Voy a contratar a un novio

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Summary

Seo Minji, una inteligente pero insegura estudiante prodigio, se siente atrapada en su propio mundo de soledad y rechazo. A pesar de su aguda mente y habilidades académicas, su apariencia y la crueldad de sus compañeros y "amigos" la han dejado aislada. Frustrada por no poder encontrar amor o incluso aceptación, Minji idea un plan audaz para cambiar su situación: contratar a un novio falso. En su búsqueda de alguien que acepte el rol, se encuentra con Park Kyungsoo, un joven conocido por su actitud despreciativa y su reputación de patán en la escuela. Minji ofrecerá una muy buena remuneración monetaria por un simple contrato, fingir ser su novio.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
16+

La soledad

El timbre de la escuela resonó en los pasillos como un grito de liberación para la mayoría de los estudiantes, pero para Seo Minji, solo marcaba el comienzo de otro tramo de una interminable jornada de tormento silencioso. Mientras los demás salían del aula con prisa, ella se tomó un momento para exhalar profundamente, como si intentara expulsar la ansiedad que se le aferraba al pecho. Con movimientos precisos y medidos, comenzó a recoger sus libros, apilándolos con meticulosa exactitud antes de guardarlos en su mochila. Cada acción, desde el cuidadoso desliz de un cuaderno hasta el crujido sutil de la cremallera, estaba impregnada de un perfeccionismo que revelaba su necesidad desesperada de orden en un mundo que, para ella, era caótico e implacable. El uniforme de Minji, planchado con una exactitud que rozaba lo obsesivo, era un reflejo de su dedicación y disciplina. Cada pliegue perfectamente alineado, cada botón pulido al brillo, pero era una dedicación que, a los ojos de la sociedad, nunca podría compensar lo que ellos consideraban su mayor defecto: su apariencia. Era como si su esfuerzo se desvaneciera ante la mirada superficial de quienes la rodeaban, dejándola desnuda frente a un juicio implacable y cruel.


Al salir del aula, los murmullos y risas de sus compañeros comenzaron a resonar con mayor intensidad, rebotando en las paredes como ecos crueles dirigidos exclusivamente a ella. Minji poseía una capacidad innata para captar incluso los susurros más sutiles, y aunque su rostro permanecía impasible, cada comentario parecía filtrarse en su conciencia, enredándose en sus pensamientos como una sustancia corrosiva. Aunque fingía no escuchar, cada palabra la hería profundamente, y cada risa la despojaba un poco más de la seguridad que había intentado construir. Era como si el mundo entero estuviera en su contra, dejándola sola en su dolor.


"¿Viste cómo Minji se quedó con todos los premios otra vez? Dios, qué insoportable..."


"Seguramente se los dieron porque su abuelo donó una fortuna a la escuela otra vez. Dicen que es para mejorar la biblioteca. Es una presumida."


"Sí, pero ¿de qué le sirve? Nadie quiere salir con ella. ¿Has visto cómo se viste? Es como si no le importara..."


"¿Piensa que la escuela es un convento? Es ridícula, mira hasta dónde trae la falda. Debería usar mejor un hábito de monja."


"Más bien, no tiene gracia. Pobrecita, debe ser difícil ser tan... invisible."


Cada palabra se clavaba en ella con la precisión de una aguja, y cada risa burlona la hacía sentirse más pequeña. Minji había aprendido a ocultar su dolor tras una fachada de indiferencia. Mantenía la cabeza erguida, los ojos enfocados en lo que tenía delante, pero por dentro, cada comentario contribuía a una espiral de dudas que la arrastraba hacia la desesperación.


Al llegar a su casillero, Minji encontró una nueva burla esperándola. Una nota, doblada descuidadamente, estaba atascada en la rendija. La encontró entre los libros y la sacó con dedos temblorosos. "Para la ratoncita de biblioteca," decía el encabezado, seguido de un dibujo grotesco de una caricatura de Minji, con enormes lentes y una sonrisa boba. Ella arrugó la nota con firmeza antes de meterla en su mochila, intentando no darles la satisfacción de verla afectada. Sin embargo, en su interior, era cada vez más difícil ignorar el eco de esas palabras crueles que resonaban en su mente.


