Es un capricho

All Rights Reserved ©

Summary

Valeria, una joven de naturaleza tímida e indecisa, cuya historia se entrelaza con su origen como hija de inmigrantes, jamás imaginó que su vida tomaría un giro tan drástico en una noche, al asistir a una fiesta y toparse con el enigmático Malcolm Montoya. Este hombre de vastas riquezas, cuyo carácter extrovertido y determinado está en marcado contraste con la personalidad de Valeria, es conocido por su obsesión por el orden y su inquebrantable voluntad de conseguir todo lo que se propone. No obstante, su deseo caprichoso de conquistar el corazón de Valeria los sumerge en un peligroso y adictivo juego, un círculo vicioso del que ninguno de los dos podrá escapar fácilmente.

Status
Complete
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1.

El sonido de las monedas cayendo en las bandejas de metal era lo más parecido a una canción de cuna que conocía. Pero no era una melodía dulce; era metálica, fría y venía acompañada del olor a cigarrillo rancio y alfombra vieja.

—Mamá, me quiero ir. Me pican los ojos —susurré, tirando del borde de su chaqueta desgastada.

Ella ni siquiera me miró. Sus ojos estaban inyectados en sangre, fijos en la pantalla de la máquina tragamonedas donde unas frutas brillantes giraban sin detenerse. Su mano, temblorosa, presionaba el botón con un ritmo frenético.

—Un rato más, Vale. Solo un rato —masculló entre dientes.— Siento que viene el premio. Una más y nos vamos a comer el helado más grande que encuentres. Es más, nos vamos a comprar una casa, una de verdad, y vamos a estar juntas de nuevo. ¿No quieres eso?

Yo quería decirle que no quería una casa, que solo quería dormir en una cama que no oliera a encierro, pero el nudo en mi garganta no me dejó. En ese momento, una sombra se proyectó sobre nosotras. Un hombre con uniforme azul y una radio en el cinturón nos miraba con el ceño fruncido.

—Señora, ya le dije tres veces. La niña no puede estar aquí. Es un casino, no una guardería. Tiene que retirarse ahora mismo o llamo a la policía.

—¡No me toque! —gritó ella, y el alboroto estalló.

La gente empezó a mirar. Mi madre forcejeó, fuera de sí, manoteando el aire mientras los guardias intentaban arrastrarla hacia la salida. En medio del caos de gritos y empujones, sentí un impacto seco. Su codo chocó contra mi pecho con tanta fuerza que el mundo se volvió negro al instante.

Me desperté de golpe. Me llevé la mano al esternón, esperando sentir el dolor del golpe, pero solo encontré el latido desbocado de mi corazón. El aire que entró en mis pulmones ya no olía a tabaco rancio, sino al detergente suave de mis sábanas.

—¡Valeria! ¡Valeria, por Dios, despierta! —El grito de mi madre atravesó la puerta de madera, sacándome de los últimos restos de la pesadilla.

Me incorporé sobre el colchón, desorientada. La luz de la tarde entraba por la ventana con una intensidad que me hizo entrecerrar los ojos.

—¿Qué...? ¿Qué pasó? —logré articular, todavía con la voz pastosa por el sueño.

La puerta se abrió y mi madre asomó la cabeza, ya vestida con su uniforme de cocina y con ese aire de urgencia que siempre la acompañaba.

—¿Cómo que qué pasó? ¡Se te pasó la hora, hija! Te dije que esa siesta de “diez minutos” era una trampa. Son casi las cinco. Vas a dejar a Flavia plantada en la cafetería y ya sabes cómo se pone ella con la puntualidad.

—¡Mierda, las cinco! —Salté de la cama, la pesadilla evaporándose ante la presión de la realidad.

—¡Ese vocabulario! —me reprendió ella, aunque sin mucha fuerza, mientras me lanzaba una toalla que había tomado del pasillo.— Lávate la cara. Y recuerda: hoy estás, mañana quién sabe. No desperdicies el tiempo durmiendo, que la vida se pasa en un parpadeo.

Esa frase. Otra vez.

