Junto a ti

All Rights Reserved ©

Summary

Milán siempre se caracterizó por ser tranquilo, amable, gentil y un muy buen hijo. Desde muy pequeño la vida para él no fue sencilla, aun así se esforzó por sobrellevar todo con la mejor actitud. Sin embargo, cuando por fin todo en su vida comenzaba a mejorar y tomaba el rumbo que él tanto quería, un trágico evento lo cambiará todo. Ahora tendrá que reconstruir su vida con los pedazos que le quedaron.

Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Una vez más sacó el celular y revisó la hora, en la pantalla se podía leer las tres y media de la madrugada. Con los dedos entumecidos por el frío volvió a guardar el celular al interior del bolsillo del estuche de la guitarra, la misma guitarra que siempre lo ha acompañado a donde quiera que él se dirija y a la que ahora mismo se aferra con todas sus fuerzas.

La guitarra era su compañera de vida, su refugio cuando la vida se volvía difícil de tolerar o no encontraba una salida, jamás imaginó que en una situación así sería su único apoyo.

No sabía lo que estaba sucediendo y no saber era lo peor. Cuando llegó todo lo que le dijeron en recepción fue que la paciente estaba en quirófano y que debía esperar. Llevaba alrededor de siete horas esperando y seguía sin recibir noticias, el miedo y la incertidumbre estaban destruyendo sus nervios.

Acercó sus manos frías al rostro, las puso una junto a la otra de manera que sus dedos meñiques quedaron juntos y con ambas cubrió bien su boca, iba a tratar de calentarlas con el hálito caliente que exhaló de su interior. A esa hora el frío calaba hasta los huesos, sin embargo, en ese momento no podía decidir si ese frío que sentía era resultado de todas las horas que estuvo sentado en esa incómoda silla de hospital, en esa fría y casi vacía sala de espera, mal iluminada y con el característico olor a desinfectante y medicamentos o se debía a la angustia que, con cada minuto que pasaba sin recibir noticias, crecía más y más dentro de él.

A lo lejos podía ver a algunos doctores y enfermeras, iban y venían por los largos y fríos pasillos de hospital, mas en ningún momento alguno de ellos se detuvo para dar las noticias que tanto ansiaba escuchar. Todo lo que podía hacer era esperar.

Nunca le gustaron los hospitales, la interminable y tediosa espera siempre fue lo peor, verse obligado a esperar su turno mientras tenía que soportar el malhumor y las protestas de los que también esperaban su respectivo turno e incluso el llanto desesperante de los que llegaban con niños, sin embargo, en ese momento todo se sentía peor. Como el horario de visitas terminó hace varias horas atrás y las personas que fueron para realizar consultas se marcharon hace mucho, todo lo que quedó fue el agobiante silencio que la madrugada favorecía.

Por supuesto que en la sala de espera había algunas personas más que al igual que él debían ser familiares o amigos cercanos de aquellos que desafortunadamente ingresaron esa misma noche por la puerta de urgencias. No obstante, la presencia de esas personas no era reconfortante para él de ninguna manera, por el contrario eran un recordatorio constante de lo solo que se encontraba.

— Familiares de Danielle Parker – habían transcurrido casi cuarenta y cinco minutos desde la última vez que vio la hora y finalmente un doctor irrumpió en la sala de espera.

El hombre fácilmente bordeaba los sesenta años, el cabello gris lo delataba. A pesar de las marcadas ojeras y el evidente cansancio en su rostro, seguro por todas las horas que estuvo en el quirófano, su semblante permanecía inexpresivo, con un aire petulante que le daba la apariencia de alguien frío e inaccesible. Fue imposible para él no sentirse intimidado ante esa presencia.

— Sí, yo – dijo poniéndose de pie. Se colgó la guitarra al hombro y procurando disimular el involuntario temblor en su andar, se acercó al doctor – yo soy su hijo, Milán Parker.

— ¿Tú? – cuestionó este con desconfianza.

El doctor rápidamente dirigió la vista al resto de personas que se encontraban sentadas en aquella sala en espera de noticias, con la esperanza de que alguien más se ponga de pie y se acerque. Eso no sucedió.

