Right by your side | Steddie

Summary

Después de derrotar a Vecna y que las cosas se tranquilizaran en el pequeño Hawkins, Steve y Eddie se habían convertido en algo así como amigos. Un pacto silencioso que se cerró con un par de miradas comprensivas y una sonrisa torcida, eso fue todo lo que necesitaron para formar un vínculo que iba más allá del amistoso.

Genre
Romance/Erotica
Author
zess
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Like Gravity

Las cosas sucedieron tan rápido, como el aletear de una mariposa o el latir del corazón, Steve concluyó que todo era gracias al trauma compartido, o como sea que Nancy y Jonathan lo llamaban. Además, no podía basar sus únicas relaciones interpersonales en Robin y en esos niños que no podían estar ni un segundo alejados de monstruos sacados del mismísimo infierno.

Y por supuesto que ese mar de pensamientos confusos se debía al maldito Eddie Munson.

La persona con la que nunca se imaginó tener que atravesar portales, robar camionetas, cuidar niños, pelear contra demonios y compartir el tiempo en un increíble y cómodo silencio.

Un día de repente se apareció frente a la puerta de su remolque con un six-pack, bocadillos y una sonrisa cansada. Eddie lo miró confundido al principio, pero pareció darse cuenta rápidamente por qué estaba ahí con sólo ver a través de sus ojos. Trauma compartido. Nuevamente, no podía molestar a Robin cada vez que se sintiera terriblemente sofocado por la situación y con todo lo que había tenido que lidiar desde lo sucedido aquella noche en casa de los Byers, cuando había ayudado a Jonathan y a Nancy con la cosa que aparentemente se había llevado a Will. Y luego lo de Dustin pidiéndole ayuda con el demodog que cuidaba hasta que se volvió lo suficientemente peligroso como para tener que huir de él.

Los incidentes en Starcourt Mall y los malditos rusos que lo habían drogado y golpeado a tal punto de desconocerse a sí mismo, se sintió culpable por un largo tiempo al darse cuenta de que había arrastrado a Robin a todo eso, pero a la vez se sentía feliz por haber encontrado a alguien tan genial como ella a tal punto de volverse mejores amigos. Ni siquiera quería recordar la golpiza que recibió de Billy Hargrove cuando este fue a buscar a Max, o el hecho de que alguien había muerto en la piscina de su casa y desde entonces no había querido ni asomarse ahí. O las estupideces que hizo en la escuela, su ruptura con Nancy Wheeler y toda esa basura de “Rey Steve”.

Y luego el asunto con Vecna.

Steve estaba demasiado ocupado salvando el culo de todas las personas en ese pueblo, incluido el suyo, que no se dio cuenta del daño emocional que se estaba provocando a sí mismo. Y era como si cada noche eso le pasara factura, como un cruel recordatorio del Upside Down diciéndole que probablemente nunca habría paz en ese lugar.

Pero todo parecía quedar en segundo plano cuando deliberadamente decidía centrar su atención en Eddie Munson, a veces simplemente se encontraba fumando un cigarrillo mientras escribía algo en una libreta que parecía muy vieja, y en otras ocasiones sólo se sentaba con su guitarra y pasaba sus largos dedos sobre las cuerdas haciendo sonidos aleatorios.

Eddie era como medicina para su corazón.

Sonaba estúpido, sonaba raro, sonaba como si se estuviera volviendo completamente loco.

—Mierda—masculló Eddie y llevó su pulgar a los labios.

Steve apartó los ojos del techo que había estado viendo por más de media hora al escuchar la queja del guitarrista, se levantó del colchón y se acercó a Eddie con esa mirada de preocupación.

—¿Te lastimaste de nuevo? —preguntó, era normal escuchar a Eddie maldecir por culpa de su propia torpeza.

Munson le sonrió con esa linda y coqueta mirada que ponía mientras sus hoyuelos se marcaban a ambos lados de sus mejillas. Era tentador e irresistible, Steve odiaba esa sonrisa.

—Mamá Steve al rescate.

Rodó los ojos al escuchar la burla.

—No empieces, Munson—era inevitable para él no actuar así—. Déjame ver—pidió, extendiendo una de sus manos.

—Esta vez no es nada, corazón—se encogió de hombros y le mostró su dedo—. Sólo ordenaba un poco el desastre de mi escritorio y me corté con una hoja.

Eddie se acostumbró a llamarlo con nombres cariñosos y cada vez que lo hacía sentía que su corazón latía fuertemente contra su pecho.

De alguna u otra forma, Eddie terminaba levemente lastimado con sea lo que sea que estuviera haciendo, así que Steve era quien cuidaba y limpiaba sus heridas por muy pequeñas que fueran. Y no sólo eso, también cocinaba para Eddie y doblaba montones de playeras negras con logos excéntricos para guardarlas en el armario.

Se sentía muy doméstico y eso le gustaba más de lo que debía.

Steve suspiró y rascó su nuca—. Tengo que ir a trabajar—lo decía con tanto pesar que incluso abultó los labios, gesto que llamó la atención de Eddie—. ¿Quieres comer antes de que me vaya?

Eddie apretó los labios en una sonrisa que Steve no podía interpretar, a veces no tenía idea de lo que pasaba por esa cabeza. Eddie Munson podía ser como un libro abierto y al mismo tiempo podía cerrarse en cuestión de segundos. Dejando a Steve a la deriva, nervioso porque no sabía si lo que dijo había enfadado a Eddie.

—Tú siempre eres tan dulce—susurró, se levantó de la silla y estiró sus brazos hacia arriba tratando de relajar sus músculos—. Está bien, comamos algo antes de ir a trabajar.

