Inicio del tormento
El hombre, de aspecto grotesco, semi calvo y con una obesidad mórbida, disfrutaba de una orgía en una habitación privada en un edificio empresarial. Las jóvenes, todas con máscaras de teatro que ocultaban sus identidades, lo rodeaban. Entre ellas, una en particular esperaba su momento, oculta tras una elegante máscara en forma de mariposa.
El infame sujeto era Genji Kamata, un conserje degenerado acusado de acosar a varias empleadas y de instalar cámaras ocultas en baños y vestidores femeninos. Nadie se atrevía a enfrentarlo, protegido por la impunidad de un sistema que lo consideraba insignificante. Para él, el dinero era su única pasión, y las mujeres no eran más que esclavas a su servicio, drogadas y manipuladas para satisfacer sus deseos más oscuros.
Una de las chicas se acercó, completamente desnuda, con un movimiento elegante y sensual. Su largo cabello oscuro caía sobre su espalda, y en su mano, oculta por las sombras, llevaba una katana y un cuchillo. La oscuridad de la habitación le daba la ventaja.
—¿Más sake, señor Genji? —dijo la mujer con una voz suave y seductora.
Genji reía, dándole una nalgada y mirándola con lujuria. —Claro que sí, preciosa. Tienes un cuerpo increíble. Tus tetas, ¡joder, eres perfecta!
Sus compañeras, envidiosas, miraban la escena con rencor, pero Genji seguía regodeándose en su poder.
—Ven aquí, cariño, no muerdo —dijo, acariciando de forma lasciva su mejilla.
Pero algo en la mirada de la mujer lo detuvo. Cuando la luz del televisor iluminó su rostro, Genji se quedó helado. Esos ojos azules… eran inconfundibles.
—¡No puede ser! ¡Tú... Honda Nanami!
Antes de que pudiera reaccionar, ella sacó el cuchillo y, con un solo movimiento, le cortó el miembro. Un grito desgarrador llenó la habitación mientras la sangre brotaba. Nanami lo observaba con una calma helada, mientras el cuerpo de Genji se retorcía en el suelo, su rostro deformado por el dolor.
—¡Maldita! —gruñó él, intentando en vano detener la hemorragia.
—Así es, Genji —dijo ella, quitándose la máscara—. Soy yo, la mujer cuya vida destruiste.
Los recuerdos de aquella noche volvieron a su mente: la droga que él le había administrado, la forma en que la había violado hasta romper su voluntad. Pero hoy, ella había vuelto por justicia, por venganza.
—¿Dónde está Hikawa? —preguntó Nanami, apretando los dientes mientras la furia latente en sus palabras lo hería más que la hoja.
Genji, con una sonrisa torcida a pesar del dolor, se burló. —Nunca te lo diré. Pero al menos te llevaré al infierno conmigo.
Intentó sacar un arma, pero antes de que pudiera alcanzarla, Nanami le cortó la mano. El hombre gritó, su risa convertida en un aullido de agonía.
—Juré venganza, y la cumpliré —susurró ella, con una frialdad que lo aterrorizaba.
Genji, sabiendo que estaba acabado, activó una alarma secreta. Las sirenas comenzaron a sonar mientras él reía con malicia. —No saldrás viva de aquí, Nanami.
Pero su risa fue interrumpida cuando Nanami, en un movimiento letal, le cortó la cabeza. El cuerpo cayó inerte, y ella, cubierta de sangre, miró el desastre con una mezcla de frustración y determinación. Se puso de pie y, escuchando los pasos de los Yakuza acercándose, tomó el arma del cadáver de Genji.
Los hombres entraron, pero Nanami, escondida bajo la cama, disparó a sus piernas, derribándolos antes de acabar con ellos de un tiro en la cabeza. La escena era una masacre.
Al ponerse un kimono, vio su reflejo en el espejo. La cicatriz en su espalda, una marca indeleble del horror que había sufrido, le recordó el propósito de su venganza. La ira y la tristeza se mezclaban en su expresión.
