Adelaide, la flor perdida

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Summary

Tras el misterioso asesinato de su padre, la joven Adelaide despierta en un mundo extraño y sin aliados. Armada solo con su astucia y los ecos de una promesa incumplida, deberá desentrañar la verdad y encontrar el camino de regreso para restaurar el honor de su familia.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo

Adelaide Berdani había crecido como la segunda hija de un duque, una muchacha dulce y hermosa que era conocida como la preciosa flor de las reuniones sociales. Su padre Eugene Berdani era el tercer duque del imperio, cuyas herederas eran tan prodigiosas que cuando se hablara de ellas la gente pronunciaría nada más que halagos para “Las tres hermosas flores del imperio”.

El duque era un hombre excepcional tanto en el arte de la guerra como en la política y la filosofía; pero, aun así, se había esforzado por ceder el poder militar a su segundo hermano mayor, el archiduque de Kansis, tal como dejó todo el poder político a su hermano mayor, el príncipe heredero, Derek Berdani. Asumiendo su papel de duque, Eugene se había retirado a un territorio modesto y precioso, ligeramente lejano de la capital; para el mundo aristocrático, el duque era alguien muy lamentable que no había logrado conseguir nada más ante la batalla con los feroces primer y segundo príncipe.

— ¡Papá!

Algunos otros decían que era un hombre sin ambiciones que dejó pasar su oportunidad, a pesar de ser el príncipe más destacado de los tres y que mayor apoyo tenía.

—¿Quién es esta niña tan increíblemente hermosa? ¿Es un hada, señorita?

—Jajaja, claro que soy un hada, ¡El hada de papá! ¡Voy a cumplir todos tus deseos!

A pesar de todo, el nombre de Eugene Bernandi era uno que nadie podría ignorar, un nombre respetado y admirado.

—¡Va a necesitar mucha magia señorita! ¡Tengo tantos deseos que no sé si podré decírselos en un solo día! –Además, era un hombre muy apuesto; de ojos azules, con mirada serena e intrigante, bajo la que se escondía un corazón cálido; de tez blanquecina e impoluta; de porte y elegancia dignas de un caballero; y de cabello negro y brillante muy parecido al del anterior emperador, la principal razón de por qué era tan apoyado, pues ninguno de sus hermanos poseía esta característica.

—¡Dímelos todos, papá!

También era un hombre de familia, que estaba obsesionado con abrazar y cuidar a sus hijas, el recuerdo más hermoso que su preciosa esposa había dejado antes de morir. Tres hermosas niñas de cabellos castaños que parecían muñecas de porcelana, vestidas cuidadosamente con listones y volantes. La mayor, Kristal, era quien se parecía a su padre, sus ojos eran del mismo tono azul, pero desde pequeña había mostrado su desempeño como una dama elegante y refinada, dedicada a la contabilidad y los libros; la segunda, Adelaide había sido siempre mucho más activa, aún elegante, pero siempre dedicada al arte y los deportes; y la tercera, Serafine, era tan preciosa como su madre, pero sus ojos eran dorados como los de su abuelo, el emperador anterior, había crecido como una dócil y delicada flor que se destacaba en el canto, disfrutando de las comodidades de ser la más pequeña.

—Oh hada mía, tu poder es alucinante. Como es así, te diré mi deseo más grande.

Adelaide, su segunda hija, era su adoración a pesar de que amaba a las tres por igual y las atendía con la misma devoción; la bella niña de ojos verdes, como su madre, tenía un encanto con el que él mismo se identificaba mucho.

—¡Oh, duque! ¿Será dinero lo que quieres?

A la niña le gustaba mucho el dinero.

—No, no, no. Este duque ya tiene demasiado dinero, ¡Es algo más lo que deseo!

La princesa de apenas 9 años, iba por todos lados persiguiendo al varonil y elegante duque, mientras vestía con colores brillantes, cargados de hermosas decoraciones que ella misma se esforzaba por escoger; todas las mañanas iba al jardín y le llevaba una flor a su escritorio, luego se sentaba a dibujar, tan callada como una adulta, cuando terminaba se acercaba a su padre y le mostraba todos los días un nuevo dibujo.

—Duque, duque, usted no está siendo muy sincero, ¡Yo sé que lo que más le gusta es el dinero!

El duque estaba muy contento de cómo la niña jugaba tanto como él cuando era niño, entendía muchos de los juegos que a él le gustaban. Estaba encantado de que lo hubiera copiado prácticamente en tantas cosas que ni siquiera sabía cómo comenzar; eso sí, la niña era físicamente muy parecida a su madre, cosa que al duque le gustaba mucho más aún y le divertía mucho, porque era como una pequeña copia de su esposa que iba de aquí para allá haciendo cosas que no concordaban para nada con la personalidad original.

—El hada se equivoca, hay algo que para mi siempre será lo primero.

—¿Y qué es lo que quiere el caballero?

—Hada bella, Hada linda, mi Adelaide, nunca te vayas de mi lado, quédate conmigo, no me dejes solo de nuevo; aunque venga un príncipe a llevarte, siempre dile que no. Tráelo a casa y si vuelve después de eso, puedes quedártelo; pero no te vayas con él, dile que le cortaré las manos si te pone un dedo encima sin autorización.

—Jajaja, ¡Papá! Eso sonó raro, no rimaste bien.

—¿No lo hice bien?, jajaja, tu padre se está volviendo viejo.

Eugene era un tonto para muchos, una molestia que se había retirado del trono con indulgencia y una persona envidiada que se negaba a aceptar el designio que los dioses le habían encargado a través de aquel lustroso cabello negro que era tan poco común.

Por eso la gente no se había parado a pensar mucho cuando un día fue brutalmente asesinado, mientras asistía a una pacífica visita a los alrededores de su territorio, las personas decían que era el castigo de los dioses por negarse a seguir el legado de los elegidos por el Dios. Incluso todas sus hijas lo creyeron.

—Si no me puedes cumplir ese deseo, por favor sé fuerte, hada mía.

Todos excepto su segunda hija.

Adelaide, la flor de las reuniones sociales, se convirtió en una mujer capaz y elegante, igual que su padre, se negó a competir por la herencia del ducado, incluso rechazó hábilmente las propuestas de matrimonio de los otros ducados, dejándoselo a su hermana menor, quién se caso con su primo, el primer príncipe. Contrario a sus hermanas, ella nunca se resignó de la prematura muerte de su padre, pareciéndole sumamente extraño que un estratega militar de primera categoría, que era el mejor guerrero del reino, simplemente fuera asaltado por sorpresa terminando sin poder salir.

Nunca le habían dejado ver su cuerpo para confirmarlo, sus tíos la consolaron diciendo que la escena era demasiado brutal para una señorita que recién había cumplido la mayoría de edad a sus 16. Su hermana mayor, quien lo había visto, había terminado tan destrozada que se deshizo en lágrimas cuando volvió a confrontar a Serafine y a ella, sumiéndose en una pena que nunca antes había visto en una dama tan refinada como ella; por eso lo dejó estar, aunque quería asaltar la tumba de su padre en la noche para verlo.

Su único consuelo había sido la búsqueda de poder y de información para encontrar la forma de ver el cuerpo de su padre, en secreto.

Pero ni siquiera lo logró.

La oscuridad de la que tanto huyó, la atrapó.

Cuando despertó, estaba en un mundo distinto, increíblemente lejos de su hogar, terriblemente asustada.

—Papá, no sé si pueda cumplir tu deseo.