INMORALMENTE MÍO.

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Summary

Kallie Hadid quedó huérfana y bajo la tutela de su tía, quién la ingresó en un centro estudiantil de tiempo completo y del que no pudo salir hasta que cumplió la mayoría de edad. Kallie ha pasado la mayor parte de su vida en una burbuja estricta y estudiantil, lejos de poder experimentar de su juventud y de la herencia que le dejaron sus papás. Al cumplir 18 años finalmente ha salido de la prisión académica en la que su tía la ingresó y no descansará hasta vengarse de ella quitándole lo más sagrado y valioso que tiene; ¡su esposo! Mitchell Sinclair es un millonario y maduro hombre de 45 años dueño de la agencia de importaciones y exportaciones más importante del país entero. Es dominante, controlador y posesivo, un hombre ideal para fungir el papel de sugar daddy. ¿Podrá Kallie lograr su objetivo de apoderarse del esposo de su tía? ¿Un hombre tan maduro e imponente como él se doblegará ante los encantos, la dulzura, torpeza y sumisión de su propia sobrina política? ¿Lo que inició como un juego se convertirá en un juego pervertido, inmoral y posesivo? ¿La diferencia de edad importará? ¿Kallie logrará convertir a Mitchell en un hombre suyo pese a lo inmoral que eso es? ¡Descúbrelo tú mismo!

Genre
Erotica
Author
Itzel IV
Status
Complete
Chapters
37
Rating
4.9 22 reviews
Age Rating
18+

PRÓLOGO


Tenía dos semanas de haber salido del internado académico en el que mi adorable tía me ingresó cuando mis papás fallecieron y obtuvo mi tutela, dos semanas armando mi glorioso plan para vengarme de ella por arrebatarme mi felicidad y mi juventud, por haber hecho de mi vida una completa mierda llena de soledad, por no permitirme conocer lo que era el apego sentimental, por abandonarme cuando era una niña vulnerable que acababa de perder a sus papás y por causarme irremediable e interminable dolor.

Sí, me internó en Institut Le Rosey, el mejor colegio privado no sólo de Suiza, sino del mundo entero y aparentemente le restaba culpabilidad y maldad el hecho de que hubiese gastado anualmente cientos de miles de dólares de su propio bolsillo con el pretexto de apreciarme y de querer lo mejor para mí cuando la realidad era que lo único que siempre quiso fue mantenerme lejos de ella y evitarse la fatiga que le provocaba ser la tutora de alguien a quién ni siquiera quería, invertir tanto en mí con tal de que no interrumpiera la perfecta vida que se daba a causa del porcentaje que le tocó de herencia al ser mi tutora y por revolcarse con hombres millonarios, sólo recalcaba lo mucho que me despreciaba.

Odiaba a Stella Sinclair «anteriormente Stella Hadid» como nunca odiaría a nadie en mi vida y antes de que me acusaran de maldita, tenían que comprender que nuestro odio era mutuo luego de considerar todo lo que hizo con tal de deshacerse de mí, ella me arrebató mi libertad y yo le quitaría a su marido.

A pesar de todo, agradecía mucho que hubiese sido un poquito consciente y que en vez de ser tan cliché e internarme en un convento de monjas me hubiese internado en un colegio de renombre mundial en el que me convertí en una cerebrito, en el que aprendí idiomas, en el que me convertí en una innata deportista y en el que aprendí mucho de arte, cultura, tecnología y aspectos administrativos-contables.

Detestaba admitir que gracias a su cruel decisión de abandonarme en ese colegio era una mujer tan capaz, culta, deportiva, artística y políglota, pero si algo me enseñó ella de manera tácita, fue a ser malagradecida y nunca aceptaría en voz alta ni le agradecería que gran parte de lo que era se lo debía a ella y a su frío y endurecido corazón.

