PRĂLOGO.
Su padre no la querĂa.ï»ż
No la quiso cuando se enterĂł de su concepciĂłn, y tampoco lo hizo el dĂa de su nacimiento.
No la quiso entonces, y nunca lo harĂa.
Por eso mismo, «Ăngel» era el Ășltimo de los nombres que se le pasaban por la cabeza al pensar en aquella criatura, todo lo contrario que ocurrĂa con la madre de la bebĂ©, Seira, pues aquella palabra fue una de las Ășltimas que fue capaz de pronunciar antes de cerrar sus inmensos ojos azulados para siempre.
«âLlĂĄmala Ăngel, Nik. Ella es mi ĂĄngel...»
Puestos a poner nombres de ĂĄngeles, Ă©l habrĂa optado por alguno como Samaell, por ser el nombre que se le daba a «SatĂĄn» antes de su caĂda, o quizĂĄs Azrael, por ser el nombre del llamado «ångel de la muerte». Eso cuadraba mĂĄs con la niña, a su parecer.
En realidad, lo que Ă©l hubiera preferido habrĂa sido simplemente abandonarla y olvidarse del asunto. Y se hubiera salido con la suya de no ser por el amor que le profesaba a su amada Seira. Ella era la razĂłn por la que no podĂa abandonar a su hija.
Aquella niña, quisiera o no, era lo Ășnico que le quedaba de la mujer a la que tanto amĂł y a la que tanto amarĂa hasta el Ășltimo dĂa de su vida.
Y porque el amor que le profesaba a Seira era tan grande, asĂ de grande tambiĂ©n fue el odio que tenĂa guardado para Ăngel. Un odio que crecĂa tanto y tan rĂĄpido como lo hacĂa la pequeña niña rubia.
Nadie serĂa capaz de entender cĂłmo alguien podĂa guardar tanto odio y rencor hacia un ser tan pequeño y hermoso como lo era la dulce niña.
Desde el primer instante que conociĂł acerca de la existencia de aquella criatura, NikolĂĄi supo que su rechazo hacia la bebĂ© no era una rechazo producido por miedo a la paternidad, âque quizĂĄs un poco tambiĂ©nâ, ni mucho menos uno a consecuencia de lo que significarĂa tener una hija a sus 21 años de edad.
Aquel desequilibrado muchacho tenĂa un instinto prodigioso al que le era plenamente fiel. JamĂĄs se equivocaba cuando se dejaba guiar por este, y pocas veces solĂa desobedecerle.
Aquel, como solĂa repetirse, fue su primer error: hacer caso omiso de su instinto.
Cada nervio de su ser le gritaba por activa y por pasiva que aquella niña traerĂa problemas. TenĂa un mal presentimiento, pero la verdad era que durante los primeros meses del embarazo de Seira, se autoconvenciĂł de que estaba equivocado, y que no pasarĂa nada con la pequeña.
Al fin y al cabo, ÂżquĂ© males podrĂa ocasionar una criatura tan pequeña e indefensa?
PensĂł entonces que con el tiempo serĂa capaz de amar a su primogĂ©nita de una forma u otra, puede que tanto incluso como lo habĂa hecho con la muchacha de mirada oceĂĄnica a la que tanto amaba.
âNo te angusties, NikolĂĄi âsolĂa decirle la joven Seiraâ debes darte tiempo.
Y él la creyó.
Y nadie podrĂa reprocharle nada, porque ÂżquiĂ©n no lo hubiese hecho en su lugar?
Seira Romanova era la mujer mĂĄs sensata y compasiva que habĂa conocido jamĂĄs, y con la que tuvo la tremenda suerte de cruzarse. Nunca, ni en sus mejores sueños, se habrĂa imaginado que una persona tan pura como ella habrĂa acabado enamorĂĄndose de un ser tan perdido como Ă©l.
Sus palabras le curaban el alma, y su melĂłdico tono de voz era la Ășnica medicina que usaba. No habĂa absolutamente ningĂșn truco mĂĄs. No era bruja. No usaba hechizos, y no tenĂa ni varitas ni pociones.
No le hacĂan falta. Ella tenĂa la magia en los labios.
De hecho, ella era magia.
