La melodía de Aura: Obsidiana

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Summary

Aura comienza a aceptar que Dimas cada vez está más lejos de ella. Conserva sus recuerdos y las promesas infantiles que no lograron cumplir. Eric ha permitido que Aura derribe parte de los muros que edificó a su alrededor, detrás de los que se escondió por años. Las heridas que carga son muy antiguas, se han añejado en su sangre, en el fondo está igual de asustado que ella. Dimas recuerda a la niña que solía dormirse en sus brazos y despertarlo con un te amo; su imagen es más vívida que nunca, su confusión también... ¿Está dispuesto a luchar por Aura? La tensión dentro de la banda aumenta con la compleja relación de Aura, Dimas y Eric, y la segunda fase del concurso cerca. Aura se encuentra más confundida que nunca y un secreto atenaza su felicidad. Todos los derechos reservados © Lena Mossy 2016.

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Chapter 1

Es la primera vez que siento esto al ver un bebé, ese murmullo cálido saltando fuera del corazón, enredándose en las costillas y acelerando el pulso.

—Supongo que es sobre lo que todos hablan —pienso, con esos ojitos risueños mirando a través de mí.

Me asusta ejercer demasiada presión en el abrazo o dejarlo caer; casi grito cuando rodea mi dedo con su manita y me reconoce, sé que lo hace.

No me gusta quedarme a solas con el bebé. No estoy lista y sé que todos piensan lo mismo desde que me desmayé durante el concierto. Me gustaría decir que se equivocan, pero opino igual. Lo peor que podría sucederle a cualquier ser humano es tenerme como madre.

No sé cómo recostar al bebé en la cuna, siempre hay alguien para ayudarme; miro hacia los lados como si de la pared pudiera emerger ayuda.

Es tan pequeño e indefenso.

Contengo el aire, sostengo su cabecita y bajo despacio el cuerpecito hasta la cuna. Mueve sus piernitas y las manitas como si quisiera volver a abrazarme. Creo que es la única persona en el mundo que quiere abrazarme ahora mismo. El familiar nudo vuelve a estrangularme dispuesto a sacarme las lágrimas.

Heredó sus ojos y la forma de sus labios.

Las piernas me fallan, me sostengo del borde de la cuna y las primeras lágrimas caen en ese trayecto silencioso hasta rozar la manita regordeta que exige otro abrazo.

Es lo único que me queda de él.

Los recuerdos del concierto están envueltos en una densa niebla de confusión. El brillo de la pantalla del celular disparó algo en mi cabeza, tiró del gatillo que hacía falta. Sofía me sostuvo, junto con Teresa, y me ayudaron a llegar a una silla. La música me provocó una terrible jaqueca, las personas del evento me llevaron agua y alguien gritó que llamaran a los paramédicos.

Las voces eran pastosas, aletargadas, y las personas sombras sin rostro, fantasmas esperando por destazar lo poco que quedaba de mí. Se movían alrededor, caóticas, y lo único que podía hacer era forcejear con las manos que me sostenían, presionar el botón de apagado del celular, rogar que nadie más vieraaquello.

La oscuridad reinó, la niebla cubrió todo mi panorama, y no pude ver más a esas sombras rodeándome. Entonces escuché a Dimas, su voz fue lo único a lo que pude afianzarme en medio de la confusión y el dolor punzante que se habría paso hasta mi pecho. Entrelazó su mano con la mía y me desmayé; me dejé ir con la firme convicción de que abriría los ojos y despertaría en su habitación, todo habría sido una pesadilla.

El único consuelo que me queda es no arruinar el evento, aunque he arruinado todo lo demás, todo.

Dormí por horas, desperté cerca del amanecer. Mi cabeza estaba lenta como si estuviera en medio de la resaca e incluso sentarme requirió un enorme esfuerzo.

Sofía estaba molesta cuando me encontró despierta; nunca lo admitirá, pero la conozco demasiado bien. Salió de la habitación y regresó con una pequeña caja rectangular. No dijo nada, sólo me la entregó y no supe qué era, tardé en comprender que se trataba de una prueba de embarazo.

Ella habló, dijo un largo discurso del que no recuerdo nada porque mi atención estaba en esa horrible caja sobre mis temblorosas manos, se agitaba tanto que no podía leer lo que decía en el empaque.