Salió de la habitación, su mente fija en una sola cosa: escapar del laberinto de ese edificio. Los Yakuza la buscaban, pero ella no dejaría que la detuvieran. Disparó a los guardias que custodiaban el pasillo, matando a tres de ellos, y cuando uno intentó atraparla, lo derribó con una patada certera, dejándolo inconsciente.
La tragedia de Nanami había comenzado mucho antes, pero hoy ella marcaba el inicio de su venganza. Y no se detendría hasta acabar con todos.
Nanami apretó con fuerza la empuñadura de su katana y, con un movimiento preciso, cortó la garganta de su enemigo, observando cómo la vida se escapaba en un torrente de sangre. Pero antes de que pudiera tomar un respiro, un Yakuza de gran tamaño la sometió, estrellándola contra la pared. El dolor atravesó su espalda, pero no se rindió. Aprovechando el impulso, lo empujó con todas sus fuerzas, haciéndolo caer contra un espejo que se rompió en pedazos, solo para recibir un golpe feroz en el abdomen que la lanzó a través de una puerta, rompiéndola en su caída.
Nanami, herida y sangrando, escupió sangre al suelo mientras se levantaba con dificultad. “Vas a lamentar haberme tocado, grandulón”, gruñó entre dientes, limpiándose la boca. Su katana había quedado atrás, y ahora estaba obligada a enfrentarse mano a mano con el gigante. La lucha fue intensa, ambos intercambiando golpes, pero Nanami, más ligera y ágil, encontró una ventaja. Con una patada certera, su pie impactó en la mandíbula del hombre, rompiéndola con un sonido desgarrador. Sangre, saliva y dientes salieron volando, y el cuerpo del Yakuza cayó pesadamente al suelo.
A pesar de su victoria, Nanami sintió cómo la fatiga comenzaba a apoderarse de ella. Respiraba con dificultad, pero su voluntad seguía intacta. Sus ojos buscaron con desesperación su katana, y al encontrarla, la levantó con una mezcla de nostalgia y dolor. Observó el arma como si fuera una vieja amiga. “Salgamos de aquí, cariño”, murmuró con una dulzura inesperada, acariciando la empuñadura como si fuera su salvación.
Sin perder tiempo, salió en busca de su vehículo. A medida que se alejaba del edificio, accionó los detonadores que había colocado estratégicamente. El sonido de las explosiones llenó el aire, y las llamas consumieron el lugar que había sido su prisión durante tanto tiempo. Nanami aceleró, sin mirar atrás, mientras las sombras del pasado se desvanecían en el fuego.
Detuvo el coche cerca de un lago, su rostro iluminado solo por la luz tenue del tablero. Al mirarse en el espejo retrovisor, sus manos se aferraron con fuerza al volante. La imagen de Shuuichi, su esposo fallecido, la asaltó con una brutalidad insoportable. Los recuerdos de su sonrisa, de su amor incondicional, y de cómo ella había destruido todo, la consumían.
—Shuuichi... mi amor... —murmuró, sus ojos llenándose de lágrimas—. No dejaré que ellos queden impunes, te lo juro. —Gritó su nombre con desesperación, como si al hacerlo pudiera traerlo de vuelta, pero el eco de su voz solo devolvía vacío y dolor.
Recordaba cada paso que la había llevado a este punto. El matrimonio que había destruido por su propio egoísmo, las aventuras prohibidas que la hundieron en una espiral de lujuria y traición. “Todo por culpa de Genji... maldigo el día en que lo conocí“, pensó, su mente regresando a ese fatídico momento en que su vida empezó a desmoronarse. La culpa y el remordimiento eran cicatrices profundas, al igual que la marca que llevaba en la espalda, una herida que ardía con el peso de su pasado.
—No pude protegerte, Shuuichi... arruiné nuestra vida y nunca te pedí perdón... —sollozaba, mientras el reflejo de la cicatriz en su espalda le recordaba el infierno que había atravesado.
