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Masculino, distante y devastadoramente atractivo. Si no estaba cerca, casi podía olvidarse de él. Si no lo veía, era posible fingir que no existía.
Coexistían el uno cerca del otro, pero no estaban en la misma realidad. Como si cada uno fuera de universos distintos y solo coincidiesen por una triquiñuela del caprichoso destino.
La primera vez que lo vio tenía dieciséis años. Abrió la puerta de su casa para correr a la parada del autobús porque iba tarde y casi lo arrolla en su intento por llegar a tiempo.
Los dos se quedaron mirándose, paralizados, sorprendidos y desconcertados. El autobús amarillo apareciendo al final de la calle lo hizo volver en sí.
Se coló por un lateral de la puerta sin tocarlo y corrió justo a tiempo para subirse. Se sentó en el primer asiento disponible y echo un vistazo a través del cristal. El chico también estaba mirando el autobús alejándose.
Volvió a girarse al frente algo desconcertado, sin darse cuenta de que ese día, esos escasos segundos, marcarían su vida para siempre. Por su juventud e inexperiencia no supo reconocer lo que pasó, pero con los años entendería que aquel fue el primer indicio de lo importante que él sería en su vida.
Desde ese momento, fue una constante en su día a día. Se convirtió en el mejor amigo de su hermano que acababa de entrar en la universidad, un tercer hijo para sus padres. Jungkook apareció en sus vidas y se quedó de forma definitiva. Siempre estaba dispuesto a unirse a Namjoon haciéndole rabiar, riéndose a su costa con las bromas inocentes que le gastaba su hermano o algunas de su propia cosecha.
Creyó que aquello acabaría cuando la universidad terminara, pero no. Él no podía tener tanta suerte. Maldito destino traidor que hizo a su hermano decidirse ir a vivir con su mejor amigo. No había forma de deshacerse de él y de lo que le hacía sentir.
A medida que crecía escondió esos sentimientos que solo él le despertaba. Tuvo que aprender a contener los estremecimientos que le atenazaban cada vez que se agachaba para hablarle al oído, disimulando el calor que inundaba su cuerpo si le tocaba, aunque fuera un instante, esquivando sus ojos para evitar perderse en los suyos. Aprendió a ignorar lo que sentía y centrarse en lo que lo aborrecía.
Su influencia sobre él parecía cosa de brujería, una palabra, una mirada, una sonrisa, un gesto y se perdía. Sus sentimientos por él crecieron de una forma sobrenatural, como un árbol que sobrevive en medio del desierto. Él no hacía nada especial para alentar su amor, pero aun así este perseveraba, echando raíces en lo más profundo de su ser, adueñándose poco a poco de él. Ocupándolo todo hasta que no quedó ni una parte de su vida en la que él no estuviera involucrado.
¿Cómo podía ser tan idiota? No era un estúpido, se había graduado el primero de su promoción y era una persona racional. Pero cuando se trataba de él nada de eso servía. Él lo volvía un estúpido sentimental, las cosas no tenían sentido si estaba cerca. No podía entenderse a sí mismo si se trataba de él.
Un día decidía que no merecía la pena, era una persona racional y lo olvidaría cuando quisiese. Otros que aquello era una locura y que era insano enamorarse de un hombre heterosexual que tiene como pasatiempo tirarse a todas las mujeres disponibles que se cruzaban en su camino.
Al día siguiente pensaba que no podía hacer nada, que no se manda sobre el corazón y que no es posible decidir de quién se enamoraba.
A sus ojos él era impresionante y por si no era suficiente, después de quedar entre los cinco primeros de su promoción en la carrera de Derecho, decidió que quería ser bombero.
¿En serio? ¿Cómo iba a competir alguien contra eso? Bombero. Salvando vidas, arriesgando la suya, dedicándose a ayudar a los demás. Todo era un maldito desastre desde aquel lejano día en que chocaron por primera vez.
Salió con otros chicos, en un intento de olvidarle cuando le podía el agobio de su amor no correspondido, pero nunca acababa bien. Conocía a un hombre guapo, inteligente y bromista que tras un par de citas le parecía normalillo, del montón y cargante. Su relación más larga duró dos años y solo porque él era médico y se fue a África un año y medio. ¿Se podía ser más patético que alguien que lleva diez años enamorado de un hombre que cree que su obligación en la vida es reírse de él a todas horas?
