Capítulo 1
En el pintoresco pueblo navideño de Evergreen Hollow, donde las calles dormían bajo un manto de nieve En el pintoresco pueblo navideño de Evergreen Hollow, donde las calles dormían bajo un manto de nieve y las luces titilaban como estrellas caídas, dos familias enfrentaban destinos opuestos. Una, rota por las sombras del pasado y separada por océanos; la otra, envuelta en una fachada de felicidad que ocultaba cicatrices profundas. Sus caminos estaban destinados a cruzarse, hilados por el azar y el tiempo, para sanar heridas que ninguno se atrevía a admitir. Serena, una joven madre y diseñadora gráfica, había llegado a Evergreen cinco años atrás, buscando un nuevo comienzo. Desde entonces, trabajaba en una pequeña empresa local, bajo la dirección de un jefe cuya influencia en su vida estaba a punto de cobrar un significado inesperado.
Por otro lado, Marcos, el único fotógrafo del lugar, se hundía en una oscuridad que parecía no tener final. Los fantasmas de un pasado reciente le habían arrebatado no solo su esencia, sino también las ganas de vivir. Una tarde cualquiera, el estudio que solía ser su refugio recibió una visita inesperada y poco grata. Las palabras y recuerdos que esta persona dejó tras de sí fueron un golpe seco, abriendo viejas heridas y empujándolo al fondo de una botella de vodka, en un intento desesperado por silenciar las voces que le susurraban que, sin ella, ya no quedaba nada.
Poco sabían el uno del otro, hasta que el destino, o quizá la magia de la Navidad, decidió entrelazar sus vidas. Coincidieron por casualidad en la función navideña de la escuela, donde Owen, sobrino de Marcos, y Valeria, hija de Serena, compartían escenario. Los niños, con su inocencia envidiable, disfrutaban de una amistad entrañable que crecía con los años, ajenos a las sombras que pesaban sobre los adultos a su alrededor.
El día de hoy se presenta como otro cualquiera, envuelto en la monotonía de siempre. En casa, Serena y su hija se preparan desde temprano para no llegar tarde a la escuela. Serena planea, como cada mañana, aprovechar la rutina para pasar por la cafetería de Cristina, la anciana humilde que la acogió como a su propia hija cuando llegó al pueblo hace un lustro. Más tarde, tiene programada una reunión importante con su jefe y los socios de la empresa, en la que discutirán los detalles del lanzamiento de un nuevo producto antes de Navidad.
—Valeria, hija, el desayuno está listo.
—¡Ya voy, mami!
Serena sonrió al verla aparecer en la cocina.
—¿Qué hacías?
—La maestra dijo que podíamos ayudar en la recolecta de juguetes para los niños que no tienen familia. Estaba revisando la ropa que ya no me sirve y los juguetes que no uso porque... ya me he hecho grande —respondió la pequeña, con un ligero rubor en sus mejillas.
—Es un hermoso gesto, cariño. ¿Ya apartaste todo lo que quieres donar?
—Sí, está en una caja sobre mi cama.
—Bien, ¿qué te parece si la llevo al coche mientras desayunas?
—¡Vale!
—Perfecto. No tardes, o llegaremos tarde a la escuela.
—No, mami, ya casi acabo.
En el otro extremo de Evergreen, la familia Harrington se preparaba para un nuevo día, llenos de la alegría que traen estas fechas. Alejandro y Shery irradiaban esa calidez que convertía cada rincón de su hogar en un refugio, incluso para alguien como Marcos, quien, envuelto en su carácter gruñón, parecía ser engullido por la penumbra de su habitación. Por más que el ambiente festivo intentara alcanzarlo, él se mantenía firme en su aislamiento, evitando cualquier muestra de cercanía que rompiera las barreras que había levantado.
—Owen, cariño, ¿llevas tus cosas? —gritó Shery desde la planta baja de su elegante mansión, decorada con un espléndido árbol de Navidad que brillaba en el gran salón.
—¡Me olvidé de algo! ¡Ya bajo! —respondió el pequeño torbellino de la familia, regresando a su dormitorio.
—Date prisa, o llegaremos tarde a la escuela —dijo su madre con una sonrisa.
Alejandro entró al salón, ajustando el nudo de su corbata.
—Buenos días. Estás preciosa —murmuró, acercándose para rodearla con sus brazos y besarla en la frente.
—Y tú también estás muy guapo —respondió ella, dándole un beso breve pero lleno de cariño—. ¿Ya vas a la oficina?
—No antes de acompañaros a la escuela.
—¿Y la reunión para el nuevo producto?
—Puede esperar. Mi prioridad es mi familia —contestó con una sonrisa, besándola suavemente en la cabeza.
El momento se interrumpió por una voz áspera desde el piso de arriba.
—¿Qué es todo este ruido?
Marcos apareció en el pasillo, apoyado en la barandilla, observándolos con el ceño fruncido.
—¡Vaya, madrugaste, hermanito! —bromeó Alejandro, arqueando una ceja.
—No te emociones, solo iré por un café y volveré a la habitación —respondió con su habitual seriedad.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Shery, sin perder su tono amable.
—Bien, deseando volver a casa pronto.
—No es negociable —intervino Alejandro con firmeza.
—Llevo meses viviendo aquí, ya es hora de que...
—O te quedas aquí o en casa de papá y mamá. Tú eliges.
Antes de que Marcos pudiera replicar, Owen apareció en lo alto de las escaleras con una caja entre sus manos.
—¡Ayuda! ¡Pesa mucho!
—Trae, campeón, yo la llevo —dijo Alejandro, tomando la caja. Se sorprendió por el peso—. ¿Qué traes aquí?
—Cosas para los niños que no tienen hogar. La profesora dijo que podíamos ayudar donando lo que ya no queríamos.