Un año atrás, Nanami vivía una vida de lujuria y autodestrucción. Despertaba junto a uno de sus amantes, con el sudor cubriendo su piel y pastillas anticonceptivas en el buró al lado de la cama. Su amante, indiferente, le dejaba dinero antes de marcharse, como si fuera una simple transacción. Ella miraba su celular, lleno de mensajes preocupados de Shuuichi, y sentía un nudo en el estómago.
De camino a casa, pasó por un mercado, ignorando las noticias sobre prostitutas encontradas muertas, torturadas y abusadas. “Los días de paz han terminado”, se dijo en voz baja, aunque hacía tiempo que su paz interior se había desvanecido.
Al llegar a su edificio de apartamentos, su vecino Claude la esperaba en la puerta, recargado contra el marco con una sonrisa pícara.
—Hola, Claude —dijo Nanami con un tono coqueto, jugando con su anillo de compromiso mientras ocultaba su culpa detrás de una máscara de seducción.
Claude, quien ya había sido su amante en varias ocasiones, la siguió adentro del apartamento. Pero antes de cerrar la puerta, una vecina intentó hablarle con urgencia.
—Nanami, necesito decirte algo, es importante...
—Lo siento, tengo prisa —contestó fríamente, entrando con Claude y cerrando la puerta, lista para continuar con su descenso a la traición.
Cada paso que daba hacia el abismo la acercaba a la tragedia, y aunque intentaba ignorarlo, el remordimiento la devoraba lentamente.
Nanami dejó caer la bolsa de víveres sobre la mesa, sin poder apartar la vista de una pequeña caja de regalo con una nota a su lado. Apenas la tomó entre sus manos, Claude la atrapó por la espalda, sus manos recorriendo su cuerpo con ansias, avivando una excitación que ella había mantenido reprimida.
—Claude… ¿Qué estás haciendo? —preguntó con la voz entrecortada mientras él besaba su cuello, haciendo que la caja de regalo se le escapara de las manos y cayera al suelo.
—Nanami, he esperado tanto por este momento —murmuró él, su voz seductora al oído—. Sé que tu marido no te satisface. Yo puedo darte lo que necesitas.
Ella intentó resistirse, pero su cuerpo traicionaba su voluntad, cediendo a las caricias. Al final, se rindió a los impulsos, su voz ahogada en placer.
—No te detengas, Claude... hazme sentir deseada.
Los ojos de Claude brillaban con lujuria mientras sus manos seguían recorriendo su piel, sin embargo, frenó repentinamente.
—No aquí. Tengo un lugar más apropiado. ¿Vendrás conmigo?
Nanami, aún ebria de deseo, aceptó sin dudarlo.
—Te esperaré en un motel, cerca de la zona rosa —dijo él con una sonrisa seductora, sellando el pacto con un beso intenso.
Cuando Claude se marchó, Nanami se quedó de pie, mirando la puerta cerrarse tras él. Sus ojos se dirigieron hacia la pequeña caja de regalo que yacía en el suelo. Al abrirla, encontró unos hermosos aretes, y al lado, una nota escrita con amor por su esposo, Shuuichi. Mientras leía las palabras, un nudo comenzó a formarse en su pecho.
—Son tan bellos… —susurró con una voz temblorosa, pero a medida que avanzaba en la carta, una sensación oscura se apoderó de ella—. ¿Por qué siento que algo terrible va a suceder?
Lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas sin que ella pudiera evitarlo, aunque intentó contenerse. El peso del remordimiento cayó sobre ella, aunque lo apartó, como siempre hacía.
Esa misma noche, Nanami se preparaba para su cita con Claude. Escogió una blusa roja que resaltaba sus curvas, una minifalda de mezclilla y botas vaqueras, cubriéndose con una gabardina para disimular. Antes de salir, revisó su celular, notando que Shuuichi no había respondido sus mensajes. Una inquietud comenzó a crecer dentro de ella.
