JAQUE AL REY

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Summary

Ángel Vykova es una valiente joven que lleva toda su vida esforzĂĄndose por borrar de su memoria un pasado que aĂșn de vez en cuando le atormenta en forma de horribles pesadillas. Sin embargo, gracias a las sesiones terapĂ©uticas a las que asiste desde pequeña, y el indispensable apoyo de Calliope —la fuerte mujer que le salvĂł la vida—, es capaz de disfrutar de una vida bastante normal y corriente. Todo parecĂ­a ir mĂĄs o menos bien, hasta que un dĂ­a una carta con el nombre de la persona que mĂĄs teme en todo el mundo aparece como por arte de magia en la puerta de su casa. En ese mismo instante, todo por lo que Ángel tanto ha luchado comienza a tambalearse. Las pesadillas y todos y cada uno de los miedos y recuerdos que creĂ­a enterrados en lo mĂĄs profundo de su corazĂłn comienzan a resurgir. Y es entonces cuando comienza la historia del peĂłn que hizo jaque al rey mĂĄs poderoso del tablero.

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Ongoing
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1
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n/a
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18+

PRÓLOGO.

Su padre no la querĂ­a.ï»ż

No la quiso cuando se enterĂł de su concepciĂłn, y tampoco lo hizo el dĂ­a de su nacimiento.

No la quiso entonces, y nunca lo harĂ­a.

Por eso mismo, «Ángel» era el Ășltimo de los nombres que se le pasaban por la cabeza al pensar en aquella criatura, todo lo contrario que ocurrĂ­a con la madre de la bebĂ©, Seira, pues aquella palabra fue una de las Ășltimas que fue capaz de pronunciar antes de cerrar sus inmensos ojos azulados para siempre.

«—LlĂĄmala Ángel, Nik. Ella es mi ĂĄngel...»

Puestos a poner nombres de ångeles, él habría optado por alguno como Samaell, por ser el nombre que se le daba a «Satån» antes de su caída, o quizås Azrael, por ser el nombre del llamado «ångel de la muerte». Eso cuadraba mås con la niña, a su parecer.

En realidad, lo que él hubiera preferido habría sido simplemente abandonarla y olvidarse del asunto. Y se hubiera salido con la suya de no ser por el amor que le profesaba a su amada Seira. Ella era la razón por la que no podía abandonar a su hija.

Aquella niña, quisiera o no, era lo Ășnico que le quedaba de la mujer a la que tanto amĂł y a la que tanto amarĂ­a hasta el Ășltimo dĂ­a de su vida.

Y porque el amor que le profesaba a Seira era tan grande, así de grande también fue el odio que tenía guardado para Ángel. Un odio que crecía tanto y tan råpido como lo hacía la pequeña niña rubia.

Nadie sería capaz de entender cómo alguien podía guardar tanto odio y rencor hacia un ser tan pequeño y hermoso como lo era la dulce niña.

Desde el primer instante que conociĂł acerca de la existencia de aquella criatura, NikolĂĄi supo que su rechazo hacia la bebĂ© no era una rechazo producido por miedo a la paternidad, —que quizĂĄs un poco tambiĂ©n—, ni mucho menos uno a consecuencia de lo que significarĂ­a tener una hija a sus 21 años de edad.

Aquel desequilibrado muchacho tenĂ­a un instinto prodigioso al que le era plenamente fiel. JamĂĄs se equivocaba cuando se dejaba guiar por este, y pocas veces solĂ­a desobedecerle.

Aquel, como solĂ­a repetirse, fue su primer error: hacer caso omiso de su instinto.

Cada nervio de su ser le gritaba por activa y por pasiva que aquella niña traería problemas. Tenía un mal presentimiento, pero la verdad era que durante los primeros meses del embarazo de Seira, se autoconvenció de que estaba equivocado, y que no pasaría nada con la pequeña.

Al fin y al cabo, ¿qué males podría ocasionar una criatura tan pequeña e indefensa?

Pensó entonces que con el tiempo sería capaz de amar a su primogénita de una forma u otra, puede que tanto incluso como lo había hecho con la muchacha de mirada oceånica a la que tanto amaba.

—No te angusties, Nikolái —solía decirle la joven Seira— debes darte tiempo.

Y él la creyó.