Eventualmente me acostumbré al instituto incluso con lo estrictos que eran y con que la libertad era inexistente al estar rodeado de cámaras, micrófonos y aplicaciones de espionaje en nuestros celulares que enviaban alertas a los directivos cada que mencionábamos alguna palabra altisonante, cada que intentábamos buscar cosas prohibidas en nuestros celulares y cada que nuestros historiales se llenaban de la oscuridad que ahí dentro no nos permitían experimentar.

La hora máxima que teníamos para despertarnos eran las 7am, ya que a esa hora se servía el desayuno, de 8am hasta las 3:30pm estudiábamos diferentes asignaturas dependiendo del grado y nivel en que estuviéramos, a partir de las 4:30pm iniciaba el horario deportivo que consistía en al menos 2hrs diarias de entrenamiento físico en la especialidad que tú eligieras «en mi caso practiqué equitación desde que entré y con el paso de los años fui uniéndome a entrenamiento de danza aérea, tenis y voleibol» una vez que se acababan las actividades deportivas, daba inicio los cursos extracurriculares de artes, teatro, música e idiomas.

Los días para los más pequeños terminaban a las 8pm y para los adolescentes hasta las 10pm, a veces hasta las 11pm, dependiendo del aguante que tuviera cada estudiante.

Las clases se impartían de manera bilingüe en inglés y francés, pero adicional a eso debías de estudiar como mínimo dos idiomas más, yo elegí alemán y ruso, aunque pasé tanto tiempo internada que terminé saliendo con conocimientos básicos de 6 idiomas en total.

Teníamos la “libertad” de vestirnos como deseáramos siempre y cuando fuera ropa recatada y en colores tenues, los únicos días que nos obligaban a usar el uniforme que consistía en traje blanco de falda para las niñas era en ocasiones y eventos muy especiales, tales como graduaciones y fines de curso.

Durante la primavera, el verano y el otoño nos alojábamos en un campus y en invierno nos mudábamos a otro que estaba muy cerca de los Alpes suizos en los que practicábamos deportes invernales, el esquí siempre fue mi deporte de nieve favorito.

Institut Le Rosey era un gran lujo y privilegio para cualquiera, no negaba que fui muy afortunada al tener tantos conocimientos en diferentes rubros de mi vida siendo tan joven, pero no importaba qué tanto hubiese aprendido estando ahí, una jaula siempre sería una prisión sin importar que fuera de oro e incluso disfrutando de todo lo que el internado suizo de tiempo completo brindaba, siempre me sentí encerrada, abandonada y ultrajada.

No era inocente al querer vengarme de mi tía de la única manera en la que le dolería «¡quitándole a su millonario esposo!», pero si era una inepta en el aspecto sexual al no poder ni siquiera coquetear o voltear a ver al resto de los chicos del instituto, era un colegio mixto, pero deleitarnos la vista con chicos era una acción prohibida y era debido a mi inexperiencia para seducir que tuve que investigar mucho respecto a la sexualidad y no temí en buscar todo lo que nos impedían buscar en el internado en cuánto llegué de manera sorpresiva a la casa de mi tía y de su adorable, millonario y exquisito esposo.

En caso de haber llegado a su mansión en un horario en el que Mitchell «mi objetivo a cazar» no estuviera, me hubiese corrido a patadas, pero no tenía la intención de mostrarse tan cruel y despiadada como realmente era, no quería que su esposo sospechara de la demonia que era, razón por la que fingió emocionarse ante mi llegada y no tuvo más remedio que alojarme en su dulce hogar construido a base de mentiras, apariencias y sexo, ¡mucho sexo!