Me quedé un segundo quieta, con la toalla en la mano, mirando el cuadro que colgaba en el pequeño living, visible desde mi habitación. El papel escrito a mano por ella parecía burlarse de mi confusión. Para ella, la frase era una lección de esperanza y aprovechamiento; para mí, después de aquel sueño, sonaba a una advertencia de lo fácil que es perder el suelo bajo los pies.

—¡Muévete, que tu amiga me va a echar la culpa a mí! —insistió mi madre desde la cocina.

Me puse en marcha. Me quedaban apenas veinte minutos para transformarme de una chica que acababa de ser golpeada por sus traumas infantiles en la acompañante perfecta para una modelo famosa en una cafetería de lujo. El cambio de escenario era tan brusco que casi me daba risa.

Pasar de la miseria del casino a la porcelana de las tazas de Flavia era mi especialidad. Al fin y al cabo, mi vida siempre había sido eso: un intento constante de equilibrio entre dos mundos que se negaban a encajar.

Me di una ducha con agua helada, intentando borrar el rastro del casino de mis párpados. Diez minutos después salí del baño ya lista, con el pelo todavía húmedo pero prolijamente peinado y la ropa que había dejado preparada sobre la silla.

En la cocina, el ambiente era totalmente opuesto a mi pesadilla. Mi madre (o mamá, como siempre le decía aunque la sangre dijera otra cosa) estaba terminando de prepararse. Tenía la radio encendida y se movía con un balanceo suave, casi bailando, mientras guardaba su delantal en el bolso. Al verme, se detuvo y, con una sonrisa que no le llegaba a ocultar la preocupación en los ojos, levantó un sobre que estaba sobre la mesa.

Reconocí el logo de la universidad al instante. El aviso de pago.

—Mierda... —susurré, sintiendo que el nudo en mi pecho volvía a apretarse.

—¡Valeria, el vocabulario! —me guiñó un ojo, dejando el sobre en mis manos.— No lo mires así, no te va a morder. Lo vamos a conseguir, hija. Siempre lo hacemos. Un par de turnos extra, algún milagro de los que nos tocan a veces, y listo. El dinero va a aparecer.

La miré sin poder creerlo. A veces no entendía de dónde sacaba esa reserva inagotable de optimismo. Me habría encantado heredar un poco de esa fe ciega en el destino, pero supongo que yo me quedé con la parte pragmática de la familia.

Y eso que ella tenía más razones que nadie para ser una cínica.

Mi “madre” era, en realidad, mi tía biológica. Ella me recogió de aquel desastre de infancia y me dio un nombre, una cama limpia y un motivo para no mirar atrás. A veces me preguntaba cómo alguien que había pasado por tanto podía seguir bailando en la cocina. Recuerdo incluso cuando perdió aquel embarazo, hace años; estábamos hundidas en deudas, el hospital nos enviaba facturas que parecían números de teléfono y el dolor físico la estaba matando. Pero ella, incluso con la mirada empañada, me decía que Dios sabía por qué hacía las cosas y que ya vendría otro hijo, que saldríamos adelante.

Esa capacidad de reconstruirse era su superpoder.

—No sé cómo lo haces —le dije, guardando el sobre en mi mochila con un suspiro.— A veces creo que vives en una película de Disney y yo en una de suspenso.

—Vivo en la realidad, Vale. Pero la realidad es muy fea si no le pones un poco de música —respondió ella, dándome un beso rápido en la frente.— Ahora corre, no dejes a Flavia esperando. Diviértete un poco, que estudiar leyes te está dejando la cara muy seria. ¡Me voy que llego tarde al restaurante!

Estábamos por cruzar el umbral de la puerta cuando un silbido alegre nos detuvo. La puerta se abrió de golpe y mi padre —mi tío, en los papeles, pero el único hombre que me ha cuidado de verdad— entró casi bailando, haciendo girar las llaves en su dedo.

—¡Buenas tardes, familia! —exclamó con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Ay! Casi nos pasas por encima —dijo mi madre riendo, mientras intentaba esquivarlo para salir.— Nos tenemos que ir, yo al turno y Vale a merendar.

