Hormonas
Según cualquier adulto normal, la etapa de la adolescencia es la más hormonal por la que puede pasar una persona. Allí suceden tantos descubrimientos personales, tanto interior como exteriormente. Cambios físicos y/o emocionales. Muchas primeras veces.
Demasiadas primeras veces.
Primer beso. Primer roce. Primer encuentro sexual. Primer orgasmo.
Y luego… Cuando se llega a una etapa más madura, el libido se calma. El deseo sexual se reduce. O eso dicen los psicólogos.
Para Roier eso era una completa mentira. Pues desde que cumplió la edad suficiente y probó por primera vez la fruta prohibida, su deseo sexual solo fue en aumento.
Primero fue con chicas. Unas vergonzosas pocas veces en las que se dió cuenta que eso no era lo suyo, pues Roier tenía algo más en la mira.
Hombres.
Oh, cómo le gustaban los hombres.
Su primera pareja masculina no fue la gran cosa, ambos eran jóvenes y muy inexpertos pero aún así fue como entrar en una especie de adicción insaciable.
Manos grandes y ásperas sobre cada parte de su cuerpo. Explorando sus puntos más sensibles. Y cuando finalmente entraba, Ahh… se sentía tan lleno.
Claro, su apetito sexual también afectó sus relaciones amorosas porque no puedes pretender mantenerte en una triste relación monogámica cuando hay tanto por probar allí afuera. Así que siempre estaba cambiando de compañero (Incluso hasta más de uno).
Y así siguió en la universidad.
En pocos meses Roier cumpliría veinticuatro años y allí estaba, encerrado en los baños de la prestigiosa institución, chupando una verga como si su vida dependiera de ello.
Cuando el agarre en su cabello se hizo más fuerte supo exactamente lo que tenía que hacer: Relajar la mandíbula y empujar lo más profundo que pudo, ignorando el reflejo nauseoso para poder tragar cada gota que salpicaba en su garganta.
Lo chistoso es que ni siquiera recordaba el nombre del tipo. Ya se había acostado más de una vez con él pero poco le interesaba la información personal. Solo quería satisfacerse por un rato, tener un pene dentro suyo (en la boca era suficiente) y ya. Diez minutos después ya había acomodado su ropa y salido del baño de hombres.
Esa fue la primera vez que lo vió.
— Oh, lo siento. —Se disculpó cuando al dar media vuelta se chocó con la persona que estaba apoyada junto a la puerta.— No te vi.
Al levantar la mirada, Roier juró que nunca había visto unos ojos tan llamativos en su vida.
Eran un par de hermosas amatistas con cierto tono oscuro y serio. Acompañadas de un abanico de largas pestañas que le daban un toque delicado.
Piel pálida. Nariz afilada. Labios finos…
— No te preocupes.
Dijo una voz grave con bellísimo acento que causó un leve escalofrío en el cuerpo del castaño. Pero la magia duró poco.
El chico se movió y comenzó a caminar hacia el lado contrario del que Roier tenía que ir. Inmediatamente no pudo evitar voltear para seguirlo con su mirada.
Cabello negro, revuelto, casi llegando a los hombros. Alto, quizás hasta el metro noventa, quién sabe. Hombros anchos. Manos grandes llenas de anillos…
Roier desvió la mirada y se dispuso a seguir su propio camino.
Si no se hubiera paralizado en ese momento quizás le hubiera coqueteado. Quizás hubiese vuelto a entrar en los baños pero esta vez acompañado por aquel desconocido.
Maldita sea.
En fin. De todas formas la Universidad no era tan grande. Sin duda se lo volvería a cruzar.
Y claro que lo hizo.
No solo una vez. Tampoco dos veces.
Roier había perdido la cuenta sobre todas las veces en las que se cruzó al desconocido. Podría decir que era pura casualidad. Pero por alguna razón, Roier sentía que estaba siendo perseguido por este tipo.
Siempre lo encontraba cuando terminaba de estar con alguien a escondidas o cuando estaba a punto de hacerlo. Roier se aguantaba las ganas de invitarlo a un trío porque generalmente los chicos con los que salía últimamente eran algo posesivos. Idiotas. Si supieran…
Pero volviendo al punto; eso era raro.