Eddie consiguió graduarse a pesar de toda la mierda por la que había pasado, gracias a la ayuda de Hopper y demás organizaciones privadas que estaban metidas, el nombre de Eddie pudo limpiarse y volvió a la escuela como si nada. Aunque claramente había gente que seguía pensando que era el líder de una secta y que además era responsable de esas muertes.

Pero la tenacidad en Eddie era algo que siempre salía a relucir en situaciones como esas, y con la ayuda de Dustin y Nancy, él logró salvar su preciado año. Así que ahora trabajaba como mecánico en un taller cercano, por lo que Steve constantemente debía decirle a Eddie que tuviera cuidado de no manchar su ropa con aceite o grasa.

En eso se había convertido la rutina de Steve Harrington en los últimos meses, la mayor parte del tiempo estaba con Eddie, era casi como si se hubiera mudado con él. No le gustaba su casa, ni lo espaciosa y silenciosa que era, tampoco le gustaba comer solo y mucho menos estar solo, porque sus oscuros pensamientos aprovechaban esa soledad para atormentarlo.

Y el tío de Eddie había sido tan amable con él, a Wayne no le molestaba verlo andar por el remolque, siempre había un ‘buenos días’ o un ‘buenas noches’ de por medio al encontrarse cuando sus turnos lo permitían.

—¿Qué estabas escribiendo hace un rato? —Steve colocó un plato con huevos fritos y tocino para Eddie y otro para él.

Steve se dejó caer en la silla frente a su amigo, viendo los enormes ojos cafés de Eddie posarse sobre él de inmediato.

—Los mocosos quieren armar una noche de Calabozos y Dragones—él llevó algo de comida a su boca.

—Entonces aquí es cuando dejo de preguntar.

Ambos sonrieron.

—Algún día terminarás uniéndote al lado oscuro, Harrington—lo decía con tanta seguridad que Steve resopló.

—Uh-uh, no—sacudió la cabeza—. Esa es una mala idea, créeme. Mejor deja que me encargue de las guarniciones.

Las cejas de Eddie se alzaron curiosas—. ¿Guarniciones?

—Puedo hacer la cena para ustedes, ya sabes, cuando se reúnan para su juego—se encogió de hombros—. Sólo dime cuándo será.

Eddie reposó la mejilla en su mano, contemplando a Steve con una sonrisa.

—¿Qué? —dijo al percibir el silencio y esa mirada curiosa sobre él.

—No... nada, pensándolo bien, nos vendría excelente una linda ama de casa—murmuró con elocuencia, como si estuviera saboreando las palabras.

Steve tragó duro y sonrió nervioso ante el comentario, Eddie no borraba su sonrisa ladina.

—¿Qué tal una pizza y una película más tarde? —Steve sugirió mientras masajeaba su cuello, queriendo cambiar de tema.

Le encantaba ese sentimiento, aunque sintiera que estaba a nada de derretirse cada vez que Eddie hacía cosas de... Eddie Munson. No sabía qué era —o más bien intentaba ignorarlo—, pero le gustaba cuando Eddie lo miraba y sonreía dulcemente como si no hubieran estado a punto de morir en la versión más oscura de Hawkins, como si él fuera lo más hermoso que Eddie había visto en toda su vida, como si fuera lo más importante para Eddie.

El rostro de Steve se ponía rojo cada vez que eso pasaba, como ahora.

—Eso me encantaría, Steve.

[...]

—¿Qué cosa traes puesta? —Robin lo escudriñó con la mirada.

Steve se vio a sí mismo y luego miró a Robin confundido—. ¿La ropa del trabajo? —deslizó sus manos por el chaleco de Family Video que apenas se estaba poniendo.

Ella salió detrás del mostrador y se acercó a él con una sonrisa, la mano de Robin apuntó a la camisa que llevaba detrás de su uniforme.

—No sabía que te gustaba Metallica—ella se burló y caminó directamente a los estantes.

Steve bufó y arregló el chaleco cubriendo de nuevo el logo de la banda.

—No me gusta, sólo nos prestamos la ropa—dijo con una arruga en la frente—... Eddie me presta su ropa—se corrigió al último momento.

—Eso es muy tierno—susurró sin que Steve alcanzara a escucharla.

—¿Solucionaste ese asunto? —preguntó Steve, ordenando algunas cintas.

—¿Cuál asunto?

—Sabes qué asunto—él miró a sus lados, observando a un par de personas a lo lejos—. Vicky.

Robin se puso nerviosa y un ligero tono carmín se apoderó de sus mejillas, Steve sonrió ante la reacción y se alegró por su amiga.

—Hemos estado saliendo y a veces... nos quedamos hablando por mucho tiempo—Robin dudó unos cuantos segundos y una mueca desesperada se pintó en su rostro—. Pero no sé si como amigas o como... ya sabes cómo, o si estoy haciéndome ideas locas y a Vicky realmente no le gustan...

Vomitaba palabra tras palabra.

—Robin... Robin, cálmate—la tranquilizó.

Ella se calló haciendo una recta línea con sus labios y suspiró.

—Lo siento—exhaló—. Sólo debo... tomar las cosas con calma y ver qué es lo que pasa luego.

Steve asintió con una sonrisa comprensiva. Ordenaba las cintas junto a Robin, pero el silencio no duró mucho.

—Y...—ella le dio un empujoncito con el hombro—. ¿Qué hay sobre ti?

—¿Yo? —murmuró—. ¿Sobre qué?

Estaba claramente evitando el tema.

Robin se cruzó de brazos y rodó los ojos—. Steve Harrington, sabes bien a qué me refiero—se recostó contra el estante y lo señaló acusadoramente—. Ya casi no llegas a dormir a tu propia casa, prácticamente llevas una vida de casado con Eddie Munson.

—¿Q-qué estás diciendo ahora? —dijo exaltado—. Pensé que ya había quedado todo claro cuando hablamos de esto.