— Doctor, por favor, dígame como esta mi madre – pidió o más bien suplicó el más joven ante la mirada evasiva del doctor.

— ¿Y tu padre o algún otro familiar? – indagó el doctor con inquietud – la situación es crítica y debo hablar con un adulto.

Preocupado porque el muchacho parado frente a él seguro no pasaba de los 15 o 16 años, llevó una de sus manos al bolsillo de su pantalón en busca de su celular, debía contactarse urgentemente con el personal de turno de servicios sociales del hospital.

— Puede hablar conmigo, soy mayor de edad. Tengo 19 años – exclamó Milán, indignado, sacando rápidamente su identificación de uno de los compartimentos en su billetera, la misma que enseñó al doctor con prisa.

Debido a su baja estatura, su delgada complexión y a sus rasgos faciales más finos y delicados, aparentaba tener menor edad. No era la primera vez que lo confundían con un adolescente quinceañero y sabía que no sería la última.

— Aun así, preferiría hablar con alguien más – pidió el doctor con recelo, sin poder creer que el muchacho que tenía en frente tuviera la edad que decía tener, incluso después de haber revisado la identificación.

Muchos jóvenes conseguían identificaciones falsas para poder beber, lo sabía muy bien puesto que en sus muchos años de servicio vio llegar tantos muchachitos con distintos grados de intoxicación alcohólica y todos ellos portando identificaciones falsas. Así que simplemente no podía solo confiar en la veracidad de aquella identificación.

— Mi madre no tiene familia, es huérfana de nacimiento y mi padre falleció antes de que yo naciera, jamás conocimos a su familia – Milán explicó molesto porque sentía que el doctor perdía el tiempo en preguntas sin importancia – yo soy su única familia, bueno mi hermano pequeño y yo somos su única familia.

— Tu hermano – repitió aquella valiosa información – hijo de otro padre, supongo – indagó el doctor sacando sus propias conclusiones después de toda la información que recibió por parte del menor, quien solo asintió como respuesta – ¿y el padre de tu hermano?

— Ese maldito infeliz, cobarde... – su mirada se ensombreció y las palabras salieron cargadas de odio en contra de aquel sujeto que tanto daño les había hecho – abandonó a mi madre cuando se enteró que estaba embarazada y no hemos sabido de él desde entonces. De eso ya más de 5 años.

— Lamento oír eso – afirmó el doctor con honestidad.

El doctor pasó su mano por el rostro en total signo de frustración. No era lo que hubiese preferido, no obstante, en vista de las circunstancias se vio obligado a proseguir con la explicación acerca del estado de salud de la paciente, no muy convencido de que aquel muchachito que por muy mayor de edad que decía ser, pues a sus ojos todavía se veía como un niño, tuviese la madurez y la capacidad de asimilar lo que tenía para decirle.

— De acuerdo – dijo rendido y solo prosiguió con el cuadro clínico – el estado de la paciente es crítico. En el accidente quedaron comprometidos varios órganos vitales por eso tuvimos que intervenir quirúrgicamente dos veces, lastimosamente debido a la gravedad de las heridas y la condición en la que llegó la señora Parker no pudimos hacer mucho. Se produjo daños irreparables en...

No hubo interrupciones por parte de Milán, solo silencio. Puso toda su concentración en tratar de comprender todos y cada uno de esos complicados términos médicos, no obstante, de todo lo que iba escuchando lo que más le perturbó fueron los detalles específicos y la crudeza gráfica con la que el doctor explicaba el estado en el que se encontraba su madre. Su cerebro luchaba para tratar de asimilar toda la nueva información sin perder la conciencia en el intento.

Lastimosamente el doctor no se percató del crítico estado emocional en el que se encontraba el menor y más por hábito continuó explicando acerca de la condición médica de la paciente, sin dejar de hacer uso de aquellos complicados términos médicos que confundían más de lo que informaban.

