonrió. 

—Debe ser porque es una espada espartana—. Se enderezó y colocó un dedo sobre el pecho ajeno, bajándolo hasta el ombligo—. Quizás es como un llamado de la sangre.

—Es probable…— Respondió él vagamente, pero aunque lucía bien por fuera, se sentía inquieto…

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Milo suspiró en medio del silencio, porque no podía conciliar el sueño. Tenía una especie de dolor en el pecho, que le asfixiaba, y una molestia en el estómago como si sus órganos internos se estuvieran derritiendo.

Tras considerarlo un momento, se levantó, caminando descalzo por la roca fría del templo, para buscar agua; y tras saciar su sed, anduvo un poco más en medio de la noche, para situarse en un lugar apartado de la alcoba, donde el aire frío de la noche puede calmar el calor del verano.

Generalmente no tenía problema en estar solo, aún cuando Camus y él mantenían una relación apasionada desde hace un tiempo, pues ambos tenían obligaciones que cumplir; y había veces, como esa noche, que estaban enfrascados en ellas. 

Sin embargo, a pesar de eso, Camus debía leer en su comportamiento vespertino que no se iba a restablecer por la noche, por lo que, la preocupación por su amante, lo llevó al templo de Escorpio. 

Cuando el galo lo vio, mil y un frases le pasaron por la cabeza, y de todas, no encontró la más correcta para saludarle, o hacerse notar; sin embargo, no las necesitaba, porque el griego lo sabía ahí.

Cuando se acercó a Milo, le acarició el cabello deslizando sus dedos a través de aquellas azulinas hebras. Le dio un beso en la frente, y se encaminó desde las mejillas a un lugar no muy lejano de los labios. Le tomó la mano, y con aquel silencioso preludio, se lo llevó a la recámara.

Bastó mirarlo a los ojos, y ver aquellas reacciones para notar su turbación. ¿Qué le preocupaba? Camus no solía meterse en los asuntos de los demás, aún siendo Milo esa persona.

Se recostaron uno cerca del otro. El brazo galo sirvió como apoyo a la cabeza griega, y el pecho como el nido donde los sueños iban a reposar.

—Te sentirás mejor por la mañana…— Susurró el acuariano, afirmando o prometiendo una mejora en su estado. Milo ascendió, en silencio.

Tras aspirar su olor y sentir esos movimientos suaves sobre su cabello, bostezó. Se sentía cansado, y ahora que él estaba ahí, adormecido. 

Era muy extraño, pero mientras estaba con él, todas las angustiosas sensaciones se eclipsaban, y se disolvían al compás de sus exhalaciones…

( … )

Siendo tragado por la vorágine espartana, en medio de sus piernas, pudo percibir las pequeñas succiones sobre la piel del pecho, con toques húmedos que plasmaban un bosquejo sobre el lienzo tibio que era su piel; decorando con mordidas suaves, y dando pinceles húmedos en los pezones, comprobando que ese era su punto de placer.

Mientras la lengua recorría y trazaba un camino de propiedad sobre él, los dedos abrían la pequeña antesala para el punto de placer, cuando se tomaron el par de sacos bajo su intimidad y lo masajearon con un movimiento delicado, antes de sujetar la virilidad ajena entre ellos. y deslizarse con pequeña cautela sobre ella, como si comprobara su tamaño y longitud.

El hombre bajo su cuerpo tenía sus propias falanges perdidas entre la mata de cabello de azul intenso, un honor destinado solo para él, porque el cabello en un guerrero era su insignia de libertad y de orgullo, solo propiedad de una persona de importancia como la suya. Pero Camus sabía que ese emblema no era su único beneficio en aquella apasionada y profunda relación, si no la suavidad, tacto y entrega con la que Milo disponía el tono en cada entrega; porque sin importar su naturaleza espartana, él era cauteloso y considerado con los movimientos y mimos que podía hacer sobre su cuerpo.

En el campo de batalla era feroz, pero en la cama consentía hasta el más absurdo capricho. 

Aquél guerrero intercambió un beso con él, mezclando pequeñas succiones de labios, con la danza entre papilas gustativas, cuando tomó su propio miembro, y lo frotó en el terreno ajeno, haciendo espacio suavemente con ayuda de sus dedos, hasta que logró poner la punta. 

Debido a la pequeña intromisión, Camus se aferró contra su piel, dejando de besarlo para expresar el placer que azotaba su cuerpo y que crecía mientras él se movía en esa zona delicada, que iba cediendo a su amante. Milo volvió a buscarle la boca, restregandose poco a poco contra aquel muchacho de cabello tan azul como verde, apoyando el peso de su propio cuerpo sobre su mano izquierda, porque la derecha la usaba tanto para blandir su espada, como para acomodarse y fundirse con él, tomando su propia intimidad, hasta que él la recibió por completo.