—Es un gesto precioso, cariño —dijo Shery, orgullosa.
Alejandro se giró hacia Marcos antes de salir.
—Marc.
—Hermano.
—Adiós, tío Marcos.
—Adiós, campeón —dijo Marcos, agachándose para abrazarlo con una sonrisa genuina, algo reservado únicamente para su sobrino—. Diviértete en la escuela.
—¿Vendrás a la fiesta de Navidad? —preguntó Owen con sus ojos brillando de ilusión.
Marcos dudó, tartamudeando.
—Yo... no sé...
—Vamos, cariño, no presiones a tu tío —intervino Shery rápidamente, evitando que Marcos rompiera el corazón del pequeño—. Recuerda que aún está malito.
—Cierto... lo siento, tío, no lo pensé —dijo Owen con tristeza.
—No pasa nada, pequeño. Anda, papá te espera en el coche.
Cuando la casa quedó en silencio, Marcos se hundió en el sofá, consumido por el peso de su tristeza. Deseaba con todas sus fuerzas estar en la función de su sobrino, pero el miedo y la ansiedad lo mantenían atrapado. La Navidad siempre había sido su época favorita, pero para él, esa ilusión ya se había extinguido.
El frío matutino acariciaba las mejillas de Serena mientras ajustaba la bufanda de su hija. Las risas inocentes llenaban el aire, mezclándose con los primeros rayos del sol que iluminaban el colegio, decorado con guirnaldas y copos de nieve de papel. Serena miró a Valeria con ternura, consciente de cuánto significaba este día para su pequeña.
—Gracias por traerme —dijo Valeria, con un ligero rubor cubriendo sus mejillas.
—Pásalo bien, te veré después de la función —respondió Serena, inclinándose para darle un beso en la frente.
—¿Vendrás a verme? —preguntó Valeria, con los ojos brillando como las luces del árbol de Navidad del pueblo.
—Por supuesto, como cada año, cariño. Además, serás la elfa más hermosa de todas —le aseguró Serena, mientras sus dedos acariciaban suavemente la mejilla de su hija.
Valeria se lanzó a los brazos de su madre, soltando una risita cristalina que resonó como campanillas en la nieve.
—Te quiero mucho, mami.
—Y yo a ti, mi vida —contestó Serena, abrazándola con fuerza, como si quisiera protegerla del frío... y del mundo.
—¡Valeria, llegaste! —chilló Owen, cruzando el patio con los brazos abiertos.
—¡Owen! —respondió Valeria, soltándose de su madre para correr hacia su mejor amigo. Ambos se fundieron en un abrazo cargado de energía y risas contagiosas.
—Lo siento —dijo Owen, girándose hacia Serena con una sonrisa tímida—. Buenos días, señora Thompson.
—Solo Serena, Owen, tranquilo. ¿Listo para la función de esta noche?
—¡Sí! —respondió el niño, con entusiasmo, mientras daba un pequeño salto.
—Venga, niños, a clase —intervino Shery, señalando la puerta decorada con guirnaldas rojas y verdes—. Si no queréis que la profesora os ponga una amonestación antes de Navidad.
—Adiós, mamá —se despidió Owen, agitando la mano apresuradamente.
—Portaros bien —respondió Shery, cruzando los brazos con una sonrisa cómplice.
—Hasta luego, mami —Valeria volvió a abrazar a Serena, su abrazo era cálido como el chocolate caliente en una fría mañana.
—Pásalo bien, cariño.
Serena observó cómo su hija desaparecía tras las puertas del colegio, su corazón apretado por el miedo que nunca confesaba. Se quedó inmóvil, igual que cada mañana, con la sombra de un recuerdo acechándola. Siempre temía que él, de alguna manera, las encontrara.
—Es una niña muy dulce —comentó Alejandro, con los ojos fijos en la puerta por la que habían desaparecido los pequeños.
—Gracias. Por ella me esfuerzo cada día, para ser la mejor madre —respondió Serena, bajando la mirada hacia sus manos entrelazadas.
—Ya lo eres, Serena. Tienes que estar orgullosa —añadió Shery, colocando una mano en su hombro con suavidad.
—No podría estar más de acuerdo —dijo Alejandro con una cálida sonrisa.
El aire se tornó pesado cuando Shery, con la inocencia de quien no sabía lo que se escondería tras sus palabras, preguntó
—¿Y su padre? Siempre las veo solas. ¿Estará aquí este año en Navidad?
La pregunta golpeó a Serena como una ráfaga de aire helado. Su expresión se endureció, y su voz salió gélida:
—No vendrá. Y es mejor así.
—Perdón, no quise... —intentó disculparse Shery, visiblemente avergonzada, pero Serena la interrumpió con una sonrisa que, aunque forzada, reflejaba su fortaleza.
—Tranquila, no podías saberlo.
Alejandro, percibiendo el cambio de ánimo, intervino para disipar la tensión:
—Bien, chicas. ¿Qué tal si llevamos esto al salón de actos? Luego iremos a trabajar.
—La reunión... —murmuró Serena, revisando la hora en su reloj.
—Tranquila, llegaremos a tiempo. ¿Tienes todo listo para el lanzamiento del nuevo producto?
—Todo está en mi oficina.
—Perfecto. Estoy ansioso por ver lo que has preparado —añadió Alejandro, tomando una de las cajas de donaciones.
El grupo avanzó hacia el salón de actos, dejando tras de sí el eco de sus pasos en la nieve fresca y el aroma de chocolate caliente que salía de la cafetería escolar.
Mientras tanto, en otro rincón del pueblo, Marcos se movía torpemente por la cocina. La casa estaba en completo silencio, roto solo por el tintineo de cucharas y el suave crujir de la masa que estaba preparando. La depresión había dejado huellas profundas en él, pero aquel día, decidió redimirse de la única manera que sabía: preparando el pastel de frambuesa favorito de su hermano.