—¡Esperen, esperen! —Él nos detuvo poniendo las manos en nuestros hombros, con los ojos brillando de emoción.— ¿Nadie va a adivinar quién tiene trabajo nuevo? ¿Nadie quiere felicitar al nuevo jefe de cocina de “El Olivo”?

Mi madre soltó un grito ahogado y lo abrazó con tanta fuerza que casi lo deja sin aire.

—¿Ves? ¡Te lo dije! —exclamó ella, dándole un golpecito en el pecho a mi padre antes de mirarme a mí.— Te dije que algo bueno iba a suceder. Ya no te preocupes por ese sobre, Vale. Con este puesto vamos a estar bien.

Verlo sonreír así me dio un alivio momentáneo. Mi padre es un cocinero excelente, pero su historial laboral es una montaña rusa. Como es indocumentado, los restaurantes suelen contratarlo hasta que la inspección de inmigración se pone rigurosa o el dueño decide que no quiere correr riesgos. Hace apenas un mes lo habían despedido de su último puesto por una redada en la zona, y desde entonces el silencio en la casa se había vuelto pesado.

—Mañana empiezo —dijo él, orgulloso.— Por fin un lugar serio.

—Felicidades, papá —le dije, dándole un abrazo rápido. Ver su esperanza me hacía sentir un poco culpable por ser tan pesimista.

—Ahora sí, ¡corran! —nos apuró él.— Que hoy hay que celebrar.

Salí de casa con el corazón un poco más ligero, pero el sentimiento no duró mucho. En cuanto puse un pie en la vereda, mis ojos escanearon la calle por instinto. No me gusta salir mucho de casa, y sé muy bien por qué. Desde niña, he vivido con el miedo de que algo pueda suceder y quede involucrada, especialmente si interviene la policía. Mi madre siempre me ha advertido que debo actuar de manera discreta, ya que nunca se sabe cuándo los agentes de inmigración pueden estar al acecho. Aunque yo no soy “ilegal”, mis padres sí lo son. Sin embargo, no puedo negar que sin ellos, yo no sería nada.

A pesar de todo, he decidido dejar la comodidad de mi casa, más específicamente mi cama, para reunirme con mi amiga en la cafetería que solemos frecuentar. Debido a nuestros horarios desiguales, nos hemos propuesto vernos al menos una vez al mes.

Al llegar, la veo sentada en una de las mesas al aire libre, absorta en su celular. Al verme, levanta la vista, seria al principio, pero luego levanta la mano y me saluda con una gran sonrisa.

—Hola, Vi —la saludo con un abrazo, y ella me devuelve el gesto.

Vi es en realidad Flavia, pero odia su nombre. Desde que la conocí en el colegio, casi nunca la he llamado por su nombre; si no es Vi, es Via. Ella es mi única amiga, al igual que yo soy la suya.

Nuestras historias de vida son bastante similares, ya que ambas somos inmigrantes por así decirlo y, al igual que yo, solo ella es “legal” en comparación con sus padres.

Ella es modelo, un sueño que ha tenido desde niña y que ha logrado hacer realidad. A lo largo de su carrera, ha enfrentado obstáculos y críticas injustas debido a su tonada y a su lucha contra el acné, pero ha demostrado una admirable fortaleza para superarlos. Via tiene cabello rubio brillante y sedoso que enmarca su rostro de manera elegante. Sus ojos azules expresivos son cautivadores y reflejan su personalidad vibrante. La presencia que irradia en la pasarela es realmente impactante, capturando la atención de todos con su estilo distintivo y su elegancia natural. Su figura es esbelta y proporcionada, lo que le permite lucir cualquier tipo de prenda con gracia y sofisticación. Es muy conocida en este país en el ámbito de la moda, pero obviamente usa un nombre artístico, “Via”. Admiro cómo usa su fama para ayudar a los inmigrantes de diversas formas, ya sea informando a través de las redes sociales o colaborando en comedores.

—¿Cómo has estado? No te he visto en mucho tiempo —pregunta, y antes de que pueda responder, ella continúa— Ah, y ya pedí por ti —agrega con una sonrisa, justo cuando una mesera se acerca con nuestro pedido.

—¿Cómo es posible?

