Las aves cantan todo el año

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Summary

Hundido en la desesperanza y ahogado en una fuerte depresión después de la muerte de su esposo y mejor amigo, Noel intenta sobrellevar la pérdida en la soledad de aquel hogar que compartió con Claudio. Pronto se verá cada vez más débil y cansado de todo a su alrededor. Encontrará en el alcohol una válvula de escape a todas sus penas sin ser consciente de que beber en exceso solo conlleva a reforzar todo sentimiento de apatía y tristeza. Con la ayuda de su único hermano, después de, finalmente, aceptar que ha tocado fondo, volverá a resurgir de entre los escombros y será entonces que intentará darse una oportunidad para volver a vivir, para volver a experimentar las alegrías, para correr las cortinas de aquellas ventanas que han permanecido cerradas en honor a su duelo y como señal de su terrible luto. Y, solo quizás, para volver a enamorarse…

Status
Ongoing
Chapters
13
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Introducción

Lo vi marchitarse y les juro que jamás había soportado tanto dolor sin lágrimas en mi rostro. Él, como única condición, me pidió que no llorara, que no dejara de sonreír y de disfrutar la vida como si nada malo estuviera ocurriendo en nuestras vidas.


Creí que en medio de sus delirios, ocasionados por el cáncer que lo tenía bajo sendos medicamentos, estaba siendo cruel e injusto conmigo. Pensé que estaba bien y lo tenía permitido como si esto fuera su última voluntad, ya con la resignación latente en sus ojos débiles, trémulos y a punto de extinguirse.


Soporté los envites de aquella maldita enfermedad; sus gritos ahogados en la almohada; enjugué el llanto de sus ojos y mejillas cuando, en medio de una de sus batallas, parecía hasta internarse en otro mundo, en el de los sueños, ese que aún rescataba su memoria mermada y en el que seguíamos juntos caminando a la orilla de la playa sin importarnos las miradas.


Lo vi hacerse pequeño en la cama ortopédica, reducido entre sábanas blancas almidonadas y suaves. Su frente, siempre perlada de sudor, me invitaba a besarla como si se tratara del más grande de los privilegios otorgados a un simple mortal hecho de carne, huesos y desesperanza. Algunas noches susurraba mi nombre y sonreía con debilidad cuando alcanzaba a vislumbrar mi silueta encorvada y desgastada por tantas horas de insomnio, y me dedicaba un murmullo que sigue haciendo eco en mi memoria, un sutil “te quiero” que jamás podré olvidar.


Nunca me avisó qué día partiría. Vagué algunos años con rencor por esa falta de respeto de su parte. Lloré en la soledad de nuestra casa, pegado a la puerta, allí en el amplio pasillo por el cual solíamos entrar y salir siempre juntos, cada mañana. No sabía si quería quedarme en nuestro hogar porque ya no se sentía como un hogar, en ese tiempo me pareció una mazmorra oscura y fría, deshabitada y apesadumbrada.


Temblé cuando decidió que era su tiempo, cuando al tocar su frente la hallé fría y seca. Sus ojos sellados se me figuraron un par de estrellas que se alejaron de la galaxia para morir en Plutón. No quise sacudirlo porque esa acción solo me iba a lastimar más. Me le quedé viendo durante más de dos horas y le acaricié la mano helada que ya empezaba a ponerse rígida. Después salí de la habitación con el corazón hecho añicos y el llanto amenazándome con furia.


Lo sepulté en una mañana lluviosa y fría, junto al parque en el que, irónicamente, nos casamos aquel trece de agosto, muchos años atrás. Le lancé un beso y una rosa blanca cuando el féretro comenzó a descender hacia el descanso eterno. Me mordí las mejillas con fuerza para no echarme a llorar frente a su familia, misma que estaba inconsolable, destrozada.


No sentí ningún alivio cuando sus gritos de agonía cesaron. De hecho, eché de menos su voz titubeante al llamarme durante la madrugada para pedirme ayuda o un vaso de agua. Decidí encerrarme en los recuerdos para lamer las esquinas de mejores tiempos. Entre cuatro paredes frías y blancas me estacioné durante largos meses sin atreverme a correr las cortinas para prohibir el sol, el viento y todos esos lujos que no creía merecer si él no podía disfrutar a mi lado.