—Hijo, ¿dónde estás? —la voz de Harriet Harrington rompió la quietud desde el recibidor.
—En la cocina —respondió Marcos, sin dejar de batir.
—¿Qué haces así vestido? —preguntó Harriet al entrar y verlo en pijama, cubierto de harina.
—Hoy no tenía cita con mi terapeuta y no pensaba salir de casa —respondió, evitando la mirada inquisitiva de su madre mientras seguía concentrado en la receta.
—Hijo, llevas meses encerrado en esta casa. No puedes seguir así para siempre —dijo su madre, conteniendo las lágrimas.
—Puedo intentarlo —murmuró él, sin levantar la mirada.
—¿Y qué pasará con tu vida? —insistió ella, preocupada.
—¿Alguna vez he tenido una? —respondió con un tono vacío.
—¿No te das cuenta de que esto es justo lo que ella quería? —replicó su madre, con una mezcla de tristeza y desesperación.
—Ya no importa, mamá.
—¿Cómo que no importa? ¡Tú nos importas! —dijo ella, alzando ligeramente la voz—. Estamos preocupados por ti. Gracias a Dios que te encontró tu hermano, porque si no... no sé qué hubiera pasado contigo.
—Perdóname —susurró Marcos, deteniéndose en seco.
Su madre no dijo nada. En lugar de eso, lo rodeó con un abrazo firme y cálido, sosteniéndolo por un largo rato.
—No hay nada que perdonar, hijo. Al contrario, agradezco que estés aquí con nosotros. No estás solo, y jamás lo estarás.
—Gracias, mamá —respondió él, casi en un murmullo.
Se hizo un silencio mientras Marcos mantenía la cabeza baja.
—¿En qué piensas? —preguntó su madre, con suavidad.
—En que no quería que Alejandro me viera así... nunca quise que él... —su voz se quebró, incapaz de terminar la frase.
—Marcos, mírame —dijo ella, tomando sus manos con cuidado—. Saldrás de esto, te lo prometo. Paso a paso. Ahora dime, ¿qué estabas haciendo? —añadió, cambiando el tono.
—Preparaba algo para Alejandro. Fui brusco con él y quería compensarlo —confesó, apenado.
—¿A que adivino? —dijo Harriet, esbozando una sonrisa.
—Tarta de queso con frutos rojos.
Por un segundo, Marcos sonrió, casi sin darse cuenta. Un atisbo del joven que solía ser.
—Te ayudo —dijo ella, quitándose el abrigo y lavándose las manos antes de unirse en la cocina—. Y luego me acompañas a hacer las compras para Navidad.
—No creo que sea buena idea...
—Sí, hazme caso. Después veremos juntos la función de Owen en la escuela. Será bueno para ti.
—Está bien —aceptó, aunque la idea le hacía sentirse nervioso. “Espero que los ejercicios para la ansiedad me sirvan.”
—Bien, manos a la obra —dijo Harriet con entusiasmo, dándole una palmadita en el hombro.
Por otro lado, Serena y Alejandro continuaban sumidos en la reunión con los socios, discutiendo los detalles del nuevo proyecto.
—Cuéntanos sobre el concepto del cofre, Serena —dijo Alejandro, inclinándose hacia adelante.
—“El Cofre del Destino” es un cofre de madera artesanal, con grabados que reflejan la esencia de Evergreen. Contiene cartas navideñas personalizadas, recetas, pequeños obsequios y un juego de cartas interactivo como toque especial.
Wyatt y Keyla intercambiaron miradas, intrigados.
—¿Y en qué consiste ese juego? —preguntó Wyatt.
—Es un juego de pistas y desafíos que lleva a los jugadores a un destino secreto en Evergreen Hollow. Este lugar estará preparado para ser una experiencia mágica. Queremos que "El Cofre del Destino" no solo celebre la Navidad, sino que sea el inicio de nuevas conexiones, tal vez incluso historias de amor.
—Es brillante —dijo Keyla, entusiasmada—. Es más que un producto, es una experiencia. ¿Cómo crees que impactará en la comunidad?
—Creo que ayudará a redescubrir Evergreen. A los locales les dará la oportunidad de explorar su pueblo desde otra perspectiva, y a los visitantes, de conocer su magia. Además, al fomentar encuentros, fortalecemos el sentido de comunidad.
—Es una propuesta perfecta para Montaña Verde: tradición, comunidad y momentos inolvidables —comentó Alejandro.
—Y creo que podría funcionar a nivel nacional. Es un concepto que resuena con la gente —añadió Wyatt.
—Ese toque de unión navideña es muy especial. Estoy segura de que será un éxito —dijo Keyla.
—Gracias. Estoy convencida de que "El Cofre del Destino" tocará muchos corazones este diciembre —dijo Serena.
—Entonces vamos adelante —anunció Alejandro—. Serena, coordina con marketing para que todo esté listo. Wyatt, Keyla, contamos con su apoyo para impulsar este proyecto.
—Puedes contar con nosotros —dijo Wyatt.
—Sin duda alguna —afirmó Keyla.
La reunión concluyó con entusiasmo y altas expectativas por ver el impacto del nuevo proyecto en el mercado.
—Nosotros nos vamos, tenemos que recoger a nuestro hijo en el aeropuerto —comentó Wyatt.
—No quería perderse la función de su hermana —añadió Keyla.
—Entonces, nos vemos más tarde —respondió Alejandro.
—Adiós, felices fiestas —dijo Serena.
—Igualmente —replicaron ambos, saliendo de la sala de juntas.