—Le dije que preparara nuestro pedido tan pronto como llegaras, así podríamos comer cuanto antes.

—¿Tienes hambre? —le pregunto, al verla tan ansiosa esperando al personal del restaurante. La camarera se acerca y deja nuestro pedido, pero antes de que pueda probar mi café, Via me detiene para tomar una foto.

—Posa ahí, así puedo subirla a mis redes —me ordena como si fuera mi madre. —¡Qué hermosa, mi amiga! —dice mostrandome la foto.

—¿Puedo comer ahora? —le pregunto, y ella asiente.

—No sabes cuánto extrañaba comer todo esto —dice, saboreando exageradamente su brownie— Me tenían a base de ensaladas solo para entrar en un vestido más feo que ver el trasero de mi abuela, y eso que es feo —agrega, y ambas reímos al recordar una vez cuando fuimos a la playa con su familia y sus abuelos decidieron tener relaciones en la playa.

Sigo riéndome por la anécdota cuando Vi cambia de tema abruptamente, como siempre lo hace cuando algo se le pasa por la cabeza.

—Te he dicho que deberíamos salir más a menudo para que te despejes de tantas leyes y todo eso.

—Es que...

—¡No puede ser! —me interrumpe un chico de tez blanca, ojos marrones y el cabello totalmente despeinado, exclamando con sorpresa. Se abalanza hacia mi amiga y la abraza durante unos minutos, mientras observo a los otros tres chicos que se han acercado. —¿Cómo estás? —le pregunta él al separarse.

—Muy bien, ¿y tú?

—Ahora mejor que antes.

—Ah, espera, déjame presentarte a mi amiga —dice Flavia dirigiendo su mirada hacia mí— Ella es Valeria.

—Un gusto, Valeria. Soy Augusto —dice él antes de besarme en la mejilla.

—Igual —respondo, y miro a los tres chicos que aún no sé quiénes son ni por qué están aquí.

—Ahora es mi turno —agrega emocionado Augusto— Ellos son Matías, Leandro y Malcolm —dice presentando a cada chico. Me miran y solo dos me saludan, mientras que el último mencionado me observa sin apartar la mirada. No puedo evitar sentirme incómoda.

—¿Cuándo has vuelto? —pregunta mi amiga.

—Hace unos días, pero eso no es lo importante —responde, tratando de mantener un aura de misterio— Tienen que ir a mi fiesta, ambas están invitadas y será hoy. Festejaremos mi vuelta y mi cumpleaños.

—No creo —dice Flavia, y de reojo observo al chico de tez morena, ojos claros y expresión seria que no deja de mirarme. Comienzo a dudar si tengo algo en mi cara e intento hacer una señal con la mirada a Flavia para que termine la conversación con su amigo y así esta situación incómoda llegue a su fin.

—Bueno, te avisaré.

—Nada de “te avisaré“, aquí tienes mi número y mi hermano estará en la fiesta —le dice en un tono juguetón, entregándole una tarjeta.

—¿Podemos irnos? —pregunta el chico que creo que se llama Leandro— No es por nada, chicas, nos agradaron, pero tenemos cosas que hacer.

—Hasta luego —dice Augusto, dejando un beso en nuestras mejillas. Ambas nos quedamos en silencio, esperando a que los chicos se alejen lo suficiente para poder charlar.

—Qué intenso todo, ¿no? —pregunta mi amiga después de voltearse y asegurarse de que no regresarán.

—¿Por qué me miraba así?

—¿Quién?

—Ese chico, te hice señas.

—Ah, sí, perdón, estaba pensando en otra cosa. Aunque si te refieres a Malcolm, no lo sé, nunca se sabe qué esperar de ese chico y su familia. Son dueños del periódico MyMC, y todos sabemos cómo es esa gente. —Responde y yo nunca en mi vida oí de ese periódico.

Flavia y yo nos acomodamos en nuestras sillas, tratando de recuperar la normalidad después del encuentro con aquellos chicos. La mención de la fiesta de Augusto nos dejó intrigadas, y aunque Flavia parece dudar, sé que esa duda se traduce en curiosidad y que eso va a hacer que termine dándole ganas de ir, haciéndome arrastrar a esa fiesta. Por otro lado, la sombra de Malcolm se disuelve lentamente, pero la incomodidad persiste, como si algo hubiera cambiado en el aire.

