El peso de la memoria

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Summary

Eva despierta en un pueblo que no reconoce, rodeada de personas que, al igual que ella, parecen haber olvidado quiénes son. Movida por una extraña sensación de urgencia y con la esperanza de encontrar respuestas, decide seguir el sonido de unas campanadas que tañen cada mediodía.

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1
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n/a
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13+

La duodécima campanada resonó por todo Cislas y marcó el mediodía con su eco solemne, deteniendo la vida en el pueblo por un instante. En el salón de una casa modesta de paredes encaladas y con su única ventana abierta a un cielo encapotado, Eva se encontró de pie. Sus dedos sujetaban con firmeza una bota de vino, cuyo contenido se había derramado por el suelo de tierra apisonada. Miró a su alrededor sin reconocer el lugar, ni la jarapa frente a la chimenea ni el libro sobre la mesa, ni siquiera el jarrón de flores junto a la ventana. Su vista la llevó hasta un espejo que le devolvió la mirada de una extraña: una joven de ojos inquisitivos y cabello oscuro recogido en un moño sencillo. Todo le parecía ajeno.

«No traigo a la memoria haber llegado aquí», pensó mientras su mente luchaba por aferrarse a algún recuerdo reciente o lejano. Se acabó sentando en un sofá de mimbre, junto a la ventana, para observar con más claridad y tratar de entender sus peculiares circunstancias. Fuera, en un campo de olivos, un mozo que sujetaba un palo de vareo miraba desconcertado hacia el horizonte. Cerca de él, un hombre había detenido su carro mientras discutía con la mujer que lo acompañaba.

-¡Olvídese! Ignoro quién sois, señor.

La mujer, de gesto agrio, saltó del vehículo, haciendo relinchar a los caballos, y corrió calle abajo hasta llegar a una ermita sobre la que se erguía una gran torre.

«¿A todos nos ocurre lo mismo?», se preguntó Eva antes de volver a levantarse para echar otro vistazo al salón. «¿A quién pertenece esta vivienda? ¿Es de mi propiedad?». Su mirada escudriñó la pequeña estancia de nuevo, y Eva hizo un listado mental de los objetos que pudieran orientarla: un jarrón, una jarapa, una bota de vino, un candil, una escoba de ramas... ¡El libro! Eva corrió hacia la mesa y lo cogió, pero resultó no ser un libro, sino un diario desgastado y con el lomo cosido cuya cubierta rezaba:Eva Ruiz. Su nombre estaba escrito a mano. «¿Podré yo ser la dama a quien se refiere este cuaderno?». La joven escribió las mismas palabras exactas, justo debajo, para cerciorarse de que la caligrafía coincidía. Abrió el diario, que apenas tenía algunas frases escritas en la primera página, sin un orden lógico o sentido aparente:¿Y si decidiera abandonar este pueblo? ¿Podrían algunos de estos individuos ser parientes míos? ¿Tengo esposo? ¿Y prole? El repicar de las campanas al mediodía. Todo comienza de nuevo...

Eva lo tenía claro: debía dirigirse a la ermita. Alterada, cruzó el salón hasta la puerta, que cerró tras de sí con un portazo. Había empezado a llover y algunos pueblerinos se refugiaban en cualquier zona cubierta que tuvieran cerca.

-¿Reside usted en esta vivienda, buena dama? -Un hombre con bombín estaba de pie bajo el alero de una casa y miraba la lluvia junto a una mujer de cabello rubio.

-No, señor, creo que no... -dijo la mujer, mientras se cruzaba de brazos y se mecía sobre ella misma para combatir el frío.

Eva siguió corriendo por la calle, acompañada del olor a tierra mojada, dejando atrás un murmullo de voces confusas y a otras tantas personas que buscaban cobijo sin saber si invadían un hogar ajeno o el suyo propio. Su paso era firme, a pesar de los resbaladizos adoquines de piedra.

Al llegar a la entrada de la ermita, Eva se detuvo un momento para recuperar el aliento. Arcos de medio punto adornaban la fachada, cubierta de hiedra, mientras estrechas ventanas rompían la monotonía de las paredes de piedra. En lo alto, la torre campanario se elevaba hacia el cielo gris.

Con determinación, Eva avanzó hacia la puerta de la ermita y cruzó el umbral. Las columnas mostraban capiteles dorados que el tiempo había desgastado, y el ábside, donde se alzaba el altar, estaba cubierto por una bóveda de cañón que se extendía a lo largo de la nave central, creando un efecto de solemnidad.

El olor a cera quemada e incienso le trajo cierto consuelo, aunque este se desvaneció con rapidez, pues una docena de personas que rezaban arrodilladas se giraron en su dirección.

-¿Y aquella dama? Tal vez posea algún conocimiento al respecto -dijo un señor mientras la señalaba.

-Señorita, ¿está usted informada de lo que está ocurriendo? -Una mujer la miraba con el ceño fruncido.

-¿Cómo podría una dama saberlo? ¡Esto es obra del maligno! -dijo otra señora en primera fila.

