Intruso
En una noche de octubre, Liria se metió en la cama con su nuevo lobo de peluche.
Su tía se lo había regalado escasas semanas atrás, como recuerdo de su viaje por Canadá. Según ella, los lobos eran de los animales más leales que había, pero también de los más peligrosos. Cuando Liria preguntó la razón de ello, su tía le respondió:
—Por sus garras. Son tan letales que podrían matarte al instante.
La niña arrugó la frente confundida.
—¿Significa eso que cualquier animal con garras es peligroso?
—No todos, pero sí hay algunos más peligrosos que otros.
La niña se enderezó, preocupada.
—¿Y Pipo?
—¿Pipo?
—Es nuestro gato —explicó la madre de Liria.
—Ah, no —se apresuró en decir la tía—, por él no debes preocuparte.
—¿Sus garras no son peligrosas?
—Tal vez para otros animales, pero no los humanos.
La niña pareció tranquilizarse con aquellas palabras, aunque no parecía comprender del todo a qué se refería con “otros animales”. ¿Acaso significaba eso que Pipo podía matar al perro de su vecina?, ¿o al pájaro que se posaba cada mañana en la repisa de su ventana? No, ¡no podía dejar que eso ocurriera!
Decidida por proteger al resto de animales, Liria decidió vigilar al gato a partir de ese momento. Sea de día, de noche, o a cualquier hora, tenía que asegurarse de que no se juntara con ninguno de esos animales. Así que, cuando estaba en el colegio, escondía el gato en su habitación, y cuando volvía, lo sacaba a que tomara el aire con su propia supervisión.
Los días pasaron uno a uno con el plan intacto, y nada parecía que fuera a suceder. Pero entonces, llegó el treceavo día, y Pipo desapareció.
—¿Cómo que no sabes dónde está?
—Lo dejé salir esta mañana —respondió su madre—. No paraba de maullar.
—¡¿Y no le seguiste?!
—Liria, es un gato. Volverá.
El rostro de la niña palideció.
—Ojalá fuera solo ese el problema...
Después de cenar, Liria se apresuró hacia el jardín para buscarlo, cuando su madre la detuvo.
—¿A dónde vas jovencita?
—Necesito encontrarlo, mamá —suplicó la pequeña.
—¿Pero has visto la hora que es?, no puedes salir con tanta oscuridad ahí fuera.
—Llevaré una linterna.
—Ni hablar. Es hora de ir a la cama.
—Pero mamá... La vida de unos animales depende de encontrar a Pipo.
—¿Pero de qué estás hablando?, no me digas que has vuelto a jugar a escondidas a ese juego raro.
—No lo he hecho... ¡Se lo devolví a Borja!
Su madre entrecerró los ojos escéptica.
—¡De verdad!
—Vale, vale. Te creo. Vamos a la cama.
—No... Pero Pipo...
—Por una noche que pase fuera no le pasará nada. Vamos.
La niña hizo un puchero mientras se dirigía hacia su habitación. Comprendía que a estas horas el exterior fuera un lugar peligroso, ¡pero más resultaba serlo para el resto de animales! Liria tenía que protegerlos.
Una vez las luces apagadas y la casa tranquila, la niña se escabulló de la cama y salió por la ventana hacia el jardín con linterna en mano.
A las dos de la madrugada, después de haber recorrido todos los rincones, Liria se sobresaltó ante el ladrido de su vecina.
—¡Pipo! —exclamó entre murmullos.
Alarmada de que pudiera estar atacándole, la niña salió disparada hacia la valla de madera que separaba su casa con la de al lado. Una vez allí, se subió a la papelera, y asomando su pequeña cabeza, miró al otro lado.
El perro, como bien había supuesto, se encontraba ladrando; pero no por culpa de Pipo, sino por algo mucho más grande y desconocido.
Liria apuntó la luz hacia la dirección en la que se encontraba, y reconoció al individuo de inmediato. ¡Era un lobo!, ¡al igual que su peluche!, aunque en este caso, de carne y hueso. ¡Y se iba a comer al perro!
—¡Detente!
El animal alzó el rostro y posó sus ojos azulados sobre la niña.
—No... no le hagas nada —tartamudeó esta. El lobo dio un paso al frente y Liria suplicó—: Por favor.
El animal siguió avanzando lentamente hasta detenerse a escasos metros de donde se encontraba. Tenía el pelaje gris y su figura resultaba imponente.
—¿Por qué piensas que voy a hacerle daño?
Liria tembló ante la repentina voz que salía del animal.
—¿Qué?
—Preguntaba... —dijo con calma— que por qué piensas que voy a hacerle daño.
La niña se quedó petrificada. No estaba soñando, realmente esa voz provenía del lobo.
—Oh, bueno, pues... Verás...
El lobo se dio la vuelta y miró al perro, ya más tranquilo en su rinconcito.
—Solo estaba paseando. Rara vez tengo la ocasión de hacerlo.
Aquella confesión pareció calmar un poco a Liria, quien, de repente, se vio interesada por sus palabras.
—¿Por qué? —preguntó la niña.