Era como si ese desconocido encontrara la forma para siempre estar presente justo cuando quería acostarse con alguien.
Debió darse cuenta en ese mismo momento.
Pero no. Roier tuvo que ser interceptado por el extraño para al fin caer en cuenta sobre lo que estaba pasando.
— Sé tu secreto.
Le dijo cuando lo atrapó entre las altas estanterías de libros que había en la biblioteca.
Roier primero lo vió con sorpresa, luego se relajó al reconocerlo y sus labios formaron una sonrisa divertida.
— ¿Ah, sí?
— Sí. —El pelinegro afirmó con seguridad mientras daba un peso atrás.— ¿No te da vergüenza revolcarte en cada rincón de la universidad?
El castaño soltó una risa corta.
“Revolcarse” por favor, ¿Quién usaba esa palabra para referirse al sexo en pleno siglo veintiuno?
Ese hombre debía ser un completo mojigato.
— Que observador, mi querido Sherlock Holmes. —Contestó con sarcasmo.— Pero déjame decirte que la vida es muy corta como para andar avergonzandose del sexo.
El más alto se cruzó de brazos y dejó reposar su espalda sobre la estantería detrás suyo. Le echó un vistazo de arriba a abajo y luego soltó una risa que podía ser confundida con un resoplido mientras negaba con su cabeza.
Y en ese momento Roier pensó que no le importaba que fuera algún tipo de virgen y religioso, él podría ponerse de rodillas para ese hombre.
— Quizás no te avergüenza el sexo en público, pero definitivamente debería avergonzarte acostarte hasta con los profesores.
Roier tragó en seco.
Eso había pasado solo una vez. En su defensa, el profesor de Derechos Humanos se veía muy joven para su edad.
Mmm, y también el profesor de Sociología. Aunque eso sucedió por su pésima calificación pero al final fue bastante placentero.
… Y quizás con el de- Mierda.
— Tengo entendido que ese tipo de relaciones no se permiten en este ámbito. Y también que un becado como vos no puede permitirse cometer muchos errores dentro de la Universidad.
Estaba jodido.
Roier creyó que había sido lo suficientemente discreto aquellas veces como para que ningún otro profesional (ni mucho menos el decano) lo descubriera. Pero al parecer ese tipo se las arregló para encontrarlo no una, sino varias veces.
De todas formas, era la palabra de él contra la suya.
— Con que andas de chismosito, ¿Eh? —Roier dió un paso hacia el frente, ensanchando los hombros intentando verse intimidante. Supuso que falló cuando una sonrisa divertida apareció en el rostro ajeno.— Nadie te creerá. Así que, ¿Por qué no te metes en tus-...
— No pienso decírselo a nadie.
—... ¿N-no?
El más alto se alejó de la estantería para enfrentar cara a cara al castaño, haciendo bastante evidente la diferencia de altura entre ambos.
Eso… eso es atractivo. Pensó Roier.
— No me interesa crear rumores ridículos.
— ¿Entonces por qué lo mencionas como si fuera una amenaza?
— Nadie te está amenazando, Roier. —Oh, sabía su nombre... Pues claro que lo sabía, pendejo.— En realidad solo quiero proponerte algo.
El susodicho lo observó extrañado hasta que su mente hizo las conexiones necesarias para rápidamente llegar a una conclusión exitosa. Entonces cambió su ceño fruncido por una sonrisa coqueta.
Generalmente Roier era quien buscaba a los chicos. Sí, había veces en las que ellos se acercaban por ciertos rumores (justamente) pero algunos ni siquiera eran su tipo. En cambio, a quien tenía enfrente suyo ahora era completamente su tipo.
Desvergonzadamente repasó la mirada por toda su persona.
— Debiste decir eso desde el principio. Yo estoy más que encantado.
Roier se mordió el labio inferior e invadió el espacio personal del pelinegro. Pero cuando elevó su mano hasta el cuello de la camisa ajena, el chico lo detuvo.
Tomó la mano entre la suya y Roier juraría que lo vió apretar la mandíbula en el proceso.
— No exactamente ese tipo de propuesta.
