Un breve encuentro con aroma a imposible
Los encuentros fortuitos, son, en opinión de Micah, algo parecido a una chispa del universo confabulando para gracia de los amantes.
Su ahora frágil y divina existencia se alimenta de provocar aquellas primeras chispas que ayuden al reconocimiento de dos almas solitarias destinadas a toparse.
Disparar una flecha sería un acto sencillo si tuviera un arco, pero en ausencia de tal maravillosa herramienta, el cupido ha desarrollado un lanzamiento mejor que el de cualquier jugador de dardos profesional.
De pie en el estrecho balcón de su diminuto departamento, inclina el cuerpo hacia adelante, con los ojos fijos en dos chicas en la parada del teleférico. Una de ellas, una tímida chica de lentes, pasó más temprano por la floristería y compró una sencilla margarita. Micah detectó de inmediato su aire romántico y cuando, mucho más tarde, volvió a verla pasar en sincronía con otra muchacha con la que caminaba a la par sin siquiera notarlo, decidió que era la señal que necesitaba para darle una de esas chispas. Si es mi misión divina, ¿no es un ganar-ganar? piensa mientras estira los hombros y materializa una flecha desde el centro de su pecho.
La creación duele. La punta de la flecha de energía dorada y carmín quema al salir, y la cola lacerante le arranca un quejido. Pero es hermosa, brillante y pulida, un fragmento de su propia esencia divina.
Micah apunta a la chica de cabello largo, destensa su brazo y lanza. La chica ladea la cabeza, como si sintiera un leve pinchazo en el pecho. Sus ojos se dirigen a la joven a su lado y una suave sonrisa se dibuja en sus labios delgados.
Es el turno de Lentes de corresponder al gesto. Micah afila la mirada, prepara otra flecha y retrocede ligeramente para ganar impulso.
—¡Micah! ¡No te pago por soñar despierto! ¡Baja de una vez! —La voz de su jefe retumba desde las escaleras.
Micah da un salto, asustado. La flecha se desintegra en su mano.
—¡E-estoy en el baño! —grita, improvisando una excusa mientras su mente vuelve desesperada al andén. Lentes ha avanzado hacia la cabina del teleférico, mientras Cabello Largo lanza una última mirada hacia atrás.
—¡Prometo bajar pronto! —insiste, apretando los labios mientras sus alas invisibles tiemblan. —¡No suba, soy tóxico!
Antes de esperar una respuesta, corre al balcón, coloca un pie en el barandal y salta. Sus alas se despliegan en un aleteo decidido mientras la lluvia fría lo envuelve. Las luces neón de Drych reflejan colores parpadeantes en las calles mojadas, mientras el sonido de los motores se mezcla con el tamborileo constante del agua sobre los tejados.
Micah aterriza en el techo del teleférico justo a tiempo para observar la interacción entre las chicas. Lentes avanza hacia el andén. Cabello Largo abre la boca, duda, se muerde el labio y sacude la cabeza. Micah ladea el rostro enternecido, los nervios a flor de piel, el presentimiento de que algo surge entre esas dos miradas. Vuela hasta pararse frente a la chica de lentes, esta sigue con la mirada fija en el vagón que se acerca, el cupido se pregunta si realmente habrá chispa con la otra chica si la flecha, no le queda más que rezar porque sí y confiar que su instinto no está atrofiado. Levanta la flecha en su mano para apuñalarla directo al corazón.
Lentes apenas y siente la punzada de un dedo en una aguja, el andén empieza a llenarse de gente y, pese a la flecha, Lentes da un paso hacia la línea de subida, el sonido de la cabina corriendo por los rieles asusta al ángel y siente la urgencia en el aire: si ambas se resisten, ese momento efímero se desvanecerá. Una mirada unilateral que pudo ser todo, se quedará solo en gotas desvanecidas por el sol.
—Solo necesitas un empujón… —murmura, preparando otra flecha. Sin embargo, un empujón literal lo saca de su concentración. Tropieza hacia atrás, y una vibración oscura lo envuelve como un escalofrío.
—¿Por qué tanto esfuerzo? Sabes que ni siquiera va a durar.
Micah no tiene que girarse para saber que aquella sensación opresiva de ambiente ha sido causada por Kory, por el rabillo del ojo capta las alas de morado oscuro del anticupido, que revolotean cerca con aire amenazante. El cupido no le responde, sabe que no tiene caso. Su atención está en Cabello Largo que aspira profundamente con una mano en el aire en intención de acercarse a lentes, pero con más miedo que valentía en la mirada. Micah levanta el vuelo, sin quitar un ojo de su antítesis que se ha quedado sentada en el techo de la cabina, con una pierna cruzada y el codo apoyado en la rodilla mientras sonríe sardónicamente. El ángel aprovecha el momento para gritar a la chica, aunque sabe que no puede verle ni escucharle:
—¡No la dejes ir!
Cabello Largo da un par de pasos decidida, le toma de la muñeca a Lentes.