—¡Ajá! —su grito emocionado hizo sobresaltar a Steve.

—¿Qué?

—¡Tu voz tembló! ¡Y te pusiste rojo!

Él vaciló un rato. Tocó su mejilla, estaba sonrojado, lo sabía porque podía sentir el calor ardiente de su piel contra sus dedos.

Bueno, Robin tenía razón. Era evidente que algo iba mal, pero si era sincero consigo mismo, no creía que fuera algo malo, o algo de lo que deba preocuparse, especialmente después de que Eddie Munson se convirtiera en una parte tan integral de su vida. Sin embargo, aunque sabía que Robin era incapaz de juzgar sus sentimientos, dudaba en hablar de ello porque todo esto era nuevo para él.

—Estar con Eddie—empezó en una voz muy bajita, como si estuviera contando un secreto—. Me hace sentir tanta paz que a veces me resulta abrumador, creo que él...

—¿Te gusta? —preguntó en un murmullo.

Steve lo sopesó un momento y, de repente, las cintas VHS dejaron de ser importantes.

—‘Me gusta’ es muy pequeño para describir lo que siento, Robin.

—Oh.

—Sí... oh.

Ella le dio una palmadita en la espalda y le sonrió como él hizo cuando mencionó a Vicky. Si ya pensaba que los problemas amorosos durante y después de su ruptura con Nancy eran difíciles, ahora le parecía más complicado al tratarse del friki del pueblo. Haciendo de lado el hecho de que se trataba de un hombre, el cual había sido señalado injustamente de cometer delitos atroces, no podía ignorar que en realidad no sabía nada sobre salir con chicos.

Ese era el pesar más grande de Steve, la piedra en su zapato... la espinita en su cabeza. Más allá de los estigmas y los prejuicios, no sabía cómo abordar el tema con Eddie sin que este huyera despavorido de él en cuanto supiera de sus sentimientos. Él sabía cómo hablar con las chicas —o eso creía hasta que el tablero de Robin en Scoops Ahoy hizo su aparición— y también sabía que sólo bastaba con una sonrisa confiada y un par de piropos estúpidos para empezar una conversación.

Pero de nuevo, ¡se trataba de Eddie Munson!

Cuando intentaba hablar con Eddie sobre eso se sentía patético, era incluso hasta ridículo. Las palabras se quedaban atoradas en su garganta y no podía formar nada coherente ni siquiera para tocar el tema. Steve estaba tan sediento de la atención de Eddie que no sabía cómo lidiar con sus propios sentimientos. Al principio, compartir el tiempo y convivir en la misma habitación sin tener que decir nada era más que suficiente, pero empezó a desear un poco cada vez más; a dormir en el mismo colchón junto a Eddie, a cocinar para él, a doblar su ropa, incluso a poner venditas en sus heridas. Así que constantemente estaba en un tira y afloja de nunca acabar.

Era algo inminente, algo que tarde o temprano iba a suceder y que empezó a tomar forma desde el momento en que se dirigieron a la casa de Reefer Rick, donde fue estampado contra el muro roñoso de la caseta del muelle y amenazado con una botella de vidrio rota sobre la sensible piel de su cuello.

Él estaba enamorado de Eddie Munson.

[...]

Steve terminó su turno en Family Video no sin antes escuchar las últimas palabras de Robin, como diciéndole que estaba loco si no intentaba hablar con Eddie y solucionar la situación o amenazándolo con dejar de ser su amiga si él besaba a un chico antes de que ella besara a una chica.

Muy incongruente.

Pero entendía el mensaje y Robin tenía razón, como la mayoría de las veces.

Steve entró al tráiler de los Munson, había tanto silencio que podía escuchar su propio corazón palpitando. Todavía faltaba poco más de media hora para que Eddie saliera del taller, por lo que Steve aprovechó el momento para recoger una que otra botella de cerveza de la sala, lavar los trastes y ordenar un poco la habitación de Eddie.

Él sabía que no tenía por qué hacerlo, que quizás estaba rebasando los límites de la confianza y que era irrespetuoso de algún modo, incluso Eddie le había dicho que no era necesario y que no quería obligarle a hacer cosas que Steve no quisiese hacer.

Pero Steve sí deseaba hacer estas cosas, no sólo porque se trataba de Eddie Munson, sino porque mantenía su mente ocupada y aliviaba el estrés. Era terapéutico.

Se dirigió al armario y se cambió a los pantalones cortos que usaba para dormir, se dejó la camiseta de Eddie porque era realmente cómoda y le quedaba floja de los lados. En eso escuchó la puerta del remolque abrirse y unas fuertes pisadas que reconocería donde fuera.

—Steve, ¿ya estás aquí?

Él salió de la habitación encontrándose con Eddie frente a la pequeña nevera bebiendo directamente de la botella, parecía realmente sediento, notó una gota de jugo de naranja resbalando por su mandíbula.

—Oye, no...—Steve se acercó y le quitó la botella—. ¿Cuántas veces te he dicho que no hagas eso?

Eddie pasó el dorso de su mano sobre sus labios mientras veía a Steve buscar algo en el mueble. Su invitado de tiempo completo le sirvió un poco en una agrietada taza color turquesa y se la entregó.

—Que lindo—murmuró al verlo poner la botella en el refrigerador.

Steve regresó su mirada al metalero, cuyo rostro estaba manchado por culpa del polvo y la grasa de los motores, no sabía que un chico —específicamente Eddie Munson— pudiera verse tan jodidamente bien de esa forma. Tragó duro al darse cuenta del rumbo que estaban tomando sus pensamientos y se aclaró la garganta.

—¿Có-cómo te fue? —se hizo hacia atrás y evitó el contacto visual.