—¿Qué dice ahora? —preguntó una joven que estaba junto al casillero de Minji. Era Lee Hyeyoon, con su sonrisa brillante y su cabello ondulado, siempre impecable como si acabara de salir del salón de belleza.


—No dice nada —respondió Minji, tratando de mantener la calma, aunque su corazón se estrujaba con cada palabra.


Hyeyoon arqueó una ceja, cerró su casillero con un gesto que denotaba exasperación y se volvió hacia Minji con una mirada de reproche.


—Te lo dije, debes arreglarte más. Si te ves mejor, te molestarán menos. Tú no cooperas con ellos —comentó con una mezcla de preocupación y desdén.


Minji no respondió, simplemente apretó su mochila contra su pecho. Para Hyeyoon, todo parecía sencillo. Ella era hermosa y, incluso cuando se dedicaba al deporte, el sudor la hacía brillar como una estrella. Era obvio que, si audicionara para alguna agencia, podría convertirse en una modelo o idol prominente sin esfuerzo. No era de extrañar que año tras año fuera la presidenta de la clase, recibiendo admiración y respeto que Minji solo podía observar desde la distancia.


Se sintió una vez más como una figura de fondo en el escenario de su propia vida, su corazón cargado de la amargura de no encajar en un mundo que parecía siempre inclinarse a favor de quienes ya lo tenían todo. Mientras caminaba hacia su próxima clase con su amiga aun lado hablando sobre las cosas que su madre le había comprado, temas comunes sobre algún profesor o chismes de la escuela, todo eso era un simple susurro ante el peso de las burlas y las expectativas ajenas le parecía aún más abrumador. A pesar de sus logros académicos y sus esfuerzos constantes, sentía que nada podía contrarrestar el dolor de ser constantemente marginada.


"Ojalá fuera bonita"


Pensó mientras entraba al aula de su próxima clase, la clase de matemáticas. Se deslizó en su asiento habitual al fondo del aula, con Hyeyoon a un lado replicando.


— Detesto esta clase, nunca entiendo nada a la señorita Kim. — Espetó abriendo su libreta mirando unos garabatos, números que le daban un dolor de cabeza a Hyeyoon.


— No te preocupes, puedes copiar mis apuntes.


Como siempre Minji, dejaba a Hyeyoon apoyarse de ella, al final eso hacen las amigas, o al menos eso decía siempre Hyeyoon.


La clase comenzó, pero las palabras de la profesora se mezclaban con los pensamientos tumultuosos que se agolpaban en la mente de Minji. Sus compañeros estaban distraídos, en sus mundos. Nadie la miraba, nadie notaba la angustia que se acumulaba dentro de ella. El ambiente a su alrededor continuaba siendo indiferente y frío, como un recordatorio constante de su aislamiento.


Cerro los parpados suavemente y con un suspiro ignoro a la profesora, respondiendo los problemas por su propia cuenta, mientras que Hyeyoon se apresuraba a copiarlos. Al terminar miró por la ventana observando lo hermoso que era ese día, con el sol iluminando, al menos no llovería, en ese silencio que necesitaba se quedó mirando fijo hasta que su mente se perdió al menos por un momento.


— Minji, Minji. — llamo su amiga. — Tierra hablando a Minji.


—¿Ah?


La confusión de Minji la trajo a la realidad, el timbre había sonado, la clase culminado.


— Te perdiste en el espacio Minji, te decía que, si hiciste mi tarea, y también te quería pedir si haces la tarea de Sungmin, es que vamos a saltarnos la clase e iremos detrás de las canchas. ¡Es emocionante! Seguramente me pedirá que sea su novia.


La voz frenética de Hyeyoon resonó en el tímpano de Minji, el exceso de emoción de su amiga lo reflejaba al sacudirla por los hombros.


— Esta bien, lo haré.


"No tengo otra"


Era lo que realmente quería decir.


Y como dijo Hyeyoon en la clase de literatura no estuvo presente, mucho menos en el receso.