A mis 18años recién cumplidos no tenía ni la menor idea de lo que quería hacer con mi vida, no sabía qué estudiaría en la universidad y ni siquiera estaba segura de querer cursarla incluso cuando tenía acceso asegurado a las mejores de ellas por haber estudiado en Le Rosey, no era por alardear, pero era lo suficientemente capaz de obtener el empleo que deseara con tal de entregar mi certificado de estudios en el mejor colegio del mundo, era joven e inteligente, tenía la vida entera para decidir qué estudiar, pero para poder enfocarme de lleno en mí misma, primero tenía que llevar a cabo mi plan de herir a Stella y el no estar estudiando fue el pretexto perfecto para pedirle a mi tío «quién era un témpano de hielo con todo el mundo menos con Stella y ahora conmigo y el mismo hombre que aseguró que me daría amor paternal» que me diera trabajo en su agencia aduanal, Mitchell era tan o tal vez incluso más millonario que mis papás porque su empresa de importaciones y exportaciones era la más importante de toda Australia, algunos se dejaban llevar por los canguros y los animales peligrosos del país, la realidad era que de manera silenciosa Australia estaba superando en muchos aspectos a países primer mundistas tal y como lo era Estados Unidos, país del que éramos originarias mi tía y yo.

Recién llevaba una semana trabajando con Mitchell, al principio quiso que fuera asistente de su asistente y me rehusé a obedecer, no quería olerle los gases a la odiosa de Sienna ni quería ser la gata de la gata, sino estar con él a toda hora y en todo momento con el principal objetivo de conocerlo para así poder seguir armando estrategias que me permitieran conquistarlo, bastó con expulsar lágrimas de cocodrilo para que mi tío desistiera de ponerme a trabajar con su asistente y decidiera convertirme en la asistente principal al saber que podía aprender a gran velocidad «algo que por supuesto logré».

Después de tanto planearlo, finalmente daría inicio mi jueguito vengativo, hoy a como diese lugar debía de atraer la atención de Mitchell, aún desconocía cómo lo lograría y nunca me sentí más agradecida con mi innata torpeza, pues gracias a ella fue que nuestro acercamiento inició de la manera más inesperada, divertida y vergonzosa.

Era muy dedicada, así que me tomaba muy en serio el papel de ser la asistente, motivo por el que fui a preparar su café cargado y condimentado con canela en cuánto llegamos al enorme rascacielos que le pertenecía a Mitchell Sinclair.

Toqué la puerta cristalina de su inmensa oficina y al verme, hizo un ademán autorizándome pasar, me dirigí a su escritorio para darle la taza de café que acababa de preparar, pero mis botas negras Versace «uno de sus múltiples obsequios» me hicieron tambalear, intenté estabilizarme para no provocar un accidente, pero me puse tan nerviosa que mis manos empezaron a sudar ocasionando que la taza se me resbalara y que la bebida se derramara sobre su pecho «mi torpeza resultó ser muy conveniente».

—¡Mierda! —exclamó furioso poniéndose de pie y agitando su mano en su pecho intentando contrarrestar el dolor de la quemadura que le provoqué, ¡joder!

—Yo… —relamí mis labios aterrada —¡discúlpeme! —me apresuré a decir —lo resolveré —aseguré.

Me acerqué demasiado a él para quitarle su saco italiano negro y proseguí quitándole la camisa blanca que quedó con una enorme mancha negra «que al secarse se volvería marrón» y chillé de dolor al encontrarme con su pecho enrojecido ante el impacto de la bebida caliente, volteé hacia todos lados buscando algo para curarlo y al no encontrarlo, acudí a medidas desesperadas «y nada útiles».

Sin pensar las consecuencias y sin ni siquiera entender el impacto que eso tendría, besé el pecho caliente de Mitchell, se estremeció por mis labios uniéndose a su pecho libre de vellos y yo enrojecí ante mi primer acercamiento con un hombre que no era cualquiera, sino mi tío, ¡el esposo de mi malvada tía!

—¿Qué estás haciendo, princesa? —sí, era la princesa de Mitchell y Stella era su reina y la destronaría en algún momento sin importar lo que tuviese que hacer para lograrlo.

—E-estoy curando la quemadura que le hice —aún sonrojada continué besando cada centímetro enrojecido de su pecho, me tomé unos segundos para apreciar sus fuertes brazos que parecían ser jodidamente protectores y del abdomen con los cuadros suficientes para hacer suspirar a cualquiera, el entrenamiento físico era una bendición y mi tío era la afirmación de eso.