Mi hermano solía decirme: “Noel, estás deprimido y necesitas ayuda profesional”. Yo solo le sonreía y aparentaba que estaba bien, que lo estaba sobrellevando a mi ritmo, sin presiones ni estúpidos libros de autoayuda. Le decía que no necesitaba de terapias porque ya me había hecho a la idea de que él no iba a volver, y lo llamaba “él” porque quería convencerme de que había dejado de ser una persona y ahora solo era un pronombre.


A mis veintinueve años me parecía que no podía vivir dolor más grande que el de su pérdida. La vida me había golpeado tan duro y fuerte que, aunque seguía en pie, sentía que ya nada iba a quebrarme. No existirían más penas, y mucho menos más alegrías. Todo había quedado vetado para mí desde su partida.


Con el rostro ojeroso y demacrado me metí a la tienda de conveniencia y rebusqué en los estantes sin saber bien lo que quería. En la canastilla metí frituras, galletas, caramelos y licor, dos botellas grandes de tequila destilado para acelerar el ritmo de mis tardes oscuras y silenciosas. Porque, desde su muerte, los días me parecían eternos y repetitivos. Estaba agotado y no quería pensar en mi regreso al trabajo, que estaba próximo después del generoso mes que me otorgaron para recuperarme.


—Amor, ya estoy en casa —dije mientras encendía la luz del pasillo.


Me quedé observando su chaqueta de béisbol, aquella de Chicago que le obsequié cuando nos hicimos novios, misma que, como si fuera un niño encaprichado, no se quitaba en todo el invierno. Seguía colgada en el perchero y aún conservaba el suave aroma de su colonia. Un nudo me apretó la garganta y las manos comenzaron a temblarme cuando resolví, de nueva cuenta, que él no iba a aparecer desde la sala para sonreírme, para preguntarme en dónde demonios me había metido toda la tarde.

Me senté en el sofá de dos plazas sin encender la luz. Todo estaba en tinieblas porque ya había caído el sol y la tenue iluminación del pasillo apenas alumbraba la estancia dibujando los contornos de los muebles de una manera que me pareció deprimente, como si estuviera en una casa abandonada o embrujada. La idea casi me hizo sonreír, pero en mi rostro no se surcó sonrisa alguna al pensar en la mirada de Claudio cuando me pidió que no llorara por él.


Apenas habían pasado tres semanas desde su sepulcro, pero yo seguía reviviendo el momento en el que lo vi descender en su caja de madera fina, salpicada de cuantiosas gotitas de lluvia. La imagen era desgarradora porque en ese instante me contuve para no lanzarme con él, para no gritar a los cuatro vientos que no quería vivir más si Claudio no estaba conmigo. ¿Qué habrían pensado sus padres de mí si hubiera cometido dicha locura en un arrebato de dolor y desolación? Aquello habría sido injusto y cruel para ellos, para sus amigos y para el propio Claudio.


Destapé la primera botella y le pegué un gran trago después de olfatear para ver si iba a noquearme o no. El sabor era tan fuerte y amargo que no pude evitar un gesto de asco cuando sentí el escozor en mi garganta, esófago y estómago. Sin embargo, motivado por la idea de dormir más de dos días seguidos, volví a beber haciendo pausas solo para respirar y fumar un cigarro mentolado, con la intención de sacarme un poco el regustillo asqueroso del aguardiente.


Y mientras bebía pensaba y pensaba…


Sus ojos marrones mirándome desde su posición en la cama, tendido bajo mi cuerpo, recibiendo mis estocadas sin perderme de vista, sin dejar de mostrarme esa sonrisa mezclada con un gesto de placer que siempre me volvió loco al encontrarla tremendamente erótica. Pensaba también en él sentado en el sofá individual con las piernas sobre este, leyendo un libro o bebiendo café con una frazada sobre sus hombros friolentos. Siempre atento a cada línea, inmerso como un buzo en cada uno de aquellos pesados párrafos que a mí se me antojaban soporíferos e insufribles.


Éramos tan distintos que jamás voy a entender lo afortunado que fui cuando él se fijó en mí aquella tarde de verano, cuando ambos teníamos apenas quince años y jugábamos al béisbol con los chicos del vecindario, compartiendo miradas fugaces, sonrisas tímidas; atrapándonos el uno al otro con el corazón furioso y las manos sudadas al resolvernos atraídos en medio de nuestras propias confusiones y aquel febril y repentino enamoramiento que nos sorprendió de una manera que ninguno se esperaba.