Sin ganas de comer Minji se dirigió al jardín, un lugar tranquilo donde solía encontrar algo de paz. Se sentó en un banco apartado, bajo la sombra de un gran árbol, no iría a la tienda con Hyeyoon, ella seguramente estaría besándose con el guapo de Dojin en alguna parte de la escuela, no importaba, solo saco un pequeño libro de bocetos de su mochila. Era su refugio, un lugar donde podía volcar sus emociones y pensamientos sin el riesgo de ser juzgada. Sus manos, acostumbradas a moverse con precisión al tocar el violín, ahora dibujaban con la misma destreza y cuidado, intentando capturar la belleza que sentía que le era esquiva en su vida diaria.


Mientras se sumergía en su mundo de lápices y papeles, un grupo de estudiantes se acercó, interrumpiendo el silencio con risas estruendosas. Minji intentó ignorarlos, pero una voz familiar la sacó de su concentración.


—¡Mira quién está aquí! La reina de los libros, — dijo una voz que Minji reconocía claramente, la misma que había alimentado muchas de sus inseguridades.


Ella levantó la vista lentamente, esperando ver a los mismos compañeros de siempre. Para su sorpresa, la voz provenía de una chica que normalmente no se dirigía a ella de esa manera. La chica, una de las más populares de la escuela, estaba acompañada por un grupo de amigos que la rodeaban. Aunque sus palabras parecían dirigidas a Minji con una falsa amabilidad, el tono de burla era inconfundible.


— ¿Estás aquí sola otra vez? — a chica continuó con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.


— ¿Dónde está tu amiga? — mirando de un lado a otro, incluso detrás de Minji fingía buscar, a lo que soltó una carcajada. —Es cierto, no tienes. La tarada de Hyeyoon debe estar por ahí chismoseando con sus amigos reales y no pasando vergüenzas con alguien tan patética.


Los demás que iban con ellos se unieron a las risas, señalando a Minji como si ella fuera un número de circo el cual debía divertir a todos.


Minji, con un nudo en la garganta, intentó mantenerse serena. — Hyeyoon no es así, — respondió con voz tranquila, aunque su corazón se apretaba.


— ¿En serio? Pensé que eras inteligente, pero realmente eres idiota, — replicó la chica, mientras su grupo se reía a sus espaldas.


Minji sintió una oleada de vergüenza y enojo. No entendía por qué sentía la necesidad de humillarla, de hacerla sentir más pequeña. Pero en lugar de responder, apretó los dientes y se levantó lentamente. Caminó hacia el edificio de la escuela con la cabeza baja, sus pensamientos desbordando en una mezcla de frustración y tristeza.


A medida que avanzaba, se dio cuenta de que el peso de su propio dolor y soledad la estaba agotando. El constante ataque verbal y la invisibilidad que sentía la estaban arrastrando hacia un lugar oscuro y desesperado. Su amiga y compañeros parecían tener vidas llenas de momentos felices y despreocupados, mientras que ella se encontraba atrapada en un ciclo interminable de críticas y aislamiento.


Al llegar a su siguiente clase, Minji se sentó en su lugar habitual, intentando refugiarse en la rutina familiar. La clase de matemáticas avanzadas, solo reforzada la de la señorita Kim, era un protocolo de la escuela para aquellos alumnos que iban a concursar a las olimpiadas académicas, al menos volvía a uno de los pocos lugares donde se sentía realmente competente, era su único escape de la dolorosa realidad que la rodeaba. En la pizarra, la profesora comenzó a resolver un problema complejo, y Minji se concentró en seguir el ritmo, aferrándose a la lógica y a las fórmulas como un salvavidas, al menos aquí no estaba Hyeyoon molestando con sus bolígrafos de brillitos copiando sus respuestas.


Cuando la campana del último timbre sonó, fue el reflejo de que sus 3 horas en su preparación al concurso estaba terminando, recogió sus cosas rápidamente y salió del aula, con el bullicio del final de la jornada escolar la envolvió de inmediato. Decidida a escapar del constante ataque de miradas y susurros, evitó el auto que siempre mandaban sus padres, ese que la esperaba a la salida principal. En lugar de eso, optó por la puerta trasera de la escuela, aventurándose hacia la calle. El aire fresco y el sol de la tarde le ofrecieron una sensación de alivio, aunque su estómago rugía con hambre.