—¿Hasta cuándo vas a seguir con esto, princesa? —fruncí el ceño sin entender.

—¿A qué se refiere? —levanté mi rostro para encontrarme con sus ojos tan azules como el océano y como el cielo.

Él tomó un control remoto, oprimió un botón y enrojecí preocupada cuando unas sofisticadas persianas negras que ni siquiera sabía que existían, cubrieron la cristalina oficina, todo empeoró cuando levantó el teléfono fijo y le indicó a Sienna que cancelara todos los pendientes del día, pestañeé sin comprender lo que ocurría y la piel se me erizó ante la mirada seria «y me atrevía a decir que hasta perversa» que me lanzó.

Mitchell era el prototipo viviente de lo que te imaginabas cuando alguien mencionaba a un australiano; su piel era nívea y hasta un tanto rosada ante tanta sensibilidad, tenía el cabello rubio, los ojos azules, alta estatura, cuerpo bien formado de manera genética y reforzado a causa del ejercicio, manos largas y una barba perfectamente cuidada al igual que su bigote, ese que sólo parecía lucir bien en él.

Tenía 45años y por más bien que lo tratara la vida era imposible que su rostro no delatara su edad, era por eso que en su frente descansaban tres marcadas líneas de expresión que no le restaban atractivo, sino que se lo sumaban al igual que esa exquisita y antojadiza madurez.

Era un hombre al que le gustaba la privacidad, todos en Australia conocían su nombre, sus éxitos y sus hazañas en el rubro de comercio exterior, pero sólo las personas cercanas a él conocían su rostro, la imponente altura de su cuerpo y la elegancia que irradiaba, parecía pertenecer a la realeza «o a la mafia italiana» con esos trajes confeccionados a su medida de diferentes colores, mi tío «que se comportaba como un sugar daddy mimándome tanto» era tan reservado que en internet no aparecían fotografías de él porque al ser tan millonario y tener tanto poder, debía de haber negociado con la prensa y periodistas, quizás hasta amenazó con demandarlos si no le daban la intimidad que necesitaba y es que según sus propias palabras, quería tener una vida con normalidad lejos de los flashes de molestos paparazzis.

Poco antes de que saliera del instituto y con la complicidad de Barbie «una de mis mejores amigas», investigué respecto al esposo de mi tía y encontré mucha información respecto a su negocio, a las obras de beneficencia que solía hacer cada mes y hasta encontré cosas innecesarias respecto a su esposa «mi odiosa tía», pero fue imposible encontrar una foto de él, lo que nos hizo pensar a Barbie y a mí que podía ser un viejo decrépito, feo e inseguro que por eso no se mostraba ante el mundo, claro que fue grata mi sorpresa al encontrarme con la belleza andante que era, que fuese tan atractivo sólo volvía menos complicado y más excitante mi plan.

—¿Q-qué ha-hace? —tartamudeé cuando me tomó del antebrazo sacándome de mis ensoñaciones y guiándome al lujoso, enorme y excéntrico sanitario dentro de su oficina que tenía un espejo completo, al parecer le fascinaba verse frente al espejo mientras orinaba, ¡ewk!, era imposible negar que las manías de Mitchell a veces me sorprendían demasiado.

—¿Crees que no me he dado cuenta de tu afán por llamar mi atención, princesa? —sí, quería arrebatárselo a Stella, pero no creía haber hecho nada para lograr mi plan, es más, se supone que el plan recién iniciaba hoy, por lo que no capté qué quiso decir con eso —. Una jovencita tan preciosa e inocente como tú no debería tentar a un hombre tan maduro e imponente como yo —junté mi entrecejo con confusión.

—No sé de qué habla —esbozó una sonrisa que no logré descifrar a qué se debía.