Él bebió de la tacita antes de responder—. Bien, aunque hoy hubo más trabajo de lo normal—el volumen de su voz descendió e inclinó la cabeza con curiosidad al notar un pequeño rubor en las orejas de Steve.

—¿Y tú? —dijo casi en un susurro, tratando de averiguar por qué de repente la timidez.

Steve parpadeó y abrió la boca un par de veces sin decir nada por unos segundos—. Ah... yo... ya sabes, no hay mucho que hacer entre semana.

Eddie asintió lentamente—. Ajá...—dejó la taza sobre la mesa del mueble y se cruzó de brazos—. ¿Te encuentras bien? Pareces un poco... perdido.

Eddie no estaba seguro de si esa era la palabra correcta, pero a sus ojos, Steve se veía completamente perdido en sus propios dilemas mentales.

—Por favor, dime que no es sobre otra criatura que asesina personas o cualquier mierda de esas.

Aunque habían pasado más de siete meses desde lo de Vecna, Eddie apenas sentía que estaba volviendo a la normalidad.

—¡No! —Steve claramente podía ver el terror en los ojos marrones de Eddie—. No es nada de eso.

—¿Entonces por qué tienes esa cara de susto?

—¡No es una cara de susto!—dijo más fuerte, tratando de convencer a Eddie.

En realidad, no podía dejar de pensar en los consejos-amenazas de Robin, en lo ridículamente atractivo que le parecía Eddie ahora mismo y en sus propios sentimientos arremolinándose en su torrente sanguíneo porque no podía controlarlos.

Por lo que su ‘cara de susto’ tenía que ver más con no saber cómo comportarse frente a Eddie sin parecer un loco, que con monstruos salidos de alguna película de ciencia ficción o lo que sea.

—Está bien, gruñoncito...—murmuró aún con esa mirada que le decía que no le creía—. Me voy a bañar, ¿por qué no pides esa pizza mientras tanto?

Cambió de tema porque a pesar de todo, Eddie Munson era considerado y amable. Steve asintió agradecido por eso.

Y tiempo después, ahí estaban.

‘The Thing’ se reproducía en la pequeña televisión de estar, la caja de pizza tenía sólo un par de trozos y en la mesita se encontraba una que otra lata de cerveza vacía. No habían hablado mucho de lo que había pasado, sólo un par de intercambios con frases cortas que eran más o menos como ‘¿qué película vamos a ver?’ y en ‘¿me pasas otra cerveza?’

Nada fuera de lo estrictamente normal que eran sus días, pero la mirada perdida que Steve le dirigía a la pantalla decía otra cosa. De vez en cuando veía de reojo a Eddie, quien llevaba una toalla alrededor de su cuello y una camiseta de Dio sin mangas junto a ese pantalón de algodón que usaba de pijama. Su cabello rizado ya no se veía tan mojado, pero Steve mentiría si dijera que no estuvo a punto de pedirle a Eddie que lo dejara secar sus rizos rebeldes.

Y tampoco entendía por qué a Eddie le gustaba tanto esa película, así que por más que intentara concentrarse en lo que estaba viendo no podía. Así fue hasta que los créditos empezaron a salir uno tras otro en un fondo negro, Eddie apagó el televisor y se giró hacia Steve en la penumbra del lugar.

—¿Quieres ir a la cama?

Él asintió nuevamente sin decir nada.

Esta era la otra parte de su rutina que se había convertido en su favorita, cuando se dejaba caer en el colchón mientras veía a Eddie caminar hacia su escritorio para trabajar en lo que sea que estuviera trabajando. Su espalda encorvada hacia la libreta como si no pudiera ver de lejos, su mano decorada con anillos mientras sujetaba un lápiz y su pierna que se movía de arriba a abajo como si estuviera ansioso, pero era sólo ese tic al que ya estaba acostumbrado y del que probablemente nunca se había dado cuenta que tenía.

Steve sólo lo observaba hasta que sus párpados empezaran a sentirse pesados, hasta olvidar en donde estaba y caer completamente a merced del sueño.

Eddie suspiró cuando terminó de escribir la campaña para esos mocosos que se habían ganado un lugar en su corazón, cerró el cuaderno y buscó la hora, eran casi las tres de la mañana. La única luz en su habitación venía de la lámpara en su escritorio, se giró hacia Steve y se dio cuenta que este ya se encontraba durmiendo.

Se veía tan bonito.

Su frente estaba más relajada de lo que podría estar cuando no duerme, además, la forma en que sus pestañas onduladas caían sobre sus mejillas le daba un toque inocente. Su cabello que siempre estaba perfectamente peinado ahora era una pequeña maraña de mechones sueltos por todas partes, y ni siquiera quería pensar en la forma en que esos pequeños pantalones se apretaban alrededor de sus muslos o en lo mal que lo ponía cada que veía que él usaba su ropa.

Ser amigo de Steve era algo que ni en sus más locos sueños hubiera imaginado, bueno, ni siquiera hubiera imaginado lo que se escondía en el mismísimo Hawkins; niños con poderes y monstruos chupa almas. Sí, eso sonaba a una completa locura, y de no ser por las cicatrices que se marcaban a lo largo de su abdomen quizás seguiría pensando que todo había sido un sueño.

Un sueño, bufó.

Más bien una maldita pesadilla.

A pesar de que Eddie aparentó toda esa fachada despreocupada semanas después de haber estado en el Upside Down y durante su larga recuperación en el hospital, la verdad es que la estaba pasando fatal con los terrores nocturnos; por lo que muchas veces no pegaba ni un ojo por la noche, y una de esas tantas veces, Steve se había aparecido ante a él con una sonrisa torcida y ojos cansados, como si el pobre tampoco hubiera dormido en días. No podía imaginarse el martirio por el que Steve había estado pasando desde que todo eso empezó a ocurrir.