—Es extraño… él siempre me contesta —susurró, pero apartó el pensamiento y se marchó al encuentro de su amante.
Claude la esperaba en la calle, apoyado en un poste bajo la luz de un farol. Nanami corrió hacia él con una sonrisa radiante, besándolo con pasión, pero algo en sus ojos la detuvo.
—¿Estás bien, Claude? —preguntó, preocupada.
—Sí… perdona, solo cosas del trabajo. Entremos.
Una vez en la habitación del motel, el momento se volvió intenso. Nanami se sumergió en el placer, sus pensamientos ahogados en el deseo de sentirse viva, de olvidar por un instante su vida rota. Pero incluso en el éxtasis, una sombra de remordimiento la acosaba mientras miraba su anillo de bodas. “¿De verdad dejaré a Shuuichi por Claude?“, pensaba, pero pronto se vio interrumpida.
—Nanami, aún falta algo para que esta noche sea inolvidable —la voz de Claude cambió, tornándose fría.
—¿Qué sorpresa me tienes? —preguntó, aún expectante.
La respuesta llegó en forma de horror. La puerta del armario se abrió, y Genji, un hombre que ella conocía demasiado bien, salió con una cámara en mano, una sonrisa depravada en su rostro.
—Claude… ¿Qué es esto? —preguntó Nanami, su voz quebrándose.
—Vaya, nunca había visto a Nanami así —rió Genji, sosteniendo la cámara—. Este video nos hará millonarios.
—¡Claude, dime qué está pasando! —gritó Nanami, pero su amante permaneció en silencio, su mirada vacía.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió, y varios hombres armados con katanas entraron, seguidos por una figura femenina. Nanami reconoció de inmediato a Shouko, la enfermera de cabello azul.
—¿Shouko…? —balbuceó Nanami, incrédula—. ¿Tú estás detrás de esto?
—Claude no te contó la verdad, ¿verdad? —respondió la enfermera, su tono gélido.
Antes de que Nanami pudiera procesar lo que ocurría, dos hombres arrastraron un cuerpo a la habitación. Su corazón se detuvo al ver el rostro ensangrentado de su esposo, Shuuichi. Estaba mutilado, sus manos sin dedos, su cuerpo destrozado por la tortura. El mundo de Nanami se desmoronó.
—Shuuichi… —su voz se quebró en un susurro, mientras el peso de su traición la aplastaba por completo.
Nanami dejó caer su mirada sobre el cuerpo torturado de su esposo, su mente incapaz de comprender el horror que se desarrollaba ante sus ojos. Todo había comenzado con lo que creía era un simple encuentro secreto, una vía de escape, una emoción que llenaba los vacíos en su matrimonio. Pero ahora, todo lo que sentía era una punzada helada atravesando su corazón. Claude la sujetaba con fuerza, impidiéndole moverse mientras las lágrimas se agolpaban en sus ojos.
—¡Shuuichi! —gritó Nanami, tratando de liberarse, pero Claude la empujó con brutalidad, tirándola al suelo sin piedad.
—¡Déjame, Claude! —rogó con desesperación, su voz quebrada.
Shuuichi, apenas consciente, abrió los ojos, hinchados y llenos de sufrimiento. Al ver a su esposa desnuda, sometida en el suelo, su rostro se torció en una mueca de terror.
—¡Dejenla! Ella no tiene nada que ver con esto... ¡por favor! —imploró, su voz un eco de su propia desesperación.
—Shuuichi... ¿qué significa todo esto? —preguntó Nanami, buscando la mirada de Claude, pero lo único que encontró fue el vacío oscuro y cruel en sus ojos.
Genji, con una risa asquerosa, interrumpió desde el fondo de la habitación mientras se complacía en su propia depravación. —Oh, sí... sigue mostrando miedo, Nanami. Tu angustia me excita... —murmuró con una voz impregnada de malicia.