—Bueno, manos a la obra. Avísame si necesitas algo en lo que pueda ser útil —dijo Alejandro.
—Muy bien, me retiro a mi oficina —contestó Serena, manteniendo un tono formal.
—Puedes irte a casa con tiempo para prepararte para la función de los niños —sugirió Alejandro.
—Gracias, lo haré.
—No es necesario que seas tan formal conmigo. Nuestros hijos van a la misma clase y son buenos amigos. Además, eres la mejor amiga de mi esposa y llevas años trabajando con nosotros. Puedes tutearme.
—No creo que sea apropiado. Me sentiría más cómoda manteniendo las distancias.
Alejandro sonrió levemente, con comprensión.
—De acuerdo, como prefieras. No voy a insistir.
—Gracias —respondió ella, con la misma frialdad, y salió de la sala con pasos decididos.
El centro comercial vibraba con villancicos, compradores apresurados y bolsas repletas de regalos, mientras un árbol navideño majestuoso iluminaba el vestíbulo con destellos de color y magia. Marcos caminaba unos pasos detrás de Harriet, sosteniendo varias bolsas mientras ella se detenía a examinar juguetes, prendas de vestir y otros objetos atractivos. Aunque respondía con palabras escuetas cada vez que su madre le pedía su opinión, su semblante reflejaba que preferiría estar en cualquier otro lugar. No obstante, se esforzaba por acompañarla, porque entendía cuánto significaba para ella preservar las tradiciones navideñas, aunque para él esa festividad hubiera perdido su brillo.
—¿Qué opinas de esta bufanda para tu padre? —preguntó Harriet, levantando una pieza de lana azul cielo—. Siempre dice que con la gabardina no le alcanza y que pasa frío cuando se reúne con sus amigos del bufete.
—Está bien… parece bastante calentita.
—Claro que sí, y es de su tono preferido. Ahora busquemos algo para Owen.
Marcos se detuvo de repente, con una sombra de melancolía cruzando su mirada.
—¿Qué sucede, cariño? ¿Necesitas que tomemos un descanso? —inquirió Harriet con preocupación.
—No es eso, mamá. Lo siento, no quería estropear el momento —contestó, mirando al suelo.
—Hijo, mírame, por favor.
—Estaríais mejor sin mí… —murmuró en voz baja.
—No digas esas cosas, Marcos. No me obligues a regañarte como cuando eras pequeño —replicó Harriet, con un tono firme pero cariñoso.
—Perdón…
—Marcos Harrington Laurence, deja de disculparte. Sé cuánto te cuesta estar aquí, entre tanta gente, y quiero que sepas que estoy muy orgullosa de ti. Este es un gran paso, después de casi seis meses sin salir de casa. ¿Qué te parece si compramos esos dinosaurios para Owen y luego vamos a tomar un chocolate caliente?
—Me parece bien… Mamá…
—¿Sí?
—¿Qué te parece si saco mi vieja cámara y hago fotos de Owen durante la función de Navidad?
—Cariño, me parece una idea fabulosa.
—Creo que estos dinosaurios le encantarán —comentó Marcos, mostrando un set de figuritas.
—Es perfecto. A Shery, según recuerdo, le gustan las novelas históricas.
—Tal vez podamos buscar alguna de su autora favorita —sugirió Marcos.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó Harriet, frunciendo el ceño mientras intentaba recordar.
—Ken Follett, creo —respondió él.
—¡Eso es! Sigamos entonces. De camino, compraremos ese whisky que le gusta tanto a tu hermano.
—Macallan —apuntó Marcos con una leve sonrisa.
Horas más tarde, al caer la noche, Harriet, puntual como siempre, encontró asientos en la primera fila junto a Shery, quien les había reservado un lugar. Marcos ajustó la correa de su cámara mientras el salón se llenaba de murmullos. Tras el telón cerrado, los niños se preparaban con nervios y risas que se filtraban desde bambalinas.
Serena, sentada unos asientos más allá, conversaba con Jason, quien se acercó con Wyatt: su padre, para presentarse.
—Encantado de conocerte. Mi madre siempre habla maravillas de tu trabajo —dijo él con una sonrisa cortés.
—Gracias. Ella también me comentó que estás escribiendo un libro. ¿De qué trata? —preguntó Serena, manteniendo la conversación por cortesía.
—Romance. ¿Crees en el hilo rojo del destino? —inquirió Jason, observándola con curiosidad.
—No, para nada. Eso solo existe en los libros —respondió ella con firmeza, desviando la mirada hacia la tarima.
Marcos, ocupado ajustando su cámara, levantó la vista justo en el momento en que Serena giraba la cabeza hacia el escenario. Sus miradas se cruzaron brevemente, un intercambio simple y casual que apenas pareció notarse en medio del bullicio del lugar. Ella, distraída por las luces cálidas que comenzaban a iluminar el escenario, no le dio mayor importancia. Él volvió a concentrarse en la cámara, preparado para capturar el espectáculo.
—Silencio —murmuró Shery, emocionada—. ¡El telón está a punto de subir.
El salón se sumió en un breve silencio mientras las luces se atenuaban. Un suave murmullo de expectación recorrió la sala, y finalmente, el telón se alzó. Allí estaban los niños, vestidos de elfos, con sus gorritos de colores y campanitas que tintineaban al ritmo de sus movimientos. Una oleada de ternura invadió a los espectadores mientras la primera nota del villancico resonaba:
—Oh, blanca Navidad, sueño y con la nieve alrededor... Blanca es mi primera, y es mensajera de paz y de puro amor.
