Capítulo 1
I’m on call to be there,
One and all to be there,
When I fall to pieces,
Don’t you know?
I’ll be there waiting
On Call — Kings of Leon
Es un día igual de perfecto que el último en que viera a Eric. La brisa salina es agradable y el sol está en lo más alto del firmamento. Cientos de turistas caminan por la avenida y no he escuchado a alguien hablar español en más de una hora. Ya me he acostumbrado a divisar todas esas cabelleras rubias, pieles pecosas e idiomas que en mi vida había escuchado. He aprendido a reconocer la mayoría, pero todavía tengo problemas para diferenciar el mandarín y el nipón.
No estoy lista para ver a nadie de mi pasado, pero es algo que no he podido aplazar por más tiempo. Las manos me hormiguean y las sacudo para despejar la desagradable sensación.
El calor se sobrelleva con la frescura del mar, pero no puedo evitar abanicarme con las palmas de las manos y compartir sonrisas cómplices con otros turistas que hacen lo mismo. Es en momentos como éste que me arrepiento de ya no usar el celular, porque sabría el motivo de que Eugenio Paz lleve una hora de retraso. Así sabría si ya está en el ferry o continúa en Cancún, pero no… Yo y mis estúpidas normas de seguridad. No es que crea en conspiraciones del gobierno o que los extraterrestres controlan los sistemas de telecomunicaciones. Lo que sucede es que no confío en mí lo suficiente para mantener uno de esos aparatos en mis manos por demasiado tiempo sin ceder a la curiosidad de buscar alguna fotografía de Eric. Me gustaría decir que tampoco pienso en él, pero continúa ocupando gran parte de mis pensamientos y cada uno de ellos duele como una daga fría al corazón.
Así que he hecho lo que mejor sé hacer, escapar.
Eugenio Paz interrumpe el rumbo deprimente de mis pensamientos al salir del puerto con una camisa hawaiana, una pequeña maleta y un sombrero gigante para cubrirse del sol, el perfecto Santa Claus veraniego.
—¡Aquí!
Paz me mira y lanza un silbido de admiración cuando hago una reverencia al lado de nuestro carruaje.
—¿Un carrito de Golf?
—Las calles en Isla Mujeres son angostas —contesto—. Era esto o una bicicleta.
—No, no —ríe y saca un pañuelo para secarse el sudor de la frente—. Moriría en una bicicleta a la segunda pedaleada.
Nos saludamos con un abrazo fraternal y sube su maleta a la parte trasera del carrito.
—Me alegra que lo apruebes —comento— porque he tenido que madrugar para rentarlo. En verano se agotan muy temprano.
Abordamos el carrito y lo pongo en marcha mientras mi copiloto mira boquiabierto a las turistas con sus diminutos bikinis. Ya quiero ver la cara que pondrá al encontrárselas en topless, pues lo estoy llevando justo a la playa donde se permite.
—¿Por qué Isla Mujeres? —pregunta de repente.
—¿Ya ha empezado la entrevista?
—No puedo decir en donde estás —se queja—, simple curiosidad.
Ese ha sido nuestro acuerdo para una entrevista que desea realizarme y publicar en su página web, no mencionar en donde me encuentro.
—El último día cuando… —suspiro— ya sabes, eso. Miré un amanecer con Sofía y me dijo que eso era el paraíso. Necesito muchos paraísos en mi vida y aquí estoy.
—Si así es el paraíso… —murmura cuando pasamos al lado de una despampanante rubia—. Me portaré muy bien.
Río porque creo que aquello era un pensamiento y ha terminado por decirlo en voz alta.
Eugenio Paz es una de las dos personas que saben dónde estoy y sólo porque sé que nadie sospecharía de ellos. Ni si quiera Sofía está enterada porque ha intentado que hable con Eric todo este tiempo y es algo que no deseo hacer ahora o nunca. Mantengo la comunicación con ella y hablamos por teléfono cada dos días, pero nunca le he dicho en donde estoy. Ella sospecha que me he ido a la capital del país y está bien si cree eso, es un sitio demasiado grande para planear encontrarme. No es que mi existencia sea tan importante para el mundo como para planear una búsqueda, pero sé que Eric y Dimas sí quieren encontrarme.
—¿Y no hay un nuevo amor por aquí?
Me señala a un grupo de chicos que caminan a un costado de la calle e intercambiamos una sonrisa.
