Prologo
El aroma a dorayakis y taiyaki siempre me trae recuerdos. Aquel templo era mi refugio, donde todos nos reuníamos en las tardes soleadas para planear salidas. Los días en los que él se paraba frente a todos nosotros, dando órdenes con una sonrisa. Era un futuro que construíamos juntos después de haber regresado al pasado. Pero la felicidad se desvaneció rápidamente, como una burbuja que estalla al contacto con el aire.
Recuerdo el sonido de los neumáticos rechinando en el asfalto, el frío metal de las esposas y la mirada gélida de los hombres vestidos de negro. “No te preocupes, solo te vamos a ayudar”, dijeron mientras me tomaban a la fuerza. Pero no era ayuda lo que buscaban; era poder.
Desperté en una habitación blanca, llena de máquinas que zumbaban y parpadeaban. No entendía nada. ¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado? Las preguntas se acumulaban en mi mente, pero no había respuestas. Solo un vacío.
Un día, mientras estaba en la celda, sentí una extraña sensación. Un mareo, una opresión en el pecho, como si el tiempo se distorsionara. De pronto, me vi en otro lugar, en otro momento. Era un callejón oscuro, lleno de basura y olor a humedad. Un hombre me miraba con ojos amenazantes. Sentí un miedo que me paralizó.
No recuerdo cuánto tiempo estuve allí, pero de pronto, volví a la celda. El tiempo había pasado, pero yo no lo había notado. Los científicos me observaban con una mezcla de asombro y curiosidad. “Lo has hecho de nuevo”, dijo uno de ellos. “Has viajado en el tiempo”.
Los experimentos se intensificaron. Inyecciones, pruebas, dolor y confusión. Mi cuerpo se debilitaba, mi mente se nublaba. ¿Quién era yo? ¿Qué me había pasado?
Esperanza, es algo que ya no tengo. Siento mi cuerpo desvanecer, mi memoria poco a poco apagarse. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Ellos están bien? ¿Son felices? Si lo son, entonces yo también lo soy. Pero, ¿está bien desear estar con ellos? Odio esas inyecciones, odio todas las veces que me han destruido. ¿Cuánto más tengo que soportar? Ya no puedo contar las veces en las que he muerto, no puedo recordar ni mi nombre. Aquí me llaman “sujeto #125”, y solo quiero morir.
La fría habitación blanca llena de máquinas es el único lugar que conozco, además de la celda donde me encierran. ¿Por qué sigo vivo? ¿Por qué no me dejan morir? Es la pregunta que siempre les hago, y ellos solo responden: “Eres importante”, “No hemos conseguido replicar tu poder”, “Eres único”, “No hay quien te reemplace”.
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