La música llenó el espacio, envolviendo el momento con calidez y alegría. Serena sonrió, relajándose finalmente, y Marcos, cámara en mano, capturó el instante con precisión. Ninguno de los dos podía sospechar que, mientras la Navidad desplegaba su magia en el escenario, el destino comenzaba a mover sus hilos, silencioso y paciente, como siempre lo hace. las luces titilaban como estrellas caídas, dos familias enfrentaban destinos opuestos. Una, rota por las sombras del pasado y separada por océanos; la otra, envuelta en una fachada de felicidad que ocultaba cicatrices profundas. Sus caminos estaban destinados a cruzarse, hilados por el azar y el tiempo, para sanar heridas que ninguno se atrevía a admitir. Serena, una joven madre y diseñadora gráfica, había llegado a Evergreen cinco años atrás, buscando un nuevo comienzo. Desde entonces, trabajaba en una pequeña empresa local, bajo la dirección de un jefe cuya influencia en su vida estaba a punto de cobrar un significado inesperado.
Por otro lado, Marcos, el único fotógrafo del lugar, se hundía en una oscuridad que parecía no tener final. Los fantasmas de un pasado reciente le habían arrebatado no solo su esencia, sino también las ganas de vivir. Una tarde cualquiera, el estudio que solía ser su refugio recibió una visita inesperada y poco grata. Las palabras y recuerdos que esta persona dejó tras de sí fueron un golpe seco, abriendo viejas heridas y empujándolo al fondo de una botella de vodka, en un intento desesperado por silenciar las voces que le susurraban que, sin ella, ya no quedaba nada.
Poco sabían el uno del otro, hasta que el destino, o quizá la magia de la Navidad, decidió entrelazar sus vidas. Coincidieron por casualidad en la función navideña de la escuela, donde Owen, sobrino de Marcos, y Valeria, hija de Serena, compartían escenario. Los niños, con su inocencia envidiable, disfrutaban de una amistad entrañable que crecía con los años, ajenos a las sombras que pesaban sobre los adultos a su alrededor.
El día de hoy se presenta como otro cualquiera, envuelto en la monotonía de siempre. En casa, Serena y su hija se preparan desde temprano para no llegar tarde a la escuela. Serena planea, como cada mañana, aprovechar la rutina para pasar por la cafetería de Cristina, la anciana humilde que la acogió como a su propia hija cuando llegó al pueblo hace un lustro. Más tarde, tiene programada una reunión importante con su jefe y los socios de la empresa, en la que discutirán los detalles del lanzamiento de un nuevo producto antes de Navidad.
—Valeria, hija, el desayuno está listo.
—¡Ya voy, mami!
Serena sonrió al verla aparecer en la cocina.
—¿Qué hacías?
—La maestra dijo que podíamos ayudar en la recolecta de juguetes para los niños que no tienen familia. Estaba revisando la ropa que ya no me sirve y los juguetes que no uso porque... ya me he hecho grande —respondió la pequeña, con un ligero rubor en sus mejillas.
—Es un hermoso gesto, cariño. ¿Ya apartaste todo lo que quieres donar?
—Sí, está en una caja sobre mi cama.
—Bien, ¿qué te parece si la llevo al coche mientras desayunas?
—¡Vale!
—Perfecto. No tardes, o llegaremos tarde a la escuela.
—No, mami, ya casi acabo.
En el otro extremo de Evergreen, la familia Harrington se preparaba para un nuevo día, llenos de la alegría que traen estas fechas. Alejandro y Shery irradiaban esa calidez que convertía cada rincón de su hogar en un refugio, incluso para alguien como Marcos, quien, envuelto en su carácter gruñón, parecía ser engullido por la penumbra de su habitación. Por más que el ambiente festivo intentara alcanzarlo, él se mantenía firme en su aislamiento, evitando cualquier muestra de cercanía que rompiera las barreras que había levantado.
—Owen, cariño, ¿llevas tus cosas? —gritó Shery desde la planta baja de su elegante mansión, decorada con un espléndido árbol de Navidad que brillaba en el gran salón.
—¡Me olvidé de algo! ¡Ya bajo! —respondió el pequeño torbellino de la familia, regresando a su dormitorio.
—Date prisa, o llegaremos tarde a la escuela —dijo su madre con una sonrisa.
Alejandro entró al salón, ajustando el nudo de su corbata.
—Buenos días. Estás preciosa —murmuró, acercándose para rodearla con sus brazos y besarla en la frente.
—Y tú también estás muy guapo —respondió ella, dándole un beso breve pero lleno de cariño—. ¿Ya vas a la oficina?
—No antes de acompañaros a la escuela.
—¿Y la reunión para el nuevo producto?
—Puede esperar. Mi prioridad es mi familia —contestó con una sonrisa, besándola suavemente en la cabeza.
El momento se interrumpió por una voz áspera desde el piso de arriba.
—¿Qué es todo este ruido?
Marcos apareció en el pasillo, apoyado en la barandilla, observándolos con el ceño fruncido.
—¡Vaya, madrugaste, hermanito! —bromeó Alejandro, arqueando una ceja.
—No te emociones, solo iré por un café y volveré a la habitación —respondió con su habitual seriedad.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Shery, sin perder su tono amable.
—Bien, deseando volver a casa pronto.
—No es negociable —intervino Alejandro con firmeza.
—Llevo meses viviendo aquí, ya es hora de que...
—O te quedas aquí o en casa de papá y mamá. Tú eliges.
Antes de que Marcos pudiera replicar, Owen apareció en lo alto de las escaleras con una caja entre sus manos.
—¡Ayuda! ¡Pesa mucho!
—Trae, campeón, yo la llevo —dijo Alejandro, tomando la caja. Se sorprendió por el peso—. ¿Qué traes aquí?
—Cosas para los niños que no tienen hogar. La profesora dijo que podíamos ayudar donando lo que ya no queríamos.
—Es un gesto precioso, cariño —dijo Shery, orgullosa.