Cuando sus cuerpos se fusionaron, uno contra el otro, Camus apresó las piernas contra él, aferrando sus uñas y dientes a la piel canela, mientras gemía de placer. Milo enredó su brazo izquierdo en la nuca ajena, y el derecho esta vez sobre la cama, balanceando su cuerpo contra él. Sus movimientos cadenciosos fueron suaves al principio, y cobraron vida después, presionando cada punto sensible dentro de él.

Así lo tomó con deseo, con el amor más profundo y sincero que algún mortal le podría profesar, porque era él, Camus, el único ser sobre aquella tierra a quien podría amar. Tal vez moriría al día siguiente, en la semana próxima, o podría volver triunfante de aquella sádica misión, pero por aquella noche no era un guerrero, si no un amante disfrutando cada parte de él.

La fusión apasionada entre sus cuerpos le arrancó un grito ahogado. Camus se retorció, pero en vez de alejarse, impulsó la cadera atrás y luego adelante para ayudarlo. Se aferró a las mantas, gimió, ahogó sus gritos y sintió como el dolor y el placer se acumulaban en la parte baja de su espalda. La mano de Milo le acarició el miembro al compás de las embestidas, dejándole saber que él siempre le derretía… Esperó un poco… se contuvo, tragó aire, gritó de nuevo, y al final cedió ante esas profundas emociones. Al sentirlo, Milo se vertió en su interior.

No quería largas despedidas ni un amanecer en el que supiera que debía abandonarlo.

Tan pronto como separó sus cuerpos, se sentó en la cama… Camus no tardó demasiado en ponerse de rodillas sobre ella, y rodear ese cuello con sus brazos, como si tratara de detenerle.

—Quédate…— Nadie en su sano juicio podría rechazar a un hombre así. 

—No puedo—. Respondió con valor. Tomar la espada, el escudo, la capa roja y toda esa emoción para enfrentar su misión, era más fácil que abandonarlo.

—Me encantaría acompañarte—. Susurró sobre su piel.

—Harás algo mucho más importante—. Declaró él—. No confió en Theron—, escupió al suelo al tanto que torcía el gesto—, y la reina Gorgo te necesita… Esparta también. Mientras somos guiados por el excelso rey Leónidas contra los persas, tu sabiduría y apoyo tendrán un valor igual que nuestro poderoso ejército.

No era necesario que dijera «adiós», pues esas palabras bastaban para saber cuál sería su herencia, como sí las leyera en un testamento; así que Camus lo cercó con dolor, porque los espartanos eran hombres fuertes y valientes, y ni la misma muerte podría detenerlos.

—Quédate conmigo…— Insistió, besando su piel. Milo sintió el calor húmedo que él dejaba por su nuca, y la forma en que aspiraba su olor varonil.

—Debo alistarme al amanecer…— susurró envuelto por las pequeñas sensaciones que él dejaba por su cuerpo. Camus se aferró a su contacto, tratando de no lamentar lo que diría enseguida…

—De aquí partirás a tu gloriosa tumba… Y no serán días, sino semanas, o meses lo que me aparten de ti… Unas horas, eso es lo único que te pido…

No era la orden de un rey, si no la súplica de un amante.

Por Leónidas habría saltado al vacío… Por Camus se habría extirpado el corazón… A fin de cuentas era suyo…

Exhaló en medio del silencio y lo recibió nuevamente cuando él se colocó sobre su cuerpo, envolviendo su figura con los brazos, y tomando sus labios salvajemente, para tatuar en ellos el deseo y la pasión, que sellaron por siempre su profundo amor…

( … )


El aroma del cabello de Camus fue lo primero en darle los buenos días, cuando se convirtió en la manta de su nariz, dejándole ver, en el instante que medio abrió los ojos, que había amanecido ya.

Milo estiró los dedos y lo aferró contra su pecho, notando que en el transcurso de la noche sus brazos se habían vuelto el refugio galo, como los franceses se convirtieron en el suyo, unas horas atrás; después de todo, él era inquieto, y supuso que dormido había cambiado de posición.

Tal vez creyó que no lograría dormir, pero solamente lo necesitaba a él, para poder conciliar el sueño; con su paciencia, con su afinidad. Él era su calma, su motivación y su consuelo. Y sí era un guerrero al servicio de Athena por destino y vocación, Camus alimentaba el deseo de dejar un mundo mejor para los enamorados como ellos dos.

Pensar en eso le hizo recordar lo que vivió momentos atrás… ¿Un sueño? ¿Un recuerdo? ¿Una alucinación producto de la ansiedad por ver esa espada espartana?

 

Milo no lo sabía con seguridad, pero la sensación de la espada aferrada a la mano, y un grito de guerra mientras la sostenía, afloró dentro de su cabeza.

Era un guerrero, si; destinado a morir, si; pero si Camus y él estuvieron juntos ya una vez, y lo estaban en aquella línea actual de vida, ambos como Santos de Athena, ¿por qué no pensar que lo estarían por el resto de muchas otras más…?

Tal vez iba a morir en la próxima lucha del Santuario, pero afrontaría su deber con la misma valía y tenacidad, con la que defendió aquel sueño espartano…

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… Fin …