«Y dicho y hecho»

Mi amiga no pudo quedarse con las ganas y me convenció de alguna u otra manera de venir con la excusa de que nos divertiremos y que no me dejará sola.

La fiesta, por lo que pude ver y por lo que nos ha dicho el chófer que nos está llevando, es en un barrio privado. Así que tendremos que caminar desde la entrada del barrio hasta la casa, y ya me estoy arrepintiendo por décima vez en la noche. Por empezar, al cumpleañero lo he visto una sola vez en mi vida y básicamente lo he conocido hoy, por ende no lo conozco realmente. Estas personas son de clase alta, y dudo que les agrade verme en esta fiesta. Por terminar, hemos llegado a la entrada y ahora quiero llorar porque no me siento cómoda. Muchas personas pasan por al lado nuestro en sus autos y nos observan con una expresión de desprecio.

—Buenas noches, venimos a la fiesta de Augusto Valdez —le dice Flavia al de seguridad que tiene menos ganas de trabajar que yo.

—Identificación—nos dice de mala manera y procedemos a entregárselos. Él escanea nuestras identificaciones y al aparecer una tilde verde en la pantalla, el hombre uniformado nos levanta la valla para que podamos pasar.

—¿Tú sabes dónde es la casa? —le pregunto a Flavia, caminando hacia quién sabe dónde.

—Sí, he venido un par de veces.

—Un par de veces —agrego sarcásticamente— ¿A quién te has ligado de aquí?

—Al hermano de Augusto —responde riendo, y yo abro mi boca de par en par. Ella saca su celular y me muestra una foto de un chico que se parece mucho a Augusto pero es más fornido.

—Qué bien comes.

—Comía, me dejó.

—Auch —digo, casi murmurando.

—En fin, así es el ambiente de la moda y los modelos —responde, intentando demostrar que no le importa, aunque sé que no es así.

—¿Es modelo? —pregunto y ella asiente. Me insulto internamente por hacer una pregunta tan obvia, solo con ver la foto podría darme cuenta.

Al llegar a la respectiva casa, que resultó no estar tan lejos como creía, te recibían con un shot de bienvenida que, por supuesto, tome al instante.

La música resonaba en cada rincón de la casa, creando una atmósfera vibrante y llena de energía. La gente bailaba con entusiasmo en cualquier espacio disponible, sin una pista de baile específica. Algunos se movían al ritmo de la música en la sala de estar, mientras que otros preferían hacerlo en el patio trasero o incluso en la cocina. Flavia se desenvuelve con soltura, saludando a conocidos y sumergiéndose en el ambiente con una sonrisa en el rostro. Intento seguirle el ritmo, tomando otro trago para relajarme. La noche apenas comienza, y quién sabe qué más me deparará esta fiesta que inicialmente no quería, pero aquí estoy.

Desde lejos, diviso a los meseros caminando con una bandeja de shots en una zona de la casa donde hay sillones. Me separo un momento de Vía para acercarme a ellos. Mientras intento pedir uno, una chica de cabello castaño oscuro y rasgos faciales distintivos, que luce elegante en su atuendo, llama su atención primero, haciendo que el mesero se dé la vuelta y me ignore.

—¿Podrías darme uno de esos shots o, mejor aún, llevarlos a mi área? Parece que estamos escasos de alcohol —le pregunta, y el chico se voltea hacia mí. —Lo siento, ¿tú querías uno? —pregunta la chica al verme.

—Sí, pero no importa —respondo, ya que lo único que me falta es pelearme con alguna de esta gente por el alcohol.

—No, por favor, toma tres —me dice, agarrando tres shots y dejándolos sobre una pequeña mesa cercana. —Ahora, ¿podrías ir a buscar más alcohol y llevarlo a mi área? —le dice al chico, y este asiente antes de salir en busca de más.

—Gracias —le digo.