—No —respondo—. Nada de romances pasajeros o duraderos. Me divierto enseñándoles groserías en español.
—¿En serio?
—Sí, aunque suelen enviar a “madre su chinga” en lugar de “chingar a su madre”.
Eugenio suelta una sonora carcajada y golpea su pierna con entusiasmo.
—Todos son muy agradables —añado—. No sé qué haré sin este sitio cuando regrese.
—¿Y eso será…?
—En unas semanas.
Está decidido, necesito volver y retomar mi vida. Úrsula me ha dicho que Rosario está muy triste y se culpa de que no volviera a la ciudad, pero ella no sabe lo que sucedió. He planeado hablar y perdonarla… No cualquier mujer cría a la hija de la amante y, aunque no fue la mejor mamá del mundo, es lo más cercano a una figura materna que tengo.
—¿Y ya lo saben tus amigos?
—No —suspiro—. No sé si les diré. Tal vez se enteren cuando me los encuentre en algún sitio.
Eugenio vuelve a lanzar ese silbido.
—Heredaste mucho de tu madre.
—¿Eso es bueno o malo?
—Bueno —se apresura a contestar—. Tenemos mucho por hablar sobre Aura.
Asiento, es sólo por eso que accedí a una entrevista tonta que a nadie le interesará leer. Quiero saber más sobre ella porque creo que al entenderla un poco conseguiré entenderme también.
La arena es mucho más fina que en Cancún, o es mi impresión, porque se queda como una capa de polvo sobre mis pies y sandalias. Eugenio va maravillado mirando de un lado a otro el impresionante mar de un intenso color turquesa y comprendo esa expresión en su rostro, ha sido la misma que tuve el primer día aquí. Hace muchos años que vine con Dimas, pero casi había olvidado el pedazo de perfección absoluta que es esta pequeña isla.
—¿Tienes hambre?
—¡Por supuesto!
Tiene el celular en lo alto tomando tantas fotografías que considero podrá hacer una película stop motion y, tal como predije, se ha quedado boquiabierto al ver a un grupo de chicas pasar frente a nosotros sólo con la parte baja del bikini.
—El paraíso ¿No? —bromeo.
—Creo que me mudaré.
Señalo un restaurante que pertenece a un amigo que suele pasarse por el bar donde trabajo temporalmente. La música reggae escapa de los altavoces y tomamos asiento en una de las mesas que están afuera. El techo es de palma y hay varias palapas desperdigadas sobre la arena que pertenecen también al restaurante. Es parte de uno de los hoteles, el dueño no está por ahí, pero conozco a los meseros y nos atienden apenas me ven.
—¿Te conocen?
—Sí…
A un costado del restaurante está una larga piscina, aunque apenas hay unos cuántos turistas, pues todos prefieren disfrutar del mar.
—Es un sitio pequeño —añado.
Y el dueño ha intentado llevarme a la cama un par de veces así como a todas las chicas con las que trabajo, pero es un detalle que no tiene que saber.
Eugenio ordena una brocheta de camarones empanizados con una cerveza y yo sólo un ceviche mixto. Los nervios están haciendo de las suyas porque al verlo he recordado que la última vez que hablamos estaba con Eric.
—¿Y por qué te has cortado el cabello?
Por Aura, Minerva, Penélope y Ángela con sus largas melenas que cubrían media espalda.
—Calor.
El cabello me cae hasta los hombros en capas desiguales y se ha quemado un poco por el clima, ahora luce más claro de lo que en realidad es.
—Te ves mucho más joven así.
—Gracias —sonrío—. Un buen cumplido por compartirte mi pequeño paraíso.
Eugenio ha sido amable conmigo desde que comenzáramos a intercambiar ocasionales correos electrónicos. Como no he traído conmigo la laptop, pues tengo que rentar una computadora en el hotel donde vivo y eso ha hecho que la plática no sea muy fluida por Internet. Sin embargo, le he platicado sin muchos detalles lo que sucedió y, luego de que él insistiera mucho, acepté revelarle donde estaba.
—¿Cuánto tiempo ha pasado?
—Dos meses —respondo al aceptar la cerveza que me entrega el mesero—. Regresaré antes del tercero.
—¿Y cómo es que decidiste que era esto lo que querías?
—No tenía opciones.
La respuesta larga es que llamé a Marina porque sabía que conocería a alguien en algún sitio cercano donde pudiera esconderme para lamer mis heridas. Estaba llorando cuando ella ha contestado y en menos de quince minutos me dijo el nombre de un hotel que pertenecía al primo de un amigo. Unas horas después bajaba del ferry y me escondía del mundo.