El más bajo resopló y quitó su mano de un brusco movimiento.
Adiós a la diversión.
— Lo que tienes de guapo también lo tienes de aburrido, ¿Te lo han dicho? —Siempre era bueno aligerar el ambiente con alguna broma tonta. Y logró su cometido cuando el contrario relajó su semblante.— En fin, ¿Qué es lo que quieres?
El desconocido se tardó unos segundos hasta que dijo como si nada:
— Quiero ver.
Roier, quién estaba echándole un vistazo a sus uñas sin poner atención, se detuvo en seco y volvió la vista hacia él.
— ¿Qué? —El rostro de Roier debía ser un poema en esos momentos.— ¿A qué te refieres?
El pelinegro rodó los ojos.
— Sos muy desvergonzado como para tener sexo en cualquier lugar sin tener en cuenta quien te pueda ver. Es algo que no te incomoda. —Explicó con simpleza.— Eso a mí me beneficia porque solo quiero hacer eso. Ver.
Roier parpadeó confundido.
Tampoco era un idiota. Sabía lo que eran los fetiches y él tenía muchos de esos. Pero nunca había conocido a alguien con Ese tipo de fetiche. Ni siquiera recordaba el nombre porque le parecía algo… ridículo.
O sea, ¿Quién quisiera ver sexo sin tocar ni ser tocado? Solo estar ahí… mirando. Para eso abres el buscador, escribes “Porno”, te masturbas y ya.
— ¿En serio? ¿Solo quieres eso?
Preguntó para confirmar, o quizás para rebuscar en el chico algún otro fetiche que incluyera el contacto físico.
Porque, qué pinche desperdicio.
— No voy a tener sexo con vos, si eso es lo que querés saber.
Puta madre.
Roier volvió a resoplar.
— ¿Solo ver? ¿Y ya?
— Si tenés problemas con eso, podés simplemente rechazar la propuesta. —Agregó, suponiendo que el más bajo comenzaba a echarse hacía atrás.— No soy una persona insistente. Solo ví una oportunidad y la agarré.
El castaño una vez más lo recorrió con la mirada, con su ceño fruncido intentando entender por qué ese chico no quería coger. O sea, por favor. Si hubiera un top de mejores cosas para hacer en la vida definitivamente sería:
1- Comer
2- Coger.
¿Acaso era casualidad que ambas empezaran con “C”? Lo dudaba. Pero ese no era el problema.
¿Quién vergas solo querría mirar?
Además, Roier está muy al tanto de su propio atractivo físico. De otra forma no se le haría tan fácil cambiar de pretendiente cada semana. Y tiene para elegir.
Roier solo tiene que hacer unas cuantas miraditas, batir sus pestañas, sonreír coqueto y ya puede tener a cinco hombres a sus pies rogando por cogerselo.
Pero este… Tipo.
¿Este tipo solo quiere ver cuando se lo cojan? ¿Qué le pasa?
Así que, lo más coherente sería rechazar la propuesta e irse a su clase de Derechos Humanos con el profesor guapo que se está perdiendo.
Sí, eso haría.
— Acepto.
O no.
Porque Roier quizás tenía otra idea en mente.
¿No quería acostarse con él? Ok. Entonces Roier se cogería a cualquier otro tipo como nunca antes lo había hecho solo para demostrarle de lo que se estaba perdiendo. Luego de eso seguramente lo tendría en su cama en un abrir y cerrar de ojos.
Después de obtener lo que quiere lo ignoraría como otro más.
— Muy bien. —Una nueva sonrisa apareció en el rostro del contrario, dejando ver al par de pequeños colmillos a sus costados.— Buscame cuando encontres al indicado.
El pelinegro se metió las manos en los bolsillos y comenzó a alejarse con la intención de abandonar la biblioteca. Pero Roier lo detuvo.
— Espera. —El chico apenas giró su rostro hacia él.— ¿Cómo quieres que te busque si ni siquiera sé tu nombre? no es justo. Tú sabes el mío.
Recibió una mueca dudosa como respuesta, casi imperceptible. Pero finalmente fue dicho:
— Spreen.
~ • ~
No era muy delicado de su parte llegar con un tipo y decirle “Hola, ¿Quieres coger conmigo mientras un metiche nos mira?”
