Entre la Vida y la Muerte

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Summary

Cada cien años, la vida y la muerte se reúnen para descansar de sus labores cotidianas. Ellos siempre hablaban de lo mismo. Incluso, se podría decir que era un poco monótono para tantos siglos que hasta creían que no tenían motivos para seguir celebrando aquel encuentro que tenían por costumbre. Sin embargo, algo en ese día fue diferente para aquellos entes. Algo fue inusual, pero ¿qué exactamente? Después de todo, siendo ellos la creación y la aniquilación de todo en el universo… ¿Qué pudo haber sido nuevo esta vez?

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Una Nueva Perspectiva

Esta historia comienza, como bien se sabe, en un día en específico. Uno en el que cada cien años el tiempo se detiene en el ciclo mundano, ese que es conocido por muchos como aquella delgada línea en la que todo puede pasar. En ese instante en el que se puede otorgar o quitar la vida.

Todavía ningún humano había podido explicar —hasta la fecha— a qué se debía que pasara ese suceso una vez cada centenario. La mayoría solo se basaba en la misma leyenda que crearon acerca de que tanto la Vida como su amiga —aunque algunos suelen considerarla su amante—, la mismísima Muerte, se dedicaban juntas todo un día para verse y comentar sus arduas labores. Realmente, todo eso que interpretaban era hecho por una mera especulación que tenían ante el misterio mismo que aquello representaba.

Y si algunos supieran que se han topado con ellos en persona cuando los han visto tener esa charla en su propio dialecto. Han tenido tantas oportunidades para saberlo. A veces la ignorancia gana ante los misterios inexplicables sin que nos demos cuenta.

Sin embargo, no estamos aquí para hablar de cómo los humanos creen en ellos, sino más bien en ese día en específico que aquellos dos entes se volvieron a reunir, como si fuera otra vez el principio y el fin de los tiempos.

La muerte, como era habitual, había llegado a la hora acordada. Nunca llegaba tarde a sus compromisos; ella siempre era puntual a la hora de cumplir con lo planeado. Estar presente en el mundo moral tomó la apariencia de un hombre bastante mayor. Ese aspecto lo haría pasar desapercibido mientras espera a su acompañante.

Se dio cuenta de que otra vez se retrasó, como era costumbre así que decidió sentarse en una banca cercana a su punto de encuentro a esperarla.

Dejando correr el tiempo, veía a la gente pasar, y todo aquel que se cruzaba por el camino —tanto los animales, los insectos, mejor dicho, toda especie viva— apresuraba su paso al sentir esa aura pesimista, la cual preferían no importunar porque sentían que podría robar almas. Cosa que era chistosa para él; si tan solo supieran.

Aunque eso lo desilusionaba. Pero no tuvo de otra. Esa fue la situación con la que tuvo que lidiar por unos minutos, hasta que la vida decidió aparecer.

Ella llegó con la y en una apariencia de una mujer esbelta. Si tuviera que hacer el comentario, a voces, diría que lucía alrededor de unos veintitantos años, con lo que irradiaba una alegría con que de seguro a muchos podía cautivar; eso no pasaba con la muerte. Con todo ese esplendor que irradiaba su invitada, terminó sacudiéndose un poco de esa esencia que difundía para no contagiarse.

—Perdona el retraso, tuve que terminar algunas de mis labores que no podían esperar hasta mañana —se disculpó la vida apenada ante su compañero y fiel amigo—. Surgió algo de último minuto, nada grave.

—No te preocupes, lo importante es que ya estás aquí —mencionó el roba almas—. Por favor, siéntate.

La vida hizo caso a la orden.

—Es bueno verte después de tanto tiempo. Usted sigue luciendo igual de amargado que siempre —halagó la creadora de la existencia—. ¿Qué tal las cosas por tu lado?

—Lo que todos saben desde que estamos en este negocio: ir con mi preciada hoz a robar las almas de quien esté en mi lista y llevarlas a mi reino. Estoy algo sobrepoblado y agotado, pero, en conclusión, nada nuevo —respondió Muerte con fastidio en su voz—. ¿Y tú?

—¡Me alegra que preguntes! —exclamó, atrayendo más miradas de los que pasaban por su radiante personalidad—. Los humanos en este último período han tenido más ganas de vivir que en esta década que pasó. Debo aclarar que eso ha sido un avance, aunque no totalmente —terminó comentando con sus emociones mezcladas, sin darse cuenta de que se contradecía.

