Tres Encuentros Con El Chichiricú by Carlos Trujillo Morales at Inkitt
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Tres encuentros con el Chichiricú

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Summary

El Güije, o Chichiricú, es un ser propio de la mitología de los campos de Cuba. Es una especie de duende enano, completamente maléfico y de piel oscura que por lo general habita en las charcas. Ésta es la historia de tres encuentros consecutivos de los tantos que hubo con él.

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1
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n/a
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18+

TRES encuentros con el Chichiricú

TRES ENCUENTROS CON EL CHICHIRICÚ

Autor: Carlos Trujillo Morales

Taita Benito vivía en su rancho, solo, rodeado de su jardín y sus deidades. Casi siempre estaba en el cuarto de atrás preparando pociones, pronunciando conjuros, consultando los caracoles y el coco, sacrificando animales de corral, dándole aguardiente al muerto, alimentando al orisha, celebrando rituales. Un martes 13 de agosto a eso de las siete de la noche mi amigo Jeremías, recién llegado de la capital, al ver al viejo yoruba en la puerta de la choza, le preguntó por el camino más corto para llegar a la casa de seña Clotilde, su tía -hacía una veintena que no la había vuelto a ver-; el hechicero le indicó un atajo y cuando mi amigo le da las gracias, antes de continuar escuchó la siguiente advertencia: Cuídate por ese camino que a esta hora lo mismo te sale una ciguapa que un chichiricú! "Mire, señor... ni los fantasmas ni los duendes quieren tener fiesta conmigo" le respondió Jeremías, risueño. Anduvo y anduvo entre las primeras tinieblas del anochecer, y en la última claridad se cruzó con una sombra -a punto de ser atropellado por la misma-; la sombra se escurrió entre la yerba; la yerba estaba tranquila. Se encogió de hombros y continuó serenamente. La puerta estaba abierta. Gritó las buenas noches y le respondió el silencio. Tocó la madera varias veces. Entró hasta la cocina. "¡¿No hay nadie aquí?!" Gritó. Levantó la cortina del dormitorio. Ahí, en el piso, estaba la doña, con los brazos y piernas abiertos. Él trató de levantarla y ella lo vomitó en pleno rostro. El vómito era negro. Corrió para el baño -donde no había ninguna luz-. Alguien en aquella oscuridad le golpeó el vientre y cayó arrodillado, en un lodazal de orine y excremento. Poco a poco fue levantándose y esa misma fuerza lo tiró como a un muñeco, fuera del portal.

Una voz de niño lo llamó desde los matorrales. Jeremías sin demora se metió en el yerbazal. El chichiricú frente a él, con su vocecita infantil, le ordenó que le entregara todo lo que traía encima. Incluyendo la ropa.

Seña Clotilde salió gritando "Jeremías!" Y el chichiricú, al escuchar este nombre, con aquella voz, en milésimas de segundos se envolvió en su sombra, perdiéndose en lo profundo del trillo. La tía Clotilde no dejaba de gritar y los vecinos acudieron, y cuando por fin lo encontraron, resulta que él temblaba arrodillado y murmuraba un padrenuestro. Lo llevaron a la casa de socorro. La que lo atendió le preparó bastante tilo y lo arrulló con un bolero. Se despertó cerca de la media noche con el violín de los grillos y los lamentos de una lechuza. Los vecinos lo habían dejado en la cabaña de Taita Benito. El taita le abrió una mano para mostrarle un puñado de polvo. "Aquí tienes cascarilla, canela y ajo. Riégatelo por la cabeza para que el chichiricú te respete". Y así lo hizo. A la mañana siguiente se despidió de todo el mundo. Emprendió la marcha de regreso por el atajo más corto que le indicaron. Se puso contento apenas vislumbró la torre de una iglesia, en el momento en que le salió de frente un perro jíbaro. Le mostraba la dentadura y se babeaba; lo miraba con un temblor de perro rabioso. Jeremías se quedó paralizado. Aquella fiera avanzaba despacio, mirándolo a los ojos. Aún sin acercarse lo suficiente, podía sentir el aroma de su miedo y no dejaba de gruñir. Jeremías apretó los párpados. Algo, talvez una patada, tiró lejos al animal, lloriqueando en lo profundo de la yerba. Pero el jíbaro volvió, completamente removido por las ganas de matarlo. Dobló sus patas para saltar sobre él. Mi amigo se cubrió la cara.

Apenas escuchó un gemido del perro y al descubrirse lo vio clavado a un árbol, con una flecha, por la garganta. Corrió con todas las fuerzas de su pánico. Dobló siguiendo la línea del sendero y detrás de una maleza advirtió la sombra detenida del chichiricú. No sabía si correr de regreso o darle las gracias.

Jeremías llegó por fin al pueblo debajo de una turbonada. Las gotas de la lluvia mojaron su cabellera, borraron el polvo que le había preparado Taita Benito. Con la ropa toda empegostada se metió en el primer portal. Allí había un vendedor de croquetas. Ya que no había desayunado, automáticamente se registró los bolsillos. No llevaba la billetera. Y según él suponía, la perdió en medio de aquel corretaje y seguramente cuando el chichiricú le había gritado "piérdete!". Tenía que encontrarla cuanto antes, ahí estaban sus documentos además de los ciento cincuenta pesos que le habían quedado -lo demás se lo dejó a la pobre Clotilde para que se curara de sus extraños malestares del estómago-. Sin esperar a que escampara se metió en el bosque. Caminó. Iba despacio. Mira bien por esta orilla, ve a ver si está por allá. Así anduvo hasta que se dió cuenta de que andaba a menos de cien metros del caserío. Pssss, ¿quién lo estaba llamando? Viró la cara y ahí estaba el güije. Estaba sacudiéndole la billetera. Se le hizo un nudo en la garganta y detenidamente tragó un buche gordo de saliva. Había quedado hipnotizado de espanto por la cara burlona del chichiricú y así avanzó hacia él, como todo un condenado, cada vez más cerca de la horca. Con su diestra temblorosa tocó la punta de la cartera. El chichiricú de un tirón lo atrajo, lo agarró por el pescuezo y le gritó entre risotadas "Tú eres mío y nada más que mío!" Lo apretaba y sonreía al contemplarlo pálido del susto y colorado por la asfixia. Empezó a pasarle las uñas en busca de venas o arterias. Jeremías miró las nubes. De repente el frenético güije le quitó las manos y se las pasó por su propio rostro. La tía Clotilde caminando alrededor del chichiricú le dijo "Si quieres te sigo soplando el polvo de los huesos de tu padre". El chichiricú se les perdió dejando una nube de polvo. La billetera estaba vacía.

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