Capítulo:1 El Medidor
En la fríaldad de la noche, uno de los imponentes castillos del Señor Oscuro se erguia como una fortaleza de terror. Desde los muros oscuros, los gritos de dolor y ecos de batalla resonaban continuamente. Dentro de una de muchas de las mazmorras, un grupo de guerreros de aspecto humanoide, todos con cuernos que se alzaban desde sus frentes, estaban ensañandose con un esclavo. Este prisionero, atado de pies a cabeza con gruesas cadenas, era Reagar, un hombre que ya no conocía la libertad, pues había sido capturado desde muy joven. Los guerreros oscuros lo golpeaban y torturaban sin descanso, pero había algo extraño: Reagar no moría.
A pesar de que su cuerpo era destrozado una y otra vez por las brutales embestidas, siempre se regeneraba. En cuestión de segundos, los huesos rotos se unían, las heridas sanaban y la carne volvía a cubrir sus músculos. Reagar era un inmortal, una bendición que, en este contexto, se sentía más como una maldición. Los soldados oscuros lo usaban como un mero muñeco de entrenamiento, un ser al que podían destrozar sin miedo a perderlo.
La mayoría de los soldados lo llamaban "El Medidor", un título burlón que se refería a su invulnerabilidad. Lo utilizaban para medir su fuerza, y con el tiempo, Reagar dejó de preocuparse por el dolor. Se había convertido en una rutina: la tortura interminable, la regeneración, y luego el silencio, hasta que todo volvía a comenzar. Los años de cautiverio habían borrado todo rastro de esperanza en él. Reagar ya no se preguntaba por qué estaba allí ni cuál era su propósito. Simplemente existía, atrapado en un ciclo de sufrimiento.
El mundo que Reagar conocía estaba al borde del colapso. La humanidad, una vez orgullosa y libre, había sido derrotada por el señor oscuro y sus legiones. Tras la caída del héroe humano más grande, la resistencia había sido aplastada, y ahora solo un pequeño grupo de humanos, apenas el 20% de la población restante, luchaba por sobrevivir. El 80% restante había sucumbido al poder oscuro, y los soldados de ese ejército, humanoides con cuernos, eran abrumadoramente superiores a cualquier humano. Un solo guerrero oscuros podía acabar con dos hombres sin esfuerzo.
En una de las noches más frías, llegaron al castillo nuevos prisioneros humanos, capturados en uno de los últimos intentos fallidos de resistencia. Los pobres cautivos, aterrorizados, miraban con horror como Reagar era brutalmente tortura una vez más. Su invulnerabilidad no lo hacía inmune al dolor, y sus gritos resonaban por las paredes de la mazmorra. Aquellos que veían su destino sabían que pronto les tocaría a ellos sufrir de la misma manera.
Una vez más, la tortura terminó, y Reagar fue arrastrado a su celda. Esta vez, debido a una explosión cercana que daño parte del castillo, su celda habitual fue destruida. Lo colocaron temporalmente junto a otro prisionero humano. A diferencia de Reagar, este hombre, llamado Erick Sunlarse, aún tenía esperanza en sus ojos. Había estado encarcelado durante meses, pero mantenía una actitud sorprendentemente optimista, algo que a Reagar le resultaba desconcertante. Para el, el optimismo era una ilusión lejana, una reliquia de un tiempo que apenas recordaba.
El primer día en la misma celda, Erick devoró su ración de comida: un trozo de pan duro y un poco de agua sucia. Reagar, por su parte, apenas tocó su comida. Después de todo, ¿ que importancia tenía la comida cuando el sufrimiento era constante? Pasaron los días, y mientaw Erick intentaba mantener conversaciones con Reagar, este último apenas respondía. Había olvidado cómo interactuar con los humanos. Pero Erick era insistente, y a pesar del silencio de Reagar, continuaba hablándole.
Al cabo de una semana, Raegar comenzó a responder, aunque de mala gana. Erick siempre cantaba una canción mientras comía una melodía antigua que hablaba de la libertad. Era una tonada que había sido transmitida de generación en generación entre los humanos. Al principio, Reagar lo encontraba molesto, pero con el tiempo, algo dentro de él comenzó a cambiar. Quizás era la constancia de Erick, o tal vez la soledad que lo consumía, pero un día, finalmente habló.
- Oye, cállate con esa maldita canción –gruñó Reagar.
Erick, lejos de ofenderse, sonrió.
–¡Por fin hablas! Sabía que había alguien detrás de ese silencio.
Reagar bufó, pero Erick continuo con su tono animado.
– Esta canción es un himno de libertad. Si nunca la has escuchado, nunca has conocido lo que es la verdadera alegría.
Las palabras de Erick hicieron que Reagar se quedara en silencio. Miró al suelo, preguntándose que significa esa palabra. "Libertad". Era un concepto extraño para alguien que no había conocido más que cadenas y dolor.
—¿ Qué... qué es la libertad? –preguntó finalmente, con un tono de voz lleno de incertidumbre.
Erick lo miró fijamente, sorprendido por la pregunta. Luego, con un semblante más serio, le respondió.
-Es todo aquello que te permite ser dueño de tu vida. Es lo que nos arrebataron cuando fuimos capturados.
Reagar, confundido, se quedó mirando sus manos encadenadas.
–He estado aquí tanto tiempo... que ya no recuerdo lo que es ser libre.
Erick lo observó con empatia y decidió que era hora de darle algo de consuelo. Se acercó y le dio una palmada en la cabeza, en un gesto fraternal.
–Lo has hecho bien, Reagar. Y no te preocupes, te prometo que algún día te sacaré de aquí y te mostraré lo que es la libertad.
Reagar no supo que decir. Algo dentro de él, un calor que no había sentido en años, comenzó a despertar. Se dio cuenta de que por primera vez en mucho tiempo, alguien le había mostrado un acto de bondad. Y con ese pequeño gesto, algo cambió en su corazón. Mientras se permitía sentir esa calidez, las lagrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
–Llorar esta bien —dijo Erick, colocando una mano en su hombro– Aveces, es lo único que nos recuerda que seguimos vivos.
Reagar lloro en silencio durante varios minutos. No estaba acostumbrado a expresar emoción. Para el, todo había sido sufrimiento, pero ahora, gracias a Erick, comenzaba a recordar que había algo más allá del dolor. Mientras las lágrimas caían, escucho el grito de un guardia que patrullas las celdas.
–¡Callense de una maldita vez, humanos! ¡O morirán más rápido de lo que creen! –brama el guardia, golpeado la puerta de hierro.
Pero esta vez, las amenazas no afectaron a Reagar. Algo había despertado en él, una pequeña chispa de esperanza.
Cuando finalmente se calmó, Reagar miró a Erick y le hablo con más suavidad que antes.
–Gracias... por escucharme. Me llamo Reagar, aunque aquí me llaman "El Medidor". No puedo morir... y me usan para entrenar a las tropas.
Erick lo observó con asombro.
-Reagar, eso que tienes es un don. Y te juro por mi apellido que te sacaré de aquí y te llevaré a la libertad.