—¿A qué te refieres? —enarcó una ceja ante su cambio de humor. Estaba pensando que su aura sombría estaba siendo más potente y que esta estaba estropeando la esencia de su amiga—. Eso es bueno, ¿no?

—Muerte, sabes que detesto no causar la misma emoción que tú —confesó con honestidad—. Como mencioné: la esperanza de vida aumentó, pero la balanza sigue desequilibrada —le respondió haciéndole comprender, mas no dijo nada del asunto—. Olvídalo, no importa. Retomando lo que te contaba: sigo haciendo nacer nuevos seres vivos, cedo mi energía y fuerza a todo el que lo necesite. Así como tú, ya sabes lo mismo de aquí a cada rincón del mundo.

—Sabes, ahora que mencionaste eso de que estamos un poco desequilibrados en nuestras propias tareas desde el origen mismo, debo hacerte hincapié ante el pacto que hicimos de reunirnos cada centuria; siempre hablamos de lo mismo una y otra vez —le expresó la Muerte—. Ya veo por qué hasta los humanos juegan con nuestro trabajo de adelantar la vida o la muerte; ellos también solo buscan la emoción con todo esto de las guerras, las enfermedades, los sucesos extraños...

—Nunca faltan tus comentarios sarcásticos —comentó entre risas la mujer de vestimentas alegres—. Sin embargo, tienes razón, pero ¿de qué más podemos hablar? —le interrogó acomodando su apariencia al darse cuenta de que su imagen se arrugaba por su misma euforia—. Este es el único momento en el que podemos “descansar” de la misma rutina como si nada, y eso que para ellos es raro cuando este tiempo se detiene por una vez en un largo tiempo.

—Puede que sí. No obstante, siempre hay algo nuevo que contar —opinó Muerte al respecto—. Bueno, eso es lo que dicen los humanos últimamente.

Eso había dejado a Vida impresionada. Jamás hubiese pensado que la mismísima Muerte les prestaba atención a los humanos. A aquellos mismos seres que suelen desperdiciar su existencia de las peores maneras conocidas.

Ante esa reacción, su fiel compañero se dio cuenta de lo que causó su comentario.

—Vida, no te sorprendas. Puede que ellos acaben con todo lo bello de este mundo, pero algunos tratan de evitarlo —aclaró el ente de aspecto mayor—. Son unos seres totalmente hipócritas, pero curiosos entre sí.

—De hecho, no me sorprende eso que habló un humano, sino el hecho de que tú le hayas prestado atención a algo que dijeron —objetó a su especulación—. Pensaba que no te agradaban.

—Estás en lo cierto, no me agradan. Pero eso no significa que los odie por cómo son, aunque tampoco es que no llamen mi interés del todo —rectificó el gobernante del Inframundo—. Solamente que, en algunas ocasiones, estos suelen tener su encanto para que los quiera escuchar de vez en cuando.

—Al parecer, las personas pueden llegar a ser más interesantes de lo que creíamos desde que las creé en ese desliz por probar en hacer cosas de la nada.

—Sí, eso me recuerda que, incluso ellos, hablan mucho de nosotros.

—¿De verdad? ¿Y qué dicen? —preguntó Vida, un tanto curiosa.

—De ti, pues que ocasionalmente puedes ser cruel e injusta —menciona Muerte, haciendo que con esas palabras Vida se quedara con una expresión de tristeza—, pero que, a pesar de eso, tú eres capaz de crear una maravillosa historia de ellos cuando lo amerita la circunstancia.

Se sonrojo un poco por el comentario.

—Jeje, qué considerados —se rio de forma nerviosa—. Al menos, están claros de lo bueno y lo malo que les puedo otorgar —concluye la creadora de todo ser vivo—. ¿Y sobre ti?

—¿De mí? —él posó su mano sobre el mentón, buscando recordar—. Mmm, sus palabras son duras con respecto a mi persona. No obstante, a algunos les agradó, no a muchos, solo a unos pocos. Los restantes me detestan porque siempre me llevo lo más “valioso” para ellos en esos momentos que más se ilusionan —Muerte suspiró tras rememorar su último trabajo antes del encuentro con su amiga.

»Me encantaría poder decirles que no me gusta hacerlo. Pero como toda bendición, también tiene su maldición, y esa es la que tiene todo ser vivo. En especial, cuando yo soy un suceso garantizado al ser bastante inesperado.