—¡¿Cuánto tienes de retraso?! —exigió saber al sacudirme por los hombros—. ¡Aura! ¡Háblame, es importante!

¿Retraso?,pensé alarmada. Ni si quiera llevaba el control de mis ciclos menstruales, dejé todo eso cuando terminé con León. No tomé más píldoras anticonceptivas y con Dimas jamás usé preservativos; soy la estupidez con piernas...

Jodí todo.

Sofía se encargó de abrir el empaque y explicarme qué hacer, tampoco entendí. Mi cabeza no dejaba de crear escenarios horribles donde mi madre me gritaba que no podía hacer nada bien, lo idiota que era. Estaba avergonzada, no era una chiquilla para cometer un error así y lo hice.

Quería llorar, necesitaba que So me abrazara y me dijera que encontraríamos una solución, pero su voz era fría y mecánica mientras leía el instructivo. Mentí al decir que comprendí todo y me encerré en el baño; Sofía es la única que conoce mi secreto, pareció olvidarlo durante esas horas.

Volví a leer las instrucciones unas cinco veces porque las lágrimas no me dejaban ver con claridad. El recuerdo vuelve a oprimirme el pecho. Revivo el frío de las baldosas bajo las piernas mientras aguardaba por el resultado, los minutos más largos en la existencia de la humanidad. El miedo a demostrar lo que todos creen sobre mí. La decepción atorada en la garganta sin intención de aflojar el firme agarre, dispuesta a desgarrarme el pecho con el llanto.

Temí tanto el resultado, aguardé más de lo necesario porque no encontraba el valor para mirar y, cuando por fin lo hice, lloré otro largo rato. Dejé que toda la presión saliera, se llevara esos amargos momentos fuera de mí; el resultado fue negativo. Tuve suerte, no fue por mi increíble madurez, sino que el destino decidió apiadarse de la inocente criatura que estaría destinada a ser mi hijo.

Sofía llamó un par de veces a la puerta, no le abrí. Ya sabía el resultado, pero no quería hablar con ella porque comprendí que su enojo fue porque también estaba decepcionada de mí. No necesitaba que nadie más me señalara, eso podía hacerlo sin ayuda.

Volví a equivocarme, claro que lo hice. Si hubiera abierto la puerta, Sofía no habría pensado que el resultado fue positivo, tampoco le habría llamado a Dimas para decirle que lo fue.

Cuando me recompuse busqué a mi amiga en la casa, la encontré en la cocina con Dimas y Minerva.

¿Qué hacía ella ahí?

Recibí una mirada vaga de los presentes, como si mi presencia fuera irrelevante. No hubo palabras de apoyo o cariño; sólo me agregaron a su conversación sobre la confiabilidad de las pruebas caseras de embarazo.

—Es mejor realizar una prueba de sangre —sugirió Dimas con expresión devastada.

Minerva sostuvo con fuerza la mano de Dimas por arriba de la mesa, ella lloraba en silencio y lanzaba miradas bañadas de tristeza hacia mi vientre. Sofía revisaba el directorio telefónico, buscando un laboratorio para agendar una cita inmediata, y me dijo que esperaba que todo el alcohol que tomé no hubiera afectado al bebé.

¿Bebé?

Fue cuando comprendí que creían que estaba embarazada, pero de mi boca no conseguía salir ni un solo sonido. Alguien, no sé quién, me dijo que fuera a cambiarme y obedecí; no supe qué otra cosa hacer.

No podía hablar, no lo hice. Me sentía avergonzada bajo esas miradas de reproche que me arrojaban Minerva y Sofía; Dimas ni se acercó. El trayecto en la camioneta de So revolvió mi estómago, sólo tenía cerveza, y vomité al bajar del vehículo... ¡Todo empeoró! Minerva lloraba desconsoladamente en los brazos de Dimas. Sofía sólo negó con la cabeza y me entregó un pañuelo para limpiarme. La persona más amable fue un empleado del laboratorio que agilizó todo al notar la tensión que nos rodeaba.

Aguardamos por el resultado sin dirigirnos la palabra. Miraba mis uñas, escuchaba los murmullos de Mina y Dimas, a veces alguna pequeña risita triste que compartían en complicidad. Sofía estaba sumergida en su celular y yo sólo rogaba que el resultado fuera el mismo; no quería tener un hijo con alguien que no podía ni mirarme a la cara cuando no fui la única involucrada. Dimas fue igual de inconsciente que yo... ¿entonces por qué sólo me castigaban a mí?