Así que, la primera vez fue por lo fácil. Alguien que conocía bien, con quién ya tenía bastante confianza y sabía que no lo iba a rechazar por dos razones:
Roier le atraía mucho y era muy abierto con este tipo de cosas.
Además de que, dentro y fuera del sexo era la persona más amable que jamás había conocido.
— Cellbit. —Saludó al susodicho con un abrazo. Luego se alejó e hizo a un lado para que pudiera pasar a su departamento.— Siempre tan puntual. ¿No te cansas de ser tan perfecto, Gatinho?
El dueño de aquel apodo soltó una pequeña risa tímida mientras observaba el entorno de la habitación.
— No quería hacerte esperar.
Cellbit se acercó a Roier, colocando sus manos en la cintura del castaño e inclinándose para sellar un beso. Pero Roier corrió el rostro para que los labios ajenos se posaran en su mejilla.
— Aún no, Cellbo. Falta el “invitado”.
No hubo objeción de su parte. Ni tampoco una escena de celos. Solo asintió y depositó un pequeño beso en el cuello del menor.
Por eso Cellbit era el “indicado” para algo así. Prácticamente lo tenía a su disposición.
Pero volviendo al invitado…
Fue fácil para Roier encontrarlo luego de que Cellbit aceptara. Para sorpresa de Roier, Spreen era estudiante de medicina. Lo descubrió luego de preguntarle a sus compañeros si alguno lo conocía.
También eso. Al parecer el tipo era algo así como el mejor de su clase, por lo tanto su nombre no pasaba desapercibido en la universidad. Lo que sí pasaba desapercibido era su vida íntima.
Nadie sabía si estaba soltero o no. Si vivía con alguien. Cuál era su orientación. Con cuántas personas había estado. Si era un morboso que le gustaba mirar parejas teniendo sexo.
Roier intentó dar con algo de eso, pero nada. Incluso conoció al mejor amigo de Spreen: Carrera.
Pero hasta ese muchacho se negaba a decir algo. El único dato que logró sacarle era que a Spreen no le gustaba que hablaran de su vida personal. Que la última persona que se atrevió a difundir un rumor sobre él, la pasó muy mal.
Definitivamente eso asustó a Roier.
Y también era algo caliente.
Aunque, viendo la hora en su teléfono celular, creía que, o se había arrepentido o simplemente le jugó una broma.
Roier estuvo a punto de rendirse e ir a mamarsela a Cellbit cuando llamaron a la puerta.
— Llegas tarde.
Se quejó cuando finalmente vio al pelinegro en el umbral de su puerta.
— Dijiste ocho. Llegué dentro de las ocho.
Spreen ingresó como si se tratara de su propia casa.
Indignado volvió a ver la hora en su celular.
“08:24 PM”
— Me refería a las ocho en punto.
— Tenías que aclararlo.
Roier hizo un mohín molesto y se volteó hacia Cellbit en busca de apoyo. El pobre se sintió tan presionado que desvió la mirada inclinando la cabeza.
— Bueno, tienes razón Roier… pero técnicamente-
— Olvídalo. —Roier rodó los ojos y decidió no perder más tiempo. Levantó su mano y señaló al argentino.— Cellbo, él es Spreen. El fetichista del cual te hablé. Spreen, él es Cellbit, alias; Don perfecto.
El primero en extender su mano respetuosamente fue el brasilero.
— Mucho gusto, Spreen.
Pero el chico solo observó por unos pocos segundos su diestra antes de hablar. Sin aceptar dicho gesto.
— Igualmente, Don perfecto. —Spreen carraspeó y Cellbit alejó su mano algo inseguro. El más alto volvió su vista al castaño.— ¿Tu habitación?
Wow, de repente está helado aquí. Pensó Roier. Pero no dijo nada al respecto. Solo se movió entre ambos chicos para poder guiarlos a su cuarto.
No debería ser vanidoso, pero su departamento tenía un gran espacio y además, los muros estaban insonorizados. Eso era lo que buscaba Roier cuando su padre estuvo dispuesto a gastar fortunas para que su hijo pudiera tener más intimidad y no volverlo a encontrar en una situación comprometedora.