Mientras caminaba, observaba a su alrededor con una mezcla de curiosidad y desdén. Chicas con elegantes conjuntos y chicos con sonrisas despreocupadas pasaban a su lado, como si fueran personajes de una realidad en la que ella no tenía lugar. Minji se sintió como una espectadora en un teatro de felicidad ajena, una observadora relegada a las sombras del escenario principal.


Finalmente, llegó al pequeño establecimiento que visitaba con frecuencia, un local sencillo pero acogedor conocido por su tteokbokki. La señora Jang, la dueña del lugar, estaba detrás del mostrador, preparando pedidos.


Minji al entrar inhalo aquel delicioso aroma de comida casera, tomando asiento en su lugar habitual cercano a la señera Jang y a la ventana.


—Buenas tardes, señora Jang. —dijo Minji con una sonrisa forzada, intentando mantener su ánimo elevado.


La señora Jang levantó la vista, sus ojos arrugados se iluminaron al ver a Minji, esa pequeña qué siempre la hacía sonreír con su amabilidad, había extrañado ver a su pequeña.


—¡Hola, querida! ¿Qué te trae por aquí hoy? Ya no habías venido a comer —preguntó la anciana con amabilidad.


— Oh, lo siento. Fui seleccionada en la escuela para las olimpiadas académicas y mis padres me han puesto a más tutores que de los de costumbre.


Inclino la cabeza avergonzada como si fuera una cliente desleal tratando de justificarse, a lo que la señora Jang solo sonrió con orgullo mirando a la chica, le sirvió un plato humeante y muy especial de tteokbokki.


— Tus padres deben estar muy orgullosos, yo lo estoy mi niña, aigo...aún recuerdo el primer día que llegaste aquí, tan flaquilla como una escoba, te daré la mejor porción de la casa. — Dijo tomando tal cual había dicho una generosa porción de tteokbokki para la menor.


Con el platillo humeante servido y a pasitos lentos regreso a su nevera a buscar esa jarra helada de fresco té de limón el cual le sirvió en un enorme vaso.


— Anda, come con tu favorito, té de limón, este fresco, hoy en la mañana lo hice pensando en ti y mira, has venido a verme, siempre que hago mágicamente vienes como cachorrito a comer, anda, come antes de que enfríe. — Habló aquella mujer deteniendo su trabajo para sentarse frente a Minji. — ¿Cuándo es el concurso? Seguramente ganarás y yo misma te haré un pastel hermoso como las flores para celebrar tu triunfo.


Minji aceptó el plato con una inclinación de cabeza y, mientras comenzaba a comer, aunque escuchaba atenta a la amable mujer, su mirada se desvió a todos esos seres que vivían felices en el mundo exterior, aceptados y amados. Cada pareja enamorada, cada grupo de amigos riendo, parecía como una burla cruel de lo que ella deseaba, pero sentía inalcanzable. Se preguntaba si alguna vez podría experimentar una felicidad tan sencilla, o si estaba condenada a observar desde una distancia incómoda.


La señora Jang, notando el silencio melancólico de Minji, habló nuevamente con una sonrisa cálida.


—¿Todo bien, querida? Pareces algo pensativa hoy —comentó, mientras se sentaba frente a Minji, esperando una respuesta.


Minji alzó la vista y, a pesar de su tristeza, sonrió a la anciana.


—Disculpe, el concurso es mañana y estoy bien, solo... observando el mundo pasar —dijo, mientras tomaba un sorbo de su bebida.


La señora Jang la miró con un brillo en los ojos, como si le leyera los pensamientos. Luego, con una risa suave, dijo:


—Te he dicho mil veces que puedes llamarme abuela, ¿no? Y no te preocupes, cariño, tú eres una chica bonita. Solo que a veces, uno no lo ve cuando está demasiado ocupado mirando hacia abajo.