Estúpido. Eso era lo que era. Rematadamente estúpido cuando se trataba de él. Le estaba bien empleado, por idiota. ¿Qué esperaba manteniendo ese ridículo encaprichamiento? ¿Que un día él le mirase y decidiese que le gustaban los hombres? Claro. Seguro que sí. Eso pasaba muy a menudo. Como decía, cuando se trataba de él era completamente estúpido.
Decaído, negó con la cabeza mientras salía de su pequeño coche y atravesaba el jardín de la casa de sus padres viendo su todoterreno aparcado detrás del coche de su hermano. Genial, reunión familiar.
Él estaba presente en casi todos los aspectos de su vida, no podía alejarse de su influjo en ningún sitio. Inconvenientes de vivir en un pueblo pequeño, no había día en que no se lo cruzase por lo menos una vez, a veces incluso tres o cuatro en el mismo día. Pasaba tan a menudo que desarrolló técnicas imaginativas para esquivarlo y empezó a frecuentar sitios del pueblo a los que sabía que él nunca iría.
Cuando iba de visita a casa de sus padres él siempre aparecía, era uno más. Por supuesto que acudiría a las comidas familiares, estaría en Navidad o celebraría el cuatro de julio y por eso precisamente casi nunca estaba él durante esos días. Aun así, cuando iba sin avisar a casa de sus padres siempre había posibilidades de encontrarle allí, ayudando a arreglar cualquier cosa o simplemente de visita. El mundo iba en su contra, no cabía duda.
El único sitio en el que podía huir de él era en su propio apartamento. Ese era el único lugar de su mundo en que él nunca había entrado. Apropósito no hizo una inauguración de su piso solo para no tener que invitarlo, necesitaba un lugar que no estuviese teñido de él. En el que no tuviese ningún recuerdo suyo.
Hizo malabares con los paquetes que llevaba en las manos mientras intentaba sacar las llaves para abrir la puerta.
—¿Sabes la hora qué es? —soltó el dueño de sus dolores de cabeza abriéndosela al mismo tiempo que uno de sus paquetes se tambaleaba amenazando con caer al suelo.
Era espectacular, daba igual que llevara años viéndolo. Siempre sucedía ese pequeño vértigo en la boca del estómago, como cuando te asomas desde un balcón muy alto. Ese casi imperceptible hipido en la garganta que corta la respiración, ese instante desconcertante en que estás seguro de que te precipitarás al vacío.
Ajeno a lo que causaba su presencia Jungkook le dedicó una brillante sonrisa. Sin esfuerzo, en un alarde de sus buenos reflejos evitó que su paquete acabase desparramado, con el otro brazo le arrebató los demás.
—Llegas tarde, Minnie —le amonestó sin verdadera acritud dándole la espalda.
—Lo sé, tengo reloj —contestó ya repuesto mientras dejaba el abrigo en el perchero. Atravesó el salón familiar vacío y lo siguió a la cocina.
—¿De verdad? —preguntó de buen humor.
—Hola, hermanito. —Saludó al verle sentado en a la mesa con un montón de papeles extendidos en ella.
Namjoon era tres años mayor que él. Sobreprotector desde el segundo en que había nacido, su hermano dividía su existencia entre meterse con él y defenderlo a muerte. Tenía un carácter tranquilo y afable que hacía que la gente se relajase en cuanto lo conocían, algo que le venía realmente bien para su trabajo. Pese a que podía parecer un hombre chapado a la antigua, su hermano fue su mejor apoyo cuando decidió salir del armario en el instituto. Se autonombró su guardaespaldas y si alguien se atrevía a decir algo en su contra enseguida saltaba en su defensa listo para una pelea.
Por desgracia, defender a tu hermano gay no daba puntos de popularidad, así que Namjoon se pasó su último año de instituto prácticamente tan solo como él. Nunca se quejó por tener que sentarse con él en el comedor o de quedarse en casa los sábados viendo películas juntos.
Por fortuna cuando Namjoon fue a la universidad, todo mejoró, hizo un gran grupo de amigos y la soledad quedó olvidada. Cada vez que hablaban por teléfono le contaba ciento de anécdotas que lo llenaba de alegría y le daban esperanza de que las cosas cambiasen también para él. Era un buen hermano, se merecía ser feliz.