—Tu mamá hizo algo parecido —murmura.
Por la sombra que ha cubierto su rostro creo comprender cuándo ha sido.
—¿Y qué pasó…?
—Ella no regresó —contesta y da un trago a su cerveza con la mirada pensativa—. Se fue a Jalisco y…
—Se suicidó —interrumpo.
Eugenio asiente con pesadez y suspira.
—¿Por qué lo hizo? —pregunto.
El periodista ríe con tristeza y menea la cabeza.
—Nadie sabe por qué se suicida una persona —responde—. Sólo podemos sacar conjeturas.
—Ya sé… —suspiro—, pero en el artículo decía que fue porque se enteró del embarazo de Rosario el cuál no existió porque ese bebé era yo.
—Esta es una plática que deberías tener con tu madre —dice—. La segunda madre.
—Al menos que utilice la ouija, eso es bastante claro.
Paz enarca las cejas con sorpresa.
—Un negro sentido del humor —murmura con un tono misterioso—. Usaré eso.
Enciendo un cigarro mientras rebusca algo en su pequeña maleta y unos segundos después deja una cámara fotográfica digital arriba de la mesa. Ese pequeño aparato maldito vuelve a recordarme los ojos obsidiana y desvío la vista cuando siento el corazón oprimirse.
—Te tomaré una fotografía para la entrevista —señala.
—Van a descubrir que estoy en una playa.
—No si te quedas ahí sin que se vea la arena o el mar —dice—. Además regresas en unas semanas.
Suspiro, tiene razón.
—¿Y qué hago o qué?
—Nada —contesta—. Es lo mejor de las entrevistas y es que se pretende mostrar cómo es el entrevistado.
—¿Cómo una alcohólica y fumadora?
—No serías el primer escritor en serlo, créeme.
El problema es que no toma una, sino varias y ya no sé si reírme o permanecer seria. Continúo fumando por los nervios y suspiro de alivio cuando apaga la pequeña máquina del demonio.
—Empezaremos ahora —dice.
—¿Ahora? ¿Aquí?
—Sí, porque no planeo trabajar el día de mañana —mira a su alrededor—. Estaría loco si lo hiciera.
—Bueno…
Guarda la cámara fotográfica y ahora deja una grabadora de voz sobre la mesa. Luego abre una pequeña libreta en frente suyo y me lee las preguntas en voz alta antes de empezar a grabar. Son preguntas simples cómo cuándo descubrí que quería ser escritora, mis motivaciones, qué espero sobre la pronta publicación de mi primer libro, lo que significa ser hija de dos grandes escritores de la literatura mexicana y por qué mis escritos son tan apartados a lo que ellos han hecho.
En medio de pláticas, comida, cervezas, cigarros y risas contesto todas las preguntas. Sin embargo, al final me hace una que no ha estado en la lista.
—¿Cómo toma Aura Reyes el rechazo de Rosario hacia su trabajo?
—¿Es en serio? —inquiero—. ¿Te regalo un pedacito de mi paraíso y me preguntas eso?
—Conteste, señorita Reyes.
Entorno los ojos y lo escucho reírse.
—No es fácil —respondo—. Por lo general esperas que tus padres te apoyen, pero la respeto mucho como escritora y creo que todos tenemos derecho a decir nuestras opiniones. Si a ella no le gusta, pues está en su derecho de manifestarlo.
—Muy madura —sonríe Paz—. No me esperaba menos de… —apaga la grabadora—. La hija de Galindo y Reyes.
Sonrío, aunque eso me ha sonado como la cosa más rara que he escuchado en mi vida así sea verdad.
Eugenio es una de esas personas que hablan hasta por los codos y tengo que esperar el momento oportuno para regresar al tema de Aura. Menciona la buena crítica que ha obtenido el libro de Rosario y no quito el dedo del renglón.
—¿Por qué se fue Aura a Jalisco?
—Rosario le dio un ultimátum a José —responde—. Así que decidió terminar su relación con Aura antes de que su infidelidad llegar a los medios de comunicación.
—Y Aura huyó.
—Debe ser algo genético —dice con una sonrisa triste—. Eras un bebé y José no supo de su paradero por varios días.
—¿Se vieron antes de que ella…?