Eddie apagó su única fuente de luz, se levantó de la silla masajeando su cuello, se quitó los anillos dejándolos en el buró y se metió a la cama. Pronto sintió a Steve removerse a su lado y se quedó tan quieto que casi dejó de respirar, el castaño se dio la vuelta y reposó su cabeza en el pecho de Eddie mientras lo abrazaba tratando de acercarse más a él, para rematar, Steve rodeó su cadera con una de sus piernas, parecía un koala.

Así era siempre, por la noche hacía mucho calor y normalmente no era sólo por la temperatura que subía, sino también porque se había convertido en la almohada para abrazar de Steve. Eddie cerró los ojos conciliando el sueño rápidamente, porque gracias a la persona a su lado, todo era más fácil incluido dormir.

[...]

Steve se sobresaltó en medio de su sueño y sus ojos se abrieron casi de inmediato por la impresión, su respiración estaba agitada y una gota de sudor se resbalaba por su cuello. De pronto sintió una mano cálida pasearse a lo largo de su espalda, de alguna forma se sentía reconfortante.

Suspiró y miró a su alrededor, o lo que alcanzaba a ver, abrazaba con fuerza a Eddie mientras apuñuscaba la camisa de Dio entre sus dedos. Levantó la cabeza y Eddie sostenía un libro con su mano libre.

—¿Pesadilla? —preguntó, sin apartar la mirada de la lectura.

—Algo así—murmuró Steve con voz grave, todavía somnoliento y con los ojos cansados.

—¿Quieres hablar de eso?

Su corazón se agitó y negó un par de veces. Eddie siempre era así, dulce, algo que ni por nada del mundo hubiera imaginado al verlo por primera vez.

—Está bien—murmuró—, pero si cambias de opinión, sabes que soy todo oídos, cariño.

Steve observó a Eddie unos segundos, segundos que parecieron eternos.

—¿Estoy lastimándote? —preguntó preocupado.

—¿Mmh? ¿Lastimándome? —por primera vez Munson le dirigió la mirada.

Asintió—. Tu brazo.

Eddie sonrió y sus hoyuelos aparecieron como si estuvieran diciéndole buenos días.

—Jesús, que bueno que lo preguntas. Sabes que haría cualquier cosa por ti, ¿verdad? —dijo con ese tono meloso—, pero si no te mueves ahora mismo, quizá tenga que amputar mi brazo más tarde.

Steve rodó los ojos—. Siempre tan dramático—resopló, se levantó lo suficiente como para que Eddie por fin liberara su brazo.

Nuevamente se dejó caer, pero esta vez su cabeza tocó la almohada, su ceño se frunció al extrañar muy pronto el calor de su alrededor y las suaves caricias en su espalda baja. Steve hizo un mohín inconscientemente y le echó un vistazo a la portada del libro, El Señor de los Anillos, otra de las tantas cosas favoritas de Eddie que no podía entender.

Pero él se veía tan concentrado en ello; como cuando escribía campañas de D&D para los niños, componía canciones con la guitarra o escuchaba metal hasta cantar en voz baja. Esos pequeños detalles de los que Steve se sentía orgulloso de notar, de los que guardaba con recelo sólo para él, quería ser el único en conocer a Eddie Munson en su máxima expresión. Un agradable cosquilleo se extendió por su vientre y un tierno color rosado subió por su rostro, podía sentir el calor arrastrarse por su espalda en señal de nerviosismo, pero Steve lo asociaba más con la forma en que su cuerpo reaccionaba al imaginarse a sí mismo con el hombre que estaba a su lado por el resto de su vida.

Y despertar cada día de esta forma, entre sus brazos. Escuchando su música ruidosa, viéndolo leer El Señor de los Anillos por saber cuánta vez, poner venditas en sus heridas, doblar sus camisas negras y prestarle atención cuando hablaba emocionado sobre D&D, aunque no entendiera nada.

Su perfecto futuro en un típico suburbio americano se había ido a la mierda en sólo cuestión de meses, porque ya no podía imaginarse con alguien que no fuera el jodido Eddie Munson.

—Steve, corazón—dijo en un tono increíblemente bajo mientras apartaba la vista del libro y lo miraba directamente a él—. Si sigues viéndome así vas a desgastarme—se rio por lo bajo.

Pero al no recibir una respuesta, Eddie le dedicó una mirada preocupada.

—Oye, ¿estás bien?

Steve no estaba pensando con claridad en ese momento.

—Estoy enamorado de ti.

Eddie dejó caer el libro en su pecho por la repentina confesión y se giró bruscamente hacia a Steve.

—¿Qué? —murmuró—. ¿Qué dijiste?

Steve se quedó sin habla y el color carmín se hizo más prominente en su rostro, se levantó de la cama a tropezones sin saber qué decir. A esa distancia, podía notar el desconcierto y el miedo brillar en los ojos de Eddie mientras se sentaba sobre el colchón.

—Na-nada, olvida lo que dije—empezó a buscar su ropa—. Creo que mejor me voy.

En un arranque desesperado, Eddie saltó de la cama y se interpuso en el camino de Steve, temiendo que se fuera sin antes hablar.

—No puedes pedirme que olvide algo como eso y simplemente desaparecer—el tono suave lo hizo sentir culpable por querer escapar.

Después de su experiencia con el Upside Down, Eddie se prometió a sí mismo dejar de huir de todo, de dejar de ser un cobarde, y no podía permitir que Steve Harrington cometiera el mismo error al dejarlo escapar de lo que sentía.

—Eddie...

—Habla conmigo, por favor—suplicó.

Steve tragó duro y bajó la mirada, él no quería que las cosas resultaran así. Su mente le había traicionado y se expuso a sí mismo sin querer; un pensamiento pasajero que había escapado descaradamente de sus labios.