Su madre casi se infarta aquella vez.
— Siéntanse como en casa.
Ambos muchachos entraron, pero solo uno se tomó las palabras literalmente, quitándose el abrigo y dejándolo caer en el pequeño sofá frente a la cama.
¿Quién sería tan descarado?
— Escuchen, las cosas son simples.—Spreen comenzó a explicar mientras se acomodaba en el sofá como si fuera propio.— Ustedes cogen, yo no participo. Si quieren pensar que no estoy acá, adelante. No tengo problema. Pero voy a dejar en claro ciertos puntos…
Roier estaba conteniendo las ganas de volver a poner los ojos en blanco mientras que Cellbit escuchaba con suma atención lo que el tercer chico tenía para decir.
— Primero; quiero asegurarme de que tengo el total consentimiento de ambos para estar acá.
— Literalmente yo organicé todo.
Dijo Roier más como una queja. Luego toda la atención se posó en el brasilero.
— Eh… Bien, sinceramente esto es algo nuevo para mi pero quiero intentarlo. Nunca es malo probar cosas nuevas.
Su respuesta fue tan humilde que Spreen tuvo que analizarlo unos segundos antes de sonreír de lado. Entonces lo señaló y miró al mexicano.
— Él me cae bien.
Vete a la mierda. Respondió Roier en su mente.
— Muy bien, lo siguiente para aclarar es que, repito, yo no participo en ningún momento. No me interesa eso. Ni siquiera lo intenten. —La “regla” iba dirigida a ambos, pero por alguna razón Roier sintió que se lo decía solo a él. Y claro que se lo tomó a pecho. Estúpida regla.— Tercero; nada de lo que pase acá puede salir de acá. No quiero información innecesaria rondando por la universidad. Esto es privado, y si me entero que alguno abrió la boca… bueno, eso lo veremos más adelante. ¿Fui claro?
Cellbit tragó en seco y asintió repetidamente.
Mientras que Roier…
Mordió su labio inferior sintiendo como esas palabras entraban a sus oídos y hacían un camino de sensaciones hasta sus pantalones. Eso, wow.
Roier tenía fetiches, obvio. Como todos. Pero nunca creyó que fueran tan oscuros como para ponerse duro por una amenaza discreta.
Bien, se terminaron los juegos. Roier tenía que demostrar por qué había aceptado en primer lugar.
Hora de prender esta mierda.
— Sí, como sea.
En un abrir y cerrar de ojos, Roier ya había tomado a Cellbit por los hombros y estampado los labios contra los suyos.
Por su parte, Cellbit correspondió el beso algo sorprendido pero dejándose llevar a gusto mientras posicionaba con lentitud sus manos en la cintura ajena. Roier llevó las propias al cabello ajeno.
Tenía cierto gusto llamativo por el cabello largo en los chicos. Le gustaba tirar de él, empujarlo, acariciarlo…
En medio del beso, abrió lentamente sus ojos para enfocar la vista en el pelinegro con el cabello hasta los hombros. En otro momento hubiera halagado esos mechones ondulados, pero ahora sentía la rabia crecer en su pecho cuando lo vió mirando su celular.
El Imbécil estaba viendo la estúpida pantalla de su celular mientras ellos se besaban en frente suyo.
Ah, no. Eso sí que no.
Roier debía intentarlo aún más. Tenía que esforzarse para obtenerlo.
Así que comenzó a guiar a Cellbit hasta la cama perfectamente ordenada mientras tomaba el borde de la camiseta ajena, levantándola sobre su cabeza y lanzándola hacia algún punto de la habitación.
Cellbit no opuso resistencia alguna y todo lo hacía con delicadeza, como si fuera la primera vez que se acostaba con él, cuando no era así. Eso era bonito, un poco.
Pero Roier a veces necesitaba más que tímidas caricias.
Por eso lo empujó sobre el colchón y se alejó un momento despojándose de su propia camiseta. Luego abrió el cajón de la pequeña mesa de luz y sacó un paquete brillante de preservativo, junto a un pote de lubricante.