—No —contesta—. Hablaron por teléfono, pero José intentó que entendiera la posición en la que estaba.
—¿Quería que ella fuera su amante para toda la vida?
—Creo que ni tu padre estaba muy seguro de lo que quería… —responde con precaución—. Y nunca se imaginó que Aura…
He intentado emular en mi imaginación lo que vio, pensó y sintió esos últimos minutos antes de colocarse la cuerda al cuello, pero faltan demasiadas piezas.
Tampoco es fácil imaginar a tu madre suicidándose…
—¿Alguna vez te platicó mi papá en donde estaba yo?
—¿En dónde estabas? —repite sin comprender.
—Sí, cuando ella se suicidó.
Eugenio no se esperaba aquella pregunta porque ha desviado la mirada hacia el mar y pasan varios minutos antes de que me responda.
—En la habitación de al lado.
Suspiro, en mi mente me había figurado a un bebé al lado del cuerpo muerto de su mamá en un eterno vaivén. Como siempre he dicho, nuestra mente es el arma más afilada que tenemos para causarnos daño.
—No sé por qué querrías saber algo así…
Porque necesito comprender por qué hago lo que hago o siento lo que siento.
—No sé —digo con fingido desinterés—. Todo sobre Aura es desconocido para mí.
—No lo creo. Son muy parecidas… ¿Sabías que ella cantaba?
—¿Cómo? No leí eso en ningún lado…
—Sólo en fiestas privadas —sonríe—. Tenía una voz aniñada como la tuya y sabía tocar la guitarra.
—¿En verdad?
—Sí… —responde—. A veces le agregaba música a sus poemas o a los de otros poetas. Todo muy informal y sólo para divertirse.
—¿Era tímida?
—¿Aura? No —murmura con los ojos entrecerrados—. Era bastante extrovertida, alegre y protectora. A veces parecía que deseaba salvar al mundo de las injusticias porque todo le afectaba en sobremanera.
Era muy empática, vaya.
—Pero sus escritos son tristes…
—Creo que era su válvula de escape… —opina—. La relación con tu padre fue muy intensa y verlos juntos era…
Calla y trago saliva con fuerza porque puedo escuchar palabras similares en la voz de Sofía al hablar sobre Eric y yo.
—Casi podías ver la electricidad —agrega—. El verlos juntos me demostró que el amor existe.
Cierro los ojos y tomo aire antes de volver a hablar.
—Pero él continuó con su esposa y ella se suicidó.
—El amor no es fácil —señala—. Nos rodea una complejidad ridícula que siempre termina por afectar los sentimientos.
Bebo un pequeño sorbo de mi cerveza que ya se ha calentado y me replanteo mis preguntas sobre mamá.
—¿Era depresiva?
—No sé si era depresiva —contesta—, pero entró en depresión.
Eso no contesta mi pregunta, pero asiento.
Quiero saber si esto que se agita en mi pecho, y me hace cada vez más difícil levantarme de la cama por las mañanas, es por algo relacionado con Aura. Si estos hormigueos que se apoderan de mis dedos cuando escucho la voz de Eric y que sólo se calman cuando siento dolor físico son porque tengo algo mal. Necesito a mi mamá, pero ella se ha ido y temo que me suceda lo mismo. Estoy muy asustada porque sé que es posible y que sería muy fácil.
—¿Estás bien?
La voz de Eugenio me regresa al presente y sonrío.
—Claro.
—Me refiero en general y no a este momento…
—Sí, sólo estoy algo cansada porque trabajé hasta tarde en el bar.
—¿Segura? —pregunta y noto que no me ha creído—. ¿No has considerado que tal vez sea tiempo de regresar? Te sentirías mejor en casa con tus amigos…
Y con Eric.
—No —interrumpo—. No me sentiría mejor ahí…
—Aura —sonríe—. Eres joven y sé que ahora no puedes creer que volverás a enamorarte, pero lo harás. Lo que hizo este chico quedará en el pasado y volverás a ser feliz.
Mi parte racional lo entiende, pero sólo esa. Me he cansado de repetir la historia una y otra vez en la que jamás soy suficiente.
Miro mis muñecas y las imágenes de esa última vez juntos me embargan. Antes me sonrojaba, pero ya no. Ahora me siento muy tonta y ridícula, comencé a sentirme así cuando los moretones desaparecieron.
—¿Cuántos meses tenía yo cuando Aura se suicidó?