La secretaria se acercó con los resultados, la sentí como mi aliada cuando se negó a entregarle los resultados a Dimas.

—Disculpa, Aura. —La voz de Marina aparta esos recuerdos de mi cabeza, me trae a un presente más dulce donde Georgina sigue exigiendo un abrazo.

—No sé si la he recostado bien.

Georgina tiene unas pestañas larguísimas como León, posee la misma picardía al agitarlas sin consideración.

—¡No necesitas un doctorado para recostar a un bebé, Aura!

—No estaría muy segura…

Marina ríe y abraza a la pequeña Georgina, hace unos días que le han dado de alta en el hospital.

—¿Ya notaste que sus pestañas...?

—¿Son iguales? —interrumpo y ella asiente con una sonrisa—. Sí, será muy parecida a León...

Marina me llamó la semana pasada para agradecerme por todo lo que hice y me invitó a conocer a Georgina. Somos las personas más cercanas que tuvo su padre y quiere que ella lo conozca a través de nosotras, no podría haberme hecho más feliz.

La vida tiene giros inesperados, es lo que he aprendido en estas semanas.

Georgina tiene los enormes ojos color chocolate iguales a los de León y cuando sonríe se forma un hoyuelo en la mejilla derecha que ha heredado de Marina. La genética de sus padres demuestra que esta niña será una rompecorazones.

León, tienes una hija preciosa.

—¿Te sientes bien? —pregunta.

—Claro.

Me invita a comer en el jardín y la sigo a través de los pasillos, en donde hay varias fotografías enmarcadas hechas por León. Me gusta su casa, tiene el sello de él y la feminidad de Marina; además de que es obvio que no han escatimado en gastos.

El jardín está bordeado por grandes rosales, hay una piscina con agua cristalina y una mesa blanca frente a la que tomamos asiento. Los sirvientes van de un lado a otro llevando el desayuno.

—¿No te animas? —me pregunta Marina cuando entrega a Georgina a una de sus niñeras.

Sí, una. Georgina tiene tres o cuatro niñeras, ya no recuerdo.

—No —contesto con un escalofrío—. No por ahora.

La pregunta me empuja de regreso al laberinto de mis recuerdos. La ira late todavía al recordar cuando leí el resultado negativo y cómo arrojé la hoja hacia la cara de Dimas, creo que casi lo rasguño. No aguardé por las disculpas de ninguno de ellos, salí y tomé el primer taxi que pasó, sólo para descubrir que no tenía a dónde ir.

—¿Y cómo has estado?

Suspiro.

—He estado mejor.

—Sí… —musita ella y mira hacia la piscina—. Yo también.

Marina es muy bonita, comprendo por qué León se fijó en ella. Su cabello está recogido en una trenza sobre el hombro y el tono canela de su piel me recuerda a Minerva, aunque la violinista es un poco más morena.

—¿Revisaste las fotografías que te he enviado?

—¡Oh, sí! —exclama con un rubor en las mejillas—. ¡Gracias!

—No hay por qué.

Le he enviado las fotografías que conservaba de León, todas las que poseo donde asoma sin mí. Fueron muchas, me llevó bastante tiempo, pero Sofía no se molestó en recordarme que debería ir a trabajar, creo que continuaba avergonzada por cómo se comportó.

Esa mañana fui al cementerio y permanecí sentada frente a la tumba de León por lo que parecieron horas. Supuse que de nuevo recibiría un sermón por escapar cada vez que las cosas se complican, pero es lo que sé hacer.

Es lo que hago, escapo.

Regresé con Sofía por la tarde, no hemos vuelto a hablar del tema. Nadie lo ha hecho, Dimas intenta remediar su comportamiento, pero no le he dejado muchas oportunidades.

—Te traje algo —digo y trago saliva con fuerza, me provoca un poco de pena—. Es una pequeñez.

—¿Un regalo?

Rebusco en mi bolso y le entrego una cajita de color rosa. Son unas ropitas para bebé con dibujos de leones. Me ha llevado tres días reunir esa cantidad de ropitas en color rosa y con ese exótico animal en particular.