—Tiraste esto —dice, sosteniendo la margarita que Lentes dejó caer.
Micah sonríe para sí cuando Lentes toma la flor y su rostro se ilumina con un rubor encantador mientras murmura un tímido agradecimiento. Lentes sonríe, y el resto queda en manos del destino.
Kory chasquea la lengua con fastidio.
—Disfrútalo mientras puedas, Micah. Un día las flechas dejarán de funcionar—Con un último envión de aire húmedo, el anticupido alza el vuelo y se pierde entre las torres de Drych.
Micah observa a las chicas caminar juntas hacia el andén, sus pasos sincronizados como si el universo les diera su bendición. Suspira, cansado. Cada día la creación de sus flechas le quita más energía de la normal, pero todo vale la pena. Se queda un momento disfrutando de la pequeña victoria antes de regresar a su cuarto. La lluvia se vuelve más densa, y las gotas entre sus pestañas dificultan su visión mientras vuela a toda velocidad antes de ser descubierto por su jefe y, en el peor de los casos, ganarse un despido.
Al entrar, apenas logra retraer sus alas antes de caer en picada por las escaleras. No puede frenar, trastabilla varios escalones.
—¡Oh, San Alderán! ¡Cuidado! —exclama al cliente que justo cruza hacia el mostrador con un ramo en mano y quien se voltea a verlo con la sorpresa en sus ojos castaños que por un breve instante le hacen sentir su corazón saltar.
Micah tropieza en los últimos tres escalones, y su caída termina con un desastre floral. Los pétalos de varias rosas vuelan por el aire mientras él es frenado por un cuerpo macizo y un par de brazos fuertes que lo toman en un abrazo improvisado antes de irse al suelo. El desconocido solo llega a emitir un quejido tras el impacto. Micah quiere morirse de vergüenza, sin embargo no tiene espacio para actuar pues recibe una descarga eléctrica que muta en un calor familiar y reconfortante ante el tacto del hombre, que se siente casi… casi como la energía de lo que alguna vez fue su hogar.
Micah alza la vista y se encuentra con unos ojos castaños claro detrás de un par de lentes de armazón gris. Su corazón se salta un latido. El hombre parpadea, confundido, mientras su mano descansa ligeramente en la espalda de Micah.
Y aquella caricia accidental le llena los ojos de lágrimas. Hace décadas que no sentía algo parecido.
—Eh... servicio express —bromea Micah apartando la mirada, incapaz de sostenerle la mirada, intenta ponerse en pie y resbala con sus propios pies empapados.
—¿Estás bien? —pregunta el chico colocando las manos en las rodillas de Micah que siente un latigazo de algo parecido a las cosquillas, en la frente del cliente un evidente golpe es el producto de la colisión.
—Sí, sí, creo…
Micah no tiene ni un rasguño.
—Eso fue peligroso ¿Es así como siempre bajas las escaleras?
Micah siente que la sangre le tiñe hasta la coronilla.
—Es la primera vez que pruebo el método.
La sonrisa del hombre le da un vuelco a su estómago, se pone de pie y se sacude el traje oscuro. Un contraste absoluto con el desastre que Micah acaba de provocar. El cupido se acerca por inercia para ayudarle a retirar los pétalos pegados a su pecho, apenas pone las manos sobre él ambos sienten un chispazo que los hace alejarse y mirarse confundidos.
—¿Qué carajos, Micah? —ruge su jefe desde el mostrador, irrumpiendo en el momento como un balde de agua fría. Su rostro está rojo de frustración mientras señala las flores aplastadas en el suelo—. ¿Tienes idea de cuánto cuesta ese ramo? ¡Vas a pagarlo!
Micah asiente de inmediato, ya pensando como sobrevivirá el resto del mes, los ahorros debajo de su colchón son tan escasos…
—Lo compraré —dice el cliente con calma, su voz cargada de una firmeza tranquila que hace que jefe y empleado lo miren con los ojos como platos.
—¿Está seguro? —pregunta el jefe, claramente incrédulo.
El hombre asiente, ajustándose los lentes con un movimiento elegante. Por primera vez, Micah percibe el perfume que lleva: un aroma cálido y especiado que contrasta con el dulce aroma de las flores. Es masculino. Transmite firmeza.
—He dicho que lo compraré —repite, levantando una ceja. Hay algo en su tono que no deja espacio para objeciones.
El jefe de Micah bufa y levanta las manos en señal de rendición.
—Lo que usted diga —exclama antes de poner las llaves del local junto a la caja registradora—, atiéndelo bien, chico. Te ha salvado de una buena —indica a Micah antes de tomar el impermeable del perchero y marcharse a paso presuroso por las adoquinadas y ligeramente inundadas calles de la florería.
—Gracias, pero... no puedes llevarte el ramo así —dice Micah, apesadumbrado, sosteniendo algunos tallos maltratados.
El hombre sonríe ligeramente.
—¿Puedes arreglarlo?
Micah asiente entusiasta, llevando las flores al mostrador. Sus movimientos son rápidos, nerviosos, mientras selecciona los tallos intactos y agrega algunos nuevos para rehacer el ramo.