Entonces, una voz grave y autoritaria resonó en la habitación, deteniendo el caos por un instante. —Quizá yo pueda darle las respuestas, señorita Honda.
Los hombres en la habitación se apartaron, dejando paso a una figura imponente: un hombre vestido con un traje negro, una capa larga y un gorro de policía. El parche sobre su ojo derecho solo aumentaba la ferocidad de su mirada, una mirada que no conocía la misericordia ni el arrepentimiento.
—El jefe ha llegado... —murmuró Genji, con una mezcla de temor y reverencia.
Nanami miró al hombre que había entrado. Su presencia era abrumadora, como si un demonio se hubiera materializado ante ella. Sus ojos eran pozos de oscuridad, vacíos de toda emoción humana.
—Debería darte las gracias, Nanami. Gracias a ti, finalmente tengo a tu esposo aquí, justo donde quería. —La sonrisa del hombre era una visión retorcida de satisfacción.
—¡¿De qué hablas?! —gritó Nanami, su corazón latiendo con fuerza—. ¡¿Qué le han hecho a mi marido?!
Shuuichi, entrecortado por el dolor, trató de defenderla. —¡Si te atreves a hacerle algo... te arrepentirás!
El hombre de la capa negra rió suavemente, acercándose a Shuuichi con pasos firmes. —Permíteme presentarme... Soy Yakumo Hikawa, líder de los Yakuza. Y tú, Shuuichi, llevas la carga de una deuda de sangre... —Su voz se volvió un susurro cargado de veneno—. La deuda que tu familia contrajo conmigo cuando tu madre mató a mi hermano pequeño.
—¡¿Qué... qué estás diciendo?! —Nanami sintió un escalofrío recorrer su espalda, como si las palabras de Hikawa perforaran su alma.
Hikawa se agachó frente a Shuuichi, tomándolo brutalmente del cabello, obligándolo a levantar el rostro para mirarlo. La sangre y las lágrimas cubrían su rostro destrozado. —Juré que destruiría a cada miembro de la familia Honda... por haberme quitado a mi hermano. Y hoy, cumplo esa promesa. Tu madre ya no está aquí para ver esto, pero tú... pagarás por su crimen.
Nanami gritó con todas sus fuerzas, luchando por liberarse de Claude, pero la fuerza de su amante traidor la mantenía inmóvil. Mientras tanto, Genji filmaba cada momento, su risa depravada llenando la habitación.
—Eres una hipócrita, Nanami Honda. —La voz de Hikawa era gélida, llena de desprecio—. Has traicionado a tu esposo una y otra vez. Y gracias a tus infidelidades, he podido atraparlo. Tu propio deseo lo ha condenado.
—¡No... no es cierto! —gritó Shuuichi, luchando contra la verdad que le mostraban.
—Shouko, enséñale las pruebas a nuestro querido anfitrión —ordenó Hikawa, con una sonrisa macabra.
La enfermera de cabello azul vaciló un momento, pero la mirada asesina de Hikawa la obligó a obedecer. Al mostrarle a Shuuichi los videos, los gemidos y gritos de Nanami resonaron en la habitación, destruyendo el último fragmento de esperanza que quedaba en él. Con un murmullo ahogado, repetía: —¿En qué fallé...?
Los ojos de Shuuichi se apagaron, su voluntad rota, mientras Nanami, llorando desesperadamente, rogaba por el perdón de su esposo. Pero el infierno ya había sido desatado, y la tragedia estaba lejos de terminar.
—Lamento que hayas tenido que saberlo de esta manera Shuuchi, pero ella no tiene derecho a reclamarte, solo es una zorra, asi de simple, jurar un amor eterno ante un altar es lo más miserable que ha creado el ser humano, el amor es una droga que te debilita, y usted lo sabe.
—¡Por favor, ya basta! ¡Déjenlo en paz! —Nanami sollozaba con una angustia que rompía el aire, su voz apenas era un eco ahogado en el horror que la envolvía.