Eugenio casi ha escupido la cerveza al atragantarse y le doy unas palmadas en la espalda.
—Preguntas cosas de forma muy cruda —opina—. No recuerdo… Creo que unos cinco meses.
—¿Podría ser una depresión postparto?
—No lo sé… Tu padre no habló mucho sobre ello.
—¿Y cómo me adoptaron?
—No fue algo legal, Aura —responde—. Tu acta de nacimiento fue alterada.
Asiento, ya sospechaba eso. De otra forma hubiera visto el nombre de Aura en alguna de las múltiples veces que necesité mi acta de nacimiento para algún trámite.
—¿Cómo consiguieron eso?
—Tu padre conocía a muchas personas con cargos altos en la política —murmura—. Cualquiera pudo ayudarlo.
¿Por qué no me consideró lo suficientemente importante para intentar vivir? Esa es la pregunta que no consigo apartar de mi cabeza y la única que jamás obtendrá respuesta.
—Es un tema que tienes que hablar con Rosario —me dice—. Estoy seguro que ella tiene las respuestas correctas.
Poco importa cómo consiguieron alterar mi acta de nacimiento porque eso no demuestra lo que necesito saber: qué tan parecida soy a Aura.
—Sí, debemos hablar cuando regrese —sonrío y aparento que nada me ha afectado—. Rosario ha sido mi madre todos estos años.
—Así es —musita—. Me alegra que me perdonaras por contarte la verdad.
—No quiero más mentiras —digo con un hilo de voz—. Ya he tenido suficientes para varias vidas.
Eugenio se ofrece a pagar la cuenta y no me niego porque estoy exacta en mi presupuesto. Poseo la cuenta bancaria con las regalías de papá, pero no quiero usarla demasiado.
—¿Aura tenía más familiares? —pregunto cuando vamos ya en el carrito de Golf camino al hotel.
—No, estaba sola.
¿Quién lo diría? Mi madre era de Jalisco así como Minerva y ambas hemos perdido a nuestros padres. La vida está llena de tristes ironías.
Una compañera ha accedido a cubrirme la noche en el trabajo y ni he tenido que suplicar porque las propinas de los sábados son las mejores. La mayor parte de mis ingresos es gracias a esto y a que el peso mexicano vale poquísimo en comparación al dólar estadounidense. No pago hospedaje gracias a Marina, pero el estilo de vida en un sitio tan turístico como la isla es bastante costoso.
Mi habitación sólo tiene una cama matrimonial, un sofá para dos personas a un costado, el ropero, un escritorio frente a la puerta que conduce al balcón y una televisión pequeña, no necesito más. La decoración es en tonos blancos para aminorar el calor que suele embargar la isla.
Lo que más amo de este pequeño sitio privado es que el balcón tiene vista al mar y a la pequeña playa del modesto hotel. Es este mismo balcón donde me parara a los pocos días de llegar y me preguntara qué pasaría si un día sólo camino en línea recta hasta el mar. Fue un pensamiento fugaz, pero cuando lo reconocí me avergoncé y lloré por largo rato.
Me sentía tan perdida como un barco a la deriva y sin ancla. Y sólo tranquilizó esa emoción que le llamara a Eric… Fue hasta que escuché su voz al otro lado de la línea y el hormigueo se apoderó de mis manos que comprendí lo que hice. Repitió mi nombre varias veces hasta que le pedí que no dijera nada y se quedó callado, pero creo que ha llorado. Desde ese día cuando me siento como ese barquito perdido en medio de una turbulencia y a punto de hundirse, le llamo desde mi viejo celular. No siempre responde, pero contesta horas después al primer timbre. Entonces no decimos nada y me tranquilizo al saber que está bien del otro lado de la línea bajo este mismo cielo.
No sé nada sobre la vida de Eric. No sé si está con Penélope o si sale con alguien porque apenas Sofía intenta hablarme sobre él y cuelgo. Mi amiga no puede regresarme las llamadas porque le hablo del teléfono del hotel que asoma como número privado en su identificador de llamadas. No exagero, sé que no porque pensamientos como el de ahogarme en el mar llegan cada poco rato y temo un día no conseguir apartarlos.
Me gusta vivir, pero cada día encuentro menos razones coherentes para hacerlo. Si mamá no encontró como motivo suficiente a su hija… ¿Qué puedo tener yo para permanecer aquí?