— ... Bien, quizás no debería estar mencionando esto, pero según supe el abogado del conductor del automóvil que provocó el accidente se está encargando de todo – en efecto, no era su obligación tocar el tema, sin embargo, después de escuchar a Milán no fue difícil para él suponer que los abogados de la otra parte sacarían provecho de su situación. Sintió un deber moral para con ese muchachito que lastimosamente era otra víctima de un conductor negligente que contaba con el dinero y las influencias suficientes como para salir bien librado de todo – me informaron que la familia de este correrá con todos los gastos médicos que se generen y por supuesto también con los gastos funerarios. Lo más seguro es que después te buscaran para acordar una compensación monetaria, yo te sugeriría que busques asesoramiento legal, no sé si estas en posición de pagar uno, pero hay abogados que trabajan ad honorem y...

— ¿Qué?, ¡qué!... ¿cu-cuáles gastos funerarios? – repitió con temor y un evidente temblor en la voz. De todo lo que dijo el doctor, esa frase fue la que al fin consiguió que reaccionara sacándolo del mutismo en el que estuvo sumido – ¿qué es lo que intenta decirme?... ella... ella va a... ¿morir?

— Lo lamento mucho, como dije antes la paciente ha sufrido muchos daños y las dos operaciones que realizamos no dieron los resultados que esperábamos, en este punto ya no hay nada que podamos hacer – afirmó con pesar – en este momento ella se encuentra estable y con vida solo gracias a que está conectada a varios de nuestros equipos, pero eso no durara mucho tiempo... no pasará la noche.

— No... no, no, no... eso no es posible, no puede ser posible – repitió Milán incapaz de aceptar la información que acaba de escuchar – tiene que haber un error, mi hermano solo tiene 5 años, ¿qué se supone que yo deba hacer con un niño tan pequeño? Él aún la necesita... yo aún la necesito...

¿Qué haría de ahora en adelante?, ¿cómo podría continuar cuando está a punto de perder a su madre?, y su hermanito, ¿qué haría con su hermanito? Si bien con 19 años es considerado mayor de edad ante la ley, no se sentía con la capacidad ni la madurez suficiente para encargarse de sí mismo menos aun para criar a un niño pequeño de tan solo cinco años. De cierto modo él todavía se sentía un niño.

— Doctor – interrumpió la enfermera de turno – el sedante a perdido efecto y la paciente esta consciente, pregunta por su hijo y está muy angustiada.

— Si, gracias – el doctor respondió cortésmente e inmediatamente se dirigió a Milán – acompáñame por aquí, parece que tu madre ya despertó. La hemos movido a la unidad de terapia intensiva. Podrás hablar con ella, no obstante, intenta no alterarla porque eso podría acelerar las cosas. Apresúrate, no tenemos tiempo que perder – dijo ante la falta de reacción del menor.

Con movimientos robóticos siguió al doctor quien lo guió en completo silencio a través de los fríos pasillos de aquel hospital.

Mientras caminaba no dejó de repasar mentalmente todo lo sucedido ese día, desde que despertó por la mañana hasta el momento aquel en el que recibido aquella nefasta llamada en medio de su última clase, informándole sobre el accidente que sufrió su madre. Su cerebro no paraba de recriminar el porqué no se quedó a desayunar, iba algo tarde pero aún tenía un poco de tiempo, pudo al menos sentarse a la mesa junto a su madre y comer algo. De haber sabido que esa sería la última comida que compartirían juntos lo habría hecho.

Remordimientos, culpa, dolor, miedo, pero también enojo e ira. No dejaba de preguntarse por qué debía ser de ese modo. No era justo. Todo lo que quería en ese momento era gritarle a su madre, rogarle que no lo deje, reprocharle que no lo abandone que se quede junto a él, se lo debía, sin embargo, una vez mas no diría nada y lo conservaría todo para él.

— Llegamos – avisó el doctor deteniéndose frente a la puerta de aquella amplia sala de hospital – es la cama número 13 – informó luego de revisar la información en el portapapeles.

El médico residente en turno encargado del área se aproximó tan pronto como vio al doctor que iba con Milán, después de un saludo respetuoso ambos intercambiaron algunas palabras que Milán no llegó a escuchar y luego solo se fue dejando a Milán al cuidado del residente.

— No puedes entrar con eso – informó el residente señalando la guitarra y la mochila que Milán llevaba con él – déjalas aquí y ponte esto para poder entrar – explicó mientras le entregaba una bata y un mascarilla.