Y nadie podría reprocharle nada, porque ¿quién no lo hubiese hecho en su lugar?

Seira Romanova era la mujer mås sensata y compasiva que había conocido jamås, y con la que tuvo la tremenda suerte de cruzarse. Nunca, ni en sus mejores sueños, se habría imaginado que una persona tan pura como ella habría acabado enamoråndose de un ser tan perdido como él.

Sus palabras le curaban el alma, y su melĂłdico tono de voz era la Ășnica medicina que usaba. No habĂ­a absolutamente ningĂșn truco mĂĄs. No era bruja. No usaba hechizos, y no tenĂ­a ni varitas ni pociones.

No le hacĂ­an falta. Ella tenĂ­a la magia en los labios.

De hecho, ella era magia.

Jamås se mostró rencorosa ni enfadada con ninguna de las actitudes de Nikolåi, ni siquiera durante las largas noches en las que llegaba borracho, malhumorado y desubicado. Ella simplemente acunaba su rostro enrojecido entre sus manos y le miraba con una perfecta mezcla de decepción e indiferencia. Después depositaba un beso en su frente y se marchaba.

Su marcha nunca duraba demasiado tiempo, a decir verdad, pero sí lo suficiente como para que él recapacitase.

Quizå no era el mejor método, pero desde luego era el mås efectivo.

Seira siempre supo que NikolĂĄi Vykov no era una persona fĂĄcil, y que nunca lo serĂ­a. No porque no quisiera, ya que ella misma habĂ­a sido testigo de las mil y una veces en las que se esforzaba tanto como le era posible por reinventarse. No. Él era una persona difĂ­cil porque no le dejaron otra opciĂłn de pequeño. No tuvo una vida sencilla, ni muchĂ­simo menos, y aĂșn asĂ­ se esforzaba por cuidar de la joven lo mejor que podĂ­a.

Se cuidaban el uno al otro.

Unas veces mĂĄs y otras veces menos, pero lo hacĂ­an.

Y se querĂ­an. Vaya que si se querĂ­an.

QuizĂĄs no era la relaciĂłn mĂĄs sana, pero por lo menos erareal. Ambos se esforzaban mutuamente para ser mejores personas.

Pero aĂșn asĂ­, con todo el amor y el esfuerzo que ponĂ­an dĂ­a sĂ­ y dĂ­a tambiĂ©n, cometieron dos grandes fallos que mĂĄs adelante pasarĂ­an factura. Fallos que fueron bastante simples.

El primero era que él trataba de ser mejor persona por ella, en vez de por sí mismo. Creyó que ella podría apaciguar todos los demonios pasados que le seguían atormentando en el presente, cuando estaba mås que demostrado que esa es una lucha que él también ha de librar.

El segundo fallo también fue simple: que ella lo intentó. Intentó con todas sus fuerzas curar algo que solo él tenía el poder de sanar. Estaba convencida de que podría, de que sería capaz de hacerlo. Tenía la idea de que con su ayuda, él podría cambiar.

Y justo por eso, cuando ella no pudo seguir haciĂ©ndolo, —seguir apaciguando sus demonios—, Ă©l se dejĂł consumir por ellos, y volcĂł toda su rabia, frustraciĂłn y miedo en la pequeña Ángel.

Desde el día en que nació, culpó a la niña por la muerte de su amada. Jamås la perdonó.

Con el corazĂłn roto y sin el Ășnico motivo por el que se mantenĂ­a medio cuerdo, NikolĂĄi volviĂł a todo lo que un dĂ­a dejĂł atrĂĄs. Sus tremendas e infinitas borracheras volvieron a ser indistinguibles unas de otras, y cada una siempre era peor que la anterior. Sus reacciones eran cada vez mĂĄs bruscas, y los tiempos que pasaba sobrio cada vez eran mĂĄs cortos.

E incluso bajo esas deplorables condiciones mentales, la sombra desequilibrada de lo que un día fue un hombre se quedó con la niña bajo su cuidado durante 5 largos años, llenos de altibajos e idas y venidas.

Durante las buenas épocas en las que Nikolåi trataba de ser mejor bajo el tormentoso recuerdo de su amada, las cosas entre él y su hija no eran demasiado desastrosas.