Hikawa soltó una carcajada oscura, el sonido reverberaba en la habitación, congelando la sangre de todos los presentes. Con una sonrisa retorcida, metió la mano en uno de sus bolsillos y, de forma teatral, sacó el dedo amputado de Shuuichi, aún con el anillo de bodas firmemente colocado.
—¡Ese... ese es el anillo de mi esposo! —gimió Nanami, su corazón rompiéndose en mil pedazos.
—Correcto, Nanami —respondió Hikawa, con una sonrisa perversa—. Es hermoso, ¿verdad? Pero lo que me hace reír es la frase que grabaron en él: “Juntos por siempre”. Qué ridículo... —se burló, su voz teñida de un desprecio hiriente—. Aunque debo decirte algo más...
Hikawa se inclinó hacia Nanami, acariciando su rostro con una suavidad que contrastaba grotescamente con la violencia de la situación. —No vales nada como ser humano. Eres débil, un simple alimento para mí, igual que tu esposo —susurró, mientras su mirada fría la desgarraba por dentro.
Con un gesto sutil, ordenó a Claude que le levantara la mano a Nanami. Tomó el anillo de boda de su dedo y lo sostuvo junto al de Shuuichi.
—¡Mi anillo! —exclamó Nanami, su voz rota por la impotencia.
Hikawa los hizo brillar bajo la tenue luz de la habitación, como si los anillos fueran trofeos de su macabra obra. —¡Que vivan los novios! —dijo con una risa cargada de maldad pura, antes de lanzar los anillos lejos, como si no tuvieran ningún valor.
—Sabes lo que debes hacer, Claude —ordenó Hikawa, su tono volviéndose helado—. Es hora de marcarla... para siempre.
Claude, en silencio, obedeció. Tomó a Nanami por los hombros y la forzó a girarse, exponiendo su delicada espalda. Hikawa desenvainó su katana curva, el acero brillaba de manera siniestra bajo la luz tenue. Nanami miró a su alrededor, buscando alguna salvación, pero solo encontró la frialdad y el desprecio en los rostros de quienes la rodeaban. Sus labios temblorosos apenas pudieron formar las palabras de su ruego.
—Por favor... —suplicó con voz quebrada—. No...
—Este es el día de tu juicio, Nanami Honda. —La voz de Hikawa resonó como una sentencia de muerte—. ¡Sufre en carne propia tus pecados!
El silbido del acero cortando el aire fue seguido por un grito desgarrador. Claude desvió la mirada, incapaz de soportar la brutalidad de la escena, mientras que Shouko temblaba, paralizada por el miedo. Solo Genji, con una sonrisa retorcida, se deleitaba en la agonía de Nanami, disfrutando cada momento.
La sangre comenzó a brotar de la profunda herida en la espalda de Nanami, desde la base de su cuello hasta casi llegar a los glúteos. Su cuerpo se estremecía de dolor, su piel pálida manchada por el rojo oscuro de su sufrimiento.
—Shuuichi... —murmuró débilmente, su voz apenas un susurro—. Shuuichi...
Hikawa se plantó frente a ella, limpiando la punta de su espada con un pañuelo de seda. —Qué conmovedor. Aún piensas en tu esposo... Esta katana ha acabado con incontables vidas. Se alimenta de los débiles, como tú. Esa es la ley de la vida: los fuertes sobreviven, los débiles mueren —dijo con calma, su mirada carente de compasión.
—Deja de filmar, Genji —ordenó Hikawa de repente.
—Pero...
Una mirada asesina de Hikawa bastó para hacer que Genji obedeciera de inmediato, apagando la cámara sin atreverse a cuestionarlo.
Nanami, con la sangre goteando de su cuerpo, apenas podía mantenerse consciente. Sus palabras se convirtieron en balbuceos mientras su mundo se desmoronaba. —Por favor... déjanos en paz... Shuuichi... perdóname... yo... no fui una buena mujer para ti...