— Ro-
Roier lo calló con una mano sobre sus labios. Con la otra lanzó ambas cosas a un lado y luego la llevó hacia el cierre del pantalón ajeno. Lo abrió con facilidad, bajando un poco la tela para poder admirar el bulto que se escondía detrás de ella.
— Buen chico.
Murmuró lascivamente antes de volver a unir sus labios mientras manoseaba descaradamente el bulto sobre la tela del boxer.
Cellbit intentó acostarlo para cambiar los roles pero Roier se separó antes de que lo hiciera, dejando ver sus intenciones.
Roier retrocedió, llevándose el pantalón del contrario y dejándolo en el suelo. Cuando este quiso recomponerse, lo empujó nuevamente sobre la cama. Se deshizo también de los boxer y tomó el miembro en su mano.
Luego, lo primero que hizo fue poner su vista en el chico del sofá. Y una pequeña sonrisa de lado se dejó ver en sus labios cuando notó la mirada amatista fija en él.
Spreen había dejado su celular de lado para poner toda su atención en el par. Pero aún así su semblante serio, casi aburrido, no abandonaba su rostro. Y Roier tenía que lograr que Spreen deseara estar en el lugar de Cellbit.
Así que se inclinó, y con su mirada aún fija en el pelinegro, dió una lenta lamida desde la base hasta la punta del pene antes de engullirlo en su totalidad. Pudo escuchar el grave gemido que soltó Cellbit, pero su atención estaba en Spreen y en cómo este separó disimuladamente sus piernas.
Un punto a favor.
Con eso en mente, se concentró en lo que estaba haciendo. Subiendo y bajando lentamente, ahuecando sus mejillas para poder succionar con más fuerza y pasando su lengua por toda la longitud, haciendo hincapié en la sensible punta que comenzaba a soltar pre-semen.
En algún punto Cellbit posó la mano sobre su cabeza, pero sin empujar. Quizás intentando mantenerse en la realidad al estar tan cegado de sensaciones. Hasta estuvo a punto de tener la corrida más rápida que Roier jamás había visto, pero no lo permitió.
Esto aún no terminaba.
Roier se alejó y se quitó sus propios pantalones junto a la ropa interior. Se subió a la cama, a horcajadas del mayor. Tomó el lubricante y untó un poco en sus dedos, llevándolos a su entrada para comenzar a prepararse.
— ¿No… no quieres ir más lento?
Preguntó Cellbit pero Roier respondió introduciendo dos dedos y ahogando un jadeo. Comenzó a moverlos, sacándolos y volviendolos a meter. Separando los dedos y luego agregando uno más a medida que se fue acostumbrando.
Su propio miembro temblaba ansioso en cada embestida. Y solo bastaron unos cuantos minutos para que Roier finalmente estuviera listo para volver a posicionarse en su regazo. Con una mano tomó el falo y con la otra se sostuvo desde el pecho ajeno para comenzar a bajar introduciendo toda la longitud con un largo suspiro.
En la habitación solo se escuchaba ese sonido similar a chasquidos que eran producidos por el choque de pieles. Movimientos que hacía Roier sobre los muslos de Cellbit, sacando y adentrando la goteante erección.
Si Roier tuviera que elegir una posición favorita, definitivamente esa no estaría en su top cinco. Pero era la única forma de que el sexo con Cellbit tuviera más… Energía.
Si fuera por Cellbit, cogerían como dos tortugas. Según él; debía disfrutarse cada momento.
A veces era estúpidamente romántico.
— Dios, sí…
Gimió Roier moviendo sus caderas de adelante hacia atrás, sintiendo como el miembro temblaba dentro suyo.
Cellbit estaba a punto de explotar, lo sabía. Pero Roier ni siquiera había llegado a su límite. Necesitaba más. Mucho más.
Necesitaba algo más.
Y ahí fue cuando cometió el primer grave error.
Roier comenzó a saltar en busca de su propio orgasmo, casi de forma frustrada. E instintivamente levantó la mirada unos segundos en busca de ese algo.
Cuando sus ojos hicieron contacto visual con el par de amatistas, las descubrió con un tono más oscuro. Se sintió diferente.
Como si fuera la presa de un depredador.