—Soy un hombre casado —inició narrando —específicamente casado con tu tía y tú eres una intrusa en nuestras vidas —en otra ocasión tal vez hubiese llorado por lo sentimental que era, pero esa vez sus palabras sólo me llenaron de curiosidad por continuar escuchando lo que me diría —una intrusa que lo único que parece querer es ser follada con dureza por su tío político —me atraganté con mi propia saliva al leer tan bien mis intenciones, ¿tan obvia era? —. Desde que llegaste a mi casa te has paseado a media noche con tu bonita, corta y muy reveladora bata de seda en diferentes colores —sí, a media noche iba a la cocina en busca de algo de comer y en efecto mi pijama era un tanto sensual, pero nunca percibí su presencia, no deambulaba por la cocina con intenciones perversas, de haber sabido que cazarlo sería tan fácil, hubiese empezado este jueguito mucho antes —. Danzas de manera sensual en la tela área con un leotardo tan entallado que en lo único en lo que puedo pensar es en follarte, en arrancarte toda esa pureza, inocencia y torpeza que irradias —sonreí victoriosa al imaginarme que conquistarlo sería muy fácil, pero mi triunfo no duraría mucho —. Soy un hombre casado, mi princesa, soy un hombre que le pertenece a una reina que curiosamente es tu tía, no sé qué te orilló a esto, pero no obtendrás lo que quieres, no lograrás tu cometido ni siquiera con los pecados que imagino hacerte mientras es Stella quien está entre mis piernas —por instinto «seguramente instinto sexual y/o animal» junté mis piernas al sentir un cosquilleo en mi intimidad por la honestidad en sus palabras, fue demasiado fácil meterme en sus pensamientos, lo realmente difícil sería hacerlo traicionar a Stella, a quién extrañamente si parecía amar y respetar, ¡puaj! —he sido muy dulce, tierno, amable y consentidor contigo y lamento interrumpir mi caballerosidad por un instante al decirte esto, pero naciste para ser una princesa, no pierdas tu tiempo aspirando a ser una reina —mis mejillas enrojecieron esta vez de rabia, me dio justo en el ego y algo incluso más maligno y sucio que mi venganza hacia mi tía se activó en mí, algo oscuro, peligroso e inmoral «sí, inmoral; esa era la palabra adecuada para describir todo lo que planeaba hacer».

—Póngame a prueba —grazné —compruebe por sí mismo que no sólo tengo el poder para aspirar a ser una reina, sino que destronaré a su sucia, falsa y descorazonada reina —escupí sorprendiéndolo.

—¿Sabes el motivo por el que te has apoderado de mis pensamientos? —negué —no es sólo por tu innata belleza heredada de ella —hice un puchero de asco, aunque me dolía admitirlo, éramos muy parecidas, ¡ewk! —es por lo jodidamente diferente que eres a ella; ella es fuego, ella es pasión, ella es experiencia, es perversión y tú eres dulzura, pureza, inexperiencia e inocencia y ni hablar de tu estrechez —el hijo de puta se refirió a mi virginidad, ¿tan obvio era que en el colegio no podíamos follar? —me atrae lo opuestas que son.

—Se queja de mí, pero el más enfermo aquí es usted por fantasear con su sobrina postiza —acusé volviendo a impresionarlo con lo rápida que era si se trataba de escupir veneno, mis palabras denotaban que no era tan pura como él creía.

—¿Qué tan lejos estás dispuesta a llegar con tal de pecar?

—Demasiado —en estas dos semanas fuera del colegio estuve leyendo erotismo y viendo mucha pornografía con tal de no parecer tan inexperta aunque claramente lo era, así que recordé una escena que leí y me puse de puntillas para lamer su cuello, según mis lecturas era una zona erógena tanto para los hombres como para las mujeres.