—Me encanta tu look —La chica me elogia el outfit, y sonrío agradecida. No puedo evitar sentirme un poco halagada, considerando que no tenía tiempo para prepararme adecuadamente. Mi amiga, que trajo varios vestidos de Nueva York, me prestó un vestido corto, elegante y ajustado con detalles brillantes. Aunque al principio dudaba, ella me aseguró que me queda bien. Confiando en su juicio, decidí arriesgarme y usarlo para la fiesta. Ahora, con el elogio de la chica, me siento más segura de mi elección y lista para disfrutar de la noche. Antes de desaparecer entre la multitud, añade.—Que los disfrutes.

Apenas me siento en uno de los sillones cuando mi amiga aparece rendida, tirándose a mi lado.

—Creo que no vino —anuncia con un suspiro de frustración, tomando uno de mis shots sin preguntar.

—Qué lástima —le respondo con un sarcasmo que no me molesto en ocultar, mientras tomo el mío.

La verdad es que yo solo quería que nos fuéramos pronto, pero el alivio me duró poco. Flavia se quedó mirando fijamente hacia la zona de la barra, entrecerrando los ojos como si intentara enfocar a alguien entre la multitud y las luces estroboscópicas. De repente, su expresión cambió por completo; la decepción se transformó en una chispa de caza.

—Retiro lo dicho —susurró, enderezándose de golpe.— Allá está. El muy idiota sí vino y ni siquiera me ha saludado.

—¿Qué? ¿A dónde vas? —le pregunté, pero ya era tarde.

—¡Ya vuelvo! No te muevas de aquí —me avisó mientras se levantaba del sillón como si tuviera resortes.

Observé cómo se abría paso entre la gente con esa seguridad que solo ella tiene, caminando decidida hacia un chico que estaba de espaldas, charlando animadamente con un grupo de chicas. No necesitaba verle la cara para saber quién era; el lenguaje corporal de Flavia lo decía todo: iba directo hacia su ex.

Me quedé ahí, sola en medio del ruido, sintiéndome como un pulpo en un garaje. Suspiré y miré los dos shots que quedaban en la mesa. Definitivamente, iba a necesitar más que eso para sobrevivir a la noche.

—¿Tú también estás aquí haciendo de guardaespaldas? —preguntó una voz a mi lado.

Me giré para encontrar a un chico sentado en el mismo sillón, absorto en su celular pero con una media sonrisa.

—¿Disculpa? —respondí, tratando de escucharlo por encima del bajo de la música.

—Digo que si también has venido a acompañar a alguien y te han dejado tirada —aclaró bloqueando su teléfono.— Se te nota en la cara que preferirías estar en cualquier otro lugar del planeta.

—Oh, entiendo. Sí, algo así. Soy la acompañante oficial —confirmé, relajando un poco los hombros. Me cayó bien de inmediato; no tenía esa mirada de superioridad que el resto de los invitados.— Soy Valeria.

—Rhamid. Y te entiendo, yo estoy esperando a que mi primo se canse de hacerse el galán para poder irnos.

—¿Ustedes también están solos? —Una chica de cabello rosa brillante y ropa totalmente negra se acercó con una botella en la mano.— He conseguido “tomar prestado” esto de la barra y busco gente que no sea tan aburrida como los de allá afuera.

—Ven aquí, chica —exclamó Rhamid, haciéndole un espacio en el sillón.— Me gusta tu estilo. Soy Rhamid, ella es Valeria.

—Flor —se presentó ella, sirviendo la bebida en unos vasos que traía escondidos.

Pasamos la siguiente hora hablando de lo mucho que desentonábamos en ese barrio privado. Entre risas y tragos, la conversación se volvió más íntima, de esa forma en la que solo ocurre con desconocidos en una fiesta. Rhamid nos contó, entre bromas sobre su familia, lo difícil que era ser gay y mantener sus tradiciones islámicas; Flor, por su parte, hablaba con una libertad envidiable sobre ser lesbiana y no creer en nada más que en ella misma. Yo también me solté. Les confesé que creía en Dios a mi manera y que, aunque nunca lo decía en voz alta, sentía que me gustaban ambos bandos, aunque mi vida amorosa fuera un desastre inexistente.