Mi familia no se lo tomó nada bien cuando lo presenté como mi novio a eso de los dieciséis años. Me dijeron que no querían que llevara a ningún hombre a esa casa, misma que siempre creí mía, mi hogar. Papá fue el más reservado de todos, se limitó a mirarme con los ojos enrojecidos antes de internarse en su habitación sin mediar una palabra. Mamá me dijo cientos de veces lo decepcionada que estaba de mí por haber nacido maricón. Gustavo, mi hermano mayor, nos llevó a Claudio y a mí a dar un paseo en su vieja camioneta Ford. Nos condujo hacia la zona de práctica y me dio el bate luego de pedirme que me ajustara el casco. “Pégale como si fuera todo lo que te dijo mamá hace un momento”, me dijo después de haberme guiñado un ojo en complicidad, en muestra de su incondicional apoyo.


Cigarro tras cigarro y trago tras trago me fui consumiendo en una vorágine de recuerdos, todos claros y vívidos. Sentía que cada acontecimiento había transcurrido apenas hacía unos días, y no unos años, como era mi realidad. Estaba algo relajado porque entonces el alcohol había surtido efecto en mi cabeza, en mi sangre. Incluso, podría decirles que me sentía algo contento y agradecido con Claudio por haberme regalado once años de feliz relación, por haber soportado, siempre con una sonrisa, mis malditos cambios de humor y mi eterna apatía.


“Si llego a morir quiero que rehagas tu vida con otra persona, Noel. No vayas a quedarte solo porque eres un desastre y eres como un niño grandote que necesita constante supervisión, ¿de acuerdo?”.


Me había dedicado aquellas palabras con una sonrisa débil y llorosa. Ya no tenía un solo cabello en la cabeza y estaba tan delgado que me daba miedo verlo convertido en polvo una de esas tantas mañanas. No le respondí porque me pareció injusta esa sensación de abandono, ese vaticinio infernal de soledad que, para mi mala suerte, se convertiría en una realidad nefasta y aterradora.


Sin embargo, comprendí lo que Claudio buscaba con sus palabras. Quería prepararme para lo inevitable porque así era él; siempre estaba viendo por los otros antes de ver por él mismo. En medio de su agonía se preocupó por mí, y saberlo no lograba sino inundarme los ojos y escocerme la garganta. Había tenido la dicha de hacerlo mi esposo y verlo cada día y cada noche antes de irme a la cama, y jamás, en medio de mi egoísmo y mi felicidad, me había detenido para ver lo afortunado que fui, lo bendecido que estaba a su lado…


No pude terminar ni la mitad de la botella porque me quedé dormido allí en el sofá, en medio de pensamientos suicidas y un llanto atascado en mi corazón. Cuando me despertó el timbre de la casa demoré algunos minutos en reaccionar; estaba temblando un poco y me dolía la cabeza. No quería visitas, solo deseaba seguir bebiendo y recordando los mejores tiempos con Claudio.


—¡Noel! ¡Abre la puerta! —Oí la voz de Gustavo y me levanté del sofá con dificultad, arrastrando los pies hasta el pasillo para, acto seguido, quitar el seguro y verlo a la cara—. Dios mío… —murmuró al verme. Parecía preocupado porque no estaba su sonrisa de siempre—. ¿Qué te sucedió?


—Pasa…


Caminamos hacia la sala y yo volví a recostarme en mi sofá porque la resaca se sentía como un batazo en la cabeza. Gustavo ocupó el sillón individual después de encender la luz para inspeccionar mi pequeño desastre: una botella a medias, una bolsa de frituras que explotó y se regó por el suelo, el cenicero atestado de colillas, y una densa capa de humo que seguía flotando por toda la estancia.


—Noel, en serio… —Suspiró con las manos en sus mejillas, en un evidente gesto de mortificación—. Tenemos que buscar ayuda porque no puedes seguir de esta manera. No puedes seguir bebiendo y durmiendo. La casa es un desastre ahora mismo y de verdad hueles muy mal.


—Grosero —intenté bromear sin mucho ánimo.


—¿Cuándo fue la última vez que te bañaste?


—No lo recuerdo.


—Pues debió haber sido hace mucho.


—No importa, nadie me va a oler de todos modos. Yo ya me acostumbré a mi propia peste, mira. —Y me olfateé una axila con fuerza para demostrarle que mi olor corporal era lo último que me importaba.


Gustavo negó con la cabeza haciendo un gesto que aparentaba molestia, pero en realidad disfrazaba una sonrisa.