—Ya sé que es día de las madres, pero…

Callo, Marina limpia una lágrima cuando extiende una de las ropitas en su regazo. Me sonríe con timidez y la veo acariciar la melena del animal. León y sus rizos podían simular aquello, me produce una calidez casi olvidada.

Es doloroso saber que ya nunca volveré a verlo.

—Era un imbécil —lloriquea la mujer.

Sí, bueno, Marina tiene la grandiosa cualidad de no santificar a los fallecidos y no puedo decir que me moleste, creo que es refrescante.

Ya no siento dolor cuando la escucho platicarme sobre su luna de miel o alguna tontería que hizo León, es como si con sus palabras lograra mantenerlo vivo en un rincón del planeta. Su rostro adquiere una luminosidad que sólo he visto en alguien más cuando habla de la persona a la que amó, Eric luce así cuando habla de Ángela. No es algo que desee ver seguido, ya que es por algo muy triste, pero tiene el poder de cautivarte hasta robar la respiración.

Platicamos por mucho rato. Ella escucha mis anécdotas sobre León y también esas actitudes desagradables, Marina no las toleraba.

Me marcho cuando recibe una llamada de su madre para avisarle que en un momento estará ahí. No estamos seguras de cómo tomaría su familia nuestra excéntrica amistad, así que me voy luego de darle un abrazo cargado de demasiadas emociones.

León no siempre fue bueno conmigo. Me lastimó física y emocionalmente, lo dejé usar mi cuerpo a cambio de un poco de amor. Me engañó, jugó con mis ilusiones luego de ayudarme a hilarlas mientras mirábamos el techo de su habitación. Lo perdoné, acepté que fui tan culpable como él. Ya no está aquí, pero su recuerdo persiste y continuará por toda la vida; las cosas buenas y malas que aprendí.

León quería ser un buen padre y creo que todavía puede serlo, sólo tengo que cerciorarme de que Georgina sepa cuánto la amaba. Él sólo quería una familia y la tuvo, por un breve momento. Existen ciertos amores que sobrepasan a la muerte, el amor de padre es uno de ellos. Georgina no lo ve, pero León cuida de ella, siempre lo hará.

Es casi mediodía cuando me detengo en el semáforo, que está justo antes de la calle donde vive mi madre, y el corazón me da un vuelco al ver un Mustang negro en el lado contrario.

No sé si es Eric, no creo o sí… ¡No sé cuántos Mustang en color negro del 95 queden por aquí!

No hemos hablado desde el concierto; es decir, sí, pero sobre nada relevante. Bromeamos, me pide una cerveza o suelta alguno de sus característicos comentarios divertidos, siempre rodeados por toda la banda y jamás solos. Todos creyeron que tendría un hijo de Dimas y eso debió ser más de lo que pudo soportar; ha sido más de lo que yo puedo aguantar.

El Mustang avanza hacia donde estoy y, por más que le digo a mi cuello que no se mueva, me giro en su dirección. Diviso la melena roja y rizada, Berenice está en el asiento del copiloto, me parece que está cantando. Entonces mi mirada cae sobre la de Eric, un brevísimo contacto visual en donde sus ojos negros vuelven a intimidarme, y un segundo después se ha ido.

Se ha ido.

Berenice ha reemplazado de forma oficial al baterista deMjölniry es común verla enArabellacon su personalidad magnética. He intentado deducir si mantiene alguna relación con Eric, pero suelen ser indiferentes y no los he visto irse juntos. Sin embargo, han salido más de una vez, como me dijo él, incluso parecen ser muy buenos amigos.

El claxon del automóvil de atrás me avisa de la luz verde del semáforo y avanzo con el corazón tamborileando en el pecho. No me gusta pensar en Eric, evito hacerlo tanto como puedo. Sus acciones, de nuevo, me dicen más que sus palabras y comprendo su distanciamiento, a mí tampoco me gustaría intentar una relación con una persona como yo.

¿Una relación con Eric?La idea me abochorna, aumenta el calor dentro de mi automóvil... ¡No puedo pensar en esas cosas...! ¿O sí? ¿Soy demasiado ingenua por creer en sus palabras? Mejor ni respondo. Eric dijo que tenía una oportunidad, supongo que decidió desecharla.