—Yo...—empezó en un tono demasiado bajo—. No lo sé... ahora siento tantas cosas que no sé cómo explicarlas.

Eddie tomó su mano con delicadeza, dedicándole una mirada que iba más allá de la compresión, más allá del desconcierto y del miedo inicial. Steve se acercó más a él al sentir aquellos ásperos dedos acariciar su piel, sintiéndose atraído por la dulzura escondida detrás de esa pequeña acción.

—No se en qué momento pasó—volvió a hablar con más confianza, aunque sin atreverse a ver los ojos marrones de Eddie—. Pero cuando nos despedimos en el Upside Down, supe que no quería perderte y que deseaba seguir a tu lado.

Eddie podía sentir la comisura de sus labios curvarse hacia arriba al escuchar la tímida voz de Steve diciendo eso.

—Para mí...—murmuró—. Fue cuando regresaste a buscarme y me sacaste de ahí, Steve—eso fue suficiente para que levantara la mirada del suelo—. Estoy aquí gracias a ti.

Steve sintió su corazón acelerarse.

—¿Por qué no dijiste nada?

Los dedos de Eddie se deslizaron a lo largo de su brazo hasta posar la mano sobre su mejilla, cuyo tacto se sentía frío contra la acalorada y sonrojada piel de su rostro.

—Tal vez por la misma razón por la que tú no dijiste nada.

Hubo un corto silencio en el que sólo se vieron uno al otro.

—Eddie... estoy asustado—aunque lo decía sonriendo, había un pequeño temblor en su voz.

Munson lo atrajo envolviéndolo entre sus brazos mientras deslizaba la mano a lo largo de su espalda buscando darle consuelo. Eddie tenía una ligera idea de lo que pasaba por esa cabeza.

Esta era la primera experiencia de Steve confesando sus sentimientos a otro hombre, cuya reputación en el pueblo no era la mejor. Y quizás muy en el fondo estaba peleando con aquellos demonios internos que sonaban exactamente como sus padres y la gente del pueblo.

Eddie quería decirle que lo esperaría años de ser necesario, quería hablarle de lo hermoso que le parecía incluso si Steve no se veía a sí mismo de esa forma, lo dispuesto que estaba de amarlo de verdad aún con todas las cicatrices en su alma.

Eddie se quedaría con él hasta que la oscuridad se desvaneciera.

—Tú no estás solo, Steve—dijo en un tono suave—. Todo estará bien, estaré a tu lado pase lo que pase.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo—se separó de él y lo miró a los ojos—. No me voy a alejar de ti a menos que tú me lo pidas.

Nadie le había dicho algo como eso y tampoco nadie le había hecho sentir tan seguro, cualquiera pensaría que Eddie estaba siendo demasiado o que quizás no hablaba en serio porque bueno, él era el friki del pueblo.

Pero Steve sabía mejor que cualquier persona que este era el Eddie Munson real; extrañamente considerado, extrañamente cariñoso, extrañamente juguetón y dramático... y extrañamente, Steve amaba todo eso de él.

—Bien, ahora bésame—demandó.

Eddie sonrió acercándose a su rostro con una tortuosa lentitud—. Que mandón—susurró sobre sus labios.

Sus narices se tocaron antes de que sus labios por fin pudieran conocerse, un suave suspiro abandonó la boca de Steve cuando aquella huesuda mano se acentuó con firmeza sobre su cadera mientras que la otra en su nuca, apegándose más al cálido cuerpo de Eddie temiendo que en cualquier momento se alejase de él.

Los labios de Eddie se sentían agrietados y descuidados contra los suyos, pero eran cariñosos y para nada apresurados. Era como si estuviera dándole espacio para asimilar todo lo que estaba pasando, como si le dijera que tenían todo el tiempo del mundo y que nada ni nadie, aparte de ellos dos, era más importante que lo que estaba ocurriendo allí mismo.

Eddie terminó el beso con un pequeño chupetón en su labio inferior y no pudo evitar sentirse frustrado en cuestión de segundos cuando se alejó de él. Siempre era así, terminaba deseando muchísimo más de lo que había querido en un principio. En un impulso de necesidad, Steve colgó sus brazos alrededor del cuello de Eddie, acercando su rostro de forma impaciente en busca de aquellos ásperos labios una vez más.

Eddie tenía una estúpida sonrisa socarrona, impidiendo que Steve tocara sus labios, parecía deslumbrado con el descubrimiento que acababa de hacer. Era como entrar al mismísimo cielo, como encontrar un tesoro prohibido, como llegar al final del arcoíris y tropezar con montones de monedas de oro.

Así se sentía estar con Steve Harrington.

—Eres un encanto, Steve—murmuró, tocando los labios rosados del castaño con su pulgar—. Eres un jodido encanto, tan hermoso y desesperado.

Las mejillas de Steve se colorearon de un lindo tono salmón y su piel se estremeció como nunca lo había hecho, fue entonces cuando notó la intensidad que irradiaba la mirada de Eddie.

—Eso te gustó, ¿no es así? lo escuchó decir suavemente—. Serás la causa de mi muerte, Steve.

Con la desesperación viajando por todo su cuerpo, Steve jaló a Eddie de la camisa pegando sus labios a los de él. A pesar de que quería tomar el control, había algo que lo detenía de hacerlo. A Steve le gustaba esa sensación de sentirse cuidado y amado, el cómo sus piernas temblaban al sentir la fuerza con la que Eddie sujetaba su espalda para mantenerlo pegado a su cuerpo. Le encantaba la emoción de su corazón palpitando salvajemente en su pecho, la lengua de Eddie saboreándolo intensa y lujuriosamente.