Jamås se mostró rencorosa ni enfadada con ninguna de las actitudes de Nikolåi, ni siquiera durante las largas noches en las que llegaba borracho, malhumorado y desubicado. Ella simplemente acunaba su rostro enrojecido entre sus manos y le miraba con una perfecta mezcla de decepción e indiferencia. Después depositaba un beso en su frente y se marchaba.
Su marcha nunca duraba demasiado tiempo, a decir verdad, pero sà lo suficiente como para que él recapacitase.
Quizå no era el mejor método, pero desde luego era el mås efectivo.
Seira siempre supo que NikolĂĄi Vykov no era una persona fĂĄcil, y que nunca lo serĂa. No porque no quisiera, ya que ella misma habĂa sido testigo de las mil y una veces en las que se esforzaba tanto como le era posible por reinventarse. No. Ăl era una persona difĂcil porque no le dejaron otra opciĂłn de pequeño. No tuvo una vida sencilla, ni muchĂsimo menos, y aĂșn asĂ se esforzaba por cuidar de la joven lo mejor que podĂa.
Se cuidaban el uno al otro.
Unas veces mĂĄs y otras veces menos, pero lo hacĂan.
Y se querĂan. Vaya que si se querĂan.
QuizĂĄs no era la relaciĂłn mĂĄs sana, pero por lo menos erareal. Ambos se esforzaban mutuamente para ser mejores personas.
Pero aĂșn asĂ, con todo el amor y el esfuerzo que ponĂan dĂa sĂ y dĂa tambiĂ©n, cometieron dos grandes fallos que mĂĄs adelante pasarĂan factura. Fallos que fueron bastante simples.
El primero era que Ă©l trataba de ser mejor persona por ella, en vez de por sĂ mismo. CreyĂł que ella podrĂa apaciguar todos los demonios pasados que le seguĂan atormentando en el presente, cuando estaba mĂĄs que demostrado que esa es una lucha que Ă©l tambiĂ©n ha de librar.
El segundo fallo tambiĂ©n fue simple: que ella lo intentĂł. IntentĂł con todas sus fuerzas curar algo que solo Ă©l tenĂa el poder de sanar. Estaba convencida de que podrĂa, de que serĂa capaz de hacerlo. TenĂa la idea de que con su ayuda, Ă©l podrĂa cambiar.
Y justo por eso, cuando ella no pudo seguir haciĂ©ndolo, âseguir apaciguando sus demoniosâ, Ă©l se dejĂł consumir por ellos, y volcĂł toda su rabia, frustraciĂłn y miedo en la pequeña Ăngel.
Desde el dĂa en que naciĂł, culpĂł a la niña por la muerte de su amada. JamĂĄs la perdonĂł.
Con el corazĂłn roto y sin el Ășnico motivo por el que se mantenĂa medio cuerdo, NikolĂĄi volviĂł a todo lo que un dĂa dejĂł atrĂĄs. Sus tremendas e infinitas borracheras volvieron a ser indistinguibles unas de otras, y cada una siempre era peor que la anterior. Sus reacciones eran cada vez mĂĄs bruscas, y los tiempos que pasaba sobrio cada vez eran mĂĄs cortos.
E incluso bajo esas deplorables condiciones mentales, la sombra desequilibrada de lo que un dĂa fue un hombre se quedĂł con la niña bajo su cuidado durante 5 largos años, llenos de altibajos e idas y venidas.
Durante las buenas épocas en las que Nikolåi trataba de ser mejor bajo el tormentoso recuerdo de su amada, las cosas entre él y su hija no eran demasiado desastrosas.
Ăl se limitaba a trabajar dĂa y noche sin descanso, y dejaba a su vecina al cuidado de Ăngel, remunerando a la señora con la suficiente cantidad de dinero como para cubrir los gastos extraordinarios que la niña pudiera ocasionarle.
A cambio, la señora no solo cuidaba de Ăngel, sino que tambiĂ©n se encargaba de educarla a escondidas, ya que NikolĂĄi se negaba a escolarizarla.
"âEn cuanto tenga la edad suficiente, se pondrĂĄ a trabajar. De camarera, limpiadora o puta, me da igual. Con lo que mĂĄs dinero pueda ganar, desde luego.â âSolĂa escupir entre dientes.