Milán asintió tímidamente e hizo exactamente lo que este le pidió. Aunque Milán se veía sosegado, al menos en apariencia, por dentro era todo un caos y eso se hizo más evidente gracias a sus manos torpes que no lograban hacer algo tan simple como ponerse una bata.

Cuando logró ponerse la bata y la mascarilla ingresó en la unidad de terapia intensiva. Era una sala amplia, al menos había quince camas equipadas, las mismas estaban acomodadas a ambos lados a lo largo de toda la sala y todas estaban separadas entre sí por una cortina. En la pared un número indicaba el número de cama.

Ver todo eso hizo que sus piernas flaqueen, aun así se forzó a avanzar, con pasos cortos y silenciosos se adentro. Debido a la hora todos los pacientes que se encontraban allí dormían y él no quería despertar a nadie o quizás solo no quería despertar a nadie porque si nadie notaba su presencia entonces nada de eso le estaría pasando.

Conforme iba avanzando los números de las camas también iban aumentando y cuanto más se acercaba al número que le dio el doctor los latidos de su corazón se intensificaban, una parte de él quería encontrar ya el número de cama y la otra rogaba porque ese número de cama no exista.

Finalmente encontró el número de cama que buscaba y tan prono como vio el número su corazón se disparó. Soltó una exhalación profunda en un intento por calmar sus nervios y con cuidado de no hacer ruido recorrió la cortina, solo lo suficiente como para poder ingresar en ese pequeño espacio. Quería conservar la privacidad que esas cortinas de hospital le proporcionaban, al menos así podría conversar con su madre con mayor intimidad.

Fue entonces cuando la vio y casi no la pudo reconocer, se veía tan lastimada, tan débil, llena de hematomas, cortes y golpes. Hasta donde podía ver los vendajes cubrían gran parte de la cabeza, el torso y los brazos; estaba conectada a un respirador y a muchos otros aparatos que eran los responsables de que aún este con vida.

— Mamá – pronunció despacio y en un susurro mientras tomaba asiento en la silla frente a la cama. Con mucho cuidado tomó la delicada mano de su madre y depositó un beso – soy Milán, estoy aquí.

— Mi-lán, hijo... de verdad eres tú – con mucho esfuerzo apretó la mano de Milán para confirmar que en efecto se trataba de su hijo y no de una ilusión producto de su anhelo o de los efectos de los fuertes sedantes que le habían administrado – no... no llores, por favor – pidió Danielle con mucha dificultad – estoy aquí, todavía no me fui.

— Mamá no digas eso – pidió Milán, limpiando con el dorso de su mano las lágrimas traicioneras que lograron escapar de sus ojos – solo descansa, si quieres volver a casa pronto tienes que recuperar fuerzas.

— No mi vida, sé que no será así... – Danielle se quitó el respirador con dificultad para poder hablar más claro – me estoy muriendo...

— No mamá, por favor, no lo digas – intentó callarla, no quería oír esas palabras, le hacían mucho daño.

— Milán, hijo, por favor, necesito que me escuches... debo decirte esto ahora... o no podré hacerlo jamás... – suplicó con desesperación, sabía que esa sería la última oportunidad que tendría para decirlo, no podía desperdiciarla.

— Te escucho mamá – cedió Milán armándose de valor.

— Es acerca de Jason... no me interrumpas, por favor... – suplicó cuando vio a Milán intentar decir algo – tenías razón, siempre la tuviste, él no valía la pena... perdóname, por favor, jamás debí ponerlo a él por encima de ti, de nosotros... no sabes cuánto me arrepiento. Debí escucharte, pero... estaba tan ciega con la idea del amor... que no me di cuenta el monstruo que metí a la casa... – el esfuerzo de hablar y respirar finalmente acabaron con el poco oxigeno de sus pulmones y el resultado fue un ataque de tos – cof cof cof...

Milán, preocupado, rápidamente volvió a colocar la mascarilla de oxigeno sobre la boca de su madre, temió que por culpa de eso el aire abandone el cuerpo de su madre. No estaba listo para que ella de esa última exhalación.

