Prologo
El viento susurraba entre los árboles, llevando consigo ecos de tiempos antiguos, tiempos en los que el poder de las brujas no era un secreto sepultado en el pasado. Bajo la pálida luz de la luna, un círculo de mujeres se reunía en el claro del bosque, sus rostros ocultos tras capuchas negras, sus manos entrelazadas en un lazo que trascendía lo físico, conectando sus almas en un pacto sellado por la sangre y la magia.
Aquel era un pacto forjado en la oscuridad, en una noche sin estrellas, cuando las antiguas hechiceras de Salem, condenadas por un miedo que no comprendían, habían hecho su juramento final. Antes de que las llamas devoraran sus cuerpos, antes de que la justicia de los hombres sellara su destino, habían jurado que su poder no moriría con ellas. El legado de las hechiceras sobreviviría, transmitido de generación en generación, esperando el momento de renacer.
Ahora, siglos después, ese legado despertaba una vez más. El aire estaba cargado de energía, una tensión que hacía vibrar el suelo bajo sus pies. Cada mujer en el círculo sentía el tirón del destino, el peso del juramento ancestral que habían heredado. Sabían que el tiempo del cumplimiento había llegado, que el pacto debía ser renovado, o las consecuencias serían devastadoras.
En el centro del círculo, una figura se alzó. Sus ojos, dos pozos de oscuridad, reflejaban la sabiduría y el dolor de siglos. Con un movimiento fluido, levantó el cuchillo ceremonial, su hoja brillando con una luz antinatural. Las demás observaron en silencio, sus respiraciones contenidas, mientras la hoja descendía, cortando el aire con un silbido antes de hundirse en la tierra en un acto simbólico de compromiso.
—Por el poder de nuestras ancestras —dijo la figura central, su voz resonando como un eco de las que habían caído antes que ella—, renovamos el pacto que nos une. Que nuestra magia fluya libremente, que nuestros enemigos caigan, y que ninguna traición rompa este lazo sagrado.
El suelo tembló, y una energía oscura se elevó del lugar donde la hoja había tocado la tierra, envolviendo a las mujeres en un manto de sombras. La promesa estaba hecha. Las consecuencias, inevitablemente, seguirían.
Desde las profundidades del bosque, un cuervo soltó un graznido inquietante, como si fuera el heraldo de los eventos que estaban por desarrollarse. La luna, en lo alto, se ocultó tras una nube espesa, dejando al claro en una oscuridad total.
Así comenzaba el nuevo ciclo, un ciclo marcado por viejos rencores y nuevos peligros. Las hechiceras de Salem habían vuelto, y con ellas, una oscuridad que no se detendría ante nada para reclamar lo que le pertenecía.