—Sabes que no todos lo entienden. Si tan solo hubiera la manera de que puedan comprender que debe haber cierto equilibrio —recordó como si su amigo no lo supiese—. Esto lo hacemos con el fin de que esto no afecte a los nuevos seres que están por nacer y realizar grandes hazañas como quien tuvo la oportunidad de hacerlo antes de ellos —comentó Vida con melancolía en su voz—. Además, para valorar la vida hay que perderla. Después de todo, nada dura para siempre.

—No te preocupes, a diferencia de nosotros, que estaremos aquí hasta el final de este ciclo, ellos lo saben muy bien, pero, de cierto modo, lo ignoran y fingen que no existe para seguir intentando que valga la pena —aclaró Muerte—. Aunque siempre les será difícil de entender por el simple hecho de que eso no tiene una respuesta exacta para ellos.

—¿Qué me estás queriendo decir?

—Imagina que eres un ser viviente con su tiempo contado. Entonces, de la nada, alguien te pregunta: ¿Sabes por lo que vale la pena luchar?

Vida, de una extraña manera, no tenía idea de qué responderle. Sabía bien que esa pregunta tiene muchas respuestas. No se puede decir con exactitud cuál podría ser la correcta.

—Sinceramente, esa pregunta no tiene una respuesta precisa. Cada uno tiene sus motivos por los cuales luchar. Eso por lo que mejor valga la pena —ante su respuesta, la Muerte asintió, esbozándole una sonrisa sincera—. De ser así esta conversación, ahora yo te hago a ti una pregunta similar, una en la que creo que tú deberías tener el veredicto justo —hizo una pausa pensando en cómo plantearla sin que sonara tan diferente a la que él le planteó—. Dime, ¿sabes cuándo no vale la pena morir?

—Mi alegre amiga, conoces muy bien que sé quitar el aliento, es decir, succionar lo que quede de energía vital en sus cuerpos y mucho suele sentirse sofocante. No obstante, ante los hechos en estos miles de años, realmente cuando no vale la pena morir es porque ya tienes todo a tu alcance —tosió para aclarar su voz al reconocer que la pregunta tenía una respuesta única a diferencia de la otra interrogante que inició este debate—. Cuando tú, de alguna manera, eres feliz y no quisieras que una entidad o quien fuese te lo arrebatara. Imagino que debe ser algo duro —Muerte se quedó pensando en lo que dijo. Por mucho que él detestara a esos parlanchines seres de muchos dialectos, entendía bien sus disgustos al ser parte de su esencia.

»Pero como tú dijiste: “Todo tiene un balance” para que no afecte en el entorno y pueda renacer como nuevo.

—Por eso, tú y yo nos encargamos de mantener todo en orden, aunque no quisiéramos hacerlo… —la creación misma a veces se apenaba de que sus propios descuidos en el origen hicieron que su viejo amigo tuviera que cargar la peor parte para que no fuese tan caótico—. Lo que le dimos juntos es un regalo. Para bien o para mal, es lo que es.

—Asimismo, sé que podría decir que hay algo de lo que somos dentro de ellos. Algo que pudo haber sido erradicado en nosotros tiempo atrás sin que nos diéramos cuenta —cuando Muerte dijo aquello, la Vida le observó algo confundida—. Me refiero a que, en algún punto, ellos dejan de sentir lo que antes les gustaba vivir cuando pierden el rumbo, como nosotros con esta monótona charla —el ente roba almas hizo una pausa tras sentir cierto escalofrío en eso último que mencionó—. Es por eso que, si bien algunos te aprecian por brindarles esta única oportunidad, algunos suelen designarme a mí como su única salvación antes de terminar acabados, casi en ruinas.

»Te sorprenderías de lo mucho que últimamente me prefieren. Imagino que para ti suele ser triste algunas veces que renuncien a la lucha de ese algo en lo que son buenos. Es por lo que vale el propósito de su espíritu.

—Jo, al parecer, no todo es tan agradable como creía —suspiró la aparición resplandeciente hecha mujer—. Aun así, tanto tú como yo somos importantes para ellos. Esa sigue siendo la razón por la que tenemos que seguir haciendo valer nuestro trabajo ante lo transcendental que este es para todo aquel ser viviente o aquello que se mueva en este mundo —razonar la Vida—. Es cierto que, sin importar lo que puedan escoger, ellos mismos son libres de determinar si merece la pena vivir esa aventura hasta que llegue su final.

