Baile Ardiente
Mi nombre es Mariko Kurama, y aunque no soy humana en el sentido estricto, mi cuerpo es una prueba viviente de lo que significa ser un Diclonius. Estos cuernos, que sobresalen de mi cabeza en forma de orejas de gato, son lo que delatan mi verdadera naturaleza. Pero no son solo los cuernos lo que me separa de los humanos. Dentro de mí, se oculta un poder ancestral: la capacidad de manifestar extremidades invisibles capaces de destruir y proteger con una fuerza sobrehumana que pocos podrían imaginar.
Tengo 20 años, y mi corazón pertenece a alguien que, en otro tiempo, fue mi enemiga mortal. Su nombre es Kaede. Nuestra relación no comenzó con suavidad; de hecho, cuando nos conocimos, nuestras intenciones eran puramente asesinas. Pensaba que ella activaría el detonador que destruiría mi cuerpo, pero algo en ella cambió en el último momento. Reflexionó, tal vez, y por ello le estaré siempre agradecida. Con el tiempo, nuestras luchas se convirtieron en una danza diferente: compañeras de entrenamiento, y pronto algo mucho más profundo.
Al principio, nuestro vínculo estaba marcado por el instinto y el narcisismo, pero lentamente, fui conociendo sus miedos, sus pecados, y los fantasmas que la perseguían. El dolor de haber matado a la hermana y al padre de la única persona que realmente amaba en este mundo la atormentaba sin descanso. Yo entendía su sufrimiento demasiado bien; después de todo, los humanos siempre nos juzgaron, nos vieron como monstruos.
Pero no vine aquí para hablar de nuestros dolores. Hoy quiero contarles sobre un regalo que Kaede me hizo, un regalo tan íntimo y sensual que todavía me estremezco al recordarlo. Después de que Kouta la abandonara por razones que ahora parecen insignificantes, fui yo quien permaneció a su lado. Cuando le confesé mi amor, ella me aceptó, y ese primer beso fue un fuego inesperado que encendió todo mi ser. Nunca imaginé que ese beso vendría de una mujer dos años mayor que yo.
Pero el momento del que hablo ocurrió durante la Navidad. Mi amada Kaede, que cuando no estamos en misiones arriesgadas trabaja como stripper, decidió darme un show privado. Me llevó a un hotel de lujo, tomándome de la mano con firmeza, y mi corazón latía desbocado, anticipando lo que estaba por venir.
Al entrar en el ascensor, ella me miró y sonrió, vestida con un uniforme de enfermera blanco, impecable. Su cercanía me hizo temblar, y cuando me tomó del hombro para acercarme más, su calor me envolvió, calmando todos mis nervios. “Tranquila,” susurró con una voz dulce y relajada. “Este regalo será inolvidable.” Y en ese momento, supe que nada en mi vida sería igual después de aquella noche.
La habitación era un sueño, con vistas a los modernos edificios de Kamakura que parecían abrazar el cielo. Pero nada de eso importaba cuando sentí los brazos de Kaede rodeándome por la espalda, su respiración acariciando mi cuello. Le susurré que nunca se apartara de mí, que la amaba con toda mi alma, que era mi fuerza, mi todo. Las lágrimas comenzaron a caer de mis ojos, pero ella me calmó con un beso tan tierno que me hizo olvidar el mundo exterior.
Lo que sucedió después, lo guardo en lo más profundo de mi ser, un recuerdo íntimo y ardiente que siempre será solo nuestro.
El beso se prolongó en el tiempo, mientras las luces de los edificios nos iluminaban, envolviéndonos en una atmósfera tan íntima que parecía sacada de un sueño. Cuando nuestros labios se separaron, Kaede me miró fijamente, sus ojos brillaban con una intensidad que me derretía. “Nunca me separaré de ti,” susurró, su voz cargada de promesas. “Eres mi tesoro más preciado ahora.” La forma en que pronunció “nyu” fue tan seductora, tan cargada de deseo, que sentí un calor irresistible recorrer todo mi cuerpo. No pude evitar excitarme, y en respuesta, dejé escapar un suave y tierno “myu”, que resonó en el aire como una confesión.
Kaede me guió con suavidad hacia la orilla de la cama y, con una delicadeza que me desarmó, acarició mi rostro con sus suaves manos. Su voz se convirtió en un susurro que se deslizó en mi oído, provocando un escalofrío que me recorrió de arriba abajo. “Nunca olvides el sabor de mis labios…”, dijo mientras su dedo acariciaba mis labios, trazando un camino de pura anticipación. Me quedé sin palabras, sorprendida y atrapada por sus actos, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera ella.