La temperatura ha bajado y supongo que los turistas deben de sentir un calor terrible, pero yo tengo frío. Cierro las puertas que conducen al balcón y enciendo mi celular, tengo un mensaje de voz guardado que me hace sonreír siempre que miro el Smartphone. Es de Eric, me lo ha enviado hace unos días y es el Soneto XVII de Pablo Neruda. La sonrisa no suele durar porque un segundo después lo recuerdo en la cama con Penélope y todo se desmorona. Pero escuchar su voz recitando a Neruda me ha ayudado a salir de la cama con más facilidad. Me hace recordar que en algún punto me quiso y es más de lo que puedo decir de la mayoría de las personas que me han rodeado a lo largo de mi vida.
Miro sobre el hombro mi reflejo en el espejo y las líneas de mi último tatuaje me saludan. Me he tatuado los dos versos que me recitara esa noche antes de que todo mi mundo colapsara una vez más. Las palabras bajan sobre mi columna y es divertido cuando alguien gira la cabeza para intentar leerlo al estar en traje de baño. Tiene otro detalle y es que está en manuscrito como la letra de Eric, es el recuerdo que llevaré para siempre sobre la piel.
Me coloco la playera holgada que uso para dormir y me acurruco sobre la cama, el corazón me late con fuerza. Hace unas horas que dejara a Paz en su habitación al otro lado del pasillo luego de ir a cenar, pero no he conseguido dormir ni cinco minutos. Son las tres de la mañana y creo que jamás le he hablado a Eric en fin de semana porque temo que esté con alguna chica. Es obvio que debe de pasar seguido, pero no quiero saberlo todavía.
Suspiro y presiono su nombre en la pantalla táctil, dos timbres después contesta. Su respiración es el único sonido que se escucha y cubro mi boca para que no escuche los suaves sollozos que escapan.
Escucho el inconfundible sonido de la puerta de su habitación y murmullos lejanos, creo que sí está con alguien. El corazón se me oprime y cierro los ojos, debería colgar.
—¿Es…?
Henrik, sólo es Henrik y creo que Bere.
—¡Te extraño, Aura!
Sí, es Berenice. Me hace sonreír esa pequeña frase y casi he hablado, pero muerdo mi labio a tiempo. Me parece que se despiden porque dejo de escuchar sus voces y sólo prevalecen los sonidos de Eric en la cocina. El vaso de cristal sobre la repisa, el agua y cuando la bebe, puedo imaginarlo todo.
La puerta de su habitación se abre una vez más y ahora es el sonido de su cama al ceder bajo su peso. Entonces sólo hay silencio en ambos lados de la línea y deseo como nunca estar con él. Lo extraño tanto y recordar sus ojos me produce demasiado daño.
Quiero enojarme y gritarle por lo que me hizo. Quiero exigirle respuestas, disculpas y regresarle el dolor que me produce…
Quiero alisarle el cabello con la secadora, jugar con sus anillos, ir en su automóvil, escuchar sus vinilos, dormir a su lado, tener una plática sin sentido, decirle que se calle, cantar juntos, mirar un video suyo y pedirle que me ame.
Quiero que me ame como ama a Ángela porque esa es la única razón por la que se ha acostado con Penélope.
La voz de Meredith Grey me hace reír bajito, no consigo controlarlo y me siento en la cama, no puedo creer que esté viendo Grey’s Anatomy. Escucho todo el capítulo desde el celular y en algunas partes su risa me provoca un escalofrío agradable. Mi inglés ha mejorado muchísimo en la isla y no tengo problemas para entender todo el episodio, aunque he estado más atenta a escuchar sus sonidos.
La batería de mi celular comienza a bajarse y sé que ha llegado el momento de colgar. Las primeras veces apenas duraba unos minutos en la línea y le colgaba sin decir nada, pero hace un par de llamadas que me despido.
Tomo aire y limpio la lágrima que cae por mi mejilla.
—Buenas noches, Eric…
Su suspiro me encoge el corazón y cuelgo un segundo antes de romper en llanto.
¿Por qué me ha lastimado así? ¿Por qué no me dijo la verdad? Habría sido doloroso, pero no de esta forma.
Me dejo caer en la cama y busco el único refugio de mis sábanas. Mi mente viaja kilómetros sobre el mar, a través de oscuras carreteras, paisajes verdes desolados y aquellas calles angostas de Mérida. Con los ojos cerrados lo veo recostado en la cama, le escucho darme las buenas noches y llamarme pequeña una vez más.