El Último Brillo Del Arco Iris
Eran apenas unas luces que brillaban sobre el horizonte, una suave aurora que pintaba el aire con destellos rosados y violetas. Una brisa perfumada de lavanda rozaba el rostro de Mara mientras avanzaba, sintiendo el césped fresco y húmedo bajo sus pies descalzos.
A lo lejos, podía ver a Tobías, su perro, de pie, inmóvil, esperando en el borde de aquella extraña y hermosa extensión de colores que se alzaba en el aire como un puente infinito.
—Tobías… —susurró ella, con un nudo en la garganta, pero el perro no se movió, solo giró la cabeza para mirarla con aquellos ojos que ella tanto amaba, cálidos y tranquilos, con ese destello pícaro que siempre parecía decirle que todo iba a estar bien.
—¿Por qué no vienes? —preguntó Mara, temblando mientras trataba de alcanzar su pelaje suave.
Tobías ladeó la cabeza, como intentando entender, pero sus patas seguían firmes en el arco iris, un paso más allá de lo que Mara podía alcanzar.
Cuando ella dio otro paso, sintió cómo el aire vibraba, llenándose de una extraña melodía que parecía venir de todas partes, de las hojas, del agua que corría en algún sitio lejano, del mismo cielo.
Tobías emitió un leve ladrido, apenas un susurro, y luego bajó la cabeza en señal de despedida.
—No puedes venir todavía, Mara —escuchó que decía alguien a su lado.
Mara se volvió, sorprendida, y ahí estaba, una niña pequeña con grandes ojos oscuros y una expresión suave en su rostro.
Mara intentó hablar, pero la niña negó con la cabeza.
—Tobías no va a cruzar solo. —La voz de la niña era un susurro que llenaba el aire—. Hay muchos otros aquí que lo acompañarán. No estará solo.
Mara miró más allá del puente, y ahora veía otros destellos moviéndose, pequeñas figuras que reconocía de alguna forma: un gato gris, una perrita anciana de orejas caídas, un conejo blanco con una mancha marrón en la nariz… Todos observaban a Tobías con paciencia, como si estuvieran esperándolo.
Su corazón latía con fuerza, y quiso correr hacia él, abrazarlo y no dejarlo ir. Pero la niña tocó su brazo suavemente, y el dolor en el pecho de Mara se transformó en una sensación de paz, como si el mundo entero hubiera tomado un respiro.
—¿Le dolerá? —preguntó en voz baja, apenas logrando que las palabras salieran.
La niña la miró, y en sus ojos había una ternura infinita.
—Aquí no hay dolor, solo amor. Lo que tú sientes, él también lo siente. Y cuando sonrías al recordarlo, eso es lo que llevará con él.
Mara respiró hondo, intentando llenar sus pulmones de aquel perfume dulce, impregnando cada rincón de su ser con el último recuerdo de Tobías. Quiso grabarse cada detalle: sus orejas en punta, su cola en movimiento lento, sus ojos brillando bajo la luz del arco iris.
—Adiós, Tobías —murmuró, con lágrimas rodando por su rostro—. Ve, amigo, corre libre…
Tobías lanzó un último ladrido y, con un movimiento suave, cruzó el puente. Sus patas se volvieron etéreas, perdiéndose en los colores brillantes, hasta que solo quedaron destellos fugaces que se desvanecían en el aire.
La niña permaneció a su lado mientras el silencio regresaba, un silencio que ahora se sentía lleno de amor y despedidas.
—Él siempre será parte de ti —dijo la niña antes de desaparecer como un suspiro.
Mara se quedó allí, mirando el arco iris, mientras el cielo se apagaba lentamente, y supo que su amigo la acompañaría siempre, tan cercano como el latido de su propio corazón.
El cielo comenzó a llenarse de estrellas, una a una, como si cada destello fuera un recuerdo de Tobías regresando a ella, con un brillo suave que le iluminaba el alma.
La vista de Mara permaneció fija en el horizonte donde el arco iris comenzaba a desvanecerse, dejando un rastro tenue, casi como una caricia.
Un susurro de hojas rompió el silencio. Un viejo roble, alto y robusto, extendía sus ramas sobre ella, y Mara sintió cómo una suave brisa acariciaba su cabello, envolviéndola en un murmullo que parecía cantarle una canción de cuna.
Una voz la sobresaltó.
—¿Vas a estar bien? —
Era su abuelo, que se acercaba despacio, sus pasos crujían sobre el suelo cubierto de hojas secas.
—No lo sé, abuelo… —La voz de Mara temblaba. Las palabras le raspaban la garganta como si cada una llevara un pedazo de ella misma.
El abuelo guardó silencio, mirando el cielo que ahora parecía un manto infinito, bordado con esos puntos de luz. Se sentó a su lado en el suelo, y sin decir nada, tomó su mano, envolviéndola con sus dedos fuertes y cálidos.
—Yo también tuve un amigo, ¿sabes? —murmuró él, casi como si hablara consigo mismo.
Mara parpadeó y lo miró, buscando en el rostro de su abuelo, en cada arruga y en la forma en que su mirada se perdía en las estrellas. Su corazón latía despacio, acompañando el ritmo pausado de la respiración del hombre a su lado.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó ella, sintiendo una curiosidad que no había sentido antes, un deseo de saber, de entender algo que le ayudara a calmar el dolor.
—Lorenzo —contestó el abuelo, y sus labios formaron una sonrisa leve, casi un suspiro. Miró las estrellas por un largo momento, como si estuviera viendo algo que ya había desaparecido—. Un caballo blanco, de ojos oscuros. Fuimos inseparables… hasta que él también cruzó ese puente de luz.
Mara apretó la mano de su abuelo, sintiendo cómo la tristeza de él se mezclaba con la suya, creando algo cálido y sereno.
—¿Y duele siempre así? —su voz se quebró en un susurro.
El abuelo la miró con esos ojos profundos que parecían contener historias infinitas. Le acarició el cabello con un gesto lento, como quien quiere transmitir todo el amor que guarda en el corazón.
—El dolor se hace más suave, como el viento que ahora acaricia las hojas —dijo en voz baja—. Lo que queda es la gratitud… el saber que fueron nuestros compañeros. Porque eso no se va nunca, Mara. Tobías siempre estará a tu lado. Cada ladrido, cada travesura, cada abrazo, están aquí —señaló su pecho— y en algún rincón de allá arriba —murmuró, mirando las estrellas.
Mara sintió cómo el peso en su pecho parecía aliviarse, reemplazado por una calidez que, poco a poco, con cada palabra de su abuelo, iba llenando el vacío.
—Gracias, abuelo… —susurró, mientras dejaba que el silencio volviera a envolverlos, sabiendo que en esa quietud también estaba Tobías, corriendo libre bajo un cielo eterno.
Los dos permanecieron bajo las estrellas, compartiendo el mismo amor, la misma pérdida, y en el aire flotaba una paz que los unía, como si la esencia de todos sus recuerdos descendiera sobre ellos, dejando un suave murmullo de amor que llenaba la noche.