— Creí que tenía todo el tiempo del mundo para ganarme tu perdón... – Danielle continuó en cuanto pudo recuperar el aliento – y ahora... me iré sin haber podido arreglar nada entre nosotros, sabiendo que todo lo que te deje fue dolor y odio... snif snif... – las lágrimas simplemente abandonaron sus ojos, no las pudo retener por más tiempo, estaba tan arrepentida – siempre fuiste la única relación en mi vida por la que debí luchar y no supe hacerlo... snif snif... lo siento, lo siento tanto... snif snif snif... jamás quise hacerte daño... por favor, no me odies... yo... hice lo mejor que pude... snif snif... ojala hubiera podido hacer más... snif snif snif...

— Lo sé, mamá, lo sé. Y no te culpo por nada – aseguró con honestidad – yo te amo y siempre lo hice snif snif... sin importar ningún malentendido que hayamos tenido en el pasado – en ese preciso momento discutir por el pasado parecía tan absurdo, tan sin sentido – sí, estuve molesto, realmente muy molesto, pero jamás deje de amarte ni mucho menos llegué a odiarte, yo no te odio... snif snif... yo siempre te he amo, con todo y defectos eres mi mamá.

— Si pudiera volver el tiempo atrás... snif snif... yo... daría lo que fuera por volver el tiempo atrás... snif snif... – confesó Danielle con impotencia y rabia – siempre fuiste lo mejor de mi vida y... yo... snif snif... si tan solo hubiese sido una mejor madre para ti... snif snif snif... no sabes cuánto lo siento... perdón... snif snif snif...

— Basta mamá, por favor, snif snif... – rogó Milán, no le gustaba oír hablar así a su madre porque eso solo hacía más evidente que era una despedida. Cuando vio la expresión de angustia en el rostro de su madre, añadió – claro que te perdono, yo ya te había perdonado hace mucho.

— Gracias... snif snif snif... – dijo aliviada al ver sinceridad en los ojos de su hijo e inmediatamente nuevas lágrimas descendieron de sus ojos.

Milán también se puso a llorar, apoyó la cabeza en el cuerpo de su madre y solo dejó que el dolor salga a través de las lágrimas, si ese iba a ser el final, era el peor final posible... tan injusto.

— Mi pequeño, mi niño, mi osito... hay algo más que necesito pedirte... – pidió después de hacer un esfuerzo titánico por controlar el llanto. Milán se incorporó para poder escuchar el pedido de su madre, su última voluntad – yo se que ahora mismo debes estar asustado..., pero también sé que eres muy fuerte..., siempre fuiste más fuerte que yo y ahora más que nunca necesito de toda tu fortaleza y valentía... lo que vendrá no será nada fácil, pero no te puedes rendir... por Caleb..., por favor, prométeme que no lo abandonarás y que cuidarás de él...

— Claro que cuidaré de él, no necesitas pedirlo, lo haré – afirmó con total convicción y no solo para tranquilidad de su madre.

— Él aún es tan pequeño necesitará de alguien que lo cuide, lo proteja y le lleve por el camino correcto... que celebre con él sus victorias y le dé apoyo en las derrotas... – tuvo que guardar silencio un par de segundos para recuperar el aire que rápidamente la abandonaba y también para recuperar algo de fuerzas, el esfuerzo de hablar la estaba agotando de un modo que jamás imaginó – no te puedo exigir que lo ames, sé que no es lo que sientes, pero te pido, por favor, que intentes hacerlo porque de ahora en adelante solo te tendrá a ti... – apretó con fuerza la mano de su hijo – no lo culpes por mis errores mucho menos por todo lo que hizo su padre, él es inocente... Caleb es un gran niño y si le das una oportunidad podrás ver lo maravilloso que es y lo mucho que te ama... y te admira...

— Yo no odio a Caleb – interrumpió a su madre – lo amo mucho, es mi hermanito. Acepto que pude ser un mejor hermano para él, pero me deje llevar por el rencor que le tengo a su padre – confesó con pesar, esforzándose por no dejarse arrastrar por las diferentes emociones que en ese momento se mezclaban en su corazón, por el recuerdo doloroso de lo vivido y lo que estaba viviendo en ese preciso instante – yo estaba enojado y quería hacerte pensar que no lo quiero, pero te aseguro eso no es cierto, yo sí lo amo. Lo digo muy en serio mamá yo adoro a nuestro pequeño gatito travieso y te prometo que yo lo cuidaré siempre, no lo abandonaré.