El lobo se volvió para observarla.
—¿Qué cosa?
—Has dicho que solo podías salir rara vez. ¿Por qué?
—Oh. Es una larga historia.
Liria apretó la valla con sus manos pequeñas. Ahora que el lobo le había dicho eso, ya no estaría tranquila hasta conocer la respuesta.
—No tengo prisa —insistió.
El gran animal estudió por unos segundos a la niña, y luego lanzó una pregunta:
—Crees en la magia, ¿Liria?
Al escuchar su nombre, esta última se sobresaltó.
—¿Cómo...?, ¿Cómo sabes...?
El lobo dejó escapar un ligero sonido.
—No te preocupes. Mi poder no es la adivinación —dijo divertido—. Tú nombre... lo conozco porque se lo he oído decir a la mujer que vive contigo.
—Ah... ya veo.
Liria se encogió de hombros, visiblemente avergonzada. Su madre solía gritar mucho su nombre cuando no se portaba bien, así que tenía sentido que lo hubiera escuchado.
—¿Entonces... a qué magia te refieres? —Liria fijó sus ojos en los del lobo, y un poco preocupada, añadió— ¿es peligrosa?
El lobo se lo pensó unos segundos.
—Diría que lo más peligroso es la persona que la controla. La magia en sí... No tiene ninguna maldad.
—Oh —Liria se relajó por fin—, entonces tiene que ser una magia buena.
—Podría decirse.
—Pero no me has contestado a mí pregunta —puntualizó Liria—. Ni a la de antes.
El lobo elevó las comisuras de su boca, asombrado. La niña que tenía en frente no se le escapaba ni una.
—Tienes razón. Perdona. Quería asegurarme de tú decisión para no cometer un error. No me gustaría que te vieses afectada por mi respuesta. Aunque... tal vez cuando te lo cuente no te lo creas.
Liria analizó detenidamente todas y cada una de las palabras, y creyó comprender lo que decía. O, al menos, en gran parte.
—La magia te ha afectado.
El animal miró con melancolía el cielo antes de responder.
—Veo que lo has entendido rápido.
Una sonrisa asomó por las comisuras de Liria. Mucha gente la tomaba por inocente y tonta, pero en realidad era muy inteligente y asusta. El único problema que tenía era que desconocía muchas cosas, y con su inocencia, tendía a pensar cosas que no eran.
—Sabiendo eso, ¿estás segura de que quieres conocer la verdad?
La niña no dudó.
—Sí, por favor.
El lobo permaneció un rato en silencio, y luego imitó un suspiro. Desde el principio, y estando la niña tan asustada, pensó que se echaría atrás. No obstante, con cada pregunta que lanzaba, parecía que solo la incitaba a conocer con más fuerza sus secretos.
—Está bien. Creo que te lo has ganado.
El lobo hizo una pausa y explicó:
—En realidad soy un humano, Liria. Al igual que tú. Aunque también poseo la habilidad de transformarme en lobo.
La boca y los ojos de Liria se abrieron en grande. Era la primera vez que escuchaba que algo así fuera posible.
—¡¿Hay personas pueden transformarse?!
El grito de Liria fue tan fuerte que el perro ladró de nuevo.
—Solo algunas —respondió tras calmarse el ambiente.
—Qué pasada —Liria se pegó a la valla, y con los ojos brillantes, preguntó—: ¿y podrías transformarte ahora?
—¿Quieres que me transforme... ahora?
La poca convicción del otro la decepcionó un poco.
—¿No puedes?
—Sí puedo. Es solo que... No creo que sea muy conveniente.
Liria arrugó la frente.
—¿Qué quieres decir?
El lobo apretó sus pezuñas contra el suelo. No tenía ningún reparo en mostrarle su aspecto, pero seguía temiendo que la niña se asustara. Al fin y al cabo, no era algo que la gente esperaría ver en una persona.
—Liria, a decir verdad, ya nos...
Antes de poder terminar su frase, una luz proveniente de la casa de Liria les sorprendió. Alguien había encendido las lámparas de la terraza.
—¡Liria! —gritó una mujer en batín—, ¡¿te has vuelto loca?!
—¡Mamá!
Liria miró a su nuevo amigo con preocupación.
—Vendré a verte otro día —la tranquilizó este, y luego añadió—: en mi forma humana.
La niña asintió rápidamente, y el lobo se escabulló por un agujero que daba al trigal.
—Liria, ¡por Dios santo!
La mujer rodeó a la hija por la cintura y la bajó de la papelera lo más rápido que pudo.
—No puedo creer que me hayas desobedecido de esta manera. ¡Por un gato!
—¡Pipo! —recordó Liria. ¡Se había olvidado completamente de él!
—De verdad, Liria...
—Mioooow.
Las dos bajaron la mirada hacia el suelo y observaron al mencionado con sus patas pegadas a la mujer.
—El que faltaba.
La madre se agachó y Liria cogió al felino.
—De verdad, no sé qué voy a hacer con los dos. Me vais a volver loca.
La niña abrazó con más fuerza al gato, como queriendo protegerle, y este último maulló.