Spreen mantenía una posición más relajada que al comienzo. Con sus piernas separadas y los brazos apoyados en el respaldo del sillón.
Su mirada viajaba entre ambos cuerpos hasta que subió a los ojos de Roier. Al no ver una reacción de su parte, Roier frunció ligeramente el ceño.
Algo que no pasó desapercibido para Spreen, quien inclinó su cabeza a un lado y en pocos segundos sus finos labios se estiraron en una pequeña sonrisa burlona.
¿Eso qué vergas significaba? Roier no lo sabía.
Lo único que sabía es que luego de ver eso se le escapó un gemido necesitado. Algo involuntario.
Y luego pasó.
Spreen alejó uno de sus brazos del respaldo y comenzó a bajarlo, muy lentamente.
Roier siguió la acción con su mirada mientras apretaba sus piernas en el cuerpo bajo suyo, aumentando el ritmo con el que se dejaba caer sin siquiera notarlo.
El brazo siguió bajando hasta que la mano hizo contacto con el muslo cubierto de tela. Ese par de fuertes muslos en los que Roier deseaba estar saltando.
El silencioso espectador pareció leer sus pensamientos porque subió su mano y apretó ligeramente, haciendo notar el recorrido de venas que paseaban desde el dorso de su mano hasta su brazo.
Roier en un descuido mental imaginó que esa fuerte mano lo estaba sujetando a él. Que quizás la persona debajo suyo no era Cellbit… sino Spreen.
Y cuando volvió a hacer contacto visual con él, fue instantáneo.
Roier dejó caer su cabeza hacia atrás soltando gemidos provenientes del fondo de su garganta mientras el potente orgasmo lo atravesaba casi como un rayo. Haciendo que sus pies cosquillearan y sus piernas temblaran hasta que terminara de liberarse manchando la piel impropia.
A los pocos segundos en que los últimos espasmos abandonaron su cuerpo y el mareo post-orgásmico se esfumó, al fin pareció entrar en razón.
¿Qué había pasado?
— Roier. —Cellbit se incorporó aún sosteniendo su cintura y llamando su atención.— ¿Guapito, estás bien?
El susodicho arrugó su entrecejo. Cellbit ya no estaba dentro suyo así que suponía que se había corrido.
— Sí, sí. Yo…
Sus palabras se quedaron en el aire cuando cierto pelinegro se puso de pie y salió del cuarto sin decir nada. Siendo seguido por la atenta mirada de Roier.
¿Qué? ¡¿Eso es todo?! Grito en su mente.
— E-estoy bien. Solo necesito aire. —Roier tomó espacio y se bajó de la cama, agarrando su ropa del suelo en el proceso. Luego la culpa lo invadió y volvió a acercarse al brasilero depositando un casto beso en su mejilla.— Estuviste fantástico. Solo dame un momento.
Roier ingresó al cuarto de baño aún un poco agitado y se acercó hasta el lavamanos abriendo el grifo para que el agua fría comenzara a correr. Llevó sus manos bajo el agua y se empapó el rostro con ella, intentando que esa acción le genere un pensamiento coherente.
¿Qué vergas había pasado?
Normalmente Roier tenía mucha más resistencia a la hora de llegar a su orgasmo. Podía estar toda la noche cogiendo hasta quedar seco. No había límites.
Por dios, no solía calentarse con solo una mirada pero al parecer hoy estaba tan… ansioso, que solo con ver ese par de amatistas tan atentas a él, llegó a su climax de una manera un poco abrupta.
¡Mierda!
No quería admitirlo pero tenía tantas ganas de cogerse a Spreen. Quizás el hecho de que ni siquiera lo quisiera tocar solo aumentaba el hambre insaciable que había dentro de él.
Chasqueó la lengua y tomó una de sus pequeñas toallas limpias para secarse el rostro antes de regresar a la habitación y lanzarse sobre Cellbit en busca de reemplazar ese pensamiento molesto. Posiblemente olvidarlo porque Spreen había dejado bien en claro que jamás lo tocaría.
Pero nunca digas nunca, pensó Roier entre gemidos mientras volteaba una y otra vez hacia la puerta de su habitación con la esperanza de que Spreen volviera a entrar.
No lo hizo.