— Gracias Milán, gracias... snif... no sabes lo feliz que me haces... – afirmó con honestidad – ahora ya puedo irme... se que él está en las mejores manos... – dijo cada vez con mayor dificultad.

— No, mamá... snif snif snif... – rogó con desesperación.

Milán sacudía la cabeza de lado a lado en señal de negación mientras gruesas lágrimas descendían de sus ojos empañando por completo su visión.

— Te amo, Milán... snif... debí haberlo dicho más veces... snif snif... – aseguró con la voz quebrada y casi sin aliento – por favor, jamás dudes de... mi amor... te amo con todo mi corazón... snif snif snif... siempre me he sentido muy orgullosa de ti... ser tu madre fue lo mejor que me pudo pasar en la vida... snif snif... Caleb y tú son mi mejor logro... y... mi mayor... tesoro..., los amo... tanto... tanto...

(=^・ω・^=) . . . ♡

Se encontraba parado frente a la puerta de la casa de la vecina, llevaba allí algunos minutos sin atreverse a tocar el timbre. Hacerlo significaba ser cortés y saludar con una sonrisa amable mientras mantienen una conversación banal para la que no tenía humor; o peor aún, dar explicaciones sobre lo que sucedió con su madre, no estaba listo para hablar de ello.

Habían transcurrido más de 18 horas desde que recibiera aquella terrible llamada y solo hasta ahora pudo poner los pies fuera del hospital, sin embargo, eso no hizo que se sintiera mejor o peor o que si quiera sintiese algo. Su cuerpo parecía estar bajo el efecto de un muy poderoso sedante que adormecía todos sus sentidos o quizás solo era su corazón que se rompió y perdió la capacidad de sentir.

Era pronto para decidirlo, todo lo que sabía es que se encontraba aturdido y conmocionado por todos los acontecimientos suscitados en las últimas horas.

Una vez más respiró profundo buscando valor en su interior, sabía que no podía aplazar esto por más tiempo así que solo soltó el aire que tenía contenido y tocó el timbre.

— ¡Milán! Al fin estas aquí me tenías tan preocupada. Te llamé muchas veces y no contestaste, ¿no escuchaste que te llamé? – comentó la mujer de aproximadamente 60 años, procurando que sus palabras no suenen a reclamo aunque eso precisamente es lo que eran – ¿qué pasó?, ¿cómo está tu mamá?, ¿qué te dijeron los doctores? – preguntó preocupada mientras le cedía el paso para que pueda ingresar en aquella casa.

— ¿Y Caleb? – preguntó él con toda la intención de evadir el interrogatorio de la mayor, mirando alrededor en busca de su pequeño hermanito.

— Adentro en la habitación del fondo – la mayor se limitó a responder ante la clara evasiva que dio el más joven e inmediatamente tuvo un mal presentimiento – ya lo conoces, persiguiendo a mi gato.

Milán solo asintió como respuesta y sin decir nada más se dirigió a la habitación señalada, dejando a su vecina parada en la entrada de su casa.

No trataba de ser grosero, él no era así, es solo que no tenía humor para cortesías o modales, no en ese momento. La cabeza le estallaba, el cuerpo le dolía, no durmió en toda la noche ni comió nada desde el almuerzo del día anterior aunque tampoco tenía ganas de dormir o comer; y, todavía debía lidiar con el pequeño.

— ¿Caleb?, ¿estás aquí?... ¿qué tienes? – preguntó cuando vio la expresión de frustración en el rostro de su hermanito.

— Milán – el pequeño corrió al encuentro del mayor, contento por finalmente ver a alguien de su pequeña familia – es que Negrito – el pequeño apuntó al gatito que se escondía en lo alto del ropero – no deja que lo toque solo se esconde de mí – se quejó haciendo pucheros.

Milán levantó la cabeza y cruzó mirada con el felino, por un momento lo envidió, si él fuese un gato solo tendría que trepar lo más lejos posible para escapar de sus problemas.