Efectivamente, la universidad fue muy distinta al instituto, conoció gente, hizo amigos y exploró su sexualidad sin miedo a lo que pensaran los demás. Un año después de acabar la carrera de literatura, su madre le dijo que había un puesto libre en la biblioteca local y no lo dudó ni un segundo en presentarse al cargo.
Amaba su pueblo, le encantaba conocer las caras de la gente con la que se cruzaba por la calle, percibir el dulce aroma del bosque en el aire, que no hubiera centros comerciales y que el domingo significase que era día de comer en familia y dormir toda la tarde.
Por supuesto a veces se cansaba de la vida tranquila y hogareña, pero con la ciudad a menos de dos horas de distancia, no era un inconveniente.
Su vuelta no le supuso ningún problema con la gente, siempre había el típico capullo que lo miraba mal, pero en general eran agradables y educados, no se metían en sus asuntos.
—¿Te traes el trabajo a casa de mamá? Eso es nuevo —dijo a modo de saludo mientras guardaba uno de sus paquetes que él dejó sobre la encimera en la nevera.
—Es mi último caso. No se me ocurre una buena defensa y esperaba tener un poco de ayuda hoy —comentó sin levantar la cabeza de los documentos.
—Se refiere a mí —dijo Jungkook guiñándole un ojo mientras pasaba por su lado y se sentaba junto a su hermano.
Como siempre evitó verlo de frente, esos ojos eran un peligro. Cogió unas cervezas y las dejó delante de los dos.
—¿Tengo que recordarte que ni siquiera ejerciste? —preguntó solo por molestarle—. Si quisiera tu ayuda sería sobre cómo pasar la resaca o hacer fotos medio desnudo para quedar en ridículo en redes sociales. Ahí sí serías útil.
—¿Te gustó la que me hice ayer por la noche? —preguntó guiñándole un ojo con descaro y dándole un sorbo a su cerveza.
«Demasiado», pensó para sí mismo recordando la imagen de Jungkook sonriendo a la cámara, con su pecho desnudo y las sábanas sobre las caderas.
—No mucho. Me distrajeron las uñas pintadas de rojo de tu acompañante en tu hombro —le devolvió tratando de que no se le notara la acritud.
—No se veía nada —protestó él enseguida sacando su móvil del bolsillo mientras Namjoon se reía a su lado sin dejar sus papeles—. Bueno, nadie podrá reconocerla por eso. ¿No? —preguntó mirando a su amigo que negó con la cabeza.
—Es la chica nueva de la peluquería —adivinó soltando un bufido asqueado.
—¿Cómo lo supiste? —quiso saber mirando la foto para asegurarse de que podía delatarle.
Él chasqueó la lengua ignorándolo. No iba a decirle que la vio esa misma tarde en su cafetería favorita y se fijó en el radiactivo color.
Namjoo le pasó un papel a Jungkook señalándole algo.
—Si es un caso importante no le pidas ayuda Nam. Perderás —le aconsejó—. Que va a saber él, si nunca defendió a nadie.
—Porque no quise —contestó Jungkook cogiendo otro de los documentos de la mesa.
—Porque sabías que nadie te contrataría. Tu ego y tú no cabrían en ningún despacho —lo pinchó haciendo a su hermano reírse.
—Mamá salió a comprar especias para la salsa y papá no está. Nos va a tocar hacer la barbacoa a nosotros mientras vuelven —informó distraídamente Namjoon.
—No hay problema —contestó volviendo a abrir la nevera para ver qué había preparado su madre. La ensalada estaba lista y la carne adobada.
—¿Trajiste la tarta? —preguntó el dueño de sus desvelos sin mirarlo—. Llevo toda la semana pensando en comer tu tarta de melocotón.
Su hermano hizo un ruido de conformidad.
Heredado la pasión de la cocina de su abuela que desde muy pequeño le había enseñado mientras le contaba historias. Ahora que era adulto, disfrutaba mucho haciéndolo para los amigos y la familia.
—Habrá tarta de sobra para que lleven un pedazo a casa —les aseguró. Siempre que era día de comida familiar, preparaba un postre más grande de lo usual para que todos tuvieran raciones extra.
Los dos hombres chocaron las manos en gesto de victoria.