Callie âla vecinaâ, hacĂa oĂdos sordos y, aprovechando que NikolĂĄi por esas Ă©pocas se pasaba el dĂa fuera y bastante lejos, introdujo poco a poco a la pequeña el apasionante mundo de la literatura.
La enseñó a hablar, leer y escribir. A veces usaban de excusa la salida a la compra para pasar el rato en la biblioteca, de donde solĂan sacar un par de libros a la semana. TenĂan la tradiciĂłn de leer un cuento al dĂa como mĂnimo, y la llevaban a rajatabla siempre que podĂan.
Ăngel se valĂa de todos los mundos que Callie le habĂa enseñado para ser fuerte.
AprendiĂł desde pequeña que, mientras unos tienen la suerte de vivir tal y como lo hacĂan los protagonistas de alguno de los preciosos cuentos que tanto leĂa y releĂa, otros estĂĄn destinados a sobrevivir en la otra cara de la moneda, relegando la posibilidad de que alguno de esos mundos fuese real a un segundo lugar, imaginĂĄndose cĂłmo serĂa vivir en alguno de ellos.
Aprendió también sobre la importancia y el valor que tienen las palabras, y lo poderosa que te hacen. Cómo unas palabras, ordenadas de una forma determinada y en el momento adecuado, son capaces de romper a una persona en diminutos fragmentos.
Y asà como las palabras, también su ausencia guarda un poder infravalorado: el silencio.
AprendiĂł de su padre a callar.
Cuando ella hablaba, solo venĂan problemas.
Aunque a decir verdad, incluso cuando callaba recibĂa de Ă©l algĂșn que otro improperio de mĂĄs.
Los repetitivos âte odioâ, âmuĂ©rete" y âeres un demonio" que solĂa repetirle su padre comenzaron a no tener ningĂșn tipo de significado para la pequeña.
Cuando empezĂł a entender el significado detrĂĄs de esas palabras, Ăngel corrĂa a llorar debajo de su cama. No entendĂa cĂłmo era posible que su padre, âla persona que le dio vida, y la figura que en los cuentos que leĂa solĂa ser alguien bueno y que protegĂa a sus hijosâ, se pasaba la vida entera diciĂ©ndole y repitiĂ©ndole cuĂĄnto la odiaba por âhaberle traĂdo tanta desgraciaâ.
Hubo un tiempo en que ella le creyĂł, y se comenzĂł a odiar. Realmente creĂa en todas y cada uno de los improperios que su padre usaba para definirla.
Nadie podĂan culparla. Era su padre, ella tan solo le obedecĂa.
Callie solĂa consolarla diciĂ©ndole que el silencio tambiĂ©n fortalece, y que si sentĂa que en algĂșn momento iba a estallar, escribiera. Que hablase consigo misma en un papel.
âHaz cartas de ti para ti. Cartas que te recuerden lo valiente que eres todos los dĂas, y donde, ademĂĄs, puedas plasmar todo lo que quieras olvidar. Las cartas que hablen sobre lo primero las guardaremos en una caja para que puedas releerlas siempre que lo necesites, y las segundas las quemaremos para que eso que tanto quieres olvidar desaparezca, como si nunca hubiera existido. âFueron las palabras de la sabia Callie.
Y asĂ lo hacĂa la pequeña niña rubia.
Todas las noches se sentaba frente a la chimenea de piedra de la casa de su vecina y contemplaba las innumerables hojas de oscuros recuerdos reducirse a cenizas.
Con el tiempo, se volviĂł peligrosamente adicta, casi presa, a la visiĂłn de las llamas consumiendo los trozos de papel en los que volcaba todas las experiencias que deseaba olvidar.
Y funcionaba.
El Ășnico rastro de aquellos sucesos que quedaba tras la quema de las cartas se hallaba en su piel, en forma de cicatrices, pero nada en su mente. Eso suponĂa un consuelo para el alma de la pequeña Ăngel.
Cuando NikolĂĄi recaĂa en sus viejos hĂĄbitos, se desataba el caos sobre las escasas y mohosas paredes de la que legalmente era su casa.