Alejandro se giró hacia Marcos antes de salir.
—Marc.
—Hermano.
—Adiós, tío Marcos.
—Adiós, campeón —dijo Marcos, agachándose para abrazarlo con una sonrisa genuina, algo reservado únicamente para su sobrino—. Diviértete en la escuela.
—¿Vendrás a la fiesta de Navidad? —preguntó Owen con sus ojos brillando de ilusión.
Marcos dudó, tartamudeando.
—Yo... no sé...
—Vamos, cariño, no presiones a tu tío —intervino Shery rápidamente, evitando que Marcos rompiera el corazón del pequeño—. Recuerda que aún está malito.
—Cierto... lo siento, tío, no lo pensé —dijo Owen con tristeza.
—No pasa nada, pequeño. Anda, papá te espera en el coche.
Cuando la casa quedó en silencio, Marcos se hundió en el sofá, consumido por el peso de su tristeza. Deseaba con todas sus fuerzas estar en la función de su sobrino, pero el miedo y la ansiedad lo mantenían atrapado. La Navidad siempre había sido su época favorita, pero para él, esa ilusión ya se había extinguido.
El frío matutino acariciaba las mejillas de Serena mientras ajustaba la bufanda de su hija. Las risas inocentes llenaban el aire, mezclándose con los primeros rayos del sol que iluminaban el colegio, decorado con guirnaldas y copos de nieve de papel. Serena miró a Valeria con ternura, consciente de cuánto significaba este día para su pequeña.
—Gracias por traerme —dijo Valeria, con un ligero rubor cubriendo sus mejillas.
—Pásalo bien, te veré después de la función —respondió Serena, inclinándose para darle un beso en la frente.
—¿Vendrás a verme? —preguntó Valeria, con los ojos brillando como las luces del árbol de Navidad del pueblo.
—Por supuesto, como cada año, cariño. Además, serás la elfa más hermosa de todas —le aseguró Serena, mientras sus dedos acariciaban suavemente la mejilla de su hija.
Valeria se lanzó a los brazos de su madre, soltando una risita cristalina que resonó como campanillas en la nieve.
—Te quiero mucho, mami.
—Y yo a ti, mi vida —contestó Serena, abrazándola con fuerza, como si quisiera protegerla del frío... y del mundo.
—¡Valeria, llegaste! —chilló Owen, cruzando el patio con los brazos abiertos.
—¡Owen! —respondió Valeria, soltándose de su madre para correr hacia su mejor amigo. Ambos se fundieron en un abrazo cargado de energía y risas contagiosas.
—Lo siento —dijo Owen, girándose hacia Serena con una sonrisa tímida—. Buenos días, señora Thompson.
—Solo Serena, Owen, tranquilo. ¿Listo para la función de esta noche?
—¡Sí! —respondió el niño, con entusiasmo, mientras daba un pequeño salto.
—Venga, niños, a clase —intervino Shery, señalando la puerta decorada con guirnaldas rojas y verdes—. Si no queréis que la profesora os ponga una amonestación antes de Navidad.
—Adiós, mamá —se despidió Owen, agitando la mano apresuradamente.
—Portaros bien —respondió Shery, cruzando los brazos con una sonrisa cómplice.
—Hasta luego, mami —Valeria volvió a abrazar a Serena, su abrazo era cálido como el chocolate caliente en una fría mañana.
—Pásalo bien, cariño.
Serena observó cómo su hija desaparecía tras las puertas del colegio, su corazón apretado por el miedo que nunca confesaba. Se quedó inmóvil, igual que cada mañana, con la sombra de un recuerdo acechándola. Siempre temía que él, de alguna manera, las encontrara.
—Es una niña muy dulce —comentó Alejandro, con los ojos fijos en la puerta por la que habían desaparecido los pequeños.
—Gracias. Por ella me esfuerzo cada día, para ser la mejor madre —respondió Serena, bajando la mirada hacia sus manos entrelazadas.
—Ya lo eres, Serena. Tienes que estar orgullosa —añadió Shery, colocando una mano en su hombro con suavidad.
—No podría estar más de acuerdo —dijo Alejandro con una cálida sonrisa.
El aire se tornó pesado cuando Shery, con la inocencia de quien no sabía lo que se escondería tras sus palabras, preguntó
—¿Y su padre? Siempre las veo solas. ¿Estará aquí este año en Navidad?
La pregunta golpeó a Serena como una ráfaga de aire helado. Su expresión se endureció, y su voz salió gélida:
—No vendrá. Y es mejor así.
—Perdón, no quise... —intentó disculparse Shery, visiblemente avergonzada, pero Serena la interrumpió con una sonrisa que, aunque forzada, reflejaba su fortaleza.
—Tranquila, no podías saberlo.
Alejandro, percibiendo el cambio de ánimo, intervino para disipar la tensión:
—Bien, chicas. ¿Qué tal si llevamos esto al salón de actos? Luego iremos a trabajar.
—La reunión... —murmuró Serena, revisando la hora en su reloj.
—Tranquila, llegaremos a tiempo. ¿Tienes todo listo para el lanzamiento del nuevo producto?
—Todo está en mi oficina.
—Perfecto. Estoy ansioso por ver lo que has preparado —añadió Alejandro, tomando una de las cajas de donaciones.
El grupo avanzó hacia el salón de actos, dejando tras de sí el eco de sus pasos en la nieve fresca y el aroma de chocolate caliente que salía de la cafetería escolar.
Mientras tanto, en otro rincón del pueblo, Marcos se movía torpemente por la cocina. La casa estaba en completo silencio, roto solo por el tintineo de cucharas y el suave crujir de la masa que estaba preparando. La depresión había dejado huellas profundas en él, pero aquel día, decidió redimirse de la única manera que sabía: preparando el pastel de frambuesa favorito de su hermano.