Él se limitaba a trabajar dĂ­a y noche sin descanso, y dejaba a su vecina al cuidado de Ángel, remunerando a la señora con la suficiente cantidad de dinero como para cubrir los gastos extraordinarios que la niña pudiera ocasionarle.

A cambio, la señora no solo cuidaba de Ángel, sino que también se encargaba de educarla a escondidas, ya que Nikolåi se negaba a escolarizarla.

"—En cuanto tenga la edad suficiente, se pondrá a trabajar. De camarera, limpiadora o puta, me da igual. Con lo que más dinero pueda ganar, desde luego.” —Solía escupir entre dientes.

Callie —la vecina—, hacĂ­a oĂ­dos sordos y, aprovechando que NikolĂĄi por esas Ă©pocas se pasaba el dĂ­a fuera y bastante lejos, introdujo poco a poco a la pequeña el apasionante mundo de la literatura.

La enseñó a hablar, leer y escribir. A veces usaban de excusa la salida a la compra para pasar el rato en la biblioteca, de donde solían sacar un par de libros a la semana. Tenían la tradición de leer un cuento al día como mínimo, y la llevaban a rajatabla siempre que podían.

Ángel se valía de todos los mundos que Callie le había enseñado para ser fuerte.

Aprendió desde pequeña que, mientras unos tienen la suerte de vivir tal y como lo hacían los protagonistas de alguno de los preciosos cuentos que tanto leía y releía, otros estån destinados a sobrevivir en la otra cara de la moneda, relegando la posibilidad de que alguno de esos mundos fuese real a un segundo lugar, imaginåndose cómo sería vivir en alguno de ellos.

Aprendió también sobre la importancia y el valor que tienen las palabras, y lo poderosa que te hacen. Cómo unas palabras, ordenadas de una forma determinada y en el momento adecuado, son capaces de romper a una persona en diminutos fragmentos.

Y así como las palabras, también su ausencia guarda un poder infravalorado: el silencio.

AprendiĂł de su padre a callar.

Cuando ella hablaba, solo venĂ­an problemas.

Aunque a decir verdad, incluso cuando callaba recibĂ­a de Ă©l algĂșn que otro improperio de mĂĄs.

Los repetitivos ”te odio“, ”muĂ©rete" y ”eres un demonio" que solĂ­a repetirle su padre comenzaron a no tener ningĂșn tipo de significado para la pequeña.

Cuando empezĂł a entender el significado detrĂĄs de esas palabras, Ángel corrĂ­a a llorar debajo de su cama. No entendĂ­a cĂłmo era posible que su padre, —la persona que le dio vida, y la figura que en los cuentos que leĂ­a solĂ­a ser alguien bueno y que protegĂ­a a sus hijos—, se pasaba la vida entera diciĂ©ndole y repitiĂ©ndole cuĂĄnto la odiaba por “haberle traĂ­do tanta desgracia”.

Hubo un tiempo en que ella le creyĂł, y se comenzĂł a odiar. Realmente creĂ­a en todas y cada uno de los improperios que su padre usaba para definirla.

Nadie podĂ­an culparla. Era su padre, ella tan solo le obedecĂ­a.

Callie solĂ­a consolarla diciĂ©ndole que el silencio tambiĂ©n fortalece, y que si sentĂ­a que en algĂșn momento iba a estallar, escribiera. Que hablase consigo misma en un papel.

—Haz cartas de ti para ti. Cartas que te recuerden lo valiente que eres todos los días, y donde, además, puedas plasmar todo lo que quieras olvidar. Las cartas que hablen sobre lo primero las guardaremos en una caja para que puedas releerlas siempre que lo necesites, y las segundas las quemaremos para que eso que tanto quieres olvidar desaparezca, como si nunca hubiera existido. —Fueron las palabras de la sabia Callie.

Y así lo hacía la pequeña niña rubia.

Todas las noches se sentaba frente a la chimenea de piedra de la casa de su vecina y contemplaba las innumerables hojas de oscuros recuerdos reducirse a cenizas.

Con el tiempo, se volviĂł peligrosamente adicta, casi presa, a la visiĂłn de las llamas consumiendo los trozos de papel en los que volcaba todas las experiencias que deseaba olvidar.

Y funcionaba.

