El último paseo de rebeca
22 de octubre del 2017
Ese día era el paseo escolar de mi hija Rebeca. Aún recuerdo lo emocionada que estaba por ir. Todos los niños lo estaban. El viaje era una excursión fuera de la ciudad, y era obligatorio que los niños fueran acompañados por sus acudientes.
Lamentablemente, no pude ir. Tenía una reunión crucial con unos empresarios, así que pedí a la niñera que acompañara a Rebeca. No quería que se sintiera decepcionada, estaba tan ilusionada. Pero, por primera vez en mi vida, tomé una decisión de la que me arrepentiría para siempre. Ojalá le hubiera dicho a Rebeca que no podía ir.
Después de la reunión, llamé a la niñera para ver cómo estaba Rebeca. Recuerdo su voz clara diciéndome: “Rebeca está muy emocionada, no deja de preguntar si ya vamos a llegar”. Me hizo sonreír. “Me alegro de que esté contenta,” le dije, antes de despedirme.
A las cuatro y cuarto de la tarde, el teléfono sonó. Una voz desconocida preguntó: “¿Es usted la señora Abigail Fernández Rodríguez?” Respondí que sí, con un ligero temblor en la voz. “Lamento informarle que su hija, Rebeca Fernández Gómez, ha sido encontrada muerta hace una hora. Corrió hacia un barranco cubierto de hojas y… cayó. Una patrulla la escoltará hasta la escena.”
El mundo se detuvo. Sentí como si mi alma hubiera sido arrancada. Temblando, llamé a mi esposo. Con la voz rota intenté explicarle, pero él me interrumpió: “Ya lo sé todo, Abigail. Nos vemos allá.” Su tono era frío, distante, irreconocible.
Llegué escoltada por la patrulla al lugar del accidente. Allí, mi esposo estaba al lado del pequeño cuerpo inerte de nuestra hija. El dolor nos envolvía como una niebla espesa, imposible de disipar.
Menos de un mes después, mi matrimonio con Thom se había desmoronado. Él me culpaba por lo ocurrido, y después de una semana me pidió que firmara los papeles del divorcio. “No puedo seguir viviendo con alguien como tú,” me dijo. Al día siguiente, se llevó su ropa, y al tercero, canceló mis tarjetas de crédito. Todo se desmoronaba.
Pasaron dos meses y me despidieron del trabajo. Mi jefe alegó falta de compromiso y entusiasmo. Todo se desvanecía a mi alrededor. Me preguntaba una y otra vez: “¿Por qué me está pasando todo esto a mí?”
El tiempo se convirtió en una nebulosa de vino barato y lágrimas. Mi único refugio era una botella de vino que me ayudaba a olvidar, aunque fuera por unas horas. Cinco meses después, Thom ya se había casado con otra mujer. Era feliz. Y yo, perdida en el abismo.
Un año después, ya era una adicta al alcohol, atrapada en fantasías de que Rebeca entraba por la puerta diciendo, “Mami, ¿dónde estás?”