—Hijo, ¿dónde estás? —la voz de Harriet Harrington rompió la quietud desde el recibidor.
—En la cocina —respondió Marcos, sin dejar de batir.
—¿Qué haces así vestido? —preguntó Harriet al entrar y verlo en pijama, cubierto de harina.
—Hoy no tenía cita con mi terapeuta y no pensaba salir de casa —respondió, evitando la mirada inquisitiva de su madre mientras seguía concentrado en la receta.
—Hijo, llevas meses encerrado en esta casa. No puedes seguir así para siempre —dijo su madre, conteniendo las lágrimas.
—Puedo intentarlo —murmuró él, sin levantar la mirada.
—¿Y qué pasará con tu vida? —insistió ella, preocupada.
—¿Alguna vez he tenido una? —respondió con un tono vacío.
—¿No te das cuenta de que esto es justo lo que ella quería? —replicó su madre, con una mezcla de tristeza y desesperación.
—Ya no importa, mamá.
—¿Cómo que no importa? ¡Tú nos importas! —dijo ella, alzando ligeramente la voz—. Estamos preocupados por ti. Gracias a Dios que te encontró tu hermano, porque si no... no sé qué hubiera pasado contigo.
—Perdóname —susurró Marcos, deteniéndose en seco.
Su madre no dijo nada. En lugar de eso, lo rodeó con un abrazo firme y cálido, sosteniéndolo por un largo rato.
—No hay nada que perdonar, hijo. Al contrario, agradezco que estés aquí con nosotros. No estás solo, y jamás lo estarás.
—Gracias, mamá —respondió él, casi en un murmullo.
Se hizo un silencio mientras Marcos mantenía la cabeza baja.
—¿En qué piensas? —preguntó su madre, con suavidad.
—En que no quería que Alejandro me viera así... nunca quise que él... —su voz se quebró, incapaz de terminar la frase.
—Marcos, mírame —dijo ella, tomando sus manos con cuidado—. Saldrás de esto, te lo prometo. Paso a paso. Ahora dime, ¿qué estabas haciendo? —añadió, cambiando el tono.
—Preparaba algo para Alejandro. Fui brusco con él y quería compensarlo —confesó, apenado.
—¿A que adivino? —dijo Harriet, esbozando una sonrisa.
—Tarta de queso con frutos rojos.
Por un segundo, Marcos sonrió, casi sin darse cuenta. Un atisbo del joven que solía ser.
—Te ayudo —dijo ella, quitándose el abrigo y lavándose las manos antes de unirse en la cocina—. Y luego me acompañas a hacer las compras para Navidad.
—No creo que sea buena idea...
—Sí, hazme caso. Después veremos juntos la función de Owen en la escuela. Será bueno para ti.
—Está bien —aceptó, aunque la idea le hacía sentirse nervioso. “Espero que los ejercicios para la ansiedad me sirvan.”
—Bien, manos a la obra —dijo Harriet con entusiasmo, dándole una palmadita en el hombro.
Por otro lado, Serena y Alejandro continuaban sumidos en la reunión con los socios, discutiendo los detalles del nuevo proyecto.
—Cuéntanos sobre el concepto del cofre, Serena —dijo Alejandro, inclinándose hacia adelante.
—“El Cofre del Destino” es un cofre de madera artesanal, con grabados que reflejan la esencia de Evergreen. Contiene cartas navideñas personalizadas, recetas, pequeños obsequios y un juego de cartas interactivo como toque especial.
Wyatt y Keyla intercambiaron miradas, intrigados.
—¿Y en qué consiste ese juego? —preguntó Wyatt.
—Es un juego de pistas y desafíos que lleva a los jugadores a un destino secreto en Evergreen Hollow. Este lugar estará preparado para ser una experiencia mágica. Queremos que “El Cofre del Destino” no solo celebre la Navidad, sino que sea el inicio de nuevas conexiones, tal vez incluso historias de amor.
—Es brillante —dijo Keyla, entusiasmada—. Es más que un producto, es una experiencia. ¿Cómo crees que impactará en la comunidad?
—Creo que ayudará a redescubrir Evergreen. A los locales les dará la oportunidad de explorar su pueblo desde otra perspectiva, y a los visitantes, de conocer su magia. Además, al fomentar encuentros, fortalecemos el sentido de comunidad.
—Es una propuesta perfecta para Montaña Verde: tradición, comunidad y momentos inolvidables —comentó Alejandro.
—Y creo que podría funcionar a nivel nacional. Es un concepto que resuena con la gente —añadió Wyatt.
—Ese toque de unión navideña es muy especial. Estoy segura de que será un éxito —dijo Keyla.
—Gracias. Estoy convencida de que “El Cofre del Destino” tocará muchos corazones este diciembre —dijo Serena.
—Entonces vamos adelante —anunció Alejandro—. Serena, coordina con marketing para que todo esté listo. Wyatt, Keyla, contamos con su apoyo para impulsar este proyecto.
—Puedes contar con nosotros —dijo Wyatt.
—Sin duda alguna —afirmó Keyla.
La reunión concluyó con entusiasmo y altas expectativas por ver el impacto del nuevo proyecto en el mercado.
—Nosotros nos vamos, tenemos que recoger a nuestro hijo en el aeropuerto —comentó Wyatt.
—No quería perderse la función de su hermana —añadió Keyla.
—Entonces, nos vemos más tarde —respondió Alejandro.
—Adiós, felices fiestas —dijo Serena.
—Igualmente —replicaron ambos, saliendo de la sala de juntas.
—Bueno, manos a la obra. Avísame si necesitas algo en lo que pueda ser útil —dijo Alejandro.
—Muy bien, me retiro a mi oficina —contestó Serena, manteniendo un tono formal.