La Muerte asintió complacida con respecto al rumbo que acabó tomando la plática que estaba teniendo con la asombrosa Vida, su buena y fiel compañera.

Ellos admitían que estaban comenzando a disfrutar de esta nueva manera de ver la rutinaria existencia y la irrealidad que les aguardaba al final a esas curiosas creaciones. Sin pensarlo, se dejaron llevar y la charla se alargó tanto. Haciéndose tantas preguntas filosóficas, tuvieron mucho más que decir. Sus propias auras irradiaban tal manto celestial que terminaron llamando la atención.

Entre risas, lágrimas, confesiones y anécdotas, se la estaban pasando tan bien que no pudieron evitar hablar en su propio dialecto. Tan peculiar era que ambos terminaron siendo observados por las distintas personas que transitaban por allí.

No podían evitarlo. Al pasar cerca de ellos, se sintieron atraídos por esas extrañas auras, tan llenas de frenesí y delirios.

Aquellos ojos y oídos curiosos que los admiraban se pusieron a murmurar, preguntándose qué sería tan interesante para que esa joven y ese anciano estuvieran tan absortos en sí que, sin darse cuenta, el día se les pasó volando.

El sol pronto se ocultaría. Eso indicaba una sola cosa: ya era hora de que la Vida y la Muerte volvieran a su trabajo.

—Ya el sol se está poniendo, es una pena —comentó la dama tras ver el ocaso asomarse en el oeste—. Pero no me malentiendas. Esto fue mucho más agradable que las últimas charlas que hemos tenido todos estos años. La atesoraré con un inmenso cariño, querido amigo —le aseguró poniéndose de pie para no perder la luz—. Con el sol como testigo, te prometo que para cuando llegue el momento de vernos de nuevo, tendré cosas nuevas que contarte. Nos vemos dentro de otros cien años.

Tras despedirse con alegría, Vida hizo una reverencia. Aprovechando el ocaso, se dejó atrapar por el brillo de este fenómeno, hasta ser envuelta en su luz, convirtiéndose así en muchas mariposas por el aire. Ella desapareció junto con la puesta de sol.

—Igualmente. Espero que esto sea una nueva manera de redescubrir nuestra tradición cada siglo —el anciano transformó su bastón en su confiable hoz. Al hacerlo, recuperó esa atemorizante apariencia huesuda. También estaba listo para irse—. Nos vemos pronto, adorada Vida.

Por primera vez, en mucho tiempo, no dudó en esbozar una pequeña, pero genuina sonrisa en su rostro. Con dicha emoción tan reconfortante, alzó su guadaña; un trueno de los cielos impactó en ella y abrió un portal para ir al Inframundo. Cruzó y, así como la vida, desapareció con la noche.

Desde aquella conversación, todo para ellos cambió. Un nuevo misterio empezó, dándole una nueva idea al relato sobre el principio y el fin.

Cuenta la leyenda que, desde ese día, aquellos dos entes aprendieron todavía más acerca de los seres vivos, especialmente de esa creación tan curiosa que son los humanos. Algunas veces ellos les influenciaban más importancia a ese momento que iniciaba siendo nada a pasar a ser todo.

La vida seguía siendo juguetona con sus hazañas de vivir el momento, mientras que la muerte hacía ver lo preciado que era perder para volver a ganar. Entendieron que, así como todo lo demás, todo aquello que pudiese sentir tenía el derecho de gozar de lo que le rodeaba.

El equilibrio se mantenía.

Para algunos, esta seguía siendo una lucha en esa delgada línea de lo bueno y lo malo.

Nunca faltaban las quejas, pero, aun así, esta nueva experiencia, por parte de quienes se encargaban de mover los hilos del destino, todo fue diferente. Por primera vez, obtuvieron de parte de esos revoltosos mortales el agradecimiento que nunca habían oído antes por el simple hecho de vivir el momento hasta que este mismo tuviese que acabar.

Fue sorprendente. Esta experiencia hizo que aquellos viejos amigos inmortales de lo irreal y lo verosímil se animaran a conocerlos más a fondo. De vez en cuando, en sus visitas rutinarias, escuchaban sus ideas. Sin importar la razón de sus diferencias, ellos reconocieron que no eran tan diferentes de los mortales.

Después de todo, resultó que, a pesar de que la Vida y la Muerte no lucieran como ellos en muchos aspectos. Ellos sabían bien que los representaban de alguna extraña manera.

Fin.