—¡Tarta! —dijeron al mismo tiempo satisfechos.
Negó con la cabeza sonriendo. ¿Se podía ser más glotón que ese par?
—Iré a preparar el fuego.
—No, nosotros lo haremos —se ofreció enseguida Namjoon.
Puso los ojos en blanco al oírle.
—¿Sabes que puedo hacerlo yo verdad? —preguntó a sabiendas que la respuesta sería afirmativa, pero que el resultado sería el mismo que si no hubiese dicho nada. Su hermano creía que estaba hecho de cristal y que cualquier esfuerzo podría matarle.
—Ya lo sé enano. Para eso estamos nosotros aquí. Tú dirígenos — sugirió su hermano dedicándole una sonrisa.
—Muy bien. Dirigiré entonces, papeles fuera, puedes pedir ayuda cuando estén en su casa. Ahora vamos a preparar la comida —ordenó señalando la puerta—. Conociéndote, llevarás días comiendo bocadillos, bebiendo café obsesionado con el caso y durmiendo unas pocas horas. A veces hay que descansar y tomar energía. La distancia suele ayudar a ver los problemas de forma distinta —opinó mirándolo con severidad sabiendo lo obsesivo que podía ser con el trabajo—. Comerás y dormirás la siesta en el patio para que te dé el aire. Te sentirás mejor —le prometió poniendo la mano en su hombro.
Namjoon sonrió afablemente empezando a recoger.
—Puede que tengas razón. La verdad es que ya estoy un poco harto, quizá me venga bien un respiro —aceptó.
—Hay que joderse. Llevo diciéndote eso mismo toda la semana y no me haces caso, ¿Él te lo dice una vez y obedeces sin más? —preguntó Jungkook mirándolo con diversión.
Namjoon se encogió de hombros guardando los documentos en su maletín.
—La próxima vez que tenga un caso importante te traeré a casa con nosotros, así podrás controlarlo —amenazó Jungkook mirándole.
—Envíamelo a la mía, cuidaré de él allí —contestó girándose para sacar la comida de la nevera.
—Ah... es verdad. Olvidaba que nuestro piso no es lo suficientemente bueno para ti —lo pinchó con maldad.
No contestó a la pulla para no empezar la eterna discusión de los últimos años.
Desde que Namjoon y él se fueron a vivir juntos apenas había ido a su casa diez veces. No es que no quisiera ver a su hermano, porque de hecho estaban bastante cerca, es que no era seguro ir a visitarle.
Namjoon le dio una llave de su casa para que entrara cuando quisiera. La primera vez que fue a verle usando esa maldita llave se encontró con Jungkook en medio del salón. Llevando una toalla alrededor de la cintura. Solo un pequeño y minúsculo trozo de tela sobre su cuerpo.
Ni siquiera recuerda muy bien qué excusa dio para salir de allí a toda prisa. No había vuelto a usar esa llave nunca. Las demás veces que fue de visita, llamó a su hermano para asegurarse de que estaba en casa y no sufrir un infarto gracias a su compañero de piso.
Sintió como una mano le revolvía el pelo y sonrió afectuosamente sabiendo que ese era Nam.
—Iremos al cobertizo a por leña, danos un minuto y tendremos una hoguera en vez de una barbacoa —bromeó su hermano.
—No pasará nada. Tenemos a la autoridad del fuego en casa, estaremos a salvo. —Sonrió siguiéndole la broma.
A su espalda escuchó como Jungkook se reía con ese tono ronco y profundo que tanto le gustaba.
—Yo no soy la autoridad, pequeños. Soy el fuego —les aseguró.
—Me juego cincuenta dólares a que no es la primera vez que usa esa frase en su vida —respondió con sorna.
Su hermano y Jungkook estallaron en carcajadas mientras salían fuera. Ese era probablemente uno de los motivos por los que su cuelgue con él no dejaba de crecer.
Le encantaba usar los dobles sentidos y como coqueteaba hasta con el aire, su tonta mente interpretaba que en ocasiones también lo hacía con él.
¿Cuándo iba a aprender?
Esta historia es un poco diferente a las anteriores, pero me parecio bonita.
La historia está narrada mayormente desde el punto de vista de Jimin pero habrá capítulos o fragmentos de capítulos que necesitan el POV de Jk asi que se especificará cuando asi sea.