El prĂncipe mentiroso.
El olor a quemado impregna la refinada estancia. Las cortinas hechas del encaje mĂĄs fino de Astria estĂĄn calcinadas casi en su totalidad, junto con la alfombra y el escritorio de roble blanco.
Vuelvo a llevar la mirada hacia el cadĂĄver retorcido que todavĂa humea en el suelo. La ropa que vestĂa se ha fusionado con la piel carbonizada, dejando un espectĂĄculo digno del mejor relato de horror.
Me paseo por la estancia, mientras el consejero espera mi veredicto. Muevo con la punta de mi bota la cabeza. Los ojos ya no existen y la dentadura estĂĄ casi al descubierto. Es bastante alineada, aunque no lo suficiente.
Levanto la mano y percibo el chispeo de la magia. Desea consumir mi alma casi tanto como yo deseo salir de este tedioso lugar.
La magia recibe la orden y unos cĂrculos azules rodean el cuerpo, tras eso, se forma una lĂnea que se dirige hacia el exterior.
âNo es Albor âhablo con cierta emociĂłn contenida. No sĂ© cĂłmo lo ha logrado, pero el hecho de que se haya marchado implica que debo cazarlo.
âEntonces ha escapado âmasculla Zan y se gira hacia los guardiasâ. Cerrad las salidas.
âEso es inĂștil ahora âcomento trenzando mi cabelloâ. A estas alturas, se encontrarĂĄ a buen recaudo con los fae rebeldes. Puede que en Rosa. O Ixora.
Zan me mira con el ceño fruncido. Va vestido con una armadura recia y sin decoraciones, del mismo color negro que su cabello.
âRecoged a ese pobre individuo âpide y camina hacia el gran balcĂłn que da al patio interior. Los hombres se apresuran a despegar el cuerpo y varios sirvientes entran silenciosos para limpiar la estancia. Es curioso contemplar lo insignificante que puede llegar a ser la muerteâ. ÂżQuĂ© haremos ahora, mi señor?
Termino de trenzar mi cabello y no me molesto en apartarlo hacia atrĂĄs.
âNo se preocupe. âCon agilidad llego al balcĂłn. El suelo estĂĄ a una distancia mĂĄs que considerable. QuizĂĄs no debĂ permitir que se quedara en una habitaciĂłn con balcĂłn. QuizĂĄs querĂa que escapara y no aburrirmeâ. Es mi obligaciĂłn cuidar del antiguo prĂncipe.
âÂżEnvĂo a algunos de mis hombres contigo?
âIrĂ© por mi cuenta y riesgo, cuanto menos se sepa que el prĂncipe Albor ha desaparecido, mejor. Tendremos que hacer algo con los que ya se han enterado de la noticia. Han de mantener su boca bien sellada.
Zan asiente y se queda pensativo un buen rato.
âCada vez hay mĂĄs reyertas âdice entre susurrosâ. Los fae, antiguos esclavos e incluso los habitantes del bajo mundo.
La lĂnea azul cae desde el balcĂłn hacia la fresca hierba de primavera. No tardarĂĄ en desvanecerse y tampoco puede llevarme directamente a Albor.
âEra de suponer ârespondo y me apoyo en la barandillaâ. Este siempre ha sido un reino de hadas y ciervos; centrado en permanecer impertĂ©rrito, pues su mayor orgullo era su tradiciĂłn. TradiciĂłn modificada para su conveniencia, por supuesto. Todo ser vivo teme al cambio, sobre todo si es brusco. Les daremos algo mĂĄs de tiempo para digerir su nueva vida.
Zan baja la mirada a sus manos enguantadas.
âEspero que no tengamos que recurrir a las armas, la gente comĂșn ya ha perdido demasiado. âSus palabras son suaves, sin embargo, puedo percibir la amenaza que subyace en ellas.
He aquĂ la Ășnica persona que se preocupa por los que estĂĄn por debajo.
âEso serĂĄ trabajo para el ejĂ©rcito de Shira âdigo y tras una leve pausa añadoâ. Aumenta protecciĂłn en palacio y en las viviendas de los consejeros. Tu trabajo serĂĄ mantener Astria a flote. Un trabajo algo complicado, pero sĂ© que puedes hacerlo.
Silbo un par de veces y mi coliazul viene volando. Agita sus pequeñas alas pardas con rapidez, da un par de vueltas a nuestro alrededor, se posa sobre mi hombro y junta su cabeza contra mi mejilla.