Lo único de lo que se sentía capaz era de hacer que Eddie caminara hacia atrás, tratando de guiarlo a la cama porque sentía que podría caerse en cualquier momento debido a sus ahora débiles piernas. Empujó a Eddie hacia el colchón, el cual rechinó debido al impacto, ese sonido hizo que la anticipación creciera en el vientre de Steve. No tardó mucho en subirse sobre el regazo de Eddie, sus narices se tocaron y sus ojos se encontraron viéndose con tanta admiración el uno por el otro. Steve se acercó dejando un pequeño beso en los labios de Eddie, la punta de su lengua los acarició tímidamente y sintió aquella mano apretujar su muslo, esa reacción le gustó.

—Vaya...—murmuró Eddie.

—¿Qué? —su voz era tan baja, como si tuviera miedo de que alguien más los escuchara.

—Pareces un poco... ansioso, princesa—dijo en voz baja y burlona, mientras sus manos subían y bajaban por la longitud de sus piernas.

Steve tragó duro al escuchar el apodo, sintiendo una descarga electrizante dirigiéndose a su vientre y un poco más abajo de ahí. Su respiración se volvió irregular y sus dedos se hundieron sobre los hombros descubiertos de Eddie, casi como si quisiera controlarse. Steve quería ser bueno para Eddie, tenía esa necesidad de portarse bien para él y no sabía de dónde venía ese sentimiento.

—Eddie—murmuró desesperadamente.

El nombrado sonrió.

—¿Sí, cariño?

Steve sabía que él estaba siendo condescendiente, de lo que no estaba seguro era si eso le disgustaba tanto como le gustaba.

—Por favor...

La mano de Eddie se deslizaba tentativamente sobre su cadera.

—¿Por favor qué, Steve?

Él abultó los labios en un berrinche tímido.

—No quiero decirlo—murmuró.

Eddie colocó uno de los mechones rebeldes de Steve por detrás de la oreja. La luz de la mañana apenas entraba en la habitación, pero tenía mucho calor y sabía bien que no era por los ocultos rayos del sol que pegaban intensamente sobre el remolque.

—Es importante para mí que lo digas—su mano seguía acariciando su cadera sin tocar de más—. Sólo haremos lo que tú quieras hacer, Steve.

Haciendo de lado los comentarios coquetos y las sonrisas traviesas que usualmente recibía de él, Eddie siempre sacaba a relucir ese lado tan educado y amable. Sí, decencia básica, pero para Steve significaba mucho más.

—¿Puedes tocarme?

Steve miró a Eddie inclinar la cabeza curioso, estaba jugando con él.

—¿Podrías ser un poco más específico? —susurró, acariciando su nariz con la suya.

Steve tragó duro—. Sólo tócame en donde tú quieras—su voz pendía de un hilo—, por favor—agregó.

—Eres muy lindo cuando lo pides así.

—Eddie...

—Prométeme que me dirás que pare si algo no te gusta o te incomoda—pidió, más serio de lo que lo había visto anteriormente.

Steve asintió.

—Ah-ah—Eddie canturreó con un tono bajo—. Quiero escucharte, usa tus palabras.

—Lo prometo—dijo casi al instante.

Sólo bastó con un par de movimientos para sentir el delgado colchón contra su espalda, el sonido chirriante de este hacer eco en la habitación junto a su respiración agitada, y a lo lejos el golpe seco que hizo la copia de El Señor de los Anillos al caer en el suelo. Sus piernas se separaron por inercia propia, dejando que Eddie se colocara entre sus muslos y con las manos a cada lado de su cabeza.

Sus narices se tocaron cariñosamente antes de iniciar un beso, que, a pesar del desespero del inicio, fue dulce y gentil porque Eddie quería hacer del momento algo que ambos pudieran recordar de esa forma. Steve enredó sus dedos en aquellos rizos descuidados, soltó un pequeño suspiro al sentir esos húmedos labios pasearse por su cuello.

Un gemido se escapó de él cuando sintió los dientes de Eddie sobre su sensible piel, en un vano intento de acercarse más a él, Steve rodeó con sus piernas la cintura del pelinegro buscando de alguna forma poder sentirlo.

—Calma, niño bonito, no voy a ir a ninguna parte.

Eddie paseó su mano por su muslo, de un lado a otro, como si estuviera decidiendo qué hacer.

—Me gusta cuando usas estos—sus dedos se sentían ásperos al subir por su piel, llegando al elástico en su cintura él sonrió—. ¿Puedo quitártelos?

Steve exhaló ansioso y asintió, pero rápidamente recordó que a Eddie le gustaba escucharlo.

—Puedes.

Deslizó los pantalones cortos junto a su ropa interior, la cual era de un aburrido color azul. Lo hacía con sumo cuidado, no quería apresurar las cosas y mucho menos tomar por desprevenido a Steve, quien sintió una ligera brisa chocar con su piel ahora desnuda.

Se sentía expuesto bajo la atenta mirada de Eddie, el cual se acercó para besar nuevamente sus labios, esta vez su lengua acarició la suya con más avidez que antes. Su mano bajó serpenteando entre sus piernas y entonces sus caderas se sacudieron hacia delante, buscando desesperadamente que Eddie volviera a poner su mano allí.

—Eddie—gimoteó—, por favor.

—Te ves hermoso cuando suplicas tan desesperadamente.

Steve hundió la cabeza sobre el colchón cuando aquella hábil mano se deslizó a lo largo de su miembro que dolía a causa de su propia excitación. Su cuello expuesto le dio la oportunidad a Eddie de besarlo hasta dejar pequeñas marcas rosas apenas perceptibles.

—Se siente bien—un gemido ahogado salió de su boca cuando Eddie aumentó la velocidad de su mano.

—Ya lo creo—murmuró Eddie sobre sus labios, besándolo y tragándose sus quejidos.