—Voy a limpiar un poco y te prepararé algo de comer mientras te duchas —ordenó.


Aunque no deseaba ducharme lo hice porque Gustavo me estaba ayudando mucho. Desde la muerte de Claudio se aparecía en mi casa antes de irse a trabajar, y algunas veces volvía al anochecer para llevarme tacos o lonches que compraba en las fondas de la avenida principal. Mis padres no habían llamado hasta ese momento, seguramente estaban felices ante mi desdicha. No quería confrontarlos por tantos años de indiferencia y desapego. Ni siquiera habían asistido a mi boda, mucho menos al funeral de mi esposo.


Me duché en la habitación de huéspedes, misma que había ocupado en los últimos meses cuando la salud de Claudio empeoró y me vi en la necesidad de comprar una cama de hospital para que estuviese más cómodo. Yo me había mudado a la otra con nuestra antigua cama. Desde su partida no había vuelto a abrir la puerta ni por error. No quería recordarlo allí con su sonrisa cansada y sus ojos apagados. Claudio había muerto en ese sitio y para mí, sin llegar a sonar supersticioso, su alma había quedado atrapada en esas cuatro paredes. No quería que se marchara; era más fácil la idea de pensar que seguía durmiendo allí.


Mi hermano ordenó la sala. Cuando bajé olía muy bien, aunque no tenía apetito. Me pidió que me sentara en el comedor y puso un plato lleno de carne, huevos y frijoles enfrente de mí. Compartimos una mirada hasta que me ordenó que comenzara a comer, sentándose junto a mí para verificar que lo hiciera.


—Gracias —musité sin energía.


—No agradezcas.


Sonreí antes de tragar el primer bocado que apenas y mastiqué.


—Si no fuera por ti ya me habría agusanado, lo sabes.


Se limitó a sonreír. Luego carraspeó la garganta, y preguntó:


—¿Cómo te has sentido? ¿Cómo lo estás llevando?


—Estoy bien.


—Estás muy flaco, Noel —observó con un dejo de preocupación—. Te recuerdo que en una semana debes volver al hospital.


—Ya no quiero pisar un maldito hospital en lo que me reste de vida. Estoy muy harto.


—¿Qué piensas hacer entonces? Debes trabajar porque la casa no se va a pagar sola y aún vas por la mitad.


—No lo sé. —Miré el plato mientras masticaba un trozo de carne—. No sé si quiero seguir viviendo aquí —confesé.


—Te dije que puedes venir a vivir conmigo y con Rubí en lo que te acomodas. Para que no estés solo.


—No quiero que Dafne me vea así —murmuré—. Es muy pequeña para que vea a su tío hecho mierda. No quiero incomodarlos, y sé que tampoco voy a estar cómodo, te lo juro.


Gustavo negó con la cabeza un par de veces.


—Quiero que al menos lo pienses. Ahora todo está muy reciente y entiendo que quieres estar solo, pero también quiero que sepas que no es lo más sano. Necesitas salir de esta burbuja en la que te encerraste, Noel. Me preocupas demasiado. No quiero que algo malo vaya a sucederte mientras yo no esté a tu lado. Piénsalo, hazlo por mí, ¿quieres?


—Lo pensaré —le dije solo para tranquilizarlo.


Él se puso en pie, me dio un fuerte abrazo por la espalda, un beso en la cabeza y luego prometió volver al día siguiente. Era el cumpleaños número dos de mi sobrina Dafne y yo lo había olvidado por completo. Gustavo quiso arrastrarme al pequeño convivio que le haría a su hija en compañía de mi cuñada Rubí y algunos familiares, pero solo le bastó mi mirada exhausta para comprender mi negativa.


En cuanto se marchó y cerré la puerta con llave, me dejé caer en el sofá para volver a dormir con la intención y el deseo de jamás volver a despertar. Sentirme tan triste me estaba matando con lentitud; podía sentir el peso de cada día con mayor vigor sobre mis hombros. Sentía que Claudio, donde quiera que estuviese, iba a venir por mí porque no se había equivocado al decir que yo era un niño grande, un desastre.


Y, al cerrar los ojos con pesadez, deseé mi muerte como nunca antes la había deseado. Se fue cualquier recuerdo de alegría en el preciso instante en que recordé la palidez de su semblante, las últimas palabras que nos dijimos, aquellos te quieros que no volverían.