Mañanas, tardes y noches se las pasaba metido en el bar, bebiendo y lamentĂĄndose de sĂ mismo una y otra vez de manera incansable. Cuando llegaba a casa, âa veces casi inconsciente, y otras veces tan cuerdo como malhumorado y con un hambre voraz de venganzaâ, siempre acababa gritĂĄndole enfurecido a la pequeña criatura de cabellos dorados y piel nĂvea, de grandes ojos azulados que poca culpa tenĂa de que el destino la quisiese tan poco.
Lo que ocurrĂa despuĂ©s de los gritos es historia.
En realidad, un sinfĂn de historias que, con el tiempo, la niña se encargĂł de plasmar en tinta y quemar hasta que no quedase rastro alguno de ello, mientras contemplaba el hipnĂłtico movimiento del fuego.
A veces, durante esas Ă©pocas, Callie se armaba de valor y amenazaba a NikolĂĄi desde el otro lado de la puerta con llamar a la policĂa, hasta que este cedĂa o se dormĂa y ella podĂa llevarse a Ăngel consigo. Se quedaba entonces las semanas siguientes con la pequeña sin pedir nada a cambio, e ignorando las reiteradas amenazas de NikolĂĄi.
Hasta que un dĂa por fin, despuĂ©s de 5 años de tortura constante, Callie y Ăngel pudieron huir de los suburbios de aquel cochambroso barrio de Minsk hacia el otro lado del ocĂ©ano, mĂĄs concretamente a un pequeño barrio de Nashville, en Tennessee.
Calliope fue el ĂĄngel que salvĂł a la pobre criatura de las asquerosas garras de su padre, y se encargĂł personalmente de darle todo lo que nunca pudo darle a sus hijos, mientras que Ăngel por su parte y sin darse cuenta, le concediĂł a Callie todo lo que siempre deseĂł.
Ella y su marido Aleksander descubrieron demasiado tarde que no podĂan concebir niños propios, asĂ que decidieron adoptar a algĂșn niño o niña que lo necesitase. No obstante, su marido cayĂł enfermo poco tiempo despuĂ©s y los trĂĄmites para la adopciĂłn fueron congelados, y les denegaron cualquier posibilidad de adoptar, lo que dejĂł a Calliope doblemente rota: primero por la pĂ©rdida de un hijo que nunca podrĂa tener, y segundo por la ausencia de la persona que mĂĄs ha amado y amarĂa en su vida.
Ambas pasaron el resto del tiempo juntas, cuidando la una de la otra y dĂĄndose todo el amor que pensaban que habĂan perdido, siempre conservando las viejas tradiciones que tanto las unieron en su momento, como por ejemplo, la de leer un mĂnimo de un capĂtulo al dĂa.
Ăngel empezĂł a trabajar tan pronto como pudo, con tal de ayudar a Nany, âapodo con el que bautizĂł a Callie cuando cumpliĂł los 8 añosâ, con la interminable lista de facturas que llegaban todos los meses.
Calliope fue capaz de escapar de Minsk junto con Ăngel gracias una generosa suma de ahorros, sĂ, pero aquel dinero sirviĂł ademĂĄs para costear el psicĂłlogo al que visitĂł Ăngel durante los tres primeros años de su llegada a Estados Unidos, mientras que decidiĂł guardar el resto del dinero para poder financiar la cuantiosa matrĂcula de la Universidad a la que asistirĂa la joven de cabellos dorados en un futuro.
Todo en la vida de Ăngel comenzĂł a ir bien, tal y como tenĂa que haber sido desde el principio: feliz y llena de amor.
Lo cierto es que, en el fondo, la joven no se arrepentĂa de su pasado, y tampoco lo cambiarĂa. Gracias a ello (o por culpa de), desarrollĂł la facultad de olvidar todos los sucesos traumĂĄticos por los que pasĂł, y ni el psicĂłlogo ni nadie fueron capaces de sonsacĂĄrselos nunca.
Ella no recordaba nada, y si lo hacĂa se esforzaba por ignorarlo hasta que volvĂa a caer en el olvido.
Hasta un dĂa.
Hasta aquel dĂa.