La música ambiental del local suena de fondo, combina de manera rítmica con el zumbido de la lluvia que golpea los ventanales. Micah ni siquiera se había percatado de que el jefe la había dejado puesta, se sonroja porque es la primera vez que un humano lo distrae de esa manera.
Puede ser que su tacto se siente como casa o que simplemente sea una inexplorada curiosidad, la tentación de alargar una conversación...
Una tentación prohibida, se recuerda.
Los cupidos fueron hechos para esparcir el amor, no para amar.
Micah siente su nuca arder, los ojos del extraño están fijos en sus delgados dedos que tratan torpemente de acomodar el ramo. Ha hecho esto decenas de veces, pero esta vez la acción le produce nervios.
—¿Es para algo en particular? —pregunta, intentando llenar el silencio, aunque su voz suena más pequeña de lo normal.
El hombre asiente, con aquél mismo tono inflexivo con el que dijo que pagaría las flores, exclama:
—Voy a pedir matrimonio.
Micah traga espeso, un repentino nudo en su garganta le traba la voz. Sus manos se ponen temblorosas y un pequeño dolor le perfora el pecho, sensación extraña y antinatural para un cupido como él. Se sacude el malestar. Tal vez Kory tiene razón y cada vez se debilita más.
—Eso es hermoso. Entonces, necesitamos algo igual de especial. —Levanta una rosa roja—. Rosas para simbolizar el amor eterno. —Agrega lilas—. Para un nuevo comienzo. Y... —elige un par de peonías—. Buena fortuna en el matrimonio. Seguro que con esto, te dice que sí sin dudarlo.
El hombre deja escapar una sonora carcajada, asiente como para sí mismo y le dedica a Micah una mirada segura y filosa.
—Eso es seguro —clama.
A Micah le gusta el tono con el que lo dice. Si más humanos fueran como él de asertivos, menos oportunidad tendrían los anticupidos de esparcir su veneno y robar la energía de las emociones positivas.
—¿Qué opinas? —pregunta Micah, sosteniendo el ramo terminado.
—Es perfecto.
Micah no puede evitar sonreír también, mientras ata un lazo rosa alrededor del ramillete.
—Me has salvado —exclama al tomar el bouqué, sus dedos rozándose suavemente—, cuando llegué solo tomé el primero que vi. Ella siempre dice que quiere flores, pero nunca he entendido el punto de dar esto. Estoy haciendo una excepción solo por esta vez y no sabía qué elegir.
—Vaya, hay muchos lenguajes para decir te quiero —comenta aún con el fantasma del tacto ajeno en sus nudillos—, solo hay que encontrar cuál es el nuestro. Tal vez hoy las flores sean el medio.
—Gracias... ¿Micah? —dice su nombre lentamente mirando la placa de su mandil, al ángel lo corre por el cuerpo un dulce escalofrío. Su rostro se enrojece y prefiere desviar la mirada.
—Es parte del servicio —responde, pasando la terminal de pago digital con cuidado de no volverlo a tocar. Luego, con una sonrisa juguetona, agrega—: Sean muy felices, viejos, arrugados y felices.
«Algo que yo nunca podré ser» piensa con una amargura que le envenena el paladar pero cuando el hombre ríe, y su risa tiene un timbre cálido que parece llenar todo el espacio, Micah deja ir el pensamiento.
No es algo propio de él.
—Haré lo posible —es lo último que le dice antes de marcharse, dejando atrás el sonido de la campanilla tintineando.
Micah se queda inmóvil por un momento, no piensa en nada cuando camina hasta el dintel de la puerta y ve la espalda del desconocido perderse en la calle principal bajo la lluvia que empieza a menguar. La pista instrumental llega a su fin y las luces de la florería se difuminan con la noche cuando el ángel cierra el local.
No tiene forma de saberlo, si se hubieran mirado más tiempo, si se hubieran topado antes, en una parada del teleférico, en una esquina concurrida o en el simple cambio de un andén al otro, tal vez el fugaz momento se hubiera vuelto eternidad.
Este encuentro no era aún para ellos y la segunda vez que sus ojos fueran a encontrarse aún tardaría en llegar.
De hecho pasan tres años con extrema exactitud.
Micah sigue trabajando y viviendo en esa floristería cuando escucha la conversación de una mujer visiblemente alterada.
“Date la oportunidad, por favor Aarón, esta cita será perfecta. Lo prometo”
“Tienes que superar eso, no dejes que una arpía te deje sin corazón…”
La dama anda entre los pasillos de la florería, su tono álgido, angustiado. Bastan tres o cuatro frases más para que el cupido decida que aquél chico sería su nuevo objetivo.
Tal vez el último.
Poco sabe él que muchas cosas han cambiado desde aquella caída accidental y que ni él, ni Aarón, son los mismos.
¿Pero acaso no para eso él tiene flechas que pueden hacer ganar al amor? ¿Será suficiente?