Me despido del consejero, sin la menor intenciĂłn de continuar con su conversaciĂłn polĂtica, y me dirijo hacia la estancia que he estado usando durante los Ășltimos dos veranos. Los pasillos de cristal estĂĄn casi vacĂos y mis pasos resuenan igual que cuando liberĂ© a los desgarrados para que se comieran a los fae.
Una vez llego a mi cuarto, aparto los pergaminos con textos antiguos que obstaculizan la entrada y revuelvo en el escritorio hasta encontrar una hoja de papel sin utilizar. Escribo una breve nota informativa a mi madre y la ato en la pata de Jengibre.
Tras verlo marchar, me siento en la cama cubierta de libros a medio leer y observo el desastre que es mi estancia. La ropa estĂĄ tirada por cualquier parte y casi no se puede atisbar el suelo de cristal fae. Nunca he permitido que los sirvientes limpiaran este lugar y al final ha resultado en una cochambrera.
Recojo poco a poco, a la vez que voy poniendo en orden mis pensamientos y lo que haré a continuación.
De entre las pĂĄginas de un libro, cae una hoja anaranjada de un ĂĄrbol cuyo nombre todavĂa no he descubierto. La recojo con cuidado y el recuerdo de Xistra bajo ese ĂĄrbol me deja un tanto aturdido.
CreĂ haberlo olvidado. Puse todo mi empeño en no pensar en Ă©l para que sus recuerdos se volvieran difusos como el paisaje en un dĂa de niebla.
Me entregĂł esa hoja y se guardĂł una. Me hablĂł sobre una receta que utilizaba la savia de un ĂĄrbol similar a ese mientras volvĂamos a la pequeña cabaña en la que planeĂĄbamos pasar la noche.
Eso fue antes de que él descubriera que soy un mentiroso.
Antes de que casi destruyera Astria.
Antes de que desapareciera de mi vida.
El tiempo pasa demasiado rĂĄpido.
Alzo la vista hacia el anaranjado cielo cubierto por esponjosas nubes y cubro mi cabeza con la capucha de la capa azul que he tomado prestada en la posada. Jengibre estĂĄ volando muy cerca. Ya ha entregado el mensaje y la respuesta he decidido no leerla de momento. De seguro, son quejas.
El gran mercado vespertino se extiende a lo largo de la amplia calle que cruza la ciudad de Rosa desde un extremo al otro. Los puestos son variopintos y hay desde joyas hechas de madera, hasta comida de Shira.
Observo a la gente que sonrĂe y parece haber olvidado el desastre que casi destruye su hogar, tres veranos atrĂĄs. La ciudad de Rosa estĂĄ cerca de NenĂșfar y en una zona relativamente cĂ©ntrica, por lo que siempre ha sido prĂłspera.
Los faroles de papel pintado con motivos shiranos estĂĄn siendo encendidos por los guardias de la ciudad y confieren a la atmĂłsfera un aspecto acogedor.
Echo a caminar, revoloteando por los puestos como una mariposa inquieta que no encuentra un buen lugar en el que posarse.
Visito una destartalada mesa sobre la que descansan diversas flores hechas de cristal. Mis ojos recaen en la pequeña margarita que yace al lado de un lirio.
Suelto un leve suspiro y le doy unas cuantas monedas para llevarme esa flor.
ContinĂșo mi camino; llego al final de la concurrida calle, muy cerca de la gran muralla que la separa de los campos y el Bosque de ciervos. Permitir este tipo de mercados todas las lunas, ha ayudado a que el reino adquiera una vitalidad de la que antes carecĂa.
Tras estos muros que protegen Rosa, hay una considerable cantidad de faes que todavĂa conservan sus riquezas y serĂĄ un buen paso para comenzar a buscar al prĂncipe.
Me acerco al Ășltimo de los puestos.
Los pasteles que hay tienen un aspecto delicioso y señalo a uno que se llama pan de mandarina.
âDeme uno de esos âpido.
âÂĄPor supuesto!
La animada voz me deja desconcertado por unos instantes. Encaro a la persona que estå vendiendo. Sus risueños ojos azules y el cabello negro, la piel oscura y esa sonrisa amigable.
âXistra âSu nombre se tropieza en mi boca.
Ăl parpadea un par de veces y abre la boca. Llevo un dedo hacia sus labios.
âNi se te ocurra decir âaltezaâ.
âNo es algo que me escucharĂĄs decir, Lirio.