Me demoro en encontrar un sitio donde estacionarme, la calle está repleta por la celebración que le han organizado varios familiares y amigos a mamá. Me siento sumamente incómoda con el vestido blanco de estampado floral que sólo uso para complacer a la gran Rosario Reyes.

—¡Adelante, Aura!

—¡Hija!

Mi madre se levanta con los ojos inyectados de alegría al verme y creo que lloraré. Me toma un minuto, y unas cuántas respiraciones, conseguir acercarme con una elaborada sonrisa. No pude contarle sobre la confusión de mi supuesto embarazo, habría enfurecido así no fuera a convertirse en abuela.

—Perdón, estaba escribiendo y perdí la noción del tiempo.

—¡Eso sucede! —exclama uno de los colegas de mi madre sentado a su derecha—. ¡Si lo sabremos nosotros!

Ríen y quiero reírme con ellos, pero es como si el aliento se me hubiera atorado en la garganta.

—Siéntate aquí —me dice Úrsula y señala el asiento que acaba de dejar su esposo—. Vamos, sé mi cómplice hoy.

Obedezco, ahora siempre lo hago porque es más fácil. Estamos sentadas frente a mi madre, que es el centro de atención con sus comentarios inteligentes o datos curiosos. Es una de esas pláticas donde a veces me cuesta mantener el ritmo, porque hasta el tema más común puede terminar en un profundo debate digno de ser televisado.

—¿Y estás trabajando algo? —pregunta una de las amigas de mi madre, escritora por igual.

—Sí —admito—. Cuentos.

—Aura tuvo su momento catártico y se ha deshecho de todos sus trabajos viejos —dice mi madre con profundo orgullo y una copa de vino blanco en la mano—. Recuerdo cuando me pasó…

—¡Es clásico! —comenta alguien más.

No ha sucedido así, pero sonrío. No fue catártico, si no deprimente y lloré al escuchar el sonido característico de la papelera de reciclaje de la computadora.

¿Pero qué más podía hacer? ¿Continuar con esos escritos que sólo conseguirían avergonzar a mi madre? Las historias impresas han terminado en la trituradora del bar y deben estar a punto de convertirse en cenizas en el basurero municipal.

Mis desvelos, tazas de café, escenas imaginadas con la mirada fija en el vacío, ya nada existe. Ojalá fuera tan sencillo deshacerse también del pasado, arrojarlo a la trituradora y, después, tomarme una copa de vino blanco.

A mamá le regalo una pluma personalizada con su nombre, pues perdió la suya en un taller literario. Parece fascinada y espero que así sea, porque no supe qué más regalarle. Ella me abraza y sonreímos a la serie de fotografías que nos hacen; me parece asombroso que me vea tan feliz. Mi madre usa mucho mejor que yo las redes sociales y en dos minutos mi fotografía, con ese ridículo vestido, ya está en Facebook.

Me disculpo para ir al baño, pero sólo necesito cinco minutos para respirar sin máscaras; comienzan a dolerme las comisuras de los labios con todas esas sonrisas falsas. Al entrar a la sala veo a mi padre, sé que no está ahí y que sólo es producto de mi imaginación. Creo que habría sido común encontrarlo leyendo, con sus cómicos anteojos resbalados sobre el puente de la nariz, y música clásica como fondo. Sé que en el algún momento estuvo aquí, percibo su esencia afianzada a los cimientos de la casa.

Me dirijo al estudio, antes mi habitación, y no encuentro una sola pista de que hubiera vivido aquí. Ya no están las estrellas fosforescentes pegadas al techo o los posters de mis bandas musicales favoritas, no hay huellas de mi existencia. Soy muy prescindible, todos encuentran a alguien con quien sustituirme con total facilidad.

Me retiro temprano, todavía debo ir a casa para arreglarme antes del trabajo y me duele despedirme de mi madre con sus melosos abrazos. Ha bebido un poco, pero conserva el autodominio que la caracteriza y vuelve a repetirme lo mucho que le ha gustado mi regalo.

Estoy intentando ser mejor. La versión buena que todos quieren de mí. La que se lamenta en silencio, pero es fuerte en el exterior. Quiero ser una buena hija, una mejor, que mamá se sienta orgullosa de mí. Estoy cansada de ser juzgada, señalada, burlada, puedo ser la chica que todos quieren que sea.

Al final, no importa en realidad lo que yo quiera,todos se van.