— Es que lo estas espantando – explicó con calma mientras acaricia con cariño la cabecita del menor – si no le das algo de espacio y lo persigues por toda la casa se enojara porque creerá que lo quieres lastimar.

— Milán, yo no le quiero lastimar, solo quiero jugar con él – se quejó el pequeño mientras tira de la mano de su hermano y lo sacude un poco a manera de suplica, alentado por el suave tono de voz que uso Milán para hablarle.

Milán se agachó un poco y levantó al pequeño por las axilas. Cargado entre sus brazos lo llevó hasta la cama y lo sentó al filo de la misma mientras él se acuclillaba frente al pequeño para poder conversar.

— Yo lo atrapare para ti después, ¿está bien? – preguntó y Caleb se puso aplaudir de alegría – ahora necesito que me pongas mucha atención.

El pequeño asintió emocionado sin dejar de aplaudir aunque de tanto en tanto su mirada se desviaba a lo alto del ropero.

— ¿Y mi mamá? – preguntó de pronto el pequeño al percatarse que ella no estaba con Milán. De inmediato la buscó con la mirada por la habitación – la señora Anita me dijo que volverían juntos, ¿dónde está mi mamá?, ¿por qué no volvió contigo?, ¿ya se fue a trabajar?... Milán por qué no me contestas... ¿te duele algo?, ¿por qué lloras?

— Caleb... mamá no volverá... – intentó explicarse sin llorar para no asustar al pequeño, sin embargo, hacerlo era extremadamente difícil, tenía muchos sentimientos encontrados en ese momento y no pudo evitar derramar algunas lágrimas – ella... ella se tuvo que ir al cielo.

— ¿Y cuándo va volver? – preguntó el pequeño con toda la inocencia que solo un niño puede tener.

— No Caleb, ella ya no va volver... jamás – informó y sintió como su corazón terminó de romperse. Decirlo en voz alta hizo que todo lo que aún no terminaba de procesar su cerebro, se vuelva real.

— No entiendo, ¿por qué?, ¿está enojada conmigo? Pero me porte bien, verdad señora Anita que me porte bien, me comí tooodo – dijo el pequeño mirando a la mujer que se había asomado a la puerta para escuchar la conversación de ambos hermanos.

— Si bebé, te portaste muy bien y te comiste todo, incluso las verduras – contestó la vecina y amiga de su madre sin poder contener las lágrimas que caían como cascadas de sus ojos.

— Entonces por qué no va volver... ¿ya no me quiere? – preguntó el pequeño con la mirada cargada de miedo.

— Eso jamás, Caleb, mamá te amaba muchísimo, a los dos – se apresuró en calmar los miedos infundados de su pequeño hermanito.

— Entonces, ¿por qué no va regresar? – volvió a insistir ya con lágrimas en los ojos.

— Escucha – respiró profundo y le habló con mucha calma, una calma que no sentía, mientras le limpiaba el rostro con las manos – ayer cuando mamá volvía del trabajo sufrió un accidente, un automóvil la lastimó mucho... y... murió... ahora está en el cielo, pero como el cielo está muy, muy lejos ya no podrá volver nunca más... pero sabes ella nos cuidará desde allí...

— ¡¡¡NO!!!, ¡NO ES VERDAD! – con un golpe hizo a un lado la mano de su hermano – mientes, mientes, MIENTES... mamá no murió, mi mamá no me dejaría solito NUNCA, NO ES VERDAD... MENTIROSO BUAAAAAA – lloró con desesperación.

Caleb no entendía muy bien que era la muerte, sin embargo, sí entendía lo que significaba no volver a ver a su mamá nunca más. Eso dolía, dolía tanto que simplemente su corazoncito no lo podía soportar.

Milán se apresuró a tomar al pequeño que se dejó caer a la cama llorando desconsolado, lo apretó contra su pecho en un intento por consolarlo o por consolarse a sí mismo, aún no lo sabía, él solo se aferró al pequeño con todas sus fuerzas tratando de calmar ese dolor que crecía en sus corazones y se hacía cada vez más y más grande.

(=^・ω・^=) . . . ♡