Minji, un poco sorprendida por el cumplido, respondió educadamente:


—Gracias, señ...abuela Jang, pero yo no lo creo. Quizás en tu juventud fuiste una diosa de la belleza, porque a tu edad sigues siendo hermosa.


La anciana se ruborizó y río con modestia, levantándose de su asiento volviendo al trabajo.


—Oh, qué dulce eres, querida. Mejor come más, debe estar fuerte para mañana.


Volviendo a servirle un poco más de comida le acaricio la mejilla antes de atender a otro cliente.


Minji aceptó el regalo con gratitud y un toque de sorpresa.


—Recuerda, a veces debemos obligar las cosas. Tienes que pescar el pez para hacer el pastel.


Minji frunció el ceño, sin entender del todo la analogía, pero asintió en señal de comprensión.


—Gracias por el consejo, abuela Jang. Me lo tomaré en cuenta —dijo, aunque la frase seguía siendo extraña.


Con el estómago lleno y un poco de ánimo renovado, Minji se despidió y se dirigió a su casa.


—¿Tienes que pescar al pez para hacer pastel? Pero yo no sé pescar... ¿Yo soy el pez? Ah... ahora no entendí a la abuela Jang, tal vez es la edad y ya dice cosas sin sentido —se dijo a sí misma, pensando en la metáfora de la anciana.


Seguía pensando conforme caminaba hacia casa, su mente aun girando en torno al consejo de la señora Jang. La brisa de la tarde era suave, pero sus pensamientos se mantenían inquietos. Mientras se dirigía a la parada del autobús, sus pensamientos eran una mezcla de confusión y cansancio, sacudió su cabeza y negó, corriendo a la para donde su autobús se había detenido.


Una vez que subió al autobús, trató de concentrarse en el trayecto, pero el murmullo de un grupo de chicas a su lado captó su atención. No pudieron ver la expresión en su rostro ya que estaba en el otro extremo del autobús, pero Minji escuchó claramente lo que decían.


—Desde que Gayeong consiguió novio, todos la ven diferente —comentó una de las chicas con un tono envidioso.


—Sí, parece que ahora tiene un montón de amigos y todo el mundo la respeta más —añadió otra.


—Es gracioso cómo cambia la gente cuando tienen algo que todos quieren —se burló una tercera, causando risitas entre ellas.


Sintió un nudo en el estómago al escuchar esas palabras. Aunque trató de ignorarlas, las palabras "consiguió novio" resonaron en su mente, avivando una sensación de frustración y tristeza. El autobús se detuvo en su parada, y Minji se levantó rápidamente para bajar.


En la parada, al caminar hacia su casa, escuchó a un hombre que estaba en la acera hablar con tono grave y algo amenazante.


—Si el cliente no acepta el contrato, tendremos que obligarlo a firmar. Al final, todo el mundo hace lo que ellos quieren con un contrato —dijo el hombre, su voz cargada de una autoridad intimidante.


Minji se detuvo un momento, sorprendida por la conversación. La idea de los contratos y la forma en que podían obligar a alguien a hacer algo se quedó grabada en su mente. Mientras continuaba su camino hacia casa, su mente empezó a trabajar a toda velocidad.


— Tienes que pescar al pez para hacer pastel... ¡Necesito un pez! SI TENGO UN PEZ DEJARÁN DE MOLESTARME Y VERÁN QUE PUEDO SER TAN GENIAL Y BONITA COMO ELLOS.


Entonces, la chispa de una idea encendió su mente. Si un contrato podía obligar a alguien a hacer algo, tal vez ella también podría usar uno para conseguir lo que quisiera.


Con esa idea corrió por la calle subiendo rápidamente la cuesta, el auto que iba siempre a recogerla estaba afuera como de costumbre y a diferencia de otras veces donde Minji corría lejos de ellos, paso a saludarlos pegando pequeños brincos mientras gritaba:


— ¡Voy a tener a mi pez! ¡Tendré un pez!


La servidumbre no entendía de que hablaba la señorita de la casa, extrañados la miraron entrar a la casa, mientras que Minji seguía ej su euforia hasta entrar a su habitación.


— ¿Pero dónde consigo a mi pez?