—Puedes irte a casa con tiempo para prepararte para la función de los niños —sugirió Alejandro.
—Gracias, lo haré.
—No es necesario que seas tan formal conmigo. Nuestros hijos van a la misma clase y son buenos amigos. Además, eres la mejor amiga de mi esposa y llevas años trabajando con nosotros. Puedes tutearme.
—No creo que sea apropiado. Me sentiría más cómoda manteniendo las distancias.
Alejandro sonrió levemente, con comprensión.
—De acuerdo, como prefieras. No voy a insistir.
—Gracias —respondió ella, con la misma frialdad, y salió de la sala con pasos decididos.
El centro comercial vibraba con villancicos, compradores apresurados y bolsas repletas de regalos, mientras un árbol navideño majestuoso iluminaba el vestíbulo con destellos de color y magia. Marcos caminaba unos pasos detrás de Harriet, sosteniendo varias bolsas mientras ella se detenía a examinar juguetes, prendas de vestir y otros objetos atractivos. Aunque respondía con palabras escuetas cada vez que su madre le pedía su opinión, su semblante reflejaba que preferiría estar en cualquier otro lugar. No obstante, se esforzaba por acompañarla, porque entendía cuánto significaba para ella preservar las tradiciones navideñas, aunque para él esa festividad hubiera perdido su brillo.
—¿Qué opinas de esta bufanda para tu padre? —preguntó Harriet, levantando una pieza de lana azul cielo—. Siempre dice que con la gabardina no le alcanza y que pasa frío cuando se reúne con sus amigos del bufete.
—Está bien… parece bastante calentita.
—Claro que sí, y es de su tono preferido. Ahora busquemos algo para Owen.
Marcos se detuvo de repente, con una sombra de melancolía cruzando su mirada.
—¿Qué sucede, cariño? ¿Necesitas que tomemos un descanso? —inquirió Harriet con preocupación.
—No es eso, mamá. Lo siento, no quería estropear el momento —contestó, mirando al suelo.
—Hijo, mírame, por favor.
—Estaríais mejor sin mí… —murmuró en voz baja.
—No digas esas cosas, Marcos. No me obligues a regañarte como cuando eras pequeño —replicó Harriet, con un tono firme pero cariñoso.
—Perdón…
—Marcos Harrington Laurence, deja de disculparte. Sé cuánto te cuesta estar aquí, entre tanta gente, y quiero que sepas que estoy muy orgullosa de ti. Este es un gran paso, después de casi seis meses sin salir de casa. ¿Qué te parece si compramos esos dinosaurios para Owen y luego vamos a tomar un chocolate caliente?
—Me parece bien… Mamá…
—¿Sí?
—¿Qué te parece si saco mi vieja cámara y hago fotos de Owen durante la función de Navidad?
—Cariño, me parece una idea fabulosa.
—Creo que estos dinosaurios le encantarán —comentó Marcos, mostrando un set de figuritas.
—Es perfecto. A Shery, según recuerdo, le gustan las novelas históricas.
—Tal vez podamos buscar alguna de su autora favorita —sugirió Marcos.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó Harriet, frunciendo el ceño mientras intentaba recordar.
—Ken Follett, creo —respondió él.
—¡Eso es! Sigamos entonces. De camino, compraremos ese whisky que le gusta tanto a tu hermano.
—Macallan —apuntó Marcos con una leve sonrisa.
Horas más tarde, al caer la noche, Harriet, puntual como siempre, encontró asientos en la primera fila junto a Shery, quien les había reservado un lugar. Marcos ajustó la correa de su cámara mientras el salón se llenaba de murmullos. Tras el telón cerrado, los niños se preparaban con nervios y risas que se filtraban desde bambalinas.
Serena, sentada unos asientos más allá, conversaba con Jason, quien se acercó con Wyatt: su padre, para presentarse.
—Encantado de conocerte. Mi madre siempre habla maravillas de tu trabajo —dijo él con una sonrisa cortés.
—Gracias. Ella también me comentó que estás escribiendo un libro. ¿De qué trata? —preguntó Serena, manteniendo la conversación por cortesía.
—Romance. ¿Crees en el hilo rojo del destino? —inquirió Jason, observándola con curiosidad.
—No, para nada. Eso solo existe en los libros —respondió ella con firmeza, desviando la mirada hacia la tarima.
Marcos, ocupado ajustando su cámara, levantó la vista justo en el momento en que Serena giraba la cabeza hacia el escenario. Sus miradas se cruzaron brevemente, un intercambio simple y casual que apenas pareció notarse en medio del bullicio del lugar. Ella, distraída por las luces cálidas que comenzaban a iluminar el escenario, no le dio mayor importancia. Él volvió a concentrarse en la cámara, preparado para capturar el espectáculo.
—Silencio —murmuró Shery, emocionada—. ¡El telón está a punto de subir!
El salón se sumió en un breve silencio mientras las luces se atenuaban. Un suave murmullo de expectación recorrió la sala, y finalmente, el telón se alzó. Allí estaban los niños, vestidos de elfos, con sus gorritos de colores y campanitas que tintineaban al ritmo de sus movimientos. Una oleada de ternura invadió a los espectadores mientras la primera nota del villancico resonaba:
—Oh, blanca Navidad, sueño y con la nieve alrededor... Blanca es mi primera, y es mensajera de paz y de puro amor.
La música llenó el espacio, envolviendo el momento con calidez y alegría. Serena sonrió, relajándose finalmente, y Marcos, cámara en mano, capturó el instante con precisión. Ninguno de los dos podía sospechar que, mientras la Navidad desplegaba su magia en el escenario, el destino comenzaba a mover sus hilos, silencioso y paciente, como siempre lo hace.