Con una sonrisa juguetona y una mirada traviesa, Kaede me dijo que disfrutara del espectáculo que estaba a punto de darme. Comenzó a bailar, moviéndose con una sensualidad que me robó el aliento. La primera vez que la vi bailar, no pude disfrutarlo completamente, ya que fue en el club donde trabaja. Pero ahora, teniéndola tan cerca, cada movimiento suyo era una tormenta de deseo. Sus caderas se balanceaban con una gracia que era a la vez provocativa y peligrosa, su mirada me quemaba, y sus manos recorrían su cuerpo de una manera que encendía mis más bajos instintos.
La musculatura que había ganado en los últimos meses hacía que cada pose, cada giro, se viera más definida, más poderosa. Cuando abrió las piernas y la pequeña tanga quedó a la vista, no pude evitar estremecerme de placer. Ella lo notó, sonriendo al ver cómo mi rostro se enrojecía, y continuó desabrochando lentamente su uniforme de enfermera. Al quedar expuesta, su cuerpo vestido con esa sexy y provocativa ropa interior despertó en mí pensamientos que nunca había imaginado tener. Mi excitación alcanzó un punto álgido, y el baile que realizaba me encendía más y más con cada segundo que pasaba.
Cuando Kaede me acostó en la cama y se colocó sobre mí, sentí su peso y su calor como un consuelo ardiente. Me besó con una pasión desenfrenada mientras sus manos exploraban mis piernas, subiendo lentamente hasta llegar a mis partes más íntimas. El toque de sus dedos en mi piel desnuda hizo que mis gemidos se intensificaran, alimentando aún más su propio deseo. Con sus vectores, tomó mis piernas, inmovilizándome mientras me despojaba de mis bragas. Sin titubear, se inclinó hacia adelante y comenzó a lamer mi vagina, su lengua moviéndose con una habilidad que me dejó sin aliento.
Mis gemidos llenaban la habitación, y entre jadeos le susurraba que deseaba esto, que era suya para hacer conmigo lo que quisiera. “Mi reina... no... mi diosa Diclonius...”, susurré entre espasmos de placer. “Mi cuerpo te pertenece...”
Kaede comenzó a despojarme por completo de mi ropa mientras se quitaba la suya, y nuestros cuerpos se fundieron en un abrazo desesperado, nuestras pieles rozándose, compartiendo calor y deseo. Su lengua comenzó a recorrer mi cuello con lentitud, mientras sus manos se deslizaban por mi espalda, provocando en mí un sinfín de emociones intensas. Las lágrimas de felicidad brotaron de mis ojos, y entre sollozos le dije cuánto me sentía amada a su lado. Sus labios encontraron los míos una vez más, en un beso que parecía querer devorarme, mientras nuestras vaginas se unían, moviéndose en una danza descontrolada de éxtasis compartido.
Nuestros deseos más oscuros y pervertidos se materializaban en cada movimiento, en cada roce de piel, en cada susurro cargado de lujuria. Ella era mía, y yo era suya, en cuerpo y alma, mientras nuestros vectores también se unían en una danza de pasión desbordante. Las marcas de nuestra unión se imprimieron en varias partes de la habitación, dejando huellas invisibles de nuestro deseo.
Nuestros cuerpos, bañados en sudor, se movían sin control, y los gemidos y gritos que escapaban de nuestras bocas se hacían más y más fuertes. La cama crujía bajo nosotros, mientras nuestros pechos se frotaban con una intensidad que me hacía perder la razón. Sentir sus pezones contra mis senos era una sensación que me llevaba al borde del delirio, y cada toque, cada movimiento, me acercaba más al clímax.
Finalmente, cuando el éxtasis nos alcanzó, me sentí tan completa, tan feliz de que Kaede y yo nos hubiéramos unido de una manera tan profunda. Nuestros cuerpos ahora eran uno, al igual que nuestras almas. Observé cómo nuestras vaginas brillaban con la humedad del deseo consumado, y Kaede me sonrió de manera traviesa, sus ojos brillando con una promesa silenciosa.
Se inclinó hacia mí, susurrando con una voz seductora en mi oído, “Siempre estaré aquí para complacerte y protegerte.” Y lo cumplió. Soy su fiel devota, su adoradora sin reservas... Nunca la cuestionaré. Nunca.