—Amo este grupo —repitió Rhamid un rato después, con esa tonada característica de cuando el alcohol ya tomó el control.

—Necesito ir al baño —avisé, tratando de ponerme de pie. Las luces ahora giraban más rápido.— ¿Flor, quieres ir?

Le pregunté, pero ella no respondió. Al darme vuelta, la vi sentada en el piso con la cabeza apoyada sobre la mesita, los ojos cerrados y la boca entreabierta.

—¿Estará viva? —preguntó Rhamid, acercando un dedo a su nariz para verificar que respiraba. Asintió con solemnidad y yo comencé a dirigirme al interior de la casa, sin tener idea de dónde estaba el baño.

Las luces de colores parpadeaban al ritmo de la música, una combinación letal con el alcohol que llevaba encima. Intenté caminar lo más estable posible, pero la gente bailaba por todos lados, empujándome mientras intentaba avanzar.

Observé a varias personas subiendo por las escaleras y decidí seguirlas; arriba era más probable encontrar una habitación vacía. Al llegar al piso de arriba, le arrebaté un vaso rojo a un camarero que pasaba y continué caminando mientras revisaba mi celular en busca de mensajes de mi amiga. Mientras intentaba escribirle con los dedos torpes, mi hombro chocó con alguien.

Mi celular voló al suelo y el contenido de mi vaso terminó esparcido por el frente de una camisa blanca que se veía carísima.

—¡Dios! ¿Puedes tener cuidado o acaso no...? —Malcolm, el amigo de Augusto, dejó de observar su camisa y al mirarme se quedó callado. —Bueno, no hace falta ni decirlo, porque claramente no ves por dónde caminas.

—Disculpa... —balbuceé, agachándome para recoger mi teléfono.— Mándame la factura de cuánto te ha costado la tintorería.

—Esto no podrías pagarlo ni trabajando cien años —me respondió con una impaciencia que me revolvió el estómago.

—Ya te he dicho que lo siento y que de alguna manera te lo compensaré... —Intenté terminar la frase, pero una oleada de náuseas me golpeó de golpe.

Algo subió desde mi estómago a mi boca con una fuerza imparable. No hubo tiempo de correr. Terminé vomitando directamente sobre las zapatillas de diseño de Malcolm. Me levanté lentamente, con un sabor amargo en la boca, viendo su expresión de horror absoluto.

—Mándame también la cuenta de esto —logré decir, antes de que mis rodillas cedieran y las luces de la fiesta se desvanecieran por completo.

---------------------------------------------------------------------------------

Nota de autor:

Holaa Valeria.

Hola Malcolm (sí, ese Malcolm… el que quizás ya vieron por ahí. Ejem, ejem, Dulce Solución 👀).

Bienvenidos a esta historia 💭

No saben lo raro —y lindo— que es para mí volver a editar este libro. Fue uno de esos que escribí hace tiempo, que quedó guardado, medio olvidado, y que hoy estoy retomando con otra cabeza, otro pulso… y menos paciencia 😅.

Porque seamos honestos: editar no me gusta, pero esta historia lo valía.

Este primer capítulo es una puerta.

A Valeria, a su pasado, a esos recuerdos que no piden permiso para aparecer, y a un mundo donde las diferencias sociales, las heridas familiares y las primeras miradas incómodas empiezan a cruzarse. Nada es casual acá. Ni los sueños, ni las frases repetidas, ni los encuentros “accidentales”.

Espero de corazón que lo disfruten tanto como yo estoy disfrutando volver a meterme en esta historia, releerla, corregirla y volver a enamorarme de personajes que no siempre son fáciles… pero sí muy humanos.

✨ Gracias por estar acá, por leer, por acompañar mis idas y vueltas creativas.

Si el capítulo les gustó, no se olviden de votar ⭐, comentar (los leo SIEMPRE) y decirme qué les hizo sentir este inicio. Sus mensajes hacen más de lo que creen.

Nos leemos muy pronto.

Con amor,mate🧉, un poco de caos creativo y muchas ganas de seguir,

Lu 💕

Next Chapter