Al escuchar el lamento de su esposa, algo en Shuuichi despertó. El hombre que había estado quebrado por el dolor y la tortura recuperó una chispa de vida. Con una furia desesperada, aprovechó un descuido de su captor y, sin pensarlo, lanzó un cabezazo contra el miembro de la Yakuza que lo sujetaba, aturdiéndolo lo suficiente como para liberarse. Shuuichi se lanzó hacia Hikawa, dispuesto a acabar con el hombre que había destruido su vida.
—¡Deja a mi esposa! —gritó Shuuichi, su voz quebrada por el dolor pero cargada de una furia desesperada.
—¡Mi señor! —exclamó Genji, sorprendido por el arrebato de Shuuichi.
El caos que llenaba la habitación se congeló en un instante silencioso. Hikawa y Shuuichi quedaron frente a frente, abrazados en una macabra cercanía, como si el tiempo se hubiera detenido. Shuuichi giró la cabeza lentamente, sus ojos encontrando los de Nanami, y forzó una sonrisa débil, una última señal de amor en medio del horror.
Pero su cuerpo traicionó ese momento de esperanza cuando un torrente de sangre brotó de su boca. Un gemido de terror llenó el cuarto. Nanami observó con horror cuando Hikawa, con una frialdad escalofriante, retiró lentamente la katana del pecho de su esposo, la hoja tintada de sangre. El cuerpo de Shuuichi cayó al suelo, en un impacto sordo que hizo eco en la mente de Nanami, creando un charco que se extendía bajo él como un símbolo de la tragedia que los consumía.
—Hu... huye... Nanami... —susurró Shuuichi, su voz rota mientras sus ojos empezaban a nublarse—. Sálvate... aún te... amo... —sus palabras se apagaron en sus labios cuando la vida se desvaneció de su cuerpo.
El grito desgarrador de Nanami llenó la habitación, resonando como un eco de su sufrimiento en los corazones de todos los presentes. La desesperación la empujó a correr hacia el cuerpo inerte de su marido, cayendo de rodillas mientras lo tomaba en sus brazos, su llanto incontenible mientras repetía, rota por el dolor:
—¡Perdóname, por favor, perdóname! —Su voz, ahogada en la angustia, se perdió en el vacío de su devastación.
—Todo ha terminado, Claude. Déjala —ordenó Hikawa, su voz vacía de emoción, como si la tragedia frente a él no fuera más que un simple espectáculo.
El grupo se reunió en la entrada de la habitación, sus miradas esquivas, evitando la escena desgarradora. Hikawa permanecía inmóvil, observando la devastación que había causado con una expresión fría y vacía, mientras Nanami lo miraba, su rostro bañado en lágrimas y su corazón envuelto en odio.
—¡Juro que acabaré con ustedes! —gritó Nanami, su voz ahora una mezcla de dolor y furia—. ¡Lo juro por todo lo que me queda, Hikawa! ¡Iré por tu maldita cabeza! ¡Uno a uno pagaréis por esto!
Hikawa, sin responder, salió de la habitación con sus hombres. El eco de sus pasos se desvaneció, dejando a Nanami sola en su infierno personal. Ella se quedó abrazando el cuerpo de Shuuichi, temblando entre lágrimas, incapaz de aceptar la realidad que la consumía.
El silencio se rompió con el sonido lejano de las sirenas de la policía, pero para Nanami, ese sonido no significaba nada. La vida como la conocía había sido arrebatada, dejándola sumida en una oscuridad que solo alimentaba el fuego de su venganza.
—Shuuichi... —murmuró entre sollozos, pero no hubo respuesta.
En ese momento, Nanami supo que su vida ya no le pertenecía. Viviría para destruir a aquellos que le habían arrebatado todo, y no se detendría hasta que cada uno de ellos cayera bajo el peso de su dolor y su ira.