El rumor creciente de los creyentes se apoderó del lugar, al tiempo que las velas centelleaban en el altar, creando sombras que jugaban en las paredes de piedra. Al fondo, un hombre con sotana levantó ambas manos.

-¡Silencio! -exclamó-. Apenas podemos hacer otra cosa que orar. Interroguemos a Dios. Quién sino Él puede proporcionar réplica a este enigma.

-Solo vengo a ver el campanario -Eva alzó su cabeza para proyectar su voz en la sala-. No deseo perturbarles. Continúen con sus plegarias y busquen respuestas. «Yo encontraré la mía», pensó.

Cruzó la ermita hasta llegar a una pequeña puerta junto al ábside. La abrió y comenzó a ascender por una escalera de caracol. Al llegar al final, la lluvia que se filtraba por los arcos del campanario la golpeó con fuerza. Frente a la campana había un anciano de figura encorvada y cuyos ojos escudriñaron a Eva.

-¿Con qué intención has venido? -dijo.

-Vengo en busca de respuestas -respondió la joven.

-¿Respuestas, dices? -El anciano soltó una carcajada-. Respuestas hallarás, muchacha. ¿Qué conocimiento anhelas?

-¿Por qué el olvido ha nublado las mentes de los aldeanos? ¿Es usted el responsable?

El anciano anduvo un par de pasos hacia la joven y se aclaró la garganta.

-Sí, soy yo quien lleva a cabo el rito -admitió mientras miraba al suelo-, pero no es un mero antojo personal. Todo forma parte de un pacto ancestral, un sacrificio necesario para proteger a Cislas de un fatal destino.

-¿Un sacrificio? -Eva tensó la mandíbula-. ¿Qué implica eso?

El anciano se acercó a la campana y acarició su superficie.

-Hace años, nuestro pueblo estaba al borde de la aniquilación. Un terremoto, tan formidable como ningún otro, amenazaba con engullirnos. En nuestra hora más lúgubre, un espíritu primordial, antiguo como la creación misma, se manifestó -Su mirada se perdió en el horizonte-. Nos ofreció salvación a cambio de un tributo inusual: nuestra memoria. Sostuvo que los recuerdos humanos albergan las semillas discordantes, la esencia de todo mal. Es por ello que, cada mediodía, con el tañido de la duodécima campanada, nuestros recuerdos se desvanecen para asegurarnos la paz.

-Y si el sonido de la campana cesara, ¿qué acontecería entonces? -dijo Eva.

-Si la campana dejara de sonar y los recuerdos se acumulasen en Cislas, el pacto se quebraría, el espíritu regresaría y la calamidad que nos amenazaba se vería multiplicada por mil.

Sobrecogida por la revelación del anciano y negándose a creerla, Eva huyó presa de un miedo atroz. Cruzó la ermita y corrió por las calles del pueblo hasta llegar a la casa donde había despertado. Cerró la puerta con fuerza. «¿Vale la pena ceder nuestra memoria a cambio de un pacto cuya autenticidad nos es ajena?».

Al día siguiente, justo antes del mediodía, Eva regresó hasta la puerta de la ermita, decidida y temerosa. Mientras las campanadas empezaban a sonar, una tras otra, la joven entró en el santuario, ahora vacío. Al sonido de la cuarta campanada, Eva inició su ascenso por la escalera de caracol mientras su corazón latía con violencia. Sexta campanada, séptima campanada... Eva llegó arriba con el tañido de la décima, y entonces vio al anciano empujar con destreza la cuerda que colgaba del badajo.

-¿Otra vez tú? -preguntó con sorpresa y continuó con su labor.

En el momento en el que hizo sonar la undécima campanada, Eva se abalanzó sobre él y lo derribó, provocando que el anciano cayera con violencia en el suelo.

-¡¿Qué has hecho?! -dijo este con los labios temblorosos.

Eva miró a su alrededor, expectante. El sol brillaba con fuerza e iluminaba los campos de trigo que rodeaban el pueblo. La joven se agachó para poner su cabeza cerca de la del anciano, que la observaba con temor.

-¿Ve? -dijo Eva-. Hemos detenido el pacto y nada sucede. Tome mi mano y...

Un estruendo atroz silenció la voz de la joven y sacudió el pueblo. En la lejanía, gritos de pánico se sumaron al ruido. A sus pies, el suelo del campanario se resquebrajó y, encima de ellos, unas grietas se abrieron violentamente en el techo. Mientras restos de polvo y piedra se precipitaban en un caos frenético, Eva recuperó su memoria. El hombre con bombín que se cruzó el día anterior era su marido. Una de las feligresas, su hermana menor. De hecho, conocía a todos en el pueblo. La joven se fijó en el anciano, que seguía en el suelo, y recordó su rostro mientras la acurrucaba en las noches frías, su olor a sudor y a tierra al venir del trabajo y sus manos callosas al trenzar el mimbre. Eva lo miró con una mezcla de cariño y miedo.

-Padre... -dijo al tiempo que el techo del campanario cedía y los sepultaba bajo el peso de sus recuerdos.