—Incluso si me haces caer, no existirá nada formal entre nosotros, no dejaré a Stella por una chiquilla como tú —a diferencia de la primera vez que fue tan severo conmigo, en ésta mis ojos marrones se llenaron de lágrimas, pero no me rendiría, no, no y mil veces no —si quieres seguir intentándolo, hazlo, no te detendré, pero desde este momento deberás saber que sólo serás mi sucio y oscuro secreto, el juguetito con el que tanto me divertiré —debí de salir huyendo, pero el morbo siempre ganaba sobre la razón, así que no me importó la dureza de sus palabras e inicié un juego mental del que me sorprendí hasta yo misma, no cabía la menor duda de que incluso con lo inexperta que era en todos estos temas, mi inteligencia era abismal.

—¿Acaso se ha puesto a pensar que tal vez el único juguete aquí sea usted? —me carcajeé —no se deje llevar por mi dulce exterior, por dentro estoy podridísima al grado de querer follármelo con el único objetivo de herir a Stella —él fue sincero, tan honesto que me animé a ser recíproca con él.

—¿Así que de eso se trata todo esto? —acepté —¿quieres vengarte de Stella?

—Sí y al parecer lo único valioso que tiene mi tía es a usted y no la culpo, entiendo muy bien las razones de eso —lo escudriñé con ansias de los pies a la cabeza, sacando a relucir mi talento actoral al fingir ser una perrita cuando en realidad era una cachorrita asustada —niéguese a esto tantas veces como crea necesario, pero caerá, me encargaré de que eso suceda —dije más confiada en mí misma de lo que debería.

—¿Tan segura estás de ti misma, cangurita? —reprimí mis ganas de reír por su estúpido apodo «apodo que en el futuro se convertiría en mi completa perdición».

—Pruébelo por sí mismo —insistí.

—Siendo así, desvístete —ordenó dándome vuelta para que quedara frente al espejo y pudiera ver mi reflejo.

—Desvístame si se atreve, tío —saboreé la última palabra —¿o debo llamarlo “daddy”? —sus ojos azules se dilataron con peligro y aunque debí de asustarme por el salvajismo con el que rompió mi falda y expuso mis sensuales bragas, una enorme satisfacción se apoderó de mí; me sentí poderosa al ser capaz de descolocar a un hombre tan racional como él.

—Quítate las bragas —lo hice con torpeza debido a que las botas eran más pesadas de lo que mi delgado cuerpo podía soportar —tócate —mis mejillas se tornaron rojizas, aún no sabía tocarme en el punto exacto para alcanzar el éxtasis y mi inexperiencia fue notoria para él.

—Estás tan húmeda que ni siquiera necesitas lubricarte, pero deberás hacerlo para mi deleite, cangurita.

—¿Cuál lubricante me recomienda, daddy?

—Éste —escupió en mi mano y la guió a mi palpitante intimidad, jadeé ruidosamente olvidándome del mundo entero cuando por instinto primitivo mis dedos bombearon de adelante hacia atrás en mi sexo, ocasionando una bomba de emociones en mi interior y un escurrimiento de miel en mi exterior —abre los ojos —exigió —quiero que te veas mientras te masturbas —bajó mi blusa y mi top exponiendo mis endurecidos pezones y me empujó con agresividad frente al espejo —mis respiraciones se hicieron más pesadas ante la excitación de ver mi propio reflejo tan descuidado, tan sucio y al sentirme tan fuera de mí misma, tan pervertida.

—¿No piensa tocarme? ¿No piensa follarme? —interrogué ofendida porque incluso cuando mis dedos se volvieron expertos en tocarme las fibras más sensibles de mi cuerpo en cuestión de segundos, no eran mis dedos lo que deseaba tener dentro de mí, sino su pene; quería que su miembro me desgarrara el hímen.

—Las mejores cosas llevan su tiempo, princesa, sé paciente y obtendrás todo lo que quieres —guiñó el ojo acomodándose su notoria erección por el espectáculo erótico que le di y solté un chillido de frustración al no haber logrado que cayera en la tentación, pero por el momento me conformaría con su excitación y no me rendiría, no dejaría de luchar hasta arrebatárselo a mi tía y hasta convertirlo en un hombre… Inmoralmente mío.

[…]