El sonido era lascivo, incluso parecía que era lo único que se escuchaba en la habitación. El calor comenzó a subir por su cuerpo, la añorada y conocida sensación del final acercándose estaba ahí, pero Steve bajó sus manos colocándolas sobre la de Eddie.

—Espera—jadeó, tratando de tomar aire.

Eddie se detuvo al instante y lo miró preocupado.

—¿Estás bien, quieres que pare?

Steve negó repetidamente—. Quiero otra cosa—dijo tímido, como si no hubiera estado gimiendo tan descaradamente—. Tu-tus dedos.

Eddie sintió su boca secarse y el dolor extenderse por debajo de sus pantalones.

—¿Tú... estás seguro?

Steve sacudió la cabeza en afirmación—. Ya... ya lo he hecho antes—se tragó la vergüenza y sintió su rostro arder.

—¿Lo has hecho... antes? —Eddie repitió en voz baja, anonadado.

Steve lo atrajo de la camisa, acercándolo a su rostro con una lentitud mesurada, dejó un beso en su mandíbula y otro en sus labios.

—Lo hice pensando en ti—admitió en un susurro—, preguntándome cómo se sentiría tenerte dentro de mí.

—Mierda—pronunció con una voz tan grave que parecía venir de lo más profundo del pecho—. ¿Eres real?

Steve sonrió con dulzura.

—Soy muy real.

Acercó a Eddie para empezar otro beso descuidado, mientras este estiraba la mano buscando algo entre los cajones del mueble junto a la cama. Al separarse, Eddie sólo recorría lentamente sus largos dedos por sus piernas, tratando de hacerlo sentir cómodo. Tomó la botella de lubricante y la abrió, cubriendo dos de sus dedos mientras tiraba de la pierna de Steve, buscando acercarlo más a su cuerpo.

—Dime si quieres que me detenga—pidió, acariciando el interior de su muslo y mirándolo.

—Lo haré, sólo... por favor...

Eddie bajó la mano, tanteando el apretado músculo antes de deslizar uno de sus dedos en el interior de Steve, que suspiró ante la intrusión y el ligero escozor que se expandía; pero estaba bien, era un chico grande, podía manejar esto.

Fue un poco más doloroso cuando Eddie deslizó el segundo, quizás porque ya había pasado un tiempo desde que había jugado consigo mismo, pero él lo hacía tolerable al acariciar su muslo y dejar pequeños besos en su cuello y labios. Para cuando introdujo el último, los suspiros y jadeos de Steve eran cada vez más ruidosos y desesperados, haciendo que Eddie sonriera sobre sus labios.

Steve sentía que iba a derretirse bajo las expertas manos de guitarrista que Eddie poseía, el cual lo observaba desde arriba como si estuviera analizando cada una de sus reacciones. Apartó el rostro, avergonzado, pero sin evitar temblar cada vez que Eddie movía sus dedos dentro de él; su espalda se arqueaba y los dedos de sus pies se arrastraban por el ruidoso colchón. De pronto, sus caderas temblaron y un gemido ahogado salió de su boca, tomando con fuerza los hombros de Eddie.

—¿Qué acabas de hacer? —dijo en una voz temblorosa.

—Lo encontré—murmuró en un tono cantarín.

—¿Qué co-?

Pero Steve ni siquiera pudo terminar la frase cuando los dedos de Eddie empezaron a simular embestidas en ese punto, una y otra vez, como si no tuviera consideración con él, con su sensible piel, con sus lastimadas cuerdas vocales; pero se sentía estupendamente bien. Steve era increíblemente ruidoso, por lo que la mirada de Eddie era de fascinación, inclinaba la cabeza a un lado observando el desastre que ahora mismo era Steve Harrington.

—¿Qué pasa, Steve? —dijo en voz baja—. ¿Te pones así sólo con mis dedos?

Eddie sonrió al notar la fuerza con la que las manos de Steve presionaban sobre sus hombros.

—No puedo esperar a ver cómo te retuerces cuando finalmente esté dentro de ti—susurró cerca de su oído.

A Steve se le erizó la piel.

—Voy a...—dijo, en un susurró apenas audible.

—Lo sé, está bien...—su tono era tan suave como la seda—. Vamos, cariño, córrete para mí. Déjalo salir.

Steve se sentía caliente, respiraba fuerte y enterraba los dedos en los hombros de Eddie. El único ruido en la habitación era la respiración agitada mezclada con el rechinar de la cama y Steve no podía mantenerse callado. Eddie regresó al cuello de Steve, dejando chupetones y pequeñas marcas de mordidas mientras sus dedos hacían su último movimiento.

—Eddie—jadeó, sintiendo a su cuerpo tensándose mientras se venía.

—Eso es...—musitó, deslizando sus dedos fuera y limpiándolos en las sábanas—. Eres tan bueno para mí.

Era todo un espectáculo que Eddie estaba complacido de ver, no sabía a qué clase de ser divino tenía que agradecerle por permitir que Steve Harrington estuviera sobre su cama. Debajo de él, luchando por respirar mientras sus caderas aún se sacudían, con la piel aperlada por el sudor y completamente a su merced.

Eddie fue por una de las tantas playeras que se apilaban en el buró y limpió a Steve con gentiliza, la tiró a un lado sin molestarse en ver en dónde para después componer la arrugada playera de Metallica que llevaba Steve bajándola hasta sus muslos y se dejó caer a su lado de nuevo.

Steve arrastró su cuerpo mallugado por el colchón deshaciéndose de la poca distancia y colocó su cabeza en el pecho de Eddie, sintiendo en cuestión de segundos una mano pasearse por su cabello sudoroso. El familiar silencio en el que habían estado conviviendo se esparció por el lugar, se sentían completos estando uno al lado del otro.

—Te amo—dijo Eddie a cabo de unos minutos.

Steve sonrió—. Yo también te amo—murmuró adormilado.