El Ășnico rastro de aquellos sucesos que quedaba tras la quema de las cartas se hallaba en su piel, en forma de cicatrices, pero nada en su mente. Eso suponĂ­a un consuelo para el alma de la pequeña Ángel.

Cuando NikolĂĄi recaĂ­a en sus viejos hĂĄbitos, se desataba el caos sobre las escasas y mohosas paredes de la que legalmente era su casa.

Mañanas, tardes y noches se las pasaba metido en el bar, bebiendo y lamentĂĄndose de sĂ­ mismo una y otra vez de manera incansable. Cuando llegaba a casa, —a veces casi inconsciente, y otras veces tan cuerdo como malhumorado y con un hambre voraz de venganza—, siempre acababa gritĂĄndole enfurecido a la pequeña criatura de cabellos dorados y piel nĂ­vea, de grandes ojos azulados que poca culpa tenĂ­a de que el destino la quisiese tan poco.

Lo que ocurría después de los gritos es historia.

En realidad, un sinfín de historias que, con el tiempo, la niña se encargó de plasmar en tinta y quemar hasta que no quedase rastro alguno de ello, mientras contemplaba el hipnótico movimiento del fuego.

A veces, durante esas épocas, Callie se armaba de valor y amenazaba a Nikolåi desde el otro lado de la puerta con llamar a la policía, hasta que este cedía o se dormía y ella podía llevarse a Ángel consigo. Se quedaba entonces las semanas siguientes con la pequeña sin pedir nada a cambio, e ignorando las reiteradas amenazas de Nikolåi.

Hasta que un día por fin, después de 5 años de tortura constante, Callie y Ángel pudieron huir de los suburbios de aquel cochambroso barrio de Minsk hacia el otro lado del océano, mås concretamente a un pequeño barrio de Nashville, en Tennessee.

Calliope fue el ångel que salvó a la pobre criatura de las asquerosas garras de su padre, y se encargó personalmente de darle todo lo que nunca pudo darle a sus hijos, mientras que Ángel por su parte y sin darse cuenta, le concedió a Callie todo lo que siempre deseó.

Ella y su marido Aleksander descubrieron demasiado tarde que no podĂ­an concebir niños propios, asĂ­ que decidieron adoptar a algĂșn niño o niña que lo necesitase. No obstante, su marido cayĂł enfermo poco tiempo despuĂ©s y los trĂĄmites para la adopciĂłn fueron congelados, y les denegaron cualquier posibilidad de adoptar, lo que dejĂł a Calliope doblemente rota: primero por la pĂ©rdida de un hijo que nunca podrĂ­a tener, y segundo por la ausencia de la persona que mĂĄs ha amado y amarĂ­a en su vida.

Ambas pasaron el resto del tiempo juntas, cuidando la una de la otra y dĂĄndose todo el amor que pensaban que habĂ­an perdido, siempre conservando las viejas tradiciones que tanto las unieron en su momento, como por ejemplo, la de leer un mĂ­nimo de un capĂ­tulo al dĂ­a.

Ángel empezĂł a trabajar tan pronto como pudo, con tal de ayudar a Nany, —apodo con el que bautizĂł a Callie cuando cumpliĂł los 8 años—, con la interminable lista de facturas que llegaban todos los meses.

Calliope fue capaz de escapar de Minsk junto con Ángel gracias una generosa suma de ahorros, sí, pero aquel dinero sirvió ademås para costear el psicólogo al que visitó Ángel durante los tres primeros años de su llegada a Estados Unidos, mientras que decidió guardar el resto del dinero para poder financiar la cuantiosa matrícula de la Universidad a la que asistiría la joven de cabellos dorados en un futuro.

Todo en la vida de Ángel comenzó a ir bien, tal y como tenía que haber sido desde el principio: feliz y llena de amor.

Lo cierto es que, en el fondo, la joven no se arrepentĂ­a de su pasado, y tampoco lo cambiarĂ­a. Gracias a ello (o por culpa de), desarrollĂł la facultad de olvidar todos los sucesos traumĂĄticos por los que pasĂł, y ni el psicĂłlogo ni nadie fueron capaces de sonsacĂĄrselos nunca.

Ella no recordaba nada, y si lo hacĂ­a se esforzaba por ignorarlo hasta que volvĂ­a a caer en el olvido.

Hasta un dĂ­a.

Hasta aquel dĂ­a.